17 septiembre 2018

Las ocho montañas - Paolo Cognetti


Edición: Literatura Random House, 2018 (trad. César Palma)
Páginas: 240
ISBN: 9788439734123
Precio: 17,90 € (e-book: 8,99 €)
Lo que debía proteger, en mí, era la capacidad de estar solo. Había necesitado tiempo para acostumbrarme a la soledad, para encontrar un espacio donde poder acoplarme y sentirme bien; sin embargo, sentía que la relación con ese espacio seguía siendo difícil. Por eso volvía a casa como si reanudase la confianza con ella. Si el cielo no estaba cubierto, pronto apagaba la linterna. Solo necesitaba un cuarto de luna y las estrellas para intuir el sendero entre los alerces. Nada se movía a esa hora salvo mis pasos y el torrente, que seguía sonando y gorgoteando mientras el bosque dormía. En el silencio su voz era clara y podía distinguir los tonos de cada meandro, rápido, cascada, atenuados por la espesura de la vegetación y cada vez más nítidos en el pedregal.*
Cuenta un mito budista que existe un monte muy alto, el Sumeru. A su alrededor, ocho montañas y ocho mares conforman el mundo tal como lo conocemos. Hay quien intenta llegar a la cima del Sumeru, empecinado, y hay quien se dedica a recorrer las demás montañas, vagando sin rumbo. Se preguntan: al final de la vida, ¿quién aprendió más, el que alcanzó la cúspide del monte sagrado o el que deambuló por la periferia? Este mito inspiró Las ocho montañas (2016), Premio Strega y Prix Médicis Étranger, además de un éxito de ventas en varios países, que ha consolidado a Paolo Cognetti (Milán, 1978) como uno de los escritores europeos más interesantes del momento. Escribe con palabras sencillas, pero de significados profundos; un estilo templado, fluido y sutil, que penetra en el lector sin aspavientos. La amistad a lo largo del tiempo, la paternidad, la soledad y el exilio interior son algunos de los temas que explora en una historia que se desarrolla en un paraje casi extinguido, el de los pueblos rurales medio deshabitados. El propio Cognetti, como los personajes de su libro, vive desde hace años entre su ciudad natal y la montaña, experiencia que narra en El muchacho silvestre (2013).
En esta novela hay un hombre que permanece en una sola montaña, la más importante para él; y otro que, desarraigado, viaja a los montes lejanos sin establecerse en ningún sitio. Pero empecemos por el principio. En el principio, esos hombres son dos niños que pasan los veranos juntos: por un lado, Pietro, el narrador, un muchacho de ciudad que veranea en un pueblo de los Alpes; por el otro, Bruno, el habitante más joven de esa pequeña localidad, que nunca ha salido de allí. Encarnan microcosmos distintos, y no solo por el hábitat: Pietro crece en una familia de clase media, con unos padres atentos, mientras que en el entorno de Bruno reina el desorden, con un padre ausente y una madre taciturna, el chico se cría entre animales y naturaleza, abandona el colegio temprano sin que a nadie le importe. Pietro tiene una existencia ordenada, como la de muchos chavales de su quinta; Bruno, en cambio, es un niño montañés en una época (las últimas décadas del siglo XX) en la que esa forma de vida no resulta habitual en un menor. Desde el comienzo, desde esa infancia, hay algo en Bruno de cuasi extinguido, de chiquillo que vive como se vivía antes, un mundo ya sepultado.
Tanto Pietro como Bruno son dos grandes solitarios desde pequeños; la suya es una unión un tanto extraña, forzada por los padres del primero, que poco a poco fluye entre incursiones en la naturaleza y lecturas compartidas. Bruno le enseña la montaña a Pietro, y Pietro le descubre un poco de cultura a Bruno. La relación, no obstante, resulta desigual: el narrador desconoce en buena medida la situación del amigo –solo intuye, sospecha, a partir de murmullos y observaciones­­–, pero Bruno entra en su casa gracias a la predisposición de los padres de Pietro, que ayudan al joven montañés. En cierta etapa, conforme entran en la adolescencia, la relación de Pietro con su padre se enfría, al tiempo que este último estrecha su cercanía con el montañés. Bruno siente una profunda admiración por los padres de su amigo; representan todo aquello que él no tiene. Cognetti retrata con sutileza estas «descompensaciones» afectivas, siempre a través de la mirada de Pietro, un punto de vista parcial, como toda primera persona, que mantiene un halo de misterio en torno a Bruno, ese chico de las montañas, tan próximo a él y sin embargo tan impenetrable.
