31 octubre 2012

Pasar miedo mientras se lee

Llevo dos años pensando en un especial para esta fecha señalada, 31 de octubre, noche de Halloween, el día de las brujas y el terror. ¿Tal vez una selección temática de novelas sobre criaturas terroríficas? ¿Una reflexión sobre aquellos libros que me han asustado más? No, nada de eso. Si nunca he podido escribir una entrada sobre este tema es porque no me gusta pasar miedo mientras leo.

Si tengo que sobresaltarme, que sea porque estoy tan implicada en la lectura que me asusta lo que pueda ocurrirle al protagonista, no porque de golpe aparezca una criatura diabólica o se ponga en marcha el viejo tren del terror. No quiero novelas que me obliguen a dormir con la luz encendida; quiero obras que me hagan disfrutar como a mí me gusta, que me provoquen sensaciones de apasionamiento, sufrimiento, abatimiento y mucho más, pero no el pánico de asustarme por una sombra extraña. Cuestión de gustos y de carácter, supongo.

Por lo tanto, como en el blog hablo de lo que he leído y me resulta imposible redactar un especial en condiciones sobre el día de hoy, este tercer año he optado por sincerarme, y lo hago con una finalidad: la de conocer vuestra perspectiva al respecto. Os animo a comentar si vosotros sois aficionados al terror o si, como yo, no os gusta experimentar esta sensación durante la lectura. Seguro que podemos tener un intercambio interesante, como siempre.

29 octubre 2012

El jardín olvidado - Kate Morton

Edición: Suma de Letras, 2009
ISBN: 9788483651568
Páginas: 544
Precio: 21 € (e-book: 10,99 €)

 La novela de la que os hablaré hoy no necesita carta de presentación: El jardín olvidado se ha convertido en uno de los grandes éxitos de ventas de los últimos años y ha consagrado a su autora como una de las reinas de las sagas femeninas con una pizca de misterio y una atmósfera decimonónica. La australiana Kate Morton (1976), titulada en arte dramático y literatura inglesa, debutó en 2006 con La casa de Riverton, que fue traducido a numerosos idiomas y vendió cerca de un millón de ejemplares en el Reino Unido, pero fue con su segundo libro, El jardín olvidado (2008), que logró conquistar el mercado español. A este título le han seguido Las horas distantes (2011) y The Secret Keeper (2012), cuya publicación en castellano está prevista para 2013. Todos sus libros se presentan con unas cubiertas con un aire antiguo y la promesa de esconder una gran historia en su interior.

Tres mujeres, tres épocas y un misterio

Eso, querida mía, es lo que hace que un personaje sea interesante, sus secretos (pág. 349).

En El jardín olvidado se entrelazan tres historias: la de Nell, una niña que es abandonada a principios del siglo XX en un barco que la lleva a Australia; la de Nell a los veintiún años, cuando descubre que es adoptada y decide regresar a su Inglaterra natal para reencontrarse con sus orígenes; y la de Cassandra, la nieta de Nell, que se une a esta investigación en la actualidad. En ese pasado por reconstruir destaca la figura de Eliza Makepeace, apodada la Autora, una joven rebelde que escribía cuentos de hadas…

La obra sigue la estela del drama victoriano decimonónico y se nota la influencia de la literatura clásica anglosajona en la prosa de Kate Morton. Una niña abandonada, dos hermanos huérfanos que sufren penurias y una mujer que perdió a su familia en un accidente son algunas de las situaciones que se plasman; todas las generaciones parecen estar condenadas a vivir alguna desgracia. Está ambientada entre Australia e Inglaterra, pero el gran atractivo se encuentra en ese Londres de los primeros años del siglo XX con sus carruajes, la vida en una mansión y el contraste entre ricos y pobres. Un lugar perfecto para situar una novela de secretos familiares, ¿no os parece?

El misterio como tal resulta bastante previsible. Más que el qué, lo interesante es la forma de ir desvelando las pistas, algo que la autora domina porque consigue mantener la intriga y enlaza bien los hallazgos de cada capítulo. Aun así, me ha parecido poco creíble que tanto Nell como Cassandra se crucen con tantas personas dispuestas a ayudarlas en su misión: todo les sale demasiado bien, cada uno les la información precisa en el momento exacto. No sé si decir que se abusa de las casualidades, pero sin duda las dos tienen más facilidades de las que tendríamos cualquiera de nosotros en circunstancias similares.

Por otro lado, El jardín olvidado es un gran entramado de historias que, a pesar de narrarse desde diferentes enfoques (de época y personaje), se siguen con mucha facilidad porque la información que se revela en cada momento está bien relacionada con lo que se dice a continuación; no estamos ante un rompecabezas como Habitaciones cerradas (de hecho, incluso he llegado a aborrecer que la autora lo dé todo tan masticadito: me sobró que recapitulara todas las averiguaciones en el último capítulo y que explicara que un relato simboliza el conjunto del libro. Ya me había dado cuenta). Sin duda es meritorio que Kate Morton construya tantas tramas, aunque de todos modos considero que la del pasado es infinitamente más interesante que la del presente: las descripciones del lugar y el estilo de vida son más ricas, por no hablar de lo evocadora que resulta la época victoriana desde la mirada actual. En cambio, Cassandra no llega a ser un personaje tan fascinante como Eliza y su presencia está puesta al servicio de la investigación.

Una saga femenina a lo largo del siglo XX

La vida sería mucho más sencilla si fuera como un cuento de hadas —dijo Cassandra—, si la gente fuera como los personajes típicos.
Ah, pero así es, sólo que creen que no. Incluso la persona que insiste en que tales cosas no existen es también un cliché: ¡el temido pedante que insiste en no tener igual! (pág. 348)

Como tantas publicaciones actuales, El jardín olvidado es una saga protagonizada por mujeres fuertes que luchan contra la adversidad a lo largo de todo un siglo. Son Eliza Makepeace, Nell y Cassandra, aunque la única que me ha cautivado es la primera, por todo lo que representa: una chica escritora a principios del siglo XX (y no de literatura adulta, sino de cuentos de hadas), una valiente que, siguiendo el ejemplo de su madre, no esperó a que nadie la salvara e intentó buscarse la vida sola. Las demás, por desgracia, no están a su altura: Nell pierde peso a pasos agigantados y desde el principio me costó sentir empatía con ella por su decisión de cortar el contacto con su familia al descubrir que es adoptada (cuestión de piel, supongo). En cuanto a Cassandra, como he comentado antes, pienso que el interés de su papel reside en su conexión con la búsqueda, por mucho que a medida que avance la historia la conozcamos más.

Con respecto a los secundarios, están bastante estereotipados, aunque no lo veo como un punto negativo porque encajan en el marco victoriano que la autora ha querido reflejar: la madre malvada, la hija mojigata, la criada bondadosa… Cabe destacar que los personajes masculinos están muy poco trabajados al lado de las féminas (nunca llegué a comprender del todo al tío Linus, por ejemplo). En cualquier caso, las relaciones entre personajes están bastante cuidadas, sobre todo a medida que pasan las páginas y se entienden mejor las decisiones que toma cada uno.

Gusto por la buena literatura y los cuentos de hadas

La memoria es una amante cruel con la que todos debemos aprender a bailar (pág. 443).

A mi parecer, la clave del éxito de El jardín olvidado se encuentra en el hecho de tener un estilo asequible, apto para el gran público, pero que a la vez está cuidado y posee el sello personal de la autora. Kate Morton escribe con buen gusto, con ritmo pausado y una adjetivación abundante, como si acariciara las palabras; se le nota la influencia de las grandes obras de la literatura anglosajona (Charles Dickens, Jane Austen, las hermanas Brontë…). Los capítulos breves contribuyen a despertar las ganas de seguir leyendo. Se dice que la moda de las landscape novels ha surgido gracias a ella, pero, con todos mis respetos para Sarah Lark y compañía, ¡ya les gustaría escribir así de bien!

Volviendo al libro, Kate Morton se ganó todo mi respeto desde el momento en el que hace referencia a los escritores de literatura infantil en los agradecimientos. El jardín olvidado rinde homenaje a los cuentos de hadas, tanto a través de los cuentos de Eliza Makepeace como en el carácter soñador de las niñas que han crecido con ellos. Estos relatos le dan una atmósfera hermosa a la novela y desprenden un gran amor por la literatura; además, los tres que se narran son bonitos y su contenido se relaciona con el conjunto de la novela. En menor grado, también se transmite admiración por el arte pictórico gracias a la presencia de un pintor.

Conclusión

Kate Morton
A pesar de no parecerme tan perfecto y extraordinario como a la mayoría, he disfrutado mucho con la lectura y quiero seguir leyendo a Kate Morton. El jardín olvidado ha conseguido envolverme en esta historia de mujeres fuertes, ambiente victoriano, misterio familiar y magia de cuento de hadas. No me sorprende que haya triunfado porque tiene todos los ingredientes para conseguirlo y además está escrito de forma impecable, cosa que (por desgracia) no se puede decir de todos los títulos que colman la lista de más vendidos.

Y vosotros, ¿ya os habéis enganchado a Kate Morton?

26 octubre 2012

Los límites de la literatura infantil y juvenil

Hay quien piensa que la literatura infantil y juvenil (LIJ) no debe sobrepasar ciertos límites en cuestión de violencia, temática gore, sexo, enfermedades y asuntos problemáticos en general. Los motivos: no herir la sensibilidad del niño/adolescente y transmitirle un mensaje esperanzador; nada de negatividad. Aunque desde la distancia nos pueda parecer imposible que en pleno XXI la gente se escandalice por estos temas, la realidad nos muestra que así es. Sin ir más lejos, la aclamada trilogía Los Juegos del Hambre ha suscitado polémica por la narración de muertes brutales y por reflejar una guerra con toda su crudeza en su desenlace. También resulta llamativo lo que explica Jorge, librero de profesión, acerca de padres que se han negado a comprar El diario rojo de Carlota a sus hijos de dieciséis años porque habla de sexo (ver comentarios de este artículo).

Personalmente, soy totalmente contraria a esta mentalidad. En primer lugar, porque tanto los niños como los jóvenes ven cosas peores en la televisión, en la calle o en su propia casa: crímenes, desalojamientos, peleas callejeras, malos tratos, escenas de películas subidas de tono... ¿Qué sentido tiene edulcorarles la realidad en los libros? Algunos me dirán que eso mismo, proporcionarles evasión. Sin embargo, pienso que los temas controvertidos pueden convivir sin problemas con aquellos más triviales; no hay necesidad de eliminarlos ni de prohibir su lectura.

Me considero muy afortunada porque mi familia nunca me dijo «No leas esto». Recuerdo que a los ocho años leí un libro llamado La ciclista Caterina, de Joaquim Carbó, una historia realista en la que los padres de los protagonistas mueren en el primer capítulo. En ese momento me impactó tanto que no fui capaz de avanzar, pero unos meses más tarde lo retomé y me acabó gustando mucho, entre otras cosas porque esa tristeza del comienzo se convierte en un mensaje esperanzador al final. Esto me parece fundamental: a través de un tema duro se puede transmitir ánimo e ilusión; no todo tiene por qué ser destructivo.

En conclusión, a mi parecer el único límite que debe tener la LIJ es el sentido común, es decir, a un niño de nueve años no se le puede dar una novela que hable de sexo porque no va acorde con su edad, pero un libro que hable de una situación difícil con un tono adecuado y un trasfondo reconfortante le puede gustar tanto o más que una historia en la que todo es de color rosa. Con los adolescentes soy más permisiva: pienso que a partir de cierta edad (15-16 años) se puede leer de todo (el único límite que establecería es la dificultad de la lectura), así que no comprendo cómo es posible que haya padres que se escandalicen por casos como los que he comentado al principio.

¿Qué opináis vosotros?

24 octubre 2012

Manías de lectora

- Cuando dejo el libro que estoy leyendo sobre la mesa, siempre lo coloco boca abajo. Es mi manera de diferenciar entre aquellos que aún no he terminado y los que ya acabé o todavía tengo pendiente comenzar (aunque lo sé perfectamente).

- En la estantería, ordeno los libros por tamaño, editorial y fecha de publicación (por este orden). Preferiría ordenarlos por autor, como en una biblioteca, pero las características de mis estanterías no lo permiten (en algunas solo caben libros de bolsillo).

- Me encanta manosear una novela antes de empezarla: me fijo en la cubierta, leo una y otra vez la sinopsis, la biografía del autor y los datos técnicos, abro páginas al azar y disfruto de algunas frases... Me atrevo a decir que con algunos libros paso más tiempo tocándolos que leyéndolos (por lo rápido que los termino).

- Cuando encuentro un fragmento que me gusta, doblo la esquina de la página para apuntarlo después. Para todo lo demás soy muy cuidadosa con el libro: no escribo ni subrayo nada, y procuro no abrirlo con demasiada fuerza para no dejar marcas en el lomo.

- Al igual que algunos tienen sus prendas de la suerte porque un día determinado se las pusieron y les fue bien, yo tengo marcapáginas de buenos libros y marcapáginas de malos libros. Sin hacerlo a propósito, con el tiempo se ha dado la casualidad de que algunos siempre los utilizo para novelas que me gustan, mientras que con otros me ocurre lo contrario.

- Hablando de los marcapáginas, los tengo en un montoncito e intento combinar el marcapáginas con el diseño de la cubierta. Sé que roza la obsesión por conjuntarlo todo, pero a mi favor puedo decir que no siempre es posible hacerlo (cubiertas complicadas, escasez de marcapáginas...).

- Me da una rabia inmensa que me interrumpan cuando estoy terminando un libro, pero hay personas que parecen tener un sensor para decirme algo justo en ese momento.

- Cuando una novela me gusta mucho (pero mucho mucho mucho), antes de colocarla en la estantería tengo mi momento de quinceañera fanática y la abrazo y le doy besos a la cubierta. Más que una manía, es un impulso que no puedo frenar, una muestra de afecto hacia un personaje o una historia que me ha hecho sentir muchísimo. La última vez que me pasó fue con La mujer de papel.

¿Os animáis a comentar cuáles son vuestras manías de lectores?

22 octubre 2012

Fragmentos de libros: Rebeca

Menos mal que la fiebre del primer amor sólo se pasa una vez. Porque, digan los poetas lo que digan, es una fiebre, una carga. A los veintiún años no se es valiente. Se está lleno de pequeñas cobardías, de miedos pueriles, infundados, pero ¡se hiere uno entonces tan fácilmente! ¡Se nos lastima con tan poca cosa! La más leve palabra espinosa se nos clava con crueldad. Hoy, arropada en la benévola armadura de una madurez que se aproxima, las diminutas punzadas cotidianas no arañan más que levemente y pronto se olvidan; pero ¡en aquella edad! ¡Cómo perdura el efecto de una palabra poco amable, dicha sin intención, hasta convertirse en estigma imborrable! ¡Y cómo una mirada altanera se nos queda marcada en el alma como algo eterno! Una simple negativa sin importancia se nos antoja inevitable preludio de los tres cantos del gallo, y una falta de sinceridad, tan traicionera como el beso de judas. El adulto maduro sabe mentir sin remordimiento de conciencia y con alegre serenidad; pero a aquella edad, la más inocente decepción nos abrasaba la lengua y nos golpeaba contra el mismo poste del suplicio.

***

Enlace a mi reseña del libro.

19 octubre 2012

La edición de una novela

Vanessa Diffenbaugh en los agradecimientos de su primera novela, El lenguaje de las flores (pág. 344):

«Mi agente, Sally Wofford-Girand, vio el potencial que había en mis primeros borradores y me animó a mejorar. Jamás me cansaré de darle las gracias por su lucidez, sus consejos y su implicación en este libro. Jenni Ferrari-Adler me hizo pensar en el ritmo, los personajes y el argumento precisamente cuando ya creía que había terminado (claro, no había terminado, ni mucho menos), y Melissa Sarver nos mantuvo a todos concentrados y motivados. Jennifer Smith, mi editora, ha mejorado muchísimo mi libro con sus cuidadosas lecturas y atinadas sugerencias. Ha sido un placer trabajar con ella, desde el principio».

