10 diciembre 2018

Notas desde un manicomio - Christine Lavant

Edición: Errata naturae, 2018 (trad. Nieves Trabanco)
Páginas: 80
ISBN: 9788416544707
Precio: 11,00 €

Las enfermedades mentales han sido (siguen siendo, en gran medida) un tabú. He aquí un primer motivo por el que prestar atención a este libro: Christine Lavant (Gross-Edling, 1915 – Wolfberg, 1973), seudónimo de Christine Thonhauser, comparte sus experiencias como interna en un hospital psiquiátrico en 1935. Esta poeta austríaca, inédita en España pero reconocida en su país, sintió la necesidad, la urgencia, de dedicarse a la literatura. Como tantos otros, solo que a ella no la acompañó el entorno: de origen muy humilde, formaba parte de una familia numerosa de tradición minera. Ella misma trabajó como tejedora, y apenas salió de la localidad donde había nacido. Tímida, recluida en su pueblo, atormentada por no encajar en lo que se esperaba de una mujer, quiso ingresar por voluntad propia. Su estancia duró un mes y medio.
Notas desde un manicomio, escrito en 1946 y publicado de forma póstuma siguiendo las indicaciones de la autora, que lo consideraba demasiado personal para mostrarlo en vida, es en realidad mucho más que unas simples «notas»: trasciende lo testimonial para erigirse en un texto literario de altura, elogiado por, entre otros, Thomas Bernhard. Es la voz, descarnada pero lúcida, de una mujer que indaga en su encierro voluntario, un encierro en el que trató de recuperar algo parecido al equilibrio. «Mientras que aquí se me considere una invitada de paso y que yo misma me sienta como tal, no he traspasado la última frontera» (p. 6), reflexiona; el hecho de haber elegido entrar le da esperanza, la aleja de las enfermas más graves, como si aún no estuviera todo perdido para ella. Eso se convierte en su fortaleza para seguir adelante con la recuperación.
Este breve monólogo condensa una aproximación al hospital en la que cuenta más la mirada íntima sobre todo lo «humano» (la relación médico-enfermera-paciente, con su disciplina escolar, la convivencia de las enfermas, las jerarquías) que el análisis de lo «médico». No se recrea en los trastornos, tampoco en el suyo, sino que ahonda en detalles reveladores del día a día, desde las excentricidades de algunas mujeres a la tensión entre ellas, pasando por las carencias del sistema («Porque todo el sufrimiento que aquí hay está tan por encima de todo lo humano que es imposible que pueda ser afrontado sólo con medios humanos», p. 20). Todo ello, hay que insistir, desde un punto de vista puramente literario, sin intenciones didácticas ni periodísticas, aunque en la práctica aporte más información sobre ese ambiente que las crónicas convencionales.
Christine Lavant
No se puede ignorar, por otro lado, la condición de centro «para mujeres», que condiciona el trato a las pacientes. Por ejemplo, médicos que dan por sentado que la narradora está deprimida como consecuencia de un mal de amores, como si una joven como ella solo pudiera sufrir por eso. En general, prevalece la idea, entre los personajes «sanos», de que las mujeres que se tuercen lo hacen por no llevar esa vida de esposa-madre-ama de casa, que sus problemas se solucionarían con una familia estable. En este sentido, la perspectiva de género pone de manifiesto los prejuicios de la época, que denigraban aún más a las enfermas; no comprendían la naturaleza de su trauma, de ahí la dificultad para recuperarse. La transparencia del texto de Christine Lavant resulta iluminadora en toda su crudeza.

07 diciembre 2018

Libros para regalar estas Navidades (2018-19)

  1. El must de la temporada: Una educación, de Tara Westover (Lumen). La historia real de una joven que creció aislada, en un entorno embrutecido, pero salió de él gracias al estudio. Impresionante por lo que cuenta y por lo bien escrita que está.
  2. Una historia conmovedora de amistad y soledad: Las ocho montañas, de Paolo Cognetti (Literatura Random House). Con aparente sencillez, el autor da forma a unos personajes y un lugar -la montaña- que permanecen en el lector.
  3. Uno de los proyectos narrativos más deslumbrantes de este siglo: la trilogía A contraluz, Tránsito y Prestigio, de Rachel Cusk (Libros del Asteroide). Innovador, exigente, brillante, pertinente... y adictivo.
  4. Cuando una ciudad -Constantinopla- y un personaje -la matriarca de una familia- se funden: Loxandra, de María Iordanidu (Acantilado). Un clásico recuperado de la literatura griega moderna que rinde homenaje a la vida de las mujeres.
  5. Para los que disfrutaron con Elena Ferrante: Ataduras, de Domenico Starnone (Lumen). Una exploración lúcida y chispeante de un matrimonio en diferentes etapas de su relación, con un estilo vivaz y una honestidad abrumadora.
  6. Vida y literatura en la Alemania de la primera mitad del siglo XX: A la izquierda, donde el corazón, de Leonhard Frank (Errata naturae). Un recorrido implacable por la trayectoria del autor y, a la vez, una novela excelente.
  7. Las narraciones exquisitas de una autora inglesa olvidada: Algunas formas de amor, de Charlotte Mew (Periférica). La soledad, el desamor, la pérdida. Unos cuentos que aún tienen la capacidad de interpelarnos.
  8. Un pequeño (y encantador) clásico de la novela de aprendizaje: El río, de Rumer Godden (Acantilado). Se sitúa en la India colonial e inspiró la aclamada película de Jean Renoir.
  9. Una joven que crece entre dos culturas: Vi. Una mujer minúscula, de Kim Thúy (Periférica). De Vietnam a Canadá, de la herencia materna a la asimilación de valores occidentales. Delicada e intimista.
  10. Una novela llena de humanidad y con personajes memorables: La novena hora, de Alice McDermott (Libros del Asteroide). Una de las autoras del momento.
  11. Una novela entretenida, con sabor a las épicas de antaño: Fuego en la montaña, de Edward Abbey (Errata naturae). Coming-of-age, sentido del humor y defensa de valores ecologistas.
  12. Literatura poética y cruda para retratar la violencia que sufren muchas mujeres: Cárdeno adorno, de Katharina Winkler (Periférica). El periplo de una mujer de una aldea kurda que se casa con el hombre equivocado.
  13. Una poderosa inmersión en el Henry James adulto: The Master, de Colm Tóibín (Lumen). Novela de altura, para leer con calma, de un genio sobre otro genio.
  14. La caída en desgracia de un intelectual en los años veinte: Devastación, de Tom Kristensen. El lado turbio del ambiente bohemio en la Dinamarca de la época, un retrato desgarrador del burgués desencantado y la debacle del alcoholismo.
  15. Las memorias de una de las mejores escritoras del siglo XX: Chica de campo, de Edna O'Brien (Errata naturae). Infancia en la Irlanda rural, el miedo al padre, un matrimonio desdichado, Swinging London, su carrera literaria y mucho más.
  16. Una voz áspera e inquietante que nos habla de relaciones de poder, aislamiento y perturbación: La azotea, de Fernanda Trías (Tránsito). Un descubrimiento.
  17. Una mirada lúcida al rol de la mujer en la guerra: Las soldadesas, de Ugo Pirro (Altamarea). Un potente mensaje antibelicista, basado en las vivencias del autor. 
  18. Mujer, madre y esposa a punto de perder el control: Papá se ha ido de caza, de Penelope Mortimer (Impedimenta). Maternidad, aborto, locura. Sin tabús.
Y mi recomendación especial:
  • Unos cuentos navideños para el siglo XXI: Días de Navidad, de Jeanette Winterson (Lumen). Talento, ingenio y plasticidad narrativa: espléndidos.
¡Felices fiestas!

03 diciembre 2018

Me casé por alegría - Natalia Ginzburg

Edición: Acantilado, 2018 (trad. Andrés Barba)
Páginas: 128
ISBN: 9788416748907
Precio: 12,00 €

Novela, ensayo, relato, teatro: Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991) escribió de todo y todo lo escribió bien, no en vano es una de las grandes del siglo XX, una escritora que supo construir un universo literario rico a partir de la observación de las menudencias cotidianas. La parte menos conocida de su obra, al menos para el lector español, es su faceta como dramaturga, que cultivó a partir de los años sesenta, ya como una autora consumada. Me casé por alegría (1966), inédita hasta la fecha en castellano, fue su primera pieza, una comedia de costumbres de estructura circular que tiene su sello inconfundible. Es posible que el público actual esté poco habituado a leer textos dramáticos; aun así, si se ha leído antes a Natalia Ginzburg, no cuesta entrar en este (de hecho, sus novelas se caracterizan por su cercanía a la expresión oral, en forma de diálogo o monólogo interior, fundamental en el teatro). Es más: nada mejor que tomar contacto con el género con una autora ya leída y apreciada.
Giuliana y Pietro son dos jóvenes recién casados que viven en Roma. Él, un abogado a quien auguran un futuro brillante; ella, una chica de provincias humilde que se marchó de casa a los diecisiete años y se ha dado algún que otro batacazo. Enseguida se descubre que contrajeron matrimonio cuando apenas se conocían; la obra se centra en los primeros días de su convivencia, que ponen de relieve lo poco que saben el uno del otro y tratan de responder, de manera directa o indirecta, a la pregunta de por qué se casaron («Estaba dispuesta a casarme con quien fuera cuando te encontré, ¿entiendes? […] Con cualquiera. Estaba dispuesta a todo.», p. 15). Como culminación, en el último acto, una comida con la hermana y la madre de Pietro, esta última una mujer recia y tradicional que aún no conoce a su nuera y tiene mucho que decir.
Tres atributos se pueden destacar del texto: los personajes, los equívocos y el retrato de costumbres burguesas. En primer lugar, sobresalen los protagonistas, en particular los femeninos, perfiles psicológicos complejos que se revelan en apenas unas líneas. Giuliana, en un monólogo espléndido ante la sirvienta, se muestra como una chica fresca y desenvuelta, que no ha tenido suerte con los hombres ni le gusta trabajar (y lo admite); perdida, sin rumbo, de naturaleza jovial pero no obstante desdichada, que recuerda a Delia de El camino que va a la ciudad (1942) y a Mara de Querido Miguel (1973). Giuliana narra su historia con desparpajo y humor a pesar del dramatismo; la autora brilla una vez más en la naturalidad con la que explora las dificultades de una mujer joven para abrirse camino en la vida, con un lenguaje ameno, fluido, coloquial, nada rígido, acorde con el personaje. Lo mismo ocurre con la suegra, una señora conservadora, metomentodo, pesimista; y la criada, Vittoria, una muchacha alegre y pizpireta, de quien no se sabe si miente más que habla pero con todo se gana las simpatías (de los personajes y del lector-espectador) con su labia y su improvisación.
En cuanto a los equívocos, son un recurso frecuente para contraponer a marido y mujer y, de paso, profundizar en su persona. Por ejemplo, se hace referencia a alguien que uno conoce, y el otro dice que también lo ha tratado, sin estar seguro en realidad; tan solo les suena un nombre, una cara (el señor muerto en el primer acto, la amiga Elena o la clienta de la papelería). Este truco actúa como metáfora de la distancia entre ellos, de lo desconocidos que son el uno para el otro, de la existencia que han llevado antes de cruzarse; creen que saben cosas de su cónyuge, pero en la práctica solo pueden intuir, sospechar. El equívoco, además, añade comicidad al pequeño enredo; la autora sabe exprimirlo para mantener la tensión, esa pizca de curiosidad por lo que ocurrirá, aunque de hecho el interés principal reside en el desarrollo de los caracteres.
¡Qué extrañas esas madres que se quedan agazapadas allí en el fondo de nuestra vida, en las raíces de nuestra vida, en medio de la oscuridad, tan importantes, tan determinantes para nosotros! Uno se olvida mientras vive, o se le pasa, o cree que se le pasa, pero nunca se le llega a pasar del todo. ¡Tu madre es una tarambana y al mismo tiempo tan determinante! No parece que pueda marcar a nadie y sin embargo te ha marcado a ti…*
Se plantea asimismo la tensión entre madres e hijos (con una magnífica reflexión final), un tema clave en Natalia Ginzburg. Y, por supuesto, el matrimonio, los motivos para casarse tan pronto, sin un «enamoramiento» convencional ni un embarazo de por medio. Durante gran parte de la obra, Giuliana especifica que se casó «también» por dinero, sin confesar a qué razón se suma ese «también». Pietro reconoce que lo hizo por alegría, de ahí el título, porque Giuliana le da una alegría, una ligereza, que contrasta con el estilo de vida del hogar materno («Jamás me habría casado con una mujer que me tuviese hechizado. Quiero vivir con una mujer que dé alegría.», p. 72). A la postre, el matrimonio temprano se concibe como vía de escape, la única forma sólida de cortar el cordón umbilical. En este sentido, quizá por su naturaleza de comedia para ser representada (y, por consiguiente, escrita para entretener al espectador), no está teñida de tanto malestar como otros títulos de Natalia Ginzburg. Hay amargura en la voz de Giuliana, hay tensiones en la casa recién establecida; pero en el diálogo liviano predomina la gracia, el «saldremos adelante pese a todo», easy-going.
Natalia Ginzburg
En definitiva, Me casé por alegría es una pieza engarzada a la perfección, una comedia donde se deslizan los conflictos imperecederos de la burguesía, de la relación entre madres e hijos, de la búsqueda de un lugar propio, del amor y del matrimonio, del tedio y de la fiesta, pasando por las clases sociales y las habladurías. Un libro empapado del universo de Natalia Ginzburg: buscar un sombrero, charlar con la criada desde la cama, compartir una comida o encargar un abrigo nunca dieron tanto de sí. Engrandece lo minúsculo, ilumina los rincones polvorientos. Utiliza palabras sencillas para revolver situaciones complejas, se burla del matrimonio y su solemnidad. No pasa nada y pasa todo. Y, por si fuera poco, contagia su buen humor. Maravilloso.
*Cita de la página 110.

30 noviembre 2018

La memoria del aire - Caroline Lamarche


Edición: Tránsito, 2018 (trad. Raquel Vicedo)
Páginas: 108
ISBN: 9788494909511
Precio: 15,90 €

La escritora belga Caroline Lamarche (Liège, 1955) lleva a cabo en La memoria del aire (2014) lo que se conoce como «literatura del yo». En la creación literaria no todo se reduce a la narración de historias con conflicto y personajes; en ocasiones, se entiende como una exploración del abismo interior, de las heridas sin sanar, la escritura como herramienta para (re)construir ese punto de ruptura en la vida del protagonista, para explicar(se) y tratar de encajar, de dar un sentido a ese dolor. Los autores francófonos dominan especialmente este género: en la contracubierta se cita a Marguerite Duras; se podría añadir como referente a Annie Ernaux, una maestra de la autoficción, y, en el panorama español reciente, a la Marta Sanz de Clavícula (2017), entre otros. Quien busque una novela al uso, con su trama y su tensión narrativa, no la encontrará aquí; en cambio, quien desee ahondar en temas a menudo silenciados, saldrá satisfecho.
La memoria del aire se compone de retazos breves, un tanto deslavazados al principio, en los que la autora desgrana sus experiencias ligadas a lo que puede denominarse violencia institucional del amor romántico. Hay dos bloques: la primera parte, relativa al «hombre de antes», donde indaga en las sombras de aquella relación terminada, con la lucidez (y la necesaria frialdad) del análisis a posteriori; y la segunda parte, sobre un episodio traumático anterior, que a raíz de los conflictos de esta relación sentimental vuelve a tomar relevancia para ella. El estilo –elusivo, preciso, subyugante– evoca imágenes con mucha fuerza poética, como cuando se ve a sí misma como una muerta, la muerta en vida que ha sido durante años hasta el despertar que narra en estas páginas. Este monólogo tiene valor por dar voz a cuestiones que se suelen invisibilizar, por enriquecer así las reflexiones contemporáneas, por su mirada descarnada; pero también por cómo lo cuenta, haciendo lo que se espera de una escritora: literatura.
Hablando del contenido, para empezar, destaca su aproximación a la naturaleza de una relación tóxica, con sus formas de dominación, ataduras y dependencia. No obstante, todavía resulta más interesante cómo vehicula esas circunstancias con la educación que las mujeres de su generación –blancas de clase media occidentales– asimilaron desde la infancia. En otras palabras: la gestación del sentimiento de culpa femenino. Esas relaciones asimétricas se sostienen, en buena medida, porque tanto ellos como ellas han absorbido principios como los que analiza Lamarche: la justificación constante de los errores del hombre; la sumisión por la creencia (infundada) en la superioridad intelectual de él; la aceptación de que los supuestos «genios» o artistas no pueden evitar determinadas conductas degradantes para su compañera; los remordimientos por llevar un vestido rojo, con las connotaciones de este color. No se limita a denunciar la autoridad masculina, puesto que bucea en los cimientos que la han hecho posible, y que atañen a ambos géneros.
Caroline Lamarche
Es asimismo significativo cómo identifica el predominio de hombres en las altas esferas de los sistemas médico, jurídico y policial, con la consiguiente indefensión de las mujeres por la falta de perspectiva de género al afrontar ciertos procesos. La memoria del aire, en suma, es un libro breve, muy breve, pero concentrado, jugoso, y especialmente pertinente en el contexto actual, con el feminismo y el movimiento #MeToo en primera fila. A veces, escribir desde la contusión del amor, física pero sobre todo psicológica, merece la pena. Con esta obra, la recién nacida editorial Tránsito confirma su apuesta por textos de vocación intimista, con una mirada desconfiada hacia la realidad y un uso cuidado del lenguaje; voces muy personales, como esta o la de Fernanda Trías en La azotea.

26 noviembre 2018

La novena hora - Alice McDermott


Edición: Libros del Asteroide, 2018 (trad. Carlos Manzano)
Páginas: 296
ISBN: 9788417007409
Precio: 19,95 € (e-book: 11,99 €)

Alice McDermott (Brooklyn, Nueva York, 1953) es, con justicia, una de las autoras más importantes de su generación, y no solo por la retahíla de premios y nominaciones que colecciona (mención para el National Book Award 1998 por Un hombre con encanto). Pertenece al linaje de los narradores de lo cotidiano, los que prestan atención a los problemas de la gente corriente, como sus compatriotas Elizabeth Strout y Anne Tyler. Tal como demostró en su anterior novela, Alguien (2013; Libros del Asteroide, 2015), no necesita construir una trama llena de enredos para hacer literatura; a ella le basta con lo común, las experiencias sencillas del día a día. En su título más reciente, La novena hora (2017; Libros del Asteroide, 2018), que ha recibido el Prix Femina Étranger 2018 en Francia, lo vuelve a poner de manifiesto con una historia ambientada en el Brooklyn de la primera mitad del siglo XX, tierra de inmigrantes, escasez y catolicismo.
En el primer capítulo, un hombre irlandés se suicida. Deja a su suerte a su joven esposa, Annie, que además está embarazada. Sola y sin recursos, Annie se apoya en las monjas de la comunidad, que le dan trabajo en la lavandería del convento y la ayudan a sacar a su hija adelante. Esta niña, llamada Sally, crece arropada por las hermanas y se convierte en el hilo conductor de la historia: su coming-of-age, la relación con su madre y los vecinos, su descubrimiento de la labor social de las religiosas, su temprana vocación monacal. No obstante, el punto de vista, que se asemeja a un narrador omnisciente, tiene una particularidad: en determinados momentos, esa voz se identifica como los descendientes de Sally, por lo que ya sabemos de antemano que no tomó los hábitos y se casó. No importa, pues el «misterio» no está ahí. La estructura, por otra parte, no consiste en una línea recta dividida en porciones, sino que posee una naturaleza episódica, es decir, ahora un capítulo sobre una monja, luego otro sobre Annie, etcétera, todos interconectados por Sally y su entorno, una mirada rica y poliédrica a ese microcosmos. De este modo, cada escena tiene entidad, casi como un relato.
Si bien Sally se erige en «protagonista», puesto que se sigue su evolución, me ha parecido que el verdadero motor de la novela no es tanto un único personaje como una «forma de estar en el mundo» ya desaparecida, encarnada en las monjas. La autora rinde homenaje a unas mujeres, un sistema, que se ocupó durante muchos años de velar por los más desfavorecidos, antes de que las ayudas se integraran en las políticas de seguridad social: cuidar a los enfermos, abastecer a los pobres, escuchar a los desamparados. Alice McDermott es una gran narradora de la fragilidad, retrata con delicadeza la vulnerabilidad del cuerpo maltrecho, del abandono, de la soledad; cada gesto importa. Presta atención también a los dilemas morales a los que se enfrentaban en ocasiones las hermanas, y que ponían a prueba su fe (basta recordar que la novela comienza con un suicidio). Realmente nos introduce en ese ambiente, ese modo de entender la solidaridad, el sacrificio, la entrega a los demás. Algunos lectores pensarán «Monjas y enfermos, menudo rollo», y, en efecto, no es un libro para todos, no trataré de convencer a nadie; pero la narración convierte estos temas poco explorados en literatura de primer nivel, de una hondura y una humanidad excepcionales. Aunque a priori no despierte interés, lo que encontramos en sus páginas compensa.
Más allá de las monjas, las otras protagonistas son las mujeres del distrito, en general, porque ellas, más que los hombres, sufren las carencias que las llevan a recurrir a las religiosas: la pobreza, la viudedad, la crianza de los hijos, las enfermedades (físicas o mentales). Se plantean reflexiones acerca del rol de una esposa, la dependencia del marido y, al mismo tiempo, el miedo a él. Se contrapone a la mujer casada con la monja, y a la vez la solidaridad entre ellas, la complicidad. Hay personajes soberbios, no solo Annie y Sally, como la terca hermana Lucy, la compasiva y jovial hermana Jeanne o la lisiada señora Costello. Episodios como la instrucción de Sally o el viaje en tren son piezas de una excelencia literaria incuestionable. Todo lo expresa a través de una mirada, una postura, una actitud; Alice McDermott entiende como muy pocos el lenguaje no verbal y la información que da cada inflexión, cada matiz.
Alice McDermott
Hacia el final, se hace esta reflexión: «Nos asombró pensar en lo mucho que pasaba silenciado en aquella época, lo mucho que, según consideraban, estaba en juego» (p. 289). En cierto modo, La novena hora puede leerse como una indagación en el ámbito privado que ha permanecido oculto, invisible, porque se consideraba poco jugoso, porque la literatura parecía destinada a narrar hazañas y pasiones desbordantes, no el cuidado a los desvalidos. Muchas obras exploran el sufrimiento por la guerra o el amor; esta, sin embargo, muestra el dolor por circunstancias ordinarias, la senectud, los trastornos, las penurias. Paradójicamente, se ha escrito menos acerca de lo básico que de lo excepcional; por fortuna, autoras como Alice McDermott enriquecen el canon de la mejor manera posible: con elegancia, pulcritud y una perspicacia psicológica extraordinaria.

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