17 agosto 2017

El verano infinito - Madame Nielsen



Edición: Minúscula, 2017 (trad. Blanca Ortiz Ostalé)
Páginas: 128
ISBN: 9788494534898
Precio: 18,00 €

Entre las propuestas más singulares de este 2017 se encuentra, sin lugar a dudas, El verano infinito (2014), la primera novela traducida al castellano de la polifacética artista danesa Madame Nielsen, que también cultiva las artes plásticas, musicales y teatrales, y es una activista social muy comprometida con los refugiados. Esta autora nació con el nombre de Claus-Beck Nielsen (1963), una identidad que mantuvo durante casi cuatro décadas, hasta que en 2001, coincidiendo con el nuevo milenio, decidió dejarla atrás y más tarde reapareció con la imagen de Madame Nielsen, que le permite explorar su feminidad, no solo en la creación artística, sino en todas las facetas de la vida. «Me interesaba la idea de que ser hombre fuera una posibilidad, no un destino», explica en una entrevista. La primera frase de El verano infinito, que se repite como un eco a lo largo del libro, ya insinúa este juego de identidades («El chico joven, que tal vez sea una chica, pero que aún no lo sabe»). Pero su singularidad no termina ahí.
Nielsen sigue las vivencias de un grupo de personajes que aman y viven con intensidad, algunos muy jóvenes, otros no tanto, pero todos dispuestos a exprimir el momento, venciendo los miedos, venciendo las dudas, en un «verano infinito» que parece detener el orden de las cosas y dar rienda suelta a lo desconocido. En primer lugar, «el chico que tal vez sea una chica, pero que aún no lo sabe», un chico frágil, delgado, artista, que coquetea con el ambiente bohemio, con toda la inestabilidad que conlleva. Su amiga, la chica, una muchacha con una historia familiar un tanto enredada, que la llevó a criarse lejos de su tierra, bajo el sol de Canarias, una chica que se mueve entre el chico bohemio y otro, un chico torneado que guarda un secreto. La madre de esta chica, que la tuvo muy joven, luego tuvo más hijos con otro hombre y ahora empieza un romance con un portugués menor que ella; una mujer que no renuncia al amor, a la pasión, que se deja llevar, que ya no tiene los miedos de los jóvenes. Ellos son los protagonistas de una novela en la que, sin embargo, el peso no está en la acción sino en algo que podríamos llamar vaivén, porque nada ni nadie avanza en línea recta.
Madame Nielsen
El verano infinito es, un poco a la manera de Marcel Proust, una indagación en la memoria, escrita con ese estilo torrencial del fluir de la conciencia en el que la forma neutraliza más que nunca la historia, y la inexactitud del recuerdo se instala en la narración. Párrafos de varias páginas, frases largas, ramificadas, musicales; una voz elegante y delicada que no da tregua y arrastra al lector en su cadencia, su tempo, porque, pese a estar escrita en prosa, tiene mucho de composición poética. ¿El tema? Nada menos que el «verano infinito» como espacio simbólico, como el tiempo de las posibilidades, el espíritu de la juventud en el que aún está todo por hacer. Momentos fugaces que no obstante devienen eternos. Y, también, el tiempo de la muerte (real y simbólica) que pone fin a las ilusiones como una bofetada. Todos estos personajes que aman y viven terminan heridos, lastimados por el final de su particular verano. Como suele suceder en las obras de esta naturaleza, la novela es densa, con algunos excesos que por momentos empalagan y dispersan la atención. Aun así, bajo esa espesura resuena un relato evocador y nostálgico, íntimo y apasionado, suficiente para que compense llegar hasta la última página.

16 agosto 2017

Jardín de Invierno - Valerie Fritsch



Edición: Alianza, 2016 (trad. Eduardo Gil Bera)
Páginas: 152
ISBN: 9788491044963
Precio: 14,50 € (e-book: 10,99 €)

Hace tiempo, alguien que sabe mucho de creación literaria me dijo que, a ciertas edades, se suele ser demasiado joven para la narrativa. Recalco esta palabra, «narrativa», porque en este caso se diferencia a conciencia de «literatura». No es de extrañar, siguiendo esta pauta, que muchos autores cultiven la poesía a los veintitantos y más tarde prueben con la novela. El lenguaje de la poesía no es el mismo que el de la narrativa, por mucho que exista la prosa poética; el tempo de una novela, así como su composición y el desarrollo de sus personajes, difieren por completo de las exigencias de un poema. Escribo esta introducción porque he aquí un claro ejemplo de libro maravillosamente escrito, en el que no se puede objetar nada a la técnica, que, sin embargo, como novela no funciona. Se puede abrir por cualquier página al azar y el lector encontrará un párrafo, una frase, una imagen potente, producto de un estilo esmerado; no obstante, leído desde el principio, la narración se atasca por su recargamiento.
Jardín de Invierno (2015), segunda novela de la escritora y fotógrafa austríaca Valerie Fritsch (Graz, 1989), galardonada con el Premio de Literatura Peter Rosegger (los países germanos valoran mucho a los autores jóvenes), gira alrededor de un personaje llamado Anton Invierno, un chico criado en una singular colonia jardín de tintes místicos, lejos de la civilización urbana, protegido por su numerosa familia y a salvo de malas influencias. Un buen día, Anton Invierno decide marcharse a la ciudad, donde, al fin, conoce el mundo… o, lo que es lo mismo, conoce a una mujer y se enamora, mientras el resto de la gente espera el fin de la humanidad. El planteamiento, sobre todo en la descripción de la colonia jardín en el primer capítulo, recuerda un poco a Las efímeras (2015), de Pilar Adón, por el clima de aislamiento y por el lirismo de la prosa; pero, más allá de eso, la construcción de la historia es muy distinta.
A grandes rasgos, la autora da forma a una alegoría sobre todo aquello que abandonamos, como personas y como sociedad, contada con un estilo poético y muy evocador que me recordó al Alessandro Baricco de Seda. El apocalipsis es la culminación, pero a lo largo de todo el libro abundan las digresiones sobre el pasado, en concreto, sobre el hecho de dejar atrás la infancia, de perder la inocencia, que en el caso de Anton Invierno va ligado al abandono de la comunidad. Estas últimas disquisiciones, a propósito, entroncan con el neorruralismo y los conflictos de identidad contemporáneos: el viaje (real o simbólico) de la ciudad al campo en busca de sentido, la condición de generación sin destino prefijado por la falta de oportunidades, la pérdida de rumbo individual y colectivo. Tiene, hay que decirlo, fragmentos muy buenos, que muestran a la perfección esa incertidumbre de la juventud actual ante el futuro (disfrazada, eso sí, de aires de cuento mágico: no vamos a encontrar un retrato costumbrista, sino que más bien obliga a leer entre líneas).
Valerie Fritsch
Pese a todo, ya lo he dicho: esa voz maravillosamente poética acaba resultando un lastre. Un lastre importante. Frases encadenadas, búsqueda constante de preciosismo, acumulación, excesos, reiteraciones. Afectación. Ese tono se sostiene una página, un capítulo, pero no una novela entera. No solo se pierde la tensión narrativa que anima a seguir leyendo, sino que tanto primor en cada imagen particular termina por crear una sensación de dispersión en el conjunto. Dicho de otra manera: es como estar dando vueltas en un círculo de imágenes e ideas que se repiten; no hay una línea de progresión (que no tiene por qué consistir en una «trama» con mucha acción, sino, tan solo, en un texto más preciso en el que la emoción vaya in crescendo y no se pierda en los rodeos). En general, Jardín de Invierno está concebido como un libro demasiado «etéreo»; le falta vida, y sin duda habría funcionado mejor como un relato breve.

