18 diciembre 2017

Clavícula - Marta Sanz



Edición: Anagrama, 2017
Páginas: 208
ISBN: 9788433998293
Precio: 16,90 €

Tengo cuarenta y ocho años. No. En realidad, tengo cuarenta y siete. Hace dos años que no tengo la menstruación. Soy una mujer de éxito llena de tristeza. Temo que se mueran mis padres. Mi marido está en el paro. Trabajo sin cesar. No quiero quedarme sola. He tenido mucha suerte. Me han querido tanto. No sé ganar. Ni perder. Me da pánico no disponer de tiempo suficiente para disfrutar de tanta felicidad y tantos privilegios.

Este año he leído dos novelas que exploran la relación entre el cuerpo y las fuerzas de producción. Cómo las segundas inciden en el primero, cómo lo modifican, cómo lo dañan. Uno de esos libros es La vegetariana, de Han Kang, que aborda el tema en clave simbólica. El otro, Clavícula (2017), de Marta Sanz (Madrid, 1967), lo hace como confesión autobiográfica, tan real, tan lejos de los parámetros de la narrativa, que cuesta considerarlo una «novela». Y podría añadir un tercero: Buena alumna, de Paula Porroni, que no utiliza el cuerpo como motivo principal, pero, de manera indirecta, deja entrever cómo el malestar de la protagonista se manifiesta en el machaque continuo de este. Tres propuestas, en cualquier caso, que plantean la noción de corporeidad de una forma poco habitual en literatura, inseparable de la sociedad del capitalismo tardío. En el caso de Marta Sanz, esa sociedad es la España actual, con su crisis, su precariedad y todo el desasosiego que se desprende de ello.
La autora, que ya había hecho un ejercicio de autoficción en su aclamada La lección de anatomía (2008), subtitula su último libro «Mi clavícula y otros inmensos desajustes». El dolor repentino en la clavícula, para el que no encuentra causa ni remedio, es el hilo del que tira para expresar todas sus inquietudes. Fragmentadas, sin voluntad de conformar un relato único. Como un desahogo (un desahogo en manos de una escritora curtida, con el estilo y la inteligencia que se le presuponen). Es, en primer lugar, un texto escrito desde una identidad muy concreta: una mujer de cuarenta y siete años, casada, con su marido en paro, sin hijos, cultivada, respetada en su profesión, menopáusica. Una mujer que, pese a haber logrado cierta reputación, tiene que seguir trabajando incansable para asegurarse una senectud digna. No le faltan las inseguridades, unas inseguridades distintas a las que tenía en su juventud. Padece las transformaciones de su cuerpo, de su deseo, aparece un dolor del que nadie sabe dictaminar el origen. Se obsesiona con las pruebas médicas.
Se trata de una voz poco representada en la literatura. No con esta naturaleza testimonial, al menos, tan íntima, descarnada hasta lo impúdico. Las confesiones de una escritora de mediana edad, que ya no está en su época de esplendor físico, que descubre nuevos miedos, que se queja. Que se permite quejarse. Este detalle es importante: ella reconoce que «Hace años hubiese abofeteado a una mujer como yo. “Basta de tonterías, no seas ridícula.” Pero hoy soy una flor» (p. 147). La educación reprime las quejas, nos inculca la necesidad de aguantar con estoicismo, nos hace ver las lamentaciones ajenas como indiscreciones, actos de exhibicionismo desatado y sin duda censurable. Aquí, la narradora rompe con todo ello. Vomita: «cada vez con más frecuencia, digo lo que no debo decir. La mujer templada que fui se descontrola y deja salir el borbotón de su rabia» (p. 137). Y esa es una de las razones que lo convierten en un libro importante, que no perfecto. No busca la excelencia técnica de una novela, sino que sobresale por introducir un asunto muy poco tratado, y por introducirlo con contundencia y estilo. Para empezar, pone de relieve la inquietud de desconocer cómo afectan ciertas patologías a las mujeres menopáusicas, esos cambios en el cuerpo que no podía prever porque no sabía hasta qué punto la iban a afectar (queda tanto por investigar...).
