07 noviembre 2017

En el río del amor - Joseph Delteil



Edición: Periférica, 2017 (trad. Laura Salas Rodríguez)
Páginas: 136
ISBN: 9788416291564
Precio: 15,00 €

He aquí un libro extraño y sugerente: En el río del amor (1922), la primera novela del francés Joseph Delteil (1894-1978), escritor prolífico que cultivó sobre todo la poesía y cuya obra permanecía inédita hasta ahora en castellano. Esta ópera prima, precisamente, recibió elogios de André Breton y Louis Aragon, y si despertó el interés de estos autores es, por supuesto, por su naturaleza vanguardista. La historia, si se puede llamar historia, gira alrededor de un peculiar triángulo amoroso que, en plena Revolución rusa, mueve a los personajes de Siberia hasta Shanghái. Por una parte está Ludmila, una joven criada cerca del río Amur (juego de palabras con «amor», amour en francés), que desde muy temprana edad hizo demostraciones de su fuerte valor y temperamento, y se ha convertido en comandante de un ejército de mujeres zaristas. Por la otra, dos oficiales del Ejército Rojo, Borís y Nicolái, dos amigos que lo hacen todo juntos, que lo comparten todo, como si fueran hermanos. Y, juntos, se enamoran de Ludmila y desertan por ella. Solo que Ludmila no se deja compartir; ella elige a uno. El rechazo no le sienta bien al otro, claro.
Explicado de este modo puede llevar a engaño, porque el enredo es lo de menos en este libro. Más bien se trata de la dirección, la brújula que marca el curso de la narración; en su desarrollo, lo fundamental está en las imágenes singulares y evocadoras que retrata el autor a lo largo de este romance de alto voltaje. Descompone la historia en planos, uno por episodio, como si tomara una escena y la ampliara con una lupa para mostrarla con ese matiz de distorsión, de irrealidad, de los objetos aumentados. Este fenómeno sucede con Ludmila, la heroína, que no se representa como una mujer humana cualquiera, sino como un mito, un mito de valentía y arrojo, un mito de seducción suprema y aniquilación, que arrastra a los dos amigos hacia un devenir incierto. Ellos se dejan llevar, impulsados por la fuerza de Ludmila, aunque les cueste la vida. Esta es una novela sobre una fascinación que conduce a la tragedia, una novela en la que la pulsión amorosa se funde con la pulsión de la muerte; pasión intensa sobre un fondo insinuante.
Joseph Delteil
El río del amor tiene, además, el orientalismo característico de la literatura vanguardista y de las novelas coloniales que por aquel entonces estaban de moda. Este relato, que conjuga el amor con las aventuras por un territorio desconocido, lleva a los personajes a Shanghái y más tarde a Pekín: descripciones esplendorosas, con una adjetivación rica, metáforas grotescas e imágenes sugestivas. En el lenguaje de Delteil hay poesía y una imaginería poderosa que reviste estas páginas de un halo de fantasía, pero no como una fábula inocente, porque posee una dosis importante de erotismo y perversidad. Es más: el erotismo y la perversidad son dos elementos básicos de la obra. Algunas escenas, como el retrato inicial de la Ludmila niña, tienen un lado macabro que se plasma sin atenuantes. Se trata, en fin, de una novela tan distinta a lo que se escribe en la actualidad que la sola experiencia de leerla (y de adentrarse en otro universo creativo) ya resulta placentero. Literatura experimental en estado puro, urgente, rabiosa, con esas mezclas imposibles que sin embargo dan forma a una creación esmerada y pintoresca. Bien, muy bien.

06 noviembre 2017

La luz de la noche - Graham Moore



Edición: Lumen, 2017 (trad. Antonio Lozano Sagrera)
Páginas: 512
ISBN: 9788426404367
Precio: 20,90 €
Leído en versión original (The Last Days of Night).

