09 diciembre 2016

Yo misma, supongo - Natalia Carrero



Edición: :Rata_, 2016
Páginas: 160
ISBN: 9788494489112
Precio: 18,00 €

Natalia Carrero (Barcelona, 1970) se dio a conocer con Soy una caja (2008) y Una habitación impropia (2011), dos libros inspirados por Clarice Lispector y Virginia Woolf, respectivamente. En Yo misma, supongo (2016), su tercera novela, no hay una referencia explícita a ninguna de ellas, aunque la experimentación formal y la búsqueda del cuarto propio siguen siendo las obsesiones de la protagonista, Valentina Cruz, una mujer que escribe pero todavía no ha publicado, y por lo tanto aún no tiene la categoría, si es que existe esta categoría, de escritora. He aquí, pues, una apuesta por la escritura de sí misma, un intento de contarse, de expresarse a través de la creación literaria cuando esta no es más que un manuscrito en el cajón. Valentina, que significa «valiente». Cruz, la negación de sus aspiraciones. Una mujer nacida en Barcelona que se instala más tarde en Madrid, como Natalia Carrero. Y, si bien la autora aclara que «Valentina Cruz no es Natalia Carrero», admite que no logró separarse del todo del personaje, por lo que este texto puede leerse, al menos en parte, como una autoficción, como la voz de «alguien parecida a mí que intenta escribir mientras vive» (p. 83).
La novela está organizada en carpetas que comprenden escritos de diversas etapas de la vida de Valentina Cruz desde que se independiza hasta que es madre de dos niñas, pasando por la fase de convivencia con su pareja antes de ser padres. No es casual que hable de carpetas: el libro en conjunto tiene un aire de improvisación, de borrador (un efecto buscado de manera consciente, por supuesto), e incluye fragmentos escritos a mano, dibujos y tachones. Esto no solo se debe a la falta de profesionalización de la protagonista, sino a su existencia un tanto caótica, desencantada, que imposibilita la construcción de un relato ordenado. Ha madurado, ha adquirido responsabilidades, pero la escritura se sigue integrando en su día a día con cierta dificultad. Para manifestar las preocupaciones de cada periodo, suele servirse de una escena particular (una entrevista de trabajo, un rato en el que está escribiendo en casa), que se rompe, se expande, para condensar en pocas líneas toda su angustia vital. Es decir, utiliza lo episódico para condensar un malestar más general, sus inquietudes de juventud, de mujer que busca empleo, de madre que intenta escribir mientras cuida de sus hijas.
El conflicto gira alrededor de la terna mujer-dinero-identidad. Escribir y subsistir, o subsistir y escribir. Sí, la necesidad de independencia económica de la que hablaba Virginia Woolf. En la primera carpeta, el personaje se plantea prostituirse para conseguir una suma de dinero suficiente para emanciparse. Más tarde, hace entrevistas para empleos no cualificados que le resultan poco estimulantes. El nacimiento de las niñas interrumpe su trayectoria laboral. El marido la mantiene mientras cuida de sus hijas, pero ella no se quita de encima la sensación de que estar en casa no cuenta, de que tiene que intentar trabajar como hace él. Cuestiona el rol que ha asumido: «No puedo quejarme, lo tengo todo, sigue mi voz interior, lo que me falta es imaginario, quizá por eso lo busco en el engaño de la escritura. Escribir es engañar, engañarnos. Y, con un poco de suerte, sonreír en un entrelineado» (p. 84). Ella arrastra, además, «el padre y todo lo no resuelto» (p. 114), la influencia de un progenitor dominante, de quien huyó sin arreglar las cosas. La escritura es su arma para denunciar la asunción de normalidad de esa dependencia de los hombres que ha encarnado siempre.