Como decía, no se centra tanto en el trastorno como en su vínculo con el plano material. Es una escritora reconocida, no le van mal las cosas; no obstante, sufre la precariedad de la trabajadora autónoma y su marido está en paro de larga duración en una edad complicada. Desgrana sus ingresos, la multiplicidad de encargos en los que reparte las horas (otro tabú desmontado: hablar de dinero) y, a propósito, analiza (con acierto, a mi parecer) cómo estas circunstancias influyen en la escritura: «Se multiplican los trabajos y, como en el estilo, se funden el fondo y la forma […]. La precariedad se expresa con la fractura y la brevedad sintáctica y, mientras tanto, se acumulan, se enumeran, se amontonan las palabras porque hay que sumar cien acciones para conseguir un solo fin. Todo está siempre en el aire» (p. 68). Menciona La trabajadora, de Elvira Navarro, con la que, en efecto, tiene aspectos en común. Otra obsesión (obsesión porque lo repite más de una vez) de la autora es el sentimiento de culpa («Mi dolor me lleva a experimentar una gran culpa. Mi dolor es un fallo que no puedo permitirme. La prueba irrefutable de una inteligencia débil», p. 57). Por rechazar un encargo (el miedo de no recibir más), por haber perdido el tiempo en lugar de trabajar, de trabajar más. El cuerpo canaliza esa ansiedad, esos nervios. Lo que no quita que por fuera, frente a los demás, se muestre encantadora. Esa capacidad de ponernos máscaras: «Me asombra el optimismo en los mensajes reales de mi vida. Tengo un lado claro que me preocupa. O puede que, a ratos y sólo a ratos, de verdad desee que todos los demás sean felices» (p. 127).
Hay aún más en estas páginas; la autora condensa confesiones, reflexiones y experiencias en pocas líneas, va de la familia al trabajo, del médico a las redes sociales, de la sociedad a la literatura. Me impresionó la sinceridad con que revela la desazón por el envejecimiento de sus padres, la dificultad para aceptar lo inevitable: «La nueva fragilidad de mis padres me cala los huesos. Se transforma en mi propia debilidad. Detesto la naturaleza y lo inexorable. No sé vivir» (p. 42). La transparencia se nota asimismo en la relación médico-paciente: narra las visitas sin tapujos, la incomodidad de ser el sujeto pasivo en manos del personal sanitario; un libro como este solo tiene sentido si se lleva a cabo con esta honestidad brutal. Es un poco diferente a la autoficción de Annie Ernaux, que revisita su pasado a posteriori como si hiciera una radiografía. Marta Sanz escribe sobre lo que vive en esos momentos, directa y sin filtros, como si lo hubiera escrito sobre la marcha, sin planificación, casi como un diario. Y sin normas; se permite experimentar y jugar con la metaliteratura (incluye un relato que publicó, dentro de la narración, además de correos que intercambió durante un viaje).
Al leer Clavícula he recordado un artículo (no guardo el enlace; lo siento) que postulaba que la sobreinformación puede perjudicar nuestra salud. Leemos, escuchamos y vemos noticias de desgracias, enfermedades y proyecciones fatalistas de manera constante. No nos resultan indiferentes, sino que tanta negrura en los medios de comunicación genera angustia. Hay teorías que sugieren que buena parte de los trastornos mentales de nuestra época tienen mucho que ver con esta tendencia, con el hecho de estar permanentemente conectado a fuentes que te recuerdan todo lo que debes hacer, todo lo malo que te puede ocurrir. Marta Sanz va en esta línea: adoptar hábitos enfermizos por mantenerse sana, la presión sobre el cuerpo, sentirse culpable cuando no los cumple («Enfermo del miedo a enfermar y del miedo a no poder enfermar. A que se hunda el mundo. A que la enfermedad se relacione con la imposibilidad de pagar las facturas», p. 54) Las redes suscitan la ineludible reflexión acerca del exhibicionismo y la vigilancia. Herramientas para controlarnos en un medio que a menudo muestra nuestra imagen más patética, la del individuo que ansía que le hagan caso. Pero ¿quién atiende al otro? En algunos fragmentos, la autora se queja de la cursilería imperante en determinados mensajes publicitarios y la escasa comprensión entre las personas. Somos seres capaces de llorar por un gatito que sin embargo destruyen a un humano sin piedad.
En relación con esto, escribe una frase demoledora: «No tolero mostrar debilidades en público porque el público es siempre un enemigo» (p. 64). Tiene más valor si cabe por proceder de una escritora con cierto éxito, admirada, querida. Incluso ella percibe esta hostilidad. Es una observación aplicable a muchos contextos, pero resulta inevitable pensar en las redes sociales, en la cantidad de barbaridades por minuto que se profieren con indiferencia, la facilidad para machacar a quien quiera que no caiga simpático, para malinterpretar palabras, para juzgar, para destrozar vidas. Para una autora, el público constituye una parte fundamental de su trabajo; sin lectores, sería más difícil, no ya escribir, sino publicar. Una escritora, una artista, a diferencia de cualquier otro profesional, no solo se enfrenta a las objeciones de su superior; la crítica del receptor completa el ciclo de una novela. Y en ocasiones puede ser muy destructiva. Recuerdo un consejo de Zadie Smith para escribir: «Trata de leer tu libro como lo haría un extraño, o mejor aún, un enemigo». Marta Sanz debió de saltárselo cuando decidió publicar Clavícula; los defensores del pudor le habrían quitado las ganas de hacerlo.
Marta Sanz
Clavícula, en fin, es un texto muy personal que en última instancia consigue el fin de toda obra literaria: convertir la experiencia íntima en una creación que transciende, que atañe, no me gusta usar la palabra «universal», pero sí a mucha gente, a sus coetáneos. No solo a las mujeres, por mucho que la perspectiva de género esté ahí. En realidad, el hecho de colocar su cuerpo y sus dolencias a la vista, de abrirse, nos habla del mundo que nos rodea, de nuestra sociedad. El cuerpo como un mapa que los agentes externos han rasgado, el cuerpo como una enciclopedia sobre nosotros mismos y nuestro entorno más próximo. La precariedad interminable, el miedo, el neoliberalismo, la incertidumbre. La falta de solidez en todos los ámbitos como rasgo distintivo de nuestros tiempos. Clavícula me parece un libro importante en el panorama literario nacional por lo que tiene de rupturista e incómodo. Y de pertinente, porque hacía falta dar voz a este conflicto. Probablemente no será la obra mejor valorada de Marta Sanz, pero produce una honda impresión en el lector, remueve más que publicaciones muy ambiciosas. Se quedará conmigo.
Cita en cursiva de la página 112.

