24 mayo 2019

Distinta Clara - Alba Ballesta


Edición: Algaida, 2018
Páginas: 376
ISBN: 9788491890379
Precio: 20,00 € (e-book: 9,99 €)

Tanto en Rari nantes (2015; Premio Joven de Narrativa de la UCM) como en Distinta Clara (2018; Premio Ateneo Joven de Sevilla), sus dos novelas publicadas, Alba Ballesta (Orihuela, 1991) muestra una inclinación por la narrativa metaliteraria. En la primera, Álvaro Aliaga, profesor de secundaria un tanto excéntrico, encuentra en una librería la obra de un autor francés que parece hablar de él. El protagonista se obsesiona con el escritor, quiere conocerlo, y comienza a escribir un libro a su vez. Los capítulos alternan la historia de Álvaro con las andanzas de otros personajes (dos amigas, un tatuador, un librero, entre otros), que terminan por relacionarse. La novela se sitúa en la Barcelona contemporánea y está narrada con humor absurdo; pese a hablar de literatura, se aleja del ombliguismo y la pretenciosidad. Ballesta, además, escribe con trazo grueso: no redacta «páginas de orfebrería», sino que mantiene la frescura del primer borrador, un estilo vigoroso, ágil, ameno, que anima a seguir leyendo y con el tiempo le cosechará muchos lectores fieles. Tiene oído para la expresión coloquial y talento para la ocurrencia, la greguería. Leer Rari nantes, que toma su título de los nadadores supervivientes de la Eneida («parecía que compartieran un mismo fin, el objetivo de salir a flote, de dejar de nadar sin rumbo», p. 171), ha resultado estimulante: es poco frecuente descubrir una nueva voz con este brío, este descaro, de una novelista que sin duda ha leído mucho y muy bien.
Distinta Clara confirma esa corazonada. La acción vuelve a desarrollarse en Barcelona, donde Laia, estudiante de máster, investiga a una escritora llamada Clara Dubasenca (a la que Alba Ballesta hace un guiño en el epígrafe de Rari nantes), de quien encontró por casualidad el tercer volumen de sus obras completas. Como en esos cuentos tradicionales que llevan de un lugar a otro, la estructura del libro adopta la forma de una cadena: por la novela desfilan amigos y conocidos de Clara Dubasenca, personajes que fueron jóvenes en la Barcelona de los años ochenta, una década que se contrapone a la actualidad. A ella, Clara, se le ha perdido la pista. La autora juega al tanteo para averiguar quién fue esta tal Clara: poco a poco, se desvela su naturaleza errática, no terminó la carrera, solía escribir poemas, iba de un lado a otro, tuvo empleos modestos. Todos los personajes se muestran fascinados por ella de una forma u otra; una atracción que se contagia a Laia, que en cierta manera se identifica (o le gustaría identificarse) con la escurridiza y brillante y enigmática Clara. Completan el libro los capítulos, un poco a modo de interludio, sobre la propia Laia: sus desencuentros familiares y sentimentales, sus estudios. Ella también tiende a evadirse; el hecho de ceder la palabra a la gente que se cruza en su camino no deja de ser una estrategia de camuflaje de su propia voz.