La obra tiene una estructura soberbia que permite conocer el alcance de esta amistad a lo largo de la vida: en la primera parte, la infancia, los veraneos en la montaña; en la segunda, entre el final de la niñez y la juventud, un punto de inflexión para Pietro, un regreso a la montaña después de muchos años de distancia; por último, en la tercera parte, son dos adultos que ajustan cuentas con el pasado. Bruno, siguiendo el camino esperado, se queda en la montaña, sin otra aspiración que continuar tal como está; un montañés huraño, apegado a sus costumbres, su rusticidad, su aislamiento. Pietro se convierte en un «inadaptado», incapaz de tener una relación formal ni de perseverar en un empleo estable a pesar de haberse criado en un ambiente propicio (a priori) para ello. Se dedica a viajar (el hombre de las ocho montañas) y de vez en cuando regresa a la primera montaña para encontrarse a sí mismo. Allí le espera Bruno; resulta singular, para Pietro, tener un amigo como Bruno, arraigado en su cabaña, ermitaño. También cuando son adultos se producen «intercambios» entre ellos, se influyen mutuamente. El autor sabe modular muy bien los giros de la historia.
En general, Las ocho montañas es una novela extraordinaria sobre la amistad entre dos hombres de carácter introvertido y esquivo, una relación hecha de silencios, de complicidades nunca explícitas. Esta representación de la amistad masculina contrasta con la jerarquía de las «pandillas» que suelen dibujarse en la ficción. Contrasta asimismo con los relatos de amistad femenina: se da la casualidad (o no, quién sabe) de que los dos fenómenos recientes de la narrativa italiana tienen como protagonistas a una pareja de amigos. Elena Ferrante y Paolo Cognetti conciben el hecho literario de forma distinta –de la parquedad y el sosiego de él al apasionamiento bien medido de ella, por resumirlo de manera superficial–, pero ambos narran, y muy bien, una amistad a lo largo de las décadas entre un personaje que permanece inmóvil (Bruno, Lila, los «condenados» por su origen) y otro, el narrador, que tiene la oportunidad de realizarse y se marcha, aunque no por ello se siente pleno (Pietro, Lenù). A propósito, una frase parece calcada de Dos amigas: «Tú eres el que va y viene, yo, el que se queda. Como siempre, ¿no?» (p. 161). El asunto da para un análisis comparativo de su tratamiento de la amistad masculina (callada, contenida, fría) y la femenina (un nudo tirante); este comentario, en cualquier caso, solo pretende sugerirlo de forma sucinta.
Paolo Cognetti
El otro tema relevante de Las ocho montañas es la paternidad. La importancia del rol del padre, así como la «herencia» simbólica; tanto Pietro como Bruno repiten el patrón de sus respectivos progenitores, del rechazo instintivo a la repetición involuntaria. Es, en este sentido, una historia redonda, circular, por cuanto entronca el pasado con el presente, la reconciliación íntima del narrador con su padre. Y aún se puede decir más: novela de aprendizaje, de hacerse adulto; novela de búsqueda de pertenencia, de pérdida; novela de fracasos personales, de rendición. De montaña, claro, aunque no traza un retrato amable de la naturaleza, por mucho que algunos pasajes sobre ese lugar resulten evocadores. Pone de relieve la violencia, el embrutecimiento, la soledad que perviven allí, con una mesura y un dominio del tempo brillantes. Una gran lectura, en definitiva, una poderosa exploración de las emociones masculinas en un entorno casi extinto, conmovedora sin estridencias.
Hay novelas en las que uno se quedaría a vivir, y esta es una de ellas.
*Cita inicial de la página 186.

