19 enero 2017

Las chimeneas ya no echan humo - Paolo Zardi



Edición: Tropo, 2016 (trad. Celia Filipetto)
Páginas: 164
ISBN: 9788494515330
Precio: 17,95 €

Aunque aún no mediado, el XXI ya era candidato a convertirse en el siglo más mierdoso de la historia. Nadie recordaba cómo había empezado el declive. De repente, algo se había roto. Todos siguieron haciendo lo que siempre habían hecho, pero llegó un momento en que no fue suficiente. Lucharon con valentía; después, se entregaron a una desesperación decorosa; por último, acabó instalándose una tristeza inmanente, irremediable. Durante siglos esperaron con terror el fin del mundo; ahora, era como si el fin ya se hubiese producido a escondidas y no hubiera nada que esperar. Seguían adelante por inercia, por costumbre, por cansancio, las caras apagadas, poscoitales.

Elijo este fragmento a modo de toma de contacto con Las chimeneas ya no echan humo (2016), la novela más reciente, y la primera que se traduce al castellano, del escritor e ingeniero italiano Paolo Zardi (Padua, 1970). Siguiendo los pasos de un padre de familia de clase media para quien la vida da un giro trágico, el autor construye una realidad social en la que la crisis económica se ha instalado en Occidente como un estado natural de las cosas; una burbuja rota entre cuyos pedazos las personas corrientes tratan de seguir adelante a pesar de todo, intentando superar la nostalgia por aquel optimismo del siglo XX tardío. Esto ocurre en un mundo en el que los países de Extremo Oriente y Latinoamérica protagonizan la actualidad internacional (una crítica punzante a los que ahora manejan el cotarro), el País Vasco tiene su propia república (en tiempos de incertidumbre, aumentan los nacionalismos) y la pena de muerte se extiende alrededor del globo, síntoma definitivo de que la antigua civilización del «Primer mundo» ha perdido su identidad. Con este planteamiento distópico, que entronca con otras distopías literarias recientes, como Inercia (2014), de Ariadna G. García —ambas comparten el pesimismo contemporáneo, la creencia de que la sociedad occidental tal y como se ha entendido hasta el momento está abocada al desastre y necesita el revulsivo de las acciones individuales—, Zardi ha logrado ser finalista del Premio Strega.
El panorama internacional, no obstante, es solo el contexto, el telón de fondo que pone de manifiesto que la rueda de la historia ha girado un poco más con respecto al presente (la narración de la precariedad bien podría confundirse con una novela realista). La atención del autor está puesta en la actividad cotidiana e íntima; la microhistoria de una familia que, como el mundo, también se desmorona sin que el protagonista sepa determinar cuándo, cómo y por qué se comenzó a resquebrajar. Él es un hombre de mediana edad, casado y con dos hijos, que se considera afortunado hasta cierto punto porque ha sacado adelante el trabajo mientras la mayoría se venía abajo. No se le pone nombre: hay un intento de hacer de él un hombre anodino, del tipo que va siempre apurado pero va tirando, fiel a los suyos. Su esposa y sus hijos, en cambio, sí que tienen nombre propio. Es la mujer quien, de manera involuntaria, desencadena la desgracia: se queda en coma tras sufrir un ictus. Su futuro, como el de la humanidad, es una incógnita, y esta incógnita, este no saber, es el rasgo distintivo de la sociedad representada en la obra. El protagonista debe acostumbrarse a hacerse cargo de los hijos él solo; la vida sigue adelante aunque para él se haya quedado medio vacía.
Todavía hay más: con su esposa en coma, el hombre hace un descubrimiento inesperado en relación con ella que amenaza con debilitar los cimientos de su matrimonio. A partir de aquí, su motivación será averiguar, un poco como en las novelas de intriga, quién es en realidad su mujer. O, mejor dicho, quién es ella en su ausencia, con quién se relaciona, qué tensiones arrastra del pasado. No se trata tanto de crear un misterio como de aprovechar el desconcierto ante el hallazgo para plantear una reflexión ligada al ambiente general de esta distopía: son tiempos de duda, de sospecha, de falta de solidez en todos los ámbitos (sentimental, familiar, profesional, político). Paolo Zardi, además, pone de relieve la dificultad de llegar a conocer de verdad a alguien, incluso a las personas más próximas: el protagonista tenía sensación de control sobre su existencia, y de pronto se da cuenta de que no era así, de que tal vez nunca fue así. Por su mujer, pero también por los niños: la hija, adolescente, experimenta los cambios propios de la edad; empieza a dejar de ser una niña ante sus ojos, a escapársele, por así decirlo, sin que él pueda contenerla como cuando era más pequeña.
Paolo Zardi
Paolo Zardi escribe con un estilo sobrio, serio y depurado, de emociones contenidas y sin filigranas; una voz sencilla en apariencia que ahonda en cuestiones no tan sencillas, hasta dar forma a un logrado retrato del ser humano del siglo XXI, un ser humano que se desplaza entre la quietud de la rutina y el miedo al abismo acechante. Aunque el autor sea italiano y se desarrolle en este país, estoy segura de que cualquier escritor joven del sur de Europa podría haber firmado Las chimeneas ya no echan humo: el sentir de este libro, la conciencia colectiva que vertebra en la figura protagónica, se corresponde a la perfección con el pesimismo de nuestros tiempos. Sí, se sitúa en un futuro imaginario, probablemente demasiado extremo para lo cercano que está (muchos cambios para ser el siglo XXI «aún no mediado»), pero la actitud, el pensamiento detrás de esta proyección, surge del presente inmediato, de las imágenes ruinosas de los telediarios. Y, pese al tedio, el autor encuentra una pizca de esperanza. Quizá ese sea el quid de la novela: la búsqueda de firmeza, o incluso la creación de firmeza, en una época caracterizada por la incertidumbre absoluta. Al final, todo queda en manos del hombre, y la decisión de luchar tal vez sea la mejor demostración de valentía.
Fragmento inicial en cursiva de la página 46.

17 enero 2017

El chal - Cynthia Ozick



Edición: Lumen, 2016 (trad. Eugenia Vázquez Nacarino; pról. Berta Vias Mahou)
Páginas: 104
ISBN: 9788426402059
Precio: 18,90 €
Edición ilustrada por Óscar Astromujoff.

—Mi sobrina Stella dice —se explayó Rosa, despacio— que en América los gatos tienen nueve vidas, pero nosotros… nosotros somos menos que los gatos, así que tenemos tres. La vida de antes, la vida de durante, la vida de después. —Vio que Persky no la seguía. Añadió—: La vida de después es ahora. La vida de antes es nuestra vida real, en casa, donde nacimos.
—¿Y el durante?
—Eso fue Hitler.
—Pobre Lublin —dijo Persky.
—Usted no estaba allí. Solo lo sabe por las películas. —Se dio cuenta de que estaba avergonzado; hacía mucho que había descubierto esa capacidad para avergonzar—. Después, después, es lo único que a Stella le importa. Para mí solo existe un tiempo; no hay después.

«Sin una vida, vives donde puedes. Si todo lo que tienes son pensamientos, es ahí donde vives» (p. 45), reflexiona la protagonista de «El chal» y su particular continuación, «Rosa», los dos textos comprendidos en esta obra. Están consideradas dos de las piezas más representativas de la gran escritora estadounidense Cynthia Ozick (Nueva York, 1928), aclamada asimismo por sus Cuentos reunidos (Lumen, 2015), por sus ensayos Metáfora y memoria (Mardulce, 2016) y por novelas como Los últimos testigos (Lumen, 2006) o Cuerpos extraños (Lumen, 2013). La autora escribió el relato y la novela breve que componen El chal en 1977, aunque no vieron la luz hasta 1980 y 1983, respectivamente, cuando aparecieron en la revista The New Yorker, tal como explica Berta Vias Mahou en el prólogo a esta edición. Más tarde, se editaron juntos en forma de libro, la opción que ha prevalecido desde entonces. Ozick, hija de emigrantes judíos rusos, sufrió cierto rechazo en su infancia por su identidad religiosa, y siempre ha manifestado interés por todo lo que atañe a los judíos. Esta obra, que sigue las andanzas de tres mujeres marcadas por el Holocausto, es una muestra de ello.
El libro se abre con «El chal», un relato que en menos de diez páginas condensa un universo literario único y deslumbrante. Con un estilo lírico e intimista, Ozick sitúa rápidamente la situación desasosegante de tres mujeres en un campo de concentración nazi: Rosa, la protagonista, una joven madre que lleva a su bebé envuelto en un viejo chal («nunca dejaba de caminar, una cuna andante», p. 17); Magda, el mencionado bebé, «una ardilla en su nido, a salvo, nadie podía alcanzarla en el cobijo de las vueltas del manto» (p. 18); y Stella, la sobrina de Rosa, «fría, fría, la frialdad del infierno» (p. 17). La autora asocia un simbolismo al chal, la prenda protectora que oculta a Magda, que la aísla de un entorno hostil, que contiene las esperanzas para el futuro encarnado en el bebé. Incluso se le atribuyen propiedades del realismo mágico: a falta de leche y otros recursos para cuidar de la criatura, es el chal lo que la «alimenta», lo que la mantiene tranquila. En el siguiente texto, «Rosa», el significado del chal va ligado al pasado, porque algo ocurre con este…
Tanto por su extensión (setenta páginas) como por su construcción (mayor despliegue de la acción narrativa, con diálogos, cartas, desplazamientos por la ciudad, etc.), «Rosa» puede considerarse una nouvelle que continúa, y desarrolla, esa imagen trágica evocada al final de «El chal». Han pasado treinta años y las mujeres viven en California. El Holocausto quedó atrás… o no. Stella ha elegido salir adelante, pasar página, pero Rosa no puede. El texto gira alrededor de un encuentro de Rosa con un señor polaco que, a diferencia de ella, no sufrió en sus carnes el nazismo. Los dos han huido de Europa, son extranjeros en Estados Unidos, pero su relación con el país de acogida es muy diferente: mientras que el hombre se siente integrado, y anima a Rosa a imitarlo, ella se muestra incapaz. En su historia intervienen la locura, la obsesión, el trauma que sigue presente aun con la derrota del nazismo. «Todo el mundo había dejado atrás una vida de verdad. Aquí no tenían nada. Eran meros espantajos con las carcasas huecas que el viento arrastraba bajo la esfera del sol asesino» (p. 31); así se encuentra Rosa, como alguien para quien la vida quedó en suspenso desde el campo.
Hay un pasaje espléndido, reproducido al comienzo de esta reseña, que sintetiza en unas pocas líneas el tema esencial de esta nouvelle: la elección de cómo vivir después de una experiencia traumática como el campo de concentración (o quizá ni siquiera una «elección»: la forma de continuar viviendo, simplemente). La protagonista dice que ellos tienen tres vidas: la vida de antes, previa a la experiencia traumática (que para Rosa es «nuestra vida real, en casa, donde nacimos»; la mentalidad de una mujer refugiada que no ha logrado hacer del nuevo país su hogar); en segundo lugar, está la vida de durante, o el suceso traumático en sí (que corresponde a lo narrado en «El chal», más todas sus omisiones); y, por último, la vida de después, en California. Los propios nombres de las etapas, con esas referencias al «antes» y el «después», revelan el estancamiento de Rosa, el hecho de que toda su vida se concentra en el «durante», todo depende de ahí. No hay posibilidad de empezar cuando arrastra una herida tan profunda, ¿o tal vez el señor polaco logrará convencerla…?
Ozick, además, plantea a través del rol de Rosa una crítica hacia la forma de tratar a los supervivientes del Holocausto o, mejor dicho, la forma de convertirlos en material de estudio. Un investigador lleno de buenas intenciones contacta con Rosa, pero ella siente un profundo rechazo por los términos en que se establece la comunicación, por esa sensación de ser vista como una curiosidad, como alguien cuyo interés reside en el hecho de que salió viva del campo de concentración, como si hubiera dejado de encajar en la categoría «persona» para entrar en una nueva, la de «superviviente», una etiqueta que le han atribuido los demás, porque para ella esto solo es un «después» carente de valor y estímulo. Esta percepción, el hecho de convertirse en «superviviente», en alguien que logró huir, refuerza su diferencia con respecto a la población autóctona; no la ayuda ni a integrarse ni a dejar atrás el pasado, sino que la caracteriza como distinta a la mayoría. Cabe insistir, por otra parte, en el hecho de que cada mujer vive esta etapa de forma diferente. Rosa es la más dura, la más cerrada en banda; Stella, en cambio, sí que se ha adaptado, y de hecho insta a su tía a hacer lo propio.
Cynthia Ozick
Tanto «El chal» como «Rosa» son, en definitiva, piezas potentes y desgarradoras, literatura sin concesiones. El primero, más poético y concentrado, permanece en la memoria como una imagen perturbadora que aúna toda ella un sinfín de matices. El segundo, más extenso pero igual de despiadado, explora el después del horror siguiendo el hilo de ese chal que todavía da vueltas en otra ciudad, otro país, otra década. La aproximación al Holocausto en ambos textos nace de un enfoque puramente literario, es decir, sin buscar la «reconstrucción» de una novela histórica, y recreándose en la metáfora, el símbolo, la riqueza del universo creativo de la autora. Cynthia Ozick, he aquí una escritora excepcional que mira a los ojos al lado oscuro del ser humano. Las ilustraciones de Óscar Astromujoff que la acompañan captan la oscuridad, el tedio y el profundo desamparo de sus personajes para hacer de este libro una obra aún más impresionante. Cuidado: nadie sale indemne de su lectura.
Fragmento inicial en cursiva de la página 83.

14 enero 2017

Séptimo aniversario del blog

1. Sí, ya van siete: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete. Qué larga es la cuenta. No sé si es mucho o poco, pero cuando comencé había pocos blogs que llevaran este tiempo activos. En cuanto a mí, empecé por casualidad, sin ningún propósito (de lo contrario no le habría puesto este nombre tan insulso y común), y aquí sigo, lo que confirma mi teoría de que las experiencias que más nos marcan llegan de forma inesperada.

2. Siete años de blog. Siete años escribiendo sobre libros, intentando mejorar cada día, intentando afinar mi criterio, incorporar a autores, aplicar conocimientos. Enriquecerme como lectora, en definitiva. Qué pérdida de tiempo, dirán algunos. Quizá tengan razón, pero esta relación tan intensa con la literatura me hace un poco más feliz.

3. Lo peor de cumplir años es pensar en los que no los cumplen. Echo mucho de menos a todos esos blogueros que antaño fueron compañeros de viaje, pero que en algún momento decidieron cerrar su chiringuito. Aunque no hable de ello, echo de menos aquellos tiempos de fiebre bloguera y aprendizaje colectivo. Que les vaya bien, en cualquier caso.

4. Me habría gustado que el blog me sirviera para dar el salto (uy, qué ambicioso suena eso, con lo mal vista que está la ambición) a una revista. Después de siete años puedo decirlo: he fracasado en mi intento de trabajar como redactora cultural o crítica literaria. También en el de trabajar en una editorial. Celebro el aniversario de mi blog, pero estoy cansada, muy cansada, de ser solo bloguera. Habrá más oportunidades, espero.

5. En 2016 publiqué exactamente cien entradas. Es la primera vez desde 2013 que llego a las tres cifras. De las cien, más de ochenta son reseñas. Esto es lo que más me satisface: quería comentar gran parte de mis lecturas. Es un principio que mantengo desde el primer día: hablar de libros, no caer en la tentación de convertir el blog en un espacio demasiado personal, dejar que los libros, y no yo, se lleven el protagonismo.

6. Este aniversario me pilla en un mal momento llamado gripe: la responsable de que todavía no haya publicado ninguna reseña este año. Hubiera querido aprovechar esta entrada para hablar de futuras recomendaciones, propósitos y demás, pero hasta que no recupere las fuerzas no me atrevo a prometer nada. Paciencia. La intención está.

7. No sé si el blog llegará al octavo aniversario. Disfrutemos de lo que quede, por si acaso.

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