Esta denuncia se extrapola a la sociedad occidental en conjunto, con el capitalismo, el consumismo, la fabricación de novedades literarias como mercancía. La protagonista rechaza el valor del dinero como medida de todas las cosas, que se hace patente en el léxico, al adoptar un vocabulario propio de la economía y las fuerzas de producción para hablar de otros temas. Lo simboliza con el sexo, entendido como consumo (prostitución y porno, al principio y al final, cerrando el círculo). Más que pedir facilidades para la conciliación profesional y familiar, como puede ser el discurso de otras autoras, la crítica de Natalia Carrero parece encaminada a reivindicar el valor de las ocupaciones no productivas —la maternidad, la escritura sin publicar— en un contexto social en el que se da por hecho que las mujeres deben abarcarlo todo. Parte de la teoría feminista de los últimos años va precisamente en esta dirección: las mujeres han conseguido muchos derechos, pero, como contrapartida, hoy se encuentran sometidas a más presión que sus antepasadas por todo lo que se espera de ellas. Han sumado identidades (profesión, educación) sin renunciar a las previas (ama de casa, madre). El malestar de Valentina Cruz surge por la imposibilidad de sentirse realizada en este ambiente, por repetir el patrón de su madre aun teniendo más aspiraciones y preparación.
Este mensaje se materializa en la forma de la novela: Valentina Cruz es una mujer rota que se explica a sí misma en un desorden premeditado, un lenguaje experimental, reflexivo, flujo de conciencia, mezclado con dibujos y apuntes a mano; la fragmentación y el collage posmodernos como elementos inherentes de sí misma ante la imposibilidad de vertebrar un discurso coherente. Ella no encaja en la hegemonía, en el estamento dominante. Como consecuencia, no puede escribir con los recursos de la hegemonía (la novela clásica, el relato con una trama ordenada, causa-efecto), porque no le resultan eficaces. Elige salirse de ese molde, escribir desde la rebeldía, la ruptura, porque solo así puede expresar (que no contar ni narrar) su asfixia, su rabia. La novela, si se puede llamar novela, es caótica, embrollada, porque la protagonista se percibe así, y el yo es inseparable del estilo. Escribe en primera persona cuando se siente dueña de sí misma; en tercera cuando se escinde. Y este es solo uno de los recursos creativos que emplea. Los dibujos y la escritura a mano, por otro lado, le dan la libertad de no ser esclava del ordenador (el ordenador, tecnología por excelencia de esta sociedad consumista), tal como explica ella misma en la autoentrevista al final del libro.
Natalia Carrero
Yo misma, supongo es el grito de indignación de una mujer que no se resigna, que mantiene la conciencia viva, lúcida, que reconoce en la escritura una vía de escape al malestar y a la vez una herramienta para presentar batalla. Con todo, le falta estilo: Natalia Carrero sabe trabajar las estructuras complejas, sabe sorprender con una propuesta arriesgada, pero le falta hechura literaria, más riqueza en el lenguaje, una voz más pulida (cualidades que sí tiene, y de sobra, su admirada Clarice Lispector). Junto con Belén García Abia (El cielo oblicuo, 2015), es una de las autoras españolas más interesantes en lo que a experimentación formal se refiere. Este título supone toda una declaración de intenciones por parte del recién nacido sello :Rata_, que a su manera también es una rareza, no solo por su apuesta por una literatura sin concesiones, alejada del circuito comercial (en la última década han surgido muchas editoriales con esta misma consigna), sino por el diseño original y la edición cuidada al milímetro de sus publicaciones: colores vivos, sin imagen en la cubierta, con la fotografía del autor en la contra, otra fotografía (en la solapa) del lugar donde escribe… No se puede pasar por alto, en fin, el esmero que se ha puesto en editar este libro y en dotar el catálogo de rasgos distintivos. Habrá que seguirles la pista a ambas, a la autora y a la editorial.

07 diciembre 2016

Libros para regalar estas Navidades (2016-2017)

Una selección de 16 (buenos) libros para regalar en 2016 (o 2017)
(Clica en los títulos para saber más sobre cada uno).

  • Tan poca vida, de Hanya Yanagihara. Novela épica sobre algo tan íntimo como las emociones de cuatro hombres a lo largo de las décadas. Dura, intensa, conmovedora. Nadie sale indemne de su lectura, pero ¡cómo libera esa catarsis!
  • Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff. La vida de una mujer que, en los felices años veinte, eligió ser fiel a sí misma ante todo y huir de las convenciones. Narrada de forma excepcional por su propia hija.
  • Las sillitas rojas, de Edna O'Brien. Una novela que enlaza el viejo costumbrismo irlandés con la multiculturalidad contemporánea a través de la historia de una mujer infelizmente casada que aprende a superarse a sí misma.
  • Basada en hechos reales, de Delphine de Vigan. El bloqueo de una escritora, una amistad tóxica, la invasión de la intimidad. Una novela deliciosamente ambigua, perversa, adictiva. Sí, la ¿autoficción? puede ser apasionante.

  • A contraluz, de Rachel Cusk. Una mujer (y madre, y escritora) después de la ruptura. Forma y contenido se funden para mostrar las dificultades de su nuevo rol, su deseo de evaporarse, su necesidad de comenzar de cero. Estilo brillante.
  • Mujeres excelentes, de Barbara Pym. El encantador humor inglés. Nos habla una solterona parroquiana para quien la vida da un giro ante la posibilidad de que el amor entre en su vida. Y nos lo cuenta con mucho ingenio.
  • Las chicas, de Emma Cline. Una novela sobre la iniciación a la vida adulta en el contexto de una secta. Las relaciones entre chicas, la amistad y la tensión. El descubrimiento (oscuro) del sexo. La atracción por lo prohibido. Y el miedo.
  • Los pescadores, de Chigozie Obioma. Un libro mítico que es a la vez una historia de aprendizaje de cuatro hermanos y un retrato alegórico de la realidad social de Nigeria. Feroz, salvaje, animal y, pese a todo, esperanzador.
  • Piel de lobo, de Lara Moreno. Dos hermanas treintañeras hacen frente a sus tormentos, los de ayer y los de hoy. Tienen la piel curtida, pero todavía hay una puerta abierta al cariño. Una voz hipnótica que no podrás dejar de leer.
  • De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz. Historias maravillosas (la cábala, la astrología, el espiritismo) en la ciudad de Praga de los siglos XVI-XVII. Volverás a sentirte como un niño al leer cuentos de hadas.
  • Vivir, de Anise Postel-Vinay (con Laure Adler). Las memorias de una resistente francesa que sobrevivió al campo de concentración. Mucho, muchísimo horror, pero también el hermoso valor de la solidaridad femenina.
  • Cuentos de hadas, de Angela Carter. No, las mujeres de los cuentos de hadas no son solo las princesas en apuros de las películas (antiguas) de Disney. Esta antología reivindica la extraordinaria riqueza de los personajes femeninos.

  • Últimos testigos, de Svetlana Alexiévich. Recuerdos de niños que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. Infancias destruidas, padres ausentes, el hambre atroz. Un libro que engrandece nuestra mirada sobre la historia y la vida.
  • Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin. La polifacética vida de su autora (madre, esposa, hija, maestra, enfermera, limpiadora, escritora, alcohólica) convertida en material literario de primera calidad. Una voz vigorosa y con chispa.
  • La mirada de los Mahuad, de Berta Vias Mahou. La memoria, siempre imprecisa, borrosa, hilvana recuerdos de infancia y juventud de la protagonista, de sus padres, de un amor... Un libro poético y bello, como una ensoñación.
  • Ciudad en llamas, de Garth Risk Hallberg. Novela coral de gran alcance que muestra lo mejor y lo peor de los convulsos años setenta en Nueva York, entre la crisis económica y el movimiento punk. Explosiva en más de un sentido.
 Si quieres más recomendaciones:

05 diciembre 2016

Piel de lobo - Lara Moreno



Edición: Lumen, 2016
Páginas: 264
ISBN: 9788426403315
Precio: 19,90 € (e-book: 8,99 €)

