10 octubre 2017

El club de los mentirosos - Mary Karr



Edición: Periférica & Errata naturae, 2017 (trad. Regina López Muñoz)
Páginas: 520
ISBN: 9788416291533
Precio: 23,00 €

Cualquier familia compuesta por más de un miembro es una familia disfuncional. En otras palabras: en el barco donde tan sola puedo sentirme, en realidad, vamos todos.
Elijo esta frase —escrita por la autora en un prólogo de 2004, casi diez años después de la publicación del libro— para encabezar la reseña porque condensa tanto la esencia de la obra como la empatía que esta genera en el lector. Hay publicaciones que se leen, por así decirlo, desde la barrera: como un espectador que las analiza (y las disfruta) en frío, sin despeinarse. Sin embargo, hay textos que, además de dejarse leer, acompañan. Estos libros no tratan al lector como a un invitado, acomodándose a él, sino que le hacen partícipe de sus trapos sucios, sus turbulencias. Y, con ello, establecen una complicidad y lo empujan a remover sus propios asuntos, a mirarse a sí mismo y no solo al libro, porque el contenido, en cierto modo, le atañe, le interpela. El resultado es una lectura en la que uno se siente como cuando se apalanca en el sofá y pone los pies en la mesilla: cómodo, desinhibido, sin complejos. Así me he sentido al leer El club de los mentirosos (1995), de Mary Karr (Texas, 1955), un memoir tan descarnado como hilarante que se convirtió en un fenómeno en Estados Unidos, donde se considera un referente del género. Permanecía inédito en castellano hasta ahora.
Mary Karr relata su infancia, primero en una localidad petrolera de Texas, luego en Colorado, luego en Texas de nuevo. Estamos en los años sesenta, en ese sur tan sucio, en el seno de una familia que encarna esa sordidez: el padre, bebedor, suele divertirse con su cuadrilla (llamada el «club de los mentirosos») en el bar; la madre, una mujer con varios matrimonios a sus espaldas, afronta sus propias crisis personales, además de renuncias que no se atreve a desvelar; por último, Mary y su hermana, dos niñas que, en semejante ambiente, aprenden a espabilarse solas a muy temprana edad. Sí, la infancia de la autora estuvo marcada por el desorden reinante en su entorno: el alcohol, la violencia, los brotes de locura, la inestabilidad general. Podría tildarse de una infancia «macabra». Aun así, no se lamenta. En absoluto: no cuenta la épica de una mujer que superó las adversidades, sino de una chica plenamente integrada entre los suyos, que es capaz de mirar a su familia con transparencia, riéndose de todo y sin lloriquear. En toda familia hay tragedias, episodios vergonzosos y momentos de risas; pero, sobre todo, existen unos códigos compartidos que solo ellos entienden, que hacen únicas sus vivencias (el «léxico familiar», como diría Natalia Ginzburg); el logro de Mary Karr es haber plasmado el «alma» de su familia. Terca, embrutecida… y muy socarrona.
(Los propios cuadros se me grabaron a fuego con esa intensidad tan característica de la niñez. Cuando, años después, tropezaba con las pinturas auténticas en los museos, solía apoderarse de mí esa sensación que te asalta al entrar en tu antiguo colegio, la de volver a ser pequeño en un mundo descomunal e incontrolable, pese a que la escasa altura de las fuentes revela todo lo contrario, que ahora eres un gigante. Cuando a los dieciocho años tuve delante la Habitación en Arlés de Van Gogh, el cuadro me pareció ridículamente pequeño, y sin embargo extremadamente familiar.)

