20 mayo 2019

Kentukis - Samanta Schweblin


Edición: Literatura Random House, 2018
Páginas: 224
ISBN: 9788439734895
Precio: 17,90 € (e-book: 7,99 €)

Me repito, pero no importa: Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) me parece una de las escritoras más interesantes del panorama actual, de cualquier lengua y de cualquier país. Ha publicado dos libros de cuentos, Pájaros en la boca (2009) y Siete casas vacías (2015), y una novela corta, Distancia de rescate (2014). Todo bueno, muy bueno; brevedad no equivale a «menor». Imaginería macabra, mezcla de realidad y delirio, desconcierto, sobriedad estilística. Una mirada personal y corrosiva al entorno, que trasciende el ámbito local (da igual dónde se desarrolle un relato, no porque pueda suceder en cualquier lugar, sino porque prevalece el qué, no el marco). Kentukis (2018), su último trabajo, y su novela más extensa hasta la fecha, supone un paso adelante coherente con su proyecto. Tira del hilo de la ficción especulativa, que le ha dado grandes resultados, para construir una narración de mayor envergadura, una suerte de distopía literaria que acierta de pleno en su estudio del presente («da un puñetazo», «pone el dedo en la llaga» o «sacude al lector», podría decir, si no sonara tan tópico).

El Gran Hermano vive en tu casa
Tiene apariencia de peluche (conejo, cuervo o lo que se tercie, al gusto del consumidor), pero lleva una cámara dentro, interactúa y se mueve. Este artilugio llamado kentuki permite jugar a dos bandas: por un lado, alguien compra el aparato, lo instala en su casa, se deja acompañar (vamos a decirlo así) por el animalito; por el otro, otra persona, de cualquier país del mundo, adquiere la otra parte del kentuki, a saber, el panel de control, el ojo que todo lo ve, o, mejor, el ojo que ve hasta donde el otro le deja. Uno elige observar y el otro ser observado. Un juego entre exhibicionista y voyeur. Bastante atrevido, sí, pero ahí están, desde hace tiempo, los programas de telerrealidad o los canales de YouTube. Los creadores de contenidos con su propia vida como materia prima y los consumidores silenciosos de la misma. El kentuki, aunque nazca de la imaginación de Samanta Schweblin, no parece un invento descabellado. La distopía concibe un futuro hipotético, pero esta no dista tanto de la realidad del siglo XXI.
El azar es un factor clave en el funcionamiento del kentuki: ni quien compra el mando elige a quién observará, ni quien adquiere el peluche conoce la identidad de su espía (hasta que el artilugio prospera y aparecen las redes de compra clandestina, pero eso ya es otra historia). Los aparatos, además, se expanden por todo el globo; observador y observado pueden estar a miles de kilómetros de distancia, pueden no coincidir en horarios. Pueden (es más, suelen) pertenecer a generaciones, etnias, religiones y clases sociales diferentes. Pueden, claro, tener intenciones distintas. En ocasiones, uno puede ser espectador y objetivo a la vez. Hay tantas posibilidades… Y Samanta Schweblin, como buena titiritera, maneja unos cuantos hilos. La novia de un artista, una mujer con su existencia en suspenso, que se compra un muñeco para que le haga compañía. La jubilada peruana, que mira por la pantalla a una joven alemana. El italiano, padre divorciado, que compra el kentuki para su hijo pero acaba haciéndole más compañía a él. El adolescente huérfano, que escapa de su monotonía recorriendo las calles de otro continente a través de la consola. Son solo algunos ejemplos de las tramas que se desarrollan, algunas efímeras (un episodio) y otras sostenidas a lo largo del libro.

