21 mayo 2018

Por ley superior - Giorgio Fontana


Edición: Libros del Asteroide, 2017 (trad. Carlos Manzano)
Páginas: 272
ISBN: 9788417007232
Precio: 19,95 € (e-book: 10,99 €)

Giorgio Fontana (Saronno, 1981) firma uno de los proyectos más inteligentes, frescos y pertinentes de la narrativa actual con dos obras, independientes pero complementarias, sobre el sentido de justicia: Por ley superior (2011; Libros del Asteroide, 2017) y Muerte de un hombre feliz (2014; Libros del Asteroide, 2016), que han recibido varios premios en Italia y se han traducido a diversos idiomas. La segunda –la primera en publicarse en castellano– se sitúa en los años de plomo y se inspira, en parte, en los magistrados de Democracia Cristiana asesinados por un grupo terrorista. Por ley superior transcurre en el presente y explora tensiones como la inmigración, las desigualdades sociales y la ineficacia del poder judicial. Comparten, sin embargo, un planteamiento en torno a una investigación (los protagonistas, ambos fiscales, son amigos y se cruzan referencias en sus historias), que sirve de pretexto para abordar los grandes dilemas de su profesión.
En Milán, Roberto Doni, un fiscal ya veterano, trabaja en un caso en principio fácil de resolver: un joven albañil tunecino ha asumido su culpabilidad en un ajuste de cuentas y el abogado defensor no pone mucho empeño en demostrar lo contrario. Con todo, el asunto se complica con la entrada en escena de una periodista treintañera, Elena, que asegura a Doni que el chico es inocente y le pide que no lo condene. El fiscal se halla en una situación incómoda: ante la incompetencia del abogado, Elena ha recurrido a él, pero no le aporta ninguna prueba sólida, más allá de su convicción y su amistad con las personas del entorno del acusado, que no se atreven a declarar. Sería sencillo ignorar las palabras de la chica y hacer como si nada; nadie se molestaría por un magrebí más en prisión. No obstante, a lo largo de este relato Doni cambia de opinión. Es consciente de que los inmigrantes acusados tienen dificultades añadidas, como los amigos que no prestan declaración por su condición de ilegales, o los contactos turbios que se ven obligados a establecer para subsistir cuando llegan al país. Quizá ese chico sea de verdad inocente. Y quizá la justicia consista en algo más que aplicar las leyes.
Para Doni, «la Justicia y la ley pueden diferir de forma significativa, pero en estos tiempos vacíos la interrogación sobre la primera ha de reducirse por fuerza al respeto de la segunda» (p. 77). El caso del albañil tunecino le hace cuestionar esta máxima. Doni tiene más de sesenta años, un matrimonio duradero, una trayectoria sin tacha. La novela empieza con una referencia a los clavos que sostienen el Palacio de Justicia; todo ello evoca la firmeza, la estabilidad, el camino seguro. A la vez, representa una antigüedad, una tradición que corre el peligro de anquilosarse. Tiene que entrar aire fresco en el edificio, en forma de una periodista joven y un tanto idealista, para que el fiscal tome conciencia del mundo que está más allá de esas paredes. O, más que para que tome conciencia (no es ningún ignorante), para recordárselo. Porque Doni es un hombre bienintencionado, íntegro. Ese es uno de los aciertos del autor: un protagonista sensible a las injusticias, pero con la racionalidad necesaria para su cargo. Alguien que quiere hacer las cosas bien, aunque conoce los riesgos que eso conlleva.
Fontana contrapone la justicia sobre el papel, el código penal, con la idea de justicia como ética o moral, esa «ley superior» que no siempre va de la mano de las normas escritas. No solo se trata de si el tunecino es culpable o no, sino, y sobre todo, de los puntos débiles del proceso, la revelación de que la ley humana favorece al privilegiado y en ocasiones deja sin escapatoria al inocente (una reflexión aplicable a numerosos casos de actualidad, lo que pone de manifiesto la oportunidad de la novela). Ante esta descompensación, el fiscal se arriesga a perder su prestigio; el «salvador» de un inmigrante nunca se convierte en héroe, y menos todavía cuando en el otro bando hay una familia burguesa. Este rol (complejo) de Doni es otro asunto reseñable: cómo un hombre experimentado, tranquilo y prudente, acostumbrado a una manera determinada de trabajar, cruza la frontera en un punto de su vida en el que no tendría por qué hacerlo, y a pesar de que los suyos en general le aconsejen lo contrario.
Elena, además, hace salir del despacho a Doni en sentido literal: lo lleva al barrio del chico tunecino, para que conozca su día a día y hable con sus allegados. «Este barrio es algo más que los sucesos que se producen en él» (p. 100), dice la periodista. Inmigración, pobreza, delincuencia; la realidad de la calle en un Milán que podría ser cualquier ciudad de Occidente, una ciudad de contrastes en la que sus gentes rara vez se mezclan. Aún hay otra confrontación, de tipo generacional, encarnada en los dos protagonistas: por un lado, Doni, un hombre progresista que hizo carrera y prosperó; por el otro, Elena, joven y humilde, perteneciente a una generación lastrada por la falta de oportunidades, una mujer implicada y entusiasta, pero no ingenua. Está también la hija de Doni, estudiante de posgrado en Estados Unidos: hay un distanciamiento entre padre e hija, y con esta peripecia Doni se acerca más a ella, aunque solo sea en su capacidad para entenderla. Sin caer en los clichés, Fontana retrata a unos personajes representativos de la sociedad plural, profundamente humanos, con los que la empatía y la identificación surgen sin esfuerzo.
Giorgio Fontana
Fontana no solo sobresale por su agudeza para reconocer y desarrollar un tema clave de esta época: destaca asimismo por la forma de vertebrar una novela en torno a ello. Por su estilo depurado, claro, preciso, diáfano, sin esa tendencia a la verbosidad de los narradores mediterráneos. Por una construcción paulatina, sosegada, que mide los tempos del protagonista y muestra con sutileza cómo un mensaje o una charla con el dueño del bar inciden en él. Por su hondura. Ha escrito dos obras espléndidas y conmovedoras, prueba de su madurez como escritor; Por ley superior y Muerte de un hombre feliz son mucho más que una intriga judicial y mucho más que una crítica social. Literatura que remueve, que da en el blanco: «Nunca hay una opción justa para todos. […] Debes decidir qué es lo más importante» (p. 246). Es un tópico considerar a un autor «uno de los mejores de su generación», pero Giorgio Fontana lo es sin ninguna duda.