¿Dónde está el truco? La voz, siempre en la voz. El título no solo alude a los amigos de su padre, sino que todos los miembros de la familia pueden asimilarlo. Comenzar unas memorias hablando de las mentiras de su familia, admitiendo aquellos sucesos sobre los que han corrido un tupido velo, es una declaración de intenciones. «Comprobamos que las heridas cicatrizaban mejor si las dejábamos al aire […]. Nuestras catástrofes, tan lejanas, se volvieron asumibles. Es lo que los griegos llaman catarsis» (p. 7), reflexiona la autora. Al pensar en este libro me vienen a la mente palabras como «naturalidad» o «confianza»; cualidades difíciles de medir, poco amigas de la teoría literaria, poco objetivas. No obstante, definen el tono de Mary Karr y la voluntad con la que afronta este libro: transparencia, sacar a la luz la verdad después del tiempo de las mentiras, la contención y los secretos incómodos. Como dice Lena Dunham en el epílogo, «Antes, la tradición dictaba que había que silenciar estas historias […]. Pero el rechazo de Karr a reprimirse, su rechazo a mentir, nos señala que esos tiempos ya han quedado atrás. De aquí en adelante se hará la luz» (p. 515). Y lo cuenta, además, con humor, con gracia. Tiene algo de Lucia Berlin, otra gran escritora de su propia vida, en su capacidad para narrar con chispa unas experiencias que en la práctica resultaron dolorosas. Es reseñable el uso del paréntesis (a veces párrafos enteros): me he visto con frecuencia subrayando precisamente estos pasajes, estos apuntes al margen que en teoría no son lo principal, y que sin embargo comprenden algunas de las cavilaciones más lúcidas, las observaciones más interesantes. Es en lo pequeño, en el detalle, donde más se desnuda.
Durante décadas, los demonios personales de mi madre habían sido un misterio para mí, al igual que su pasado. Pocos mentirosos natos emprenden conscientemente la senda de la verdad, ni siquiera quienes creen de una manera axiomática que dicho camino acabará por liberarlos. Varias veces volé a Texas con el firme propósito de abrir la puerta metafórica del pasado. Pero la resistencia con que me encontraba era tan invisible como implacable. Incluso papá, en la época en que aún podía hablar, se negaba. Ponía cara de soy-un-pobre-viejo-chocho y decía: «Joder, cariño, no me acuerdo de nada de eso».

En el (brillante) elenco de personajes, la figura de la madre va ganando fuerza a medida que pasan las páginas. No es la típica mujer «sometida» por el patriarcado que mantiene a flote la familia mientras el marido se emborracha, sino una persona curtida, dura, que ha hecho lo que ha querido y no obstante padece sus propias presiones autoimpuestas. No, no es una «madre coraje» (cómo detesto esta expresión); es una madre imperfecta, cómo no, y su hija comparte abiertamente sus depresiones, los periodos en los que no pudo hacerse cargo como es debido de ella y su hermana. Esos temas que antaño se silenciaban, que tanto ensombrecían la reputación de una mujer, más aún de una madre, y que en estas páginas se exploran como una parte más de la vida, aceptándola sin añadir dramatismo ni trivializar el sufrimiento. Es asimismo destacable cómo la narradora se abre al mundo de los adultos (y al secreto de su madre) escuchando a hurtadillas, dando forma al hilo de lo que nunca le contaron a partir de palabras sueltas, de verdades a medias que oye aquí y allá. Así es como tan a menudo se descubren las revelaciones: con pedazos que no cobran sentido hasta el final.
Y entonces fue como si un agujero negro me tragara entera. O, más bien, como si el agujero siempre hubiera estado dentro de mí y me hubiera devorado poco a poco a lo largo de esos años sin que yo me diera cuenta. Me rendí sin más. ¿Qué término era el que usaban los médicos? Ah, sí: implosionar. Implosioné.

Mary Karr
Quizá el mayor mérito de Mary Karr ha sido abrir la puerta a una forma desacomplejada de entender el género del memoir: la historia de su familia no constituye una mera línea cronológica de acontecimientos, sino que se edifica sobre las sombras, las grietas, esos espacios de desorden que suelen omitirse en las representaciones culturales dominantes. «Qué raro […] que pensemos que lo “normal” es que los árboles tengan hojas, cuando en realidad durante seis meses al año están completamente pelados» (p. 374), comenta. Algo parecido ocurre con el hogar: qué raro es atribuir unos determinados roles a cada miembro cuando, en la práctica, todos se desdibujan y dan lugar a situaciones a veces cómicas, a veces brutales, a veces tiernas. Porque en una infancia cabe todo, incluso en una infancia tan poco convencional como la de esta autora. Después de su publicación, mucha gente se le acercó para contarle sus propias trifulcas familiares; esta reacción nos da una idea del sentimiento de identificación que provocan sus memorias (no con los hechos específicos, sino más bien con el «misterio» inextricable de cada familia). Todos llevamos a un mentiroso dentro, y esta obra invita a reconciliarse (y a reírse) con él.
Citas en cursiva de las páginas 13, 218-219, 493 y 504.

25 septiembre 2017

Un lugar pagano - Edna O'Brien



Edición: Errata naturae, 2017 (trad. Regina López Muñoz)
Páginas: 256
ISBN: 9788416544462
Precio: 17,50 €

Dejaste de tomar dulces. Te impusiste tareas, penitencias. Cuando sentías el impulso de hablar te mordías la lengua. Hacías siempre lo contrario de lo que querías hacer. Observabas al carnicero trocear, trocear y trocear, hasta que el hacha penetraba en la grasa y el hombre asestaba los golpes últimos y fundamentales, observabas los moscardones, observabas todo aquello que aborrecías. Hervías cabezas de cordero para los perros. Sus ojos te devolvían la mirada cuando tapabas la cazuela. Cuando decidiste asistir a un baile tus padres pensaron que te había poseído un diablillo, pero el verdadero motivo era que tendrías que hacer cabriolas y dejarte abrazar por hombres que te repugnaban.

