22 abril 2018

Buenos días, guapa - Maxie Wander


Edición: Errata naturae, 2017 (pról. y trad. Ibon Zubiaur; post. Christa Wolf)
Páginas: 344
ISBN: 9788416544318
Precio: 19,90 €

Buenos días, guapa, de la escritora, reportera y fotógrafa Maxie Wander (Viena, 1933 – Potsdam, 1977), se publicó en 1977, apenas unos meses antes de la muerte prematura de su autora, y tuvo un gran éxito en las dos Alemanias, sobre todo entre las lectoras, no en vano estaba concebido como un libro de una mujer para todas las mujeres (sin connotaciones peyorativas). Un proyecto sobre ellas en la República Democrática de Alemania (RDA), que Wander desarrolló de una forma tan inteligente como refrescante: diálogos con mujeres, casi todas trabajadoras o estudiantes, en los que la entrevistada se abre en canal y expone sus inquietudes. Gracias al esfuerzo de Errata naturae por recuperar la literatura de la RDA, lo podemos disfrutar en castellano, como siempre de la mano de Ibon Zubiaur, que también tradujo y prologó a Brigitte Reimann, entre otros.
Antes de seguir, unos apuntes sobre Maxie Wander (en cuanto se la investiga un poco, resulta fascinante). De familia obrera, abandonó sus estudios a los diecisiete años para trabajar en una fábrica. En 1952 conoció al que sería su esposo, el escritor de origen judío Fred Wander (Viena, 1917-2006), un superviviente del Holocausto que más tarde alcanzaría la fama con la novela El séptimo pozo (1971). Juntos, se instalaron en la RDA y se dedicaron al fotoperiodismo y a la escritura en general, muy comprometidos con los problemas sociales. Tal como se explica en la solapa del libro, eran conscientes «del dogmatismo y la estrechez del régimen», pero su condición de extranjeros en Alemania les permitía «hacerse querer por los vecinos […] y no ser tomados muy en serio por las autoridades». Maxie murió de cáncer cuando solo tenía cuarenta y cuatro años, pero su nombre quedó grabado en la literatura de la RDA gracias a esta obra.
Diecinueve capítulos, diecinueve mujeres. Anticipando la investigación «polifónica» de Svetlana Alexiévich, Maxie Wander llevó a cabo un estudio sociológico de las mujeres en la RDA de los años setenta a través de una muestra variada: jóvenes y maduras, casadas y solteras, trabajadoras y estudiantes, con opiniones y experiencias distintas. Ni populares ni reconocidas; mujeres anónimas, identificadas con su nombre de pila y su edad. ¿Y de qué hablan? En el contexto de un país socialista, ganaban el mismo sueldo que un hombre, por ley, pero aun así tenían sus problemas. Como al charlar con una amiga, cuentan sus tensiones cotidianas, sus preocupaciones, van de lo liviano a lo trascendental con la espontaneidad que da la expresión oral. Aunque tenga forma de libro, se escucha más que se lee. El amor, el sexo, la maternidad y la profesión son algunos de los temas recurrentes. Sorprende, incluso ahora, la naturalidad con que se muestran y rompen tópicos. Esta propuesta de Maxie Wander es brillante: ceder la palabra, dejar que la conversación siga su curso y dé lugar a confesiones reveladoras.
Dada la naturaleza oral y plural del libro, hoy no voy a reseñar los principales asuntos planteados, sino que he seleccionado algunos fragmentos, a modo de aperitivo, para que juzguéis por vosotros mismos su carácter sincero, descarnado; para que escuchéis a estas mujeres y notéis el calor que aún conservan sus voces. No hay mejor forma de acercarse a este texto que el contacto directo. Pese a pertenecer a un periodo histórico muy específico, que ya quedó atrás, las percepciones de sus protagonistas sobre su intimidad no distan tanto del presente. Sus discursos siguen vivos y lúcidos.
Amor y sexo:
… me llevo de vez en cuando a un hombre a la cama o a la pradera. Es curioso que te lo confiese a ti. Curioso, porque un hombre confiesa algo así sin más, incluso realzaría su prestigio. ¿Realza esta confesión mi prestigio? No. Oculto esa parte de mi vida a otras personas, porque sé cómo juzgan a las mujeres de mi estilo y lo mal que queda mi marido en todo ello. Los guardianes de la virtud no son tanto los hombres, a los que se acusa a menudo injustamente de no acostumbrarse a nuestra emancipación. En general, las que salen a las barricadas son mujeres que tienen envidia y la esconden tras el escándalo moral. No es nada nuevo. (Rosi, 32 años, p. 22)
Para entendernos, flirtear me basta. Puede que no haya acabado con el hombre adecuado, o quizá soy de verdad así, no sé, no me gusta mucho besar ni practicar sexo. […] El sexo no me aporta nada, ¿por qué iba a buscarme a otro? Simplemente no me resulta agradable, es una carga. Hago como si me entregara por hacer feliz a Werner. Al principio pensaba que él se daba cuenta, pero se lo cree. Caricias sí, eso me gusta. (Doris, 30 años, p. 42)
Yo me siento retrasadísima, porque ni siquiera he besado. En cierto modo, no sé, me da miedo besar, que igual hago algo mal. […] Me gustaría que mi mamá tuviera tiempo para mí, que hablara conmigo de cuestiones sexuales. Ella no empieza y yo no pregunto, como si no existiera el tema.  (Gabi, 16 años, p. 135)
Maternidad:
¡Ay, el crío! Él es mi auténtico problema. Déjalo. Tiene ya cinco años y sigo sin ser una madre de verdad. Me condeno, sí, me condeno yo misma a las obligaciones más duras. Y nadie pregunta cuánto esfuerzo me cuesta. Los fines de semana no trabajo casi nunca, aunque con eso pierdo la mayor parte de las propinas. Olvido lo joven que soy, sólo por recoger a tiempo al crío de la guardería. Luego pasamos todo el tiempo juntos, y cuido de que no vengan hombres a verme. Pero al crío le gustan los hombres, porque en la guardería no tiene a más que mujeres. Está hambriento de padre. Vivo con el crío como marido y mujer. No lo trato como a un niño, porque a mí me parecía fatal cómo me mareaban. Incluso le obedezco, porque tiene tanto sentido práctico y, en fin, porque me parece bonito que alguien se preocupe por mí. (Ruth, 22 años, p. 79)
¿Qué más? Ya no ocurrió gran cosa. Nació Jörg, y un año después Liesi, y llegó Anke, y luego Moritz. Yo me hacía dar esto y aquello, preguntaba por anticonceptivos, pero no necesitábamos más que mirarnos, y ocurría. Si decía: Doctor, esto no puede ser, cada año un niño, él me decía: También con el decimoctavo diré que no. Así estaban las cosas, éramos animales, ¡no personas que pudiesen decidir sobre sí mismas! Cuando ya realmente no podía más, me quitaron uno en la ciudad. En 1966 llegó también Andreas, luego ya hubo la píldora, que fue mi salvación. (Karoline, 47 años, p. 280)
Trabajo:
Cuando las mujeres quieren representar algo en el trabajo, empiezan con medios bastante primitivos que en el hombre no juegan el mínimo papel. La ropa, la apariencia, el maquillaje, necesitamos estos medios para ser reconocidas. Si se quiere juzgar a las personas por su fondo, hace falta mucho más tiempo. A veces no tengo el sosiego para pasar tanto tiempo frente al espejo, o para ir a la peluquería. Y a veces no tengo ninguna gana. Pero sé lo que se espera de mí. A menudo es como una competición. Quiero decir, si tengo que ir a la inspección escolar del distrito, paso más tiempo frente al espejo, para lograr firmeza interior y la apariencia adecuada. Sé que en cuanto a mi aspecto no va a haber quien me sople. (Doris, 30 años, p. 49)
Cada época exige un tipo distinto de persona, vale, y hoy nuestra economía exige la mujer trabajadora. Eso lo entiendo, pero intento escaquearme. Yo quiero ser una mujer tal como yo la entiendo y como a mí me sienta bien. Mientras se siga propagando el trabajo fuera de casa como ideal para cada mujer, no se le puede andar pidiendo muchos hijos, la mujer con hijos queda en desventaja. Mira, si una mujer tiene cinco hijos y se queda en casa, eso se le respeta, eso ya es algo, pero si una dice: tengo sólo un hijo y me quedo en casa, eso ya es más difícil de hacérselo entender a la gente, no parece encajar bien en nuestra época. Me parece maravilloso que una mujer pueda desarrollar su talento si quiere.. (Steffi, 37 años, p. 202)
Forma de ser:
En el fondo soy una persona muy solitaria. Sí. Por eso me atrae tanto la gente. En mí hay un pedazo de mi padre y un pedazo de mi madre, es lo que lo hace tan difícil. A los demás les resulta difícil entender que tengo fases en las que no puedo ver a nadie, y luego fases en las que me gusta estar con gente. Soy bastante desconfiada. (Angela, 21 años, p. 125)
Todos los días tengo que estar afirmándome de nuevo, porque continuamente dudo de mí misma. No me siento segura, me arriesgo incluso a mostrar lo insegura que soy. Pero la gente pide fachadas. Sólo las personas fuertes son capaces de mostrar su inseguridad y llevarla tan tranquilos, como ropa vieja. (Lena, 43 años, pp. 242-243)
***
Por último, una breve reflexión. En la actualidad se discurre mucho sobre feminismo o sobre lo que se entiende como tal. A propósito, recupero unas palabras de Margaret Atwood, del prólogo a la edición de 2017 de El cuento de la criada:
¿... es una novela feminista? Si eso quiere decir un tratado ideológico en el que todas las mujeres son ángeles y/o están victimizadas en tal medida que han perdido la capacidad de elegir moralmente, no. Si quiere decir una novela en la que las mujeres son seres humanos ­­­­–con toda la variedad de personalidades y comportamientos que eso implica– y además son interesantes e importantes y lo que les ocurre es crucial para el asunto, la estructura y la trama del libro… Entonces sí. En ese sentido, muchos libros son «feministas».
Maxie Wander
Esto mismo se puede aplicar a Buenos días, guapa. Sus mujeres no se victimizan ni se erigen en referentes de nada. Tampoco se movilizan contra el patriarcado u otras injusticias. Son chicas conversando, a secas, sin la finalidad ni la conciencia de hacer feminismo, como tomarse un café con una amiga (y qué bien adoptó Maxie Wander ese rol, cómo supo escuchar y conducir las entrevistas sin restarles libertad para profundizar en lo que quisieran, amoldándose a cada una). Si hacen feminismo es solo de forma indirecta, que, en el fondo, resulta mucho más eficaz: el hecho de recopilar sus testimonios, de considerar sus quehaceres cotidianos lo bastante importantes como para hacer un libro. No se trata de idealizarlas, sino de mostrarlas tal como son. Aquí hay un ejemplo magnífico de ello.

21 abril 2018

Con rabia - Lorenza Mazzetti


Edición: Periférica, 2017 (trad. Natalia Zarco)
Páginas: 288
ISBN: 9788416291571
Precio: 19,00 €

Con rabia (1963), la segunda novela de la escritora, pintora y cineasta italiana Lorenza Mazzetti (Roma, 1927), fue una de las pequeñas revelaciones de 2017 («pequeña» porque destacó dentro del margen de una editorial independiente, no porque se trate de una publicación menor). Al igual que su ópera prima, El cielo se cae (1962), basada en la infancia de la autora, marcada por el asesinato de su familia en manos de la policía nazi, Con rabia tiene un trasfondo autobiográfico, pero es mucho más que un testimonio; aquí hay una obra literaria fascinante, con una voz narrativa lograda y un planteamiento atrevido en materia de género, sexualidad y religión. La acción se sitúa en la Florencia de posguerra, y nos habla Penny, alter ego de Mazzetti, una joven que intenta encontrar su forma de estar en el mundo después de una niñez traumática Enterradas en vida, eso es lo que somos, en una casa llena de recuerdos», p. 256). No está sola: tiene una hermana gemela, Baby, a la que quiere con devoción, aunque a medida que crecen toman caminos distintos, algo que no le resulta fácil de asumir.
Por otra parte, no sé cómo explicar estas contradicciones: ¿cómo conciliar el deseo que tengo de matarlos a todos, uno tras otro, empezando por mi tutor, con ese otro deseo que siento de que me abrace todo el mundo? Soy, efectivamente, muy contradictoria. Un mar de contradicciones. Por ejemplo, ¿cómo explicar que lo que más me gustaría es ser un hombre, pero que jamás me casaría con una mujer? ¿Cómo explicar que amo de la misma forma a San Francisco y a Robespierre?
El pasado, con la pérdida temprana de sus padres y el genocidio nazi, le pesa más que a otras jóvenes de su edad, pero, a la vez, Penny no deja de ser una muchacha que, como todas, se inicia a la vida adulta con miedo, rebeldía y no pocas contradicciones. En su relato se entremezclan los vestigios del dolor de antaño con la emoción que suscita en ella el descubrimiento de su entorno, las ganas de vivir, de disfrutar del momento. De quejarse y patalear, también. Con una narración en tiempo presente, su voz es de las pocas que suenan a adolescente de verdad: fresca, vigorosa, descarada, sin tapujos y con mucho desparpajo. Rabiosa, sí. Un estilo intenso, fluido y directo, poético a ratos y con cursivas enfáticas, que capta esa irritación característica de la adolescencia. Es un cliché mencionar El guardián entre el centeno al hablar de una novela de aprendizaje; aun así, salvando las distancias culturales y de género, el tono irreverente de Penny recuerda al de Holden Caulfield.
Tengo la sensación de vivir en una sociedad bárbara donde ser mujer significa, simplemente, tener un montón de problemas con los ligueros. Teniendo en cuenta el frío que se pasa en invierno, no puedo entender por qué las mujeres han de llevar siempre falda. Los hombres van bien calentitos con sus pantalones y nosotras, las chicas, a morirnos de frío.
Este es, por lo tanto, un libro de formación sobre una chica avispada y enérgica, que se subleva ante las convenciones sociales (a diferencia de su hermana, más tranquila). Ella vuelca sus preocupaciones con una transparencia poco habitual. Sobresale, por ejemplo, su voluntad de no caer en el letargo después de los horrores del Holocausto, el deseo de mantenerse despierta, alerta, para no olvidar a los muertos, a su familia. En otros temas, como el despertar sexual o el catolicismo, su sinceridad pone en jaque los valores de la sociedad italiana, por cuanto expresa cómo la educación religiosa ha constreñido a las mujeres («Si no hubiera tenido una educación tan religiosa quizá no sufriría tanto», p. 53). Además, la narradora analiza a los hombres sin pudor, manifiesta su curiosidad por el sexo y denuncia los tabús al respecto («¿Quién se desnuda antes? ¿El marido? ¿La mujer? La primera noche de casados me la imagino como un momento aterrador», p. 41). Pocas autoras de la generación de Mazzetti han planteado esas dudas de una forma tan abierta, con tanta naturalidad.
¡Dios, Dios, Dios, ayúdame! Quiero ser santa. Es decir, no exactamente santa, porque no creo en los santos, pero quiero ser lo máximo mejor posible de mí misma, no sé bien qué es lo que quiero, pero no quiero nada de mí que no me guste.
Lo mismo ocurre con el pensamiento. La narradora verbaliza su desencanto con el catolicismo, reconoce haber dejado de creer. En cierto modo, esta es una novela sobre el «después del Holocausto y de Dios»: con lo que ha vivido, las creencias inculcadas en su infancia pierden fundamento, por lo que debe buscar unas alternativas por su cuenta. En otras palabras: construir su identidad adulta Desde que perdí a Dios no he hecho otra cosa que buscar una nueva verdad», p. 95). Penny, inquieta, se introduce en el ambiente intelectual, donde encuentra un nuevo sentido a su existencia, gracias a la literatura y la filosofía, que le proporcionan recursos para interpelar la sociedad. Shakespeare, Kafka…, pero, sobre todo, lee a franceses como Proust, Baudelaire, Camus, Sartre o Stendhal; le parece una literatura más comprometida con su tiempo que la italiana. Resulta muy interesante cómo plasma el hecho de «aprender a pensar» de manera crítica; no se limita a hablar de sus relaciones afectivas, sino que aborda con acierto el despertar de la conciencia.
Los hombres desnudan a las mujeres con la mirada, pero yo no he aprendido todavía a desnudar a los hombres sólo con mirarlos. Porque, por lo que intuyo, además del mundo de los hombres y las mujeres vestidos, existe otro mundo, el de los hombres y las mujeres desnudos: un denso bosque en el que la humanidad se encuentra desnuda, para reaparecer después, vestida y arreglada, por las calles y plazas
Lorenza Mazzetti
Penny se convierte en una mujer joven inteligente, perspicaz e inconformista, que no olvida ni perdona porque todavía carece de la templanza del adulto. Quizá, ante todo, Con rabia sea una novela sobre la imposibilidad de creer en el futuro, de confiar en el futuro cuando se ha sufrido tanto y tan pronto. No obstante, lejos de caer en el nihilismo adormecido, la narración rebosa carácter, brío, picardía Todo lo que no se aprende en clase se aprende en los lavabos de la escuela», p. 81); uno se lo pasa bien leyéndola. Por sus contenidos, se puede relacionar con escritoras como Natalia Ginzburg y Elena Ferrante (miradas descarnadas al universo femenino), solo que tiene un tono más corrosivo. Lorenza Mazzetti enriquece el corpus de novelas de iniciación con un libro en el que la protagonista y su peripecia son uno, y se funden en esa voz implacable y feroz que arrastra al lector por sus páginas. Un gran hallazgo.