14 septiembre 2018

Un padre y su hija - Emmanuel Bove

Edición: Hermida Editores, 2018 (trad. M.ª Teresa Gallego y Amaya García Gallego)
Páginas: 92
ISBN: 9788494741340
Precio: 14,90 €

Emmanuel Bove (París, 1898-1945), hijo de madre luxemburguesa y padre ruso, es uno de los secretos mejor guardados de la literatura francesa. Escribió más de treinta novelas breves, de gran éxito en el periodo de entreguerras, admiradas por Samuel Beckett, André Gide, Colette y Rainer Maria Rilke, entre otros. Después de su muerte, cayó en el olvido y no fue redescubierto en su país hasta los años ochenta. En España ha empezado a conocerse gracias al empeño de pequeñas editoriales independientes, como Minúscula, Pre-Textos, Pasos Perdidos y Hermida Editores. Esta última publicó hace unos meses Un padre y su hija (1928), traducida por dos referentes del oficio como son María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, y en una edición, por lo demás, impecable (papel de calidad, tipografía cómoda, encuadernación cosida).
La obra gira en torno a la autodestrucción de un hombre, con todos los temas que se le asocian: soledad, degradación, aislamiento, perturbación. Al principio, conocemos al protagonista, Jean-Antoine About, ya maduro, bien instalado en su apartamento de París junto a la doncella, la única persona que permanece a su lado, aunque no por gusto, desde hace décadas, desde antes de que se convirtiera en este tipo huraño y asocial: «Ahora ya había pasado de los cuarenta. No le quedaba nada que esperar de la vida ni nada que echar de menos» (p. 49). Su existencia retirada, no obstante, sufre un vuelco cuando recibe un mensaje de su hija: después de muchos años sin verse, la joven le anuncia su regreso. No sabemos qué ocurrió entre padre e hija, no sabemos qué reacción suscita el inminente retorno en él, más allá del impacto inicial. A partir de aquí, la narración retrocede al pasado con el fin de reconstruir la vida de About desde su juventud hasta el reencuentro culminante con su hija.
«Ahora, cuando Antoine About volvía la vista atrás, comprobaba que su vida podía dividirse en dos partes de pareja importancia: aquella en que había obedecido y aquella en que había mandado» (pp. 18-19). Hubo una época en la que About fue lo que se dice un chico con aspiraciones, un tanto frustrado por su origen humilde. Tras algunas idas y venidas, se casó, montó un negocio, tuvo una hija. La apacible monotonía del hombre burgués, sí, hasta que comenzó a venirse abajo. En su trayectoria, se repite un patrón: la «desaparición» de las mujeres. No supo entenderse ni con su esposa ni con su hija. Así empezó su declive: «Lo único que tenía que tenía que hacer para salir de su dolor era ir resbalando despacio hacia su envilecimiento, olvidar todas sus ambiciones y todos sus sueños y no intentar ya sino llegar a una meta única: ser el peor de los hombres» (pp. 75-76). El reencuentro con su hija plantea la incógnita de si actuará como redención; pero Bove no es un escritor amable ni indulgente.
Emmanuel Bove
Por lo demás, Emmanuel Bove, como Chéjov o su coetánea Irène Némirovsky, posee la habilidad de condensar mucho en pocas páginas; tan solo necesita esbozar un reencuentro que se intuye trascendental para deconstruir una existencia entera hasta lo básico. El estilo –elegante, sutil, preciso, incisivo– tiene además un humor un tanto grotesco, como se observa, por ejemplo, en la relación entre el protagonista y la doncella; el patetismo de quien hace el ridículo porque ha perdido la cordura, el respeto por sí mismo, el patetismo de quien se ha dejado caer: «A partir de ahora iba a vivir con bajeza. Estaba hecho para eso. Su locura había consistido en creer que las cosas podían ser de otra manera» (p. 77). Este es, en fin, un retrato de decrepitud y desvarío, salpicado de ironía y sentido del absurdo, una mirada corrosiva a la vida burguesa y sus extravagancias, sus secretos y sus turbulencias; una nouvelle redonda, en definitiva.