Thomas Edison inventó la bombilla. Fin. Así nos enseñaron los descubrimientos científicos en el colegio: como una lista de nombres e inventos, sin apenas explicar el proceso por el que se llegó a tales hallazgos. Como si el invento siempre hubiera estado allí y, de repente, de la nada, un investigador lo hubiera reconocido. Esta concepción lineal (e insultantemente plana) de la historia de la ciencia, no obstante, poco tuvo que ver con la realidad. En la práctica, los progresos fueron el resultado de mucho esfuerzo, en el que no solo influía la capacidad individual del científico, sino factores externos como los intereses sociopolíticos detrás de cada investigación, los recursos disponibles y los conocimientos previos; en suma, se trataba, se trata, de un proceso (concepto clave) inseparable de su contexto social. Asimismo, aunque la imagen del científico brillante venda mucho, se produjeron investigaciones fallidas; de estas no se habla tanto, pero resultan indispensables para descartar opciones y, a la larga, avanzar. El universo científico tiene mucha más miga de lo que tradicionalmente se ha enseñado. No es tan neutral, tan objetivo como se pretende. Todo tiene su vertiente sociológica.
Este entramado en torno al invento es lo que cuenta La luz de la noche (2016), solo que lo hace en forma de una novela bien armada y (esa palabra temida) entretenidísima. Su autor, Graham Moore (Chicago, 1981), escritor y guionista, debutó en 2010 con El hombre que mató a Sherlock Holmes, que tuvo una acogida excelente en Estados Unidos; pero su mayor reconocimiento le vino con el guión de la película The Imitation Game (2014), por el que ganó el Premio Oscar al Mejor Guión Adaptado. Este filme versa sobre el matemático Alan Turing; y, en La luz de la noche, Moore vuelve a dar vida a grandes figuras de la ciencia, en este caso, a los involucrados en la conocida como «guerra de las corrientes»: Thomas Edison, Nikola Tesla y George Westinghouse, que a finales del siglo XIX mantuvieron una disputa acalorada sobre la patente de la energía eléctrica y su distribución. La novela aúna diversión (esto es, intriga, giros argumentales, romance, traiciones, pirotecnia; todos los ingredientes de un buen page-turner) con un fondo didáctico por su inspiración en hechos reales. La adaptación al cine está en camino (no podía ser de otra manera), con Eddie Redmayne en el papel principal.
Nueva York, 1888. El protagonista, el joven abogado Paul Cravath, recibe el encargo de defender al poderoso empresario Westinghouse frente al «mago» Edison, por entonces una celebridad, en su polémica por la patente de la bombilla. Muchos dan por perdido el caso, e incluso el propio Edison le advierte de que perderá. Aun así, él no se da por vencido: logra ponerse en contacto con Nikola Tesla, un ingeniero serbio muy excéntrico que fue despedido por Edison. Tesla empieza a trabajar para Westinghouse, pero su carácter no encaja y pronto desaparece del mapa. En medio del pastel, el abogado debe lidiar con las rarezas de Tesla y los problemas de la empresa Westinghouse mientras intenta dar con alguna pista en contra de Edison. En su peripecia conoce, además, a la cantante de ópera Agnes Huntington, con la que empieza una relación (tanto Cravath como Agnes existieron, al igual que los científicos). Le espera una aventura ardua entre laboratorios, conciertos y empresas...
Moore toma como marco la invención de la electricidad, que coincide con la irrupción de los Estados Unidos como futura potencia mundial. La novela se plantea como una película de acción (se le nota el oficio): plot-driven, capítulos breves, escenas visuales, ritmo trepidante, escritura ágil que sobresale en el diálogo, estructura redonda con inicio y cierre exactos. Y, como en toda película de acción, hay giros inesperados, momentos de alta tensión, la dosis justa de romance y personajes con roles prefijados (Cravath, el joven obstinado que madura a lo largo de la historia; Edison, el genio preocupado por las apariencias que al final resulta no ser tan malo; Tesla, el talento outsider, más interesado en trabajar en el laboratorio que en ganar dinero; Agnes, la aristócrata inalcanzable con secreto incluido, etc.). Todos tienen su papel, incluso los más secundarios, como el padre de Cravath o el sádico Harold P. Brown (inventor de la silla eléctrica). El autor sabe situar el contexto de manera clara, interrelaciona la trama con otros descubrimientos (como la radiografía) y las descripciones más «técnicas» se desgranan con la suficiente sencillez para que cualquier lector pueda comprenderlas sin dificultad. Es notable el uso que hace de las citas de numerosos referentes (hasta Steve Jobs) para encabezar los episodios; un trabajo extraordinario.
Graham Moore
No juega en la liga de la alta literatura, no hace filigranas ni poesía, pero La luz de la noche es una novela muy inteligente, un engranaje portentoso en el que las piezas encajan a la perfección (¡y no son pocas!). Moore saca el máximo partido a su material, se sirve de la documentación (bien camuflada) para construir un relato cuidado al detalle, un relato apasionante de leer que, por si fuera poco, no es un entretenimiento vacío: además de esbozar una perspectiva de la dimensión social de la ciencia, sus retratos de Edison, Tesla y Westinghouse conducen a una interesante reflexión sobre la naturaleza del genio y las múltiples formas de entender la ciencia (vocación, dinero, ambición). En concreto, Edison y Tesla resultan fascinantes; lo que hizo Tracy Chevalier con Vermeer en La joven de la perla, lo que hizo Peter Prange con Bernini y Borromini en La Principessa, lo hace Moore con estos inventores (un tema mucho menos explotado que el arte: más mérito aún). Este es el tipo de libro que enriquece la visión del lector sobre una figura o una situación histórica; la escena final plasma de manera espléndida esa sed insaciable del creador nato. Hay también otra reflexión, la de las derrotas legales que devienen triunfos en la vida… pero de esto mejor no decir nada más. Todo está en la novela, y sus quinientas páginas vuelan o, mejor dicho, se leen a la velocidad de la luz.