Citas en cursiva de las páginas 10-11, 23, 102 y 113.


18 abril 2018

La isla de Arturo - Elsa Morante

Edición: Lumen, 2017 (trad. Eugenio Guasta; pról. Juan Tallón)
Páginas: 432
ISBN: 9788426403285
Precio: 24,90 € (e-book: 9,49 €)

Con La isla de Arturo (1957), su segunda novela –antes había publicado la monumental Mentira y sortilegio (1948)–, Elsa Morante (Roma, 1912–1985) se convirtió en la primera mujer en recibir el prestigioso Premio Strega. Más adelante, La historia (1974), Araceli (1982) y el libro de relatos El chal andaluz (1963) terminaron de consagrarla como una de las autoras más importantes de la narrativa italiana del siglo XX. Su estilo está influenciado por los narradores decimonónicos, esas novelas extensas publicadas por entregas, divididas en episodios con títulos anticipativos, con una trama dinámica y uno o varios personajes que se hacen mayores (en más de un sentido) con el curso de los acontecimientos. Escribió, no obstante, sobre la Italia de su tiempo, la Italia de la gente corriente. Elena Ferrante, su mejor discípula, explica en La frantumaglia (2003) que gracias a Elsa Morante descubrió que era posible elevar el costumbrismo y los enredos románticos a gran literatura. La calidad literaria, en su caso, no está reñida con la intriga, con el ansia de pasar páginas.
Mi infancia fue como un país feliz, donde él [el padre] reinaba con un poder absoluto. Siempre estaba de paso, siempre se marchaba, pero durante sus breves estancias en Prócida yo le seguía como un perro.
Arturo, el narrador protagonista de esta historia, crece en la isla de Prócida (Nápoles) en el periodo de entreguerras. Huérfano de madre desde su nacimiento, se ha criado en un caserón en el que solo se permite la entrada a hombres. Su único contacto con el sexo opuesto es, hasta la pubertad, una perra muy querida por él. El padre, un héroe a los ojos de Arturo, pasa largas temporadas fuera de casa; el muchacho se lo imagina luchando en continentes exóticos. Lector ávido, Arturo devora novelas de aventuras (no es para menos, con ese nombre con resonancias estelares y literarias), que alimentan más si cabe su imaginación. No tiene amigos, más allá del ayo, que pronto se marcha. Su infancia está marcada, pues, por la soledad, aunque él no lo lamenta. Vive en una isla en más de un sentido: Prócida, con sus límites geográficos; y, también, la isla de su educación sentimental, en la que existen poco más que el padre ausente y las lecturas.
Yo, desde que nací, no he esperado sino el día pleno, la perfección de la vida; siempre he sabido que la isla y mi primera felicidad no eran sino una imperfecta noche; incluso los deliciosos años junto a mi padre, incluso aquellos atardeceres con ella, eran la noche de la vida. ¡Siempre lo he sabido! Y hoy lo sé más que nunca. Espero todavía que llegue mi día, como un hermano maravilloso, para abrazarme a él y contarle el largo aburrimiento…
Hace falta la llegada de un forastero para que rompa su burbuja. Y llega: la esposa de su padre, Nunziata, una joven napolitana, sencilla y religiosa, apenas un par de años mayor que Arturo. Una chica de barrio, como tantas otras del sur de Italia, que sin embargo supone una revolución en el pequeño mundo del adolescente solitario. Así, mientras el padre sigue con sus viajes, Arturo se queda solo en casa con su madrastra, la primera mujer que entra en el hogar desde la muerte de su madre. Hasta entonces, él ha tenido una perspectiva un tanto contradictoria de las mujeres: el desprecio hacia ellas, inculcado por el padre y los colegas de este, convive en su interior con la dignificación (la beatificación, incluso) de la madre fallecida, el añoro por esa señora a la que no llegó a conocer. Bajo esos aires de chiquillo envalentonado, se nota el dolor por la carencia de la figura maternal. Pero la esposa del padre no puede ocupar ese rol, no cuando él ya es un adolescente. No puede mirarla como a una madre.
... de las otras mujeres podemos librarnos desengañándolas de su amor; pero ¿quién se libra de la madre? Tiene el vicio de la santidad, nunca se cansa de expiar la culpa de haberte concebido y, mientras viva, no te dejará vivir con su «amor». Es lógico: ella, pobre muchacha insignificante, no posee nada más que la consabida culpa de su pasado y de su futuro, y tú, hijo infeliz, eres la única expresión de su destino. No tiene ningún otro objeto al que destinar su amor. ¡Ah!, es un infierno ser querido por quien no ama ni la felicidad ni la vida, ni se ama a sí misma, sino que solo te ama a ti. Y si deseas escapar de esa tiranía, de esa persecución, entonces te llama Judas. ¡Y eres un traidor porque se te ocurre ir por las calles a la conquista del mundo cuando ella desearía tenerte siempre a su lado, en su casa, que solo tiene un cuarto y una cocina!
Nunziata tampoco encaja en el arquetipo de madrastra perversa de los cuentos. Ella, con sus crucifijos y sus buenas intenciones, no le haría daño ni a una mosca. Aun así, Arturo no la recibe con alegría, y no solo por sus prejuicios hacia las mujeres, sino por celos: el idolatrado padre, después de todo, no tiene suficiente con él. La tensión entre Nunziata y Arturo aumenta de forma progresiva. Son, para empezar, polos opuestos: ella, crédula y analfabeta, familiar, práctica, acostumbrada al bullicio del continente; él, cultivado y soñador, huraño, con una vida en la isla, al margen de la sociedad. Ella vive el día a día tal como se presenta, mientras que él se evade de la realidad en su mente. En medio, una creciente atracción: el tabú del deseo hacia la madrastra, la «sustituta» de la madre (pero a la vez una chica de su edad, ignorada por su marido, que no tarda en desentenderse de ella). En Arturo confluyen la fascinación por el mito materno (la única mujer que respeta) y el despertar sexual, salvaje, sucio, violento.
Me parecía imposible conocer la verdadera felicidad de los besos si faltaban los más importantes, los más bonitos y celestiales: los de la madre. Y entonces, para encontrar un poco de consuelo y reposo, imaginaba una escena en la que una madre besaba a su hijo con un afecto casi divino. Y ese hijo era yo. Pero la madre, sin yo quererlo, no se parecía a mi verdadera madre, la del retrato: se parecía a N[unziata].
Otra clave: la violencia. Esto no es un tórrido romance «prohibido», sino una radiografía cruda de las relaciones afectivas, de los abusos hacia la mujer en el contexto de una sociedad patriarcal opresiva (y, encima, por parte de hombres alejados de ellas, más asilvestrados en su trato). La percepción de Arturo con respecto a la madrastra pasa por diversas fases: curiosidad, rechazo, tirantez, seducción, fraternidad, compasión, negación. Por la parte de Nunziata, intuimos sus emociones a través de la narración de Arturo. Ella encarna el papel pasivo, «víctima» en muchos aspectos: en primer lugar, de su familia y su marido, por pactar un matrimonio por interés, como queda claro desde el principio, que la hace desdichada; en segundo lugar, de Arturo, un amigo en ocasiones, pero ante todo un muchacho que piensa en sí mismo, egoísta; por último, de la sociedad, de su condición humilde, por condenarla desde su nacimiento a no tener voz, a no poder formarse, no poder elegir otro tipo de existencia. Aunque el narrador sea masculino, se nota la mirada de la autora, que retrata con reflexiones muy lúcidas el universo femenino y sus conflictos (maternidad, amor, sexualidad, vida doméstica).
Pasado el tiempo, al reflexionar sobre eso, me he preguntado si, en el fondo, aquel discurso no era acertado, al menos en parte… Es posible que yo me creyera enamorado de tal persona, o de dos o tres a la vez, pero que en realidad no amara a ninguna. Lo cierto es que, en general, estaba demasiado enamorado del enamoramiento: esta ha sido siempre mi verdadera pasión.
Como todas las grandes novelas, esta no va solo de una cosa. Además de una obra sobre la tensión sexual entre un chico y su madrastra, hay aquí, quizá por encima de todo, una magnífica historia de aprendizaje, de entrada en el mundo de los adultos. Es fascinante contrastar los primeros capítulos, en los que Arturo habla de sus delirios, con los finales, cuando, de algún modo, despierta a la realidad. El aislamiento actúa como una metáfora (brillante) de la infancia: la isla del niño ignorante, que idealiza al padre (porque no lo ve, lo que contribuye a aumentar su mito), que cree en las fábulas y los libros (pero no sabe qué ocurre en el presente, a su alrededor), que menosprecia a las mujeres (porque aún no las conoce, aún no ha descubierto la pasión). Como en todo relato de iniciación, el desengaño resulta doloroso, pervierte las dulces imaginaciones. Se resume en la máxima «matar al padre»: dejar de creer en las fantasías infantiles y descubrir la identidad oculta de su progenitor. Las leyes que regían su niñez se transgreden; al fin y al cabo, crecer es eso, abrir los ojos. Abandonar la isla.
La sospecha, no la certeza… La vida sigue siendo un misterio. Y yo mismo continúo siendo el principal misterio para mí.
Elsa Morante
Más allá de los contenidos, La isla de Arturo sobresale por el pródigo abanico de recursos de Elsa Morante: los elementos simbólicos (la «leyenda» en torno al caserón y las mujeres, el reloj del padre, la isla misma); los maravillosos juegos del lenguaje del narrador, que dan información entre líneas (como la imposibilidad para él de escribir el nombre de la madrastra, o los adelantamientos de la acción); el uso de una imaginería típicamente «masculina» (comenzando por el tipo de libros que lee el protagonista) para abordar asuntos con el detalle de una perspectiva «femenina»; los personajes que no son lo que parecen o, más bien, no son lo que el narrador cree, al igual que en Mentira y sortilegio; y, por supuesto, su estilo brioso, apasionado, vivaz, colorido, que da cuerpo al ambiente isleño, al mar y sus escenarios memorables. Integra muchas y muy variadas referencias en el relato de Arturo con una sutileza extraordinaria. Historia de historias, una novela de la vida, del amor, de las pulsiones. Su obra maestra. No queda nadie como Elsa Morante.
Citas en cursiva, por orden de aparición, de las páginas 37, 217, 167, 270, 426 y 426.

