22 octubre 2017

Quemaduras - Dolores Prato



Edición: Minúscula, 2017 (trad. César Palma, post. Elena Frontaloni)
Páginas: 72
ISBN: 9788494534881
Precio: 9,00 €

No sé si de forma deliberada o por casualidad, la editorial Minúscula ha reunido en su reciente colección micra (libros de bolsillo de verdad) dos títulos de autores italianos de mediados del siglo XX, inéditos en castellano, que tienen en común el hecho de abordar la represión y la hipocresía de la moral católica desde, eso sí, tratamientos literarios y estéticos distintos. Textos breves, concisos y rotundos, que critican la opresión religiosa, tan arraigada en Italia. El primero es Casa ajena (1952), de Silvio D’Arzo (1920-1952), una fábula rural áspera que plantea una pregunta controvertida. El segundo viene de la mano de Dolores Prato (Roma, 1892 – Anzio, 1983), una autora que tardó en publicar a pesar de haber comenzado a escribir muy joven; le costó encontrar su voz, aunque, una vez descubierta, creó obras de un lirismo espléndido. Después de una infancia recluida, cumplió su sueño de estudiar Magisterio y se dedicó a la enseñanza, un logro reseñable en una mujer de la época. Como escritora, cultivó principalmente la poesía, pero en su legado destacan asimismo textos en prosa de corta extensión, como Quemaduras, con el que ganó un premio en 1965, si bien no encontró editor y tuvo que autopublicárselo ella misma en 1967. Más adelante logró publicar en Einaudi, con Natalia Ginzburg como editora, con la que, sin embargo, no terminó de entenderse.

En aquel convento se hablaba mucho de misterios: si los misterios eran celestiales, se hablaba de ellos con serenidad, amplitud y detalle; si los misterios eran terrenales, se hablaba de ellos con nerviosismo y rapidez, más con sobrentendidos que con explicaciones: eran tonos tan huidizos que recordaban el gesto del que toca algo que quema.

Prato, que se crió sin padre y pronto quedó huérfana de madre, pasó muchos años en un internado de monjas, experiencia de la que se sirve para dar forma a Quemaduras. Nos habla una muchacha, interna en dicho colegio, que se debate entre continuar allí, junto a las religiosas, o salir afuera, a estudiar, a mezclarse con lo que percibe como mundo exterior. Las monjas, por supuesto, la incitan a quedarse: mientras que en la sociedad civil podría sufrir las «quemaduras» de la vida terrenal; en el convento estará siempre a salvo. La chiquilla solo tiene un familiar, que tampoco le resuelve las dudas: un tío, afincado en Latinoamérica, que le propone marcharse con él y casarse; ya le ha encontrado un buen partido. La opción del matrimonio, no obstante, no resulta apetecible para una joven inquieta que aspira a convertirse en maestra. Mientras se lo piensa, la protagonista se toma unas vacaciones del internado, pasa unos días en la calle, con una amiga, para averiguar si de veras las quemaduras son tan peligrosas. En la voz de la chica conviven «el yo del pasado que vive y el yo del presente que narra y que ya ha vivido» (p. 63), como lo expresa Elena Frontaloni en su magnífico postfacio, por lo que la mirada inocente del descubrimiento se funde con la agudeza de la mujer madura que reconstruye, con las pinceladas justas, el núcleo, la esencia de aquella etapa.

La vida del convento no consentía que nacieran sueños nuevos, salvo el de una sublime renuncia: lo único que precisa la existencia.