15 agosto 2017

La librería - Penelope Fitzgerald



Edición: Impedimenta, 2010 (trad. Ana Bustelo)
Páginas: 192
ISBN: 9788493760144
Precio: 18,40 €

«Dicen por ahí que está usted a punto de abrir una librería. Eso significa que no le importa enfrentarse a cosas inverosímiles» (p. 20). Este comentario, entre jocoso y desconcertante, se dirige a Florence Green, una mujer viuda de mediana edad que decide reinventarse y montar una librería. Corre el año 1959, y el lugar elegido no es otro que el pequeño pueblo de Suffolk donde reside, un rincón perdido de la costa inglesa que a ratos parece apartado del mundo. La protagonista tiene un proyecto cultural y cívico, alejado de los circuitos predominantes en la ciudad, pero no todos los vecinos lo entenderán así. Esta historia, por retorcida que pueda parecer, está inspirada en las vivencias de la propia Penelope Fitzgerald (Lincoln, 1916 – Londres, 2000), que trabajó como librera en la zona y con La librería (1978), su segunda novela, consiguió ser finalista del Premio Booker. Recientemente, Isabel Coixet ha dirigido su adaptación al cine, cuyo estreno está previsto para noviembre de este año.
Florence pronto incorpora a una ayudante, Christine, nada menos que una niña de diez años («A los diez años y medio tenía la certeza, quizá por última vez en su vida, de cómo había que hacer las cosas exactamente», p. 93). Penelope Fitzgerald plantea de este modo una relación intergeneracional un tanto extravagante entre dos personas que se sienten incomprendidas por su entorno: por una parte, la pequeña es una mujercita demasiado madura para su edad, aunque al mismo tiempo todavía no está corrompida por los pesares de la vida, todavía conserva la ingenuidad, la ternura; en cuanto a Florence, es significativa la apuesta por una protagonista que ya no es joven ni tiene a su compañero pero no por ello ha renunciado a sus sueños («Abrir la tienda producía en Florence, cada mañana, la misma sensación cargada de promesas y oportunidades futuras», p. 101). El punto de partida de la novela, la decisión de montar una librería en un momento en el que los demás pensarían que ella ya está de vuelta de todo, resulta inspirador por cuanto reivindica la independencia de una mujer en una etapa vital poco representada en literatura. Los personajes, a los que hay que añadir algunos vecinos, son sin duda de lo mejor del libro: todos tienen una vertiente tragicómica.
El primer conflicto para Florence llega con la decisión de vender Lolita, de Vladimir Nabokov, que se había publicado en 1955 («No lo entenderán, pero será mejor así. Entender las cosas hace que la mente se vuelva perezosa», p. 120). Naturalmente, el escándalo no se hace esperar. Aunque a menudo se hable de La librería como de un bookish book (en parte, lo es), la autora, más que buscar una celebración inocua de los libros y la lectura, plantea una crítica social acerca de cómo el grupo hegemónico (representado por los miembros conservadores de la comunidad, un pueblo cerrado, poco receptivo a los cambios) puede aniquilar las iniciativas que van a contracorriente (abrir una librería como un acto de rebelión, por su falta de ambición económica, por su interés en divulgar obras controvertidas, por su simple condición de rara avis). No, La librería no es la historia simpática y amable que puede parecer de entrada, por mucho que derroche simpatía y amabilidad en su tono.
Penelope Fitzgerald
La librería se puede definir como una comedia de costumbres agridulce. Con su humor inglés característico, sus personajes un tanto excéntricos, el estilo ingenioso y delicado de Penelope Fitzgerald; pero, no obstante, con un halo de nostalgia que nos advierte que no se dirige hacia el consabido final feliz. Aun con sus aciertos, después de haber leído otros libros de la autora —en concreto, El inicio de la primavera (1988) y La flor azul (1995), ambos deslumbrantes—, se me hace difícil calificar esta novela de excelente. El talento de la autora se deja entrever en los diálogos y las observaciones mordaces, pero ni el alcance de la obra ni su desarrollo están a la altura de sus títulos posteriores. Tiene menos ambición, está concebida como una propuesta mucho más sencilla, y queda la sensación de que se le podría haber sacado más partido. De todas formas, siempre es un placer leer a una escritora de la talla de Penelope Fitzgerald.
Imágenes de la película basada en el libro, The Bookshop (2017).

14 agosto 2017

Lejos del mundanal ruido - Thomas Hardy



Edición: Alba, 2011 (trad. Catalina Martínez Muñoz)
Páginas: 579
ISBN: 9788484281559
Precio: 28,50 € (e-book: 9,99 €)

A lo largo de su carrera, Thomas Hardy (Dorset, 1840 –1928) dio forma a un corpus literario muy personal de novelas que recrean el campo del condado en el que se crió, rebautizado en la ficción como Wessex. No ofrece una perspectiva idílica del mundo rural, sino que más bien se le conoce por sus personajes desdichados y el pesimismo reinante de títulos como Los habitantes del bosque (1887), Tess, la de los d’Uberville (1891) y Jude el Oscuro (1895), influenciados por sus lecturas de Charles Darwin y Arthur Schopenhauer. En este sentido, Lejos del mundanal ruido (1874), uno de los primeros libros de la serie, puede considerarse, como señala la contracubierta de esta edición, «la más amable de sus obras maestras». No, todo lo que acontece aquí no es hermoso; los personajes conocen el infortunio, la degradación y la muerte. El entorno, con sus rígidas costumbres, a menudo se vuelve en contra de los intereses individuales. Aun así, es posible percibir la esperanza en el futuro. Y, también, el humor inteligente, que salpica la historia con una fina ironía y referencias cultas (como Shakespeare y la Biblia, tan frecuentes en la literatura decimonónica).
Bathsheba Everdene: mejor soltera

Hasta que conoció a […], se había sentido orgullosa de su posición como mujer: era una bendición para ella saber que sus labios no habían sido tocados por ningún hombre en la tierra, que su cintura jamás había sido rodeada por los brazos de un amante. Ahora se odiaba a sí misma. En otro tiempo había albergado un secreto desprecio por las muchachas que se convertían en esclavas del primer hombre guapo que les dijese algo. Nunca le había agradado la idea del matrimonio en abstracto, como a la mayoría de las mujeres a quienes conocía. Sumida en un torbellino de pasión por su amante, había aceptado casarse con él, pero, incluso en los momentos más felices, sentía que se había sacrificado, en lugar de ganar y recibir honores.

Narrada en tercera persona, Lejos del mundanal ruido dista mucho de ser una novela de un solo personaje (de hecho, incluso los protagonistas son dejados de lado cuando la trama requiere prestar atención a los secundarios); con todo, en el centro del conflicto hay una mujer, Bathsheba Everdene, una joven de armas tomar que ha sido señalada como una heroína precursora del feminismo y que el autor compara con la diosa Diana. En su primera intervención, llega al pueblo para instalarse con su tía y apenas tiene dinero para pagar el peaje (la ayuda Gabriel Oak, un pastor de la zona), aunque, eso sí, se muestra orgullosa y no flaquea ante la adversidad, tiene un temperamento que pocos soportan («El defecto más emblemático de esta mujer era su excesiva dureza al criticar y su escasa tendencia a elogiar», p. 228). Sin embargo, pronto su suerte cambia: hereda la granja más importante de la localidad y de la noche a la mañana se convierte en una próspera propietaria. Es extraño, ver a una chica al mando de una propiedad; pero Bathsheba, terca, está dispuesta a sacarla adelante sin ayuda.
«Es difícil para una mujer definir sus sentimientos en un lenguaje creado principalmente por el hombre para expresar los suyos» (p. 512), escribe Hardy, que no obstante analiza a la perfección la psicología del personaje, las contradicciones que entraña el amor, en unas reflexiones que siguen vigentes. Bathsheba tiene una particularidad: no quiere casarse. Como algunas solteronas de Henry James, valora demasiado su independencia y su libertad como para renunciar a ellas por un esposo: «No sé por qué ha de buscar marido una muchacha que tiene la valentía suficiente para librar sus propias batallas y no desea un hogar» (p. 228). Aun así, la protagonista no es indiferente a los encantos del sexo opuesto, por lo que no tarda en atarse a un hombre. Esta unión, no obstante, no será para ella la culminación de sus deseos ni un final feliz, sino un aprendizaje: el descubrimiento de que incluso una chica autosuficiente como ella puede perder el norte y rebajarse por la fiebre amorosa. Después, claro, espabila… Y adopta otra perspectiva, más racional y menos ardorosa, del amor.
Tres pretendientes, tres modelos de amante

Era el suyo ese afecto sólido que surge (si es que llega a surgir) cuando al conocerse dos personas descubren primero los aspectos más ásperos de sus respectivos caracteres y desconocen los mejores hasta mucho después, mientras el amor va creciendo en los intersticios de una dura masa de realidad prosaica. Este tipo de camaradería, que suele darse como resultado de la coincidencia de intereses, rara vez se superpone al amor entre hombres y mujeres, pues éstos se unen, no en el esfuerzo, sino meramente en el placer. Cuando, no obstante, una feliz circunstancia permite que prospere, este sentimiento mixto resulta ser el único amor que ni el agua puede saciar, ni las inundaciones pueden anegar; en comparación con él lo que normalmente entendemos por pasión resulta evanescente como el vapor.

Tres personajes se cruzan en el camino de Bathsheba, tres ejemplos de la excelente caracterización de Hardy, que no solo ahonda en sus caracteres, sus virtudes y defectos, sino que analiza con minuciosidad las particularidades de la relación de Bathsheba con cada uno de ellos, cómo se modifica su rol en función del interlocutor. Con el primero, Gabriel Oak, se produce una inversión de posiciones nada más empezar el relato: mientras que ella se enriquece, él pierde sus pertenencias, por lo que le pide trabajo, cabizbajo. El pastor Gabriel Oak encarna al héroe dickensiano, un tipo honrado, trabajador infatigable y leal, pero, en el fondo, un perdedor: no posee un gran atractivo, no consigue ascender de clase a pesar de su empeño, y la diferencia de rango (propietaria y empleado) le impide cortejar a la protagonista. Es asimismo un hombre discreto, precavido; unas cualidades que no ayudan a llamar la atención: «Hay una locuacidad que no dice nada, y ésa era la de Bathsheba; hay un silencio que dice mucho, y ése era el de Gabriel» (p. 224). Con él, Hardy representa el amor que se cuece a fuego lento, que está en las pequeñas acciones cotidianas y no en la pasión encendida; un amor práctico y estable entre amantes que son, ante todo, compañeros de vida.

Los defectos de Troy se hallaban bien ocultos a los ojos de una mujer, mientras que sus cualidades se revelaban en la superficie; contrastaba en esto con el hogareño Oak, cuyos defectos eran patentes incluso para un ciego, mientras que sus virtudes eran metal oculto en una mina.

En segundo lugar, el sargento Troy personifica al héroe romántico por excelencia: un joven atractivo y seductor, que trae de cabeza a las mujeres; atracción sexual en estado puro. Tampoco tiene una buena posición, pero lo compensa con su labia y su físico privilegiado; de hecho, aspira a triunfar tanto en los placeres terrenales como en la esfera social, y gracias a sus ardides lo consigue sin esfuerzo. Donde Oak es paciente y sacrificado, Troy se muestra arrebatado y caprichoso, «un hombre para quien los recuerdos resultaban una carga y la anticipación algo superfluo. Limitándose a sentir, pensar y preocuparse de lo que tenía delante de sus ojos, sólo era vulnerable en el presente» (p. 253). Con él entra en escena Fanny Robin, una criada con la que tiene escarceos, una subtrama interesante tanto por sí misma (se tocan temas «inmorales» para la época) como por la contraposición de dos perfiles femeninos: la poderosa Bathsheba frente a la débil Fanny… aunque a veces las apariencias engañan, y Fanny, en su modestia, demuestra valor. Troy, en suma, puede parecer un mero vividor, pero Hardy enriquece su persona con un giro dramático que le permite enseñar otra faceta.

Bathsheba amaba a Troy como sólo las mujeres independientes son capaces de amar cuando renuncian a su independencia. Cuando una mujer fuerte se despoja imprudentemente de su fuerza, es peor que una mujer débil que jamás ha tenido fuerza de la que despojarse. Una de las razones de su impropia conducta es lo novedoso de la ocasión. Nunca ha pasado por la experiencia de sacar el mayor provecho de tal condición. La debilidad es doblemente débil cuando es nueva.

Por último, el hacendado Boldwood simboliza un afecto más paternal: un señor mayor que Bathsheba, aún soltero y adinerado como ella, que le garantiza una existencia cómoda y sin sobresaltos, con la oportunidad de aumentar todavía más su patrimonio. Tiene buenas intenciones; ha sido educado a la vieja usanza en el galanteo, como un caballero respetuoso con la dama. Por supuesto, no le faltan sombras, más allá de la diferencia de edad: tantos años solo en su granja le han conferido un carácter retraído, que no gestiona bien las emociones fuertes y coquetea peligrosamente con la perturbación. En comparación con los otros pretendientes, carece de la fogosidad del sargento Troy, que tanto encandila a Bathsheba; y tampoco consigue la jovial camaradería de esta con Oak. Es, quizá, demasiado rígido, demasiado correcto como para despertar el deseo de la joven (de, no olvidemos, una joven intrépida que huye de cualquier forma de paternalismo). El matrimonio entre ambos no supondría ninguna inconveniencia para nadie; pero, quizá por eso mismo, a ella le parece una posibilidad aburrida.
Una lección moral
Las grandes novelas decimonónicas siempre tienen una trascendencia moral más allá de su historia. Esta no es una excepción: todos los protagonistas pasan por lo que se suele llamar «prueba», un trance que, o bien les hace crecer, o bien los termina de destruir. A veces, incluso las dos cosas a la vez. Hardy trabaja de maravilla el intercambio de roles entre los personajes, es decir, un giro de ciento ochenta grados con respecto a su situación inicial que los obliga a afrontar retos (se ha mencionado la inversión de papeles de Bathsheba y Oak al comienzo del libro, pero no son los únicos a los que da la vuelta). Cada personaje representa una forma de estar en el mundo, unos valores que, unidos a la fatalidad y los golpes de suerte del destino, conducen a un fin que él mismo se forja. Hardy es asimismo un autor proclive a los juegos de equívocos y disfraces, unas perlas que enriquecen todavía más la trama.
Thomas Hardy
Hablar de «lección moral» en el siglo XXI puede sonar a aburrimiento supino, pero con este autor no cabe tedio alguno. Lejos del mundanal ruido es una gran obra, y una obra con la que el lector disfruta (no, no todas las grandes novelas son fáciles de disfrutar). Disfrutar en el sentido más primario: uno se mete de lleno en su historia y no quiere soltarla hasta el final. Tiene ingenio, tiene sutileza, tiene un despliegue de recursos impresionante (esas metáforas brillantes). Tiene una historia de lo más dinámica, llena de intrigas y con múltiples capas de lectura, que pasa de lo ligero a lo trágico sin que el ritmo decaiga. Tiene unos personajes vívidos a los que uno quiere acompañar en sus venturas y desventuras (más allá de los principales y su enredo amoroso, Hardy construye un fresco rural espléndido en el que tiene cabida un elenco que conforma un relato de lo más colorido: los trabajadores del campo, con sus hilarantes encuentros en la taberna; o la doncella de Bathsheba, confidente indispensable). Tiene… tiene todo. Aunque lo mejor es su exploración de los claroscuros de la naturaleza humana, su hondura psicológica. Es, sencillamente, extraordinario.
Citas en cursiva de las páginas 407, 572, 288 y 287.
Imágenes de la adaptación al cine de 2015, dirigida por Thomas Vinterberg.

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