17 enero 2018

Canción dulce - Leila Slimani



Edición: Cabaret Voltaire, 2017 (trad. Malika Embarek)
Páginas: 288
ISBN: 9788494443480
Precio: 19,95 €
Leído en la edición en catalán de Bromera, 2017 (trad. Lluís-Anton Baulenas).

Canción dulce (2016), la segunda novela de la escritora franco-marroquí Leila Slimani (Rabat, 1981), fue galardonada con el Premio Goncourt, el más prestigioso de las letras francesas. Después de convertirse en un éxito de ventas en los países francófonos, el año pasado entró por la puerta grande en el mercado español, donde ya va por la séptima edición, y va camino de repetir la gesta en el ámbito anglosajón, puesto que acaba de publicarse la traducción al inglés. Este logro no es de extrañar, ya que se trata de uno de los libros premiados más accesibles (nada de experimentos ni de digresiones intelectuales) y, además, plantea temas actuales que aún no se habían explorado a fondo en la literatura contemporánea. Es, por lo tanto, una obra próxima a los conflictos cotidianos de Occidente, narrada con un estilo claro, depurado y preciso, y con un excelente control de la tensión narrativa.
La obra comienza con una escena sobrecogedora: la canguro ha matado a los dos niños que cuidaba y a continuación ha intentado suicidarse. Un punto de partida desgarrador, directo, sin medias tintas. Después, un narrador omnisciente reconstruye el suceso desde el principio, es decir, desde que la niñera, una mujer blanca de mediana edad llamada Louise, entró en las vidas de Myriam y Paul, una pareja de padres jóvenes residentes en París. Myriam renunció a su carrera como abogada cuando nacieron sus hijos, pero, en cuanto se le presenta la oportunidad de trabajar, ella y Paul deciden contratar, tras una búsqueda meticulosa, a Louise, una señora de aspecto cuidado y naturaleza jovial que se gana enseguida la confianza de los pequeños. Se alternan fragmentos sobre la madre y la canguro; una perspectiva fundamental para conocer los dos perfiles, las dos caras del enredo, cada una con sus propios problemas.
Este planteamiento explora las tensiones de la maternidad en el siglo XXI para una mujer cualificada como Myriam: las renuncias que implica, más presión que sus antepasadas por el reto de la conciliación profesional y doméstica. Muestra la degradación de la madre durante los primeros años, el modo en que se abandona a sí misma, no solo en el plano laboral, sino en el cuidado de su imagen y sus relaciones sociales (para los amigos se convierte en una sombra de lo que fue, un ama de casa que poco tiene que ver con la estudiante brillante que conocieron). La sensación de denigrarse, porque, en una sociedad que pone por encima de todo la carrera, el capital económico, quedarse en el hogar con los niños se considera un desperdicio de talento o una holgazanería. El hombre, mientras tanto, no sacrifica nada. En estas circunstancias, tomar la decisión de contratar a una cuidadora no resulta fácil; el sueldo de Myriam se va en el de esta, y aun así los remordimientos no la abandonan.
La novela relata, con un gran dominio del tempo, el modo en el que la niñera «invade» de forma progresiva el espacio privado de la pareja. Louise llega como un hada madrina (se hace esta comparación) que, no obstante, poco a poco se hace con un lugar propio en la casa ajena. Trabajadora infatigable y voluntariosa, cada vez se encarga de más tareas, limpia, cocina, juega con los niños, dedica más horas de su tiempo sin que nadie se lo pida. Los padres son conscientes de su entrega excesiva, pero le dan alas; Louise parece encantada de ponerles las cosas más sencillas. Es una empleada «ideal», nunca se queja. Y Myriam se siente tan liberada al no tener que preparar la cena al llegar… La pareja, Myriam en particular, se halla en una encrucijada: no está bien delegar tanto en una subordinada, pero aligerar sus responsabilidades domésticas los alivia tanto que no le paran los pies. Esta intromisión termina por resultar tóxica; el exceso de confianza conlleva riesgos.
¿Y quién es Louise? Leila Slimani se adentra en el ambiente de las mujeres con una baja cualificación profesional, las que cuidan de niños y ancianos, las que limpian casas ajenas. Mujeres que encarnan lo opuesto a Myriam, la chica «emancipada». Louise se reúne en el parque con muchas como ella, mujeres pobres que empujan un carrito que no es el de sus hijos, la mayoría de otra etnia, en apuros por los papeles, aunque Louise en concreto es blanca, la excepción de la norma. Cada una de ellas oculta su pozo mientras pone buena cara a los niños (a propósito, se desmitifica la primera infancia: los niños se revelan caprichosos y egoístas, agotan a la persona que los cuida; se produce un desgaste psicológico en la canguro). Louise, fuera del piso de Paul y Myriam, es una mujer que vive sola en un suburbio de París. El marido, ya fallecido, la dejó endeudada y ella tiene dificultades para pagar el alquiler. Es madre de una joven que se marchó de casa de malas formas después de una adolescencia turbulenta. Paradoja cruel: Louise ha pasado toda su existencia entregada a los hijos de los demás mientras su propia hija, celosa de los niños privilegiados, se iba alejando de ella. Louise respira pobreza, soledad, desarraigo. No pide ayuda, no sabe pedirla, ha sido educada en el silencio castrante. Y cuando una persona soporta unas condiciones extremas durante demasiado tiempo, al final estalla.
El quid del asunto está en el nexo que se establece entre los padres y la canguro. No hay un nombre para bautizar este vínculo: tienen un contrato de por medio, pero ser el jefe de alguien que cuida de tus hijos, que está en tu casa, entraña un compromiso distinto al de los trabajadores de una empresa. Por parte de la niñera, se produce una relación de afecto descompensado: Louise se vuelca con los niños y los niños con ella, pero sigue siendo una extraña en el núcleo familiar, una empleada a sueldo que no recibe una atención a la altura. El conflicto de las trabajadoras a domicilio reside en este intercambio desigual: la entrega emotiva por una compensación económica, casi siempre precaria. Hay, también, una tensión de clase latente: los padres, jóvenes, modernos, cultos, deben dar órdenes a una mujer de extracción humilde, una mujer que tiene una vida propia por mucho que se pase tantas horas en un hogar ajeno. Incluso para personas bienintencionadas como Paul y Myriam resulta imposible encontrar un equilibrio «justo» en su relación con la niñera.
La autora introduce con sutileza la cuestión racial en el contexto de un París multiétnico y estratificado que podría ser casi cualquier ciudad europea. Myriam es magrebí, aunque está «occidentalizada». No habla a los niños en árabe, ni quiere a una canguro que lleve velo porque teme la complicidad de los orígenes compartidos, el peligro de que tener en común la lengua y la religión la empuje a estrechar su relación con un perfil de mujer —la no occidentalizada— de quien se ha distanciado. Es un acierto la inversión de roles: empleadora magrebí, cuidadora blanca, al revés que la tendencia dominante (sin ir más lejos, cuando Myriam acude a una agencia, la toman a ella por niñera, una escena que se asemeja a los episodios discriminatorios narrados por Chimamanda Ngozi Adichie en Americanah). Sin ser lo principal, resulta interesante leer una voz como la de Slimani, forjada entre dos culturas, que rompe nuestro etnocentrismo y detecta las ranuras por las que se cuela el racismo en la sociedad occidental.
Leila Slimani
El título ironiza sobre los estereotipos asociados al cuidado de los niños en la cultura popular (esas estampas de padres jóvenes y sonrientes, en casas ordenadas y limpias, con madres bien peinadas, niñeras cariñosas y bebés siempre adorables). No, la realidad no es tan dulce como una nana, parece decirnos la autora. Slimani firma una muy buena novela y, además, una novela pertinente, por cuanto pone sobre la mesa una situación problemática que nuestra sociedad todavía debe afrontar. Es un libro perturbador, «incómodo», de los que obligan a mirar de frente aquello ante lo que querríamos apartar la vista, como esos grupos de mujeres que empujan carritos para subsistir a duras penas. Es, para más inri, el relato de una desgracia acontecida en el hogar de una pareja moderna, formada, acomodada hasta cierto punto; una pareja «de hoy», sensibilizada ante las injusticias, con buenos sentimientos hacia los desfavorecidos. Slimani no necesita irse a un barrio marginal para localizar en él un suceso espinoso, y esa es la verdadera tragedia: que ni siquiera ellos, ni siquiera las personas como Paul y Myriam, pueden evitar la catástrofe.

15 enero 2018

La semilla de la bruja - Margaret Atwood



Edición: Lumen, 2018 (trad. Miguel Temprano García)
Páginas: 336
ISBN: 9788426404404
Precio: 19,90 € (e-book: 9,99 €)
Leído en versión original (Hag-Seed).

La semilla de la bruja (2016), la obra más reciente de Margaret Atwood (Ottawa, 1939), forma parte del proyecto Hogarth Shakespeare, una serie de novelas escritas por grandes autores contemporáneos con el objetivo de rendir homenaje al célebre dramaturgo inglés en el cuarto centenario de su muerte. Cada novelista versiona uno de sus títulos, y Atwood eligió una de sus comedias más conocidas, La tempestad (1612), en la que las peripecias terrenales de los héroes se funden con un componente mitológico muy importante. La particularidad de estos retellings reside en el hecho de estar adaptados a nuestra época, nuestro tiempo, por lo que la trama y los personajes, aun manteniéndose fieles al original, exploran de cerca algunos conflictos propios del presente. Anne Tyler, por ejemplo, se aproxima a la emancipación de las mujeres y las tensiones de los inmigrantes en Occidente en Corazón de vinagre (2016), una versión costumbrista de La fierecilla domada. Atwood no se queda atrás.
La canadiense plantea nada menos que un retelling dentro de otro retelling: en 2013, Felix, un dramaturgo venido a menos y sumido en una profunda crisis personal después de la pérdida de su esposa y su hija, se hace una promesa: vengarse de los hombres que le usurparon su puesto en el teatro y representar la obra que le quedó pendiente, La tempestad. Y así lo hará, solo que de una forma poco convencional. Desde que lo apartaron de su trabajo, Felix ha vivido al margen de la sociedad, en una vieja casa de campo donde lo visita el espíritu de su hija fallecida, Miranda. Allí los lugareños lo conocen por el apodo de Duke; ya nadie lo recuerda como un autor de éxito. En un momento determinado, decide volver a trabajar y encuentra un empleo en una cárcel. En sus clases representa las obras de Shakespeare, que son bien acogidas por los presos. Esta temporada le llega el turno a La tempestad, y Felix piensa invitar a los traidores para devolverles la jugada. A su manera, al menos.
Como versión de La tempestad, la novela cuida los paralelismos con esmero y está muy bien organizada (en cinco actos, como una obra teatral). Si en el relato original el duque Próspero, con ayuda del espíritu Ariel, orquesta una venganza contra sus enemigos, en este caso se trata de Felix / Duke, con el apoyo del fantasma de su hija, el elemento sobrenatural tan característico, que se describe con mucha sutileza. Es precisamente ella quien pone un punto de dramatismo: interviene para ayudar a su padre, pero además su presencia recuerda la fragilidad de este, su dificultad para asimilar la pérdida. Por lo demás, Atwood narra la historia de un hombre poderoso que se redime tras su caída, de un escarmiento del rival en clave humorística. Shakespeare también abordó la relación entre la nobleza y los esclavos; en este sentido, la autora encuentra un equivalente en la figura de los presos: los reclusos que asisten a las clases, responsables de delitos menores, son considerados los parias de la sociedad, los que se esfuerzan por conseguir una segunda oportunidad. En esto no están tan lejos del protagonista; hay puntos de unión bien encontrados.
Por si fuera poco, Atwood no se limita a contar una versión actual del clásico, sino que la nutre de abundantes guiños al universo shakesperiano, no solo a La tempestad. Los nombres, las situaciones; no hay nada baladí e hilvana todas las piezas con inteligencia. El tema mismo de la representación teatral (la obra dentro de la obra, un ejercicio metaliterario) rinde su tributo al mundo del teatro y a Shakespeare; una forma original de recordar al genio. A diferencia del retelling de Anne Tyler, que se podía leer sin pensar en él como una novela deudora de Shakespeare, en la de Atwood el autor está omnipresente, en gran medida gracias al acierto de elegir como protagonista a un colega de profesión, gran conocedor de su legado. La semilla de la bruja tiene, en definitiva, varias capas de lectura, y combina con maestría el sentido del humor, imprescindible en un texto de naturaleza cómica (destaca, sin ir más lejos, el pasaje en el que Felix reparte los papeles entre los presos, el ingenio con el que intenta cambiar su percepción de las hadas), y la dimensión moral, que deja un poso.
Margaret Atwood
Bajo esa superficie simpática, con sus enredos, su estilo ágil y sus diálogos agudos, que hacen de ella una lectura de lo más amena, La semilla de la bruja constituye un libro sobre el fracaso, sobre la capacidad de sobreponerse y de perdonar, de volverlo a intentar, que se plasma tanto en el protagonista como en los presidiarios que aspiran a la reinserción social y en personajes secundarios como la actriz Anne-Marie. Es, a la vez, el viaje interior de un hombre que se reinventa a sí mismo y aprende a sobrellevar la pérdida. Quienes busquen una versión de La tempestad encontrarán una novela escrita con mucho respeto y conocimiento del original, en la que se «respira» aire shakesperiano. A quienes les dé igual y sencillamente se interesen por lo nuevo de Atwood, darán con una obra divertida, engarzada a la perfección, con la que se lo pasarán en grande. Un registro distinto a El cuento de la criada, pero ya se sabe que Atwood es una escritora muy versátil y prolífica. He aquí, pues, una ocasión para descubrir otra de sus facetas.