17 diciembre 2017

La vida sumergida - Pilar Adón



Edición: Galaxia Gutenberg, 2017
Páginas: 160
ISBN: 9788417088378
Precio: 17,90 €
El mundo se había convertido en un hueco y ella estaba metida en el hueco. (P. 61)
Cristalina. Así es la escritura de Pilar Adón (Madrid, 1971), una de las mejores autoras del panorama nacional, aunque aún desconocida por muchos. Límpida, precisa, poética, delicada, fina. Y, a la vez, afilada, incisiva, penetrante. Se adentra en el lado oscuro del ser humano con giros sutiles, plasma situaciones de violencia contenida sin ensuciarse las manos, como si se deslizara con suavidad por ellas. Se trata de una voz insólita en las letras españolas, anglófila y nada castiza, con referentes que van desde Iris Murdoch, Virginia Woolf, Marguerite Duras o Paul Bowles a Henry David Thoreau. Incluso se la puede definir como «atemporal», porque, aunque los detalles de algunos textos permitan asociarlos a determinadas épocas y lugares, tienen la atmósfera inamovible de un cuento de hadas, existen fuera del tiempo. Ha publicado poesía, novela —Las hijas de Sara (2003) y Las efímeras (2015)— y relatos, y quizá sea en estos últimos donde mejor se desenvuelva. Como en su título más reciente, La vida sumergida (2017), su nueva compilación después de Viajes inocentes (2005) y El mes más cruel (2010).
El libro reúne trece relatos, algunos muy breves y otros extensos, más narrativos, que son, en conjunto, Pilar Adón en estado puro; quien la haya leído lo entenderá. La autora no cuenta historias, o no del modo en el que se suelen contar historias. Sus escritos se asemejan más a una evocación, una imagen, un paisaje, una insinuación. Toda su producción mantiene una coherencia irreprochable en cuanto a temas y estética, pero La vida sumergida, tal vez por proximidad en el tiempo, tiene resonancias de Las efímeras. Dos motivos recurrentes, ligados entre sí, son el miedo y el aislamiento. Los personajes se mueven, o se quedan quietos, paralizados, por el miedo; el peligro parece estar al acecho, como la amenaza que impulsa el movimiento del mundo. El aislamiento se vehicula con esto, a menudo se trata de parejas de hermanos o hermanas, apartadas de la sociedad, sometidas a sus propias relaciones de poder en un ambiente asfixiante, como en el (magnífico) primer relato («Pietas»). Hay más hermanos en «Vida en colonias» (la espera, el viaje truncado, la tensión latente), «Virtus» (diferentes formas de estar en el mundo, distancia, la cuerda que se estira) o «Gravedad» (epistolar, una narradora que se desvela poco a poco); todos espléndidos. Asimismo, la figura del padre tirano, que ya trabajó en Las hijas de Sara, aparece en «Dulce Desdémona».
La naturaleza es otro elemento distintivo, siguiendo la estela de Las efímeras. No consiste en un regreso al campo tal como se aborda desde el neorruralismo (urbanitas que se marchan en busca de otro sentido para su vida), sino de una concepción salvaje y hostil del paraje natural. La naturaleza tiene sus propias leyes; un escenario ideal para que los humanos subviertan las suyas. La dominación, la perversión y la sumisión forman parte del engranaje de los cuentos. En ocasiones sirve como metáfora poética («Plantas aéreas»), en otras constituye el marco. Y, en otras, su núcleo. Hay un relato que se diferencia del resto, por su extensión (el más largo, como un aperitivo de nouvelle) y por su carácter rusófilo: «Un mundo muy pequeño», en el que un chico se une a una especie de comuna de seguidores acérrimos de Lev N. Tolstói, lo que conlleva el abandono de la ciudad en pos de una vida en comunidad en medio de la naturaleza. Sin embargo, la experiencia dista mucho de resultarle liberadora; al contrario, lo asfixia de forma paulatina. Manipulación, sometimiento, opresión; uno de los mejores cuentos. La autora tradujo hace años El inicio de la primavera, una novela de la británica Penelope Fitzgerald en la que también se evoca el «alma» rusa. De algún modo, debió de influir en ella.
A menudo, los relatos parecen «inocentes» al principio, con la introducción de un lugar o un personaje, hasta que en un determinado momento se revela el fondo perverso que palpita bajo la calma aparente. En «Pietas» deja caer, como quien no quiere la cosa, «Que Brígida muriera resultaba provechoso para ella. De modo que se lo pidió» (p. 14). La autora desliza estas píldoras de crueldad como si nada, imágenes que rompen la templanza y estrechan el círculo. Quién sabe cómo lo hace, pero dota sus cuentos de una extrañeza y una ferocidad con una limpieza, una pulcritud al alcance de muy pocos. Otra muestra de su elegancia, en este caso para crear escenas de ensoñación, leves y al mismo tiempo cargadas de significado, abiertas a las múltiples interpretaciones, es «La invitación», uno de los más breves, la alegoría de una bailarina que, al ejecutar un salto, parece tocar el cielo; tiene reminiscencias de «El infinito verde», un cuento de El mes más cruel en el que una chica se funde con la naturaleza. Ambos reproducen ese instante de metamorfosis en el que el personaje, bien flota, bien se enraíza, en el universo, en un universo mucho más grande que él, ilimitado.
En «La primera casa de la aldea», rinde homenaje a Angela Carter y sus retellings de La cámara sangrienta (a propósito, qué agradable es seguir la evolución de un escritor y comprobar cómo va agregando influencias de obras que se han recuperado hace poco). En realidad, la influencia de los cuentos (versionados o no) está muy presente en la obra de Pilar Adón: el bosque, el peligro, los guiños a Caperucita Roja… Cuentos oscuros, como los del Romanticismo, aunque sin ese punto sádico de Angela Carter; es más sutil. La mencionada atemporalidad, junto con la falta de localización, potencian este efecto. Salvo excepciones, podrían desarrollarse en cualquier periodo, en (casi) cualquier país europeo. No le interesa el contenido social, sino que da forma a una literatura profundamente lírica, simbólica y etérea, que trasciende su contexto histórico. Por mucho que los nombres y las descripciones se puedan asociar a determinados lugares y estratos, prevalece la sensación de tiempo detenido, de que las circunstancias exteriores no importan, lo que refuerza la idea de aislamiento.
Pilar Adón
Pilar Adón es una estilista formidable, comedida, atenta a la cadencia de las frases, a su sonoridad. En estas páginas no hay ni una palabra de más, nada fuera de tono, ningún exceso. Es un libro impecable. Y, todavía mejor, tiene una mirada, unos motivos, tan sugerentes como extraños y personales. Al poner La vida sumergida en perspectiva, se evidencia que se mantiene fiel a sí misma, que ahonda y enriquece su corpus narrativo obra tras obra. ¿Hace falta decir más? Quizá sí: en estas fechas se publican muchas listas. Este título probablemente no aparecerá en ellas, no al menos en las de los medios más importantes. Su autora no es muy conocida, pese a llevar ya más de quince años de carrera (debutó en 1999 con El hombre de espaldas), y además se trata de un libro de relatos, el género despreciado por excelencia. No, no destacará, pero tiene una calidad (y una originalidad, con respecto a otras propuestas de narrativa en castellano) indudable. Si con este comentario alguien se anima a leerla, esta lectora se dará por satisfecha.

16 diciembre 2017

La línea del frente - Aixa de la Cruz



Edición: Salto de Página, 2017
Páginas: 184
ISBN: 9788416148554
Precio: 16,90 €

Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) pertenece a la generación de escritores vascos en lengua castellana nacidos entre los setenta y los ochenta que ha irrumpido en la escena literaria en los últimos años, en la que figuran nombres como Iván Repila (1978), autor de El niño que robó el caballo de Atila (2013), Gabriela Ybarra (1983), autora de El comensal (2015), Nere Basabe (1978), autora de El límite inferior (2015), Lucía Baskaran (1988), autora de Partir (2016), y Edurne Portela (1974), autora de Mejor la ausencia (2017). Tienen propuestas muy diferentes, en contenido y forma, aunque algunos coinciden en explorar, desde planteamientos estéticos distintos, el conflicto vasco y su influencia posterior. Eso hace, en parte (una obra literaria siempre es más que un tema), Aixa de la Cruz en su título más reciente, La línea del frente (2017). Es su cuarto libro, después de las novelas Cuando fuimos los mejores (2007), De música ligera (2009) y la compilación de relatos Modelos animales (2015).
La narradora, Sofía, se instala en la casa de vacaciones de sus padres, en Laredo, fuera de temporada, para concentrarse en su tesis doctoral. Está investigando al escritor Mikel Areilza, que fue militante de ETA, y para documentarse lee los diarios de un dramaturgo argentino que trabajó con él. Pero esa no es la única ocupación de Sofía: ha retomado la relación con Jokin, su novio del instituto, que está cumpliendo condena en prisión; la chica de familia adinerada, estudiante ejemplar, con el joven descarriado. En los últimos tiempos llevó una existencia muy distinta, en Barcelona, junto a otro chico, Carlos, con el que no piensa volver. Ahora, su vida se reparte entre el estudio, las visitas a la cárcel y los paseos solitarios; la urbanización está vacía, salvo por el conserje y por un inquietante vecino drogadicto que merodea por el jardín. La novela alterna tres tipos de episodios: la narración en primera persona de Sofía, que se mueve entre el presente y los recuerdos; los diarios del dramaturgo, con el esfuerzo por parte de la autora de reproducir el habla argentina; y, por último, diversas escenas con Jokin en la cárcel, tanto encuentros como llamadas, plasmadas como si el objetivo de una cámara los estuviera grabando, es decir, sin la perspectiva subjetiva de los protagonistas.
El tema central, a mi parecer, está a caballo entre una reflexión sobre las consecuencias del conflicto vasco y un retrato generacional. La narradora, por su juventud, no conoció los peores momentos del terrorismo de ETA, o los conoció solo en la infancia. Además, al haberse criado en una familia acomodada, con inquietudes culturales, estuvo en una especie de burbuja, ajena a los problemas de la calle, absorbida en un universo de libros («El fin del mundo me pillaría por sorpresa, discutiendo sobre el origen de la novela que, por mucho que les pese a los ingleses, nace con Cervantes y no con Defoe», p. 131). Su situación se contrapone a la de Jokin, el hijo del electricista, que no terminó la carrera y, como él reconoce, ya no lee libros para pensar, tan solo para evadirse. Si una persona como Sofía se cruzó con Jokin fue gracias a la escuela pública: por aquel entonces aún tenían cosas en común, pero ahora representan mundos antagónicos. Ella, con todo, se siente atraída por él, o, más bien, por lo que encarna en su calidad de héroe caído.
Jokin fue detenido tras verse involucrado en unos altercados con la Ertzaintza. Estaba en una manifestación en defensa de un hombre al que iban a detener por enaltecimiento del terrorismo en las redes sociales. Los hechos suceden mucho después del cese definitivo de la actividad armada de ETA, pero el terrorismo sigue siendo un asunto sensible en el País Vasco. La autora da en el clavo al sacar a colación las redes y la represión policial, dos temas de plena actualidad sobre los que aún no hay posiciones claras. A raíz de estos sucesos (y de otros que va relatando), la narradora medita acerca de cómo afectó el conflicto vasco a los de su generación: en un principio, pensaba que aquellas noticias no les tocaban a ellos, no les atañían; no obstante, con el tiempo se da cuenta de que sí les afectó. No por el terrorismo en sí sino por la sociedad transformada que dejó tras él. No falta el sentimiento de culpa por los privilegios de clase. Un discurso, en fin, muy sólido e interesante.
Aixa de la Cruz
Y sin embargo, no me ha convencido, por los mismos motivos que no disfruté de Modelos animales. No conecto con su voz, con ese estilo tan sofisticado, preñado de referencias (literatura, televisión, cine). Aixa de la Cruz tiene ideas, proyecta un libro ambicioso, sin duda es una autora inteligente… pero me resulta excesivamente intelectual. La protagonista se da demasiadas vueltas a sí misma, por momentos la novela se mantiene en un plano estático, contemplativo. Tiende al exceso; le falta precisión, le falta fluidez. Sus doscientas páginas se me hicieron largas. Tengo la impresión de haber leído a una escritora más que a una novelista. Sé que este argumento carece de fundamento teórico, pero insisto: en mi opinión, le falta vida. Me cuesta conectar con una propuesta que no me remueve nada, por muchas cualidades (objetivas) que tenga.

