14 enero 2020

Décimo aniversario del blog: final de una etapa


Los proyectos tienen un principio y un final, y nunca me ha gustado prolongar la agonía. Este blog empezó su andadura el 14 de enero de 2010. Por aquel entonces llevaba cuatro años opinando sobre libros en diferentes páginas, de forma informal, como entretenimiento. Crear un blog era el siguiente paso. Llevo, pues, muchos años habituada a compartir mis lecturas por Internet; a terminar una novela, tomar apuntes y redactar un comentario. Hoy cierro esta etapa, o, más bien, cierro una manera de desarrollarla. Porque estoy segura de que, tarde o temprano, de un modo u otro, volveré a escribir sobre libros y literatura.
Han sido diez años de lectura, de escritura, de estudio; porque analizar una obra implica un pequeño estudio, aunque se trate de una afición. Estas tres actividades, leer, escribir, estudiar, conforman mi manera de estar en el mundo, son mucho más que un pasatiempo para mí: las he convertido en mi profesión. Me dedico a leer, a corregir manuscritos; y espero dedicarme algún día también a escribir, a analizar. Mi forma de entender la crítica literaria se aleja de la inmediatez, de la recomendación masticada que impera en la actualidad. En parte, mi decisión de cerrar el blog se debe a ello: me considero una rata de biblioteca, una artesana que no solo intenta comunicar una opinión, sino aprender en el proceso. Ese tipo de reseña, próxima al ensayo, conlleva mucho trabajo, y he llegado a un punto en el que el esfuerzo de hacerlo por amor al arte no me compensa. Esa es la realidad: estoy cansada.
No oculto que la falta de remuneración es un problema: me he hartado de dedicar tantas horas a una actividad que no me reporta ningún ingreso, que cae (no me engaño) en saco roto. Además de lo que se ve, el blog me ocupa muchos pensamientos: el tiempo de rumiar lecturas, de buscar imágenes y datos técnicos, de mantenerme al día de las novedades, de responder mensajes, de programar las entradas y planificar las publicaciones de cada mes. Me he convertido, un poco sin darme cuenta, en crítica literaria: hago lo mismo que muchos periodistas, solo que sin cobrar. No soy nadie en el sector. Esa es otra realidad.
Confiaba en que el blog me ayudara a darme a conocer, para colaborar con algún medio; sin embargo, no he tenido suerte, o no he dado con los contactos oportunos, o no soy lo bastante buena. O, quizá, lo que uno desea a veces tarda en llegar. En cualquier caso, más allá del dinero, también me despido por la falta de estímulos. El estancamiento: estoy cansada de hacer siempre lo mismo de la misma forma. En los últimos meses me sentía mentalmente exhausta, escribía reseñas con el piloto automático. No me compensa continuar así. Tengo tanto respeto, tanto amor (me voy a permitir esta cursilería) por este oficio, que, si escribo, quiero hacerlo con el esmero y el cariño que definen mi forma de entender la literatura. De ahí mi necesidad de nuevos proyectos y colaboraciones: el blog se me ha quedado pequeño.
Todavía hay otro motivo por el que pongo punto final, más alentador: mi propósito es volcarme en la escritura literaria. He tardado en expresarlo en público, por el respeto que tengo por esta palabra, pero mi mayor meta es, desde niña, convertirme en escritora. Y escribir exige tiempo, el tiempo que hasta ahora dedicaba al blog. En la entrada del octavo aniversario dije que el blog era algo así como mi obra; y, de hecho, podría continuar con él ad infinitum. No obstante, si me pregunto cómo quiero verme en el futuro, como una bloguera eterna o como una autora profesional, mi respuesta está clara. Sé que el camino de la literatura será largo, que un libro, un buen libro, no se escribe en cuatro días, que recibiré muchos rechazos, que tendré que enfrentarme a la frustración. Aun así, elijo ese camino. No me perdonaría no intentarlo. Esa es mi vocación. La crítica literaria, a su lado, es secundaria.
Haciendo balance, hay muchas cosas que podría haber hecho mejor para mantener el blog más vivo. Podría haberme adaptado a las nuevas tendencias, Instagram, YouTube y demás; podría haber modernizado el diseño; podría haber reconvertido las reseñas en otro tipo de artículo para no estancarme. Es solo que esas novedades me han pillado de vuelta de todo, demasiado tarde para emprenderlas con ganas. Eso, y lo que ya he dicho, que me interesa leer, escribir, estudiar, no tanto convertirme en influencer, aunque, indirectamente, lo he sido un poco, he regalado mucha publicidad a las editoriales. En ocasiones me parece que estoy enamorada de un oficio, la crítica literaria, que ha dejado de existir tal como me gustaba.
Me despido con una mezcla de tristeza y alivio. Tristeza, por el vacío de dejar de reseñar, de estar al día de las novedades, de charlar con otros lectores; ya lo estoy echando de menos. Y alivio, porque me quito un peso de encima, porque por fin podré centrarme en contar historias sin remordimientos por tener el blog abandonado. No lo eliminaré de la red, así que todas las reseñas seguirán disponibles. Tampoco desapareceré de las redes sociales, y espero que me sirvan para mantener el contacto. Lo mejor que me ha aportado esta experiencia, estos diez años, sois vosotros, los que me leéis y alentáis, los que hacéis que esto no sea un monólogo. Desde que anuncié el cierre del blog he recibido muchas muestras de afecto y me siento muy arropada. Solo puedo daros las gracias.
Quiero creer que esto no es un adiós, sino un hasta pronto. No me despido de los libros ni de la escritura. Me despido del blog, de la dinámica de reseñar con regularidad. Estoy segura de que volveré a escribir sobre libros, algún día, pero ya no será en Devoradora de libros.
Hoy termino una etapa. Ojalá me acompañéis en la siguiente. Pase lo que pase, GRACIAS.