«Dejé la puerta abierta, solo tenías que entrar». Esta, la última frase de Piel de lobo (2016), segunda novela de Lara Moreno (Sevilla, 1978), podría ser también su síntesis. En esta obra hay muchas puertas que da miedo cruzar: puertas materiales, de hogares que han dejado de serlo, de lugares desconocidos de los que no se sale indemne; y, sobre todo, puertas simbólicas, preguntas sin formular, gritos silenciados, afecto contenido. La (acertadísima) fotografía de la cubierta muestra a dos niñas enlazadas por el cabello. Están unidas de forma íntima, pero al mismo tiempo la imagen resulta repulsiva, antinatural. Si una se aparta, la otra sentirá dolor. Solo pueden permanecer juntas, por mucho que las incomode, o destrenzar el pelo, separarse. Se tapan los ojos, no quieren mirar. O quizá tan solo están jugando. Las protagonistas del libro también compartieron juegos, aunque ya han dejado atrás la infancia: Sofía y Rita, dos hermanas treintañeras, se reencuentran tras la muerte del padre. La casa vacía, la casa donde antaño fueron niñas, recibe a dos mujeres adultas, heridas, que se enfrentan a lo que han callado. Los secretos. Y lo que las une.
Como su primera novela, Por si se va la luz (2013), que fue situada por la crítica en la corriente neorruralista de la literatura española reciente, Piel de lobo comienza con una huida, un traslado de la ciudad al pueblo. Y, también como en Por si se va la luz, la protagonista se lleva libros en la maleta, lecturas que dialogan con los interrogantes que se hace en estos momentos. En esta ocasión, no obstante, no parte de un planteamiento distópico, sino que se inscribe en el realismo para narrar la búsqueda existencial de Sofía, que decide regresar a su localidad después de dos acontecimientos determinantes: la pérdida del padre, que deja la casa vacía, y la ruptura con su pareja, que la impulsa a empezar de cero. Lo primero representa el final de la infancia; lo segundo, el final de la vida conyugal. Sofía entra en una nueva etapa, que no ha buscado sino que le ha llegado de repente. Desamparo, malestar, inseguridad. Carece de empleo estable; se dedica a coser prendas de alta costura, que luego intenta colocar en tiendas. Además, es madre de un niño de cinco años, al que se lleva al pueblo. A pesar de que su ex le asegura una separación amistosa, en la que no le faltará de nada, Sofía se enfrenta al reto de encontrar su lugar, de ser ella quien tome las riendas.
De forma paralela al desarrollo de la relación entre las hermanas, el libro aborda la cuestión del anclaje, del espacio (físico y simbólico) en el que echar raíces. Algunas escenas dejan entrever la dependencia de Sofía de los demás a través de su forma de dormir: de niña, se metía en la cama de sus padres, al lado de la madre; ahora, tras el distanciamiento de su compañero, se duerme con su hijo. Cuando, ya con su vida del revés, toma pastillas para conciliar el sueño, adopta una postura extraña, reflejo del descontrol, de su falta de quietud en esos momentos. El antiguo hogar de la infancia se presenta para Sofía como la posibilidad de un nuevo comienzo. El lugar donde