12 septiembre 2018

Loxandra - María Iordanidu


Edición: Acantilado, 2018 (trad. Selma Ancira)
Páginas: 256
ISBN: 9788417346003
Precio: 16,00 €
Pero Ana aprendió más de su abuela, algo que no estaba en el silabario que le habían dado en la escuela. Aprendió a disfrutar de todas las cosas. De las olivas y del caviar. De los días de lluvia y de los días de sol. Aprendió a sentirse feliz de estar viva y de ver y de oír. Aprendió a amar cualquier cosa a la que se dedicara.*
Algunas historias tienen la capacidad de integrar l’air du temps de toda una época en la peripecia individual de un personaje. Este es el caso de Loxandra (1963), de María Iordanidu (Constantinopla, 1897 – Atenas, 1989), un clásico moderno de la literatura griega que ya había sido publicado en castellano por Lumen en el año 2000 y que Acantilado ha recuperado con acierto después de tanto tiempo fuera de las librerías. El libro se inspira en Loxandra, la abuela de la autora, una mujer que, sin ser consciente de ello, murió con el «viejo mundo»: vivió en Constantinopla durante la segunda mitad del siglo XIX y falleció justo antes del estallido de la Gran Guerra. Su recuerdo, para María Iordanidu, está asociado, por lo tanto, no solo a su persona sino a unas costumbres, unas creencias, una forma de entender la vida ya perdida para siempre.
Si existiera un índice de protagonistas femeninas memorables, Loxandra figuraría en él. Esta mujer con carácter, vigorosa, tenaz, arrolladora, y no obstante muy atenta, familiar y generosa, lleva el peso del relato y lo dota de intensidad. En ocasiones impone por su terquedad –esa tendencia a obligar a comer a la nuera, a entrometerse en un viaje en tren, a educar a su nieta a su manera–, pero esa garra la convierte en una persona que se vuelca por sus seres queridos y nunca se cansa de ayudar. El punto de partida de la narración es su matrimonio con Dimitrós, una unión un tanto tardía para su tiempo, como tardía fue su maternidad, pasados los treinta, aunque cuidó también de los hijos del primer matrimonio de su marido. La autora elige empezar por el momento en el que la protagonista establece su propio hogar, su lugar de referencia, desde donde se dedica a ejercer su influencia a propios y extraños durante más de medio siglo.
Dada la longevidad de Loxandra, la novela se lee en parte como una saga familiar. De la escena inicial, sobre cómo conoció a su esposo y se ganó la confianza (y el respeto) de los hijastros, a las frecuentes reuniones familiares a medida que los niños crecen y la familia se amplía. Ah, hijos y sobrinos: algunos se van lejos y otros permanecen, a unos les salen bien los negocios y otros padecen carencias, pero para todos está Loxandra, como una brújula que les recuerda el camino cuando se pierden. Hay, también, un episodio sobre el traslado traumático a otra ciudad. En la última parte, destaca la estrecha relación de Loxandra con su nieta Ana, trasunto de la autora: la niña está llamada a crecer en un mundo distinto, a educarse de otra manera, a ignorar ciertos aspectos de la cultura autóctona, pero Loxandra se resiste a ceder, se resiste a dejar que sus raíces caigan en el olvido, lo que genera escenas un tanto tragicómicas.
Con Loxandra, María Iordanidu recrea los últimos estertores de una civilización a través del «universo de las mujeres». Porque la protagonista, a diferencia de los hombres, no trabaja fuera de casa, no emprende aventuras en otro país, ni siquiera puede elegir por sí misma a su marido. Su mundo se compone del hogar, la familia, la gastronomía (las copiosas comidas familiares tienen una gran importancia en la novela), las charlas con las vecinas, la religión (la virgen de Baluklí, su mejor aliada). El «pequeño» universo femenino, el espacio privado, las tareas cotidianas, se reivindica de algún modo en este libro, que, lejos de hacer un retrato «blando» del personaje, lo eleva como referente, como punto de apoyo para toda la familia; como si dijera que es gracias a las Loxandras de Constantinopla y del planeta entero que muchas estirpes han pervivido. La autora retrata a su abuela con afecto, sin esconder su lado acaparador, autoritario, esas cualidades menos «amables»; en definitiva, el perfil convence.
María Iordanidu
Si Loxandra resulta memorable, esta Constantinopla no lo es en menor grado; he aquí un libro en el que la ciudad, una ciudad legendaria, adquiere vida propia. La existencia de Loxandra resulta inseparable de la Constantinopla de final de siglo, una tierra con una larga historia, multiétnica, en la que conviven griegos y turcos, entre otros, comunidades ricas en tradiciones, supersticiones, y no exentas de conflictos. Esta novela es un fresco de una metrópoli desaparecida como tal. El estilo va acorde con esa voluntad de reproducir el sonido de las calles por las que se mueve Loxandra, con el lenguaje de las mujeres, vivaz, cercano a la expresión oral, salpicado de expresiones en turco –se agradecen las notas de la traductora y el glosario–, con abundantes referencias a los platos típicos de la zona. Se trata de una historia rebosante de vitalidad, que, más que «leerse», se «escucha»: el bullicio, los gritos de Loxandra, las protestas de los hijos, los encontronazos. Si leer es como viajar, Loxandra ofrece un viaje tan desacostumbrado como embriagador.
*Cita de la página 207.