P. D. Nada de comentarios tristes: lo dejo porque quiero, con mucha ilusión por lo que vendrá. Una última petición: comentadme, aquí o en las redes, algún libro que recomendé y os gustó. Saber que he contribuido a enriquecer un poco vuestra vida lectora será un regalo para mí.

31 diciembre 2019

Mejores lecturas 2019

Tendría que empezar esta entrada con una disculpa.
Por no haber publicado más reseñas en los últimos meses.
Por haber casi cerrado el blog antes de lo anunciado. 
Pero sería una pérdida de tiempo. Lo que interesa es la lista, ¿verdad? Al grano.

He descuidado el blog, cierto, pero no he dejado de leer: más de cien libros solo por placer y, de entre ellos, cerca de la mitad publicados en 2019, entre narrativa actual y recuperaciones. He seleccionado mis diez favoritos, y esta vez voy a mezclar ficción y no ficción, rescates y novedades. Me habría gustado dedicar reseñas exhaustivas a todos ellos, me habría gustado presentar un balance más esmerado, me habría gustado leer más; no obstante, este año mis circunstancias son las que son, y esto es lo que puedo hacer. Estas listas sirven, más que para valorar lo mejor (pretencioso), para aconsejar lo muy bueno; y, para eso, con poco basta.

1. Testamento de juventud, Vera Brittain, Periférica y Errata naturae, trad. Regina López Muñoz. Las memorias de una enfermera voluntaria durante la Primera Guerra Mundial. La publicación de este libro es un verdadero acontecimiento, que merecía mucha más atención. Está considerado un clásico en los países anglosajones y, además de por la experiencia de la autora durante la contienda, destaca por sus inteligentes reflexiones sobre asuntos como la entrada de la mujer en la universidad, la juventud interrumpida por la guerra, la reivindicación de la memoria histórica o el compromiso por la paz. Leer un libro de más de ochocientas páginas, y de esta densidad, no es una decisión sencilla; no obstante, os aseguro que merece la pena. Espero tener la oportunidad de hablar largo y tendido sobre esta obra algún día.

2. El mar alrededor, Keri Hulme, Automática, trad. Enrique Maldonado Roldán. Esta es una novela excepcional en ambos sentidos: el de singularidad y el de excelencia literaria. Se publicó en 1984 y les arrebató el Premio Booker a escritoras de renombre como Doris Lessing o Iris Murdoch. La autora, una neozelandesa ajena al circuito editorial, narra una historia que brilla por la libertad formal (invención de palabras, recursos diversos, estructura particular) y la noción de diferencia (étnica, social, de género); pero asimismo por su exploración de temas tan universales e imperecederos como la soledad (voluntaria o encontrada), la violencia, el peso del pasado o la vida en los márgenes, con el paisaje marino de la isla como fondo. Dura, seca, lírica, mordaz. Una novela exigente, inmensa, inclasificable.

3. Los testamentos, Margaret Atwood, Salamandra, trad. Eugenia Vázquez Nacarino. Lo sé: no estoy siendo original. También sé que ha causado controversia, que unos lo aman y otros lo odian. Yo, para mi propia sorpresa, porque tenía muchas dudas, me encuentro entre los que la reciben como una (otra) obra maestra. Más que una continuación de El cuento de la criada, la considero una expansión de ese universo narrativo, acorde con el momento actual, que muestra caras que los ojos de Defred no veían y sirve de pretexto para reivindicar el papel de la mujer madura y el de las jóvenes. Este Gilead es más plural y esperanzador; y la autora hace un uso soberbio del punto de vista y el registro documental. No sé si era necesario o no, como tanto se preguntan algunos; lo que tengo claro es que nos ha regalado otra gran lectura.

4. Donde me encuentro, Jhumpa Lahiri, Lumen, trad. Celia Filipetto. Es difícil comentar este libro, porque es de esas obras en las que (perdón por el tópico) no ocurre nada y ocurre de todo. Un año en la vida de una protagonista sin nombre. La deconstrucción de una mujer de mediana edad, cultivada, soltera, sin hijos; un retrato impersonal a conciencia, ya que podría ser muchas mujeres y a la vez no ser ninguna. La extrañeza, de hecho, es otro de sus rasgos: la falta de anclaje, la huida, un tema que enlaza con las preocupaciones de la autora (y con su decisión de escribir en italiano). El movimiento, la permanencia, la búsqueda, la identidad. Estilo sutil, insinuante, contenido; respira melancolía. También merece una mención En otras palabras (Salamandra, trad. Marilena de Chiara), una magnífica compilación sobre la voluntad de cambiar de lengua literaria y una historia de amor al aprendizaje y la libertad de las letras.

5. Una historia de la luz, Jan Nemec, Errata naturae, trad. Elena Buixaderas. La ópera prima de un joven escritor checo que recrea la vida de un fotógrafo vanguardista a lo largo de la primera mitad del siglo XX, con una Praga llena de claroscuros como centro. No lo tenía fácil para llamar la atención, y no ha la llamado; aun así, estoy segura de que será una novela que seguiré recomendando con los años. Por su exigencia. Por la intensidad de su voz. Por su imaginería, que va desde un trágico accidente en una mina a los juegos de luces del taller. Porque abarca aprendizaje, amor, guerra, arte y esoterismo. Porque ante todo se trata de la existencia de un hombre, más sombría que luminosa, que deja poso como las obras de antes.

6. Génie la loca, Inès Cagnati, Errata naturae, trad. Vanesa García Cazorla. Una madre y una hija, el campo de principios del siglo XX, el ostracismo, la violencia, el escarnio, la pobreza, la hipocresía social. Una niña que crece con mirada inocente, con el sueño del desclasamiento, de la vida propia. He aquí una novela sobre la aspereza de los vínculos afectivos en el mundo rural, sobre el instinto de supervivencia en condiciones adversas, sobre el descubrimiento del mundo desde los márgenes, escrita con un estilo sobrio y a la vez de un lirismo deslumbrante, conciso, profundo. Una recuperación exquisita, como acostumbra la editorial. En mi reseña la describí como una pequeña obra maestra, y lo mantengo.