En Distinta Clara se evidencia todavía más el dominio del registro coloquial: la narración se apoya en una sucesión de voces, cada capítulo un monólogo de personajes extravagantes, castizos, cómicos. Se le pueden hacer algunas objeciones: quizá no hacían falta tantos, quizá podría haber interconectado más sus historias en lugar de limitarse a seguir la cadena. Por otro lado, en el paso de una parte a otra falta marcar más la transición, reforzar los picos de intensidad, que no parezca que estamos leyendo más de lo mismo. Aun así, la novela se lee con mucho gusto. La autora tiene pulso para arrastrar al lector, una prosa rica, reflexiva pero sin caer en la contemplación o el tedio, con chispa. Incluso aceptando que algunos monólogos no eran necesarios, uno se divierte al leerlos, por su ingenio, su viveza. El libro proporciona momentos gratos, es un divertimento bien traído. Y, por supuesto, sobresale su mitomanía en torno a la escritora, más por su vida que por su producción. Juega al despiste: la protagonista descubre el tercer volumen de sus obras completas; esto, las obras completas, sugieren unas ideas determinadas (una literata de larga trayectoria, todo muy formal, etc.) que, sin embargo, no coinciden con lo que va averiguando Laia. En la novela se transcriben poemas de Clara Dubasenca, píldoras de ese humor ocurrente que ya dejaba entrever Rari nantes.
El centro de la novela es, de nuevo, la metaficción, pero también hace un buen trabajo con el retrato de la estudiante. Laia elige a Clara Dubasenca como tema para su TFM; no obstante, como le interesa más la persona que la obra, el proyecto no cuaja. Hay ahí una burla del rigor académico, el encorsetamiento de la universidad, que conduce a investigaciones pretenciosas e inanes, tendencia que contrasta con la pasión de bucear por su cuenta, por instinto, de escuchar voces y empaparse de vida, en lugar de tanta teoría. Se hacen notas al pie, como un guiño a los trabajos finales. A propósito de Clara Dubasenca, vale la pena mencionar el parecido semántico de su nombre con el de la autora, Alba; se da la paradoja de que ni el personaje de Clara ni la narrativa de Alba Ballesta se caracterizan por ser blancos o puros; al contrario, enredan, y con gracia. En cuanto a Laia, se esbozan sus conflictos (búsqueda de independencia, ligeras tensiones con los padres, relación ambigua con un compañero), pero no termina de ser un personaje con entidad; queda desdibujada al lado de la cadena de conocidos de Clara. Tal vez esa era la intención, una protagonista-canal, que se esconde de sus allegados como lo hizo Dubasenca en sus tiempos.
Alba Ballesta
A todo esto, no hay que leer Distinta Clara (ni Rari nantes) buscando «verosimilitud» o «realismo». No es creíble que Laia consiga esos contactos con tanta facilidad, ni que todos accedan a compartir recuerdos tan íntimos con una joven desconocida. Tampoco que tengan tan presente a la desaparecida Clara, hasta el punto de recitar poemas de memoria. Pero nada de eso importa, porque, de algún modo, la autora hace un pacto con el lector: aceptamos esas licencias, o, más bien, aceptamos esas reglas del juego, porque lo que obtenemos a cambio es un festín literario. No siempre se busca, al leer, un análisis de la sociedad; en ocasiones la fascinación está en el gusto mismo de contar historias, como en los cuentos tradicionales, el gusto de dejarse llevar, de disfrutar de los guiños. Alba Ballesta tiene esa capacidad de absorber al lector, con independencia de lo que narre. Un potencial enorme.

20 mayo 2019

Kentukis - Samanta Schweblin


Edición: Literatura Random House, 2018
Páginas: 224
ISBN: 9788439734895
Precio: 17,90 € (e-book: 7,99 €)

Me repito, pero no importa: Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) me parece una de las escritoras más interesantes del panorama actual, de cualquier lengua y de cualquier país. Ha publicado dos libros de cuentos, Pájaros en la boca (2009) y Siete casas vacías (2015), y una novela corta, Distancia de rescate (2014). Todo bueno, muy bueno; brevedad no equivale a «menor». Imaginería macabra, mezcla de realidad y delirio, desconcierto, sobriedad estilística. Una mirada personal y corrosiva al entorno, que trasciende el ámbito local (da igual dónde se desarrolle un relato, no porque pueda suceder en cualquier lugar, sino porque prevalece el qué, no el marco). Kentukis (2018), su último trabajo, y su novela más extensa hasta la fecha, supone un paso adelante coherente con su proyecto. Tira del hilo de la ficción especulativa, que le ha dado grandes resultados, para construir una narración de mayor envergadura, una suerte de distopía literaria que acierta de pleno en su estudio del presente («da un puñetazo», «pone el dedo en la llaga» o «sacude al lector», podría decir, si no sonara tan tópico).

El Gran Hermano vive en tu casa
Tiene apariencia de peluche (conejo, cuervo o lo que se tercie, al gusto del consumidor), pero lleva una cámara dentro, interactúa y se mueve. Este artilugio llamado kentuki permite jugar a dos bandas: por un lado, alguien compra el aparato, lo instala en su casa, se deja acompañar (vamos a decirlo así) por el animalito; por el otro, otra persona, de cualquier país del mundo, adquiere la otra parte del kentuki, a saber, el panel de control, el ojo que todo lo ve, o, mejor, el ojo que ve hasta donde el otro le deja. Uno elige observar y el otro ser observado. Un juego entre exhibicionista y voyeur. Bastante atrevido, sí, pero ahí están, desde hace tiempo, los programas de telerrealidad o los canales de YouTube. Los creadores de contenidos con su propia vida como materia prima y los consumidores silenciosos de la misma. El kentuki, aunque nazca de la imaginación de Samanta Schweblin, no parece un invento descabellado. La distopía concibe un futuro hipotético, pero esta no dista tanto de la realidad del siglo XXI.
El azar es un factor clave en el funcionamiento del kentuki: ni quien compra el mando elige a quién observará, ni quien adquiere el peluche conoce la identidad de su espía (hasta que el artilugio prospera y aparecen las redes de compra clandestina, pero eso ya es otra historia). Los aparatos, además, se expanden por todo el globo; observador y observado pueden estar a miles de kilómetros de distancia, pueden no coincidir en horarios. Pueden (es más, suelen) pertenecer a generaciones, etnias, religiones y clases sociales diferentes. Pueden, claro, tener intenciones distintas. En ocasiones, uno puede ser espectador y objetivo a la vez. Hay tantas posibilidades… Y Samanta Schweblin, como buena titiritera, maneja unos cuantos hilos. La novia de un artista, una mujer con su existencia en suspenso, que se compra un muñeco para que le haga compañía. La jubilada peruana, que mira por la pantalla a una joven alemana. El italiano, padre divorciado, que compra el kentuki para su hijo pero acaba haciéndole más compañía a él. El adolescente huérfano, que escapa de su monotonía recorriendo las calles de otro continente a través de la consola. Son solo algunos ejemplos de las tramas que se desarrollan, algunas efímeras (un episodio) y otras sostenidas a lo largo del libro.

Dame cariño
¿Por qué querría alguien adquirir un kentuki o convertirse en testigo privilegiado de vidas ajenas? Las motivaciones son tan variadas como los personajes de la novela –entre las más curiosas, una residencia de ancianos de Barcelona, que incorpora unos cuantos muñecos para hacer compañía a los internos–, pero tienen un denominador común: la soledad. Y sus compañeros habituales: el ego, el individualismo creciente de la sociedad. Unos eligen esconderse entre bambalinas para vivir la vida del otro, porque su existencia les sabe a poco, porque carecen de oportunidades o simplemente porque son demasiado pudorosos para mostrarse. Los otros buscan la compañía de un desconocido disfrazado de mascota artificial para tener a alguien con quien abrirse por completo, alguien que les aguante cuando se irritan, que los escuche, los mire, que esté ahí como un perro fiel pero con mente humana. Unos quieren tener el control; otros quieren ser vistos, gritan mírame, hazme caso. Todos necesitan llenar algún tipo de vacío. Pero ¿hasta qué punto pueden fiarse del desconocido?
La novela esboza una sociedad en la que las pantallas ejercen como sustitutivos de las necesidades emotivas del ser humano (ay, esto no suena mucho a distopía, ¿verdad?). La incomunicación con los más allegados –en situaciones de todo tipo: parejas jóvenes, padres e hijos, gente que está muy sola– impulsa el deseo de satisfacer ese hueco con un aparato. Está, también, aquello de que resulta más fácil hablar con un desconocido que no juzga (y todavía más: que no reacciona, que es todo oídos. Porque, había olvidado decirlo, el kentuki no se comunica. No con lenguaje verbal, al menos). Algunos personajes se desnudan (literal y simbólicamente) ante el peluche mientras mienten a sus seres queridos y mantienen una doble vida. No nos engañemos: Samanta Schweblin escribe sobre el presente, sobre nuestras inseguridades, carencias, falta de anclaje. Sobre nuestras contradicciones, porque estamos llenos de ellas. Una crítica implacable a la deriva del individualismo contemporáneo. El kentuki es un recurso literario para llevarlo al extremo, pero el mensaje es cien por cien actual.