15 diciembre 2017

Cuando todo era fácil - Fernando J. López



Edición: Tres hermanas, 2017
Páginas: 271
ISBN: 9788494434884
Precio: 18,00 €

Fernando J. López (1977) se ha distinguido desde sus inicios por construir una obra muy cercana a los conflictos de nuestra realidad social. Escribe con una voz crítica y analítica que se manifiesta en sus múltiples facetas —novela, dramaturgia, libro juvenil—, y se muestra particularmente comprometido con la visibilidad LGTB y la educación (se ha dedicado durante muchos años a la enseñanza), si bien sus temas van más allá. Con La edad de la ira (2011) consiguió lo que todo escritor anhela: un long-seller, un título que en su momento pasó un tanto desapercibido pero gracias a las recomendaciones entre lectores (y en las aulas, pues conectó sobre todo con los adolescentes) logró tener una segunda vida y ha seguido reeditándose desde entonces. Cuando todo era fácil (2017), su publicación más reciente, se desmarca del universo de La edad de la ira y explora el desengaño de un hombre que se reencuentra con su pasado cuando está a punto de cumplir cuarenta años.
«Ningún regreso es inocente» (p.11). Óscar, narrador y protagonista de esta historia, se marcha de Nueva York, donde reside desde hace una década, para regresar a Madrid, tierra de su infancia y de su juventud. En Nueva York llevaba una existencia cómoda, con pareja estable y proyectos artísticos; una vida envidiable a ojos de los demás, pero algo fallaba. Se marcha, y deja a su novio estupefacto en una ciudad estupefacta tras la elección de Donald Trump como presidente. A sus casi cuarenta años, el protagonista se lo replantea todo. En Madrid le esperan su madre, su hermano y su sobrino adolescente; pero sobre todo le esperan sus amigos. Los que se quedaron, los que no han tenido tanta suerte: el aspirante a editor reconvertido en taxista, la escritora frustrada que da clases en un instituto, la gestora que intenta entrar en política. La fiesta de bienvenida termina en tragedia: su mejor amigo es acusado de matar a una niña de trece años. Óscar trata de enderezar su camino mientras se pregunta si aún puede creer en sus amigos de antaño.
El autor pone al protagonista frente al espejo y sin disfraz, con todas sus imperfecciones al descubierto. Esta es una obra sobre los sueños rotos de una generación más preparada que la anterior que sin embargo vio su futuro truncado por la crisis. O no solo por eso. Este grupo de amigos representa a la clase media cultivada; los colegas de la facultad de letras. Antes eran jóvenes con grandes aspiraciones, inconscientes de la dificultad que entrañaba realizarse en el ámbito cultural. Ahora, en el Madrid posterior al 15-M, se han resecado, han encauzado sus vidas a su manera y cada uno sobrelleva el malestar como puede («crecer no ha resultado ser otra cosa más que aprender dónde terminan los contornos de lo real», p. 27). El eje del libro es el dolor por la aceptación de que uno nunca llegará tan lejos como quería, la amargura de comprobar que el esfuerzo no garantiza la recompensa, que en esta época de precariedad se está obligado a convivir con la sensación de fracaso permanente. No se trata de una historia amable ni optimista, no reconforta ni consuela; el protagonista intenta perdonarse a sí mismo, aunque no se puede decir que lo consiga («la derrota es el más universal y tedioso de los sentimientos», p. 22).
Además, rinde homenaje a la amistad, a los amigos que nos han conocido en lo mejor y en lo peor. La amistad se enfrenta a los obstáculos del tiempo y la distancia: después de tantos años, ¿habrán cambiado sus amigos?, ¿qué habrá sido de sus aspiraciones?, ¿cómo lo recibirán? «Nos recordaba distintos. O quizá llevo tanto tiempo inventándonos que imagino que éramos algo que nunca fuimos» (p. 35), medita. La trama del crimen en la que está involucrado el amigo sirve de pretexto para que el protagonista se pregunte hasta qué punto lo conoce, hasta qué punto ha podido cambiar en su ausencia. Hay una lealtad inquebrantable por su parte, pero las dudas están ahí (de forma secundaria, aborda el tabú de la relación entre un adulto y una menor). Por otro lado, los amigos lo reciben con un afecto no exento de celos: por mucho que Óscar se sienta frustrado, ha logrado vivir del arte en una ciudad de ensueño, mientras que ellos se quedaron en Madrid, soportando los latigazos de la recesión. Les molesta que vuelva y pretenda conocer mejor que nadie al acusado cuando no estuvo ahí en los malos momentos. Se producen encuentros incómodos, tensos; la amistad también es eso. Y los silencios, porque todo no se puede decir.
