21 septiembre 2018

Los golpes - Jean Meckert


Edición: Las Afueras, 2017 (trad. Javier Bassas Vila)
Páginas: 272
ISBN: 9788494733703
Precio: 22,95 € (e-book: 14,99 €)
¡Mi condición! ¡Qué palabra más dura y concluyente! Prefería debatirme entre tristes pensamientos. No tener nada era menos deprimente. Sentía el aburrimiento de nuestras miserables vidas, vidas que eran meros números, que hacían bulto, nada más. Es inenarrable y no tiene gracia.*
En una época en la que las desigualdades y la explotación laboral en Occidente no solo no han desaparecido, sino que incluso se han acrecentado, resulta pertinente leer esas obras que ya retrataron una sociedad con problemas parecidos; obras que, de algún modo, estimulan el sentido crítico al tiempo que conmueven por su vigor literario. Jean Meckert (París, 1910-1995), que antes de dedicarse a la escritura desempeñó diversos empleos no cualificados, escribió Los golpes, su ópera prima, en 1936, una novela que bebe de su experiencia como trabajador raso en el periodo de entreguerras. El libro se publicó en 1941 y recibió elogios de autores como André Gide o Raymond Queneau. Más tarde, Jean Meckert prosperó en su carrera literaria y cosechó un gran éxito con la novela negra popular, que firmaba con seudónimo. Los golpes fue el título elegido por Las Afueras, otro sello independiente y exquisito, para empezar su andadura editorial.
No es el día a día en la fábrica lo que ocupa el centro de la novela. Félix, el narrador, un joven operario de un taller de coches de París, indaga más bien en la vertiente personal, el modo en el que las tensiones de clase repercuten en el ámbito privado. La perspectiva resulta providencial: comienza su relato cuando los acontecimientos ya han terminado, y, por lo tanto, narra con nostalgia por los buenos tiempos, por la inocencia perdida. Al principio, él no se sentía insatisfecho: estaba cómodo en el trabajo, su jefe lo valoraba y se llevaba bien con sus compañeros. Tan solo padecía una especie de vacío; la muerte de su madre cuando aún era un niño lo obligó a trabajar a los trece años y desde entonces asumió la existencia del obrero sin futuro. Félix salió adelante con la resistencia de los trabajadores humildes, sin quejarse por su mala suerte.
En el taller, traba amistad con Paulette, una mecanógrafa casada pero, como descubre a su debido tiempo, infeliz. Paulette, trabajadora incansable, contrajo matrimonio con un holgazán con ínfulas de artista, que la desprecia a la vez que depende de su salario. Félix reemplazará a su marido: como todas las historias de amor, la suya tiene un inicio prometedor, que llena la falta de sentido en Félix y aporta seguridad y alegría a ella; sin embargo, la situación no tarda en torcerse por lo que él denomina «aburguesamiento»: el punto en que una relación deja de ser de dos, sin ataduras, para convertirse en una institución. Una prima de Paulette advierte a Félix que va a entrar «en una familia de encamisados, una familia de empleados de oficina y funcionarios. Si quieres tener un hogar tranquilo, deberás inocularte rápidamente el germen de esa enfermedad llamada “respetabilidad”» (p. 194). Entre reuniones familiares de domingo, encontronazos con la suegra y salidas con los amigos, empieza a crecer el malestar.
Los murmullos de sus nuevos parientes suscitan la inseguridad de Félix: el complejo de ser «solo» un operario frente a los primos de ella, mejor situados; la incomodidad ante las preguntas sobre el futuro y la falta de expectativas; la inestabilidad laboral, que lo obliga a encadenar empleos desde la crisis. Antes, cuando estaba solo y no tenía que rendir cuentas, se aceptaba; la entrada en sociedad, no obstante, pone de manifiesto los complejos latentes, potenciados también por la sombra del primer marido, un vago, pero cultivado, con una sensibilidad de la que Félix carece. El hartazgo, la monotonía de una existencia sin ilusiones, se traduce en violencia. Paulette no lo juzga, pero paga la rabia que se va fraguando en él. Se incide en esos «golpes», físicos y simbólicos, al más débil, a los operarios como Félix, pero aún más a las trabajadoras como Paulette. Ella se ve indefensa en ambos matrimonios (se plantea la casa materna como refugio al que volver), dependiente y subordinada al marido por causas diferentes.
El punto de vista de Félix tiene una gran importancia: en lugar de narrar el conflicto con la distancia de una tercera persona, el autor lo muestra desde dentro, desde la voz de ese chico jovial y honrado que poco a poco se convierte en un monstruo. Al contarlo tiempo después, expresa su arrepentimiento, comprende que la ira mal canalizada, y potenciada por el alcohol, destruyó su historia. Es un narrador que, además, destila frescura y socarronería. Su estilo se acerca al habla coloquial –Félix no pretende pasar por erudito; habla como lo que es: un operario un tanto brusco– y utiliza frases cortas, sencillas, pero incisivas; esa expresión clara y directa, ágil, con diálogo, eficaz para retratar lo cotidiano que se vuelve asfixiante, con humor pese al dramatismo. Recuerda un poco a Cesare Pavese, por su voluntad de plasmar la voz del proletariado.
Jean Meckert
Los golpes, además de ser un muy buen debut, sigue vigente: una novela sobre aquello en lo que se convierte una relación sentimental cuando la frescura de los comienzos se acaba y, a la vez, una novela sobre lo que carcome a los hombres del estamento menos privilegiado. Porque la violencia no viene en los genes; la precariedad y el desprecio continuados, junto con el desarraigo emocional, avivan esa debilidad que se torna peligrosa cuando el individuo carece de otros recursos para defenderse. El autor lo narra, y esto es un gran mérito, a través de un protagonista cercano, carismático, tan próximo que asusta que sea alguien como él quien se transforme de ese modo. Ahí está el acierto: señala el quid del conflicto (de clase, de género) y pone de relieve la hipocresía social. 
París también es esto.
*Cita inicial de la página 117.

19 septiembre 2018

Algunas formas de amor - Charlotte Mew

Edición: Periférica, 2018 (trad. Ángeles de los Santos)
Páginas: 232
ISBN: 9788416291694
Precio: 17,75 €
–El amor –dijo–, aunque no pensamos en ello con frecuencia, tiene un amplio guardarropa. No todo el mundo puede llevar sus prendas más lujosas; nosotros, usted y yo, no podemos. Demos gracias por que nos ofrezca algunas, porque sin su caridad iríamos desnudos. Podemos ser camaradas, usted y yo, y sólo eso, me parece. Es el acuerdo más sensato, el mejor posible, ya que los enamorados terminan como nosotros no podemos terminar. Usted no me perderá de vista, como si fuéramos buenos amigos, buenos soldados, hasta que el enemigo ataque; y atacará, ya lo sabe. «Algunas formas de amor» (p. 75)
Los personajes de Algunas formas de amor han amado. Y han vuelto a hacerlo. De otra persona, de otra forma de pertenencia al mundo. O bien han sido ellos los destinatarios de un afecto no siempre correspondido. Ya se sabe: el amor no sigue un camino liso y sin obstáculos, sino que se enreda por vericuetos imprevistos, y nadie como Charlotte Mew (Londres, 1869-1928) para contarlo, para dar una voz delicada y concienzuda a ese alboroto íntimo que apenas se insinúa por fuera. La autora, más conocida por su faceta como poeta, también cultivó el relato, y este libro recoge, por primera vez en castellano, cinco de sus textos en prosa más brillantes. Su obra se sitúa entre el realismo del siglo XIX y el modernismo anglosajón de principios del XX; se la puede emparentar con Henry James o Edith Wharton. Charlotte Mew quedó eclipsada por los grandes nombres, aunque despertó la admiración de escritores de la talla de Thomas Hardy o Penelope Fitzgerald (que incluso escribió una biografía sobre ella).
Las cinco narraciones reunidas comparten afinidad en el tratamiento del sentimiento amoroso: la proposición; la elección entre múltiples opciones; la pérdida (de la persona amada, pero también de una manera de estar en sociedad, de un entorno); la muerte como presencia latente y culminación. Agentes activos y agentes pasivos; y testimonios de excepción de las andanzas de los protagonistas. En «La esposa de Mark Stafford», el primero, la narradora es una mujer que vela por la joven hija de una amiga fallecida. La chica se cruza con dos hombres, casi opuestos. A través de la mirada de esa mujer, una elección magistral del punto de vista, somos testigos de cómo la muchacha se convierte en otra al elegir, siempre según la narradora, al candidato equivocado («para mí se convirtió en una cuestión importante si el fondo no iría oscureciéndose a medida que ella aumentara su luminosidad», p. 33). Cómo el amor, o lo que se concibe como amor, tiene la facultad de transformar a alguien, quizá no a mejor; y la tristeza de quienes ven cómo sus seres queridos han dejado de ser quienes eran, se han perdido.
Mew demuestra una destreza extraordinaria con el diálogo, como en «Algunas formas de amor», en el que un hombre se halla en una encrucijada entre dos mujeres que lo aman. Alternando la conversación con una y otra, explora la conciencia de la finitud del ser humano y la imposibilidad de las segundas oportunidades; breve, emocionante, intenso, de una dolorosa contundencia. En «Una puerta abierta», una chica rompe su compromiso para hacerse misionera en un país remoto («Se ha ido enfadado, distante, y con razón. He helado todos los corazones», p. 100). Todo parecía ir bien, él era un buen chico, les esperaba un futuro sólido, y aun así… El hombre, todavía enamorado, intenta que cambie de opinión, intenta comprender qué ha ocurrido. Ella, sin embargo, concibe la experiencia solidaria como su verdadera acción de amor, el sentido de su existencia. En medio, la hermana de la joven trata de recomponerse mientras añora la infancia, el tiempo en el que todo estaba en orden y no tenían que afrontar decisiones definitivas. Crecer, elegir, sufrir, perder. Vivir.
«El amigo del novio», el único en primera persona junto con «La esposa de Mark Stafford», narra un triángulo amoroso, como tantos otros y a la vez tan exclusivo. El narrador conoce a la prometida de su amigo, de un amigo al que no esperaba ver casado, y la situación se complica entre indirectas, silencios y esperanzas vanas. Por último, «Fidelidad mortal» está protagonizado por personajes maduros, a diferencia del resto: un hombre y una mujer, ambos viudos, afianzan su amistad («La casualidad le da un empujoncito a la piedra, y todo lo que nosotros tenemos que hacer es procurar que siga rodando», p. 217). Se plantea la indefensión de la mujer al enviudar, frente a la familia que amenaza con invadir su espacio privado, como si al estar sola ya no pudiera disfrutar de una vida plena; pero, sobre todo, explora las segundas oportunidades, las formas de amor entre gente curtida que no se enfrenta a su «primera vez».
Charlotte Mew
¿Por qué leer Algunas formas de amor? Mew es pura elegancia. Estilo poético, sutil, preciso, con frases largas y minuciosas a lo Henry James. La contención justa para no resultar afectada pese a que el contenido, de entrada, pueda prestarse a ello. Fragmentos iluminadores por su lirismo e inteligencia. Ojo clínico para diseccionar el alma y sus heridas, las sinuosidades de la experiencia amorosa. Melancolía, emoción. No, todavía no lo hemos leído todo sobre el amor. Cada año se recupera a autoras que han caído en el olvido, tantas que uno se pierde, pero a Mew no hay que perdérsela. Una voz exquisita.

17 septiembre 2018

Las ocho montañas - Paolo Cognetti


Edición: Literatura Random House, 2018 (trad. César Palma)
Páginas: 240
ISBN: 9788439734123
Precio: 17,90 € (e-book: 8,99 €)
Lo que debía proteger, en mí, era la capacidad de estar solo. Había necesitado tiempo para acostumbrarme a la soledad, para encontrar un espacio donde poder acoplarme y sentirme bien; sin embargo, sentía que la relación con ese espacio seguía siendo difícil. Por eso volvía a casa como si reanudase la confianza con ella. Si el cielo no estaba cubierto, pronto apagaba la linterna. Solo necesitaba un cuarto de luna y las estrellas para intuir el sendero entre los alerces. Nada se movía a esa hora salvo mis pasos y el torrente, que seguía sonando y gorgoteando mientras el bosque dormía. En el silencio su voz era clara y podía distinguir los tonos de cada meandro, rápido, cascada, atenuados por la espesura de la vegetación y cada vez más nítidos en el pedregal.*
Cuenta un mito budista que existe un monte muy alto, el Sumeru. A su alrededor, ocho montañas y ocho mares conforman el mundo tal como lo conocemos. Hay quien intenta llegar a la cima del Sumeru, empecinado, y hay quien se dedica a recorrer las demás montañas, vagando sin rumbo. Se preguntan: al final de la vida, ¿quién aprendió más, el que alcanzó la cúspide del monte sagrado o el que deambuló por la periferia? Este mito inspiró Las ocho montañas (2016), Premio Strega y Prix Médicis Étranger, además de un éxito de ventas en varios países, que ha consolidado a Paolo Cognetti (Milán, 1978) como uno de los escritores europeos más interesantes del momento. Escribe con palabras sencillas, pero de significados profundos; un estilo templado, fluido y sutil, que penetra en el lector sin aspavientos. La amistad a lo largo del tiempo, la paternidad, la soledad y el exilio interior son algunos de los temas que explora en una historia que se desarrolla en un paraje casi extinguido, el de los pueblos rurales medio deshabitados. El propio Cognetti, como los personajes de su libro, vive desde hace años entre su ciudad natal y la montaña, experiencia que narra en El muchacho silvestre (2013).
En esta novela hay un hombre que permanece en una sola montaña, la más importante para él; y otro que, desarraigado, viaja a los montes lejanos sin establecerse en ningún sitio. Pero empecemos por el principio. En el principio, esos hombres son dos niños que pasan los veranos juntos: por un lado, Pietro, el narrador, un muchacho de ciudad que veranea en un pueblo de los Alpes; por el otro, Bruno, el habitante más joven de esa pequeña localidad, que nunca ha salido de allí. Encarnan microcosmos distintos, y no solo por el hábitat: Pietro crece en una familia de clase media, con unos padres atentos, mientras que en el entorno de Bruno reina el desorden, con un padre ausente y una madre taciturna, el chico se cría entre animales y naturaleza, abandona el colegio temprano sin que a nadie le importe. Pietro tiene una existencia ordenada, como la de muchos chavales de su quinta; Bruno, en cambio, es un niño montañés en una época (las últimas décadas del siglo XX) en la que esa forma de vida no resulta habitual en un menor. Desde el comienzo, desde esa infancia, hay algo en Bruno de cuasi extinguido, de chiquillo que vive como se vivía antes, un mundo ya sepultado.
Tanto Pietro como Bruno son dos grandes solitarios desde pequeños; la suya es una unión un tanto extraña, forzada por los padres del primero, que poco a poco fluye entre incursiones en la naturaleza y lecturas compartidas. Bruno le enseña la montaña a Pietro, y Pietro le descubre un poco de cultura a Bruno. La relación, no obstante, resulta desigual: el narrador desconoce en buena medida la situación del amigo –solo intuye, sospecha, a partir de murmullos y observaciones­­–, pero Bruno entra en su casa gracias a la predisposición de los padres de Pietro, que ayudan al joven montañés. En cierta etapa, conforme entran en la adolescencia, la relación de Pietro con su padre se enfría, al tiempo que este último estrecha su cercanía con el montañés. Bruno siente una profunda admiración por los padres de su amigo; representan todo aquello que él no tiene. Cognetti retrata con sutileza estas «descompensaciones» afectivas, siempre a través de la mirada de Pietro, un punto de vista parcial, como toda primera persona, que mantiene un halo de misterio en torno a Bruno, ese chico de las montañas, tan próximo a él y sin embargo tan impenetrable.
La obra tiene una estructura soberbia que permite conocer el alcance de esta amistad a lo largo de la vida: en la primera parte, la infancia, los veraneos en la montaña; en la segunda, entre el final de la niñez y la juventud, un punto de inflexión para Pietro, un regreso a la montaña después de muchos años de distancia; por último, en la tercera parte, son dos adultos que ajustan cuentas con el pasado. Bruno, siguiendo el camino esperado, se queda en la montaña, sin otra aspiración que continuar tal como está; un montañés huraño, apegado a sus costumbres, su rusticidad, su aislamiento. Pietro se convierte en un «inadaptado», incapaz de tener una relación formal ni de perseverar en un empleo estable a pesar de haberse criado en un ambiente propicio (a priori) para ello. Se dedica a viajar (el hombre de las ocho montañas) y de vez en cuando regresa a la primera montaña para encontrarse a sí mismo. Allí le espera Bruno; resulta singular, para Pietro, tener un amigo como Bruno, arraigado en su cabaña, ermitaño. También cuando son adultos se producen «intercambios» entre ellos, se influyen mutuamente. El autor sabe modular muy bien los giros de la historia.
En general, Las ocho montañas es una novela extraordinaria sobre la amistad entre dos hombres de carácter introvertido y esquivo, una relación hecha de silencios, de complicidades nunca explícitas. Esta representación de la amistad masculina contrasta con la jerarquía de las «pandillas» que suelen dibujarse en la ficción. Contrasta asimismo con los relatos de amistad femenina: se da la casualidad (o no, quién sabe) de que los dos fenómenos recientes de la narrativa italiana tienen como protagonistas a una pareja de amigos. Elena Ferrante y Paolo Cognetti conciben el hecho literario de forma distinta –de la parquedad y el sosiego de él al apasionamiento bien medido de ella, por resumirlo de manera superficial–, pero ambos narran, y muy bien, una amistad a lo largo de las décadas entre un personaje que permanece inmóvil (Bruno, Lila, los «condenados» por su origen) y otro, el narrador, que tiene la oportunidad de realizarse y se marcha, aunque no por ello se siente pleno (Pietro, Lenù). A propósito, una frase parece calcada de Dos amigas: «Tú eres el que va y viene, yo, el que se queda. Como siempre, ¿no?» (p. 161). El asunto da para un análisis comparativo de su tratamiento de la amistad masculina (callada, contenida, fría) y la femenina (un nudo tirante); este comentario, en cualquier caso, solo pretende sugerirlo de forma sucinta.
Paolo Cognetti
El otro tema relevante de Las ocho montañas es la paternidad. La importancia del rol del padre, así como la «herencia» simbólica; tanto Pietro como Bruno repiten el patrón de sus respectivos progenitores, del rechazo instintivo a la repetición involuntaria. Es, en este sentido, una historia redonda, circular, por cuanto entronca el pasado con el presente, la reconciliación íntima del narrador con su padre. Y aún se puede decir más: novela de aprendizaje, de hacerse adulto; novela de búsqueda de pertenencia, de pérdida; novela de fracasos personales, de rendición. De montaña, claro, aunque no traza un retrato amable de la naturaleza, por mucho que algunos pasajes sobre ese lugar resulten evocadores. Pone de relieve la violencia, el embrutecimiento, la soledad que perviven allí, con una mesura y un dominio del tempo brillantes. Una gran lectura, en definitiva, una poderosa exploración de las emociones masculinas en un entorno casi extinto, conmovedora sin estridencias.
Hay novelas en las que uno se quedaría a vivir, y esta es una de ellas.
*Cita inicial de la página 186.

14 septiembre 2018

Un padre y su hija - Emmanuel Bove

Edición: Hermida Editores, 2018 (trad. M.ª Teresa Gallego y Amaya García Gallego)
Páginas: 92
ISBN: 9788494741340
Precio: 14,90 €

Emmanuel Bove (París, 1898-1945), hijo de madre luxemburguesa y padre ruso, es uno de los secretos mejor guardados de la literatura francesa. Escribió más de treinta novelas breves, de gran éxito en el periodo de entreguerras, admiradas por Samuel Beckett, André Gide, Colette y Rainer Maria Rilke, entre otros. Después de su muerte, cayó en el olvido y no fue redescubierto en su país hasta los años ochenta. En España ha empezado a conocerse gracias al empeño de pequeñas editoriales independientes, como Minúscula, Pre-Textos, Pasos Perdidos y Hermida Editores. Esta última publicó hace unos meses Un padre y su hija (1928), traducida por dos referentes del oficio como son María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, y en una edición, por lo demás, impecable (papel de calidad, tipografía cómoda, encuadernación cosida).
La obra gira en torno a la autodestrucción de un hombre, con todos los temas que se le asocian: soledad, degradación, aislamiento, perturbación. Al principio, conocemos al protagonista, Jean-Antoine About, ya maduro, bien instalado en su apartamento de París junto a la doncella, la única persona que permanece a su lado, aunque no por gusto, desde hace décadas, desde antes de que se convirtiera en este tipo huraño y asocial: «Ahora ya había pasado de los cuarenta. No le quedaba nada que esperar de la vida ni nada que echar de menos» (p. 49). Su existencia retirada, no obstante, sufre un vuelco cuando recibe un mensaje de su hija: después de muchos años sin verse, la joven le anuncia su regreso. No sabemos qué ocurrió entre padre e hija, no sabemos qué reacción suscita el inminente retorno en él, más allá del impacto inicial. A partir de aquí, la narración retrocede al pasado con el fin de reconstruir la vida de About desde su juventud hasta el reencuentro culminante con su hija.
«Ahora, cuando Antoine About volvía la vista atrás, comprobaba que su vida podía dividirse en dos partes de pareja importancia: aquella en que había obedecido y aquella en que había mandado» (pp. 18-19). Hubo una época en la que About fue lo que se dice un chico con aspiraciones, un tanto frustrado por su origen humilde. Tras algunas idas y venidas, se casó, montó un negocio, tuvo una hija. La apacible monotonía del hombre burgués, sí, hasta que comenzó a venirse abajo. En su trayectoria, se repite un patrón: la «desaparición» de las mujeres. No supo entenderse ni con su esposa ni con su hija. Así empezó su declive: «Lo único que tenía que tenía que hacer para salir de su dolor era ir resbalando despacio hacia su envilecimiento, olvidar todas sus ambiciones y todos sus sueños y no intentar ya sino llegar a una meta única: ser el peor de los hombres» (pp. 75-76). El reencuentro con su hija plantea la incógnita de si actuará como redención; pero Bove no es un escritor amable ni indulgente.
Emmanuel Bove
Por lo demás, Emmanuel Bove, como Chéjov o su coetánea Irène Némirovsky, posee la habilidad de condensar mucho en pocas páginas; tan solo necesita esbozar un reencuentro que se intuye trascendental para deconstruir una existencia entera hasta lo básico. El estilo –elegante, sutil, preciso, incisivo– tiene además un humor un tanto grotesco, como se observa, por ejemplo, en la relación entre el protagonista y la doncella; el patetismo de quien hace el ridículo porque ha perdido la cordura, el respeto por sí mismo, el patetismo de quien se ha dejado caer: «A partir de ahora iba a vivir con bajeza. Estaba hecho para eso. Su locura había consistido en creer que las cosas podían ser de otra manera» (p. 77). Este es, en fin, un retrato de decrepitud y desvarío, salpicado de ironía y sentido del absurdo, una mirada corrosiva a la vida burguesa y sus extravagancias, sus secretos y sus turbulencias; una nouvelle redonda, en definitiva.

12 septiembre 2018

Loxandra - María Iordanidu


Edición: Acantilado, 2018 (trad. Selma Ancira)
Páginas: 256
ISBN: 9788417346003
Precio: 16,00 €
Pero Ana aprendió más de su abuela, algo que no estaba en el silabario que le habían dado en la escuela. Aprendió a disfrutar de todas las cosas. De las olivas y del caviar. De los días de lluvia y de los días de sol. Aprendió a sentirse feliz de estar viva y de ver y de oír. Aprendió a amar cualquier cosa a la que se dedicara.*
Algunas historias tienen la capacidad de integrar l’air du temps de toda una época en la peripecia individual de un personaje. Este es el caso de Loxandra (1963), de María Iordanidu (Constantinopla, 1897 – Atenas, 1989), un clásico moderno de la literatura griega que ya había sido publicado en castellano por Lumen en el año 2000 y que Acantilado ha recuperado con acierto después de tanto tiempo fuera de las librerías. El libro se inspira en Loxandra, la abuela de la autora, una mujer que, sin ser consciente de ello, murió con el «viejo mundo»: vivió en Constantinopla durante la segunda mitad del siglo XIX y falleció justo antes del estallido de la Gran Guerra. Su recuerdo, para María Iordanidu, está asociado, por lo tanto, no solo a su persona sino a unas costumbres, unas creencias, una forma de entender la vida ya perdida para siempre.
Si existiera un índice de protagonistas femeninas memorables, Loxandra figuraría en él. Esta mujer con carácter, vigorosa, tenaz, arrolladora, y no obstante muy atenta, familiar y generosa, lleva el peso del relato y lo dota de intensidad. En ocasiones impone por su terquedad –esa tendencia a obligar a comer a la nuera, a entrometerse en un viaje en tren, a educar a su nieta a su manera–, pero esa garra la convierte en una persona que se vuelca por sus seres queridos y nunca se cansa de ayudar. El punto de partida de la narración es su matrimonio con Dimitrós, una unión un tanto tardía para su tiempo, como tardía fue su maternidad, pasados los treinta, aunque cuidó también de los hijos del primer matrimonio de su marido. La autora elige empezar por el momento en el que la protagonista establece su propio hogar, su lugar de referencia, desde donde se dedica a ejercer su influencia a propios y extraños durante más de medio siglo.
Dada la longevidad de Loxandra, la novela se lee en parte como una saga familiar. De la escena inicial, sobre cómo conoció a su esposo y se ganó la confianza (y el respeto) de los hijastros, a las frecuentes reuniones familiares a medida que los niños crecen y la familia se amplía. Ah, hijos y sobrinos: algunos se van lejos y otros permanecen, a unos les salen bien los negocios y otros padecen carencias, pero para todos está Loxandra, como una brújula que les recuerda el camino cuando se pierden. Hay, también, un episodio sobre el traslado traumático a otra ciudad. En la última parte, destaca la estrecha relación de Loxandra con su nieta Ana, trasunto de la autora: la niña está llamada a crecer en un mundo distinto, a educarse de otra manera, a ignorar ciertos aspectos de la cultura autóctona, pero Loxandra se resiste a ceder, se resiste a dejar que sus raíces caigan en el olvido, lo que genera escenas un tanto tragicómicas.
Con Loxandra, María Iordanidu recrea los últimos estertores de una civilización a través del «universo de las mujeres». Porque la protagonista, a diferencia de los hombres, no trabaja fuera de casa, no emprende aventuras en otro país, ni siquiera puede elegir por sí misma a su marido. Su mundo se compone del hogar, la familia, la gastronomía (las copiosas comidas familiares tienen una gran importancia en la novela), las charlas con las vecinas, la religión (la virgen de Baluklí, su mejor aliada). El «pequeño» universo femenino, el espacio privado, las tareas cotidianas, se reivindica de algún modo en este libro, que, lejos de hacer un retrato «blando» del personaje, lo eleva como referente, como punto de apoyo para toda la familia; como si dijera que es gracias a las Loxandras de Constantinopla y del planeta entero que muchas estirpes han pervivido. La autora retrata a su abuela con afecto, sin esconder su lado acaparador, autoritario, esas cualidades menos «amables»; en definitiva, el perfil convence.
María Iordanidu
Si Loxandra resulta memorable, esta Constantinopla no lo es en menor grado; he aquí un libro en el que la ciudad, una ciudad legendaria, adquiere vida propia. La existencia de Loxandra resulta inseparable de la Constantinopla de final de siglo, una tierra con una larga historia, multiétnica, en la que conviven griegos y turcos, entre otros, comunidades ricas en tradiciones, supersticiones, y no exentas de conflictos. Esta novela es un fresco de una metrópoli desaparecida como tal. El estilo va acorde con esa voluntad de reproducir el sonido de las calles por las que se mueve Loxandra, con el lenguaje de las mujeres, vivaz, cercano a la expresión oral, salpicado de expresiones en turco –se agradecen las notas de la traductora y el glosario–, con abundantes referencias a los platos típicos de la zona. Se trata de una historia rebosante de vitalidad, que, más que «leerse», se «escucha»: el bullicio, los gritos de Loxandra, las protestas de los hijos, los encontronazos. Si leer es como viajar, Loxandra ofrece un viaje tan desacostumbrado como embriagador.
*Cita de la página 207.

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