Quemaduras pone de manifiesto las dobleces y la astucia de la religión católica para someter a sus siervos: una educación basada en el miedo y la represión de cualquier atisbo de placer o exceso. La alumna ejemplar es aquella que se sacrifica, que no dice nada fuera de tono, que no hace preguntas incómodas. La (brillante) metáfora de las quemaduras resulta muy ilustrativa: las monjas más severas advierten a la chiquilla que el mundo le «quemará» la piel, la pervertirá. La narradora, en efecto, va a la playa y se quema, de forma real y simbólica: la diversión hasta ahora desconocida es su singular «quemadura». Y, al contrario de lo que se podría intuir, salir no conlleva una liberación inmediata para ella: tras tantos años encerrada, concentrada en el estudio, se siente un tanto perdida y desconcertada en la libertad de la calle. La historia tiene resonancias del mito de la caverna platónico, con el convento como la caverna de los pobres ignorantes, el mundo de las sombras, de la falsa realidad, donde se puede modelar a las internas e inducirles el recelo hacia lo exterior para que no se atrevan a cruzar la puerta. Hay una notable excepción en el rol de una monja anciana, que, a diferencia de sus colegas, no se escandaliza a la primera de cambio ni promueve la sumisión con tanto ahínco; se insinúa que la madurez le permite, no solo ser consciente de sus renuncias, sino mostrar la suficiente generosidad hacia las jóvenes para que, al menos, ellas puedan elegir.

¡Cuántos misterios había en la vida de las monjas! Pero, a diferencia de los celestiales, los misterios conventuales no se narraban ni se desmenuzaban; también a diferencia de los terrenales, que apenas se tocaban porque quemaban, los misterios conventuales, anunciados por las campanas con su jerga en clave, estaban herméticamente cerrados.
Dolores Prato

Más allá de la religión y la clausura, la autora incide en la falta de oportunidades de las mujeres de su generación: matrimonio, convento… o un largo camino para seguir estudiando y ejercer una profesión cualificada, una de las pocas que estaban a su alcance. El convento, visto así, puede ser un arma de doble filo: proporciona una educación en una época en la que el acceso a la escuela no estaba al alcance de todas, una educación fundamentada, claro, en el catolicismo; no obstante, de manera indirecta introduce en las alumnas la curiosidad intelectual, que no tiene por qué seguir la senda dictada en el internado. Es interesante, muy interesante todo lo que examina Prato, y aún más el estilo con el que lo hace: esta pieza está extraordinariamente bien escrita, con un lenguaje poético y exacto, de imágenes y alegorías hermosas. Además de las quemaduras, construye metáforas con elementos de la naturaleza, como la rosa (la idea de algo vivo y bello, como la juventud de la protagonista, que perturba a las monjas, resecas bajo su hábito) o la conversión del gusano en mariposa como reflejo del tránsito de la infancia recluida al descubrimiento del mundo en la adolescencia («el fracaso de mi iniciación me había devuelto al estado de gusano», p. 56, reflexiona tras su primera incursión en el exterior). Muchas, muchas capas tiene este librito, que de menor solo tiene el tamaño. Por lo demás, deslumbrante.

Fragmentos en cursiva de las páginas 7, 10 y 44.

21 octubre 2017

Casa ajena - Silvio D'Arzo



Edición: Minúscula, 2016 (trad. y post. J. Á. González Sainz)
Páginas: 128
ISBN: 9788494534812
Precio: 12,00 €

Silvio D’Arzo, seudónimo del italiano Ezio Comparoni (Reggio nell’Emilia, 1920-1952), murió demasiado pronto para saber qué papel habría tenido en la historia de la literatura del siglo XX. Comenzó a escribir muy joven: publicó una novela, algunos cuentos y artículos sobre autores anglosajones como Henry James, R. L. Stevenson o Joseph Conrad, que ejercieron una fuerte influencia en él. No obstante, una leucemia truncó su camino con apenas treinta y dos años. No llegó a ver publicada la que hoy se considera su creación más importante, Casa ajena (1952), un logrado relato que vio la luz en los meses posteriores a su muerte y poco a poco fue ganando notoriedad, gracias al apoyo de escritores como Giorgio Bassani, tal como explica J. Á. González Sainz en su excelente postfacio. La niñez de D’Arzo transcurrió durante la dictadura de Mussolini y estuvo marcada por la ausencia del padre; su madre lo crió sola, haciendo todo tipo de trabajos. Esta experiencia, este conocimiento directo de la pobreza y la degradación social de las mujeres solas, está presente en esta obra, una obra rotunda y vivaz, que critica la moral cristiana y plantea un debate todavía vigente.
Casa ajena se desarrolla en un pequeño pueblo de los Apeninos. El narrador, un párroco ya entrado en años, lleva una existencia monótona que relata con un toque de humor: las clases a los niños, la preparación de las fiestas junto a los vecinos, los funerales… Todo de lo más previsible, de lo más rutinario, hasta que un día se fija en una anciana desconocida —cosa extraña en una localidad tan diminuta— que se acerca a la zona para lavar. Poco a poco, descubre que está sola, que lleva una vida desdichada, de penurias y escasez. Entre atraído por la novedad y perturbado por la desazón que emana la mujer, el sacerdote intenta trabar conversación con ella. Sin embargo, se lleva una sorpresa: la señora ya no quiere el consuelo que le puede ofrecer la religión. Está de vuelta de todo, no espera ni desea nada, y por eso mismo le hace una pregunta controvertida, un dilema ético que choca con sus principios: ¿no podría poner fin a su dolor… sin esperar a la muerte?
«Esa es la vida que yo llevo: una vida de cabra. Una vida de cabra y nada más.» (p. 93), se lamenta ella. Casa ajena tiene una interpretación en clave sociológica: la precariedad de las mujeres en una situación de desarraigo, sin familia —una institución fundamental en los países de tradición católica— y sin recursos, condenada a hacer para otros las tareas menos gratas con el único fin de subsistir, que no de disfrutar de la vida. Además, se encuentra en una edad en la que, en el contexto de una localidad rural de principios del siglo XX, ya es tarde para empezar de cero. Hay también una crítica del aislamiento que conlleva el campo: estos pueblos perdidos en el monte obligan a sus habitantes a la resignación, por la falta de diversiones, por la incomunicación en invierno, por unas costumbres que se mantienen año tras año, por una mentalidad más conservadora que en la ciudad. Estas circunstancias constriñen a la anciana, que se ve sin futuro, sin esperanza, pero obligada, desde un punto de vista moral, a mantenerse viva. El suicidio sería un pecado, una transgresión imperdonable.
Silvio D'Arzo
Este relato costumbrista esconde, por lo tanto, un fondo filosófico, una duda existencial: ¿merece la pena vivir en las condiciones en las que lo hace esta mujer?, ¿la abnegación y el sufrimiento perpetuos compensan? Estas preguntas cuestionan, y ahí está la gracia, los preceptos del catolicismo imperante en su sociedad. Cuestionan las máximas que su interlocutor, el párroco, ha asimilado como inviolables. El interés del relato reside en cómo este encara la respuesta a la mujer. Por un lado, es consciente de la humillación, de la ruina que asola a la anciana. Entiende su pregunta. Con todo, como religioso, no puede aprobarla. Se da una cruel (e inteligentísima) paradoja: el sacerdote, que en teoría ejerce de guía espiritual, de confesor y consejero, es incapaz de consolar a quien más lo necesita. La única vez que una persona realmente desesperada acude a él, es incapaz de darle una respuesta sincera y personal; solo parlotea, rompe el silencio con el lenguaje vacío e hipócrita de la religión, esos valores aprendidos de memoria que enuncia sin emoción, para salir del paso. La fe debería reconfortar, pero no reconforta en este caso. Y él lo sabe, y le duele, y tiene remordimientos. Pero ¿osará salir de su caparazón?

Todo ello me cogió tan por sorpresa que así de buenas a primeras no se me ocurrió decir siquiera una palabra. Ni una. Pero luego no, luego tampoco fue así: me salieron de la boca palabras y más palabras y recomendaciones y consejos y «por lo que más quiera» y «pero qué es lo que dice» y sermones y páginas enteras y todo lo que se quiera. Todo cosas de otros, sin embargo, cosas antiguas; y por si fuera poco dichas una y mil veces. Mía, ni una palabra ni media: y allí en cambio lo que hacía falta era algo nuevo y mío, y todo lo demás era menos que nada.*

Casa ajena es una fábula rural áspera, como el día a día en el campo, e incómoda, como las preguntas que dinamitan los cimientos de un sistema de pensamiento. Y, sobre todo, es un texto contundente y afilado, que en pocas páginas remueve más conciencias que otros libros en quinientas. Falta hace.
*Fragmento de la página 98.

20 octubre 2017

Mapa de una ausencia - Andrea Bajani



Edición: Siruela, 2017 (trad. Carlos Gumpert)
Páginas: 176
ISBN: 9788417041410
Precio: 16,95 € (e-book: 9,99 €)

Era cada vez más difícil encontrar sitios libres en los que colocar los souvenirs que me habías traído sin tapar algún otro. Los había de todos los países, de cada rincón del planeta, con mi habitación que, viaje tras viaje, iba convirtiéndose en el mapamundi de tu ausencia cotidiana.

En los últimos años me he interesado por la narrativa italiana. Empecé por los escritores fundamentales del siglo XX, y poco a poco he ido abriendo mi abanico de lecturas a la literatura contemporánea. A autores ya consagrados como Erri De Luca, Elena Ferrante o Milena Agus, se les han unido nuevas voces como Valeria Parrella, Giorgio Fontana y el que comento hoy, Andrea Bajani, nacido en Roma en 1975. Cabe precisar que Bajani se dio a conocer en 2002 y en estos momentos ya ha publicado una decena de novelas; no obstante, las traducciones han tardado tanto en llegar que hacen que aquí le demos el trato de «joven promesa». De hecho, hasta la fecha solo se han traducido dos libros suyos: Saludos cordiales (2005; Siruela, 2015) y Mapa de una ausencia (2007; Siruela, 2017). Este último, galardonado con los premios Super Mondello, Brancati y Recanati, viene avalado por un trío de excepción: Antonio Tabucchi, Emmanuel Carrère y Enrique Vila-Matas. Sí, lo sé: a veces las alabanzas no significan nada. En esta ocasión, sí.
Mapa de una ausencia aborda la educación sentimental de un hombre joven a partir del primer gran punto de inflexión en su vida: la muerte de la madre. El libro comienza con una escena demoledora: el chico viaja desde Italia a Bucarest para enterrar a su madre. Allí le esperan las personas que compartieron los últimos años de su progenitora y una ciudad que aún no ha cicatrizado las heridas de antaño: un lugar en el que descubrir qué fue de ella y, tal vez, qué será de él. Emprende el viaje sin el llanto ni la desesperación que producen las pérdidas repentinas, pues existía cierta frialdad y distanciamiento entre ambos. Llevaban mucho tiempo sin verse, nunca mantuvieron una relación maternofilial al uso y ella se había trasladado a Rumanía. Con este planteamiento, el narrador protagonista entrecruza dos hilos: su presente en Bucarest, tratando de rellenar los huecos de lo que ella no le contó, y una reconstrucción de la relación con su madre desde su infancia, una relación llena de silencios y desapego a la que intenta dar sentido.
El autor lleva a cabo una desmitificación de la figura maternal arquetípica: la madre del protagonista fue madre soltera, una mujer de negocios, independiente y pionera, que no dudó en poner su trayectoria profesional por delante de la maternidad y el ámbito doméstico. Con los años, conoció a un hombre que adoptó el rol de padre para el chico, y se quedó con él durante las largas ausencias de ella, ausencias que se volvieron definitivas. He aquí una aproximación a la madre ausente, un motivo mucho menos explorado que su homólogo masculino, tanto en literatura como en otras manifestaciones culturales. Se trata, además, de una mujer que ha construido una vida de superficialidad: se dedica a vender unas máquinas milagrosas para perder peso, fabricadas en países de Europa del Este para abaratar costes. No resulta fácil sentir empatía por este perfil de profesional centrada en obtener beneficios a cualquier precio, que deja de lado a la familia (no solo al hijo: es, a su vez, una persona incomprendida por sus padres); pero, por eso mismo, porque rompe esquemas, es aún más interesante la novela. Algunos relatos sobre mujeres emancipadas tienden a darles un tratamiento de «víctimas» y «luchadoras», buscando la compasión. Esta obra muestra una cara menos amable: una mujer, una madre, también puede pensar con frialdad, también puede participar en negociosos éticamente cuestionables, también puede alejarse del niño.
La otra cara de esta novela es la del hijo-narrador: él indaga en el recuerdo de su madre, en su mundo de apariencias; rompe la capa de hielo que ella construyó a su alrededor. El viaje a Rumanía es al mismo tiempo un viaje interior para acercar posturas, entender, incluso conocer (o reconocer) a su madre. Porque lo que encuentra en Bucarest no se corresponde con aquella mujer fuerte y poderosa que veía en Italia. Tampoco algunos recuerdos que vuelven a su mente, imágenes borrosas que le remiten a esos abuelos que renegaron de su hija; ella tuvo que hacer muchas renuncias, y quién sabe hasta qué punto influyeron en su carácter duro. En Bucarest también conoce a un elenco de personajes, todos atormentados a su manera: el socio de su madre, un tipo un tanto turbio; una chica que le descubre lo mejor y lo peor del país y de quienes viajan allí; y un joven conductor con quien enseguida congenia. Bucarest en sí mismo es otro personaje: el que saca las vergüenzas de los occidentales que solo se asoman allí por interés.
Andrea Bajani
Una madre que recorrió el mundo, que se distanció, y un hijo que rehace sus pasos para reencontrarla, para decirle adiós. Y para empezar de nuevo, porque a la muerte real de la madre le sigue su muerte simbólica en los recuerdos del hijo, por la confrontación entre la madre recordada y la madre redescubierta en Rumanía. Eso es este Mapa de una ausencia tan bien armado. Eso, y una ciudad, un país, que saca a los urbanitas del sur de Europa de su zona de confort. La novela está concebida como una obra de naturaleza intimista, y el punto de vista es un aspecto fundamental: el hijo-narrador se dirige a un «tú», que es la madre, como una forma de afrontar el duelo y las preguntas sin respuesta: hablarle, hablarle en silencio, para sí mismo, hablarle más que cuando aún vivía. Esta voz dota el estilo de intensidad y vigor, sin caer en la afectación. Es elegante, pulcra y precisa, funde monólogo y narración en un ejercicio de contención espléndido. No le falta ni le sobra nada. Andrea Bajani es uno de esos escritores que obligan a mirar de frente todo aquello de lo que apartamos la vista, pero lo hace tan bien, hay tanta «belleza» en su lenguaje, que resulta hasta placentero.
Cita inicial de la página 36.

10 octubre 2017

El club de los mentirosos - Mary Karr



Edición: Periférica & Errata naturae, 2017 (trad. Regina López Muñoz)
Páginas: 520
ISBN: 9788416291533
Precio: 23,00 €

Cualquier familia compuesta por más de un miembro es una familia disfuncional. En otras palabras: en el barco donde tan sola puedo sentirme, en realidad, vamos todos.
Elijo esta frase —escrita por la autora en un prólogo de 2004, casi diez años después de la publicación del libro— para encabezar la reseña porque condensa tanto la esencia de la obra como la empatía que esta genera en el lector. Hay publicaciones que se leen, por así decirlo, desde la barrera: como un espectador que las analiza (y las disfruta) en frío, sin despeinarse. Sin embargo, hay textos que, además de dejarse leer, acompañan. Estos libros no tratan al lector como a un invitado, acomodándose a él, sino que le hacen partícipe de sus trapos sucios, sus turbulencias. Y, con ello, establecen una complicidad y lo empujan a remover sus propios asuntos, a mirarse a sí mismo y no solo al libro, porque el contenido, en cierto modo, le atañe, le interpela. El resultado es una lectura en la que uno se siente como cuando se apalanca en el sofá y pone los pies en la mesilla: cómodo, desinhibido, sin complejos. Así me he sentido al leer El club de los mentirosos (1995), de Mary Karr (Texas, 1955), un memoir tan descarnado como hilarante que se convirtió en un fenómeno en Estados Unidos, donde se considera un referente del género. Permanecía inédito en castellano hasta ahora.
Mary Karr relata su infancia, primero en una localidad petrolera de Texas, luego en Colorado, luego en Texas de nuevo. Estamos en los años sesenta, en ese sur tan sucio, en el seno de una familia que encarna esa sordidez: el padre, bebedor, suele divertirse con su cuadrilla (llamada el «club de los mentirosos») en el bar; la madre, una mujer con varios matrimonios a sus espaldas, afronta sus propias crisis personales, además de renuncias que no se atreve a desvelar; por último, Mary y su hermana, dos niñas que, en semejante ambiente, aprenden a espabilarse solas a muy temprana edad. Sí, la infancia de la autora estuvo marcada por el desorden reinante en su entorno: el alcohol, la violencia, los brotes de locura, la inestabilidad general. Podría tildarse de una infancia «macabra». Aun así, no se lamenta. En absoluto: no cuenta la épica de una mujer que superó las adversidades, sino de una chica plenamente integrada entre los suyos, que es capaz de mirar a su familia con transparencia, riéndose de todo y sin lloriquear. En toda familia hay tragedias, episodios vergonzosos y momentos de risas; pero, sobre todo, existen unos códigos compartidos que solo ellos entienden, que hacen únicas sus vivencias (el «léxico familiar», como diría Natalia Ginzburg); el logro de Mary Karr es haber plasmado el «alma» de su familia. Terca, embrutecida… y muy socarrona.
(Los propios cuadros se me grabaron a fuego con esa intensidad tan característica de la niñez. Cuando, años después, tropezaba con las pinturas auténticas en los museos, solía apoderarse de mí esa sensación que te asalta al entrar en tu antiguo colegio, la de volver a ser pequeño en un mundo descomunal e incontrolable, pese a que la escasa altura de las fuentes revela todo lo contrario, que ahora eres un gigante. Cuando a los dieciocho años tuve delante la Habitación en Arlés de Van Gogh, el cuadro me pareció ridículamente pequeño, y sin embargo extremadamente familiar.)

¿Dónde está el truco? La voz, siempre en la voz. El título no solo alude a los amigos de su padre, sino que todos los miembros de la familia pueden asimilarlo. Comenzar unas memorias hablando de las mentiras de su familia, admitiendo aquellos sucesos sobre los que han corrido un tupido velo, es una declaración de intenciones. «Comprobamos que las heridas cicatrizaban mejor si las dejábamos al aire […]. Nuestras catástrofes, tan lejanas, se volvieron asumibles. Es lo que los griegos llaman catarsis» (p. 7), reflexiona la autora. Al pensar en este libro me vienen a la mente palabras como «naturalidad» o «confianza»; cualidades difíciles de medir, poco amigas de la teoría literaria, poco objetivas. No obstante, definen el tono de Mary Karr y la voluntad con la que afronta este libro: transparencia, sacar a la luz la verdad después del tiempo de las mentiras, la contención y los secretos incómodos. Como dice Lena Dunham en el epílogo, «Antes, la tradición dictaba que había que silenciar estas historias […]. Pero el rechazo de Karr a reprimirse, su rechazo a mentir, nos señala que esos tiempos ya han quedado atrás. De aquí en adelante se hará la luz» (p. 515). Y lo cuenta, además, con humor, con gracia. Tiene algo de Lucia Berlin, otra gran escritora de su propia vida, en su capacidad para narrar con chispa unas experiencias que en la práctica resultaron dolorosas. Es reseñable el uso del paréntesis (a veces párrafos enteros): me he visto con frecuencia subrayando precisamente estos pasajes, estos apuntes al margen que en teoría no son lo principal, y que sin embargo comprenden algunas de las cavilaciones más lúcidas, las observaciones más interesantes. Es en lo pequeño, en el detalle, donde más se desnuda.
Durante décadas, los demonios personales de mi madre habían sido un misterio para mí, al igual que su pasado. Pocos mentirosos natos emprenden conscientemente la senda de la verdad, ni siquiera quienes creen de una manera axiomática que dicho camino acabará por liberarlos. Varias veces volé a Texas con el firme propósito de abrir la puerta metafórica del pasado. Pero la resistencia con que me encontraba era tan invisible como implacable. Incluso papá, en la época en que aún podía hablar, se negaba. Ponía cara de soy-un-pobre-viejo-chocho y decía: «Joder, cariño, no me acuerdo de nada de eso».

En el (brillante) elenco de personajes, la figura de la madre va ganando fuerza a medida que pasan las páginas. No es la típica mujer «sometida» por el patriarcado que mantiene a flote la familia mientras el marido se emborracha, sino una persona curtida, dura, que ha hecho lo que ha querido y no obstante padece sus propias presiones autoimpuestas. No, no es una «madre coraje» (cómo detesto esta expresión); es una madre imperfecta, cómo no, y su hija comparte abiertamente sus depresiones, los periodos en los que no pudo hacerse cargo como es debido de ella y su hermana. Esos temas que antaño se silenciaban, que tanto ensombrecían la reputación de una mujer, más aún de una madre, y que en estas páginas se exploran como una parte más de la vida, aceptándola sin añadir dramatismo ni trivializar el sufrimiento. Es asimismo destacable cómo la narradora se abre al mundo de los adultos (y al secreto de su madre) escuchando a hurtadillas, dando forma al hilo de lo que nunca le contaron a partir de palabras sueltas, de verdades a medias que oye aquí y allá. Así es como tan a menudo se descubren las revelaciones: con pedazos que no cobran sentido hasta el final.
Y entonces fue como si un agujero negro me tragara entera. O, más bien, como si el agujero siempre hubiera estado dentro de mí y me hubiera devorado poco a poco a lo largo de esos años sin que yo me diera cuenta. Me rendí sin más. ¿Qué término era el que usaban los médicos? Ah, sí: implosionar. Implosioné.

Mary Karr
Quizá el mayor mérito de Mary Karr ha sido abrir la puerta a una forma desacomplejada de entender el género del memoir: la historia de su familia no constituye una mera línea cronológica de acontecimientos, sino que se edifica sobre las sombras, las grietas, esos espacios de desorden que suelen omitirse en las representaciones culturales dominantes. «Qué raro […] que pensemos que lo “normal” es que los árboles tengan hojas, cuando en realidad durante seis meses al año están completamente pelados» (p. 374), comenta. Algo parecido ocurre con el hogar: qué raro es atribuir unos determinados roles a cada miembro cuando, en la práctica, todos se desdibujan y dan lugar a situaciones a veces cómicas, a veces brutales, a veces tiernas. Porque en una infancia cabe todo, incluso en una infancia tan poco convencional como la de esta autora. Después de su publicación, mucha gente se le acercó para contarle sus propias trifulcas familiares; esta reacción nos da una idea del sentimiento de identificación que provocan sus memorias (no con los hechos específicos, sino más bien con el «misterio» inextricable de cada familia). Todos llevamos a un mentiroso dentro, y esta obra invita a reconciliarse (y a reírse) con él.
Citas en cursiva de las páginas 13, 218-219, 493 y 504.

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