Pese a plantear temas que trascienden cualquier época (la necesidad de empezar de cero, la asunción del fracaso, las pruebas de la amistad), tiene un marcado carácter generacional en las abundantes referencias musicales, cinematográficas y televisivas de quienes crecieron en los ochenta. El personaje reniega de sus ilusiones pasadas, pero no puede desligarse de los referentes que conformaron la persona que es; la cultura popular como una parte fundamental del aprendizaje («las canciones de nuestra adolescencia nos conocen tanto que nunca dejan de definirnos», p. 163). Eso sí, sin nostalgia: rechaza el tópico de que «el pasado siempre fue mejor», y lo hace con la toma de conciencia, no solo de las expectativas frustradas, sino de la tendencia a idealizar. El protagonista, un claro alter ego del autor, pertenece a una generación más abierta que la de sus padres, pero su juventud no estuvo libre de traumas, como el miedo a revelar su sexualidad. Esa cultura popular que cada generación considera «mítica» solo porque fue la suya, no era, para él, tan liberadora. Perpetuaba determinados tabús, y no preparaba para hacer frente al fracaso. Desmonta el «cuando todo era fácil», porque no lo fue, por mucho que el adulto se empeñe en recordarlo así para canalizar el malestar del presente.
Hasta aquí, todo funciona: temas interesantes, pertinentes y planteados con inteligencia, con una mirada personal. Con todo, le hago algunas críticas. En primer lugar, la reiteración: el narrador se da demasiadas vueltas a sí mismo, repite su discurso (insatisfacción general, frustración profesional, desmitificación del pasado, el hartazgo de ser la eterna promesa). El mensaje queda claro; no hacía falta insistir tanto, la novela se acaba haciendo pesada. En su voz se oye más de la cuenta al autor, que a ratos parece perder el hilo de la ficción para desahogar sus preocupaciones. En las referencias culturales de su generación también se excede, hay demasiadas enumeraciones. Quizá el problema de fondo es un exceso de reflexión. Da la sensación de que el protagonista no evoluciona, se mantiene estancado en sus ideas. Sí, al final toma decisiones, vive episodios traumáticos, rompe las cadenas, pero me pareció una resolución un tanto apresurada, que no terminé de creerme.
En segundo lugar, los personajes (salvo los adolescentes) se expresan igual. Si bien es cierto que los amigos tienen un nivel cultural parecido, incluso la madre utiliza fórmulas propias del narrador («Hablar sin más pretensión que la de contarnos», p. 202). En relación con esto, el tono de la novela puede resultar pedante. El narrador, como hombre culto, no escatima en referencias, no solo de su juventud. El libro está revestido de un pretendido aire intelectual que le resta «alma». Por último, la trama de intriga no funciona. No es lo más importante, está al servicio de lo principal (poner a prueba la amistad), pero, aun así —y habiendo leído otras novelas del autor, en las que asimismo introduce un misterio, como la citada La edad de la ira o Las vidas que inventamos—, se podría haber cuidado más. La trama se abandona en muchos capítulos, apenas se trabaja la tensión y se abusa de las casualidades (de repente todos los personajes que se cruzan con él conocen a los involucrados: su ligue, su sobrino).
Fernando J. López
Mi opinión sobre Cuando todo era fácil se fue modificando a medida que avanzaba en la lectura. Al principio conecté con su propuesta, con ese punto de vista desencantado y lúcido, que aborda cuestiones que nos atañen a todos. No obstante, conforme avanza se le notan las costuras, se estanca, da la impresión de ser un libro escrito con prisas, que podría haberse pulido más (teniendo en cuenta que se desarrolla a finales de 2016 y el autor lo acabó en marzo de este año, tal como consta, no parece descabellado). De todas formas, Cuando todo era fácil no es ni mucho menos una mala novela. Se sostiene gracias al oficio de Fernando J. López, que sabe escribir, y ha depurado su prosa hasta dar con un estilo pulcro, fluido, directo, de frases bien moduladas. En fin, aunque tenga sus más y sus menos, cuando una novela está bien escrita hay motivos para disfrutarla.

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