Las palabras de Diffenbaugh son solo un ejemplo: este tipo de menciones aparecen con frecuencia en el apartado de agradecimientos. Sin embargo, entre los lectores he observado que hay un gran desconocimiento del proceso de edición de una obra e incluso la falsa creencia de que el manuscrito original no debe tocarse porque eso sería «un atentado contra el escritor». Nada más lejos de la realidad: es muy difícil conseguir la perfección en el primer intento, de modo que los consejos de los profesionales ayudan a pulir y mejorar un texto que tiene posibilidades. El problema es que el público desconoce los cambios que se han hecho en los libros que lee (o los limita a la corrección ortotipográfica) y por eso tiende a pensar que todo es fruto de las habilidades de su creador. No obstante, seguro que más de una vez hemos disfrutado sin saberlo de detalles sugeridos por el editor o el agente.

Tengo claro que en el arte nada es casualidad; el talento debe ir acompañado de aprendizaje y críticas constructivas. Cuando leo primeros borradores o autopublicaciones yo misma tomo conciencia de que necesitan más de una revisión para alcanzar un buen nivel y ser publicables. Creo firmemente en el trabajo en equipo: unas cuantas lecturas analíticas aportan más ideas que la sola visión del autor, incluso aunque este sea muy exigente consigo mismo. El proceso de confección de una novela no debe verse como la publicación del manuscrito original, sino como un camino en el que otras personas hacen propuestas para enmendar sus puntos débiles y sacar partido a los buenos.

Enlace de interés:
Editores y publicadores, una entrada del blog Patrulla de salvación en la que se explica cuál debe ser la tarea de un editor de verdad.

17 octubre 2012

El lenguaje de las flores - Vanessa Diffenbaugh

Edición: Salamandra, 2012
ISBN: 9788498384208
Páginas: 352
Precio: 18 €

Si desconfío, mi flor es la lavanda.
Para defenderme, escojo el rododendro.
Con la rosa blanca, comparto mi soledad…
Tengo miedo, y cuando tengo miedo,
dejo que las flores sean mi voz.

(Fragmento de la faja del libro)

El lenguaje de las flores captó mi interés de inmediato: está protagonizada por mujeres, es de corte realista y además cuenta con el elemento original que da nombre a la obra. Se trata de la primera novela de Vanessa Diffenbaugh (San Francisco, 1978), que se ha traducido a treinta y seis idiomas y ha tenido una gran acogida por parte del público y la crítica (en Italia ha vendido 400.000 ejemplares). La autora, licenciada en Pedagogía y Escritura Creativa, encontró la fuente de inspiración en su trabajo como profesora de niños sin recursos, donde tuvo que presenciar cómo cuatro hermanos eran separados por el sistema de acogida de Estados Unidos después de que su madre, que tenía problemas con las drogas, los abandonara.

El libro narra la historia de Victoria, una chica que acaba de cumplir dieciocho años y, como manda la ley, debe abandonar el centro de acogida y empezar a buscarse la vida. Durante unos meses puede compartir piso con unas chicas que pasan por la misma situación, pero ella prefiere alejarse de ese mundo, aunque ello implique vivir en la calle: Tras tantos años en hogares de acogida y pisos tutelados, Victoria se ha convertido en una persona introvertida y autodestructiva, incapaz de entablar relación con los demás.

La única persona que ha creído en ella es Elizabeth, la madre de acogida que mejor la ha tratado. . A diferencia de otros padres, Elizabeth no se rinde ante las provocaciones de Victoria y está dispuesta a sacar lo mejor de ella cueste lo que cueste. Es ella quien le enseña el lenguaje de las flores: un sistema de comunicación de la era victoriana que permite transmitir los sentimientos con discreción a través de las flores. En su momento fue muy popular y se publicaron numerosos diccionarios con los significados de las plantadas, pero en la actualidad se trata de un ámbito desconocido.

Victoria encuentra su única válvula de escape en las flores, que se convierten en la llave para salir adelante y solucionar los traumas del pasado. Su habilidad le permite trabajar en una floristería, donde prepara ramos personalizados que tienen un gran éxito, y no solo eso: en el mercado de las flores vuelve a ver a un chico que también conoce este lenguaje y le envía mensajes. La relación entre ellos sería normal si no fuera porque él conoce un secreto que atormenta a Victoria: el motivo por el que Elizabeth no acabó adoptándola.

La novela está narrada en primera persona por Victoria y alterna el pasado de su infancia en casa de Elizabeth con el presente en la floristería con capítulos breves de fácil lectura. Está contada con un estilo sencillo y correcto que puede resultar soso, aunque también tiene algunos fragmentos bastante logrados. Creo que adolece el problema que suelen tener las primeras publicaciones de un autor: la ausencia de sello personal y el hecho de detenerse en detalles irrelevantes. Personalmente, valoro mucho la forma en la que me cuentan una historia y pienso que El lenguaje de las flores habría ganado intensidad con una narración más evocadora y cálida. 

Por otro lado, Elizabeth y Victoria me parecen los personajes mejor perfilados: la primera, una madre que adora a su hija de acogida pero que no por eso deja de cometer errores con ella; la segunda, una chica amargada y negativa, producto de la soledad que ha vivido siempre. Tienen virtudes y defectos, una personalidad compleja que evoluciona poco a poco, como a mí me gusta. Grant, el único personaje masculino que goza de cierto peso, es bastante plano con respecto a las mujeres, aunque cumple con su papel. Lo que más me gustó fue la personalidad atormentada y a la vez lo suficientemente sensible para apreciar el significado de las flores de Victoria. La novela en conjunto es así: dura y bonita al mismo tiempo.