10 septiembre 2018

Devastación - Tom Kristensen

Edición: Errata naturae, 2018 (trad. Blanca Ortiz Ostalé)
Páginas: 656
ISBN: 9788416544776
Precio: 25,50 €

Devastación (1968), del escritor danés Tom Kristensen (1893 – 1974), es sin ninguna duda una de las propuestas más atrevidas de la temporada (y del año). No todos los días una editorial pequeña se lanza a traducir seiscientas páginas de una lengua nórdica; además, el contenido se puede considerar asimismo arriesgado, porque no constituye una lectura sencilla, ni por los temas ni por la forma de plantearlos. Claro que, viniendo de Errata naturae –que ya se aventuró con autores condenados a ser minoritarios como los alemanes Leonhard Frank, Brigitte Reimann y Maxie Wander, la noruega Torborg Nedreaas o la también danesa Kirsten Thorup–, esa exigencia ya no debería sorprendernos. En esta ocasión, apuesta por una novela fundamental de las letras escandinavas que ha sido elogiada por Karl Ove Knausgård. Utilizar este nombre puede parecer una estrategia de promoción, pero tras leerlo uno comprende por qué este libro cautivó justamente al autor de Mi lucha: de algún modo, Kristensen anticipa esa exploración descarnada de las flaquezas del hombre que ha definido a Knausgård.
Corren los años veinte en la ciudad de Copenhague. Ole Jastrau, trasunto del autor, es un crítico literario treintañero que trabaja para uno de los periódicos más importantes del país. Está casado y tiene un hijo; lleva lo que se dice una rutina estable de hombre de clase media. En el primer capítulo, dos personajes irrumpen en su casa sin previo aviso: un viejo conocido del ambiente bohemio y un joven poeta, hijo de un escritor reputado. La visita se prolonga; y la influencia de los intrusos, en particular del chico, trastocarán la existencia apacible de Jastrau y a la postre desencadenarán su caída en desgracia. O quizá no, quizá la visita tan solo evidenciará una crisis personal que ya estaba allí y nadie quería ver. Esta es la «devastación»: el descenso a los infiernos de un intelectual burgués que parece tenerlo todo, pero todo lo pierde. Hace del alcohol su refugio, y con ello se convierte en una de sus tantas víctimas en aquel tiempo.
Kristensen narra la autodestrucción del hombre, su declive paulatino pero sin freno, un hundimiento que los allegados presencian sin poder detener. Jastrau se abandona a sí mismo y se queda sin nada, sin mujer, sin hijo, sin trabajo, sin hogar. El mérito del autor reside en cómo engarza ese viraje hacia el abismo, el descontrol, la incapacidad de ponerle fin, las compañías que no ayudan. Es una de las novelas que mejor retratan el alcoholismo y cómo se convirtió en un problema social en el periodo de entreguerras; por aquel entonces nadie sugería pedir ayuda, nadie pronunciaba el verbo «curarse». Él cada vez está más solo, desamparado; la bebida, los bares y la noche como el consuelo para los descarriados. Cuestiona el modelo de vida burgués: detrás de ese matrimonio, de ese empleo reconocido, hay un hombre cansado de la monotonía, insatisfecho, herido por la pérdida temprana de la madre, un recuerdo que regresa en esos malos momentos. Su amigo contribuye a su decadencia, pero los síntomas ya estaban ahí, latentes, en esa escena inicial en la que hace malabarismos en casa.
Salvando las distancias –temporales y de concepción literaria–, produce una sensación similar a Tan poca vida (2015), de Hanya Yanagihara, en el sentido de oponerse a la noción de progreso que tanto se inculca en la sociedad occidental. El protagonista no solo no mejora, sino que se va dejando caer, comete errores, desemboca en una espiral de degradación permanente. Uno querría decirle: «No, no hagas eso, te vas a arrepentir», pero él no puede parar, está atrapado en su adicción, en su crisis vital, en su falta de anclaje. Desorientado, confundido, deshecho. Con todo, Kristensen no se recrea tanto en las morbosidades como Yanagihara; es más contenido, más sutil. De su estilo destaca lo mucho que se apoya en el diálogo. En lugar de plantear reflexiones existencialistas, muestra el descarrío en las salidas nocturnas, las risas tontas de los borrachos, los bucles, la agitación, la decrepitud, el delirio; la viva imagen del patetismo humano. Teniendo en cuenta su fondo autobiográfico, resulta encomiable la valentía del autor al hurgar en su intimidad, en la fragilidad de esas noches desbocadas.
Más allá de Jastrau, destaca el papel de su entorno en el proceso de autodestrucción. La nocturnidad de Copenhague, el ambiente bohemio del periódico y los escritores, conforman un personaje más, esta vez en su cara menos amable, por cuanto pone de relieve la amargura que encierra para el protagonista esa forma de estar en el mundo. Es interesante la reacción de sus allegados: algunos se alejan, como su mujer; otros advierten la transformación de su mirada; otros no dicen nada; otros están igual que él. En sus noches de perdición no faltan chicas tan desorientadas como el propio Jastrau. Entre los personajes, vale la pena hacer mención del poeta, su nuevo amigo, que, en plena rebeldía juvenil, reniega de su padre, representante del estatus dominante en el sector cultural. Al salir con él, Jastrau «vuelve» a su juventud, a la irresponsabilidad. No se trata de un regreso agradable, al contrario: tiene algo vergonzante que un hombre de mediana edad, padre de familia, se deje arrastrar por un muchacho inmaduro. La evolución del poeta, junto con su historia familiar, descubre además la hipocresía de la clase acomodada; revelaciones oscuras que salpican a Jastrau.
Tom Kristensen
A menudo la mejor literatura es la que supone un reto para el lector. La que no resulta reconfortante, la que le pone ante un espejo que muestra la peor cara del ser humano. Literatura que obliga a hacer una inmersión, a entregarse, a leer con los cinco sentidos, a recorrer un camino desasosegante. Este es un libro de los que se suelen tildar de «incómodos», que genera sensaciones encontradas por esa crudeza tan bien plasmada y no obstante tan difícil de digerir. Es también el retrato de una época, los años veinte y sus claroscuros; y de un lugar, Copenhague, todavía una gran desconocida en su vertiente literaria para el lector español. Devastación está a la altura de sus credenciales: he aquí una novela desgarradora e implacable, una novela importante. Hay pocas oportunidades de leer una obra como esta.

07 septiembre 2018

Lady L. - Romain Gary


Edición: Galaxia Gutenberg, 2018 (trad. Gema Moral Bartolomé)
Páginas: 176
ISBN: 9788417088910
Precio: 17,50 € (e-book: 10,99 €)
–Realmente no tuve suerte –decía–. Podría haber amado a un borracho, a un jugador, a un estafador, a un drogadicto… pero ¡no! Tenía que ser a un auténtico idealista. Así pues, yo también me di al terrorismo. Digamos que fui una buena alumna, eso es todo.*
Romain Gary (Vilna, Imperio ruso, 1914-París, 1980), seudónimo de Roman Kacew, de origen judío ruso, es uno de los grandes nombres de la literatura francesa del siglo XX. Novelista prolífico, escribió en diversas lenguas y es el único que ha recibido dos veces el prestigioso Premio Goncourt; la segunda, eso sí, escondido bajo otro apodo, lo que generó mucha controversia. Su obra Lady L., recuperada hace unos meses por Galaxia Gutenberg, tiene la particularidad de haber sido escrita en inglés en 1959, y vertida al francés por él mismo en 1963; una elección que se entiende al conocer a su personaje principal, una anciana aristócrata bien instalada en la sociedad victoriana tardía. No obstante, esta dama venerable nació de hecho en Francia, y no ha olvidado su origen: en estas páginas rememora toda su (apasionante) vida. La novela fue llevada al cine por Peter Ustinov en 1965, con Sophia Loren y Paul Newman como protagonistas.

Lady L. celebra su octogésimo cumpleaños. Vive en una mansión, está rodeada por su numerosa familia y cuenta con el respeto de las personalidades más ilustres de la sociedad británica. Sin embargo, esta señora extravagante, que «después de más de cincuenta años en Inglaterra, aún pensaba en francés» (p. 12), no nació en este ambiente de lujo y ostentación, no es una lady al uso. En los primeros episodios, en un despliegue magistral de estilo e ironía, el autor introduce a una protagonista inmensa, irreverente, una mujer hecha a sí misma, en quien se mezclan lo francés y lo inglés, lo elevado y lo vulgar; una mujer de mundo que está de vuelta de todo y no se asusta, no se escandaliza por nada. Con un gran sentido del humor y un registro alusivo, el relato de sus vivencias se adereza con reflexiones sobre la vejez y su aprendizaje a lo largo de los años. Nadie conoce su pasado ni su secreto mejor guardado, pero después de la fiesta se lo confía a Sir Percy, poeta de la corte y fiel «caballero sirviente» (p. 14).
«Annette Boudin nació en un callejón sin salida» (p. 27). Así comienza la confesión de Lady L., que recorre la segunda mitad del siglo XIX en el viejo continente. Ese callejón sin salida resultó no ser tal, en vista del nivel de vida que consiguió más adelante, pero en un principio nada hacía sospecharlo: Annette, una joven de familia humilde, tuvo que sobrevivir en los bajos fondos de Francia trabajando como prostituta, hasta que se cruzó con Armand Denis, un anarquista revolucionario y, a la postre, su gran amor. Armand no la rescató como un caballero a su princesa, sino que la convirtió en su aliada, una pícara con quien llevar a cabo acciones de ética dudosa. Acompañados de un elenco de personajes del movimiento anarquista, Annette y Armand recorrieron Europa movidos por sus ideales. «Como todos los aristócratas auténticos, tiene usted un temperamento terrorista, tiene esa clase de humor que a veces produce el mismo efecto que una bomba» (p. 47), le hace notar Percy a la anciana Lady L. Y, en efecto, la reconstrucción permite entender cómo llegó a ser tan astuta, tan terca, tan libre.
Romain Gary
Romain Gary hace una crítica mordaz de la sociedad británica y, a la vez, una inmersión en el anarquismo de la segunda mitad del siglo XIX. El estilo (explosivo, sarcástico, deslumbrante, y no obstante sutil, preciso) del autor justifica por sí solo la lectura, pues no hay página sin genialidad, pero Lady L. tiene, además, esa magnífica recreación histórica, en parte realidad, en parte imaginación, con las aventuras integradas con eficacia en un contexto político convulso; un retrato más que convincente. Y, sobre todo, la novela tiene dos grandes personajes, Lady L./Annette y Armand Denis, dos antihéroes idealistas, gamberros, carismáticos; sin desmerecer tampoco a los secundarios, que contribuyen a dar forma a un fresco social rico y vivaz. Una lectura recomendable, en definitiva.
*Cita de la página 168.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails