26 marzo 2017

Tiene que ser aquí - Maggie O'Farrell



Edición: Libros del Asteroide, 2017 (trad. Concha Cardeñoso)
Páginas: 472
ISBN: 9788416213986
Precio: 23,95 € (e-book: 11,99 €)

En los últimos años he leído unas cuantas novelas que abordan la crisis de un matrimonio a partir de un planteamiento definido por la ausencia de linealidad. En lugar de seguir el realismo clásico, con un discurso «total» que englobe el conflicto desde una sola perspectiva, el relato se fracciona, siguiendo las pautas posmodernas. Esta concepción hace hincapié en esa idea, tan característica de nuestros tiempos, de la imposibilidad del discurso único, o, dicho de otro modo, la imposibilidad de creer en una sola historia, una sola versión, una sola verdad. El conflicto no se narra con herramientas tradicionales, porque ya no se percibe de forma tradicional; necesita recursos para expresar esa ruptura. Tenemos un buen ejemplo en Departamento de especulaciones (2014; Libros del Asteroide, 2016), de la estadounidense Jenny Offill, construida con un estilo fragmentario, con sutiles distanciamientos del narrador en función de la fase que atraviesa la pareja; o En manos de las Furias (2015; Lumen, 2016), de su compatriota Lauren Groff, un homenaje a la tragedia griega planteado como un juego de espejos en el que se contraponen las experiencias del marido y la esposa.
Tiene que ser aquí (2016; Libros del Asteroide, 2017), el último trabajo de Maggie O’Farrell (Coleraine, Irlanda del Norte, 1972), es otra muestra de esta tendencia. La historia principal (recalco lo de «principal» porque hay muchas pequeñas o no tan pequeñas subtramas) se centra en un matrimonio que no pasa por su mejor momento. Ella, Claudette, es una actriz famosa que, después de tener un hijo con un reconocido director de cine, decidió desaparecer de la vida pública y esconderse en la campiña irlandesa, donde ha permanecido desde entonces. En estas circunstancias conoció a Daniel, un profesor estadounidense, divorciado y con dos hijos, que dejó su tierra para instalarse en el campo con ella. En el primer capítulo, situado en 2010, ya llevan diez años de relación y tienen dos hijos en común. Todo funciona en apariencia, a pesar de las excentricidades de Claudette (su obsesión por ocultarse, su negativa a llevar a los niños al colegio). Todo funciona, sí, hasta que Daniel viaja a Estados Unidos y una vieja herida se reabre: la muerte de la primera mujer a la que amó, acaecida más de veinte años atrás («Hasta ahora pensaba que mi vida había sido una cosa, pero en este momento parece que tal vez haya sido otra completamente distinta», p. 46).
Daniel, el personaje que sostiene el grueso de la novela (y el más redondo), querrá aclarar cómo murió esa chica. Además, al regresar a su país, se reencontrará con todo lo que dejó atrás: sus hijos mayores, su padre, la casa familiar. En otras palabras, el viaje lo obliga a redescubrir las identidades que ha encarnado a lo largo de los años, sus múltiples facetas: el niño que acompañaba a su madre cuando esta se reunía con su amante, el novio que no estuvo a la altura, el padre que no hizo de padre. Aquí es donde entra en juego la estructura: los capítulos se mueven por diferentes épocas, lugares y personajes, tanto de familiares o amigos del matrimonio como de desconocidos que se cruzaron con ellos de forma efímera. Esta organización mantiene la intriga (retrasa la resolución del caso de la novia muerta y, lo mejor, lo más arriesgado, la propia autora se hace spoilers a modo de anticipaciones sobre el futuro de Daniel); y, a la vez, pone de manifiesto que un personaje, una persona, no es solo lo que vemos ahora, sino que se compone de identidades mutables en el tiempo, identidades que varían según el ángulo con el que se perciben, de la relación (o no relación) de los otros con él. Esta es la ruptura formal de la que hablaba: lo que define nuestra era no son solo los temas (que también: el precio de la fama, nuevos modelos familiares, un padre que no hace de padre de sus primeros hijos biológicos pero sí del hijo de su mujer, etc.), sino la manera de contarlos, este partirse en pedazos, la persona como una multiplicidad de identidades que trata de mantenerse a flote aunque algunas supongan un lastre, un remordimiento.
En general, esta construcción poliédrica está bastante lograda. Emplea la tercera persona centrada en un personaje (todos sólidos, incluso los meros figurantes), salvo en el caso de Daniel, que nos habla en primera persona y actúa como la brújula que indica el camino. Tiene un rasgo particular: gran parte de la novela está narrada en tiempo presente, con eventuales saltos al futuro (adelantamientos: «todavía no lo sabe, pero le pasará esto») y algún fragmento en pasado para reconstruir acciones precedentes. Este uso del presente es importante, puesto que asocia la narración a cada momento, a cada (insisto) identidad del personaje, ya que la percepción inmediata de la realidad es distinta que al volver sobre ella a posteriori. En algunos capítulos, se abandona la narración como tal para comunicar la información a través de otros formatos textuales, como el catálogo de una subasta o una entrevista; detalles que aumentan su naturaleza hipertextual, un poco de collage. Tampoco puedo obviar el excelente tratamiento de las elisiones, eficaces para evitar recrearse en los episodios más trágicos, y asimismo para mostrar la evolución de un personaje sin darlo todo masticado. Maggie O’Farrell demuestra ser una arquitecta solvente para engarzar numerosos hilos, además de una estilista habilidosa, con gusto por la ocurrencia y los diálogos vivaces.
Con todo, pese a parecerme una buena novela, algunos detalles me chirrían un poco. Para empezar, el retrato de Claudette al margen de la sociedad, escondida en el campo, resulta un tanto cuestionable. El tema de la desaparición, de borrarse (que, por cierto, no es la primera vez que la autora lo plantea), se resuelve quizá con demasiada ligereza: el hermano hace los trámites en su nombre, ella se disfraza, y listo. Aunque se insinúa que en ocasiones es motivo de disputa entre los cónyuges, he echado de menos una mayor atención a las consecuencias del aislamiento, no solo para Claudette, sino para sus hijos (¿no resulta demasiado asombroso, demasiado estupendo, ese capítulo del hijo mayor en la consulta del psicólogo?), sin olvidar que esto se produce en pleno siglo XXI, con todas sus tecnologías (¿hasta qué punto es verosímil que nadie la descubra?). También noto cierto abuso de los personajes con singularidades en el uso del lenguaje: Daniel, un lingüista perspicaz (probablemente el alter ego de la autora en este sentido); Ari, tartamudo; Niall, aficionado a las notas a pie de página. Por otra parte, aunque valoro el acierto de analizar la situación de Daniel desde múltiples puntos de vista, me pregunto hasta qué punto era necesario explayarse en el contexto de personajes por lo demás intrascendentes para la historia principal, como el ayudante del director de cine o la guía de expediciones de Bolivia. A veces he tenido la sensación de que forzaba determinados desplazamientos por el mero hecho de abarcar más, de dar un punto exótico, internacional, como en el mencionado capítulo en Bolivia o los correspondientes en la India y en China. Esto no significa que estos pasajes sean flojos (O’Farrell podría escribir una novela sobre cada personaje), sino que, vistos en conjunto, suman páginas y dispersión innecesarias. Ah, una última observación: llama la atención, ante semejante profusión de personajes, la ausencia de la primera mujer de Daniel.
Maggie O'Farrell
En suma, Tiene que ser aquí es una novela amena y aun así ambiciosa, en la forma y en el contenido. A propósito de esto último, no he entrado en detalles, pero baste decir que habla de amor, familia, amistad, juventud, infidelidades, traiciones, inadaptación, trastornos, maternidad, paternidad y un largo etcétera. No obstante, por encima de todo la considero una novela sobre las segundas oportunidades, sobre la capacidad del ser humano para reinventarse, para dejar atrás una vida y comenzar de cero (no en vano los protagonistas tienen en común el cambio de identidad: Claudette, cuando decidió apartarse del mundo del cine; Daniel, cuando cruzó el océano y formó otra familia). El quid de la cuestión es hasta qué punto la mochila que arrastran influye en esa nueva etapa: «En apariencia, soy marido, padre, profesor, ciudadano; pero si se mira al trasluz, me convierto en desertor, en impostor, en asesino, en ladrón. En la superficie soy una cosa, pero por debajo estoy plagado de agujeros y cuevas, como un paisaje de piedra caliza» (p. 47). Esos agujeros, ese reencuentro entre ayer, hoy y mañana, son los que cobran sentido en este libro.

19 marzo 2017

El bosque infinito - Annie Proulx



Edición: Tusquets, 2016 (trad. Carlos Milla Soler)
Páginas: 848
ISBN: 9788490663370
Precio: 23,90 € (e-book: 12,99 €)
Leído en versión original (Barkskins).

«El mal que hacen los hombres les sobrevive»
William Shakespeare, Julio César (1599)
Al pensar en «gran novela americana» (en el concepto que crítica y editoriales proyectan, al menos), lo primero que me viene a la mente es la historia de una familia disfuncional, blanca y de clase media, encuadrada en el género realista, que a menudo narra las peripecias de varias generaciones y tiene una extensión superior a las quinientas páginas («grande» en múltiples sentidos, por lo tanto). Jonathan Franzen, por ejemplo. Sin embargo, basta indagar un poco para darse cuenta de cuán limitada es esta imagen de lo que se entiende por «gran novela americana»: en su intento de representar las tensiones de la sociedad contemporánea, comete el error de pensarla en su sentido hegemónico, es decir, muestra tan solo la realidad de la clase dominante durante un periodo de esplendor económico. En la microhistoria de esta hipotética gran novela, las minorías de todo tipo ocupan un rol como mucho secundario; en la macrohistoria, los años anteriores a la dimensión de superpotencia se ignoran. Más bien se trata, en suma, de la gran novela americana de algunos. De los de siempre.
Por suerte, tiene su contrapunto: El bosque infinito (2016), la última obra de la prestigiosa escritora Annie Proulx (Norwich, Connecticut, 1935), galardonada con los premios Pulitzer y National por su segunda novela, Atando cabos (1993), y con el PEN/Faulkner por la primera, Postales (1992), entre otros reconocimientos. Es, además, autora de una vasta producción de relatos, reunidos en castellano en Wyoming (2009); uno de ellos, «Brokeback Mountain», se hizo muy popular tras la adaptación al cine de Ang Lee en 2005. Su nombre suena desde hace años en las quinielas del Nobel de Literatura, aunque su mayor mérito, más allá de cualquier honor, es una trayectoria sólida, coherente, personal y comprometida. Proulx, que vive en un entorno rural, conoce de primera mano la vida en la naturaleza, y en su obra explora las tensiones propias de la gente criada en estas zonas, la brutalidad y los tabús, pero también su fuerza de trabajo y su honradez. Hay literatura más allá de la civilización urbana, más allá de las ciudades, más allá del hombre blanco con traje. Y es, qué duda cabe, gran literatura.
En El bosque infinito su ambición aún va más allá: la novela está concebida como una gran saga (voy a gastar la palabra «gran», pero es que aquí nada es pequeño) sobre la fundación de Norteamérica y los abusos cometidos sobre la población nativa y los bosques, que abarca desde la llegada de los colonos europeos, a finales del siglo XVII, hasta nuestros días. Está estructurada en diez partes, que a su manera son como diez novelas breves: con cada nueva generación, cada nueva etapa, los protagonistas cambian. El libro muestra, por un lado, la macrohistoria de los grandes procesos que transformaron la sociedad a lo largo de casi cuatro siglos; y, al mismo tiempo, la microhistoria de cada grupo de personajes, que plantean las tensiones propias de su época. En cierto modo, con cada parte comienza otra historia, aunque aun así no se pierde de vista la perspectiva global del conjunto, porque las decisiones de una generación (en particular, sus secretos) repercuten en las siguientes. Proulx ha tenido el acierto de vertebrar este planteamiento en torno a dos linajes, los Duquet (luego Duke) y los Sel, descendientes de colonos franceses que llegan al actual Canadá para trabajar como leñadores, pero corren suertes distintas: los Duquet se convierten en hombres de negocios, mientras que los Sel se cruzan con los indios y continúan en los bosques.
A pesar lo maniqueo que puede parecer este planteamiento, la autora se ocupa de que las dos familias tengan sus sombras, sus controversias, tremendamente jugosas. En lo que respecta a los Duquet, los empresarios, su dinastía perdura y se diversifica a lo largo de los siglos, adaptándose a las tendencias de cada época. Encarnan la imagen del éxito, de la ideología dominante; pero al mismo tiempo representan la hipocresía propia de su clase, que se materializa en el personaje de una mujer mestiza, hija ilegítima de un miembro del clan con una india. Esta mujer, nacida a mediados del siglo XVIII, experimenta un profundo desarraigo: ha sido educada como una blanca, pero sus rasgos le cierran puertas entre los de su cultura, por lo que decide marcharse al bosque, con la gente de su madre. Se da la paradoja, además, de que en la familia Duquet también hay hijos adoptados: en una época en la que el sometimiento de los indios aún se justifica por una supuesta inferioridad biológica, los hechos ponen de manifiesto que entre los indios corre la sangre de los hombres de negocios, mientras que estos crían y colocan en sus empresas a descendientes no biológicos. Proulx pone el dedo en la llaga, mira de frente los temas silenciados, tanto en el conflicto étnico como en las desigualdades de género (hay personajes de mujeres rompedoras en ambas familias) y los tabús de la identidad sexual (homosexualidad y transexualidad), sin olvidar una reivindicación ecologista por el exterminio de las zonas forestales.
Annie Proulx
A propósito del concepto de gran novela americana, El bosque infinito es algo así como la gran novela americana sobre la dominación del hombre blanco en toda Norteamérica. Proulx ha tardado diez años en escribirla: esta obra de múltiples capas, entre la historia colectiva y la acción individual, supone la culminación de sus preocupaciones estrella, la culminación de su estilo incisivo, de su representación brutal y desgarradora del ser humano. Ha construido una trama dinámica, llena de aventuras, enredos y revelaciones (traiciones, venganzas, hijos ilegítimos…) que por su extravagancia en ocasiones rozan el realismo mágico. A la vez, el largo alcance de la estructura en forma de saga muestra la evolución histórica y social, desde la llegada de los colonos franceses hasta nuestros días, con el reconocimiento de ciertos derechos (una escena muy simbólica: mediado el siglo XX, una mujer india, descendiente de curanderas, se convierte en médico). No obstante, su mensaje no es tanto una celebración de lo conseguido como una dura crítica a los daños irreparables. Porque, aunque la situación haya cambiado, no se puede olvidar, no se puede ignorar esta parte de la historia. En suma, una novela que redefine la identidad norteamericana teniendo en cuenta a los grandes olvidados, una novela que remueve la conciencia mientras hace disfrutar con las peripecias de dos familias.

13 marzo 2017

Corazón de vinagre - Anne Tyler



Edición: Lumen, 2017 (trad. Miguel Temprano García)
Páginas: 216
ISBN: 9788426403957
Precio: 21,90 € (e-book: 9,99 €)
Leído en versión original (Vinegar Girl).

A menudo, sin saber cómo, uno termina atrapado en las redes domésticas de su hogar, unas redes que no le permiten ser él mismo, desarrollar su persona, unas redes que lo convierten en ese alguien de quien dependen sus allegados, a veces los hijos, a veces los padres, a veces los hermanos malcriados. La captura se produce de forma imperceptible, uno comienza a hacerse responsable de algunas tareas, intenta ayudar, facilitar las cosas, hasta que un día de pronto se da cuenta de que está atrapado en su propia cárcel. Esto es lo que le ocurre a Kate Battista, la protagonista de Corazón de vinagre (2016), la novela más reciente de la prestigiosa autora estadounidense Anne Tyler (1941). Y no, Kate no es una mujer madura consumida por el matrimonio, sino una joven de Baltimore que aún no ha cumplido los treinta pero lleva demasiado tiempo postergando sus aspiraciones individuales para hacer posibles las de su padre, un científico volcado en su investigación, y su hermana adolescente, que solo piensa en sí misma. La madre, depresiva, murió años atrás; Kate, desde que tiene uso de razón, ha hecho de ama de casa. No es una esposa abnegada, no, pero a su modo también es una víctima de la sociedad patriarcal y del egoísmo de los que la rodean.
Kate, además, trabaja en un jardín de infancia, un empleo que le trae algún que otro quebradero de cabeza. Porque Kate no es lo que se dice «maternal», ni delicada, ni femenina; y, aunque se muestra atenta con los niños, sus maneras bruscas, sus respuestas tajantes, molestan a algunos padres. Ella hubiera preferido estudiar botánica, pero en el colegio consideraron que no servía, así que aquí está, viendo pasar los días, repartiéndose entre las criaturas de la escuela y las «criaturas» de su casa, incomprendida, avinagrada. Sin embargo, esta monotonía se rompe gracias a (o por culpa de) su padre, el científico excéntrico: su ayudante del laboratorio, un inmigrante brillante llamado Pyotr, necesita un visado para permanecer en el país. Es fácil adivinar lo que ha planeado para Kate…, la cuestión será si ella está dispuesta a hacerlo o, por una vez, se negará. La protagonista, a pesar de su docilidad aparente (o quizá a consecuencia de ello), tiene un temperamento fuerte, no se deja achantar. Está al límite; ha llegado el momento de tomar las riendas de su vida.
Corazón de vinagre forma parte del proyecto Hogarth Shakespeare, por el que autores como Margaret Atwood, Tracy Chevalier o Jeanette Winterson, entre otros, versionan sus obras favoritas del dramaturgo inglés para conmemorar los cuatrocientos años de su muerte. Anne Tyler, una de las grandes escritoras de la segunda mitad del siglo XX —solo por mencionar algunas de sus novelas más aclamadas: Reunión en el restaurante Nostalgia (Premio PEN/Faulkner 1983), El turista accidental (Premio National Book Critics Circle 1986), Ejercicios respiratorios (Premio Pulitzer 1989), y, recientemente, El hilo azul (finalista Premio Booker 2015)—, participa con un retelling de la comedia La fierecilla domada (The Taming of the Shrew). Como novelista versada en el realismo literario, se lleva el original a su terreno: la ciudad de Baltimore, donde se sitúan la mayoría de sus libros, a través de una historia que explora las tensiones de una familia contemporánea, narrada con un estilo ameno, sentido del humor y un excelente dominio del diálogo coloquial, en la línea distendida de Barbara Pym. A pesar de sus contrastes con Shakespeare, los paralelismos con La fierecilla domada están muy cuidados (desarrollo de la trama, personajes, nombres y otros detalles).
En lo que Anne Tyler difiere, por supuesto, es en el tratamiento de la emancipación de la mujer, que en Corazón de vinagre se corresponde con la mentalidad de la cultura occidental actual: la finalidad no será «domar» a Kate, sino liberarla, buscar su realización personal, reforzar su identidad independiente. El personaje de Kate, de hecho, es lo mejor de la novela: una chica práctica, un poco brusca, que parece destinada a convertirse en una solterona. A pesar de la comicidad, tiene un punto amargo, porque no deja de ser una persona frustrada y con carencias afectivas, que sufre presión por partida doble: la opresión en el hogar, por un lado, y la exclusión del ideal de feminidad, por el otro. El conflicto interno enlaza con una lectura en clave feminista, al apostar por una protagonista que no se preocupa por su imagen, que es torpe para ligar y tiene la sensación de meter la pata constantemente; pero, a la vez, es alegre y dinámica, fuerte, no se autocompadece ni se lamenta como una Bridget Jones. El otro tema donde se pone de relieve un problema de nuestro tiempo es la integración del inmigrante: Pyotr, aun esforzándose, no deja de ser visto como el extranjero, el «otro» (nótese que la mayoría ni siquiera aprende a pronunciar bien su nombre); he aquí otra mirada crítica.
Anne Tyler
En conjunto, y a pesar de su acierto con esta dimensión social, Corazón de vinagre es una novela bastante más floja de lo que acostumbra Anne Tyler: sigue el argumento arquetípico de una comedia romántica, con los enredos habituales, personajes planos y una trama que culmina en el clímax previsible. De acuerdo, se trata de una adaptación de una obra humorística, pero, conociendo la profundidad con la que desentraña las relaciones familiares en libros como Reunión en el restaurante Nostalgia, este retelling parece un divertimento, una licencia de una escritora que, eso sí, a estas alturas no tiene que demostrar nada porque su carrera habla por sí sola. Está más o menos al mismo nivel que El hombre que dijo adiós (2012): novela de un personaje atrapado en su conflicto, extensión breve, tono optimista, happy-ending demasiado happy (en ambos casos el epílogo sobra). En cualquier caso, Anne Tyler escribe tan bien, le da tanta fluidez a la historia, que se disfruta como lectura apacible, y deja buen sabor de boca por su mensaje sobre la importancia de encontrar nuestro lugar en el mundo.

12 marzo 2017

Frankie y la boda - Carson McCullers



Edición: Austral, 2013 (trad. María Campuzano)
Páginas: 240
ISBN: 9788432215490
Precio: 7,95 €
Leído en la edición en catalán de Empúries, 2009 (trad. Jordi Martín Lloret).

Esta entrada forma parte del proyecto #AdoptaUnaAutora, que tiene como objetivo dar a conocer la vida y obra de escritoras de cualquier época, nacionalidad y género. Este blog participa con la «adopción» de Carson McCullers: empezó en enero con la reseña de La balada del café triste, y continúa ahora con esta. En los próximos meses, más.
***
«Ella hasta entonces había vivido como un insecto, un insecto que no sabe más que de la hoja de la que está colgado», escribe Natalia Ginzburg (1916-1991) en Todos nuestros ayeres (1952). Esta comparación de la muchacha inexperta con un insecto también puede aplicarse, a su manera, a la protagonista de Frankie y la boda (1946), una excelente novela de la sureña Carson McCullers (1917-1967), si bien esta última, más que centrarse en las carencias de la educación sentimental de las mujeres, explora el vacío existencial (universal, hasta cierto punto) de una adolescente solitaria que busca su sitio en un entorno que le resulta hostil. La joven Frankie, en efecto, no ha salido nunca de su pueblo del sur de Estados Unidos, del estrecho círculo íntimo que conforman sus allegados. Antes no le importaba, o, mejor dicho, ni siquiera reparaba en ello. No obstante, a sus doce años, ha entrado en una etapa de descubrimiento del mundo de los adultos con la mirada renovada de la pubertad («las cosas inesperadas no la sorprendían, solo aquello que le resultaba familiar y conocido desde hacía tiempo le provocaba una estupefacción extraña», p. 62), una mirada rebosante de atrevimiento en su exceso de ingenuidad, que en el fondo no oculta otra cosa que miedos y fragilidad.
La historia se desarrolla un verano durante la Segunda Guerra Mundial (la contienda solo es el telón de fondo), la época de aprendizaje por excelencia; muchas novelas coming-of-age se desarrollan en esta estación. En el caso de Frankie, no porque se marche a un lugar desconocido, sino, simplemente, porque las horas muertas en la cocina le dejan demasiado tiempo libre para pensar. Y su pensamiento, ese verano de sus doce años, gira en torno a la búsqueda de pertenencia: desde las primeras líneas se nos informa de que «hacía mucho tiempo que Frankie no formaba parte de nada», una idea que se repite a lo largo del libro. Las antiguas amigas la han apartado, y no tiene más afición que escribir obras de teatro. En una edad en la que el grupo de pares resulta básico para construir su identidad, Frankie se siente sola, muy sola, y cae en la trampa de creerse la única solitaria, de creer que afuera, para los demás, la vida resulta apasionante («Todo el mundo tenía a alguien para decir nosotros, todo el mundo menos ella», p. 54). A partir de aquí, sus sueños se centran en tratar de escapar a ese escenario ideal de sus imaginaciones. La noticia del matrimonio inminente de su hermano será el desencadenante: se convence a sí misma de que forma parte del núcleo que constituyen su hermano y la novia, de que después de la ceremonia se marchará con ellos. El título original, The Member of the Wedding, es muy expresivo: la chica «que no formaba parte de nada» está decidida a convertirse en «miembro» de la boda.
En realidad, Frankie no está sola: conforma un peculiar trío de inadaptados con Berenice, una criada negra que ha conocido tiempos mejores, lo más cercano a una figura maternal para Frankie; y su primo John Henry, un niño de seis años. Es huérfana de madre; y el padre, relojero (como el de la propia Carson McCullers: sus novelas tienen una base autobiográfica), apenas interviene al pasarse el día trabajando, fuera de casa. Como en La balada del café triste (1951), la autora vertebra la acción en un triángulo de personajes, todos ellos marginados a su manera, aunque en esta ocasión no se trata de un triángulo romántico sino afectivo, en el sentido de la calidez familiar. Frankie, la adolescente alejada de sus semejantes que, en su rebelión juvenil, no valora a quienes tiene cerca y solo piensa en sí misma, en sus ensoñaciones; Berenice, la criada que, además del sufrimiento por ser negra en la sociedad estadounidense de los años cuarenta, perdió a quien más amaba («Todo el mundo está atrapado de una forma u otra. Pero los límites que han trazado alrededor de la gente de color son dobles», p. 142); y John Henry, tan pequeño todavía, que se pasa el día pegado a Frankie, como una sombra invisible, que intenta llamar su atención mientras ella lo ignora. Tres personajes, en fin, excelentes. A propósito, Frankie es una especie de versión púber de la señorita Amelia de La balada del café triste: una muchacha alta, con el pelo corto y aspecto «masculino», de modales toscos y carácter huraño, rasgos que dificultan aún más su integración en el club de chicas del vecindario.
Es una paradoja atroz que Frankie vuelque su ilusión de pertenecer a algo en nada menos que una pareja de recién casados que se va de la localidad para ir a su aire; la insurrección adolescente convive con la inocencia abismal de quien se pone una venda en los ojos. La mayor parte de la novela transcurre durante los días previos a la boda, es decir, gira alrededor de los planes que hace Frankie cuando su sueño aún no se ha derrumbado. Las tres partes del libro, narradas en tercera persona, muestran la evolución de la protagonista, su iniciación a la vida adulta, con sutileza y atención a detalles como la ropa o el nombre, que adquieren una dimensión simbólica. En la primera parte, tiene el aspecto que se ha descrito, se la llama Frankie y apenas sale del espacio reducido de la cocina, donde charla con Berenice y John Henry; la Frankie niña bruta recluida en el hogar, podríamos decir. En la segunda, comienza su transformación en esa chica que aspira a ser: se viste con sus mejores galas un día cualquiera, se hace llamar F. Jasmine (para compartir iniciales con el hermano y su pareja)  y se pasea por el pueblo con aires de grandeza, un pueblo en el que (casi) todos la conocen, si bien esta vez ella se relaciona de otra manera, haciéndose la interesante. Por último, al final se convierte en Frances: recupera su nombre, pero sin el apodo infantil.
El pueblo sureño inhóspito es otro motivo recurrente en la obra de Carson McCullers que ejerce un papel relevante en el aprendizaje de la protagonista. Como en La balada del café triste, se presenta como un territorio embrutecido, de viejos conocidos pero no por fuerza bien avenidos (basta fijarse en la segregación racial o en el rechazo de Frankie por parte de las otras muchachas), un entorno del que Frankie quiere huir. En gran medida, este deseo, esta percepción peyorativa de la localidad, se fundamenta en las imaginaciones de Frankie, en el desprecio por lo conocido propio de esta etapa. Con todo, los acontecimientos demuestran que la amenaza existe, que este ambiente tiene un espacio simbólico oscuro, una realidad cruda, peligrosa para los más indefensos (no solo Frankie: la criada, que en un momento determinado cuenta su historia, ha padecido lo suyo). No todo es la boda: estos días Frankie vive otra experiencia trascendental, que, de nuevo, tiene su paralelismo con La balada del café triste. Hablando del malestar con el entorno, la autora acabó dejando su tierra natal, en Georgia, para instalarse en Nueva York, donde se relacionó con los intelectuales de la época.
Carson McCullers
Ámbito pequeño, realidad compleja. Esa podría ser la máxima de Carson McCullers, a quien se asoció a menudo con sus coetáneos Tennessee Williams, Katherine Anne Porter, William Faulkner y Eudora Welty, entre otros. Frankie y la boda se desarrolla en el tiempo pequeño de tres días, en el espacio pequeño de un pueblo, de una cocina, en las relaciones pequeñas de una muchacha, una criada y un niño, en el tema pequeño de una adolescente solitaria que emprende sin darse cuenta el camino tortuoso de hacerse adulta. Y, aun así, este reducido entramado, este ambiente doméstico, monótono, comprende una rica y fascinante vida interior. Carson McCullers, como la citada Natalia Ginzburg, posee una capacidad de observación extraordinaria para construir un relato a partir de la nada cotidiana, para expandir lo imperceptible, lo minúsculo, hasta convertirlo en una obra de múltiples capas que nos atañe a todos. La narración, precisa, sutil, incisiva, de una delicadeza que contrasta con la aspereza del lugar, revela poco a poco esa transformación progresiva de la protagonista. En suma: otra espléndida novela de una de las grandes escritoras del siglo XX.
Imágenes de la película homónima de 1952, basada en la obra y dirigida por Fred Zinnemann.

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