15 octubre 2018

Papá se ha ido de caza - Penelope Mortimer


Edición: Impedimenta, 2018 (trad. Alicia Frieyro)
Páginas: 320
ISBN: 9788417115548
Precio: 22,50 € (e-book: 7,99 €)

No me cansaré de valorar el trabajo de Impedimenta para dar a conocer a escritoras anglosajonas del siglo XX, como Stella Gibbons, Iris Murdoch, Elizabeth Bowen, Muriel Spark, Penelope Fitzgerald, Margaret Drabble… y Penelope Mortimer (Rhyl, Gales, 1918-Londres, 1999), la última que he descubierto. Esta autora, que empezó a publicar en los años cuarenta, tuvo una vida tumultuosa: se casó dos veces, tuvo seis hijos de cuatro hombres diferentes, sufrió depresión, intentó suicidarse y fue sometida a un tratamiento electroconvulsivo. Fruto de esas experiencias escribió Papá se ha ido de caza (1958) y El devorador de calabazas (1962), dos novelas sobre mujeres, esposas y madres a punto de perder el control, de perderse a sí mismas. Penelope Mortimer, por tanto, pertenece a ese cada vez más nutrido grupo de novelistas que han enriquecido la literatura sobre la intimidad «femenina» en su forma más descarnada: la maternidad y el cuerpo, el matrimonio y los silencios, el ámbito doméstico y la angustia existencial.
Ruth Whiting, la protagonista, podría ser una treintañera como otra cualquiera: casada, madre de tres hijos, con unos cuantos amigos; un ama de casa instalada en la rutina apacible de la clase media inglesa. En el primer capítulo, acompaña a sus dos hijos menores en el tren, rumbo al colegio donde están internos; la mayor, Angela, ya va a la universidad. De vuelta en casa, sin la responsabilidad de los pequeños, Ruth debería sentirse libre, satisfecha, pero en la práctica ese hogar tan vacío (porque, por supuesto, su marido trabaja mucho) se le cae encima y padece una crisis nerviosa. No obstante, un contratiempo de su hija la obliga a salir de su letargo: Angela está embarazada. A partir de aquí, la existencia de Ruth se centra en ayudarla, es decir, en encontrar la manera de que pueda abortar, en una época en que el aborto solo se practica en la clandestinidad. La propia Ruth se quedó embarazada cuando tenía la edad de Angela; entonces adoptó un estilo de vida dependiente del esposo y encerrada en casa que no quiere que su hija (una «nueva mujer» en potencia, con estudios, emancipada) repita.
Papá se ha ido de caza, cuyo título alude a una nana que Ruth canturrea en sus ratos de soledad (y que evoca una imagen muy representativa del rol familiar de los hombres de su tiempo), es una de las novelas que abordan con mayor claridad y sin tapujos la interrupción voluntaria del embarazo en una sociedad donde, por desgracia como en muchos países todavía, solo se puede llevar a cabo de manera ilegal. Cómo se pone en marcha el ferrocarril subterráneo que conforman las mujeres para ayudarse las unas a las otras, para contarse dónde y con quién hacerlo. Cómo los hombres permanecen ajenos, bien por miedo e ignorancia, como el joven amigo de Angela, bien porque son ellas las que deciden excluirlos, como el padre, porque no lo entendería, porque querría imponer su voluntad. Cómo las afectadas sufren humillaciones por parte del personal sanitario y arriesgan su vida por las condiciones deplorables de la clínica. La historia se lee como una radiografía de los problemas inherentes a las mujeres; la intriga va acorde con la tensión creciente de Ruth, desesperada por encontrar a un médico, por consolar a su hija y, mientras tanto, que su marido no se entere.
Y aún hay más: también es una novela que muestra a la perfección la relación entre madre e hija cuando la segunda ya es casi una adulta. El tipo de dependencia se transforma con los años, pero la joven sigue necesitando a su madre. O, dicho de otro modo, la madre nunca deja de ejercer de madre, siempre tiene que estar ahí, aunque nadie parezca apreciarlo. Esa es una de las causas de su desazón. La otra hay que buscarla en el matrimonio, el otro foco del libro, si bien este se plantea con sutileza, entre bambalinas. Sin entrar en detalles, tanto Ruth como su marido se ocultan cosas. No discuten, no se hacen reproches; el declive de su relación se debe a otro conflicto, una pérdida de conexión emocional. Comparten cama, pero sus mentes navegan en direcciones diferentes. A él no le faltan distracciones. Ella se siente sola, descolgada de su círculo social. El matrimonio se sostiene sobre el silencio, las mentiras; un aperitivo de lo que la autora desarrolló con aún más crudeza en El devorador de calabazas. En medio de los cónyuges, los amigos, testigos hipócritas del hundimiento.
Penelope Mortimer
Si bien el gran éxito de la autora fue El devorador de calabazas, Papá se ha ido de caza me parece una novela más lograda, con un hilo narrativo más firme y cohesionado. El devorador de calabazas sobresale en su análisis de un matrimonio que hace aguas y en su tono grotesco, pero la construcción está un tanto deslavazada. Papá se ha ido de caza plasma mejor la evolución de la protagonista, la angustia creciente. El punto de vista se centra en Ruth, salvo en algunos capítulos, en los que (decisión inteligente) desplaza la mirada para ofrecer una panorámica del vecindario, lo que le permite narrar qué ocurre mientras Ruth está inmersa en su cometido. Por lo demás, Mortimer no es una prosista especialmente refinada; su estilo, directo y sin filigranas, con mucho diálogo, está al servicio de la historia y el personaje. No aspira a ser una Virginia Woolf, sino que utiliza un lenguaje sencillo y afilado, eficaz para que su denuncia llegue a los lectores. Tiene mucho en común con El cuaderno prohibido (1952), de la italiana Alba de Céspedes, otra magnífica novela sobre una mujer, madre y esposa al borde de la locura. Edna O’Brien, con la que también comparte bastante (ay, sus Chicas felizmente casadas de 1964), dijo de Penelope Mortimer que todas las mujeres deberían leerla al menos una vez en la vida. Me permito añadir: y los hombres, precisamente para que estas preocupaciones (y estas obras) dejen de ser solo «de mujeres».

12 octubre 2018

La playa - Cesare Pavese


Edición: Altamarea, 2018 (trad. Melina Márquez; pról. Luisgé Martín)
Páginas: 120
ISBN: 9788494833526
Precio: 16,90 €

Decía Rosa Chacel que «no romper el hilo, seguir siempre hablando de lo mismo […] es el sistema que lleva no a ser original, sino a ser originario». Muchos novelistas lo hacen: vuelven una y otra vez sobre el mismo universo literario, lo enriquecen, añaden matices en cada libro. Es un poco como escribir la misma obra en cada intento, y quizá por eso cuesta tanto escoger solo una entre toda su producción. Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 – Turín, 1950) es uno de estos escritores. La nostalgia, el campo y la ciudad, el retorno a la infancia, los amores desdichados, la clase trabajadora, las heridas de la sangre; piezas de un mapa personal que se repiten a lo largo de su trayectoria y hallan su culminación en la profunda y dolorosa La luna y las hogueras (1950). La playa (1942), una de sus primeras novelas, reeditada con nueva traducción de Melina Márquez, esboza algunos de sus motivos predilectos, aunque sin el desgarro acostumbrado; el autor se la tomó como un ejercicio de estilo, un proyecto menor.
Pero él dice que su pueblo es bonito solo en el recuerdo.
El narrador, un treintañero soltero afincado en Turín, retoma el contacto con Doro, un amigo de la adolescencia. A diferencia de él, Doro se casó y vive con su esposa en Génova. En un principio, al narrador le molestó la noticia de ese matrimonio; con el tiempo, la ha asimilado. Ahora veranean en la localidad costera donde crecieron, junto a otros colegas y a la mujer de Doro, Clelia. Por ahí también anda un muchacho, Berti, que está dejando atrás la niñez. El narrador, de quien no se especifica el nombre, se relaciona con todo el elenco de personajes sin estrechar su vínculo con ninguno. Por su mente revolotea la idea de que Doro y Clelia han tenido algún desencuentro, pero, pese a sus preguntas, ellos lo niegan. Las vacaciones transcurren entre paseos por la orilla, excursiones y alguna que otra salida de tono; juegan a ser los jovencitos que fueron, esa etapa que se hace patente que no volverá jamás.
Teníamos entonces esa edad en la que se escucha hablar al amigo como si hablásemos nosotros mismos, en la que se vive entre dos esa vida común que aún hoy yo, que soy soltero, creo que consiguen vivir ciertas parejas casadas.
Como apunta Luisgé Martín en su espléndido prólogo, Pavese no es un escritor de trama –por eso cuesta tanto delimitar «de qué van» sus libros; van de todo y de nada, podría decirse–, sino de trazo impresionista. Leerlo se asemeja a estar con él (a estar con sus narradores, que recuerdan un poco a él: retraídos, observadores, un tanto ásperos con las mujeres), a vagar con esa pandilla, escuchar sus confidencias, su cháchara mientras toman el sol. Escribe la clase de novela en la que ocurre mucho más de lo que se narra; los hechos solo se insinúan levemente en la superficie del trato informal, del parloteo intrascendente. Quizá en La playa esto se aprecia aún más por el punto de vista del hombre soltero que se junta con un matrimonio y desconoce lo que sucede entre ellos, porque no tiene por qué, porque no comparte esa complicidad. De algún modo, invita a reflexionar acerca de la naturaleza de los lazos afectivos y su evolución con el paso de los años, su transformación cuando entra en escena otra persona, la pareja. El enfriamiento entre él y Doro se produjo por la llegada de Clelia; el narrador descubre a un Doro distinto cuando está con ella.
En el fondo me dolía que Doro no me hubiera pedido que les acompañara.
La playa puede considerarse una aproximación al final de la juventud, y no está ambientada en la playa, en época de vacaciones, por casualidad. El narrador ve cómo se termina el «verano» para su grupo de amigos; y para él mismo, aunque siga solo. Doro y los demás adquieren responsabilidades; Doro, de hecho, abandona su afición, la pintura, metáfora del fin de las tentativas. Por su parte, el joven estudiante, Berti, actúa como contrapunto, un espejo de lo que fueron ellos cuando se iniciaron en la vida adulta. Abundan las resonancias melancólicas, el recuerdo del tiempo en que Doro y él estaban más unidos, con un tipo de conexión emocional que parece imposible entre dos hombres que han tomado rumbos separados. Los adultos en que se han convertido tienden a callar, a reservarse los pensamientos, las dudas; han perdido la despreocupación de antaño, el arte juvenil de hacer ruido. Cada uno guarda dentro de sí un abismo impenetrable. Se aprecia cierta atmósfera de derrota, también, por las expectativas que (por supuesto) no se han cumplido. No hay catarsis; solo resignación.
–Duerme, sí –respondió Doro, despreocupado y contento–. Hay que ver cuántas cosas duermen bajo nuestras corazas. Haría falta tener el valor de despertarse y encontrarnos a nosotros mismos. O, al menos, hablar de estas cosas. Se habla demasiado poco en este mundo.
–Suéltalo ya –le dije–. ¿Qué has descubierto?
–No he descubierto nada. Pero acuérdate de cuánto hablábamos siendo chicos. Se hablaba así porque sí. Sabíamos perfectamente que eran solo palabras, pero nos lo pasábamos muy bien.
Cesare Pavese
«Nada es más inhabitable que un lugar en el que hemos sido felices» (p. 106), escribió Pavese aquí. Esta frase tan hermosa condensa el espíritu de la obra: la añoranza, el tempus fugit, la imposibilidad de permanecer en un mismo sitio. Luisgé Martín dice que Pavese le parece un autor que despierta afecto, además de admiración, y quizá sea por estas reflexiones, estos personajes que se replantean las cosas, que echan la vista atrás y se dan cuenta de lo que han perdido; personajes que ríen, bromean, aunque su mirada esté ya un poco apagada; personajes en los que el lector se reconoce, en suma. El autor sabe cómo contar una historia, cómo insuflar vida a los protagonistas, con un estilo y una sutileza extraordinarios. Que no engañe la aparente sencillez de su prosa: cada palabra está elegida a conciencia, detrás de esa voz próxima al habla coloquial hay una búsqueda de precisión encomiable. Siempre es un lujo y un placer volver a Pavese, si bien el reencuentro, como a sus personajes, deje un poso agridulce.
Citas en cursiva de las páginas 73, 25, 104 y 52.