7. Iluminada, Mary Karr, Periférica y Errata naturae, trad. Regina López Muñoz. Uno de los mejores libros de memorias que he leído jamás. No solo por lo descarnado de su contenido (de la obsesión por dedicarse a la literatura a los malabarismos de la maternidad, pasando por una infancia traumática, los abusos sexuales, el desclasamiento, el matrimonio, el divorcio, el alcoholismo y la redención), sino, y sobre todo, por el sarcasmo de su voz narrativa. Porque la autora escribe con humor y mala leche, se ríe de sí misma, quita importancia, encuentra el tono justo para contarse, es amena. Nos habla de tú a tú, y suena honesta hasta lo impúdico. Y, aunque esta palabra me dé un poco de alergia, leerla resulta inspirador, porque se cae muchas, muchas veces, pero se levanta, y hasta escribe libros tan brillantes como este.

8. Un guiso de lentejas, Mary Cholmondeley, Nocturna, trad. Ricardo García Pérez. Novelón de 1899 inédito hasta ahora en castellano, extenso (quizá demasiado), tal como se estilaba entonces, en el que la autora hace gala de un sentido del análisis psicológico prodigioso y una perspectiva de género que anticipa el feminismo. Narra la historia de dos amigas jóvenes, ambas solteras: mientras que una vive en la provincia, en casa de su hermano, y se dedica a la escritura y al cuidado de sus sobrinos, la otra, que acaba de recibir una herencia, frecuenta la alta sociedad londinense. Contrapone a ambas mujeres, en caracteres y ambientes; y explora la posibilidad del matrimonio. No obstante, la relación fundamental aquí no es ningún romance, sino la amistad entre ellas, cómo se adaptan, cómo se complementan. Ah, y termina con boda, pero no como en las novelas de Jane Austen.

9. La edad del desconsuelo, Jane Smiley, Sexto Piso, trad. Francisco González López. Esta novela de 1987 se puede considerar un libro de culto. Breve, concisa, de apariencia discreta, y sin embargo tan bien concebida. Con un uso magistral del punto de vista, nos pone en la piel de un hombre, marido, padre y profesional cualificado que siente que ha alcanzado la edad del desconsuelo. O, dicho de otro modo, la voz de un hombre cansado, en ese punto en el que teme que los cimientos sobre los que ha construido su vida conyugal se derrumben. Una voz intimista y elegante, que desmonta la idea del perfecto matrimonio de mediana edad, y lo hace desde una perspectiva un tanto atípica, la del varón blanco, heterosexual, con dinero e involucrado en la crianza, que, con todo, tiene miedo, tiene dudas, y lo admite.

10. El baile del reloj, Anne Tyler, Lumen, trad. Juan Luis López Muñoz. Esta autora hace que escribir parezca sencillo, porque retrata la cotidianeidad de las familias de clase media con una agilidad y una aparente ligereza fuera de lo común. La novela va de todo y de nada. De una jubilada que, sintiéndose sola, cuida de la niña de la expareja de su hijo. No tendría por qué hacerlo; pero la vida tiene estas cosas que no siempre nos sabemos explicar. Y estas cosas son las que muestra Anne Tyler. La imperfección de la vida doméstica. Los detalles. Lo monótono, y las pequeñas rupturas. Sin dramatizar, con la pizca justa de humor y nostalgia. Con diálogos vivaces, atención al lenguaje no verbal, personajes ricos en matices. Es una lástima que no se la lea más por aquí, y no lo digo solo porque lo merezca (concepto relativo), sino porque es fácil de disfrutar y muchos lectores se lo pasarían muy bien con sus novelas.

Nota: no he tenido en cuenta los libros que ya habían sido publicados antes en castellano, por lo que se han quedado fuera títulos como La juguetería mágica, de Angela Carter (Sexto Piso, trad. Carlos Peralta), El camino que va a la ciudad, de Natalia Ginzburg (Acantilado, trad. Andrés Barba), El final del affaire, de Graham Greene (Libros del Asteroide, trad. Eduardo Jordá), Claus y Lucas, de Agota Kristof (Libros del Asteroide, trad. Ana Herrera y Roser Berdagué) o Agostino, de Alberto Moravia (Altamarea, trad. Raquel Olcoz). Confío en que esta breve mención sirva, en cualquier caso, para dejar constancia de que los recomiendo.

Esto es todo. Hubiera querido hacerlo mejor; pero, al fin y al cabo, lo importante son los libros, y los libros están; espero que os animéis a leerlos y los disfrutéis tanto como yo.

Os espero el día 14 de enero para celebrar el décimo aniversario del blog y, como ya anuncié, su despedida. Hasta entonces, feliz entrada en el año nuevo y felices lecturas.

04 diciembre 2019

Mis 21 libros favoritos del siglo XXI

La semana pasada, Babelia publicó «Los mejores 21 libros del siglo XXI», según un jurado de 84 expertos; una selección incompleta y sesgada, como todas, pero que me hizo preguntarme cuáles escogería yo. Solo soy una lectora, así que, más que los supuestamente mejores (ay), me limitaré a enumerar aquellos que más he disfrutado. Por supuesto, se trata de una lista aún más imperfecta: tengo muchas lagunas (empezando por la narrativa española; también la centroeuropea, la asiática, la latinoamericana y un largo etcétera), tengo mis filias (perspectiva de género, novela realista-social), tengo, en fin, un tiempo limitado que me impide leerlo todo. Es, además, una lista con fecha de caducidad, porque cambiará a medida que se publiquen nuevos libros y mi criterio se vaya modificando. Pese a todo, me apetece hacerla: no deja de ser una selección de buenos títulos, y cualquier excusa es válida para recomendar literatura (o eso quiero creer). Como apunte, me he limitado a obras de narrativa (dejo fuera, por lo tanto, poesía, ilustrados, memorias y todo tipo de no ficción), disponibles en castellano (conviene recordar la importancia de la traducción en la recepción de un texto) y sin repetir autor.

Mis 21 obras de narrativa preferidas del siglo XXI (de momento)

  1. Dos amigas, Elena Ferrante, 2011-2014, Lumen, trad. Celia Filipetto.
  2. El jilguero, Donna Tartt, 2013, Lumen, trad. Aurora Echevarría.
  3. Mi vida querida, Alice Munro, 2012, Lumen, trad. Eugenia Vázquez Nacarino.
  4. Olive Kitteridge, Elizabeth Strout, 2008, Duomo, trad. Rosa Pérez Pérez.
  5. La Gran Casa, Nicole Krauss, 2010, Salamandra, trad. Rita da Costa.
  6. Americanah, Chimamanda Ngozi Adichie, 2013, Random House, trad. Carlos Milla.
  7. Los testamentos, Margaret Atwood, 2019, Salamandra, trad. Eugenia Vázquez.
  8. Las sillitas rojas, Edna O'Brien, 2015, Errata naturae, trad. Regina López Muñoz.
  9. Un libro de mártires americanos, Joyce Carol Oates, 2017, Alfaguara, trad. José Luis López Muñoz.
  10. La vegetariana, Han Kang, 2007, :Rata_, trad. Sunme Yoon.
  11. The Master, Colm Tóibín, 2006, Lumen, trad. M.ª Isabel Butler de Foley.
  12. La niña del faro, Jeanette Winterson, 2004, Lumen, trad. Alejandro Palomas.
  13. Trilogía A contraluz, Rachel Cusk, 2014-2018, Libros del Asteroide, trad. Marta Alcaraz y Catalina Martínez Muñoz.
  14. La mujer de papel, Rabih Alameddine, 2012, Lumen, trad. Gemma Rovira.
  15. Kentukis, Samanta Schweblin, 2018, Random House.
  16. Libertad, Jonathan Franzen, 2010, Salamandra, trad. Isabel Ferrer Marrades.
  17. Tan poca vida, Hanya Yanagihara, 2015, Lumen, trad. Aurora Echevarría.
  18. La muerte del padre, Karl Ove Knausgård, 2009, Anagrama, trad. Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.
  19. La vida en tiempo de paz, Francesco Pecoraro, 2013, Periférica, trad. Paula Caballero y Carmen Torres.
  20. El día antes de la felicidad, Erri De Luca, 2009, Siruela, trad. Carlos Gumpert.
  21. Donde me encuentro, Jhumpa Lahiri, 2018, Lumen, trad. Celia Filipetto.

