13 diciembre 2017

Mejor la ausencia - Edurne Portela



Edición: Galaxia Gutenberg, 2017
Páginas: 240
ISBN: 9788417088125
Precio: 19,90 €

Tras más de diez años dedicándose a la docencia y a la investigación académica en Estados Unidos, Edurne Portela (Santurce, 1974) regresó a España para dedicarse por completo a la escritura, esta vez dirigida al público general. Se dio a conocer en 2016 con El eco de los disparos, una serie de reflexiones sobre el conflicto vasco y su influencia en nuestra cultura; y este año ha dado el salto a la narrativa pura con Mejor la ausencia (2017), la historia de una educación sentimental en el marco de Euskadi en el último cuarto del siglo XX, un ambiente golpeado por el terrorismo, las drogas y la contracultura. En la actualidad, con el éxito todavía reciente de Patria (2016), de Fernando Aramburu, resulta tentador calificar cualquier novela que trate el tema, ni que sea de refilón, como «literatura sobre ETA»; no obstante, aunque la violencia es una cuestión determinante en la obra de Edurne Portela, el terrorismo aparece como telón de fondo. Influye en los acontecimientos, pero no es ni lo único ni lo principal.
La protagonista, Amaia Gorostiaga, tiene cinco años al comienzo de la novela. Es la pequeña de cuatro hermanos, y la única niña. Forma parte de una familia acomodada, que cuenta con una asistenta para cuidar de los niños. Esta tranquilidad, sin embargo, no se traduce en orden en el hogar: el padre desaparece algunas temporadas, la madre tiende a propasarse con la bebida, se producen escenas violentas. Amaia no sabe con exactitud a qué se dedica su padre, pero se intuyen asuntos turbios (los contactos con su tío, las pintadas acusadoras en el portal, el visitante desconocido). Aunque todo va por épocas, y los problemas en casa no son lo primordial para ella. Ante todo, es una niña, una niña que detesta el colegio de monjas, que juega (y pelea) con sus hermanos, que se enamora del hermano de una amiga. A lo largo de las páginas la veremos crecer hasta convertirse en una adolescente. Entonces los libros, la música y los bares la ayudarán a evadirse de las turbulencias familiares.
Mejor la ausencia está narrada en una primera persona de Amaia y en tiempo presente. Esto significa que escuchamos (leemos, aunque su voz está tan viva que casi se la oye) a una niña, no a una mujer que recuerda su infancia, que suele ser el punto de vista habitual en las historias de aprendizaje. Se trata de una perspectiva arriesgada, por lo difícil de captar cómo experimenta la pequeña cada momento, pero Edurne Portela lo solventa, y muy bien. No solo resulta verosímil, sino que trabaja con soltura otro aspecto complicado, el paso del tiempo (la primera parte se desarrolla entre 1979 y 1992; la segunda, en 2009): plasma el crecimiento de Amaia en su voz, en las modificaciones del léxico, en su persona, en sus relaciones con los demás; todo se hace más complejo a medida que deja atrás la niñez. Realmente la vemos crecer, evolucionar; no es la misma al principio que al final. La brevedad de los capítulos ayuda: elige las escenas que permiten condensar todos sus frentes abiertos en poco espacio, a través de lo cotidiano; la política se entrevé en los hechos, en las situaciones, nunca en un discurso. Y, del mismo modo que sabe decidir qué contar, también domina las elisiones, un aspecto importante en una obra que abarca más de una década. Está muy bien concebida.
La mirada infantil tiene sus singularidades. Amaia vive en su mundo, no le cuentan los asuntos de los mayores, no lee el periódico, desconoce qué negocios se trae su padre; aun así, percibe las tensiones, nota los cambios de humor, escucha a hurtadillas. Descubre el laberinto de los adultos observando «entre visillos», como diría Carmen Martín Gaite, con inocencia pero sin candidez, es una muchacha despierta y atenta. La autora sobresale por su sutileza; deja entrever, escribe con filtros, sin dar nada masticado. De este modo plantea el conflicto vasco: nunca le pone nombre, sino que narra cómo se concreta en el día a día de una niña (la inestabilidad familiar, los estallidos de rabia, el distanciamiento del padre, el recelo de algunos vecinos, las enemistades entre compañeros del colegio). Mejor la ausencia es una novela de naturaleza intimista, por lo que no hay que esperar un debate entre los personajes, ni un ensayo. Simplemente, no tiene ese propósito (ni se echa de menos).
El hilo principal, la relación entre padre e hija, se aborda de manera conmovedora pero sin sentimentalismo. Pone a prueba el tópico de que en los vínculos familiares el afecto siempre gana la partida; expone una faceta oscura, embrutecida, de la familia, con sus altibajos a lo largo del tiempo, hasta que ya no hay vuelta atrás. La segunda parte se distancia de la anterior para narrar el regreso de la protagonista en 2009, convertida en una adulta, si bien no liberada de las experiencias traumáticas. En este sentido, Mejor la ausencia ahonda en el perdón, en si es posible el perdón después de tanto dolor. Resulta asimismo interesante el retrato del resto de miembros del clan (siempre a través de la mirada de Amaia, de cómo los ve, más que de cómo son): la madre, los hermanos, la abuela, los amigos. Merece la pena detenerse en los hermanos, que representan diferentes roles, todos muy bien planteados: Aníbal, el mayor, que tiene problemas con las drogas (la lacra de los ochenta), Aitor, el estudioso reservado que ansía marcharse de allí (la prueba de que en una misma familia los hijos presentan inclinaciones distintas); Kepa, que coquetea con la kale borroka y quién sabe hasta dónde es capaz de llegar; y la menor, Amaia, que pasa por muchas fases.
Desde su individualidad, Amaia encarna la memoria de una generación. Su coming-of-age, además de estar marcado por la violencia en distintas caras (el descubrimiento del sexo, las discusiones con los padres, el alcohol, las salidas nocturnas), condensa las tendencias de la cultura popular y las tribus urbanas de los años ochenta y noventa. Se nota en los grupos de música, en sus lecturas de formación y en la ropa, que van evolucionando. La autora ha cuidado los detalles; a menudo, una prenda o un peinado dicen más de cómo se encuentra la protagonista, de su fase vital, que los pensamientos en sí mismos. Es, insisto, muy sutil. Lo mismo ocurre con la familia en conjunto, que atraviesa épocas de bonanza y periodos de necesidad, la madre que a veces se arregla y a veces no. La dimensión social se refleja en lo íntimo, la violencia repercute en el interior y en el cuerpo, en los cambios físicos de Amaia.
Edurne Portela
La novela está narrada con un estilo depurado, preciso, con abundante diálogo. No hace poesía, no aspira a ser la prosista más exuberante, pero su voz se acopla a la perfección a sus necesidades, en un libro en el que el lenguaje coloquial, próximo a la oralidad, es fundamental. Tan solo hay algún pequeño desliz, como los laísmos («la pegó», p. 27,  «no la hago caso», p. 31, «la dio un cachete», p. 40, «Kepa la mira los pies», p. 62). Mantiene la tensión en todo momento, es más, la obra crece poco a poco, se engrandece, como los propios personajes. Mejor la ausencia tiene muchas capas y es extraordinaria en su sencillez. Nada más y nada menos que una historia bien contada, que enlaza con la tradición de los relatos de aprendizaje y le añade lo particular de la generación de la autora, en lo personal, lo cultural y lo sociopolítico. Un muy buen debut, en definitiva. Edurne Portela ha tomado una excelente decisión al dedicarse a la literatura.

12 diciembre 2017

Los turistas desganados - Katixa Agirre



Edición: Pre-Textos, 2017 (trad. de la autora)
Páginas: 204
ISBN: 9788416906543
Precio: 20,00 €

Después de dos libros de relatos y varios títulos para el público infantil, Katixa Agirre (Vitoria-Gasteiz, 1981), doctora en Comunicación Audiovisual y una de las nuevas voces de la narrativa en euskera, debuta en la novela con Los turistas desganados (2015), que ella misma ha vertido al castellano. Está planteada como una road-novel fresca y desacomplejada sobre una pareja que recorre el País Vasco contemporáneo, con la ligereza del viaje por placer, pero también con la gravedad de los recuerdos que empañan estas tierras para la protagonista, unos recuerdos que remiten al terrorismo, aunque no lo definiría como un libro «sobre ETA», sino como una crónica novelada en la que el tema surge porque estuvo ahí, en su pasado. La narradora, Ulia, quiere compartir el lugar de su infancia con su novio, Gustavo; esa es la motivación de este viaje por carretera, una motivación que potencia la complicidad. Ella, además, está haciendo una tesis doctoral sobre el compositor Benjamin Britten.
Pese a los premios que recibió cuando se publicó en euskera, y pese a su planteamiento a priori atractivo (la exploración de los espacios simbólicos de la infancia, la relación de una pareja joven), Los turistas desganados me parece una novela fallida. Para empezar, más que una road-novel, tiene la estructura de un cuaderno con apuntes dispersos, a caballo entre el dietario, el ensayo y el libro de viajes, con todo lo que esto implica: tan pronto avanza en el trayecto como hace digresiones sobre su tesis, recuerda un episodio del pasado o apunta la receta de un cóctel. Pierde el hilo. No es la primera autora en construir una obra experimental (o un artefacto, como lo llaman últimamente) y el género tiene su interés, por supuesto. Es solo que, en mi opinión, aquí (repito: aquí) no funciona. Desde el principio tuve la sensación de estar ante un texto deslavazado: fragmentos inconexos y mediocres que, por mucho que pretendan conformar un collage de la vida de la narradora, están demasiado sueltos, poco hilvanados. Muchos resultan prescindibles, intrascendentes. El estilo tampoco convence, creo que todavía no ha encontrado una voz personal: hay fragmentos que podrían ser un post de Facebook (ligeros, triviales), mientras que en otros adopta un registro periodístico común, o, directamente, enciclopédico (como los relativos a su tesis, que rompen el tono). Le falta «textura» literaria, y se le notan los vicios de la escritura académica (demasiadas referencias).
Katixa Agirre
Casi podría repetir la misma crítica que he hecho a otros autores de narrativa española: los escritores jóvenes de hoy son muy inteligentes, tienen una sólida formación cultural, pero escribir ficción, narrar, no es lo mismo que investigar o redactar un ensayo, ni aun aceptando la existencia de géneros híbridos. No hay voluntad alguna de contar una historia, de construir unos personajes interesantes, que despierten el interés por seguir leyendo y no suenen a un alter ego demasiado evidente de la autora. Le sobra paja intelectual, tiene tendencia a contar más de lo necesario. Por otra parte, la literatura surge de la vida, de acuerdo, pero conviene «vestir» las experiencias, darles esa textura literaria de la que hablaba. En este libro se plasman tal cual (o, al menos, da esa impresión, que es peor), como una especie de álbum de recuerdos, con esos detalles que importan a quien le sucedieron pero no a quien los lee (como el fragmento sobre los atentados del 11-M en Madrid, cuando la pareja se conoció). Mi valoración se resume en que le sobra anécdota (por mucho que la anécdota remita a sucesos graves) y le falta literatura.

11 diciembre 2017

Modelos animales - Aixa de la Cruz



Edición: Salto de Página, 2015
Páginas: 144
ISBN: 9788416148172
Precio: 14,90 €

Aún no ha cumplido los treinta, pero Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) ya lleva tiempo instalada en el circuito literario. Ha publicado cuatro libros: las novelas Cuando fuimos los mejores (2007), De música ligera (2009) —ambas finalistas del Premio Euskadi de Literatura— y La línea del frente (2017), y la compilación de relatos Modelos animales (2015), que comprende textos inéditos y algunos publicados previamente (uno de ellos, «Famous Blue Raincoat», recibió el Premio Cosecha Eñe 2014). Es, además, un nombre habitual en las antologías de autores jóvenes, y no son pocos los que la consideran una de las escritoras españolas con más potencial de su generación. También cuenta con una sólida formación universitaria: es licenciada en Filología Inglesa y doctora en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, con una tesis sobre «la representación de la tortura en la ficción televisiva tras el 11 de septiembre», tal como reza su biografía. Este bagaje académico se nota, y mucho, en su narrativa, como comentaré a continuación.

Este volumen reúne siete relatos, de épocas diferentes («True Milk», por ejemplo, vio la luz en 2011 en la antología Mi madre es un pez de Libros del Silencio), y por lo tanto de diferentes grados de madurez, aunque en conjunto mantienen el nivel y están en sintonía con respecto al contenido. El primero, «Modelos animales», aborda un juego de espejos entre una dramaturga y la actriz principal de su obra (y con un gato). El cuento, que transcurre en Canadá, donde la dramaturga pasa una temporada, plantea una obsesión enfermiza por parte de la primera («No puede ser buena toda esta energía que no libero. Soy una tetera a punto de silbar; un peligro radiactivo», p. 24). En «True Milk» (nótese el guiño a la serie de vampiros), una chica da a luz a un bebé que toma leche diluida en sangre; de nuevo, una representación macabra de la realidad, adulterada por el imaginario gótico. Otras historias poseen una naturaleza más realista, en el País Vasco del cambio de milenio, como «El cielo de Bilbao» o «Romperse», retratos generacionales de los adolescentes de principios del siglo XXI, que abarcan Internet y los trastornos alimenticios, todo con su dosis de crudeza. El resto, «Doble», «Famous Blue Raincoat» y «Abu Ghraib», exploran asimismo diversas formas de brutalidad.

Aixa de la Cruz escribe con voz de mujer cosmopolita y cultivada del siglo XXI, que ha estado en contacto con otras culturas (así lo demuestra en algunos relatos) y no solo se nutre de libros, sino que las series, el cine y la música ocupan un papel importante en su formación; un híbrido entre la erudición y la cultura popular. Todo esto, para lo bueno y para lo malo. Muchos escritores se identificarán con esta descripción, pero no a todos se les nota cuando escriben, o no tanto como a ella (por ponerla en relación con otra autora de su edad, Aixa de la Cruz sería lo opuesto a Jenn Díaz, más afín al costumbrismo del siglo XX). Los cuentos de Modelos animales tienen como tema de fondo la violencia, en manifestaciones variadas, y, en general, presentan una vocación experimental, una voluntad de tantear, de ensayar estructuras, siguiendo la corriente posmoderna (quizá el ejemplo más evidente sea «Doble», que no solo experimenta con el relato en sí sino con su disposición sobre el papel, en dos columnas, por las historias paralelas que narra). Combinan el localismo de su tierra natal con referentes globales, como la ya mencionada cultura audiovisual (anglosajona) y, por supuesto, Internet. Lo mismo ocurre en La línea del frente, que reseñaré pronto.

Aixa de la Cruz
Todo esto, como decía, para lo bueno y para lo malo. Lo bueno: es interesante experimentar, es interesante que una autora española incorpore influencias distintas a su narrativa, y los relatos, en fin, no están nada mal (no puedo decir que no funcionen, ni que estén mal escritos). Lo «malo»: en ocasiones, a esta literatura le falta vida, alma o como se quiera llamar. He encontrado aquí lo que tan a menudo se le reprocha a la narrativa española actual: un exceso de intelectualidad. Escritores muy inteligentes, muy cultos, con muchas ideas, pero poco inclinados a narrar una historia, narrar a secas, contar una historia que subyugue al lector, que mantenga su atención, que cautive por sus personajes, que conmueva. Cierta tendencia al exceso (estilo denso, cargado de referencias). En cuanto a lo experimental, el problema es que a veces el lector está tan pendiente del juego, de entender lo que se le propone, que se pierde el disfrute de leer por leer. Soy consciente de que todo esto es una observación muy personal; habrá lectores a los que les encante el imaginario de Aixa de la Cruz. Yo, sin embargo, pienso que le iría bien rebajar el tono intelectual y buscar la precisión. Veo en ella a una autora con proyección, que sabe lo que hace, pero, muy a mi pesar, no consigo conectar con su propuesta.

07 diciembre 2017

Kanada - Juan Gómez Bárcena



Edición: Sexto Piso, 2017
Páginas: 196
ISBN: 9788416677382
Precio: 17,90 €
Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano.
George Orwell
Poco a poco, sin hacer ruido, Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984) se ha afianzado en el panorama literario como una de las voces más sólidas de la nueva narrativa española. Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Filosofía e Historia, ha recibido becas para la creación literaria, con estancias en el extranjero incluidas, e imparte talleres de escritura. Ha publicado el libro de relatos Los que duermen (Salto de Página, 2012), las novelas El cielo de Lima (Salto de Página, 2014; Premio Ojo Crítico) y Kanada (Sexto Piso, 2017; finalista del Premio Tigre Juan); y ha editado la antología de autores jóvenes Bajo treinta (Salto de Página, 2013). Sin embargo, aún más reseñable es el hecho de que, sin contar con el respaldo de un gran grupo editorial ni haber alcanzado (todavía) la «fama» en su país (entendiendo la fama como ventas notables y/o una presencia mediática significativa en los principales suplementos culturales), ha logrado ser traducido al inglés, el alemán, el italiano, el neerlandés, el portugués y el griego. Dentro de las fronteras nacionales siempre cabe la sospecha; pero, para que en el exterior se interesen por él, algo han tenido que encontrar. A veces, las traducciones son un indicativo excelente del punto en que se halla la carrera de un escritor.
Gómez Bárcena, además, va, en cierto modo, a contracorriente, porque no escribe sobre el presente, sino que bucea en el pasado, incluso en otras culturas. Esto, en un momento en el que abundan la autoficción y las novelas con la crisis como telón de fondo (que también tienen su valor, por supuesto), resulta fresco y sugerente, y tampoco hay que obviar el trabajo de documentación que conlleva. Kanada, entrando en materia, se sitúa en Budapest al final de la Segunda Guerra Mundial. El protagonista es un hombre que regresa a casa, a su ciudad, después de la liberación. Allí, se topa con la vivienda semiderruida, la biblioteca arruinada, y el vacío. Aunque quizá el vacío lo lleva consigo. Lo ha perdido todo (la familia, la profesión, los amigos), arrastra el trauma del Holocausto y a su llegada solo lo recibe un vecino. El protagonista, anulado, se encierra en una habitación y deja que el vecino y la esposa de este se ocupen de sus asuntos. Son su único contacto con la civilización, junto con los ruidos, las palabras que oye a través de las paredes, que alimentan su imaginación y lo retrotraen a lo ya vivido. Kanada es una novela sobre un superviviente que ha renunciado a la vida.
Con un brillante dominio del tempo narrativo, el autor añade capas al personaje: gradualmente, se desvela que antaño enseñaba astrofísica en la universidad; era un profesor apegado a sus libros, esos libros que destruyeron en su ausencia (un atentado contra una biblioteca, a lo Fahnrenheit 451). Gran parte de la historia se desarrolla entre las paredes de una habitación; el protagonista no se mueve, los vecinos solo se le acercan para cubrir sus necesidades básicas. No obstante, como en La pasión según G. H., de Clarice Lispector, los límites del espacio no restringen el alcance de la obra, sino que lo potencian en su vertiente más honda, existencial. Porque el cuerpo del personaje permanece inmóvil en el presente, pero su mente está lejos, en el pasado, en Kanada. No ha superado su paso por los campos de concentración, y en su memoria bulle Kanada, aquello que llamaban Kanada, de lo que formó parte cuando aún pertenecía a un grupo.
Kanada no pretende ser una novela sobre la guerra, sino una aproximación poderosamente literaria al desarraigo, la tortura, la culpabilidad y el desaliento que acechan a quien ha sufrido un episodio traumático. Su composición experimental refuerza esta atmósfera: está narrada en segunda persona, un «tú» intenso, rotundo, con fluir de la conciencia. La elección del punto de vista está justificada, no es un simple capricho estético: de algún modo, el personaje se ha perdido hasta a sí mismo, ha perdido su identidad y no puede expresarse en primera persona; tiene que mirarse desde fuera para canalizar todo el sufrimiento que lleva dentro, como hace Edna O’Brien en Un lugar pagano. Lo mismo sucede con el resto de personajes, que carecen de nombre propio; el protagonista viene de un lugar donde la gente perdió la individualidad, y en su incapacidad para interactuar de nuevo los identifica tan solo por un rasgo, el Vecino, la Esposa, lo que aumenta esa sensación de bruma, de confusión en torno a sí mismo y a las intenciones de los demás.
La obra se compone de fragmentos breves, de apenas dos o tres páginas; la información bien dosificada, con un núcleo que se enriquece de manera progresiva, a medida que se le incorporan capas, matices, sugestiones. El hombre vive en el presente (la habitación, el Vecino, etcétera) anclado en el pasado (los restos de sus libros de astronomía, el peso de Kanada), por lo que los tiempos se mezclan en la narración; se palpan la confusión, el desorden, el delirio en el que está enredado el personaje (una «confusión» buscada, y por lo tanto un logro del autor). El estilo, denso y poético, se amolda a la perfección a su contenido, resulta envolvente, hipnótico, feroz; funde al lector en la desesperación, el aislamiento y la locura del protagonista. Sin duda, Gómez Bárcena es un estilista fino y concienzudo, de una gran riqueza de recursos y una contención magistral. El desenlace (impecable) vuelve a poner de relieve la envergadura de esta novela, lo bien atada que está, la «dispersión» calculada al milímetro de esos fragmentos que la conforman.
Juan Gómez Bárcena
Como reza la contracubierta, Kanada comienza donde la mayoría de historias sobre la Segunda Guerra Mundial termina: el regreso de los supervivientes, la imposibilidad de retomar sus vidas anteriores (en este sentido, recuerda a otro libro reciente que aborda la cuestión desde un enfoque distinto, El camino estrecho al norte profundo, de Richard Flanagan). La propuesta de Gómez Bárcena sobresale por su ambición, su voluntad de captar, no los hechos, sino los remordimientos, los silencios, las obsesiones, todo lo que se cuece en la mente de una persona atormentada por el horror humano. La obra posee esa aspereza, esa angustia. A menudo, cuando se califica a un escritor de «ambicioso», se tiende a pensar que tiene unas aspiraciones desmedidas que no cumple. No es su caso: Gómez Bárcena está muy bien encaminado. Después de una publicación tan esmerada como Kanada, ya no hay que darle el tratamiento (sobado y paternalista) de «joven promesa», sino de autor asentado que seguirá haciendo aportaciones valiosas a la narrativa española.

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