10 octubre 2018

Agua verde, cielo verde - Mavis Gallant


Edición: Impedimenta, 2018 (trad. Miguel Ros González)
Páginas: 192
ISBN: 978841711556
Precio: 17,95 € (e-book: 10,99 €)

La canadiense Mavis Gallant (Montreal, 1922 – París, 2014) se encuentra entre esas escritoras a las que aún no se ha prestado la atención suficiente. Especialista en el relato corto, su obra anticipa de algún modo a su compatriota Alice Munro, con esas historias que condensan en pocas páginas toda la complejidad de la vida de la gente corriente. Como las protagonistas de este libro, Gallant dejó su Norteamérica natal para instalarse en Europa, donde residió desde los años cincuenta. No hace mucho Lumen recuperó su narrativa breve en Los cuentos (2009), e Impedimenta hace lo propio con la primera de las dos únicas novelas que publicó, Agua verde, cielo verde (1959), aunque llamarla «novela» no es del todo exacto. Fiel a su estilo, el libro se compone de cuatro textos que funcionan por separado y están interconectados por los personajes. Las protagonistas, Bonnie y Flor, son una madre divorciada y su joven hija, que desde la ruptura del matrimonio se dedican a vagar por Europa, en compañía de familiares, amigos y nuevos e inesperados compañeros.
Sabía que el tiempo iba pasando y la ciudad se vaciaba, pero aún no había alcanzado los sueños que anhelaba. Un día abrió los postigos de su habitación y la tarde estival bañó su rostro blanco y su pelo enmarañado. Tuvo la sensación de que el verano estaba tocando a su fin: ya había alcanzado su punto álgido y ahora se iría desvaneciendo. La nostalgia inundó la habitación. Nostalgia por el pasado, por el declive del día, por una sombra a través de la persiana, por el miedo al otoño. La estación, más que concluida, parecía desgastada, como un amor sobre el que se ha hablado demasiado, o un deseo pospuesto.
El conflicto reside en la relación entre madre e hija –la biografía de Gallant está asimismo marcada por el entendimiento difícil con su progenitora, que tras quedarse viuda se volvió a casar enseguida, se marchó y la dejó a cargo de un tutor legal–. Por un lado, Bonnie, una mujer de mediana edad que ha sido atractiva, ha tenido amantes, ha disfrutado, en definitiva, y todavía no ha abandonado del todo esa forma juvenil de estar en el mundo («se rendía y se consolaba jugando a ser una chiquilla», p. 37). Por el otro, Flor, hermosa pero desvaída, taciturna, encerrada en sí misma. En apariencia, su existencia bohemia y cosmopolita podría despertar envidia; sin embargo, Flor ha crecido sin anclaje, sin ese sentido de pertenencia a un país, un hogar, una familia («Podría haber sido una persona, pero tú me convertiste en una extranjera», p. 44). Ni Bonnie ni Flor se han desprendido del pasado. La hija se siente una víctima de su madre; la madre cree que la hija toma decisiones equivocadas para vengarse de ella. Se respiran los reproches mutuos: «Aquella cercanía acabó convirtiéndose en una trampa, y ahora ambas pensaban: “De no ser por ti, mi vida habría sido diferente. Ojalá hubieras salido de mi vida en el momento oportuno”» (p. 74).
Mavis Gallant hace un ejercicio magistral del punto de vista y la elisión. Cada relato, cada parte, se centra en un personaje que durante un tiempo se relaciona con las dos mujeres. Lo que descubrimos, por lo tanto, es la perspectiva parcial de quien conoce la relación entre madre e hija desde fuera, un testigo, un compañero que interactúa con ellas, en grados de proximidad desiguales y variables: no percibe igual el primo adolescente enamoriscado de Flor que la chica casada que intenta trabar amistad con ella o el viejo amigo de Bonnie. Estos personajes, a su vez, tienen sus problemas; cada uno ve las cosas según su experiencia, y a menudo el punto de vista dice más de ellos que de las dos mujeres. En el primer relato ya lo advierte en boca de Flor: «tengo la sensación de que nosotros dos nunca hemos estado en el mismo sitio» (p. 34). Dos personas pueden compartir una tarde, pero no la viven igual, sobre todo, no la recuerdan igual. Apenas se entrevé la punta del iceberg, porque en compañía de los demás uno se comporta de otra manera, se guarda mucho para sí.
Todos, no sé por qué, nos vengamos de alguien. Si tú eres tan mala con tu madre como ella dice que eres es porque te estás vengando de ella. Pero ten presente, Florence, que tu madre podría darse la vuelta y decir “Sí, pero mira a mis padres”, y ellos podrían hacer y decir lo mismo. Comprenderás, pues, lo inútil que resulta repartir culpas. Creo que mi marido se está vengando de mí, aunque no sé por qué. Todos nos vengamos de alguien, y todos pagamos por los problemas ajenos. Todos los hijos acaban vengándose de sus padres, una y otra vez.
Mavis Gallant
La autora, además de por su brillantez en la construcción, asombra por su finura. Escribe con un estilo elegante, sutil, poético, preciso. No se recrea en las escenas morbosas, no despieza un encontronazo en pleno apogeo; más bien muestra los restos del naufragio, leves, profundos. Insinúa más que narra; las aguas se mueven bajo la superficie que ven los acompañantes. Las protagonistas pueden resultar alegres y despreocupadas en una charla trivial, pero quién sabe cuánto ocultan, y en ese misterio se sustenta la narración. Cada historia se desarrolla en una etapa diferente, en ciudades que con frecuencia se retratan como lugares de ensueño para el turista: Venecia, París, Cannes. Su evocación aquí, en cambio, va en consonancia con el estado de ánimo deprimente de los personajes, con una descripción impecable de los ambientes, los atardeceres, el final del verano. Este es, en definitiva, un libro hermoso, extraño, fascinante; un libro sobre personajes desamparados que tratan de aparentar normalidad mientras la amenaza de romperse les corroe por dentro («solía desear que fuéramos una familia sencilla, pero ella no podía ser sencilla con la vida que había llevado», p. 182). Literatura delicada y sin estridencias; un hallazgo.
Citas en cursiva de las páginas 100 y 107-108.

08 octubre 2018

Cara de pan - Sara Mesa

Edición: Anagrama, 2018
Páginas: 144
ISBN: 9788433998613
Precio: 16,90 € (e-book: 9,99 €)

Sara Mesa (Madrid, 1976) se mueve en las distancias cortas y en los márgenes. Esta afirmación se puede aplicar tanto a los aspectos formales de su narrativa –breve y un tanto rara avis dentro de la tradición española– como a su contenido, sus «historias», que examinan de cerca a quienes se quedan fuera del sistema, a los «inadaptados» o «desfavorecidos», y las relaciones de poder entre ellos. Estos atributos se reafirman en Cara de pan (2018), su trabajo más reciente, una novela de personajes con un planteamiento sencillo, que sin embargo le permite desentrañar los mecanismos por los que alguien resulta excluido de su grupo de pares y, a la vez, plantea una situación controvertida que discute algunos principios morales muy arraigados en la sociedad. Sara Mesa es, en este sentido, una escritora «incómoda».
Casi y el Viejo se encuentran de lunes a viernes en un parque. Ella, una adolescente hasta entonces responsable, empezó a faltar a clase cuando tuvo algunos problemas, como esa compañera que la llama «cara de pan». Él, un hombre de mediana edad, no trabaja y se dedica a observar los pájaros mientras escucha canciones de Nina Simone –aficiones que devienen metáforas de la alteridad: los negros en Estados Unidos, las aves exóticas frente a las especies autóctonas–. Poco a poco, se descubre que estuvo ingresado en un centro psiquiátrico. Casi y el Viejo se conocieron por casualidad, cada uno hizo del parque su particular refugio; con el paso de los días, no obstante, su relación se estrecha, van compartiendo sus inquietudes y, entre bolsas de patatas fritas y jazz, nace un vínculo entre ellos. Tienen edades, aficiones y circunstancias diferentes, pero comparten su condición de outsiders, que les ha llevado a apartarse por voluntad propia de sus semejantes, unos semejantes con los que no encajan.
No se revelan al lector los nombres de los personajes. La narración en tercera persona los identifica como Casi y el Viejo, los apodos (significativos) que se ponen entre ellos: Casi, porque tiene «casi» catorce años, aún no ha terminado de crecer, aún desconoce muchas cosas; y Viejo, porque ya ha vivido, ya está de vuelta de todo, hasta sus gustos son anticuados como él. Estos motes simbolizan su nueva forma de estar en el mundo: en el parque, dejan atrás el rol que representan con su nombre verdadero, sus identidades de estudiante con problemas de integración y de paciente con trastorno mental. Al convertirse en Casi y el Viejo, se liberan de las ataduras: el uno junto al otro, pese a sus diferencias aparentes, pueden olvidar lo que les atormenta, no tienen que darse explicaciones. Crean un universo paralelo donde no existen los obstáculos, donde evaden (esa es la palabra) sus temores. Pero no se puede escapar para siempre de las obligaciones y, al final, la realidad se les echa encima.
La autora tiene la virtud de saber dosificar la información, de insinuar más que contar, con la tensión in crescendo hasta llegar al golpe de efecto. Los personajes se van mostrando de manera progresiva, se indaga en sus traumas, en las causas de su desaliento: ella, acomplejada, tiene la inseguridad propia de la adolescencia, el miedo al despertar sexual, al rechazo, la vida se le hace enorme; él, después del punto de inflexión del ingreso, consciente de haber sido apartado por sus colegas, se concentra en la ornitología y la música. Casi huye del lugar que le corresponde; el Viejo, más bien, inventa uno porque le han echado del suyo. El conflicto surge de esta unión, una unión de iguales y opuestos al mismo tiempo, en la que las diferencias terminan imponiéndose. A todo esto, no se puede pasar por alto la imagen que forman, la imagen que se ve desde fuera: un señor excéntrico con una niña. El choque entre lo que es y lo que parece, entre lo que viven ellos y lo que interpreta un hipotético observador externo, tiene asimismo importancia.
Este tipo de obra, la amistad entre marginados, no abunda en la tradición española. Los japoneses, en cambio, parecen especialistas en explorar los lazos entre personajes desarraigados. Este libro recuerda, por el conflicto y los personajes (no el estilo), a las historias de Hiromi Kawakami, Yoko Ogawa o Kaori Ekuni. Sobre todo, Cara de pan se asemeja a Le llamé Corbata (2012), de la escritora austríaco-japonesa Milena Michiko Flašar, que narra el acercamiento, también en un parque, entre un joven hikikomori y un oficinista maduro que perdió su empleo; con la diferencia, claro está, de que Sara Mesa incorpora la variable del género, un hombre y una chica, con los matices que esto implica. Otra novela que puede encuadrarse en esta categoría es La soledad de los números primos (2008), de Paolo Giordano, que plantea asimismo un encuentro entre dos solitarios.
En la carrera de Sara Mesa, no obstante, el tema no resulta inesperado: ya en Cuatro por cuatro (2012) –la única novela de la autora que había leído hasta la fecha– mostró su predilección por los antihéroes, los que no ocultan su fragilidad, las víctimas. En ambas una amenaza planea sobre los personajes: en Cara de pan, esa amenaza la encarnan las instituciones que, en principio, velan por el bienestar de la gente, por la integración (la familia, el colegio, el hospital, la psicóloga), pero en la práctica son percibidas como enemigas, fuerzas de control que buscan la normalización y por eso mismo refuerzan la noción de alteridad del que no encaja. A propósito de Cuatro por cuatro, me parece una novela de mayor alcance en cuanto a estructura, técnicas narrativas, número de personajes y concepción de un universo más complejo (un internado selecto en una zona devastada). Esa propuesta me resultó más sugerente, rica y ambiciosa. Por su parte, el alcance de Cara de pan es menor (dos personajes en un mismo espacio durante un corto periodo de tiempo; la novela también es muy breve, casi un relato largo), pero está más pulida en todos los aspectos, la precisión del lenguaje, la psicología de los personajes, el cierre redondo, la hondura emocional; concentrada como esos manjares exquisitos que se sirven en platos pequeños.
Sara Mesa
Sara Mesa tiene todavía otro talento: el estilo ágil y sin florituras, nada castizo y accesible para muchos lectores, incluidos los que no suelen acercarse a la literatura española contemporánea. Su voz limpia desmenuza problemas sociales con planteamientos perturbadores; ha encontrado las herramientas para narrar este comienzo de siglo de una forma atractiva, manteniendo la intriga, ese peligro que se cierne sobre los protagonistas. Cara de pan es una obra coherente en su trayectoria, además de un libro idóneo para leer en clubes de lectura e institutos. Invita a no quedarse en la superficie de las cosas, a vencer prejuicios, a reprimir el impulso de juzgar al instante (sí, esa práctica tan extendida en las redes y en la sociedad en general); pero, sobre todo, da vida a dos personajes memorables, tiernos y singulares, que enriquecen el corpus literario de la narrativa patria.

05 octubre 2018

Necesitamos nombres nuevos - NoViolet Bulawayo


Edición: Salamandra, 2018 (trad. Sonia Tapia Sánchez)
Páginas: 256
ISBN: 9788498388374
Precio: 18,00 € (e-book: 11,99 €)

Con Necesitamos nombres nuevos (2013), su primera novela, NoViolet Bulawayo (Zimbabue, 1981) ganó el PEN/Hemingway Award y resultó finalista del Man Booker Prize, entre otros galardones. El libro, que se desarrolla en Zimbabue a comienzos del siglo XXI, está narrado por Darling, una niña de diez años que nos acerca a su tierra desde su mirada infantil, con un lenguaje fresco, cercano a la expresión oral, aunque al mismo tiempo muy elaborado en el sentido literario. Darling, que vive en una chabola junto a su madre y su abuela, tiene una pandilla de amigos, con los que juega a «Buscar a Bin Laden» y roba guayabas en el vecindario rico. Ninguno de ellos va a la escuela; los profesores se marcharon a otros países, como también hizo el padre de Darling («Me enfado cuando pienso en él, con lo que casi siempre hago como si no existiera; es mejor así», p. 27). Niños de la calle, niños que los miembros de la ONG fotografían sin pudor, niños de familias que perdieron sus escasas pertenencias, niños sin esperanza en el futuro; pero niños vivarachos y con desparpajo pese a todo.
La primera mitad recrea la niñez de la pandilla, un poco como Los pescadores (2015), del nigeriano Chigozie Obioma, o Pequeño país (2016), del franco-ruandés Gaël Faye. La inocencia del punto de vista no atenúa la crudeza del día a día, sino que la pone de relieve: el hambre, el hallazgo del cadáver de una mujer colgado de un árbol, la niña de once años embarazada, las diferencias con otros barrios, las sensaciones encontradas hacia los «regalos» de la ONG. La autora escribe con perspectiva sociológica; la voz infantil como instrumento para comunicar de forma creativa las condiciones inhumanas de los zimbabuenses. En la segunda parte, Darling abandona el país y se instala con su tía en Estados Unidos en busca de un futuro, como la protagonista de Americanah (2013), de Chimamanda Ngozi Adichie. En este lugar vive su adolescencia y conoce a una nueva galería de personajes. En teoría, emigrar iba a ser su oportunidad, pero no tarda en descubrir que lo que le espera en Estados Unidos no está exento de sorpresas desagradables; su identidad de extranjera africana la persigue.
He mencionado otras novelas recientes para insinuar una idea: Necesitamos nombres nuevos no cuenta nada que no se haya narrado ya. Esto no importa, siempre que el estilo, la mirada singular del autor, aporte matices diferentes, enriquezca esta tradición de historias de niños africanos emigrados –un inciso: soy consciente de lo etnocéntrico que resulta englobar todo lo que se escribe en África como «africano», y lo mismo ocurre con Latinoamérica. En el caso que me ocupa, no se puede comparar un país como Nigeria, del que salen muchos escritores, con uno como Zimbabue. Aun así, por desconocimiento o por comodidad, lo hago, lo hacemos–. Sin duda, NoViolet Bulawayo tiene talento e inventiva, juega con el lenguaje y saca partido al punto de vista en detalles como los apodos de los personajes (Bastardo, Madredehuesos, Sabediós) y el registro coloquial, trufado de referencias a la cultura (blanca occidental) dominante, que evidencian esa especie de contradicción en la que viven los muchachos: pobres, pero con una cotidianeidad salpicada de marcas, equipos de fútbol y nombres de famosos.
NoViolet Bulawayo
Sin embargo, pese a ser un debut meritorio, me parece más el descubrimiento de una voz con potencial –no en vano las frases promocionales destacan precisamente esto– que de una novela lograda. Para empezar, es inexacto considerarla una «novela»: se compone de relatos que funcionan por separado (el primero, «Asalto a Budapest», incluso recibió un premio en 2011; fue la semilla de la obra). Comparten narradora, escenario y personajes, pero no están vehiculados en una trama. Este es uno de los problemas: hace falta encauzar el argumento, definir hacia dónde quiere llegar. Además, el estilo, ese parloteo infantil en presente, eclipsa la historia. Como les ocurre a muchos escritores noveles, NoViolet Bulawayo intenta demostrar constantemente que sabe escribir, hasta el extremo de caer en la verbosidad y la abundancia de metáforas y comparaciones (overwritten, por utilizar el término en inglés). Falta fluidez; lo que funciona en pequeñas dosis no vale para un proyecto de largo alcance, un lenguaje demasiado concienzudo puede lastrar la narración. He leído unas páginas muy bien escritas, pero una novela mediocre; esa es mi impresión.

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