16 abril 2018

El cuaderno prohibido - Alba de Céspedes


Edición: Contraseña, 2017 (trad. Pepa Linares)
Páginas: 304
ISBN: 9788494547843
Precio: 18,00 €

1
Alba de Céspedes, una autora por (re)descubrir
La escritora y periodista italiana Alba de Céspedes (Roma, 1911 – París, 1997), hija de un embajador cubano y una mujer italiana, gozó de una gran popularidad entre los años treinta y setenta, aunque ahora, al igual que les ha ocurrido a tantas autoras, ha caído en el olvido. Criada en una familia acomodada de valores antifascistas, Alba de Céspedes colaboró con la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial a través de un programa de radio, fundó una revista literaria, cultivó diversos géneros y frecuentó el círculo intelectual. Fue, por lo tanto, una persona comprometida y progresista, que sin embargo ha sido desprestigiada por haber escrito best-sellers y, además, «femeninos». No obstante, también los novelistas decimonónicos, hoy considerados clásicos, se dedicaron a la literatura «popular», un género que, cuando está bien ejecutado, no solo entretiene, sino que denuncia problemas sociales con un estilo accesible para el gran público. Eso hizo Alba de Céspedes con las tensiones que afectaban a las mujeres, y su éxito demuestra que dio en el clavo y consiguió la identificación de sus coetáneas.
En España, se publicaron varias novelas de la autora en los años sesenta, entre ellas esta, El cuaderno prohibido, que la editorial Contraseña ha recuperado, eso sí, con una nueva traducción de Pepa Linares. La obra se publicó por entregas en Italia entre 1950 y 1951, y un año después vio la luz la versión definitiva en forma de libro. Presenta, por consiguiente, características de este tipo de narrativa: capítulos breves, una trama para captar el interés del lector, un registro ameno. No busca al lector «erudito», pero lo que ofrece dista mucho de ser banal. Sencilla en la forma, transgresora en el contenido; así se podría definirla. Hay una evidente perspectiva de género hacia los conflictos de la mujer casada insatisfecha que intenta romper su cascarón. Es una novela muy próxima a la vida, a los quehaceres y pulsiones cotidianos. Apasionada y apasionante. Elena Ferrante, en las cartas reunidas en La frantumaglia (2003), cita a Alba de Céspedes como una referencia fundamental para ella. Además, hace una observación acertada sobre las ficciones comerciales (como las fotonovelas): pese a carecer de «calidad», le suscitaban un ardor que pocas veces se encuentra en la llamada «alta literatura». Ella trata de fusionar en sus novelas esa emoción de lo novelesco con el buen nivel literario, es decir, lo que hicieron antes autoras como Elsa Morante o Alba de Céspedes.
2
Escribir para encontrarse (o para perderse del todo)
Entrando en materia, El cuaderno prohibido está protagonizado (y narrado, en forma de diario) por Valeria, una romana de cuarenta años, casada, madre de dos hijos jóvenes y empleada en una oficina. Lleva una existencia estable, sin preocupaciones aparentes, o, al menos, eso cree. Su revolución comienza un domingo, con un impulso: la compra de un cuaderno, que se convertirá en su diario (Elena Ferrante, a propósito, dice que las mujeres siempre han buscado refugio en la escritura para entenderse a sí mismas). Este cuaderno simboliza lo «prohibido» desde el instante de su adquisición, ya que el estanco no puede vender por ley esos artículos en días festivos, y ella insiste hasta que el vendedor accede; esta mancha la perseguirá. Para empezar, Valeria se da cuenta de que apenas dispone de tiempo ni espacio («habitación propia») para escribir a solas. Todos, marido e hijos, dependen de ella, invaden su escasa privacidad. En segundo lugar, a raíz de poner por escrito su día a día, Valeria se fija más en los detalles, analiza su entorno y toma conciencia de que las cosas no marchan tan bien como creía. Ella pensaba escribir sobre su vida familiar «tranquila» (sic), pero se lleva un desengaño. El diario, que en principio iba a ser liberador (un objeto de su propiedad, elegido por y para ella), desvela, contra todo pronóstico, unas cadenas inadvertidas. Ah, escribir es peligroso. O, quizá, lo peligroso es mirar con lupa, reflexionar demasiado.
Mi vida siempre me había parecido insignificante, sin más acontecimientos notables que la boda y el nacimiento de los niños. Sin embargo, ahora que por pura casualidad he comenzado a escribir un diario me parece que una palabra o un acento pueden ser tan importantes o más que los hechos que estamos acostumbrados a considerar así. Aprender a entender las cosas mínimas que ocurren a diario es quizá aprender a entender de verdad el significado de la vida, pero no sé si es para bien; me temo que no.
En el punto de partida, se pone de relieve la pérdida de identidad de la protagonista, que la autora (brillante para las metáforas) simboliza con los apodos con que la llaman: para sus padres, es «Bebe»; para los hijos, «Mamá»; para sus amigas del colegio, «Pisani», el apellido; y, el summum, su marido la llama también «Mamá» desde hace años. En resumen, «Valeria» no existe. Solo la consideran en función de sus roles (hija, madre, esposa, estudiante), no como persona independiente y con intereses propios («Es terrible pensar que lo he sacrificado todo de mí misma para esmerarme en tareas que ellos consideran obvias, naturales», p. 41). Solo es Valeria cuando escribe. ¿Y quién es Valeria? Una mujer en una edad (en la mitad de la existencia, podríamos decir) en la que se replantea las cosas y hace balance. Con los hijos ya adultos, no tiene que ocuparse de ellos (pero generan otras inquietudes). Las expectativas que ella y su marido se hicieron en su juventud no se han cumplido; hay una sensación de fracaso, de que han vivido con lo justo (en el esposo se suma la frustración por no haber realizado su sueño), acentuada por el desprecio del hijo, inconsciente de los esfuerzos de sus padres. Es una mujer que ha dejado de ser joven y se resigna, porque así la han educado. No obstante, y aunque le cueste admitirlo, por dentro se resiste. Se resiste a renunciar a sí misma, a sus deseos. A la vida.
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La rebelión de una mujer tranquila
El giro se produce en su trabajo: la oficina se concibe como un lugar donde puede construirse lejos del ámbito doméstico y los lazos afectivos. Allí nunca ha dejado de ser Valeria, una trabajadora abnegada y tenaz, bien valorada por sus superiores. Hay cierto distanciamiento con sus amigas de siempre porque no trabajan fuera de casa, no comprenden su independencia; en cambio, otra amiga, la intelectual, va dos marchas por delante. La empresa, por otro lado, no solo resulta «liberadora» para las mujeres, pues tanto ella como su jefe acuden allí el sábado para huir del hogar. El otro secreto de Valeria, además del cuaderno: miente a sus allegados para refugiarse en la oficina, para escapar de esa familia asfixiante. Sus frustraciones salen a la luz en el diario: no se siente apreciada como madre ni como esposa, está saturada, harta de volcarse por los demás. Paradójicamente, su profesión la ayuda a sentirse independiente. El trabajo, que en otros contextos se retrata como un sacrificio, es la única vía de escape para la mujer de posguerra «atrapada» en la jaula de su casa. (Valeria tiene otra evasión: la fantasía. En secreto se imagina más rica, más atractiva, más interesante; los sueños de antes de acostarse que nunca revelaría a su marido, y que evidencian la afilada mirada «femenina» de Alba de Céspedes, que se nota en estos detalles).
Entre Valeria y su jefe surge una complicidad. Hasta qué punto se trata de amor, o se nutre de sus respectivas necesidades de evasión, lo decidirá cada lector. El asunto, en cualquier caso, está ahí, y funciona en dos niveles: crear intriga, por un lado, y recalcar las ataduras de la protagonista a la manera de Emma Bovary o Anna Karénina, por el otro. La cuestión no se limita a una posible infidelidad al esposo, sino que la relación con su superior representa una nueva oportunidad en el sentido de pensar en ella misma por primera vez en décadas. Por ejemplo, Valeria lleva años soñando con un viaje a Venecia, para el que nunca hay tiempo o dinero. El jefe le promete viajes, le promete momentos alejada de su hogar, le promete atención. Pero en la sociedad en que se educó Valeria no se enseñaba a las chicas a reforzar su individualidad; al contrario, el catolicismo les inculcaba abnegación, seguir el modelo de madre, esposa y ama de casa que no se queja (un tema asimismo presente en las novelas de Natalia Ginzburg, coetánea de Alba de Céspedes). La protagonista se enfrenta a un dilema trascendental: o piensa en ella, o sigue dedicándose a su familia, dejando que la anule. A pesar de que el enredo amoroso podría caer en la telenovela, la autora toma todas las decisiones correctas para que no sea así. El final no puede ser más redondo.
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Madre e hija, dos modelos de mujer
Entre las tensiones de la protagonista, destaca la relación con su hija Mirella, una joven estudiante de Derecho que sale con hombres que no gustan a su madre («Si bien los hijos pueden confesar con toda franqueza que se aburren con los padres, una madre jamás puede confesar que se aburre con los hijos sin parecer una desnaturalizada», p. 42). A los problemas «normales» entre una madre y su hija, como la sensación de que ya no la conoce, se suma la confrontación generacional: Mirella pertenece a una generación con más ventajas para las mujeres, estudia en la universidad, se relaciona con gente cultivada, no está tan apegada al hogar como lo estuvo su madre y, antes, su abuela. Encarna a la «nueva mujer», soltera, emancipada y sin obligación de casarse enseguida, que mantiene relaciones más libres con el sector masculino. Su madre vive una especie de contradicción: su hija lleva el tipo de vida que hubiera querido para ella, pero, a la vez, no está habituada a ver a una chica que se comporta así, todo esto resulta nuevo para ella. Los malentendidos son una constante; por el contrario, a su hijo varón, Ricciardo, lo comprende. Sin embargo, habrá sorpresas. Alba de Céspedes denuncia la sobreprotección del hijo, que lo lleva a repetir los mismos errores que sus padres, y ensalza la valentía de Mirella para saltarse las reglas y buscar su forma de estar en el mundo. El mundo es de los que arriesgan, no de los que se acomodan.
El pasado ya no servía para defendernos y no existían certezas sobre el futuro. Todo esto lo siento en mi interior, confusamente, y no puedo hablarlo ni con mi madre ni con mi hija porque ninguna de las dos lo entendería. Pertenecen a dos mundos distintos: uno que se terminó con aquella época y otro que ha surgido de ella. Y esos dos mundos chocan dentro de mí y me hacen sufrir. Por eso, quizá, me siento privada de toda consistencia. Puede que yo solo sea ese mundo de paso, ese choque.
También se plasma la relación de Valeria con su madre anciana, una aristócrata venida a menos, el tipo de mujer educada en la contención (nunca hablar demasiado claro, nunca salirse de la raya). No abordan sus preocupaciones de forma abierta, pero la autora, perspicaz, muestra cómo a partir de los quehaceres cotidianos, como cocinar unas verduras, las emociones fluyen y el malestar se disipa un poco. Esta mirada tiene esa especificidad «femenina» que se fija en los matices, en el lenguaje no verbal, camuflado en los objetos, con el que las mujeres se han entendido a lo largo de los siglos. Volviendo a Valeria, los enfrentamientos con su hija hacen que recuerde su propia juventud, a través de lo que le cuentan su madre y su esposo, y de unas cartas. Se sorprende: una no recuerda el pasado tal como fue, y, quizá, su hija está repitiendo el mismo patrón, solo que en otra época y con más fortuna.
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La insondable culpa femenina
La «culpa» femenina, incrustada en la piel desde la niñez. ¿Es posible desembarazarse de ella? ¿Y para una mujer italiana de clase media, en plena posguerra? En el fondo, El cuaderno prohibido va sobre todo de eso, de una mujer que descubre que ha vivido en una jaula y se plantea abrir la puerta. Ya no tiene la rebeldía juvenil, pero se siente más fuerte que nunca. Ha aprendido lo que es la vida, ha aprendido cómo evoluciona el matrimonio con las obligaciones (profesión, maternidad, casa) de por medio. Desde que escribe el diario (el diario como símbolo), además, ha comprobado que aún puede despertar el deseo de otros hombres, aún puede salir a divertirse, aún puede vivir como una joven. Y sin embargo… salir tiene sus peligros. Porque ha vivido siempre así. Porque hay gente que depende de ella, a su pesar. Porque le han inculcado que sus intereses individuales no son una prioridad. Porque se sentiría culpable si los demás cayeran («No tolero que puedan prescindir de mi presencia. Sería como reconocer que todos mis sacrificios han sido inútiles.», p. 159). No es una elección sencilla.
… todas las mujeres esconden un cuaderno negro, un diario prohibido [...]. Ahora me pregunto dónde he sido más sincera, si en estas páginas o en mis actos, los que dejarán de mí una cierta imagen, un retrato favorecido. No lo sé, y nadie lo sabrá nunca. Siento que me estoy agostando; mis brazos son las ramas de un árbol seco. He intentado volverme vieja, y puede que solo haya conseguido volverme mala. Tengo miedo.
Alba de Céspedes
¿Por qué leer esta obra hoy? El siglo XXI pertenece a las Mirellas (y a las hijas de las Mirellas), más que a las Valerias. Esas mujeres relegadas al hogar, aplacadas por una educación religiosa severa, por el patriarcado, cada vez quedan más lejos, al menos en Occidente. Aun así, su mensaje sigue vigente: este libro es una llamada de atención para no perderse, para no dejarse silenciar. Y, también, una invitación a pararse a pensar, como hace la protagonista cuando empieza el diario, en aquello que damos por sentado y quizá pida una revisión. Ante todo, merece la pena leer El cuaderno prohibido porque es extraordinario, una perspectiva de género lúcida, de una sinceridad descarnada, camuflada en una narración de las que hacen disfrutar. En la actualidad, cuando la novela tiende a la mezcla de géneros y a un lenguaje más poético, leer un libro como este, el libro de una narradora nata, inteligente, con chispa, con brío, solo puede significar placer, un placer revestido de crítica feminista. Ojalá sigan recuperando la obra de Alba de Céspedes, una voz brillante que todavía tiene mucho que decir.
Citas en cursiva de las páginas 41, 287 y 300.

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