Incertidumbre morbosa
El planteamiento de Kentukis se cimienta sobre una incógnita (o varias): el uso insano del artilugio. No todos los personajes se conforman con hacerse compañía sin más. O quizá empiezan con esa intención, pero luego descubren un potencial inesperado de travesuras. El hecho de desconocer la identidad que hay detrás del kentuki le da emoción, para el usuario, que no sabe a quién ha metido en su cuarto, y para el lector, pues la autora tiene la inteligencia de no desvelar sus cartas y mantiene la intriga, nos hace partícipes del misterio que entrañan los peluches. Hay gente bienintencionada, pero también pederastas, bromistas pesados y tipos con ganas de hacer negocio. Y, de fondo, una idea morbosa: ser malo es divertido (al menos cuando no te descubren). El anonimato como armadura y pretexto para hacer aquello que no nos atrevemos a cara descubierta. Para adoptar otro rol (¡uy!, esto tampoco suena distópico, no en los tiempos de ciertos foros y redes sociales).
La paradoja (o no) es que quienes compran el kentuki lo hacen a conciencia. Los mirarán. Tal vez alguno espere que al otro lado haya un alma bondadosa, pero a muchos les gusta ponerle picante a su vida. Excitación. Socarronería. Crueldad. Erotismo. Los «malos» no solo están detrás de las cámaras: a veces los dueños de los peluches también hacen travesuras, ponen al espectador en un aprieto. No sé si como sociedad estamos preparados para admitir que a algunos les gusta mostrarse sin pudor (bueno, ya he mencionado YouTube, y ahí está también la autoficción); en cualquier caso, me encanta que se insinúe. Entre las consecuencias del uso del kentuki, la adicción al artilugio: de personajes que descuidan sus obligaciones a los que prefieren fortalecer sus lazos afectivos con el desconocido antes que con quien tienen cerca. El aparato da pie a muchas observaciones, muchos detalles, que no hablan tanto del objeto como de la conducta que suscita en los seres humanos.

Ficción rima con diversión
Samanta Schweblin
Kentukis, además de ser un libro de excelente factura, da mucho juego por las reflexiones que se entrevén en él. Es pertinente, en el sentido de que interpela al lector, explora conflictos del momento. Y, lo mejor, lo hace de una forma atractiva: no redacta un tratado, sino que nos divierte con su imaginario. Porque el kentuki tiene malicia y humor. En una época en la que el panfleto, la autoficción y el estilo poético artificioso son tendencia, qué alegría leer a una escritora como Samanta Schweblin, que pone la prosa al servicio de la construcción narrativa, sin pretender lucirse, e introduce al lector en un universo con la tensión in crescendo. Solo le puedo hacer una (minúscula) crítica: el hecho de abarcar tantas tramas, aunque se entiende por las múltiples posibilidades del kentuki, renuncia al potencial de narrar una única historia, darle continuidad y enriquecer a sus protagonistas. La dispersión resulta eficaz para desplegar el mapa kentukiano, pero no tanto para subyugar al público con un personaje memorable. Con todo, sigue siendo una novela brillante, de lo mejor que puede leerse en la actualidad. Como he dicho en otras ocasiones, es un lujo coincidir en el tiempo con la autora para descubrir libro a libro cómo convierte su percepción de la realidad (mi realidad, nuestra realidad) en literatura.

17 mayo 2019

Vozdevieja - Elisa Victoria


Edición: Blackie Books, 2019
Páginas: 256
ISBN: 9788417552138
Precio: 19,00 €

Ella sabe que no he nacido para ser su hija y yo sé que ella no podía sentirse más lejos de estar preparada para ser madre cuando parió. Estamos aquí por casualidad, resistiendo las tentaciones como un favor de la una para la otra. Es muy duro. Mi casa es un escondrijo lleno de fugitivos.*

Vozdevieja (2019), la primera novela de Elisa Victoria (Sevilla, 1985), nos lleva a la España de los años noventa de la mano de Marina, una niña que crece en un barrio obrero del sur. La infancia tiene su vertiente apacible, pero también una suerte de lado «oscuro», unos tabús aparentes que la pequeña radiografía con una mirada fresca y espontánea. Este es el gran logro de la autora: la voz narrativa, el punto de vista de una muchacha curiosa, que llama a las cosas por su nombre y a la vez conserva la candidez de la edad para narrar la imperfección de la vida doméstica sin tapujos: habla de cómo acompaña a la abuela al baño, de la madre que duerme en bragas, de los juegos en los que las muñecas se restriegan, de las revistas para adultos que hojea a escondidas. Desmitifica la idea de una infancia «blanca» o decorosa, introduce lo impúdico en la cotidianeidad y aborda la curiosidad por el sexo, las mentiras de los niños o la violencia entre ellos. Marina tiene una cualidad: la picardía. Y Elisa Victoria aúna todo eso en una narración fluida, personal. El título está muy bien escogido, además.
La familia de Marina, como tantas, tiene sus disfuncionalidades: la niña pasa mucho tiempo con su abuela; la madre la tuvo cuando aún no estaba preparada; el padre se halla ausente; el novio de la madre lo reemplaza en cierta medida. En la perspectiva de Marina se entrevén la enfermedad y la muerte, integradas en el día a día; no vive al margen de los problemas de los adultos. Con todo, dista mucho de autocompadecerse o hurgar en los asuntos espinosos; el acierto del punto de vista reside en tratar estas cuestiones como una parte más de la rutina, las «normaliza» en lugar de centrarse tan solo en lo traumático, conviven con las historias más livianas del colegio o los amigos. La autora concentra las esferas que componen la infancia, de lo trivial a lo profundo, de lo anecdótico a lo permanente, por lo que adopta un tono un tanto tragicómico. Tiene también una dimensión social que trasciende la individualidad de Marina, ya que a través de ella retrata las costumbres de esa sociedad humilde y castiza. Para la promoción del libro, la editorial ha contado con el aval de Elvira Lindo; un acierto, ya que a ella se la relaciona asimismo (al menos, en sus primeras obras) con esta aproximación a la niñez desde un enfoque entre tierno y ocurrente, que logra la complicidad de los lectores gracias a su naturalidad y sentido del humor.
Lo mejor de Vozdevieja es el descubrimiento de una nueva voz, valga la redundancia, con un estilo cuidado y una sensibilidad singular hacia esa fuente inagotable de literatura que es la infancia. No es poco, desde luego. Entre sus puntos débiles, la sensación de no saber hacia dónde va, junto con la falta de tensión. Por «tensión» no se trata de narrar una «intriga», darle un «ritmo vertiginoso» o «giros argumentales», sino el simple hecho (y no obstante tan difícil) de mantener la cuerda tensada, sin dispersarse, aunque se narre algo tan íntimo como la pérdida de la inocencia de una niña o los altibajos familiares. Este libro tiene el hándicap de parecer más una «crónica de la infancia» que una «novela» como tal. Tiende a divagar, a recrearse más de lo necesario en las digresiones, a detenerse en la anécdota. Las páginas están escritas con primor, eso sí, pero en ocasiones resulta preferible depurar el estilo hasta que quede lo esencial para que la ficción funcione, es decir, para que subyugue al lector.
Elisa Victoria
En relación con esta crítica, algunos lectores han valorado de forma positiva que les suscite nostalgia por su niñez. Sin embargo, precisamente el exceso de referencias a la cultura popular de los años noventa, por simpáticas que resulten, lastra la narración. Hay que preguntarse si se aspira a escribir un texto testimonial o –esa palabra tan de moda– generacional (y, entonces sí, podría ser pertinente comentar la gracia que tiene Carmen Sevilla presentando el Telecupón, lo rico que está el Bollycao de la merienda o lo contenta que la abuela fue a votar a Felipe González), o bien se aspira a hacer literatura de mayor envergadura. En este último caso, las referencias tienen que integrarse en el relato, tienen que aportar, tener un sentido, y no ser un mero guiño a los lectores de su quinta. La literatura debe tener la capacidad de interpelar al lector con independencia de su edad, su origen o la época que le ha tocado vivir. El fondo debe prevalecer siempre sobre la anécdota, y en esto es donde Vozdevieja se tambalea. Aun así, no está nada mal como debut, y seguro que la autora tiene por delante una gran carrera.
*Cita de la página 42.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails