23 agosto 2019

Mi padre es mujer de la limpieza - Saphia Azzeddine


Edición: Demipage, 2012 (trad. Begoña Díez Zearsolo)
Páginas: 186
ISBN: 9788492719204
Precio: 17,00 € (e-book: 6,90€)

Saphia Azzeddine (Agadir, Marruecos, 1979), escritora, actriz y directora de cine, forma parte de la nueva generación de autores franco-marroquíes, en la que también figura la ganadora del Premio Goncourt Leila Slimani (Rabat, 1981); voces jóvenes e inteligentes, que exploran la diferencia en la sociedad occidental contemporánea, una sociedad estratificada, multicultural y multiétnica. Azzeddine se dio a conocer en el panorama literario con Confesiones a Alá (2008; Demipage, 2011), que tuvo un gran éxito, y desde entonces ha publicado seis libros más, dos de ellos traducidos al castellano: Mi padre es mujer de la limpieza (2009; Demipage, 2012), que vendió más de 200.000 ejemplares en Francia y ella misma adaptó a la gran pantalla, y El viento en la cara (2015; Grijalbo, 2017). Siguiendo la estela de las novelas de formación con una narración desenfadada, herederas del Holden Caulfield de J. D. Salinger, Mi padre es mujer de la limpieza se alza como una lectura simpática y distendida sobre la experiencia de un adolescente del siglo XXI en el extrarradio de París.
Nos habla Paul, apodado Polo, un chico de dieciséis años que vive en Francia desde que era niño. Su madre, discapacitada, se pasa el día en casa; mientras que su hermana mayor, una joven atractiva y con «reputación de putón verbenero» (p. 17), está obsesionada con los concursos de belleza. En estas circunstancias, el padre se convierte en el principal apoyo de Polo, solo que este padre no tiene una profesión precisamente «varonil» de las que suelen inspirar a los muchachos: trabaja como limpiador de establecimientos. El propio Polo le echa una mano después del colegio. Algunas temporadas, les toca encargarse de la limpieza de una biblioteca y Polo aprovecha para leer mientras barren. Pero no nos confundamos: esto no es el cuento del buen samaritano, ni la historia de superación lastimera de turno. No, Polo dista mucho de ser un hijo modélico (por suerte). Ayuda al padre, sí, pero por dentro mil contradicciones le revuelven las entrañas. Porque no siempre resulta fácil aceptar su condición social. Y porque, como cualquier adolescente, se siente inseguro.
El protagonista se enfrenta a la tensión del desclasamiento en potencia: pertenece a la clase humilde, pero con los estudios puede aspirar a más. En el proceso, no obstante, sufre esa contradicción entre la reacción de «vergüenza» instintiva, por la incultura y los modales toscos de su familia, rasgos que él va dejando atrás a medida que crecen sus conocimientos, y el afecto y la admiración que le suscita la integridad de su padre, el sacrifico por sacarlos adelante con un empleo precario, sin perder nunca el buen humor. La naturaleza «femenina» del trabajo, por cuanto lo desempeñan con más frecuencia las mujeres, añade connotaciones de degradación; el padre, tan a menudo concebido por los hijos como un héroe, «rebajado» a señora de la limpieza. El aprendizaje de Polo pasa por asumir que un padre, incluso un padre limpiador, zafio y malhablado, que se encarga de más tareas del hogar que su esposa, puede al mismo tiempo ser un gran referente para él en su camino hacia la vida adulta.
Saphia Azzeddine
Como telón de fondo, no podían faltar el primer amor y el despertar sexual, tratados con desparpajo, con hincapié en las dudas, pero con un narrador que se ríe de sí mismo y se gana la complicidad del lector. En lo relativo al colegio y los amigos, se esbozan las diferencias raciales y socioeconómicas de su región, una zona empobrecida y con muchos inmigrantes. Destaca, en particular, su acercamiento a una chica de la burguesía francesa, que sin querer acrecienta sus inseguridades. Todo ello, narrado con un estilo cercano al habla coloquial, desacomplejado; un tono adolescente logrado y divertido. Polo puede considerarse una víctima en más de un sentido, pero no va de ello; le pone humor, mucho humor. Tanto, que el final está un poco pasado de vueltas, «alocado», demasiado happy-ending de comedia comercial, por mucho que sea el desenlace exacto para cerrar el círculo. En cualquier caso, una buena novela, con la dosis justa de ternura para conmover sin empalagar y una prosa ágil que garantiza el disfrute.

21 agosto 2019

Fresas silvestres - Angela Thirkell


Edición: Gatopardo, 2019 (trad. Patricia Antón)
Páginas: 250
ISBN: 9788417109653
Precio: 19,90 € (e-book: 9,99 €)

Gatopardo, una de las editoriales independientes más interesantes de los últimos años, está haciendo un hueco en su catálogo a escritoras británicas notables del siglo XX, que tuvieron su momento de esplendor en su país, pero eran bastante desconocidas para el lector español. Barbara Pym, Elizabeth Taylor o su última incorporación, Angela Thirkell (Londres, 1890 – Bramley, 1961), se están revelando como (pequeños) fenómenos literarios, pues conectan con el público de hoy gracias a la frescura de sus comedias de costumbres y a ese humor inglés al que nunca le faltan adeptos. De las tres autoras mencionadas, es posible que Angela Thirkell sea la más «ligera»: de familia intelectual, esta prolífica novelista empezó su carrera durante el periodo de entreguerras y continuó escribiendo un libro al año hasta su muerte. Permanecía inédita en castellano hasta hace solo unos meses, y el título escogido para darla a conocer es Fresas silvestres (1934), una de sus obras más aclamadas. Como curiosidad, en Un alma cándida (1964), de Elizabeth Taylor, también publicada por esta editorial, un personaje lee una novela de Angela Thirkell para evadirse, lo que da una idea del alcance popular de la autora.
El planteamiento esboza un cuadro costumbrista a la vieja usanza: vacaciones de verano, una gran finca, un clan de ingleses excéntricos. Son los Leslie, una familia en la que no faltan una anciana matriarca tan metomentodo como divina, un marido tan estirado como bonachón, una prole que resiste unida contra viento y marea y un nieto adolescente ávido de travesuras. Este año, han invitado a una sobrina, la joven Mary Preston, a pasar el verano con ellos. Es una muchacha primorosa, aunque de familia venida a menos. Las mujeres esperan emparejarla con John, el hijo viudo, un hombre responsable y trabajador, aún no demasiado mayor para la chica. Sin embargo, Mary se fija en otro de los hijos, el bohemio y despreocupado David, que además es un seductor. Ya se sabe: los planes no salen como uno espera. Por otra parte, la sobrina no será la única veraneante de la zona: el párroco ha alquilado su casa a una familia francesa. Los Leslie tienen ciertos recelos, se hacen todo tipo de prevenciones antes de su llegada; pero, cuando se instalan, los franceses resultan ser bastante parecidos a ellos.
Angela Thirkell
El éxito de Fresas silvestres reside en dar exactamente lo que se espera: una comedia de costumbres escrita con oficio, liviana (en el buen sentido), irónica, con diálogos ácidos, personajes funcionales, enredos de resolución sencilla y situaciones cómicas por doquier. Tan apacible que uno la termina antes de tener tiempo de ponerle objeciones. Ofrece el placer del reconocimiento de un tópico bien trabajado: la joven enamorada del chico caradura; el coqueteo de la edad de merecer; la matriarca quisquillosa adorable; los forasteros extravagantes... Hace asimismo una ligera radiografía social de la transición que supusieron los años treinta para la sociedad, por cuanto contrapone a la chica delicada de familia tradicional con la mujer trabajadora emancipada, a la matriarca arquetípica del viejo orden con las nuevas generaciones, o a los franceses ilustrados con los ingleses devotos de sus convicciones añejas. Como telón de fondo, las heridas de la Gran Guerra, el hijo muerto; la pérdida que está ahí aunque intenten hacer como si nada (qué remedio). En cualquier caso, este no es un libro para llorar, sino para sonreír. Un buen divertimento para resistir el calor.

19 agosto 2019

Mil grullas - Yasunari Kawabata


Edición: Emecé, 2012 (trad. María Martoccia)
Páginas: 144
ISBN: 9788496580770
Precio: 7,95 €

Yasunari Kawabata (Osaka, 1899 – Zushi, 1972), premio Nobel de Literatura en 1968 y uno de los escritores japoneses fundamentales del siglo XX, fue un maestro de la novela breve, el arte de reducir un relato a la mínima expresión, como demuestra en su célebre La casa de las bellas durmientes (1961) y, también, en Mil grullas (1952). Chikako, una mujer madura, invita a Kikuji, un joven huérfano, a la ceremonia del té para presentarle a una chica hermosa que luce un pañuelo estampado con las mil grullas, un símbolo de longevidad. La anfitriona pretende actuar como alcahueta entre ellos; no obstante, la gracia del libro es que no se centra en ese romance hipotético, sino en las tres mujeres que formaron parte de la vida del padre del chico, y que este descubre en su entrada en sociedad: por un lado, la propia Chikako, que nunca se casó y tiene una mancha oscura en el pecho; y, por otro, una tal señora Ota y su hija.
El ritual de la ceremonia del té se convierte en el nexo entre generaciones, al recuperar los utensilios que emplearon el padre y sus amantes. Como en un rito iniciático, el patrón parece repetirse en los descendientes. Chikako se desvela como la titiritera que maneja al joven, una organizadora de apariencia amable y resuelta de quien no están claras las intenciones. La señora Ota y su hija, de aspecto desdichado, tampoco se caracterizan por su honradez; la madre, herida por la relación con el padre de Kikuji, utiliza a su antojo al chico. Este se deja arrastrar por las mujeres como quien acepta una herencia pesada y a la vez fascinante por el misterio (y la atracción) que encarnan ellas. Se fija, además, en la hija de la señora Ota. Mientras, la muchacha del pañuelo de las grullas, olvidada, discreta, termina por erigirse en símbolo de la existencia a la que renuncia Kikuji (la esposa bella, dócil, sin un equipaje latoso) al entrometerse en la telaraña oscura y perversa que conforman las mujeres de su progenitor.
Yasunari Kawabata
Como su compatriota Junichiro Tanizaki en La llave (1956) o Diario de un viejo loco (1961), Kawabata plantea la historia como un juego de ambigüedad, sutileza, sensualidad y sombras. Los narradores japoneses plasman como nadie la manipulación psicológica, el erotismo contenido, el intercambio que empieza tranquilo y culmina en tragedia. La trama se articula más por acumulación de escenas que por el esquema causal más típico de la literatura en inglés; cada episodio introduce matices, invita a repensar lo que se ha leído en el capítulo anterior. La elisión resulta fundamental, por cuanto los personajes solo se reúnen durante las ceremonias del té; no se cuenta qué hacen por separado, en solitario. Los diálogos, agudos, inteligentes, son claves a la hora de revelar información. El autor mantiene una tensión latente con una economía de recursos extraordinaria; la lectura se hace tan «liviana» que asombra, al pensarlo, la capacidad de concentrar tanto en tan poco. Dominio de la insinuación. Imaginario sugerente, poético, cruel. Un pequeño gran libro.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails