02 noviembre 2012

Fragmentos de libros: El corazón del Tártaro

Es una pelea a muerte, todos los días. La vida es una guerra. No, la vida es como ir andando por un país enemigo. Tienes que estar siempre en guardia, y acampar a escondidas… Y cada día que pasa las cosas se te ponen peor, porque estás más dentro del país de los malos, más solo, más rodeado.
Estamos tan poco acostumbrados a la bondad que solemos confundirla con la idiotez.
A menudo, la única diferencia entre los que se salvaban y los que sucumbían era que los segundos habían dado un mal paso. Bastaba con uno solo. El camino al infierno está hecho de pequeños tropezones.
No hay mayor infierno que el de odiarse a uno mismo.
El mundo estaba lleno de historias tártaras, de realidades atroces y dolientes, de horrores tan redondos y completos que no nos cabían dentro de la cabeza. Porque los infiernos que podemos imaginar son siempre menos crueles que los auténticos.
Toda esa inocencia la redimía. La inocencia de los subnormales, de los seres puros, de los idiotas. Criaturas transparentes que constituían el contrapeso de la maldad. No eran más que unos pobres tipos anormales a los que considerábamos defectuosos y, sin embargo, compensaban con su candidez la atrocidad del mundo y mantenían a raya las tinieblas. Qué otra cosa podían ser, sino auténticos ángeles. Los únicos tangibles y reales.
Quien siente pena por sí mismo es porque considera que ha merecido un destino mejor; por consiguiente, quien siente pena por sí mismo es que aspira más. Eso es, tiene esperanzas.
Para alguien que ha vivido en el infierno, la vida cotidiana es la abundancia.
La vida era pura incertidumbre.

***

Enlace a mi reseña del libro.

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