16 mayo 2018

Río revuelto - Joan Didion


Edición: Gatopardo, 2018 (trad. Javier Calvo)
Páginas: 316
ISBN: 9788494642593
Precio: 20,90 €

A Joan Didion (Sacramento, California, 1934) se la conoce sobre todo por su narración del duelo en dos libros de memorias, El año del pensamiento mágico (2005; National Book Award y finalista del Premio Pulitzer) y Noches azules (2011), escritos después de la muerte de su marido y de su hija, respectivamente. En segundo lugar, se la distingue como periodista por su vasta producción de ensayos, de la que en castellano se puede leer una selección en el volumen Los que sueñan el sueño dorado (2012). Quizá su faceta menos popular sea la ficción pura, que sin embargo ha cultivado con resultados brillantes, como se puede comprobar en Río revuelto (1963), su primera novela, que no había sido traducida a nuestro idioma hasta este año, gracias al buen criterio de la editorial Gatopardo y al oficio indudable de un traductor como Javier Calvo. Didion la escribió cuando trabajaba como editora de una revista femenina: estaba todavía lejos de los temas que le darían el prestigio, pero ya demostraba unas dotes extraordinarias para la narrativa y una exigencia literaria que hacían presagiar una gran carrera.
La acción de Río revuelto se sitúa en su California natal, en el contexto de una larga estirpe de pioneros, con sus caserones, sus lujos y su reputación. Los protagonistas son la generación más joven, que carga con un legado de vanidad y falsas apariencias nada fácil de administrar. Este no es un libro apacible, sino una radiografía sofisticada de un mundo que se viene abajo por sus propias dobleces y mentiras, vehiculado en torno a un matrimonio en el que todo se desmorona de forma progresiva a lo largo de dos décadas. Didion, perspicaz, añade un poco de intriga para captar la atención desde el principio: tal como reza la contracubierta, «la historia comienza y termina con un disparo». En el verano de 1959, después de una fiesta, Everett McClellan dispara a un hombre, viejo conocido de la familia. Lily, la esposa de Everett desde hace casi veinte años, lo descubre. A continuación, se retrocede hasta 1938 para reconstruir el hilo del matrimonio desde sus inicios. El interés no es tanto el móvil del suceso, sino las fisuras que poco a poco resquebrajaron la relación hasta culminar en esta tragedia.
Everett y Lily se casaron muy jóvenes; amigos desde la infancia, de algún modo tenían asumido que terminarían juntos. Enseguida se convirtieron en padres de dos niños. Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, este era el panorama: Lily en casa, con las criaturas y una vida ociosa, y Everett en el ejército, ajeno a todo cuanto acontecía en el hogar. Con el tiempo, Lily tuvo la sensación «de que toda su vida con Everett era una improvisación que dependía de una serie de apuntes que un día ella no conseguiría oír, de una serie de papeles de los que iba a olvidarse en cualquier momento» (p. 120). Esta frase podría ser una buena descripción de Río revuelto: el curso de un matrimonio que va adelante sin manual de instrucciones, que se precipita, tantea y hasta patina, pero se mantiene en pie, al menos a ojos de los demás. Esa vida que pasa cuando uno todavía está pensando en qué hacer con su vida, ese control que se escapa de las manos. Los secretos se instalan en el día a día y, a pesar de que han aprendido a silenciar sus pensamientos, a guardar las formas como manda la buena educación, la rabia reprimida puede estallar en cualquier instante.
Los personajes están muy bien caracterizados. Además del matrimonio (con esa Lily de apariencia frágil, delicada, pero con la entereza propia de los de su clase; y ese Everett distante, miedoso, con dificultades a la hora de asumir su rol de cabeza de familia), las terceras personas tienen un papel relevante. Entre ellas, Martha, hermana de Everett y amiga de Lily: una mujer soltera y temperamental, incapaz de amoldarse a la existencia rutinaria que su familia querría para ella, que se ve con un hombre que no le augura nada propicio. Martha (libre, pasional, desdichada) se contrapone a Lily (casada y con hijos, racional, emocionalmente más equilibrada aun con sus episodios traumáticos); dos modelos de mujer californiana, dos modelos de fracaso personal que tienen más en común de lo que se percibe de entrada. Más allá de la pareja protagonista, Didion esboza un fresco social en el que perviven muchos tabús: el alcoholismo, el aborto, el distanciamiento entre hermanos, el adulterio... La mirada hacia lo íntimo, lo particular, pone de relieve una hipocresía normalizada de la que participan todos.
Joan Didion
Bajo su fachada de drama familiar, Río revuelto comienza a fijar el interés de Didion por la identidad californiana: el peso de la herencia, la pérdida, el egoísmo, el vacío, la impostura y la tensión entre el impulso individual y las normas colectivas. Tomando a Lily como eje principal, y el crimen como pretexto, la autora deconstruye la débil fortificación que sostiene al matrimonio y la genealogía que le acompaña. Se trata de un debut impresionante, sin una pizca de inocencia (sorprende que haya tardado tanto en traducirse, teniendo en cuenta la fama de Didion), que revela a una novelista elegante, precisa y sutil, de emociones contenidas, que escribe con pulso firme y sin ensuciarse las manos aunque algunas escenas tengan una dimensión oscura. Una recuperación que merece la pena.

14 mayo 2018

A la deriva - Penelope Fitzgerald


Edición: Impedimenta, 2018 (trad. Mariano Peyrou; pról. Alan Hollinghurst)
Páginas: 224
ISBN: 9788417115531
Precio: 20,50 €