Dame cariño
¿Por qué querría alguien adquirir un kentuki o convertirse en testigo privilegiado de vidas ajenas? Las motivaciones son tan variadas como los personajes de la novela –entre las más curiosas, una residencia de ancianos de Barcelona, que incorpora unos cuantos muñecos para hacer compañía a los internos–, pero tienen un denominador común: la soledad. Y sus compañeros habituales: el ego, el individualismo creciente de la sociedad. Unos eligen esconderse entre bambalinas para vivir la vida del otro, porque su existencia les sabe a poco, porque carecen de oportunidades o simplemente porque son demasiado pudorosos para mostrarse. Los otros buscan la compañía de un desconocido disfrazado de mascota artificial para tener a alguien con quien abrirse por completo, alguien que les aguante cuando se irritan, que los escuche, los mire, que esté ahí como un perro fiel pero con mente humana. Unos quieren tener el control; otros quieren ser vistos, gritan mírame, hazme caso. Todos necesitan llenar algún tipo de vacío. Pero ¿hasta qué punto pueden fiarse del desconocido?
La novela esboza una sociedad en la que las pantallas ejercen como sustitutivos de las necesidades emotivas del ser humano (ay, esto no suena mucho a distopía, ¿verdad?). La incomunicación con los más allegados –en situaciones de todo tipo: parejas jóvenes, padres e hijos, gente que está muy sola– impulsa el deseo de satisfacer ese hueco con un aparato. Está, también, aquello de que resulta más fácil hablar con un desconocido que no juzga (y todavía más: que no reacciona, que es todo oídos. Porque, había olvidado decirlo, el kentuki no se comunica. No con lenguaje verbal, al menos). Algunos personajes se desnudan (literal y simbólicamente) ante el peluche mientras mienten a sus seres queridos y mantienen una doble vida. No nos engañemos: Samanta Schweblin escribe sobre el presente, sobre nuestras inseguridades, carencias, falta de anclaje. Sobre nuestras contradicciones, porque estamos llenos de ellas. Una crítica implacable a la deriva del individualismo contemporáneo. El kentuki es un recurso literario para llevarlo al extremo, pero el mensaje es cien por cien actual.

Incertidumbre morbosa
El planteamiento de Kentukis se cimienta sobre una incógnita (o varias): el uso insano del artilugio. No todos los personajes se conforman con hacerse compañía sin más. O quizá empiezan con esa intención, pero luego descubren un potencial inesperado de travesuras. El hecho de desconocer la identidad que hay detrás del kentuki le da emoción, para el usuario, que no sabe a quién ha metido en su cuarto, y para el lector, pues la autora tiene la inteligencia de no desvelar sus cartas y mantiene la intriga, nos hace partícipes del misterio que entrañan los peluches. Hay gente bienintencionada, pero también pederastas, bromistas pesados y tipos con ganas de hacer negocio. Y, de fondo, una idea morbosa: ser malo es divertido (al menos cuando no te descubren). El anonimato como armadura y pretexto para hacer aquello que no nos atrevemos a cara descubierta. Para adoptar otro rol (¡uy!, esto tampoco suena distópico, no en los tiempos de ciertos foros y redes sociales).
La paradoja (o no) es que quienes compran el kentuki lo hacen a conciencia. Los mirarán. Tal vez alguno espere que al otro lado haya un alma bondadosa, pero a muchos les gusta ponerle picante a su vida. Excitación. Socarronería. Crueldad. Erotismo. Los «malos» no solo están detrás de las cámaras: a veces los dueños de los peluches también hacen travesuras, ponen al espectador en un aprieto. No sé si como sociedad estamos preparados para admitir que a algunos les gusta mostrarse sin pudor (bueno, ya he mencionado YouTube, y ahí está también la autoficción); en cualquier caso, me encanta que se insinúe. Entre las consecuencias del uso del kentuki, la adicción al artilugio: de personajes que descuidan sus obligaciones a los que prefieren fortalecer sus lazos afectivos con el desconocido antes que con quien tienen cerca. El aparato da pie a muchas observaciones, muchos detalles, que no hablan tanto del objeto como de la conducta que suscita en los seres humanos.

Ficción rima con diversión
Samanta Schweblin
Kentukis, además de ser un libro de excelente factura, da mucho juego por las reflexiones que se entrevén en él. Es pertinente, en el sentido de que interpela al lector, explora conflictos del momento. Y, lo mejor, lo hace de una forma atractiva: no redacta un tratado, sino que nos divierte con su imaginario. Porque el kentuki tiene malicia y humor. En una época en la que el panfleto, la autoficción y el estilo poético artificioso son tendencia, qué alegría leer a una escritora como Samanta Schweblin, que pone la prosa al servicio de la construcción narrativa, sin pretender lucirse, e introduce al lector en un universo con la tensión in crescendo. Solo le puedo hacer una (minúscula) crítica: el hecho de abarcar tantas tramas, aunque se entiende por las múltiples posibilidades del kentuki, renuncia al potencial de narrar una única historia, darle continuidad y enriquecer a sus protagonistas. La dispersión resulta eficaz para desplegar el mapa kentukiano, pero no tanto para subyugar al público con un personaje memorable. Con todo, sigue siendo una novela brillante, de lo mejor que puede leerse en la actualidad. Como he dicho en otras ocasiones, es un lujo coincidir en el tiempo con la autora para descubrir libro a libro cómo convierte su percepción de la realidad (mi realidad, nuestra realidad) en literatura.

17 mayo 2019

Vozdevieja - Elisa Victoria


Edición: Blackie Books, 2019
Páginas: 256
ISBN: 9788417552138
Precio: 19,00 €

Ella sabe que no he nacido para ser su hija y yo sé que ella no podía sentirse más lejos de estar preparada para ser madre cuando parió. Estamos aquí por casualidad, resistiendo las tentaciones como un favor de la una para la otra. Es muy duro. Mi casa es un escondrijo lleno de fugitivos.*

Vozdevieja (2019), la primera novela de Elisa Victoria (Sevilla, 1985), nos lleva a la España de los años noventa de la mano de Marina, una niña que crece en un barrio obrero del sur. La infancia tiene su vertiente apacible, pero también una suerte de lado «oscuro», unos tabús aparentes que la pequeña radiografía con una mirada fresca y espontánea. Este es el gran logro de la autora: la voz narrativa, el punto de vista de una muchacha curiosa, que llama a las cosas por su nombre y a la vez conserva la candidez de la edad para narrar la imperfección de la vida doméstica sin tapujos: habla de cómo acompaña a la abuela al baño, de la madre que duerme en bragas, de los juegos en los que las muñecas se restriegan, de las revistas para adultos que hojea a escondidas. Desmitifica la idea de una infancia «blanca» o decorosa, introduce lo impúdico en la cotidianeidad y aborda la curiosidad por el sexo, las mentiras de los niños o la violencia entre ellos. Marina tiene una cualidad: la picardía. Y Elisa Victoria aúna todo eso en una narración fluida, personal. El título está muy bien escogido, además.
La familia de Marina, como tantas, tiene sus disfuncionalidades: la niña pasa mucho tiempo con su abuela; la madre la tuvo cuando aún no estaba preparada; el padre se halla ausente; el novio de la madre lo reemplaza en cierta medida. En la perspectiva de Marina se entrevén la enfermedad y la muerte, integradas en el día a día; no vive al margen de los problemas de los adultos. Con todo, dista mucho de autocompadecerse o hurgar en los asuntos espinosos; el acierto del punto de vista reside en tratar estas cuestiones como una parte más de la rutina, las «normaliza» en lugar de centrarse tan solo en lo traumático, conviven con las historias más livianas del colegio o los amigos. La autora concentra las esferas que componen la infancia, de lo trivial a lo profundo, de lo anecdótico a lo permanente, por lo que adopta un tono un tanto tragicómico. Tiene también una dimensión social que trasciende la individualidad de Marina, ya que a través de ella retrata las costumbres de esa sociedad humilde y castiza. Para la promoción del libro, la editorial ha contado con el aval de Elvira Lindo; un acierto, ya que a ella se la relaciona asimismo (al menos, en sus primeras obras) con esta aproximación a la niñez desde un enfoque entre tierno y ocurrente, que logra la complicidad de los lectores gracias a su naturalidad y sentido del humor.
Lo mejor de Vozdevieja es el descubrimiento de una nueva voz, valga la redundancia, con un estilo cuidado y una sensibilidad singular hacia esa fuente inagotable de literatura que es la infancia. No es poco, desde luego. Entre sus puntos débiles, la sensación de no saber hacia dónde va, junto con la falta de tensión. Por «tensión» no se trata de narrar una «intriga», darle un «ritmo vertiginoso» o «giros argumentales», sino el simple hecho (y no obstante tan difícil) de mantener la cuerda tensada, sin dispersarse, aunque se narre algo tan íntimo como la pérdida de la inocencia de una niña o los altibajos familiares. Este libro tiene el hándicap de parecer más una «crónica de la infancia» que una «novela» como tal. Tiende a divagar, a recrearse más de lo necesario en las digresiones, a detenerse en la anécdota. Las páginas están escritas con primor, eso sí, pero en ocasiones resulta preferible depurar el estilo hasta que quede lo esencial para que la ficción funcione, es decir, para que subyugue al lector.
Elisa Victoria
En relación con esta crítica, algunos lectores han valorado de forma positiva que les suscite nostalgia por su niñez. Sin embargo, precisamente el exceso de referencias a la cultura popular de los años noventa, por simpáticas que resulten, lastra la narración. Hay que preguntarse si se aspira a escribir un texto testimonial o –esa palabra tan de moda– generacional (y, entonces sí, podría ser pertinente comentar la gracia que tiene Carmen Sevilla presentando el Telecupón, lo rico que está el Bollycao de la merienda o lo contenta que la abuela fue a votar a Felipe González), o bien se aspira a hacer literatura de mayor envergadura. En este último caso, las referencias tienen que integrarse en el relato, tienen que aportar, tener un sentido, y no ser un mero guiño a los lectores de su quinta. La literatura debe tener la capacidad de interpelar al lector con independencia de su edad, su origen o la época que le ha tocado vivir. El fondo debe prevalecer siempre sobre la anécdota, y en esto es donde Vozdevieja se tambalea. Aun así, no está nada mal como debut, y seguro que la autora tiene por delante una gran carrera.
*Cita de la página 42.

13 mayo 2019

El funeral de Lolita - Luna Miguel


Edición: Lumen, 2018
Páginas: 192
ISBN: 9788426405326
Precio: 17,90 € (e-book: 8,99 €)

Luna Miguel (Alcalá de Henares, 1990), poeta y periodista implicada con el feminismo y la cultura millennial, ha debutado en la ficción con El funeral de Lolita (Lumen, 2018), que tiene su origen en un relato que su editora le sugirió convertir en novela. Helena, la protagonista, tiene treinta años, vive con su novio en Barcelona y trabaja como crítica de gastronomía en un medio de comunicación muy cool. En apariencia, la vida le sonríe, pero su orden personal se tambalea cuando recibe un mensaje de una amiga del instituto, en Alcalá de Henares, residuo de una existencia que Helena se ha esforzado por dejar atrás: Roberto, su profesor de lengua, ha fallecido. La noticia reaviva viejos fantasmas, el recuerdo de un despertar traumático, ya que Roberto, además de recomendarle libros, hizo de ella su Lolita particular. Ahora, Helena regresa a Madrid para acudir al tanatorio, donde se encuentra con la viuda de su profesor y con unas heridas que todavía no han cicatrizado.
Muchas lecturas han hecho hincapié en la relación de la novela con la obra de Nabokov: la voluntad de narrar el punto de vista de la víctima. No obstante, más que en la ambición de versionar un clásico, el núcleo de El funeral de Lolita se asienta en ese «viaje al pasado» de Helena, que conlleva el recuerdo de un abuso, pero también entraña otros temas, en los que se aprecia un revestimiento millennial, o, dicho de otro modo, conflictos que afectan a los coetáneos de la protagonista. Para empezar, Helena encarna a una mujer adulta que, sin embargo, sigue siendo frágil, sigue sufriendo por las pérdidas tempranas de sus padres (la muerte es un elemento omnipresente en el libro) y por los episodios de abusos. Ha construido una existencia estable según los parámetros sociales (casa, pareja, empleo); con todo, esa existencia posee la naturaleza de un salvavidas, más que de un pilar firme, porque ella se mueve por la necesidad de huir, de escapar de los problemas sin llegar a asimilarlos.
Este malestar se manifiesta en la búsqueda de satisfacción inmediata, bien en el sexo (admite épocas de descontrol), bien en los atracones (todo lo relativo a la comida se potencia por su trabajo: olores, asociaciones con recuerdos). Helena navega en esa pulsión, entre calmar la inquietud con el placer y el posterior sentimiento de culpa por haberse dejado llevar. Estos aspectos de la protagonista, su tendencia al «desborde», su miedo a perder el control, están mejor planteados que la reconstrucción en sí de lo ocurrido con Roberto. Helena, por otro lado, tiene otras carencias, relacionadas con su estilo de vida, que se contraponen con el camino que ha seguido su amiga: Helena, «moderna», lejos de su localidad natal, urbanita, viajera, activa en redes; Rocío, «tradicional», casada, embarazada, con una profesión estable, discreta en su exposición online. La paradoja reside en que, a pesar de que Helena está más conectada a la red, no sabe nada de su amiga, mientras que Rocío, sin hacerse notar, no le ha perdido la pista; la doble cara de las redes. Contrapone asimismo a los hombres de su vida: Sébastien, su pareja, los altibajos, las riñas, los celos; Eudald, su jefe, maduro, protector; y Roberto, la seducción, la lectura febril, la dominación en una etapa vulnerable de Helena.
En general, El funeral de Lolita interesa más por lo que insinúa (la pérdida de anclaje en la sociedad contemporánea, la canalización del trastorno, la pérdida, el revestimiento millennial) que como proyecto acabado. En suma, Luna Miguel posee un repertorio de afinidades claro, pero el paso a la narrativa le ha quedado grande en esta primera novela. El texto resulta deslavazado, se nota el esfuerzo por «alargar» el relato. Su estilo ágil facilita la lectura, pero tiene mucho relleno que dispersa y disminuye la tensión: le sobran enumeraciones, mensajes de WhatsApp, el diario, las pequeñas reflexiones para «engordar» la novela que no aportan información esencial (como cuando compara restaurantes o habla de las malas artes del sector cultural; vacuidades que quizá encajarían en otro libro, pero aquí desvían la atención de la trama de Helena). Habría funcionado mejor como un texto breve, concentrado, tenso, aunque se quedara en un relato y no alcanzara la extensión de una novela.
Luna Miguel
Por otro lado, se aprecia cierta indefinición, no parece saber adónde quiere llegar con esta historia (algo normal en una primera novela). El encuentro entre la protagonista y la viuda de Roberto, por ejemplo, se posterga y posterga, no llega a desempeñar ese papel de escena fundamental que se preveía. Tampoco la reconstrucción de su adolescencia es tan primordial como cabía suponer en un principio. La narración cae en el tedio durante la mayor parte de la novela, va tanteando, ahora la comida, ahora el jefe, ahora la amiga. El desenlace tiene un punto de humor absurdo, que recuerda a las primeras obras de Amélie Nothomb, con un simbolismo del cabello como contenedor de las cargas quizá demasiado evidente. En cualquier caso, el problema no es el imaginario de la autora sino la falta de fuste. Donde no le alcanza la narración, se asoma la Luna Miguel poeta y la Luna Miguel periodista. Y, aunque domine esos registros, una novela es otra cosa.

LinkWithin

Related Posts with Thumbnails