03 noviembre 2017

Mentira y sortilegio - Elsa Morante



Edición: Lumen, 2017 (trad. Ana Ciurans Ferrándiz)
Páginas: 1024
ISBN: 9788426404237
Precio: 34,90 €

Ni espero perdón ni deseo la simpatía de los demás. Solo pretendo ser sincera.

Ah, el viejo error: enamorarse de la persona equivocada. Enamorarse, y volverse loco, idealizar al amado, rendirle pleitesía, dárselo todo a cambio de nada, o, mejor, a cambio de sufrimiento. En paralelo, el enamorado se hace pequeñito, desgraciado, trastornado. Y el amado no es más feliz, no, se aprovecha de su posición dominante mientras bucea en sus propios delirios. Porque el viejo error no solo lo comete uno. En estas páginas lo cometen, como mínimo, los cuatro protagonistas: un cuadrado condenado a la desdicha. Descubrir a Elsa Morante (Roma, 1912 – 1985), una de las grandes escritoras italianas del siglo XX, produce la sensación de estar leyendo a alguien que no solo sabe mucho de literatura, sino de la vida, de la vida y sus misterios, de lo visible y lo invisible, de lo que se guarda con sigilo. Alguien que tiene picardía. Mentira y sortilegio (1948, Premio Viareggio) es la primera de sus novelas más importantes, a la que siguieron La isla de Arturo (1957, Premio Strega), La historia (1974) y Araceli (1982). Su editora, y lectora cero, fue Natalia Ginzburg, que la publicó en la prestigiosa Einaudi.
Mentira y sortilegio tiene alma de clásico. No solo por ese viejo error, tema universal e imperecedero donde los haya, sino por su propia construcción, que remite al siglo XIX: novelón extenso; hilo argumental que abarca toda la existencia de los personajes, desde la infancia hasta la muerte; episodios con subtítulos a modo de adelanto; realismo, si bien con un punto un tanto ilusorio; narradora no confiable, conocedora de los hechos a través de otros, como en Cumbres borrascosas. En lo que no resulta decimonónico es en el contexto social: la Italia de principios del siglo XX, en una pequeña ciudad del sur, en un barrio humilde, con toda su tosquedad y su miseria. La narradora, que no la protagonista, se llama Elisa (que suena a Elsa, como si Morante se hiciera un guiño a sí misma). Esta Elisa, que se dirige directamente al lector, juguetona, reconstruye la historia de los cuatro personajes que han estado ligados a ella, que de algún modo han marcado su devenir desde antes de su nacimiento. Conforman algo así como su singular herencia sentimental; un repaso a la generación anterior que lleva a cabo (y lo revela desde el principio) cuando sus protagonistas ya han fallecido.

El futuro y el pasado, en efecto, son dos territorios de niebla y de vértigo que los vivos pueden explorar solo con la fantasía y con la memoria; pero quizá la fantasía y la memoria sean meros instrumentos de la ilusión, y es solo un juego engañoso el que hace creer al hombre que el pasado se deja atrás y el futuro aguarda más adelante. En realidad, el hombre avanza sobre un círculo inmóvil, cerrado desde el principio, y el pasado y el futuro acaban siendo lo mismo. ¿Para qué explorar esta morada de la muerte? El mismo intento de sondearla produce angustia y náusea, como cuando nos asomamos a un precipicio.

Dos de esos personajes son sus progenitores: su madre, Anna, morena y delgada, una mujer muy bella en sus tiempos, hija de una maestra y de un hombre de buen linaje pero repudiado por los suyos, por lo que Anna se crió en la pobreza; y su padre, Francesco, el Carapicada, moreno, robusto, hijo de campesinos, un estudioso con aspiraciones que se marchó a la ciudad. Ambos esconden la insatisfacción profunda de quien reniega de sus orígenes pero no logra abrirse camino. Podría pensarse que Anna y Francesco tuvieron una historia sentimental de esas de chico conoce a chica, se enamoran, se casan y tienen una hija. Eso sería factible para quien solo observa lo evidente, lo fácil, pero ya advertí que Morante sabe mucho… En su juventud, Anna y Francesco no estuvieron solos. Hubo otras personas, personas que nunca se marcharon del todo, que establecieron lazos de distinta naturaleza y presión con ellos. Por un lado, Edoardo, el primo de Anna: un rubio de bucles hermosos criado entre algodones en una familia adinerada, encantador, consentido, egoísta, manipulador y, además, reprimido. Él será el vínculo entre todos, el personaje que ejerce fascinación tanto en Anna como en Francesco (sí, en él también: la amistad con un joven rico, al que se considera «superior», puede resultar muy golosa); y Edoardo, a su vez, por ellos. Completa el cuadro Rosaria, la última en este comentario y la última asimismo en la novela, porque la pobre parece el bulto con el que nadie quiere cargar: una chica de baja estofa pero más vivaracha que Anna y Francesco, rolliza, con el pelo rizado, generosa y espontánea. Ella fue la que se ocupó de Elisa tras la muerte de sus padres; la última, la más discreta, puede acabar siendo decisiva.
Anna, Francesco, Edoardo, Rosaria: los cuatro protagonizan un enredo que se prolonga décadas, con muchas idas y venidas. El quid no está en lo que ocurre sino en cómo ellos se perciben a sí mismos y a los demás (y cómo lo cuentan), es decir, las mentiras y sortilegios en los que el enamorado cae en su estado de exaltación; las pasiones son intensas y fatales. Pongamos que dos personajes se conocen, se gustan y comienzan una relación. Con el tiempo, uno pierde el interés, mientras que el otro está más entregado, más obnubilado que nunca. Ah, el amor descompensado. Con este planteamiento arquetípico, Elsa Morante hace oro: desmenuza los entresijos de las relaciones tóxicas con maestría y sutileza; nunca dice «fulano está desesperado», pero muestra (es una gran narradora) esa desesperación. Es habitual que los personajes silencien sus verdaderos afectos, lo que obliga al lector a leer entre líneas, a descifrar a quién ama cada uno y por qué actúa como actúa. El amor produce un efecto perverso: les nubla la vista, les hace creer que su amado es superior, mientras que les lleva a despreciar (y, a veces, a aprovecharse) de quien les quiere bien. Los sentimientos derivan en locura, obsesión, trastorno. El intercambio amoroso es un juego sucio. Un embrujo.

Pero ¿qué felicidad era esa? La de ser quien era. El fuego y el resplandor con que cubrimos a la persona amada nos parecen virtudes suyas y no engaños nuestros. No sabemos concebir a esta persona más que adornada permanentemente de este fuego y de este resplandor, como Narciso, tan amante de sí misma cuanto nosotros lo somos de ella. Y si la amargura de cada conquista, incluso la más afortunada, es el vano deseo de ser una cosa sola con el otro, ¿la última consecuencia de este deseo no es precisamente la loca pretensión de dejar de ser uno mismo y convertirse en el otro, buscando, gracias a esta metamorfosis, la posesión y el descanso? Y si esto vale para los amantes afortunados, los desafortunados conocen además el odio hacia sí mismos. Odio por la propia persona, fea —mientras que la otra es hermosa—, oscura —mientras que la otra es luminosa— e inquieta —mientras que la otra es indiferente e impasible como los dioses.

El punto de vista constituye una pieza fundamental en el armazón de esta novela. Fun-da-men-tal. Elisa no vivió esta historia; solo en parte, cuando era niña, con todo lo que esto implica: la fantasía de la mirada infantil, material cien por cien Morante, que reutilizó y amplificó en su obra maestra, La isla de Arturo —y que su heredera Elena Ferrante aprendió con matrícula de honor—. El niño crea héroes y villanos, príncipes y damas donde en realidad solo hay gente desdichada y gris; es la gracia de esta perspectiva, que convierte una novela costumbrista en algo más sugerente que el olor a cocina. Elisa, por lo demás, relata lo que le han contado, lo que ha oído, lo que otros han tergiversado. Lo que ella misma tergiversa, porque no es ni pretende ser objetiva. La narración está condicionada por el grado de familiaridad con los personajes y su percepción íntima de cada uno: por ejemplo, reconoce su fascinación por su madre, que le impide mostrarse crítica con ella (el lector, en cambio, sí lo será), mientras que su desconocimiento del primo Edoardo conlleva elisiones en las partes relativas a él. Si Edoardo hubiera podido explicarse, la imagen de él que tiene Elisa sería bien distinta; el público puede conocerlo entre líneas. La narradora, además, remite a los grandes contadores de historias de antes, con sus adelantamientos de la acción, las pistas, las llamadas de atención al lector. Tiene una voz narrativa traviesa, puro brío.
No solo del amor romántico vive Mentira y sortilegio: las madres de los personajes, y la propia Anna como madre de Elisa, ocupan un papel trascendental, tanto por su relación con los hijos como por cómo afecta a estos la actitud que sus progenitoras han tomado con ellos desde su nacimiento. Hablando claro: algunas madres sufren un delirio similar al del enamorado, miman a sus hijos en extremo, los cuidan con devoción, se someten con gusto a ellos, tanto porque los consideran pequeños príncipes (Edoardo) como porque ven en ellos a alguien que logrará hazañas (Francesco); bien pensado, ambas opciones vienen a representar lo mismo. En el lado opuesto están las madres frías, tiranas, para quienes los niños suponen una carga; se trata del caso de Anna, como hija y como madre. Elisa, no obstante, no le tiene en cuenta los desprecios y, como si quisiera ganarse su afecto ante todo, la idolatra mucho más que a su padre, más tierno con ella. Elsa Morante escribe sobre maternidades descarnadas, una por esclava, la otra por cruda; ambas duelen a su manera («¿Qué mujer te defenderá como tu madre? La madre defiende su carne, el corazón de su cuerpo. Sufre más la Virgen a los pies de la cruz que el Hijo crucificado.», p. 578).

El drama de mi infancia se me presenta hoy como un libro que de niños nos pareció incomprensible, y después se fue revelando más claro y simple a nuestra mente adulta. Veo todos sus símbolos y señales impresos en la mente, y hoy mi experiencia traduce el verdadero significado de muchos de los que entonces me parecieron absurdos o misteriosos. Semejante claridad recién estrenada transforma la antigua escena. La ciudad de mi infancia ya no me parece la misma, aunque en realidad lo sea, donde hasta ahora se han desarrollado las vicisitudes de mis personajes. Desde el momento en que me he adentrado en mi casa natal, una luz penetrante y fría ha invadido sus calles; es la luz de mi primera casa y de sus habitaciones llenas de muerte. Ahí los recuerdos, como animales en letargo, se estremecen a mi llamada, y se acercan a mí con pasos sigilosos y fúnebres. Me fijan con sus miradas falsas y mansas, de rechazo y remordimiento. Ninguna ayuda me queda, ningún remedio fuera del triste sueño.

Esta gran novela es asimismo un retrato excelente de la sociedad italiana del sur en las primeras décadas del pasado siglo. En concreto, de sus estratos más humildes: salvo el primo, todos los personajes proceden de entornos donde reina la escasez y la mayoría de sus habitantes son analfabetos, más proclives a las supersticiones y a la fe católica; un ambiente, en suma, que predispone al endurecimiento del carácter, como le ocurre a Anna. Francesco encarna una rareza en el mundo rural: un chico que tiene la oportunidad de ir a la universidad, eso sí, con sacrificios por parte de sus padres. La pobreza, sobre todo a raíz del matrimonio de Anna y Francesco, de la convivencia, acrecienta el malestar de la pareja: las estrecheces generan tensión por sí mismas, pero, por si fuera poco, incitan a pensar continuamente en el pasado, en los errores, en lo que podría haber sido. Y, claro está, la rabia se paga con el cónyuge, en quien cada uno proyecta sus frustraciones. En este sentido, el libro da pie a un análisis sociológico acerca de cómo la degradación por las carencias influye en el desgaste psicológico individual y como pareja.
Elsa Morante
Elena Ferrante dijo que descubrió la gran literatura leyendo a Elsa Morante, a la que no ha dejado de citar en las entrevistas. Aunque tienen sus diferencias (el elemento «mítico» de la mirada infantil está más acentuado en Morante, así como el carácter, el ardor de la voz, mientras que Ferrante resulta más comedida en el tono, más analítica), ambas comparten su vocación por las novelas de gran alcance, sí, esas novelas extensas que se escribían antaño y que ellas decidieron continuar. Porque en literatura no se trata necesariamente de innovar: también se puede continuar un linaje, enriquecerlo, darle las sugestiones de otro periodo y sociedad, como quien vuelve a pintar una habitación antigua pero querida. En la obra de Morante, en Mentira y sortilegio, tenemos historias apasionantes y apasionadas, tenemos personajes que se doblan y se desdoblan, poliédricos, tenemos una narración febril de escritora entregada a su particular amor, la creación literaria. Estas cuatro vidas, estos personajes que se destruyen, son excepcionales; y la narradora, la brillante Elisa, esa pizca de sal imprescindible para dar sabor al plato. Quizá las mil páginas sean excesivas, pero un libro de esta altura se encuentra muy, muy pocas veces. Palabra.
Citas en cursiva de las páginas 21, 338, 421 y 637 (de la edición de 2012).

02 noviembre 2017

Amor libre - Ali Smith



Edición: Gatopardo, 2017 (trad. Marta Alcaraz)
Páginas: 166
ISBN: 9788494510083
Precio: 16,95 € (e-book: 9,99 €)

La escocesa Ali Smith (1962) es una de esas escritoras de enorme talento, ingeniosas y creativas, que coleccionan premios y nominaciones en el mercado en inglés, pero que sin embargo permanecen un tanto ignoradas en nuestro país. Alfaguara le publicó dos novelas en su momento, Hotel World (2004) y Accidental (2007), que pasaron desapercibidas. Los que seguimos la actualidad literaria anglosajona hemos visto cómo su prestigio (y su ambición) iba en aumento, mientras que por aquí seguía siendo una desconocida. Porque, además, no es una autora «fácil»: tiene un estilo portentoso y dúctil, que gusta de experimentar, como sus coetáneas Jeanette Winterson y Rachel Cusk. Recientemente, han tenido que ser dos editoriales pequeñas, Raig Verd en catalán y Gatopardo en castellano, las que apostaran por ella a pesar del riesgo que supone. Esta última ha recuperado Amor libre (1995), su primer libro, una compilación de relatos que fue su carta de presentación en el mundo literario.
Es importante acercarse a este libro teniendo en cuenta que la Ali Smith que lo escribió no es la misma que ahora, o, en otras palabras, que desde entonces su narrativa ha madurado mucho. Su debut poco tiene que ver con la formidable How to Be Both (2014), por ejemplo, si bien los cuentos ya insinúan el potencial de la autora y su vocación de utilizar el lenguaje con plasticidad, tanteando con la forma, explorando posibilidades. Amor libre encaja en lo que se suele esperar de una ópera prima: buen estilo, textos pulcros, ejercicios y ciertas resonancias autobiográficas. Correcto, pero nada excepcional. Por identificar un hilo temático, los relatos evocan la vida de la juventud británica blanca del último tercio del siglo XX, con especial hincapié en el despertar sexual y la homosexualidad liberada, dos temas que la autora ha seguido cultivando a lo largo de su carrera. Abundan asimismo las referencias musicales y cinematográficas; se puede decir que está muy vinculada a su tiempo, a su generación («Eran tiempos locos, a todo el mundo le tocan sus tiempos locos», p. 44).
«Amor libre», con el que comienza la compilación, narra la insólita primera experiencia sexual de una adolescente escocesa: nada menos que con una prostituta en Ámsterdam. Se trata de un cuento sencillo en apariencia (primera persona, realista, sin complicaciones ni enredos), que no obstante resulta muy pertinente por la naturalidad (y la ternura) con la que aborda un asunto, el lesbianismo, que todavía seguía siendo (¿sigue siendo?) un tabú. La narradora dice: «estábamos besándonos en el centro de Ámsterdam y nadie prestaba la menor atención» (p. 17). Solo necesita esta afirmación tan llana, tan limpia, para revelar toda la represión padecida hasta ese momento, hasta ese viaje de descubrimiento. A menudo es en la narrativa más próxima a la vida, a las situaciones corrientes del día a día, contadas sin alardes, donde mejor se representa la violencia institucional, esas tensiones invisibles, minúsculas en apariencia, que nadie parece advertir pero condensan un problema de gran alcance.
En una línea similar, a veces con una construcción algo más compleja, hay relatos como «Uno rápido», el encuentro para tomar un café con una ex pareja, en el que el presente se funde con los recuerdos de la intimidad compartida en un monólogo de frases largas, elegantes, ramificadas; «Tocar madera», la peripecia de dos chicas de viaje; «Terrorífico», una reunión de dos parejas jóvenes, con sus respectivas complicidades (y excentricidades); «De doblar y desdoblar», el desconcierto de los hombres ante la ropa interior femenina; o «El mundo con amor», otro reencuentro con una amiga, que suscita un recuerdo de su época de estudiante, narrado en un «tú» intenso y contenido. He aquí un universo fresco y joven y vital. Más que «historias», Ali Smith capta impresiones, atmósferas, sensaciones; sobresale más por sus observaciones inteligentes que por elaborar una trama intrincada. Es más una estilista fina que una narradora de raza (y esto también se le nota en las novelas).
Ali Smith
Algunos relatos tienen un matiz desconcertante, como «Jenny Robertson, tu amiga no viene», con una reacción un tanto surrealista después de que unas amigas vayan a ver una película, y «Todos los días pasan cosas increíbles», en el que una niña hace un amigo inesperado. O «Al cine», uno de los más hermosos, que narra, con puntos de vista alternos, el enamoramiento platónico entre un espectador de cine antiguo y la chica que rompe las entradas. Los que dejan un poso de tristeza, por evocar sendos duelos, son «Hierro frío», la muerte de la madre, y «Universidad», de la hermana, que lleva a la protagonista a dispersarse tras vagar por donde ella estudió. No obstante, mi preferido es el de tema libresco: «Lectura del día», una bella imagen de una chica lectora, un cuento de una concepción más soñadora que la mayoría. En suma, estamos ante un buen libro de relatos, una mirada lúcida, con voz propia y una escritura atenta y concienzuda. Con sensibilidad, también, pero sin cursilería ni afectación. Siempre vale la pena leer a Ali Smith. Sí, incluso a esta principiante Ali Smith.

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