Penelope Fitzgerald (Lincoln, 1916 – Londres, 2000) no es solo una de las escritoras británicas más importantes de la segunda mitad del siglo XX; sobresale, además, como una de las más singulares, tanto por su concepción del hecho literario («como subirse a un coche reluciente, y que a mitad del camino alguien tire el volante por la ventana», en palabras del novelista Sebastian Faulks) como por la forma en que se desarrolló su carrera. Escritora tardía, comenzó a publicar pasados los cincuenta: primero escribió biografías, siguió con novelas con trasfondo autobiográfico –entre las que se cuentan La librería (1978), adaptada al cine el año pasado con gran éxito, y A la deriva (1979), con la que obtuvo el Premio Booker– y, por último, alcanzó un grado extraordinario de calidad literaria con novelas históricas como El inicio de la primavera (1988) y La flor azul (1995), en las que funde la comedia de costumbres típicamente británica con culturas y escenarios que le son ajenos. No tenía la prisa ni las pretensiones del joven aspirante a escritor; podía tomárselo como un divertimento y, en efecto, al leerla uno tiene la sensación de que se lo pasaba muy bien escribiendo, de que hacía lo que le apetecía. Ese «espíritu» fresco y ocurrente de sus libros se contagia al lector.
A la deriva, su tercera novela y la que marcó un antes y un después en su trayectoria, fue publicada en castellano por Mondadori en el año 2000. Impedimenta, la editorial que ha afianzado a la autora en España, la recupera ahora con una nueva traducción de Mariano Peyrou. La protagonista, Nenna James, una mujer canadiense de treinta y dos años, madre de dos niñas, vive en un barco modesto anclado a orillas del Támesis, el Grace. Está casada, pero lleva mucho tiempo alejada de su marido, un tarambana incapaz de aportarle estabilidad. Corren los años sesenta, y su situación resulta extraña: una mujer sola, en un país extranjero, sin trabajo y sin recursos, viviendo en una barcaza, rodeada de vecinos extravagantes. No parece el sitio más idóneo para criar a sus hijas, no parece el way-of-life al que una chica aspira. Penelope Fitzgerald apuesta de nuevo por una protagonista femenina contra las cuerdas: al igual que la Florence de La librería, que emprendía un negocio arriesgado en un punto crucial de su vida, Nenna toma la decisión de instalarse en el barco a sabiendas de la necesidad de poner orden, de buscar un nuevo rumbo. No son jóvenes alocadas, sino mujeres con responsabilidades que afrontan el desaliento sin autocompasión ni rabia.
La autora juega con la localización en el río para abordar la situación de una mujer «a la deriva», sin un lugar fijo, a merced de las circunstancias en más de un sentido, no solo material. Inclusos sus rasgos simbolizan esta inestabilidad: está en «una edad a la que si el pelo de una mujer rubia no se ha puesto oscuro, nunca lo hará» (p. 61), el cabello como metáfora para expresar que se ha hecho mayor sin conseguir del todo lo que se espera de una mujer adulta; y «sentía que no era ni canadiense ni inglesa» (p. 61), indeterminación, estar en medio, falta de pertenencia. Las hijas no son indiferentes a este estado: no van al colegio, se pasean a sus anchas por el muelle. La mayor, Martha, de doce años, experimenta su particular coming-of-age con la timidez de la preadolescente atenta y observadora, mientras que Tilda, de seis, se muestra despierta y espabilada entre los vecinos («A Tilda no le importaba nada el futuro y, por lo tanto, tenía una gran capacidad para ser feliz», p. 52). Como analiza Alan Hollinghurst en el prólogo, los personajes infantiles de Penelope Fitzgerald suelen ser niñas precoces, inteligentes, maduras, como en La librería o El inicio de la primavera (Fitzgerald, por su parte, decía que eran como sus hijas a esa edad, no subrayaba ningún rasgo especial en ellas). Nenna, por lo tanto, trata de sortear los obstáculos y reconducir su vida junto a las pequeñas. En una metáfora brillante, compara su condición con estar en paro:
–Bueno, me siento como si estuviera en paro. No hay nada tan solitario como estar en paro, aunque estés en una cola con miles de personas. No sé en qué voy a pensar si no tengo que estar todo el tiempo preocupada por él. No sé qué voy a hacer con mi mente. –Una vaga melancolía se apoderó de ella–. Tampoco estoy segura de qué hacer con mi cuerpo.*
La naturaleza transitoria de la estancia de Nenna en el barco conlleva incertidumbre e improvisación en el día a día, que se extiende a toda la comunidad del Támesis, unos secundarios de lujo: Richard, lo más parecido a un patrón, un hombre enamorado de su majestuoso Lord Jim (guiño a Conrad) al que no obstante su esposa le pide una y otra vez establecerse en una casa, llevar una vida normal; Willis, un anciano que vive en un barco destartalado; o el encantador Maurice, un chico siempre dispuesto a ayudar. Nenna no es, en fin, la única que atraviesa una crisis existencial. La novela empieza con una escena un tanto cómica (una reunión informal de propietarios, cada uno con sus excentricidades, que introduce al elenco para después focalizar la atención en Nenna y algunos más), pero el curso de los acontecimientos desvela una realidad no tan apacible. La búsqueda de anclaje se impone: ninguno está en época de principios, las vidas que construyeron fracasaron, desconocen cómo será el futuro, ni siquiera saben si tendrán «futuro». Salvando las distancias, vivir en un barco se asemeja a unas vacaciones forzosas: disfrutan de cierta libertad por la falta de ataduras, pero son conscientes de que se terminará, y ese final será amargo. El desenlace deja ese poso de nostalgia del fin del verano.
Penelope Fitzgerald
Es difícil comentar una novela de Penelope Fitzgerald, entre otras cosas porque cuesta determinar con exactitud «de qué va»: como esas muñecas rusas, cada episodio presenta un nuevo hilo dentro del marco conocido, un giro que aviva un color que permanecía apagado, o que lo ensombrece, con esa rara cualidad de sorprender al lector sin hacer trampas ni resultar efectista. Bajo una levedad aparente, plantea unos conflictos nada leves con un estilo sutil, ingenioso, depurado y salpicado de ironía, con comicidad pero sin pretender ser desternillante. Amable, podría decirse, y a la vez agridulce, desalentadora, un poco como La librería. Bueno, no: bastante mejor que La librería; ocupa un nivel intermedio entre esta y sus últimas novelas. Un buen libro, en cualquier caso, de una escritora a la que merece la pena prestar atención, muy fina y personal, de pinceladas justas, que nunca revela todas sus cartas, mantiene la tensión y da margen al lector para leer entre líneas.
*Cita de la página 165.

13 mayo 2018

El muchacho silvestre - Paolo Cognetti


Edición: Minúscula, 2017 (trad. Miguel Izquierdo)
Páginas: 176
ISBN: 9788494675454
Precio: 16,00 €
Más que a una cabaña en el bosque, la soledad se parecía a una sala de los espejos: allí donde mirara encontraba reflejada mi imagen, distorsionada, grotesca, multiplicada infinitas veces. Podía librarme de todo, salvo de ella.
El escritor Paolo Cognetti (Milán, 1978), reciente ganador del Premio Strega 2017 y el Prix Médicis Étranger 2017 con Las ocho montañas (2016), vive entre su ciudad natal y la montaña. Al igual que muchos autores arraigados a la naturaleza, su relación con el medio rural, que había comenzado en los veraneos de su infancia, se estrechó a raíz de una crisis: a los treinta años, después de alguna que otra decepción personal y profesional, perdido y sin proyectos de futuro sólidos, decidió abandonar la civilización urbana para instalarse en una baita, una especie de cabaña, a dos mil metros de altura, lejos de sus amigos y de los artilugios que facilitan la vida «moderna». Algo así como buscarse a sí mismo en los parajes de su niñez donde había disfrutado, aunque sin un ápice de nostalgia o de idealización de aquel tiempo. Este pequeño libro, El muchacho silvestre (2013), el primero del autor que se traduce al castellano, recoge sus recuerdos y reflexiones, a modo de un cuaderno de campo escrito a posteriori.
En su relato hay tres grandes pilares, además de la naturaleza misma: la soledad, las amistades y la literatura. En toda obra sobre una persona que se marcha a la montaña se plantea, de forma más o menos directa, más o menos sutil, una aproximación a la soledad, a su asimilación. En principio, a él le parecía un inconveniente, un reto, pero a medida que se aclimata (y en esto recuerda a libros sobre experiencias similares) se produce el efecto contrario: le incomoda que lleguen visitantes, que otros ocupen su territorio. Es un proceso interesante, aprender a vivir por sí mismo, sin depender de nadie, libre de ataduras; cuanto mayor se vuelve su autonomía, menos deseos siente de retroceder. Además de sus aventuras por la naturaleza, esas inmersiones que no siempre controla, mantiene la mente activa con la lectura de grandes naturalistas, como Thoreau, Rigoni Stern y Antonia Pozzi, entre otros. La narración está preñada de citas lúcidas y pertinentes, que enriquecen sus cavilaciones y permiten conocer no solo los hechos, sino el «alimento» intelectual con el que Cognetti emprende esta etapa.
No está del todo solo, sin embargo: entabla relación con los pastores y otros hombres de montaña que viven por la zona. Tipos fríos, ásperos, huraños, aislados por voluntad propia y por largos periodos (no son nuevos como él), con los que aun así surge un afecto contenido. «Como eremita no valía gran cosa: había acudido allá arriba para estar solo, y la verdad es que no hacía más que buscarme amigos. O quizá era justamente la soledad aquello que convertía cada encuentro en algo precioso» (p. 72), medita Cognetti, que por aquel entonces ya había publicado cuatro libros y se movía por el ambiente cultural. Resulta interesante leer cómo un chico de letras comparte espacio y conversación con personas que con frecuencia carecen de estudios y, en cualquier caso, llevan una existencia muy distinta a la de sus coetáneos. El retrato de esas amistades entre ermitaños hoscos (y el momento de la despedida) constituye una de las partes más hermosas, más humanas, del cuaderno.
Paolo Cognetti
A lo largo de la lectura resuena una palabra en la mente del lector: integridad. Ese valor de la gente de montaña, hecha a sí misma, curtida, terca, que el autor plasma a la perfección en las páginas, en su testimonio. También su tono huye de la superficialidad y va al grano: escribe con claridad, precisión y fluidez, sin florituras, un estilo sencillo acorde con el contenido (Cognetti comenta que se siente poco afín a la narrativa actual, que tiende a lo erudito, y en cambio disfruta con la literatura de la frontera, más próxima a la naturaleza, la vida). El muchacho silvestre es un texto reposado, sutil, que no elogia el medio ambiente per se ni esboza una oposición con la ciudad, sino que narra sobre todo un viaje interior, una búsqueda de sentido, de otra forma de estar en el mundo cuando el entorno urbano produce un profundo desapego. Un texto honesto y sin pretensiones, que aporta una mirada joven y contemporánea a la nature writing, digna de valorar en esta sociedad hiperconectada. Tiene semejanzas con Erri De Luca en el punto de vista y en la sensibilidad hacia estos temas, si bien De Luca es más poeta (incluso cuando escribe en prosa), mientras que Cognetti destaca como un narrador solvente.
Cita inicial en cursiva de la página 129.

08 mayo 2018

El guardián entre el centeno - J. D. Salinger



Edición: Alianza, 2018 (trad. Carmen Criado)
Páginas: 264
ISBN: 9788491049418
Precio: 16,00 €

Querido Holden Caulfield:
Te he conocido hace poco. Había oído hablar mucho de ti, encontraba referencias aquí y allá (en la historia de la literatura reciente eres aún más popular que tu compañero de habitación en el internado), pero he tardado en leerte. Tanto, que me daba vergüenza admitirlo. Porque el tuyo no es un ladrillo ruso de los que infunden respeto, sino un libro no muy extenso que aparece en las recomendaciones de lectura para jóvenes. «Libros para leer antes de los 25 años», y cosas así. Bien, he llegado tarde una vez más. Llego tarde a muchas situaciones. Y, ¿sabes?, creo que ha sido mejor de esta manera. Si te hubiera conocido cuando tenía tu edad, tus tiernos y contradictorios dieciséis años, nos habríamos caído mal, estoy segura. No estaba yo para (más) adolescentes rebeldes. Entonces leía…, qué más da. Otro tipo de historias. Ahora, sin embargo, te entiendo, te entiendo mejor de lo que te habría entendido antes.
Sobre tu creador y las circunstancias de tu nacimiento no voy a extenderme. Es más que sabido que J. D. Salinger (Nueva York, 1919 – Nuevo Hampshire, 2010) tuvo un gran éxito contigo, su primera novela, publicó tres libros más en apenas una década y después se retiró de la exposición mediática. Los ejemplares de El guardián entre el centeno (1951) carecen de cualquier tipo de comentario: «Por expreso deseo del autor, no está permitido que la editorial aporte en su material promocional ningún tipo de texto adicional, información biográfica, cita o reseña relacionados con esta obra». Salinger tiene la consideración de autor «de culto», acompañada de un aire de misterio, de fama de rarito. Hace poco han estrenado una película sobre su vida (supongo que por eso os han reeditado, a ti y a los demás). Yo me quedo con su decisión de apartarse del ruido y dejar que su obra hable por sí sola. La buena literatura no necesita más. (Seguro que Elena Ferrante lo comprende.)
Hablemos de ti, estimado Holden, porque examinar El guardián entre el centeno es ante todo hablar de ti. Hay protagonistas que lo absorben todo, y tú, desde luego, no te caracterizas por tu discreción. Un chico expulsado de varios colegios, que no sabe lo que quiere, que se escapa del internado para vagar por Nueva York a escondidas de sus padres. Un chico que fuma, bebe y disfruta de la noche neoyorquina (o lo intentas, al menos: la torpeza forma parte de tu encanto), que expresa sin tapujos sus opiniones (¡sus críticas!) sobre la religión y la sociedad, y desafía la autoridad de lo políticamente correcto como solo un adolescente sabe. No eres ni el estudiante modélico ni el joven carismático de la clase, no rompes corazones ni haces acrobacias. No importa: prefiero los antihéroes como tú. Sobre todo cuando son tan divertidos. Sí, chico, tienes mucha gracia, con esa voz juvenil de verdad (y no una voz-de-adulto-que-recuerda), tus giros coloquiales, tu frescura de chaval enfadado con el mundo. Tienes esa rara virtud de plantear asuntos serios con humor y una aparente ligereza. Te hace único.
He dicho «asuntos serios». Me temo que no te gustaría esta expresión. Tú evitas los dramas desde la primera página, no quieres convertirte en un arquetipo de Dickens. Quédate tranquilo: no eres un pobre Oliver Twist que se cruza con quien no debe y al que tienen que salvar la vida. Podrías ser un «pobre Holden Caulfield», pero de lo demás, lo de meterte en líos y salir de ellos, te encargas tú solo. Te haces a ti mismo sin darte cuenta. Evitas las penas, decía, aunque no las reprimes. No puedes. En tu narración, en tu desparpajo, se asoman tus heridas. No quieres mostrarlas, pero salen como el agua convertida en hielo que rompe la botella. La pérdida de tu hermano. El cariño hacia tu hermana pequeña, que te adora y te desarma. Se intuye el origen de tu descontrol, de tu incapacidad para mantener la disciplina que se espera de ti. El momento en que tu mundo se rompió. Como si tener dieciséis años no fuera suficiente.
Tonto no eres, desde luego. Suspendes, te echan de los centros, pero tu cabeza no para. Las lecturas: te gusta leer, escribes de lujo, ¡si hasta tienes un hermano escritor! Los profesores con los que conversas a lo largo de tu aventura son conscientes de tu potencial, también lo somos los lectores. Eres un diamante en bruto. Tal vez todos los jóvenes lo sean, y tan solo se necesite prestarles atención para darse cuenta. Tu mente despierta, esa que escandalizó a muchos, resulta fascinante. A propósito, leerte en el siglo XXI no causa tanto alboroto como entonces. No impresiona que un muchacho denuncie la hipocresía social y tenga sus devaneos. Creaste escuela, y hemos visto a muchos como tú en el cine y la literatura. Lo que no ha perdido un ápice de capacidad para sorprender es tu tono, tu ingenio. De hecho, en la actualidad, con esa tendencia a una narrativa cada vez más intelectual, cuesta hallar este estilo hablado, tan cercano, tan de tú a tú. Tan vivo. Sigues muy vivo, Holden Caulfield.
J. D. Salinger
En los tests literarios suele formularse esta pregunta: «¿A qué personaje ficticio te gustaría conocer en persona?». Yo nunca he sabido qué responder. Tengo una larga lista de personajes que me entusiasmaron por diferentes motivos, pero esto no significa que quisiera irme con ellos a tomar un café. Hay perfiles que están muy bien en sus historias, no hace falta sacarlos de ahí. A ti, sin embargo, no me importaría tenerte delante. No me he enamorado de ti, tampoco te quiero como hijo adoptivo. Tan solo me gustaría charlar contigo. Te invitaría a una copa y te diría: «Holden, háblame de la vida, de lo que piensas de la vida». Te dejaría hablar, escucharía tus divagaciones, con sus ramificaciones inesperadas (creo, al igual que tú, que es maravilloso soltarse hasta dar con aquello que te emociona, salirse del tema, no ceñirse a las normas). No hace falta más. Cuando un personaje brilla por sí mismo, no hace falta más. Me gustaría ver la realidad con tu mirada limpia, esa sabiduría por domesticar del adolescente inquieto.
Eso es lo que quería decirte, Holden. Hasta la próxima.

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