cultivar un jardín, como decía Voltaire. No es, sin embargo, un proyecto fácil: la casa del padre, sin él, emerge como un espacio sórdido, poco apacible; las hormigas que invaden el hogar encarnan ese abandono. Esta tosquedad, unida al ambiente del pueblo (el alboroto de las fiestas, los bares, los trabajadores), choca con lo que ha sido la vida de Sofía en los últimos años, más urbanita, refinada. Sofía, de hecho, está obsesionada con la comida ecológica (una preocupación «moderna», podría decirse), y su llegada al pueblo conlleva asimismo una relajación de las costumbres, en todos los sentidos, que genera más de un quebradero de cabeza. Este periodo caótico, confuso, que va de la ruptura al asentamiento, es lo que narra Piel de lobo.  
Y, por supuesto, en la casa del sur está su hermana, Rita. La pequeña, aunque Sofía tiene la sensación de que Rita siempre ha sido más avispada que ella, más pícara, que ha sabido controlar mejor las situaciones. Sofía, en cambio, teme las consecuencias de romper las normas, aunque en los últimos años también ha cruzado algunas barreras. Y Rita, pese a no parecerlo, tiene su lado frágil. En el fondo, no están tan lejos la una de la otra; solo necesitan abrir esas puertas y atreverse a entrar. La novela alterna la narración del presente con algunos recuerdos de Sofía, que reconstruyen la infancia de las hermanas y hacen una panorámica de las tensiones que las han acompañado a lo largo de los años. Pocos recuerdos, pero suficientes para entrever su carácter y sus heridas. Ahora, cuando son adultas, ya no tienen a los padres para mediar entre ellas, están frente a frente, con todo en sus manos. Su relación se mueve entre la total complicidad (la hermana como la única persona a quien puede hablar de ciertos temas) y la desconfianza, porque cada una atraviesa su crisis particular, no lo comparte todo. Como las niñas enlazadas por la trenza, están unidas, sí, pero con el matiz repulsivo del vínculo demasiado estrecho.
Lara Moreno
En la consecución de esta atmósfera entre turbulenta y tediosa tiene mucho que ver el estilo de Lara Moreno: una escritura árida, cruda, poética, de oraciones largas y ramificadas, rica en metáforas y enumeraciones. Más que «atrapar» por su historia, envuelve por su cadencia, sus aceleraciones, su intensidad variable. La prosa se funde a la perfección con el contenido. Abundan las referencias al cuerpo y sus fluidos, sin tabús; una voz impúdica como la de Por si se va la luz, en la que la tensión va de menos a más y culmina en unas últimas páginas estremecedoras. Destaca su habilidad para introducir las voces de los personajes en el cuerpo del párrafo sin utilizar nunca diálogos, bien a través del monólogo interior, bien con la transcripción de las palabras esenciales de una conversación. La narración fluye con naturalidad y sin excesos a pesar de los riesgos que supone el lirismo en una novela. También trabaja de maravilla las elisiones, de hechos y de partes de una charla. Es una narradora sutil, sensitiva, pulcra. El resultado es una obra hipnótica… tanto o más que Por si se va la luz. Difícil no caer en sus redes.

29 noviembre 2016

A contraluz - Rachel Cusk



Edición: Libros del Asteroide, 2016 (trad. Marta Alcaraz)
Páginas: 224
ISBN: 9788416213825
Precio: 18,95 € (e-book: 10,99 €)

Recordad este nombre: Rachel Cusk. Tal vez ahora no resulte todo lo familiar que debería, al menos entre el público español —y no será por falta de traducciones: desde el principio de su carrera se apostó por ella—, pero he aquí una de las autoras contemporáneas más interesantes y creativas, a menudo señalada como una heredera de Virginia Woolf (y con motivos más que justificados). Nacida en Canadá en 1967 y establecida en Inglaterra desde su infancia, debutó en 1993 con La salvación de Agnes (Thassàlia, 1996), galardonada con el Whitbread Award a la mejor primera novela. Desde entonces ha publicado ocho novelas, entre las que destacan Mucha suerte (2003; Lumen, 2004), Arlington Park (2006; Lumen, 2008) y Las variaciones Bradshaw (2009; Lumen, 2010); y tres libros autobiográficos, de los que de momento solo se ha traducido La última cena: un verano en Italia (Lumen, 2009). A contraluz (2014), que inaugura una serie de tres novelas con la misma protagonista, es su trabajo más aclamado hasta la fecha: resultó finalista de los premios Folio, Bailey’s y Goldsmiths, entre otros. Y es, además, la obra con la que se incorpora al catálogo de Libros del Asteroide: ojalá esta segunda vida (editorial) le permita llegar a más lectores. 
En un naufragio se pierden muchísimas cosas. Lo que queda son fragmentos, y si no te agarras bien a ellos, el mar te lleva a ti también. Sin embargo, añadió mi vecino, todavía creo en el amor. El amor lo cura casi todo, y cuando no puede curar, borra el dolor. Tú, por ejemplo, me dijo mi vecino, ahora estás triste, pero si estuvieras enamorada, la tristeza desaparecería. Allí sentada, me acordé otra vez de mis hijos en la trona y de su descubrimiento: la angustia hacía que la pelota regresara por arte de magia. 
Una escritora inglesa viaja a Atenas para impartir un curso. El argumento es tan sencillo como eso. Tan sencillo, y tan singular, porque su construcción no tiene nada de simple. Pese a estar narrada en primera persona, la protagonista apenas habla de sí misma: el grueso de la narración se compone de conversaciones con los personajes que se cruzan en su camino, desde su vecino de vuelo a los alumnos del taller, pasando por un colega del trabajo, un viejo amigo o una autora comprometida con el feminismo. Más que un intercambio de opiniones, en las charlas cada interlocutor se vacía con la protagonista, hace su particular monólogo sobre aquello que ha marcado su vida, lo que le preocupa en estos momentos, su relación con la literatura. Balance del pasado y el presente en un ratito. La escritora se borra, en cierto modo, de la narración; y, en lugar de dar forma al relato a través de su subjetividad, da voz a los demás, que se sinceran con ella o, como mínimo, le cuentan lo que quieren. Ella, con sus agudas observaciones, deja entrever las ambigüedades, la hipocresía o las contradicciones de sus discursos. Mantiene un perfil bajo, discreto, pero sus apuntes resultan fundamentales para plantear una visión poliédrica de sus interlocutores. 
Era imposible [...] explicar por qué el matrimonio se había roto: el matrimonio es, entre otras cosas, un sistema de creencias, un relato, y aunque se manifiesta en cosas muy reales, sigue un impulso que, en última instancia, es un misterio. Al final, lo real era la pérdida de la casa, que se había convertido en el emplazamiento geográfico de todas las cosas que habían desaparecido y que representaba, suponía yo, la esperanza de que un día esas cosas pudieran regresar. Abandonar esa casa manifestaba, en cierto modo, que habíamos dejado de esperar; ya no podrían encontrarnos en el número de siempre, en la dirección de siempre. Mi hijo pequeño, le conté a mi vecino, tiene la irritante costumbre de marcharse al instante del lugar en el que has quedado en reunirte con él si ve que tú no has llegado antes. Lo que hace es ir a buscarte, y si no te encuentra, se impacienta y acaba perdiéndose. «¡No te encontraba!», grita más tarde, indefectiblemente ofendido. Pero si quieres encontrar algo, tu única esperanza consiste en quedarte exactamente donde estás, en el lugar acordado. Solo es cuestión de cuánto puedes aguantar allí. 
Esta «anulación» de la voz protagonista —o su mimetización con otras voces—  tiene un porqué: la escritora ha sufrido un revés personal, el malestar la diluye, la convierte en una espectadora de su propia vida. Poco a poco, a través de sus intervenciones en los diálogos, habla de su divorcio, de la crianza de sus hijos, de los problemas económicos que conlleva su nueva situación («Tus fracasos nunca dejan de regresar a tu lado, mientras que tus éxitos son algo de lo que siempre tendrás que convencerte», p. 41). Sus inquietudes se desvelan por contraste o afinidad con las experiencias de los demás: lo que tiene, lo que ha tenido, lo que echa de menos, lo que rechaza («Supongo, añadí, que esa es una definición del amor, creer en algo que solo dos personas pueden ver», p. 75). También en momentos precisos en los que la realidad que dejó en Inglaterra emerge como una necesidad imperiosa (la llamada de su hijo, la referencia a una petición de un crédito, una foto tomada años atrás por un amigo). Es muy, muy sutil. Su originalidad reside en el hecho de no contar la historia de una escritora separada y madre de dos hijos en una primera persona convencional (yo esto, yo lo otro). En lugar de eso, expresa su tedio mediante la forma literaria: no quiere centrarse en ella, no quiere llevar la iniciativa, deja que los demás guíen sus pasos, sus palabras. 
Pero ninguno ve las cosas como realmente son. Y, de igual manera, yo empezaba a ver mis propios miedos y mis propios deseos manifestándose fuera de mí, empezaba a ver en las vidas ajenas un comentario de la mía. Observando a la familia del barco, yo veía una visión de lo que ya no tenía: veía algo, en otras palabras, que no estaba allí. Esa gente habitaba su propio momento, y aunque yo podía verlo, era tan incapaz de regresar a ese momento como de caminar sobre las aguas que nos separaban. Y de esas dos maneras de vivir —habitar el momento y vivir fuera de él—, ¿cuál era la más real?
«Estaba tratando de dar con una manera distinta de habitar en el mundo» (p. 153). Este viaje, la ciudad extranjera, le permite desconectar de su hábitat; no debe ejercer el rol de madre, ni el de mujer que intenta rehacer su vida. Aprovecha la utilidad de lo desconocido (lugar, gente, cultura, idioma) para (re)inventarse a uno mismo, tanto en lo que los demás le cuentan a ella, puras perspectivas individuales, como en sus propias acciones. La ausencia de allegados resulta básica, ya que los desconocidos no tienen una opinión preconcebida («estar allí sin mi marido hizo que sintiera, de un modo totalmente nuevo, aquello que de verdad soy», p. 96); de hecho, no es casual que el momento más tenso se produzca durante la comida con un viejo amigo, que la había conocido casada («Sigue siendo tu verdad, por muchas cosas que hayan pasado. Que no te dé miedo mirarla», p. 118). La narradora expresa el temor a ser descubierta en una posición en la que se siente vulnerable, se esconde como si con la separación hubiera dado un paso atrás. El libro aborda la cuestión de afrontar un divorcio, con reflexiones sobre el matrimonio, la maternidad y la familia. Lo que somos con ellos. Lo que somos sin ellos. El miedo a mirar atrás, a recordar lo que se ha perdido. La necesidad de asumirlo, de encontrar una nueva forma de habitar en el mundo, como dice ella, para salir adelante. 
Le dije que yo, al contrario, había acabado cada vez más convencida de las virtudes de la pasividad, de vivir una vida en la que el yo dejara una impronta lo más pequeña posible. Si nos empeñábamos, podíamos lograr casi todo lo que nos propusiéramos, pero empeñarse —me parecía a mí— era casi siempre una señal de ir a contracorriente, de forzar los acontecimientos en una dirección en la que, por naturaleza, no querían ir, y aunque podría decirse que sin forzar un poco la naturaleza de las cosas nunca conseguiríamos nada, la artificialidad de esa postura y sus consecuencias habían acabado —por decirlo sin rodeos— repugnándome. Como existía una diferencia enorme entre las cosas que yo deseaba y las que, por lo visto, podía tener, […], hasta que me reconciliara definitivamente con ese hecho, me había propuesto no desear nada. 
Rachel Cusk
Tanto la original concepción de la obra —su peculiar estructura, su estilo analítico, rico en símiles, fino, inteligentísimo, de una capacidad de observación extraordinaria— como la profesión de la protagonista sugieren una reflexión sobre la escritura y lo que la rodea, el mundillo literario. Por ejemplo, resulta ilustrativa la escena con la escritora autodenominada feminista, o cómo influye el posicionamiento ideológico a la hora de promocionarse. El taller, por otro lado, muestra los diferentes enfoques que puede tener un mismo motivo, en función del autor, su edad, su vida; cada yo transformado en literatura (incluye un relato brillante —y asfixiante— sobre un perro). Con la actitud de los alumnos, además, deja entrever los prejuicios en torno a lo que se entiende por escribir. En fin, hay muchos libros sobre escritores (algunos, mediocres y egotistas), pero la autora proyecta el tema de un modo refrescante, al centrarse en lo que escriben y piensan los otros, y en cómo se les ve desde fuera. Dadas las circunstancias de la narradora, su buscada invisibilidad, será interesante examinar cómo evoluciona en los próximos títulos. Con A contraluz, Rachel Cusk ha escrito una novela fascinante, tremendamente perspicaz, en la que forma y contenido se funden a la perfección. De ahora en adelante, me declaro su más fiel lectora.
Citas en cursiva de las páginas 29, 15-16, 71 y 152.

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