14 enero 2018

Octavo aniversario (o sobre el sentido de un blog literario)



Hace ocho años, el 14 de enero de 2010, publiqué la primera entrada de este blog. Por aquel entonces no tenía ningún propósito, ni me lo planteaba como un proyecto a largo plazo. Llevaba años hablando de libros en diversos foros y comunidades online; en un momento dado esa discusión se desplazó a la plataforma del blog, y yo, siguiendo a la manada, me uní. Sin más. No fui original, ni me pensé mucho el nombre (esto último lo lamento, dado que al final se ha convertido en aquello que se identifica conmigo). Suelo pensar que las decisiones que más me han marcado son aquellas que tomé sin darme apenas cuenta, como llevada por un impulso, sin reflexionar, sin darles las mil vueltas que doy a todo. Con el blog, se me abrió una puerta. Siempre he leído mucho, pero desconocía lo que había detrás de un libro, más allá de la imagen borrosa del autor. Escribir sobre libros en la red, estar pendiente de las novedades, me acercó a este mundo. Con el tiempo, y después de muchas dudas sobre mi vocación, me formé en humanidades. La evolución de mis reseñas a lo largo de los años se debe a la suma de las destrezas pulidas con el estudio y el enriquecimiento de mi experiencia como lectora.
Elena Ferrante, en su libro La frantumaglia, explica que las mujeres siempre han sentido la necesidad de escribir, no solo por oficio, y que la ponen en práctica sobre todo cuando se sienten mal y tratan de entenderse a sí mismas, de ordenar sus ideas. De alguna manera, en 2010 empecé a canalizar mi malestar en forma de comentarios sobre mis lecturas. Podría haber comenzado un blog personal, a modo de diario, o podría haber escrito relatos, como ya había hecho antes. Hay muchas posibilidades, pero la que se impuso, la que ha perdurado, son las reseñas. A veces me pregunto si ha sido una pérdida de tiempo, si no habría sido mejor intentar escribir algo más productivo o creativo que los contenidos, perecederos y amateurs, de un blog, de un blog entre miles de blogs. No escribo con la intención de ofrecer un servicio; soy muy consciente del alcance limitado del blog, y del hecho de que quienes lo leen ya son grandes lectores, no estoy «creando» a nuevos aficionados. Aun así, si con las reseñas he ayudado a alguien a elegir lecturas que le han resultado placenteras, me alegro.
Mi percepción del blog se ha ido modificando con los años. Durante mucho tiempo me obsesioné con la profesionalización: el blog me parecía un taller de prácticas, un entreno para, algún día, «dar el salto» a una revista o periódico. Me esforzaba en dar lo mejor de mí en cada reseña, en demostrar mi valía. Eso se acabó. Me gustaría escribir para algún medio, es un sueño que tengo desde jovencita, pero ya no me angustia el no lograrlo. Si llega, bien; si no, puedo vivir con esa carencia. En los últimos dos años perdí demasiado tiempo lamentándome por no conseguir que me pagaran por escribir, por no sentirme reconocida (más que el dinero, lo que ansiaba era el «reconocimiento», la confirmación de que sé escribir reseñas y artículos, de que lo hago más o menos bien, de que esto no es una pérdida de tiempo). En ocasiones encaucé mi insatisfacción, erróneamente, hacia el blog: me parecía que todo lo relativo a este, desde la redacción de una reseña a responder un comentario en las redes sociales, reforzaba mi amateurismo y me alejaba de ese ambiente tan serio y riguroso (en teoría) de los críticos profesionales. Por suerte, esa etapa pasó. He tardado, pero por fin he encontrado el sosiego con el que disfrutar de lo que tengo sin obcecarme en lo que me falta. Me siento serena, tranquila, y con más ganas de escribir que nunca.
Las grandes aspiraciones no son del todo malas: cuando se inicia una actividad, como un blog, ayudan a mantener la motivación, a ser constante. A estas alturas, sin embargo, ya no veo el sentido de mi blog en un hipotético «premio» futuro en forma de trabajo en una revista. El sentido, si se puede denominar así, es el blog mismo. El bienestar que me aporta cuando me siento a escribir. Los contactos (por superficiales que sean) con lectores, autores, editores y otros profesionales del sector. Pero sobre todo escribir. Escribir me relaja, me pone de buen humor, me abstrae de los problemas; con el blog di con un medio con el que perseverar en el ejercicio de la escritura y el análisis literario. Esto último también me enriquece: la oportunidad de profundizar en el conocimiento de aquello que me apasiona. Veo mi blog como una especie de «obra» que se expande poco a poco, que se ramifica y adquiere nuevos matices, que ahonda en unos itinerarios y picotea en otros. Me permite reflexionar más sobre mis lecturas y ordenar esos pensamientos al ponerlos por escrito.
Mi blog es un cuaderno de lecturas, solo que con la particularidad de ser público. Me da cierto pudor el egocentrismo que denota, el afán por ser leída. Aunque también en esto he cambiado. Hace años que las estadísticas dejaron de preocuparme; ante todo, y me repito, tengo el blog para escribir, para liberar esa creatividad de la que mi trabajo, el de verdad, carece. En un aniversario, no recuerdo cuál, escribí que el blog me permite vivir de manera más intensa mi relación con la literatura. Se trata de eso, nada más que eso. Hice del blog una extensión de mi fiebre por los libros, por las historias. Vuelvo a Elena Ferrante: «los títulos [académicos] dicen poco o nada sobre lo que en realidad aprendimos por necesidad, por pasión. […] lo que de verdad nos formó, paradójicamente no nos cataloga»*. Me siento identificada. El blog no me da más adjetivo que el de «bloguera», como mucho el de «lectora» (pero no se me puede considerar ni crítica ni reseñista ni redactora profesional), está en el apartado «Otros datos de interés» de mi CV, al final, debajo de las secciones «importantes», y no obstante le he dedicado tantas horas, le he puesto tanto de mí, que a su modo me define más que las tareas remuneradas. Es por eso que aún sigo aquí, aún no me canso. Porque no quiero renunciar a todo lo que el blog me proporciona, ese capital simbólico. Si, además, le aporta algo a quien me lee (siempre o de vez en cuando), le doy las gracias por su confianza.
*Elena Ferrante, La frantumaglia. Un viaje por la escritura, Lumen, trad. Celia Filipetto, 2017, p. 199.

09 enero 2018

Los libros que me gustaría leer en 2018



Bienvenidos a la rentrée. Este es mi repaso de las próximas publicaciones literarias. Como siempre, una selección personal y parcial; no pretendo abarcarlo todo (para eso ya están los medios profesionales, al menos en teoría), sino hablar de lo que interesa a mí.
En el ámbito de la narrativa anglosajona, que se lleva el trozo más grande del pastel (para variar), hay novedades de voces jóvenes como Necesitamos nuevos nombres, de la zimbabuense NoViolet Bulawayo (Salamandra, febrero), Quédate conmigo, el debut de la nigeriana Ayobami Adebayo (Gatopardo, 19 de marzo) o Las respuestas, la segunda novela de la estadounidense Catherine Lacey (Alfaguara, 1 de marzo); así como libros de escritores ya consolidados, como La semilla de la bruja, de Margaret Atwood (Lumen, 11 de enero), Los ojos vendados, de Siri Hustvedt (Seix Barral, 13 de febrero), La primera mano que sostuvo la mía, de Maggie O’Farrell (Asteroide, 12 de marzo), y La novena hora, de Alice McDermott (Asteroide, 14 de mayo).
Habrá recuperaciones de autores importantes del siglo XX, muchos de ellos de relatos, como Visión binocular, de Edith Pearlman (Anagrama, 24 de enero), una especialista del género que aún no ha recibido la debida atención; Objeto de amor, los cuentos reunidos de Edna O’Brien (Lumen, 1 de marzo); Desmembrados, una nueva antología de relatos oscuros de Joyce Carol Oates (Gatopardo, 5 de febrero); Agua verde, cielo verde, de la canadiense Mavis Gallant (Impedimenta) y Declaración: cuentos reunidos, de Susan Sontag (Literatura Random House, 8 febrero). En la novela, sobresalen Llega la negra crecida, de la británica Margaret Drabble (Sexto Piso, febrero); Un debut en la vida, de Anita Brookner (Asteroide, 22 de enero); y Río revuelto, que fue la primera novela de Joan Didion (Gatopardo, 12 de marzo). Por otra parte, vuelven a las librerías Penelope Fitzgerald, de quien se reedita A la deriva (Impedimenta), Penelope Mortimer, con Papá se ha ido de caza (Impedimenta), y Barbara Pym, con Como los ángeles (Gatopardo, 18 de junio).
En cuanto a narrativa española, me apetece leer a Mario Cuenca Sandoval, que publica su nueva novela, El don de la fiebre (Seix Barral, 13 de marzo), a Berta Vias Mahou, que ha escrito una novela sobre la misteriosa fotógrafa Vivian Maier, Una vida prestada (Lumen, 1 de febrero), y a Laura Freixas, que publica el segundo volumen de sus diarios, Todos llevan máscara (Errata naturae, 19 de febrero). Este año será, además, el del debut en la ficción de la poeta y periodista Luna Miguel, con Los funerales de Lolita (Lumen). Como no solo se vive de novedades, he tomado nota de la recuperación de La catedral y el niño, de Eduardo Blanco Amor (Asteroide, 26 de febrero), uno de los autores fundamentales de las letras españolas y gallegas del siglo XX.
En la narrativa italiana, que de un tiempo a esta parte se ha convertido en una parte significativa de mis lecturas, me interesan varios rescates: Me casé por alegría, un libro inédito de Natalia Ginzburg (Acantilado, febrero), María y otros relatos, de Marisa Madieri (Minúscula, 21 de marzo), La historia, de Elsa Morante (Lumen, 25 de enero), Desviación, de Luce d’Eramo (Seix Barral, 30 de enero) y La bella de Lodi, de Alberto Arbasino (Siruela, 7 de febrero). Entre los libros recientes, lo último de Erri De Luca, La natura expuesta (Seix Barral, 27 de febrero), y el Premio Strega Las ocho montañas, de Paolo Cognetti (Literatura Random House, 1 de marzo).
En otros idiomas, me llaman la atención Madona con abrigo de piel, de Sabahattin Ali (Salamandra, enero), un clásico de la literatura turca del siglo XX; Luz de juventud, del alemán Ralf Rothman (Asteroide, 28 de mayo) y El corzo, una recuperación de la húngara Magda Szabo (Minúscula, 21 de febrero), además de tres novelas de autores franceses: Amores, de Leonor de Recondo (Minúscula, 24 de enero), Sobre algunos enamorados de los libros, de Philippe Claudel (Minúscula, 13 de febrero), y Los dos tórtolos, de Alexandre Postel (Nórdica, 26 de marzo). Ah, hay una gran noticia: se publica una nueva traducción de La educación sentimental, de Gustave Flaubert (Alba, 28 de febrero), a cargo de María Teresa Gallego, quien ya tradujo La señora Bovary.
Por último, destaco algunos libros de no ficción: Chica de campo, las esperadísimas memorias de Edna O’Brien (Errata naturae, 26 de febrero); El arte de la ficción, una colección de ensayos de James Salter (Salamandra, abril); Te encontraré, de Joanna Connors (Errata naturae, 22 de enero), el reportaje de una periodista que investiga hombre que la violó; y El tiempo regalado, de Andrea Kohler (Asteroide, 29 de enero), un ensayo literario sobre la experiencia de la espera.
Estos, y más que vendrán —no dispongo de los boletines de novedades de todas las editoriales; disculpad los olvidos—, son los libros que me gustaría leer (y reseñar, por supuesto) este 2018. Y a vosotros, ¿cuáles os llaman la atención?

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