30 noviembre 2012

Fragmentos de libros: Juntos, nada más


No hay pena que un libro no pueda consolar.


Pero déjame que te diga que si ser intelectual significa que a uno le guste aprender, ser curioso, atento, admirar, emocionarse, tratar de comprender cómo funcionan las cosas e intentar irse a la cama un poco menos tonto que a la víspera, entonces sí, reivindico mi condición totalmente: no sólo soy una intelectual, sino que además estoy orgullosa de serlo.


Mezcla un poco las churras con las merinas, la vida es más divertida cuando hay un poco de desorden.


Lo que yo he leído es que si no eres como los demás, si no consigues ser lo que otros esperan de ti, entonces lo pasas mal. Sufres como un perro y al final, la palmas. Pues no, hala. Yo no me pienso morir. Por amistad hacia él, por fraternidad, no voy a morirme… No me da la gana.



***



Enlace a mi reseña del libro.


28 noviembre 2012

El poder curativo de la lectura

Los libros son medicamentos del alma o, como mínimo, unos eficaces tratamientos paliativos de sus males. El deprimido encontrará novelas divertidas que le saquen una sonrisa, el estresado olvidará las responsabilidades con una trama adictiva, y el aburrido encontrará su entretenimiento en forma de historia amena y atractiva. Los que se puedan permitir profundizar, admirarán las cualidades de una buena prosa o un bello álbum ilustrado, con lo que se sentirán más realizados.

Pero las curas también se dan en sentidos distintos: el frío e insensible se implicará en la vida de los personajes y aprenderá a ponerse en la piel de los demás, el cansado de su existencia apacible se apasionará con las más grandes aventuras y, finalmente, el que se siente vacío por dentro y no encuentra nada de su interés, hallará obras que lo marcarán profundamente y su vida no volverá a ser igual.

Si, además, las lecturas se comparten en el club del barrio o por Internet, aumenta la interacción con los demás y los intercambios pueden ser una fuente de satisfacción y enriquecimiento personal. Tal vez no tenemos el trabajo que nos gustaría, no podemos darnos todos los caprichos que querríamos y los conflictos familiares nos agobian, pero por un rato tenemos la oportunidad de ser críticos aficionados y llenarnos de todo lo que nos aporta la palabra escrita.

Más allá del análisis de la forma y el contenido, los libros tienen un gran poder: el de provocar una reacción en el lector y, en cierto modo, curar su particular malestar interior. Creo en la capacidad de la narrativa para cambiar el estado de ánimo -y no precisamente mediante publicaciones de autoayuda-, tan solo hay que encontrar la obra adecuada para cada momento... y dejarse llevar.

26 noviembre 2012

Madame Proust y la cocina kosher - Kate Taylor



Edición: Siruela, 2012
ISBN: 9788498416510
Páginas: 420
Precio: 23,95 € (e-book: 9,99 €)

Toronto.
La silueta de una mujer que contempla la ciudad desde su balcón es la carta de presentación de Madame Proust y la cocina kosher, el debut de la canadiense Kate Taylor (Boulogne-sur-Seine, 1962), periodista cultural y licenciada en Historia e Historia del Arte que también ha escrito A Man in Uniform (2010). La novela recorre el siglo XX a través de tres personajes que reflejan las vivencias de tres generaciones distintas, con un tono cargado de delicadeza y predominio de la introspección por encima de los acontecimientos históricos. Publicada en inglés en 2003, ha ganado numerosos premios, entre los que destacan el Commonwealth Writers Prize for Best First Book y el City of Toronto Book Award.

La dama que da nombre al libro es Jeanne Proust, madre del célebre Marcel Proust, una mujer judía culta y educada que está casada con un médico católico. La conocemos mediante unos diarios ficticios en los que vuelca toda su preocupación por su hijo Marcel, que siempre ha padecido una mala salud y se muestra incapaz de adquirir las responsabilidades que sus padres desean para él. Jeanne sabe más de lo que expresa y el lector debe leer entre líneas para entrever sus sentimientos, lo que no deja de ser una demostración del gran esmero que ha puesto la autora al elaborar estos diarios. Aunque descubrir la personalidad de Marcel Proust y sus difíciles inicios en la literatura es un gran aliciente, para mí el mayor atractivo de los fragmentos de Jeanne es el magnífico retrato de París a finales del siglo XIX y comienzos del XX, con el ambiente de los intelectuales en los salones, el caso Dreyfus y los avances tecnológicos, entre otros muchos temas. Una ambientación exquisita y un enfoque inmejorable para hacer las delicias de los amantes de la cultura en general; estas fueron, sin duda, mis partes preferidas por lo jugoso de sus contenidos.

Torre Eiffel, París.
Por otro lado, la historia de la segunda protagonista recoge el testimonio de un suceso clave del siglo XX: la Segunda Guerra Mundial. Sarah Bensimon es una niña que se ve obligada a dejar a su familia en su Francia natal durante el conflicto para huir a Canadá, donde un matrimonio la acoge. Con el tiempo, Sarah se convierte en una mujer frágil que lucha por recomponer los lazos rotos y que en un determinado momento de su vida se refugia en la cocina kosher (a propósito, el traductor hace un trabajo excelente al añadir notas aclaratorias sobre los términos en yiddish). Narrada en tercera persona, esta trama no se centra en la acción ni en la política, sino en la psicología del personaje, sus heridas y su evolución con el paso del tiempo. Las escenas de Sarah son probablemente las más duras de toda la novela, pero a la vez me han maravillado por la habilidad de la autora para plasmar su sufrimiento con tanta sutileza.

Illiers-Combray, París.
En tercer lugar está Marie Prévost, la traductora de los diarios de madame Proust, que habla en primera persona desde el presente. Vive en Canadá, pero viaja a París para traducir los textos y recorrer las calles donde vivió la familia Proust, por la que siente un gran interés. No obstante, Marie tiene su propia historia, la de una mujer marcada por la pérdida del amor. Sus fragmentos aportan información sobre los Proust y a la vez recrean los acontecimientos de su relación con Max; sin duda es la trama en la que los sentimientos son más palpables. La presencia de Marie en la novela también resulta interesante por alguna que otra reflexión sobre los entresijos de la traducción y, todavía más importante, el bilingüismo inglés-francés que conoce de primera mano. En este sentido, Marie siente debilidad por la lengua francesa y habla del contraste entre algunas zonas de su país. Me resultó un tema fascinante, no solo por tratarse de un asunto poco abordado en la literatura, sino porque en mi propia condición de bilingüe me reconocí en las palabras de Marie y valoré el acierto con el que Kate Taylor ha hablado de ello.

En general, Madame Proust y la cocina kosher destaca por tener tres protagonistas muy bien perfiladas, con una caracterización profunda y un gran cuidado a la hora de plasmar sus emociones, de tal manera que el lector enseguida siente empatía por ellas. Diría que en Jeanne Proust predomina el tono ameno de lo cotidiano, centrado en la relación madre-hijo y en el estilo de vida de la época; en Sarah Bensimon sobresale el peso de los horrores de la historia y la dificultad para construir una existencia normal cuando se arrastra un trauma; finalmente, en Marie el tema estrella es el amor en forma de recuerdos que duelen y que la llevan a refugiarse en las traducciones. Aunque sean historias aisladas, las tres mujeres tienen algo en común que no se aprecia a simple vista y que está relacionado con sus experiencias vitales. El desenlace es redondo y acorde con todo lo planteado previamente.

Bois de Boulogne, París.
Además, el hecho de que Kate Taylor sea canadiense se refleja en la obra: por una parte, la fascinación por Francia y la lengua francesa; por otro lado, la mitad anglófona de Canadá. Esto le da un carácter especial al libro: pese a estar escrita en inglés, no parece la típica novela anglosajona de un autor estadounidense o británico, sino que posee tintes de la elegancia del francés, un componente que se ve acentuado por las escenas desarrolladas en París y la preferencia de Marie por este idioma. Si me hubieran dicho que la autora es francesa, me lo habría creído sin dudar. La cuestión lingüística de Canadá está poco explotada en la literatura de nuestro país, cosa que a mí, como amante de la cultura francófona, me parece una pena, pues se trata de un tema interesantísimo, sobre todo cuando se propone con el buen gusto con el que se hace aquí.

Por si fuera poco, la novela rebosa amor por el arte (arquitectura, pintura…); se nota que la autora sabe de lo que habla y siente verdadera devoción por las creaciones artísticas. No hace ninguna tesis, sino que plasma los comentarios sobre las obras de una forma espontánea en apariencia, sin que el lector perciba que ha querido referirse a ellas expresamente. También se aprecia, por supuesto, la admiración por el legado de Marcel Proust, hasta el punto que me ha hecho sentir ganas de descubrirlo en primera persona. El simple hecho de descubrirnos al escritor con todos sus defectos, todas sus debilidades, ha despertado en mí un enorme deseo por querer leer lo que escribió.

Kate Taylor
Todo ello, narrado con una escritura elegante y fina, de ritmo lento y con adjetivación abundante. Madame Proust y la cocina kosher dista mucho de ser una novela para masas; yo la veo como una obra para lectores exquisitos, para aquellos que disfrutamos con las historias para saborear con calma en las que importa más la profundidad de los personajes que la acción, para los que sabemos apreciar los matices de una prosa cargada de sensibilidad, para los que buscamos algo más que una trama llamativa y también disfrutamos con su fondo. Me embelesó desde el principio por su refinamiento, por el enorme trabajo de documentación que hay detrás y porque todos los temas que trata me resultan cautivadores, desde las situaciones personales al bilingüismo y la vida en otros tiempos. Me ha encantado conocer a una escritora como Kate Taylor y solo me queda desear que esta pequeña joya consiga llegar a muchos más corazones sensibles que, como Marie, encuentren su refugio en la delicadeza de la palabra escrita.

23 noviembre 2012

Fragmentos de libros: La elegancia del erizo

Estamos programados para creer en lo que no existe, porque somos seres vivos que no quieren sufrir. Por ello empleamos todas nuestras energías en convencernos de que hay cosas que valen la pena y que por ellas la vida tiene sentido.
***
Ser pobre, fea y, por añadidura, inteligente, condena en nuestras sociedades a trayectorias sombrías y desengañadas a las que más vale resignarse lo antes posible. A la belleza se le perdona todo, incluso la vulgaridad. La inteligencia ya no se ve como una justa compensación de las cosas, una manera de restablecer el equilibrio que la naturaleza ofrece a los menos favorecidos de entre sus hijos, sino como un juguete superfluo que realza el valor de la joya. En cuanto a la fealdad, siempre se la considera culpable, y yo estaba condenada a ese destino trágico con el dolor que precisamente me confería mi lucidez.
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Los hombres viven en un mundo en el que lo que tienen poder son las palabras y no los actos, donde la competencia esencial es el dominio del lenguaje. Eso es terrible porque, en el fondo, somos primates programados para comer, dormir, reproducirnos, conquistar y asegurar nuestro territorio, y aquellos más hábiles para todas esas tareas, aquellos entre nosotros que son más que animales, ésos siempre se dejan engañar por otros, los que tienen labia pero serían incapaces de defender su huerto, traer un conejo para la cena y procrear como es debido. Es un terrible agravio a nuestra naturaleza animal, una suerte de perversión, de contradicción profunda.
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Cuando digo malvado no me refiero a que sea malo, cruel o despótico, aunque también un poco. No cuando digo que es “un malvado de verdad”, quiero decir que es un hombre que ha renegado tanto de lo que puede haber de bueno en él que parece un cadáver aunque aún esté vivo. Porque los malvados de verdad odian a todo el mundo, desde luego, pero sobre todo se odian a sí mismos. ¿No os dais cuenta, vosotros, cuando alguien se odia a sí mismo? Ello lleva a estar muerto sin dejar de estar vivo, a anestesiar los malos sentimientos pero también los buenos para no sentir la náusea de ser uno mismo.
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¿Y si la literatura no fuera sino una televisión que uno mira para activar sus neuronas espejo y para proporcionarse a bajo coste los escalofríos de la acción? ¿Y sí, peor aún, la literatura fuera una televisión que nos muestra todo aquello en lo que fracasamos?
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Yo suplico al destino que me dé la oportunidad de ver más allá de mí misma y de conocer a la gente.
Yo en cambio pienso que sólo se puede hacer una cosa: dar con la tarea para la cual hemos nacido y llevarla a cabo como mejor podamos, con todas nuestras fuerzas, sin buscarle tres pies al gato y sin creer que nuestra naturaleza animal tiene algo divino. Sólo así tendremos el sentimiento de estar haciendo algo constructivo en el momento en que venga a buscarnos la muerte. La libertad, la decisión, la voluntad, todo eso no son más que quimeras. Creemos que podemos hacer miel sin compartir el destino de las abejas; pero también nosotros no somos sino pobres abejas destinadas a llevar a cabo su tarea para después morir.
Quizás estar vivo sea esto: perseguir instantes que mueren.
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Por primera vez en mi vida, he sentido el significado de la palabra nunca. Pues bien, es horrible. Pronunciamos esa palabra cien veces al día pero no sabemos lo que decimos antes de habernos enfrentado a un verdadero “nunca más”.

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Enlace a mi reseña del libro.

21 noviembre 2012

Tu vivo retrato - Isabel Wolff



Edición: Lumen, 2012
ISBN: 9788426420534
Páginas: 440
Precio: 19,90 € (e-book: 12,99 €)

Un gran retrato debe mostrar algo sobre el modelo que ni siquiera él sabe que encierra (pág. 225).

Hoy os hablo de la última novela de la inglesa Isabel Wolff, una autora de literatura femenina que después de estudiar Literatura Inglesa en Cambridge y trabajar durante doce años para la BBC vio cómo la suerte le sonreía al recibir la propuesta de escribir un libro tras la publicación de una columna en clave de humor sobre las venturas y desventuras de una chica. Desde entonces ya son ocho los títulos que almacena, aunque en España solo se han publicado Una pasión vintage (2011), La chica del tiempo (2002) y el libro que me ocupa en esta ocasión.

Tu vivo retrato narra la historia de Gabriella, Ella para los amigos, una retratista treintañera que goza de una gran reputación. Siempre logra llevar a cabo sus proyectos con éxito, pero ahora debe enfrentarse a un reto mayúsculo: pintar al prometido de su hermana Chloë, un hombre al que detesta porque tiene serias sospechas de que está engañando a Chloë con otra mujer. Además, un trauma del pasado está a punto de darle nuevos quebraderos de cabeza: recibe noticias de su padre, que se marchó de casa cuando ella era pequeña. Todo esto, acompañado de las vivencias que sus clientes le cuentan durante las sesiones, ya que Ella no se limita a plasmar lo que observa, sino que quiere que sus ojos lleguen hasta el fondo de la persona a la que está pintando.

La novela se centra en las relaciones entre los personajes: los motivos de la ruptura de los padres de Ella, su hermana y su novio durante los meses previos a la boda y, por supuesto, las preocupaciones de la propia Ella. Se trata de una obra en la que predominan las cuestiones familiares y sentimentales, las confidencias entre amigas y el sentido del humor. Enseguida se adivina por dónde van los tiros, pero eso no es ningún inconveniente porque la autora no pretende sorprender, sino proporcionar unas horas de lectura de lo más agradables.

¿Lo consigue? ¡Sin duda! Si tuviera que catalogar esta novela, la definiría como chick-lit superior: chick-lit porque encaja en las características de este género (chica treintañera triunfadora en el trabajo pero no en el amor, predominio de los asuntos cercanos para el lector, tono desenfadado, previsibilidad…); superior porque no cae en esas situaciones tan disparatadas como exageradas de El diario de Bridget Jones o Loca por las compras y además tiene subtramas que la hacen más rica e interesante (en otras palabras: no todo gira alrededor del amor).

Esas tramas secundarias se refieren a las experiencias que los clientes le explican a Ella mientras los pinta. ¿Qué hay detrás de las lágrimas de este hombre? ¿Por qué parece tan estresada esta mujer? Como cualquier persona, todos tienen sus propios problemas y la protagonista se las debe ingeniar para que se los cuenten. La autora sabe jugar muy bien sus cartas al alternar estas historias con la vida de Ella, con lo que consigue mantener el interés del lector en todo momento.

A todo esto, no hay que olvidar el arte. La forma en la que Ella vive su profesión resulta fascinante e inspiradora: quiere pintar el vivo retrato de la gente, plasmar su exterior y su interior; por eso da tanta importancia a las charlas que mantiene con los clientes durante las sesiones. El hecho de haber escogido una protagonista pintora en lugar de las habituales tareas de oficina hace que gane puntos para mí, puesto que aporta una perspectiva menos vista en el chick-lit que además está muy bien aprovechada. Me ha provocado ganas de ser como Ella y poder mirar fijamente a los demás, examinarlos, conocerlos… Isabel Wolff logra que la labor del retratista parezca muy sugestiva.

Por lo demás, Tu vivo retrato está escrito con sencillez, hay muchísimo diálogo y se lee con facilidad. Me atrapó de principio a fin y gracias a todo ese entramado puedo decir que sus páginas están muy bien aprovechadas; no le falta ni le sobra nada. Por el tipo de contenidos, gustará sobre todo a las mujeres que busquen un libro entretenido que les permita evadirse de la realidad (no es que los hombres no puedan leerlo, pero digamos que me cuesta un poco imaginármelos leyendo las venturas y desventuras en clave de humor de una chica actual).

Isabel Wolff
En definitiva, Tu vivo retrato ha sido un soplo de optimismo para mí, uno de esos libros sin pretensiones que consigue implicarme durante la lectura e incluso cambiarme el ánimo (para bien. Reafirmo mi teoría de que una obra de chick-lit resulta más eficaz que los manuales de autoayuda). Es exactamente lo que necesitaba cuando cayó en mis manos, y por eso estoy deseando leer también Una pasión vintage, de la misma autora (a propósito del tema, en Tu vivo retrato hay algunos guiños a la ropa vintage). Mi valoración no puede ser más positiva, pero no perdáis de vista que no es una joya literaria, sino una magnífica novela de entretenimiento puro y duro.

Atreveos a posar para Ella… y a leer Tu vivo retrato.

19 noviembre 2012

La niña del faro - Jeanette Winterson



Edición: Lumen, 2005-2012
Páginas: 208
ISBN: 9788426421463
Precio: 15 €

Cuando empezaba a creer que apenas quedan escritores con una voz personal y creativa, llegó a mis manos esta pequeña joya de la inglesa Jeanette Winterson (Manchester, 1959): La niña del faro, una novela que rebosa sensibilidad, gusto por la palabra escrita y, sobre todo, amor. La autora, que fue adoptada por un matrimonio muy religioso que no veía con buenos ojos su homosexualidad, estudió Literatura Inglesa en Oxford y desde 1985 ha publicado una veintena de novelas, entre las que hay títulos como La pasión, Planeta azul y sus recientes memorias, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, que han tenido una gran acogida entre la crítica y el público. Ha sido comparada con Virginia Woolf y se la considera una de las grandes narradoras de nuestros tiempos.

La novela habla de Silver, la niña que vino al mundo inclinada y que al quedarse huérfana es adoptada por un farero ciego. Él le cuenta historias sobre la construcción del faro, historias en las que aparecen personajes como Darwin o Stevenson, historias que reconstruyen la leyenda de Tristán e Iseo, historias que se entrelazan entre ellas y que convierten a Silver en una amante de los libros. En realidad, poco importa de qué hable La niña del faro, puesto que al leer uno tiene la sensación de que la autora podría escribir sobre lo que quisiera. El atractivo reside (una vez más) en la magnífica forma de estar contada.

En este sentido, Jeanette Winterson me ha parecido una escritora muy original: utiliza fragmentos breves cargados de poesía, en estilo indirecto y sin el orden lineal habitual, con un tono tan personal y cercano que en ocasiones transmite la sensación de estar hablando directamente con el lector. En apariencia su prosa puede resultar sencilla (por aquello de que no cae en esas oraciones subordinadas interminables), pero nada más lejos de la realidad: hace falta tener un gran talento para escribir con tantos matices y con ese control que sabe a la perfección qué palabras utilizar en cada momento. Los finales de capítulo («Cuéntame una historia») desprenden una luz que me embelesó.

Además de ser una obra de historias dentro de historias, La niña del faro destaca por su aura especial: la autora ha logrado crear una atmósfera mágica, tierna y llena de amor, sentimiento que impregna estas doscientas páginas. No interpretéis este amor con un romance barato y manido, porque lo que aquí predomina es la delicadeza, el buen gusto al plasmar las emociones. Tampoco esperéis una serie de aventuras de Silver y el farero, porque lo que prima es ese carácter imaginativo y soñador, incluso surrealista, de los relatos, el hecho de permitir que las líneas nos lleven por donde quieran sin pararnos a cuestionar su realismo. La novela no es apta para quienes solo busquen una trama de consumo fácil; en cambio, cautivará a los que saben apreciar los detalles de una narradora poderosa y única.

De La niña del faro me llevo su poesía, su magia, su fuerza. El placer que me ha producido la lectura es difícil de explicar porque se trata de una sensación íntima que solo se siente muy de vez en cuando, porque el tipo de libros a los que estamos acostumbrados en general van por caminos distintos. Esta obra no provoca pasión por los hechos ni por los personajes ni por la ambientación, sino una especie de embeleso por la gracia y el acierto de esta voz tan particular en su uso del lenguaje. Le seguiré la pista a su autora, sin ninguna duda.

Jeanette Winterson
En conclusión, La niña del faro es una muestra espléndida de delicadeza y singularidad, una pieza que se ha ganado un lugar de honor en mi estantería y que quiero recomendar de corazón a todos aquellos que se consideren amantes de las novelas encantadoras y poéticas. Empezad a leer esta pequeña obra de arte y dejaos llevar por el torrente de palabras de Silver y su nuevo amigo: al cerrar las tapas no os sentiréis igual que al empezar, os lo aseguro. Cuéntanos muchas historias, Jeanette Winterson.


Nota: esta reseña se la debo a Jorge, que fue quien me descubrió a la autora.

16 noviembre 2012

La calidad literaria y los gustos personales

Cuando hablé de los éxitos literarios, en los comentarios surgió un interesante debate en el que me apetece profundizar más: ¿cómo se determina la calidad literaria de una novela? ¿La establecemos nosotros, los lectores, en función de lo que nos gusta y lo que no, o solo los expertos -editores, profesores de literatura, críticos profesionales...- están capacitados para ello?

Llamadme conservadora si queréis, pero yo me decanto por la segunda opción: es necesario tener unos amplios conocimientos de literatura para distinguir entre lo que tiene calidad y lo que no la tiene. Nosotros, los lectores, en ocasiones podemos acertar, en función de nuestra experiencia lectora y nuestras aptitudes para el análisis crítico; sin embargo, algunos se guían por impresiones muy subjetivas y no sería correcto aplicarlas para medir las cualidades de una novela.

Porque, por mucho que digamos que lo mejor de la lectura son las sensaciones que nos provoca, los libros tienen aspectos que se pueden examinar de una forma más o menos objetiva (prosa, experimentos literarios, profundidad de los temas tratados, psicología de los personajes...). Si aceptáramos que la calidad depende de las apreciaciones de cada lector, estaríamos admitiendo que la literatura carece de fundamento; sería imposible poner orden y separar lo bueno de lo normalito, porque cada uno tendría una opinión diferente.

Creo que la clave está en hablar de gustos cuando nos referimos a nuestras preferencias, y no de calidad literaria. Una novela se vende bien y recibe palabras entusiastas porque gusta mucho; luego, además, puede ser alta literatura, pero no es un requisito imprescindible (recordad el caso de Crepúsculo). Por el contrario, una obra de calidad literaria no tiene por qué gustar siempre, entre otras cosas porque puede caer en las manos de un lector que aún no tiene el suficiente bagaje para apreciarla (por ejemplo, las lecturas obligatorias de clásicos en el colegio).

Para verlo de forma más clara, pensad en Cien años de soledad. Está considerada una obra maestra y muchos lectores la hemos disfrutado; no obstante, también los hay que la consideran aburrida y por ello la tachan de mala. Esto es a lo que me refiero como impresión subjetiva que no me parece válida para valorar una novela: el que una historia resulte aburrida o no es muy personal. ¡Incluso los libros que contienen miles de recursos para enganchar se hacen pesados para algunos!

Además, las impresiones de las lecturas cambian en función del estado de ánimo, de lo que apetece en cada momento y de lo que se ha leído antes. Un profesional debe tener la capacidad de estar por encima de estas sensaciones y ver el texto de la forma más imparcial posible; ahí está la diferencia entre él y un lector cualquiera.

Me parece que la tendencia a equiparar calidad y gustos se debe al hecho de que la literatura nos resulta cercana (más cercana que la medicina o la física cuántica) y por ello creemos que podemos hablar con seguridad del tema. Aun así, lo cierto es que detrás tiene tanto por descubrir como cualquier otra disciplina.

Pese a todo, el debate está abierto, así que... ¡opinad!

14 noviembre 2012

Libertad - Jonathan Franzen



Edición: Salamandra, 2011-12
ISBN: 9788498384789
Páginas: 672
Precio: 12 €

Llevo más de seis años escribiendo reseñas, pero de vez en cuando todavía me encuentro con libros de los que me resulta difícil hablar. No porque sean malos, ni porque sean perfectos; en este caso, me cuesta redactar una crítica de Libertad porque esta novela me ha impresionado y siento que mis palabras no serán capaces de hacerle justicia. Sé que a esta obra le han caído tantos halagos como insultos; por una vez tengo la suerte de formar parte del bando de los que sí la han disfrutado.

Libertad se publicó en España el pasado año y venía avalada por su éxito en Estados Unidos, país en el que Jonathan Franzen (Western Springs, Illinois, 1959) es considerado un autor de culto desde que ganó el National Book Award con Las correcciones (2001). De este modo, Libertad no se nos vendió como una propuesta cualquiera, sino como un intento en toda regla de escribir la novela americana de la década.

¿Lo ha conseguido? Sinceramente, poco me importa. Es probable que las comparaciones con los grandes clásicos todavía le queden grandes, pero eso no resta ni un ápice de las sensaciones que me ha provocado su lectura. Libertad plasma el retrato de una familia norteamericana de nuestros tiempos con unos protagonistas de lujo: Patty y Walter Berglund, un matrimonio que hace aguas, ella es una ex jugadora de baloncesto y él un intelectual involucrado en los proyectos medioambientales; Jessica y Joey, sus hijos, la muchacha responsable e inteligente y el joven rebelde; y Richard Katz, cantante de rock acabado y mejor amigo de Walter. La novela narra sus vidas desde que Walter y Patty se conocieron (gracias a una espléndida autobiografía en tercera persona de esta última) hasta el presente (mediante un narrador omnisciente).

Con ese argumento, es de suponer que el libro trata temas como el amor, las complicadas relaciones entre padres e hijos, el advenimiento de las frustraciones en la edad adulta, el frenesí adolescente, la época de sexo, drogas y rock’n’roll y, por supuesto, los límites de la libertad. Las palabras del autor son como un torrente que empieza suave y te introduce en el relato sin que te des cuenta, la complejidad crece a pasos agigantados a medida que se avanza en la lectura y con ella aumenta la implicación del lector.

Sin embargo, historias familiares hay muchas, pero pocas son como esta. ¿Qué tiene Libertad de particular? Intensidad, realismo, crudeza; unos diálogos brillantes en los que los personajes se desnudan y se nos muestran con todos sus defectos. Jonathan Franzen demuestra su capacidad para captar las emociones del ser humano desde un enfoque tragicómico que nos regala escenas memorables. Personalmente, los momentos que recuerdo con mayor viveza son los relativos a Patty: esa mujer derrotada sentada en el suelo después de cometer el gran error de su vida me conmovió. También destaco la trama de Joey y cualquier situación de Walter relacionada con Richard o Patty. En cambio, las conversaciones de negocios entre Walter y su asistente me parecieron demasiado pretenciosas y, para qué mentir, llegué a aburrirme un poco. Por otra parte, me resulta extraño que Jessica, la hija, tenga un protagonismo tan escaso al lado de los otros personajes; su papel me parece el más arquetípico.

No me gusta hablar de esta novela con continuas referencias a «ellos», los personajes, puesto que sus dudas, sus tropiezos, sus ilusiones y sus desvaríos también me han hecho pensar en mi propia vida. La conexión entre lector y personaje va mucho más allá del parecido evidente; es un sentimiento profundo, una empatía hacia su manera de afrontar la existencia, de vencer los obstáculos o caer (sobre todo caer) por su culpa. No hace falta ser una Patty, ni un Walter, ni un Richard, ni un Joey para disfrutar de esta obra.

Con la ambientación ocurre tres cuartos de lo mismo: Libertad es una novela impregnada del espíritu norteamericano en todos los sentidos (casi me parecía escuchar Born in the USA mientras leía). Entre las circunstancias que se reflejan, destaco el cómo se vivieron los atentados del 11-S, la rutina de los estudiantes en el campus universitario (su funcionamiento dista bastante de lo que tenemos en España, sobre todo en relación con los deportes) y la especulación de la guerra, entre otros. No obstante, el que aquí no tengamos las mismas preocupaciones no impide en absoluto disfrutar de la novela; al fin y al cabo, lo que cala hondo es la profundidad de los personajes.

En relación con el estilo narrativo, Jonathan Franzen ha recibido numerosas críticas por aburrido. Desde mi punto de vista, pienso que al haber alcanzado un buen número de ventas es probable que el libro haya caído más de una vez en las manos equivocadas, y de ahí viene el problema. Libertad es una novela de párrafo largo, pero también con bastante diálogo y, en cualquier caso, la prosa no es de las más densas que he leído. Aun así, el hecho de narrar la cotidianeidad, la intimidad, hace que sea una obra totalmente contraindicada para quienes solen busquen una trama entretenida con planteamiento, nudo y desenlace. Libertad gustará a los lectores curtidos, los que disfruten con la forma y no solo con la historia aparente.
Jonathan Franzen

En conclusión, con unos personajes que parecen escapar del papel y cobrar vida propia, Libertad hace un retrato de alto nivel de una familia de nuestros tiempos. No busquéis ternura ni misterios entre sus páginas; esta novela se caracteriza por mostrar la existencia de personas normales con toda su aspereza, pero también con la suficiente complejidad para que lleguemos a meternos en su piel como si fuera una prolongación de la nuestra. No me hace falta decir si lo recomiendo, porque los libros buenos se recomiendan solos.

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