En general, se trata de una historia en la que el tema de la maternidad tiene una gran importancia, tanto por la relación que entablan entre Elizabeth y Victoria como por otras experiencias que vive la joven más adelante. También se habla del primer amor, de las dificultades que sufre una persona como la protagonista para aprender a amar y otras cuestiones típicamente femeninas. En definitiva, no es un libro para quien busque acción trepidante, sino que se centra en las emociones y los sentimientos, los pequeños pasos que da la protagonista para vencer sus miedos y conseguir llevar una vida normal.

Además del desarrollo de las tramas personales y el componente original del lenguaje de las flores, el libro tiene interés por describirnos el sistema de emancipación de los jóvenes estadounidenses con gran realismo: la asistenta social no es una hada madrina y la relación entre niños/adolescentes huérfanos se aleja mucho de parecerse a una bonita amistad. La situación es dura, muy dura; Vanessa Diffenbaugh conoce este mundo y ha evitado caer en idealizaciones.

Vanessa Diffenbaugh
En conclusión, El lenguaje de las flores es una lectura realista, de protagonistas femeninas fuertes y matices hermosos, pero más allá de eso tampoco aporta nada del otro mundo porque podría estar mejor narrada. En cualquier caso, al menos consigue mantener el interés por ese secreto que esconde la protagonista, por lo que anima a continuar leyendo. La recomiendo a los lectores amantes de las historias contadas con sencillez que transmitan un sentimiento bello y maternal.

Nota: Salamandra también ha publicado una guía práctica sobre el lenguaje de las flores y ha creado una web en la que se pueden enviar postales de flores.

Enlace de interés:
«La primera vez que escribí el personaje de Elisabeth estaba hecho sin fisuras, perfecto, siempre fuerte e inteligente. Y me di cuenta de que esa es la madre de acogida que a mí me hubiera gustado ser y no fui. Así que tuve que volver sobre mis pasos y reescribirla con más imperfecciones y cosas que probablemente vengan de mí».

15 octubre 2012

Literatura "para pasar el rato"

Cuando escribo reseñas negativas suelo recibir comentarios del tipo "Bueno, para pasar el rato puede estar bien", que dan a entender que si ese libro no se lee con demasiadas expectativas tal vez proporcione un rato de lectura agradable.

Yo no estoy de acuerdo con esto. Creo que a la literatura para pasar el rato hay que exigirle lo mejor dentro de sus posibilidades, es decir, que aunque no convierta a su autor en un candidato al Premio Nobel, al menos lo haga destacar entre los escritores de ese género. Vampire Academy no es una obra de «calidad literaria», pero es infinitamente más interesante que Hush, Hush, Marcada o Eternidad, por ejemplo. Del mismo modo, El diario de Briget Jones, novela referente del chick-lit, desprende mucha más frescura y buen hacer que la inmensa mayoría de sus imitaciones. ¿Para qué leer un mal libro cuando se puede leer uno bueno?

Hay que valorar cada novela dentro de su género. A la Literatura en mayúsculas le pido una gran prosa y mucha profundidad, que me provoque una reacción como lectora; a la literatura comercial, que sea fácil de leer y me cuente una buena historia. Mala literatura significa tener carencias en la narración, trazar personajes poco caracterizados, dejar tramas sin cerrar y un sinfín de problemas más. En definitiva, errores que no acepto en ningún ámbito porque como lectora siempre busco lo mejor.

La mala literatura, sea de entretenimiento o con grandes pretensiones, no la quiero ni para pasar el rato.

12 octubre 2012

Fragmentos de libros: Amor, curiosidad, prozac y dudas

La vida debería ser como un calendario. Cada día se debería poder arrancar una página para iniciar otra en blanco. Pero la vida es como la capa geológica. Todo se acumula, todo influye. Todo contribuye. Y el aguacero de hoy puede suponer el terremoto de mañana.

No echamos de menos a las personas que amamos. Lo que echamos de menos es la parte de nosotros que se llevan con ellas.

Hay gente que nos crea, que nos convierte en las personas que somos, gente cuyas acciones marcan el resto de nuestras vidas de forma que nunca volveremos a ser como antes, y que, sin embargo, no se responsabilizan de nosotros.

En realidad lo único que me daba miedo era seguir viviendo.

Así que, mientras esté aquí, seguiré adelante, a trancas y barrancas, a trompicones, resbalando, tropezando si hace falta, volviendo a levantarme cuando me caiga. Estoy aquí, pero noviembre llega de color tristeza.

La vida es una pelea de la que no se puede salir derrotado.

***

Enlace a mi reseña del libro.

10 octubre 2012

Blogueros estresados

-Tengo que escribir cinco reseñas para esta semana.
-Se me acumulan las lecturas.
-Mi lista de libros pendientes no para de crecer.
-Debo pasarme a comentar en todos los blogs que sigo.

Si pronuncias (escribes) alguna de estas frases a menudo, no lo dudes: padeces el síndrome del bloguero estresado. Has olvidado que empezaste el blog con la finalidad de divertirte y poco a poco se ha convertido en una obligación: atender a todos los que te piden que hables de su libro, devolver las visitas de los demás blogueros, redactar reseñas de todo lo que lees... Ten cuidado, porque si no le pones remedio a tiempo, podrías acabar con la enfermedad del blog abandonado, que antes o después termina con la muerte de tu querido espacio.

¿Quieres ponerle remedio? Sigue los consejos siguientes:

1. Tira a la basura la lista de libros pendientes que nunca completarás y, en lugar de apuntar tanto, compra/busca aquellos títulos que más te interesen antes de que caigan en el olvido.
2. Plantéate si todo el espacio que dedicas a cuestiones no directamente literarias (sorteos, desafíos, copia de fichas de libros que no leerás nunca...) realmente te aporta algo. Un blog no sirve para sumar seguidores por obligación, sino para que disfrutes con él y hagas disfrutar a los demás con tus aportaciones personales.
3. Haz limpieza en la lista de blogs que sigues y quédate solo con los que te gusten de verdad. Al seguir cien espacios lo único que consigues es no poder prestar la atención debida a ninguno de ellos.
4. No leas a nadie por cortesía; ahora bien, cuando te apetezca pasarte por los blogs, lee bien y deja comentarios. Es mucho más enriquecedor (para ti y para el otro) comentar en cuatro blogs aportando algo interesante que decir "Me lo apunto, gracias por la reseña" en cincuenta.
5. Aunque intentes mantener un ritmo constante de publicaciones, no te agobies: si un día no puedes actualizar, no pasa nada. Tus lectores no se irán.
6. Hazte propósitos factibles, es decir, no esperes redactar cinco reseñas en un fin de semana, porque lo más probable es que llegues al lunes con cuatro reseñas por escribir más la del libro que acabas de terminar.
7. Piensa en lo que más te gusta y sácale partido. Si te encanta escribir, pon la calidad por delante de la cantidad, dedica tiempo a cada texto y pásatelo bien escribiendo. Si lo tuyo es el diseño y la informática, cámbialo a menudo e intenta estar al día de nuevas herramientas.
8. En aquello que te llene menos, haz solamente lo básico. Si no te gusta escribir, sé breve y funcional; tus reseñas no serán menos útiles por ello. Si el diseño y la informática no te importan lo más mínimo, una vez hayas elegido una plantilla aceptable no sigas dándole vueltas.
9. De vez en cuando párate a pensar en los motivos que te llevaron a crear el blog. ¿Te siguen convenciendo? ¿Eres consecuente con ellos? Si no es el caso, tal vez sea la hora de reinventarse.
10. Deja de repetir las frases del principio. ¡Transmites negatividad y tedio!

Cuando estés curado, volverás a deleitarte con la lectura sin agobios ni presiones de ningún tipo. Incluso leerás más, porque recuperarás el tiempo que dedicas ahora a actividades que no te aportan nada. Al fin y al cabo, un bloguero de libros disfruta con la lectura, no con las reseñas escritas sin ganas, las entradas de relleno, las visitas por obligación y las campañas para sumar seguidores, ¿verdad?

08 octubre 2012

Jezabel - Irène Némirovsky

Edición: Salamandra, 2012 (publicado por primera vez en 1936)
ISBN: 9788498384222
Páginas: 190
Precio: 15 €

Irène Némirovsky (Kiev, 1903 – Auschwitz, 1942) es la célebre autora de Suite francesa, novela que en 2004 obtuvo una gran acogida en todos los países en los que se publicó. Además, se trata de una obra con una historia impactante a sus espaldas: la autora la guardó en una maleta antes de ser deportada a un campo de concentración, y mucho tiempo después sus hijas lograron que viera la luz. Antes de su trágica muerte en Auschwitz, Némirovsky era una reconocida escritora en Francia: había publicado su primer libro con apenas veinticinco años y contaba con catorce títulos a sus espaldas, a los que luego se sumaron ocho póstumos.

Cuando se produjo el inesperado éxito de Suite francesa, seguro que muchos pensaron que el «fenómeno Némirovsky» duraría poco: una escritora fallecida hace más de cincuenta años y sin el renombre de los autores clásicos no parece el perfil más atractivo para que las editoriales apuesten por ella. Sin embargo, con Jezabel ya son diez los títulos de Némirovsky reeditados o traducidos por primera vez al castellano de la mano de Salamandra, lo que demuestra que hay un sector del público que sigue interesado en la obra de esta magnífica novelista (en el que, por supuesto, me incluyo). Jezabel se publicó por primera vez en 1936, de modo que fue una de sus últimas obras publicadas en vida.

La desesperación de Jezabel

«Vieja y vencida, Gladys aún era hermosa» (pág. 47). Jezabel hace un retrato de una mujer madura, frívola y obsesionada con ser amada que es acusada de asesinar a su joven amante. La novela arranca con la escena del juicio en la que la acusada, Gladys Eysenach, pide que la condenen porque ha cometido un acto terrible; aun así, el proceso no es claro porque sus defensores intentan venderla como la víctima de un acosador y sus detractores como una dama malvada. El litigio, que se alarga cincuenta páginas, es un momento de gran interés: no solo importa lo que dicen los testigos, sino, sobre todo, lo que dejan entrever con sus gestos; otra muestra de la brillantez de Némirovsky para plasmar con sutileza la personalidad del ser humano. Además, el conjunto se completa con los comentarios de los asistentes al pleito, un detalle que da mucha viveza al capítulo.

Como se olvida a los actores cuando la obra ha acabado, nadie se acordaba ya de Gladys Eysenach. Ahora su papel había terminado. A la postre, había sido banal. Un crimen pasional, un castigo moderado… ¿Qué sería de ella? A nadie le importaba su futuro ni su pasado. (pág. 46)

Tras este impresionante comienzo (la narración de un proceso judicial era una faceta de la autora que desconocía hasta ahora), el libro narra la vida de la protagonista de forma cronológica, desde su juventud hasta el fatal suceso que la ha llevado a enfrentarse al estrado. Gladys pertenece a la alta sociedad que a principios del siglo XX se movía de fiesta en fiesta y de país en país, un ambiente de lujo en el que la preocupación por el qué dirán está a la orden del día. Se casó, enviudó y tuvo amantes; la obsesión por sentirse deseada y mantenerse joven es una constante en ella.

En este contexto surge uno de los temas recurrentes de la autora (basado en su propia experiencia): la madre fría y superficial. Gladys tiene una hija, Marie-Therèse, pero nunca la ha tratado con normalidad y a medida que crece su presencia le recuerda que ella también se está haciendo mayor. Con este planteamiento, Némirovsky explota el potencial de la protagonista y hace una caracterización soberbia; aunque resulte difícil sentir empatía hacia Gladys, he llegado a sentir su desesperación y sus miedos, me la he creído desde las primeras líneas. Es más: de los cuatro libros de la autora que he leído hasta ahora, Gladys me parece uno de los personajes más memorables. Además, a diferencia de El vino de la soledad y El baile, donde también plasma esta confrontación entre madre e hija, en esta ocasión la protagonista no es la segunda (encarnada en la propia Némirovsky), sino que el peso lo lleva la madre. Quizá esto se debe al hecho de que Jezabel es posterior a los dos libros citados y la autora deseaba dar un nuevo enfoque al asunto, idea que aplaudo.

«La felicidad es esto», se dijo, y no retiró la mano. Pero su fina nariz se agitó imperceptiblemente y su rostro, tan joven, se transformó de pronto en el de una mujer, astuto, ávido y cruel. Qué grato era ver un hombre a sus pies… ¿Qué había en el mundo mejor que el nacimiento de ese poder de mujer? Eso era lo que esperaba, lo que llevaba días presintiendo… El placer, el baile, el éxito no eran nada, palidecían ante aquella intensa sensación, ante aquella especie de mordedura interior. «¿El amor? —pensó—. ¡Oh, no! El placer, casi sacrílego, de ser amada…» (pág. 58).

Pero la obra no solo vive de esta relación: los secundarios no defraudan y cada uno tiene su papel, desde la mujer que bajo la apariencia de una amiga la perjudica durante el juicio al chico asesinado; la autora sabe reflejar la personalidad de cada uno, los hace interesantes. También plasma la diferencia de clases de la época, tanto en relación con el servicio (que adopta su eterno rol de amable y comprensivo con los señores) como con el joven amante de Gladys. Una vez más, me fascina la capacidad de Némirovsky para crear unos contenidos tan completos en apenas doscientas páginas.

Por otro lado, Jezabel abarca desde los años previos a la Primera Guerra Mundial al periodo de entreguerras. Aunque solo sea como telón de fondo, se dejan caer buenos detalles sobre la ambientación y el cambio de mentalidad que se produjo en la sociedad después del conflicto armado (perspectiva que tiene doble interés porque está escrita por alguien que fue testimonio directo de esta época). A propósito de la recreación, diría que de las cuatro novelas de Némirovksy que he leído hasta ahora (El ardor de la sangre, El vino de la soledad, Los perros y los lobos y Jezabel), esta es la más cosmopolita: la acción principal se desarrolla en París, típico de la autora, pero Gladys también pasa por Inglaterra y se deja caer que ha visitado muchas ciudades, entre ellas Madrid. Me alegra comprobar que puedo observar pequeñas novedades en la obra de una escritora a la que admiro tanto.

Leer a Irène Némirovsky: una gran experiencia

Cuando pienso en Némirovsky me vienen a la mente palabras como elegante, brillante, precisa, profunda, dramática, intensa. Todos estos adjetivos se pueden aplicar a Jezabel: se trata de una novela escrita con buen gusto en la que el sello personal de la autora se palpa desde las primeras páginas. Está narrada en tercera persona, tiene unos diálogos espléndidos (destaco los de Gladys con su hija) y los pensamientos obsesivos de la protagonista se plasman con mucha viveza. Los capítulos son breves y el ritmo resulta bastante ágil, me ha resultado más fácil de leer que El vino de la soledad (la que hasta ahora me parece su obra más densa, en gran medida porque se considera su libro más autobiográfico y su contenido es muy duro).

No hace falta que diga que conecto de maravilla con el estilo de Némirovsky. Me gustan las situaciones de las que habla, su profundidad a la hora de plasmar los sentimientos y, por supuesto, las cualidades de su gran prosa, esa capacidad para decir mucho con muy poco que tanto se echa de menos en la narrativa actual (por aquello de que abundan los ladrillos). En estos momentos es la escritora que me tiene más fascinada, y con Jezabel me ha vuelto a cautivar.

«Algún día la guerra acabará y todo volverá a ser tan alegre y encantador como antaño, y yo… ¡Oh! ¿Cómo lo soportaré? ¿Cómo he podido vivir sabiendo que un día envejecería? […] Quiero una vida que valga la pena vivir, si no ¿para qué? ¿Qué me dará la vida cuando ya no consiga gustar a nadie? ¿En qué me convertiré? Seré una vieja pintarrajeada, me pagaré amantes… ¡Oh, qué horror, qué horror! Más vale atarse una piedra al cuello y arrojarse al mar…» (pág. 119-120).
Irène Némirovsky

En conclusión, leed a Némirovsky si todavía no lo habéis hecho; y si ya la conocéis, seguid leyéndola. En esta ocasión hace un retrato de un personaje narcisista que esconde un terrible secreto, un marco que le sirve para hablar del deseo de la eterna juventud; pero en realidad cualquier título es bueno para acercarse a su obra. La considero una autora de lectura obligada para los amantes de la buena literatura; aun así, incluso los que estéis acostumbrados a la narrativa comercial podéis disfrutarla por su fluidez. Además, sus libros suelen ser breves, de modo que si no os convencen al menos no perderéis mucho tiempo en ellos. Pero os gustarán, estoy segura.

05 octubre 2012

¿Hay que leer a los autores clásicos?

¿Sueles leer clásicos?
Sí, son la mayor parte de mis lecturas....... 34 votos (8%)
Sí, de vez en cuando............................. 203 votos (49%)
Ahora no, pero leí muchos hace años....... 49 votos (11%)
No, pero algún día quiero leerlos............. 72 votos (17%)
No, y de momento no me interesan.......... 51 votos (12%)
 
Mucha gente cree que es importante leer las grandes obras de la literatura universal, pues tienen un interés indudable y conocerlas ayuda a hacer más completos nuestros conocimientos sobre el tema. Sin embargo, esta impresión no es compartida por todos los lectores: muchos guardan un mal recuerdo de los clásicos porque tuvieron que lidiar con ellos en el colegio, cuando aún no estaban preparados para entenderlos; además, a la hora de hacerse un hueco en la mesilla de noche estas novelas tienen como rivales las apetecibles (y abundantes) novedades.

A menudo se dice que los clásicos son difíciles de leer y las novedades todo lo contrario, pero no es cierto: hay clásicos muy asequibles (como Mujercitas) y autores actuales bastante densos (como David Grossman). De todos modos, en ocasiones sí que es necesario hacer un esfuerzo extra para comprender el valor de una creación de hace unos siglos (básicamente, conocer el contexto en el que surgió, sobre todo si hablamos de libros que representaron una vuelta de tuerca al género).

En mi opinión, no resto ningún valor a los clásicos, pero pienso que es necesario dejar que sea el lector quien tome la decisión de leerlos. Imponerlos antes de tiempo solo consigue que se les acabe cogiendo manía; me parece mejor empezar a descubrir el placer de la lectura con novelas actuales y cercanas (porque en la actualidad también se escribe buena literatura, aunque no siempre sea la que se ve en los escaparates de las librerías). Del mismo modo, menospreciar a los lectores que solo se interesan por las novedades lo único que demuestra es una actitud altiva por parte del que lo hace. Siempre he rechazado la idea de ser buen o mal lector en función de lo que se lee; todos somos lectores, cada uno con sus preferencias, pero lectores al fin y al cabo.

Por mi parte, pertenezco a ese grupo mayoritario de la encuesta de septiembre que lee clásicos de vez en cuando; me parece comprensible que haya ganado esta opción porque es la del término medio. Aun así, el próximo año tengo la firme intención de leer más obras de este tipo (esta entrada me sirve como aviso para que nadie se extrañe cuando empiecen a aparecer reseñas un tanto atípicas). Lo hago porque quiero, porque he llegado a ese momento en el que me apetece, aunque no por ello abandonaré las novedades. Si se quiere, hay tiempo para todo.


01 octubre 2012

¿Somos demasiado benévolos con los escritores españoles?

En la blogosfera son frecuentes las campañas de apoyo a escritores españoles, sobre todo a los que empiezan y/o tienen una actividad importante en las redes sociales. Esto se traduce en reseñas llenas de halagos, hasta el punto de que a veces cuesta encontrar comentarios negativos sobre determinados autores. En cambio, da la sensación de que hablar mal de los libros extranjeros resulta más fácil porque se tiene la seguridad de que los novelistas no se enterarán.

Como curiosidad, en mis inicios publiqué una reseña no muy entusiasta de la novela de un autor muy activo en Internet y cercano a los lectores (claro que yo entonces no tenía ni idea). Una chica me comentó que le había sorprendido mi valoración -y a la vez la agradecía- porque ese escritor está tan presente en las redes que casi nadie se atreve a decir algo malo de su obra.

En parte entiendo que sea difícil ser franco en estas situaciones: somos humanos, tenemos sentimientos y apreciamos a la gente que se muestra agradable, sobre todo si se trata de alguien a quien admiramos. No queremos hacer daño ni que se molesten con nosotros, y es natural. Aun así, una benevolencia excesiva no me parece la solución: los blogueros escribimos para los lectores, no para los autores.

Además, considero un poco incoherente favorecer a los españoles y desear que triunfen en el extranjero, pero luego mostrarse más exigente con los autores traducidos. Si todo el mundo pensara de este modo, al final cada país se tendría que conformar con su producción cultural, y es una lástima, porque la literatura española no es un ente aislado, sino que da y recibe influencias constantes de la del resto del mundo.

Hay quien justifica este apoyo desmesurado por el hecho de que los escritores tienen dificultades para abrirse camino. De acuerdo, pero ¿acaso lo tiene más complicado un español que un italiano? Si tenemos que guiarnos por la lástima (no, por favor), seguro que las historias personales de los autores de países del tercer mundo nos impactarían mucho más.

En cualquier caso, como lectora me fijo en los libros y en lo que me aportan, no en su procedencia. Cuando estoy encantada con un autor español, lo digo, y cuando no, también; exactamente igual que con los extranjeros. Tenemos que cuidar y difundir las buenas obras, vengan de donde vengan.

Me parece que, en general, la blogosfera debe perder el miedo a opinar con sinceridad de los novelistas que se mueven por la red: mentir u omitir la parte negativa no ayuda a nadie; hay que encontrar el equilibrio entre el corazón y la razón, entre el aprecio que tenemos al autor y nuestras impresiones reales de la novela. Tal vez escribir con tacto, comentando lo bueno y lo malo desde el respeto, sea una buena opción para todos.

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