Otros 21 libros muy interesantes (sin orden de preferencia):

  1. Ánima, Wajdi Mouawad, 2012, Destino, trad. Pablo Martín Sánchez.
  2. Todo está tranquilo arriba, Gerbrand Bakker, 2006, Rayo Verde, trad. Julio Grande.
  3. Madame Proust y la cocina kosher, Kate Taylor, 2003, Siruela, trad. Alejandro Palomas.
  4. Una historia de la luz, Jan Němec, 2013, Errata naturae, trad. Elena Buixaderas.
  5. Los girasoles ciegos, Alberto Méndez, 2004, Anagrama.
  6. Ciudad en llamas, Garth Risk Hallberg, 2015, Random House, trad. Cruz Rodríguez Juiz.
  7. El bosque infinito, Annie Proulx, 2016, Tusquets, trad. Carlos Milla.
  8. Las ocho montañas, Paolo Cognetti, 2016, Random House, trad. César Palma.
  9. El deshielo, Lize Spit, 2016, Seix Barral, trad. Catalina Ginard y Marta Arguilé.
  10. El cielo es azul, la tierra blanca, Hiromi Kawakami, 2001, Alfaguara, trad. Marina Bornas.
  11. Las efímeras, Pilar Adón, 2015, Galaxia Gutenberg.
  12. El tiempo de los tigres, Liza Klaussmann, 2012, Lumen, trad. Roberto Falcó.
  13. Las buenas intenciones, Amity Gaige, 2013, Salamandra, trad. Sonia Tapia.
  14. Ataduras, Domenico Starnone, 2014, Lumen, trad. Celia Filipetto.
  15. Actos obscenos en lugar privado, Marco Missiroli, 2015, Salamandra, trad. Carlos Gumpert.
  16. El ocupante, Sarah Waters, 2009, Anagrama, trad. Jaime Zulaika.
  17. Un caballero en Moscú, Amor Towles, 2016, Salamandra, trad. Gemma Rovira.
  18. Canción dulce, Leila Slimani, 2016, Cabaret Voltaire, trad. Malika Embarek.
  19. Los pescadores, Chigozie Obioma, 2015, Siruela, trad. Dora Sales Salvador.
  20. Flores de febrero, Fan Wu, 2007, Nabla, trad. Ana Guelbenzu.
  21. Vértigo, Joanna Walsh, 2015, Periférica, trad. Vanesa García Cazorla.

02 diciembre 2019

Libros para regalar estas Navidades (2019-2020)

20 propuestas para estrenar el año 2020 con un buen libro

  1. Navidad, Navidad, dulce Navidad... El libro más oportuno para estas fechas, cuentos y recetas explicados con gracia: Días de Navidad, de Jeanette Winterson (Lumen).
  2. Si te gusta descubrir libros insólitos u olvidados, una pequeña obra maestra sobre una madre y una hija en los márgenes: Génie la loca, de Inès Cagnati (Errata naturae).
  3. Una maravillosa novela gótica en pleno siglo XX, por una escritora con un talento descomunal: La juguetería mágica, de Angela Carter (Sexto Piso).
  4. Si te van las largas distancias, una gran novela que recorre la hechizante Praga de la primera mitad del siglo XX: Una historia de la luz, de Jan Nemec (Errata naturae).
  5. Si te apasiona la narrativa rural norteamericana, sórdida y con denuncia social, aquí tienes una nueva voz: El hueco de las estrellas, de Joe Wilkins (Errata naturae).
  6. Una mujer con una lengua corrosiva que habla de las contradicciones de hacerse adulta: ¿Puede prestarme su pistola, por favor?, de Lorenza Mazzetti (Periférica).
  7. La recuperación de la primera novela y tres cuentos de una autora extraordinaria: El camino que va a la ciudad y otros relatos, de Natalia Ginzburg (Acantilado).
  8. Una preciosa narración del despertar sexual en uno de esos veranos de la infancia en los que todo cambia para siempre: Agostino, de Alberto Moravia (Altamarea).
  9. Unas memorias espléndidas sobre literatura, maternidad, alcohol y otras obsesiones, sin pelos en la lengua: Iluminada, de Mary Karr (Periférica y Errata naturae).
  10. Si te gustan los libros sobre libros, disfrutarás de estas memorias de una librera, contadas con mucho desparpajo: Rialto, 11, de Belén Rubiano (Libros del Asteroide).
  11. Te encantan los animales, y además buscas un libro-objeto con ilustraciones, perfecto como regalo: Cómo ser una buena criatura, de Sy Montgomery (Errata naturae).
  12. Si disfrutas con ese toque entre onírico y absurdo de la narrativa japonesa: Mi marido es de otra especie, de Yukiko Motoya (Alianza).
  13. Si eres un poco nostálgico y te apetece perderte en el París de principios del siglo XX: El todo por el todo, de Henri Calet (Errata naturae).
  14. Si te apetece redescubrir un clásico de la literatura gótica, oscuro y perverso y fascinante, para leer en una noche: Carmilla, de Joseph T. Sheridan Le Fanu (Navona).
  15. Eres de clásicos, y de cuentos, y de cine, y, en definitiva, de gran literatura: El placer, tres relatos de Guy de Maupassant (Periférica).
  16. Si eres un amante de la naturaleza, no te pierdas a una voz imprescindible de la nature writing: Enseñarle a hablar a una piedra, de Annie Dillard (Errata naturae).
  17. Una nueva autora española, y además joven, y fresca, y mordaz: Tres maneras de inducir un coma, de Alba Carballal (Seix Barral).
  18. Si quieres un misterio clásico (y ya has leído todo Agatha Christie): Un chelín para velas, de Josephine Tey (Hoja de Lata).
  19. Te encanta lo británico, y buscas una lectura apacible para acompañar con una buena taza de té: Fresas silvestres, de Angela Thirkell (Gatopardo).
  20. Si lo tuyo es más bien la cultura centroeuropea, y no te cansas de ahondar en lo que ocurrió en Alemania: Un capítulo de mi vida, de Barbara Honigmann (Errata naturae).
Si quieres más, puedes recordar mis recomendaciones del año pasado, o de Sant Jordi, o del verano; o, simplemente, visitar el blog, porque este mes seguiré publicando reseñas.

¡Felices fiestas!

28 noviembre 2019

Un chelín para velas - Josephine Tey


Edición: Hoja de Lata, 2019 (trad. Pablo González-Nuevo)
Páginas: 320
ISBN: 9788416537495
Precio: 21,90 €

En los últimos años, Hoja de Lata está recuperando, con buen criterio, la obra de una de las grandes autoras británicas de la época dorada del género policial: Josephine Tey (Inverness, 1896 – Londres, 1952), coetánea de Agatha Christie, Dorothy L. Sayers y Anthony Berkeley, y conocida sobre todo por su perspicacia psicológica y su hondura social. Después de publicar algunos de sus títulos fundamentales –La señorita Pym dispone (1946), El caso de Betty Kane (1948) y Patrick ha vuelto (1949)–, la editorial apuesta por Un chelín para velas (1936), que pertenece al ciclo protagonizado por el inspector Alan Grant y fue adaptado al cine por Alfred Hitchcock bajo el título de Inocencia y juventud en 1937.
En la localidad costera de Westover, encuentran el cadáver de Christine Clay, una joven actriz de Hollywood que se hallaba en la cima de su carrera. Hermosa, admirada, casada con un hombre adinerado; tenía una vida perfecta, al menos en apariencia, tan perfecta como para despertar muchas envidias. Porque, como suele ser habitual, no faltan candidatos para haber terminado con ella, por rivalidad profesional, por celos de tipo amoroso o incluso para mejorar su propia reputación en el ambiente de las celebridades («A ninguno de nosotros le importaba lo más mínimo. Y a la mayoría nos viene de perlas que ya no esté», p. 75). Pero, por encima de la búsqueda del culpable, el crimen pone al descubierto que la existencia de Christine Clay no era tan apacible como parecía: se había instalado en el pueblo bajo una identidad falsa, para huir de los focos. Había acogido en su casa, además, a un huésped desconocido, que se convierte en el principal sospechoso. Sin embargo, ya se sabe que, cuando todas las pistas apuntan a alguien, tal vez sea porque el verdadero criminal es otro.
Fotograma de Inocencia y juventud (1937), basada en la novela.
Como investigador, el inspector Grant se erige como un tipo que lleva mal que los casos queden sin resolver; obstinado, observador, agudo, buen conversador al estilo british. En este caso cuenta con la colaboración de Erica, la hija del comisario, una adolescente curiosa que se inmiscuye en las pesquisas y, como quien no quiere la cosa, lo ayuda a desenredar el misterio. Forman un tándem tan cómico como eficaz: por un lado, la experiencia de él, sus tablas para desenvolverse en los peores escenarios; por el otro, el entusiasmo de ella, su ingenuidad, que, lejos de perjudicarla, dotan su punto de vista de una suerte de claridad, ya que puede analizar la situación, y a sus involucrados, sin los vicios de la mirada del policía consumado. Y da un toque de ternura a la novela, que nunca está de más.
Lo más interesante de Un chelín para velas, con todo, no es tanto la trama de investigación como el retrato de la doble cara del éxito en la figura de la actriz: ni era tan feliz, ni sus allegados la querían tanto como pretendían. Josephine Tey desmonta el sueño americano hollywoodiense: la actriz, de origen humilde en realidad, tuvo que construirse una coraza para sobrevivir en el mundo del cine, en medio de tensiones entre los actores y los directores, matrimonios desdichados y oportunistas de la farándula que quieren aprovecharse de ellos. Por fuera, una mujer triunfadora, que despierta la fascinación de todos; por dentro, una chica que muere sola, en extrañas circunstancias, lejos de casa, acompañada en sus últimos días por un desconocido con el que se cruzó por casualidad. Paradojas, o no tanto, de la fama.
Ese huésped, a propósito, encarna los valores opuestos al sueño americano: a medida que se hacen indagaciones, descubren que se trata de un chico arruinado, que vaga por los bajos fondos en busca de sustento. Pese a todo, es el único que llora la muerte de Christine. Con este personaje, la autora pone de relieve los contrastes de la sociedad, entre las ilusiones prefabricadas del universo del cine, que esconden las peores artimañas entre bambalinas, y los ambientes lúgubres y empobrecidos en los que, sin embargo, aún se puede encontrar lealtad, nobleza de valores. Todo ello, con comicidad y ligereza bien entendidas, el análisis social mordaz que tanto dominan los narradores británicos.
Josephine Tey
Por lo demás, Un chelín para velas cumple con creces lo que se espera de un policíaco de factura clásica: un misterio que capta el interés desde la primera página; un círculo de sospechosos cerrado, con personajes que abarcan distintas capas de la sociedad, a cada cual más pintoresco; un detective eficiente y carismático; una narración distendida, con sentido del humor y buenos diálogos; y, last but not least, un trasfondo social. No es la mejor novela del género, ni siquiera es la mejor de su autora; pero funciona, divierte y entretiene. Y eso no es poco.

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