En Un lugar pagano (1970), su séptima novela, traducida por primera vez al castellano, Edna O’Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1930) profundiza en su exploración de la sociedad rural irlandesa de la primera mitad del siglo XX, tal como hizo en su debut, Las chicas de campo (1960). Ambas obras tienen un trasfondo autobiográfico: la autora regresa a la pequeña aldea de su infancia, donde las jóvenes tenían pocas oportunidades y la moral católica imponía su ley; solo que en esta ocasión aborda el asunto con un estilo mucho más maduro y una mirada (aún) menos amable que en su ópera prima. A propósito, recuerdo una reflexión de Jeanette Winterson (Manchester, 1959) que se le podría aplicar: en sus memorias, la escritora británica explica que en su primer libro todavía no estaba preparada para escribir su autobiografía, de modo que introdujo un personaje que nunca existió para «suavizar» la realidad, para que la historia tuviera un poco de esperanza. Tal vez O’Brien hizo algo similar con las amigas de Las chicas de campo, pues no queda ni rastro de esa jovialidad en Un lugar pagano.
La principal diferencia entre sus primeras obras y esta reside en el punto de vista: en lugar de la narradora protagonista, O’Brien escribe en una potente segunda persona, un «tú»: «Eras como una estatua, salvo porque rezumabas miedo. Los animales olían ese miedo. Por eso no eran tus amigos» (p. 171). Ese «tú», que a ratos se asemeja a una tercera persona (cuando describe a otros personajes, otras situaciones del pueblo), es la muchacha, una muchacha a la que no se pone nombre y que encarna a muchas mujeres del universo O’Brien: una joven atrapada en la dinámica de la aldea, en la hipocresía de la religión, en el estancamiento social, por supuesto más limitadores para las mujeres y los trabajadores. No se la concibe, en un principio, como una persona particularmente infeliz; está adaptada a sus costumbres, lo que conoce, pero llega un momento, siempre llega un momento, en el que aquello en lo que había creído se empieza a resquebrajar; y esa transición coincide con su aprendizaje, el abandono de la infancia. ¿Por qué contarla con este «tú»? No es alguien ajeno a ella quien narra la historia; se trata de ella misma, la intimidad de lo narrado así lo prueba, que se mira desde fuera. Los hechos resultan demasiado dolorosos para contarlos desde el «yo», desde el yo de una muchacha educada en una aldea irlandesa en los años treinta; necesita salir de su cuerpo para abstraerse de la aflicción y analizarse en frío: es la única forma de hallar su esencia, de dejar que los acontecimientos fluyan, uno detrás de otro, exponiéndolos con precisión, metódicamente. Y esta voz consigue una intensidad esplendorosa y poética.
O’Brien construye la novela como una acumulación de imágenes: escenas de la vida en el campo, la familia, los vecinos, la escuela; esas experiencias, de lo trivial a lo extraordinario, que conforman la cotidianeidad de la protagonista (en su último libro, Las sillitas rojas, 2015, utiliza una técnica similar). Entre esas estampas, se impone de forma progresiva el hilo sobre la pérdida de inocencia de la muchacha, o, dicho de otro modo, cómo empieza a abrir los ojos, a prestar atención a lo inadvertido, a los asuntos sobre los que se guarda silencio, los tabús de la Iglesia («A ti no te daban miedo los druidas. Tus miedos procedían de los vivos y de los muertos», p. 43). La joven procede de una familia humilde: su padre, un juez de paz, tiene problemas con el alcohol; la madre, conciliadora, trata de mantener el equilibrio en el hogar; la hermana, mayor que ella, marca un punto de inflexión en casa al marcharse a la ciudad en busca de oportunidades. Su abanico de referentes se extiende al resto de la localidad, donde destacan personajes como la maestra, el sacerdote y una chica enferma, amiga de la protagonista. O’Brien siempre ha sido hábil a la hora de perfilar caracteres, y con pocas trazas da forma al microcosmos de la aldea, tan crudo, tan desolador.
Edna O'Brien
Ninguna (buena) novela va solo de una cuestión, pero en Un lugar pagano sobresale lo que suele llamarse el despertar, la iniciación a los placeres y los dolores de la existencia, después de una niñez no desdichada como tal pero sí, por fuerza, ilusoria. Y, a pesar de toda la degradación padecida, con la violencia institucional de la familia, por un lado, y la opresión de la Iglesia, por el otro, la joven se libera. Los personajes de O’Brien, y en concreto las mujeres, terminan marchándose; abandonan la sordidez y la perversión del ambiente campestre, como hizo ella misma en su juventud («te diste la vuelta para desear buenas noches a la noche y sentiste una lágrima, lágrimas por todas las cosas que estaban fuera de tu alcance», p. 234). No es ni pretende ser ninguna sorpresa, pero sí resulta sorprendente, o como mínimo curiosa, la vía de escape que encuentra la chica de este libro. La única liberación posible dentro del orden establecido, o cómo la renuncia, el sacrificio, estas ideas tan católicas, pueden tener otra vuelta de tuerca. Es, en suma, un desenlace espléndido… a la altura de una novela de una hondura excepcional.
Cita inicial de la página 244.

20 septiembre 2017

A propósito de las mujeres - Natalia Ginzburg



Edición: Lumen, 2017 (trad. Maria Pons Irazazábal)
Páginas: 112
ISBN: 9788426403940
Precio: 19,90 € (e-book: 9,99 €)

Las mujeres son una estirpe desgraciada e infeliz con muchos siglos de esclavitud a sus espaldas y lo que tienen que hacer es defenderse con uñas y dientes de su malsana costumbre de caer en el pozo, porque un ser libre no cae casi nunca en el pozo ni piensa siempre en sí mismo, sino que se ocupa de todas las cosas importantes y serias que hay en el mundo y solo se ocupa de sí mismo esforzándose por ser día a día más libre. La primera que debe aprender a actuar así soy yo, porque de lo contrario seguro que nunca podré hacer nada serio y el mundo no progresará mientras esté poblado por una legión de seres que no se sienten libres. «A propósito de las mujeres», p. 21.

Escribió novelas espléndidas, como Y eso fue lo que pasó (1947), Todos nuestros ayeres (1952) o Las palabras de la noche (1961). Escribió memorias, unas preciosas memorias de infancia, Léxico familiar (1963), que son a la vez una crónica de la primera mitad del siglo XX en Italia. Escribió ensayo, como Las pequeñas virtudes (1962), Serena Cruz o la verdadera justicia (1990) o Las tareas de la casa y otros ensayos (1970-1990). Escribió una biografía de su admirado Antón Chéjov. Escribió, aunque se hable menos de ellas, muchas obras de teatro. Tradujo a Flaubert, Maupassant y Proust, entre otros. Fue editora de Einaudi… No hay duda de que Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991), una figura fundamental de las letras italianas del siglo XX, estuvo ligada a la literatura en múltiples facetas. Y, por si todo esto fuera poco, también escribió cuentos; quizá su vertiente menos conocida. A propósito de las mujeres reúne nueve textos breves, de diferentes épocas, seleccionados ex profeso por Lumen para esta edición, que tiene como hilo conductor las mujeres.
Las mujeres. ¿De qué va un libro sobre las mujeres? Presentar el tema así, de forma tan general, es casi como no decir nada. Por suerte, el discurso que abre la compilación nos pone sobre aviso: «A propósito de las mujeres», un artículo en el que una Ginzburg ya madura medita sobre su concepción del feminismo y reniega de las obviedades que dijo tiempo atrás. Por supuesto que está a favor de la igualdad, por supuesto que cree en el valor y las aptitudes de las mujeres; no obstante, da una vuelta de tuerca al tema. Ella tiene la voluntad, y la pone en práctica, de conocer, de conocer a las mujeres en su pluralidad, de conocer sus abismos («pozos», como los llama ella). Ante todo, es una escritora, y, como observadora perspicaz, detecta los abismos únicos y comunes de las mujeres, las jóvenes, las ancianas, las madres, las no madres, las enérgicas, las tranquilas. En los relatos explora esos pozos, los pozos en los que las mujeres pueden hundirse un día cualquiera (porque surgen de lo cotidiano, de la angustia, de la desazón ante las pequeñas cosas); pero, sobre todo, en sus palabras hay un llamamiento a dejar de compadecerse y luchar por ser libres. Libres, no solo de un sistema, sino sobre todo de sí mismas, de esos abismos en que se permiten, nos permitimos, caer.
Entrando en materia, los cuentos, a diferencia de lo que pueden sugerir en un principio, no suelen dar la voz a las mujeres que los protagonizan. En lugar de eso, Ginzburg pone el foco de la narración en un personaje que se relaciona con ellas (un marido, unos hijos, un amante, un amigo), por lo que, en cierto modo, mira a las mujeres desde fuera, desde el exterior (pero conociéndolas a fondo), con una hondura psicológica extraordinaria. A menudo, el personaje que las mira es un hombre, como en «Una ausencia», en el que él afronta una jornada sin su pareja. Piensa en ella. La reconstruye. Su inseguridad al lado de ella, incluso su complejo de inferioridad. Cuidar del hijo mientras ella está de viaje. Los secretos que se ocultan ambos; tan cerca, tan lejos. En «Giulietta», un chico desvela a su hermano adolescente que vive con una mujer sin estar casados. Más que ella, el protagonista es él, con su angustia por la revelación del secreto, de hacer partícipe al hermano de su intimidad. En «Traición», un joven con pocas ganas de comprometerse juega con varias chicas. Es un relato finísimo, que revela esa ilusión, porque no por leve y pasajera deja de ser ilusión, de las muchachas tímidas y apocadas cuando el chico que les gusta les hace caso, aunque sea una atención efímera y condenada al fracaso. Y revela asimismo el galanteo de él, el galanteo de un tipo normal que no quiere herir a nadie, pero hiere sin querer.
Leer los relatos de Ginzburg produce una sensación parecida a entrar en una casa, entrar en un hogar donde los electrodomésticos están en marcha, la gente en movimiento, la mesa sin recoger. No cuenta una historia desde el principio, pero basta contemplar esa escena para atar los cabos e intuir (es más una intuición que una certeza) lo que se cuece en la mente de cada involucrado. Están llenos de vida, se respiran, se huelen, se palpan, se ven. Son como entrar en una casa, sí, pero también la propia casa, porque, aun sin buscar la identificación, uno se identifica, se reconoce, es cómplice de los protagonistas y sus inquietudes. En «La casa junto al mar», por ejemplo, el narrador pasa una temporada en la costa, con un amigo que atraviesa una crisis matrimonial. El narrador actúa como testigo (incómodo) de los hechos, esa incomodidad de ser partícipe de algo que a uno no le concierne. La turbación. Sin embargo, se acaba viendo involucrado; no se puede ser un observador externo para siempre. «Las muchachas», por otro lado, tiene un protagonista colectivo: las chicas del barrio, del pueblo, el grupo de chicas que podría ser de aquí o de allá, poco agraciadas o demasiado, alegres o retraídas; una pluralidad en plena sintonía con el discurso inicial.
Mención aparte merece «Mi marido», el más extenso y, probablemente, el mejor. El único en el que una chica nos habla en primera persona, y recuerda a muchas de sus novelas, como Todos nuestros ayeres o Y eso fue lo que pasó. Nos habla una mujer joven, recién casada, que, como tantas protagonistas de Ginzburg, se da cuenta de que el matrimonio no es lo que esperaba. Se casó sin conocer apenas a su futuro esposo y, una vez juntos, hace muchos descubrimientos. Descubre que el matrimonio no es la cúspide, el final feliz («Cuando era adolescente, siempre había pensado que un acto como el que habíamos realizado debía transformar a dos personas, alejarlas o aproximarlas para siempre. Ahora sabía que también podía no ser así. Me estremecí de frío debajo del abrigo. No era otra persona.», p. 74). Descubre que la maternidad no es fácil, que el amor por el bebé no está exento de sentimientos no tan maternales como la cultura suele representar («los quería, pero no como antaño creía que había que amar a los hijos», p. 82). Y, sobre todo, descubre los secretos de su marido, la cobardía de este («Una mujer que se casa tiene miedo de su marido, pero no sabe que él también tiene miedo, no sabe hasta qué punto el hombre también tiene miedo», p. 75). Es una muestra excelente de las mujeres de principios del siglo XX, educadas en una dependencia total del matrimonio y sin aspiraciones profesionales, unas circunstancias que las llevaban a una situación entre la desesperación, el desencanto y la resignación.
Hay más relatos que abordan la maternidad desde otros ángulos. En «Los niños», entra en juego la mirada de los hijos, aún pequeños, que pillan a su madre en compañía de otro hombre. Son chiquillos, son inocentes, desconocen lo que significa la palabra «adulterio»; pero, entre sus travesuras, son testigos de un hecho prohibido. Por otra parte, «La madre», que cierra la compilación, retrata de forma magistral a una madre que no encaja en ninguno de los tópicos sobre lo que se considera buena madre. Madre joven, más que las demás madres. Madre con pocos recursos. Madre que «no era importante» (p. 98). Madre desordenada. Madre que no se cuida, que sufre en silencio. Madre que no pretende ser madraza. Madre que bastante tiene con sobrevivir. Es un texto descarnado, narrado con la sutileza habitual de Ginzburg, que lo dice todo sin concretar nada, solo observando, dejando entrever lo que los gestos de esta madre dicen acerca de ella y de su evolución con el paso del tiempo.
Natalia Ginzburg
Ginzburg aprendió de Chéjov cómo funciona el relato breve y, además, supo darle su sello inconfundible, su estilo despojado, pulcro, elegante, cercano al habla coloquial, ese estilo sencillo en apariencia pero que (cualquiera que haya intentado escribir lo sabe) requiere mucho esfuerzo, mucha madurez. Es una escritora que ha aprendido a dejar de lado los artificios que solo buscan efectismo; en sus textos, las palabras fluyen limpias, sin florituras, dan forma a una sucesión de imágenes reveladoras por su transparencia. Como analiza Elena Medel en su (magnífico) prólogo a esta edición (un acierto de Lumen el contar con ella, al igual que las ilustraciones de Oscar Tusquets Blanca), Ginzburg no utiliza este formato como un taller de experimentos, sino que lo toma como otra forma de seguir ahondando en su universo literario, en el que la intimidad de las mujeres y la nada cotidiana, llena de conflictos minúsculos y no obstante universales, tienen mucho que decir. Estos cuentos rebosan la esencia Ginzburg, y la única crítica que se les puede hacer es que sean tan pocos. Porque la colección se hace corta. Menos mal que Ginzburg escribió mucho. Sí, escribió mucho. Y todo muy bueno.

18 septiembre 2017

Estirpe - Marcello Fois



Edición: Hoja de Lata, 2016 (trad. Francisco Álvarez)
Páginas: 300
ISBN: 9788416537136
Precio: 21,90 €

¿Cómo contar esta historia de silencios? Lo sabéis, todo el mundo sabe que las historias se cuentan por la sencilla razón de que han sucedido en algún lugar. Basta con encontrar el tono adecuado, darle a la voz ese calor interno que hace fermentar la masa, serena en la superficie, turbulenta en la sustancia. Basta con saber dónde está el grano y dónde la paja, pensando sin pensar apenas. Porque ser consciente de que se está pensando es como desvelar el mecanismo y desvelar el mecanismo es convertir la historia en mortal.

«Todo depende del hecho de que alguien se tome la molestia de contar de forma extraordinaria aquello que es ordinario» (p. 27). En eso consiste, en esencia, la literatura, y Marcello Fois (Nuoro, 1960) es de los que se toman la molestia de hacerlo bien. Este escritor, de larga trayectoria en Italia pero aún poco conocido entre los lectores castellanoparlantes, comienza con Estirpe (2009) una trilogía situada en su Cerdeña natal que recorre el siglo XX de la mano de una familia de herreros, los Chironi. La novela, que ya va por la tercera edición, ha recibido el Premi Llibreter de este año (curiosamente, la otra vez que se concedió a una obra italiana, en 2007, también se trataba de una saga familiar: Hace mil años que estoy aquí, de Mariolina Venezia). Los siguientes volúmenes, El tiempo de en medio (2012) y Luz perfecta (2015), ya han sido publicados en Italia. El segundo, que Hoja de Lata publicará en octubre, fue finalista del prestigioso Premio Strega.
Estirpe abarca desde finales del siglo XIX hasta 1943. Se divide en tres partes, que evocan la Divina Comedia: Cielo (el inicio, el tiempo de las esperanzas, siempre breve), Infierno (la más extensa: la vida tiene más desdichas que satisfacciones) y Purgatorio (la incertidumbre, la puerta abierta al futuro). Los protagonistas son, cómo no, los fundadores del linaje, los bisabuelos Mercede Lai y Michele Angelo Chironi, dos jóvenes desarraigados que se unieron para formar juntos la familia que nunca tuvieron por separado. En algunos aspectos, la suerte les sonríe: no tienen un apellido noble, pero el negocio prospera y se convierten en un matrimonio respetado, aunque siguen siendo gente sencilla en sus costumbres. En otros ámbitos, la buenaventura no está de su lado: solo tres de sus hijos llegarán a adultos, acompañados, eso sí, de nuevos problemas. Ellos serán los que tomen el relevo a medida que el relato avance: Gavino, el heredero, taciturno e impenetrable; Luigi Ippolito, el estudioso, ávido lector y cuentacuentos; y Marianna, la única chica, y la más estable a su manera.
Como suele suceder en las sagas familiares, lo individual sirve de pretexto para trazar un hilo que enlaza los acontecimientos históricos que marcaron el periodo, en concreto, la Primera Guerra Mundial y la dictadura de Mussolini. Dicho de otro modo: Marcello Fois refleja la macrohistoria a través de la microhistoria del clan Chironi. Sin pretender hacer una novela política, la política entra en su existencia, como en la de todas aquellas familias trabajadoras y discretas que se vieron sacudidas por los conflictos (el hijo que se marcha al frente, el pariente afín al dictador, las tramas turbias que los acechan). Es importante recalcar que la acción transcurre en todo momento en Nuoro, que forma parte de Italia, pero tiene sus singularidades y conforma un microcosmos en sí mismo. Algunos personajes se desplazan; aun así, el ojo del narrador omnisciente está puesto en la localidad sarda: lo que sucede más allá de la isla pertenece al territorio de lo extraño, lo que cada uno se guarda para sí mismo.
A lo largo de la obra, se repite una idea de raíces católicas (no hay que olvidar que esto es la Cerdeña de principios del siglo XX, por lo tanto, el trasfondo moral es importante): Dios te da y Dios te quita o, como lo expresa un personaje, «¿Has entendido que por cada cosa que se gana se pierde otra?» (p. 171). Los Chironi se perciben, perciben su trayectoria, en términos de ganancias y pérdidas: las ganancias, que nunca se valoran cuando toca («cuando uno hace balance, siendo ya viejo, se da cuenta de lo buenos que fueron aquellos periodos de la vida que transcurrieron de forma silenciosa», p. 71); las pérdidas, que en esta familia abundan y resultan trágicas (a propósito, quizá se le puede criticar el exceso de tragedia, pero, en cualquier caso, está bien integrado en el conjunto, la novela funciona). La muerte, la guerra, la locura. Se produce una paradoja: el lector sabe, porque así lo anuncia el narrador desde el principio, que está ante una larga saga; no obstante, en algunos tramos su devenir se nubla, los Chironi parecen atrapados en un callejón sin salida, su futuro, su linaje, peligra. Ahí entra en juego la pericia del autor, que, al asegurar la continuidad de antemano, aumenta la intriga.
El grueso de la narración se centra en las tensiones íntimas de la familia: el matrimonio, los embarazos, la incomprensión entre padres e hijos, la complicidad no exenta de cierta rivalidad entre los hermanos, la incertidumbre en torno a lo que vendrá. Hay, también, una dimensión oscura, ligada a los crímenes y la cara más temible de la sociedad sarda. Además, tiene toques de realismo mágico y, como sé lo que suscita esta palabra, aclaro: no se trata de ese realismo mágico ligado al ámbito doméstico, de mujeres llorando en la cocina, que cultivaron los autores latinoamericanos, sino de un realismo mágico (tal vez la expresión no es la más adecuada) que entronca con el imaginario de la superstición y los sueños, comprensible en una zona como Cerdeña. Destacan, por ejemplo, las evocaciones de personajes fallecidos o las revelaciones de un enfermo en su delirio; situaciones que escapan a lo tangible, pero que tienen sentido en la memoria familiar, pues la memoria se compone tanto de lo seguro como de aquello no demostrable que sin embargo los protagonistas vivieron como real.
Marcello Fois
Marcello Fois es un narrador espléndido, con énfasis en lo de «narrador»: un contador de historias nato, como los que se transmitían cuentos en voz alta al calor de la lumbre. Estirpe esconde un poderoso armazón de técnicas narrativas: desde el excelente manejo de las elisiones y los saltos temporales (imprescindible dominarlos en una novela de este calibre) al trasvase de protagonismo de un personaje a otro, que no resulta nada forzado ni se alarga tanto como para «echar de menos» a los demás, pasando por los adelantamientos y retrasos, que mantienen la tensión. Tampoco se puede ignorar la plasticidad de su estilo (con algunos cambios de registro, como el paso a la primera persona) y su poesía, que sabe dar intensidad lírica en los puntos precisos, sin excederse ni caer en lo vacuo. El resultado fluye como un río y el autor se revela como uno de los escritores italianos más interesantes de los últimos años. Con Estirpe, firma una novela muy lograda que sienta las bases de su proyecto, una novela que nos habla de dónde venimos, de las historias individuales y colectivas, de lo cierto y lo incierto, y de la fragilidad de los nudos que conectan un linaje. Cuántos giros, cuántos golpes, cuántas dificultades para, sencillamente, mantenerse en pie.
Cita inicial en cursiva de la página 14.

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