09 diciembre 2013

La pasión según G. H. - Clarice Lispector




Edición: Siruela, 2013
Páginas: 156
ISBN: 9788415803584
Precio: 16,95 €

Voy a crear lo que me ha acontecido. Solo porque vivir no se puede narrar. Vivir no es vivible. Tendré que crear sobre la vida. Y sin mentir. Crear sí, mentir no. Crear no es imaginación, es correr el gran riesgo de acceder a la realidad. Entender es una creación, mi único modo. Precisaré con esfuerzo traducir señales telegráficas, traducir lo desconocido a un idioma que desconozco, y sin entender siquiera para qué sirven las señales. Hablaré en este idioma sonámbulo que, si estuviese despierta, no sería lenguaje. P. 19.

Clarice Lispector (Tchetchelnik, Ucrania, 1920–Río de Janeiro, 1977) está considerada una de las escritoras brasileñas más importantes del siglo XX por su particular forma de renovar la expresión literaria en obras como La pasión según G. H. (1964), novela con la que Siruela comienza la colección Biblioteca Clarice Lispector, dedicada a recopilar  las publicaciones más significativas de esta autora, entre las que también se cuentan sus relatos, disponibles en el volumen Cuentos reunidos.
La pasión según G. H. no es una novela al uso: relata la vivencia de una mujer que responde a las iniciales de G. H, de la que apenas sabemos que se dedica a la escultura y que «vivió mucho» («G. H. vivió mucho, quiero decir, vivió muchos acontecimientos. ¿Quién sabe si tuve de algún modo impaciencia por vivir luego todo lo que tuviese que vivir para que me sobrase tiempo de… vivir sin hechos?», p. 23), cuando un día, sola en su ático, encuentra una cucaracha en el armario del cuarto de la criada. La contemplación de este insecto, que queda atrapado en la puerta del mueble, le produce una gran repulsión, pero continúa mirándolo hasta que esta experiencia se convierte en el desencadenante de una transformación vital de la que emerge liberada de sus temores anteriores; pasa de horrorizarse ante la cucaracha a ingerir la sustancia que emana de ella como una metáfora de la unión de G. H. con su nueva forma de entender el mundo («Estaba liberándome de mi moralidad, y eso era una catástrofe sin fragor y sin tragedia», p. 74).
Lispector construye un extraordinario monólogo interior que puede recordar a autores como Marcel Proust o Virginia Woolf por su encadenamiento de sensaciones, ese dejar que el hilo avance a partir de la evolución de las percepciones de la protagonista. Se trata de un sublime ejercicio de introspección, no en el sentido psicológico, sino más bien metafísico, no en vano la autora advierte al comienzo que le gustaría que leyeran este libro «personas de alma ya formada». En muchos aspectos, el viaje existencial de G. H. recuerda al mito de la caverna de Platón —incluso hay una referencia a las sombras de la pared al principio de este proceso—: va desde lo concreto (la descripción precisa del cuarto de la criada y la cucaracha) hasta lo abstracto (la esencia de ella misma, las ideas sobre la pérdida de la moralidad para alcanzar la liberación), y es un camino difícil, progresivo, porque conlleva poner a prueba aquello en lo que había creído siempre para terminar aceptando, después de una angustiosa transición, que antes estaba equivocada («Yo temía el rostro de Dios, tenía miedo de mi desnudez final en la pared. La belleza, aquella nueva ausencia de belleza que nada tenía de aquello que yo antes acostumbraba a llamar belleza, me horrorizaba», p. 83).
La cúspide de este camino llega cuando ella toma la decisión de tomarse la existencia de otra manera, de intentar verse a sí misma como una entidad, como la idea platónica («Así como existió el momento en que vi que la cucaracha es la cucaracha de todas las cucarachas, así quiero encontrar en mí misma la mujer de todas las mujeres», p. 149). Los efectos prácticos de este descubrimiento se reflejan en su propósito de aplicar el carpe diem, disfrutar de aquello banal del presente, de la pasión, como expresa en sus deseos de salir a bailar esa noche («Necesitaré para el resto de mis días mi leve vulgaridad dulce y de buen humor, necesito olvidar, como todo el mundo», p. 138), sin preocuparse tanto por el futuro, abandonando la esperanza («Tenía tan poca fe que había inventado solamente el futuro; creía tan poco en lo que existe, que remitía la actualidad a una promesa y a un futuro», p. 125).
En cierto modo, esta conclusión se asemeja a la teoría nietzscheana del retorno al origen primitivo, la renuncia a todo lo humano artificial, a las necesidades creadas, incluida la moralidad de la religión cristiana, a la que se hacen abundantes referencias («La renuncia es una liberación», p. 152), para complacerse del simple hecho de estar viva («Quiero vivir la parte humana más difícil: vivir el germen del amor neutro, pues de esa fuente comenzó a brotar lo que después fue deformándose […], quedó sofocado por el sobrante de riqueza y aplastado en nosotros mismos por la pata humana», p. 137). La despersonalización del personaje, la escasa información sobre ella, se relaciona directamente con esto; no solo es un recurso para facilitar la universalidad de su mensaje. La protagonista cuenta esta experiencia un día después, cuando ya es consciente de lo que le ha acontecido y, de acuerdo con ello, se ha liberado de todo lo superfluo, como su propio nombre, para hablar de lo que ahora le importa («La despersonalización como la destitución de lo individual inútil, la pérdida de todo lo que se puede perder y, aun así, ser», p. 149).
La narradora reflexiona de forma gradual, párrafo a párrafo, con un estilo tan literario, complejo y profundo que se podría realizar un análisis exhaustivo de cada capítulo, porque el cambio que experimenta no solo se plasma en lo que cuenta, sino que la estructura de los capítulos también lo refleja. Los primeros sirven de presentación (de lo que le ocurrió y de ella misma) y a continuación describe con minuciosidad la entrada en la habitación de la criada —un territorio desconocido para G. H. pese a formar parte de su propiedad—, el momento de abrir el armario, el descubrimiento de la cucaracha. Sin embargo, mientras la mujer permanece sentada en la cama de la sirvienta, mirando al insecto atrapado, esa concreción del espacio ocupa un lugar secundario y el protagonismo de la narración recae en lo metafísico, en sus pensamientos. Hablando de los capítulos, hay que destacar que todos comienzan con la última frase del anterior, como un recurso para potenciar más la conexión entre lo que deriva de lo experimentado en las páginas previas.
Por otra parte, la novela está llena de metáforas y otros recursos lingüísticos, entre los que merece la pena subrayar el papel de la cucaracha. Además de actuar como desencadenante y de simbolizar aquello que incomoda a la protagonista, se puede interpretar como una metáfora de la propia G. H., de su antes y después, de cómo su yo anterior le desagrada como esa cucaracha, mientras que en su yo nuevo ella y la cucaracha están unidas porque forman parte de la vida. El insecto pasa de desagradarle a ser aceptado, de una forma parecida a la que ella acaba rechazando su modo anterior de entender la existencia y se acepta como otra G. H. («Mi error, no obstante, debía de ser el camino de una verdad: pues únicamente cuando me equivoco salgo de lo que conozco y entiendo», p. 94).
La pasión según G. H. es, en consecuencia, una obra en la que no sucede nada y sucede todo, porque ¿qué hecho resulta más significativo que esta aproximación al alma? La autora utiliza un incidente aparentemente anodino (el hallazgo de una cucaracha) para recrear una transformación en la que lo desagradable del insecto de connotaciones kafkianas ejerce como contrapunto de la conciencia humana («La cucaracha es un ser feo y brillante. La cucaracha está al revés. No, no, ella misma no tiene ni derecho ni revés: ella es aquello. Lo que en ella está visible es lo que oculto yo en mí: de mi lado que debería estar visible he hecho mi revés oculto», p. 66-67). Para que la transformación de G. H. se produzca, se da una circunstancia clave: se encuentra sola en casa. Ha entrado en ese cuarto porque la criada no está, ha descolgado el teléfono para que nadie la moleste. En alguna ocasión, el miedo a enfrentarse a sus temores hace que desee que alguien llame a la puerta y de este modo interrumpa lo que le acontece, como una forma de procrastinar aquello que le conlleva un gran esfuerzo; pero finalmente nadie obstaculiza el trance. Por lo tanto, Lispector utiliza la soledad como reencuentro con uno mismo, una liberación silenciosa, con G. H. recluida en una habitación.
Dado que La pasión según G. H. se mueve en el territorio de lo interior, de lo metafísico, su significado resulta universal y atemporal. No importa que transcurra en Brasil, en un ático, en una habitación, porque en cualquier lugar y ambiente se puede encontrar una particular «cucaracha» que lleve a esta transición gradual. Tampoco tiene una relevancia que la protagonista sea una fémina, porque, más allá de los comentarios acerca de la extrañeza que suscita que una mujer se dedique al arte (tengamos presente que la novela se publicó en los años sesenta y la propia autora seguramente conocía bien esta situación por dedicarse a la escritura), Lispector no utiliza la categoría del género como elemento significativo en el desarrollo vital de G. H.
Clarice Lispector
En suma, leer La pasión según G. H. supone, hasta cierto punto, experimentar en primera persona la transformación de la protagonista, porque la narración, tan densa y reflexiva, se convierte en ese viaje complicado que exige el esfuerzo del lector, un viaje que, por fortuna, termina resultando tan gratificante como la revelación de G. H. («Porque me he sumergido en el abismo comienzo a amar el abismo de que estoy hecha», p. 125) y, del mismo modo que ella empieza a mirar el pasado desde otra perspectiva, invita a releer estas páginas para captar todos aquellos detalles que pasaron desapercibidos en una primera lectura, cuando aún no se sabía hacia dónde se dirigía el libro. A pesar de toda la angustia, el mensaje final es de optimismo, no del optimismo tranquilo y fácil de la promesa de felicidad, sino de un optimismo ligado al redescubrimiento de sí misma, y es que, en sus propias palabras, «Ser real es asumir la propia promesa: asumir la propia inocencia y recuperar el gusto del cual nunca se tuvo conciencia: el gusto de lo vivo» (p. 130).

18 comentarios :

  1. Me han recomendado a Clarice Lispector por activa y por pasiva. Recomendaciones personales y por parte de diferentes personas. Algo como "Ana, tienes que leer a Clarice, te va a encantar". Y eso me da un poco de miedo porque una teme ir con el punto de mira desajustado.

    Después de leer tu completa reseña empiezo a tener claro porqué me la recomiendan y porqué me va a gustar. Precisamente el otro día la busqué en la biblioteca y tuve este libro entre mis manos, me llamaba la atención lo de la cucharacha (que me pareció en principio muy kafkiana) y supuse que detrás de esa cucaracha habría una alegoría de algo. No me lo traje porque quiero encontrarle el momento, pero ya sé que está ahí (y al fin al cabo la biblioteca está enfrente de mi casa, es como tenerla en casa).

    Gracias por la reseña, magnífica y detallada, no lo puedo asegurar hasta que lea el libro pero presiento que has captado (y compartido) la esencia del libro.

    Saludos!

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  2. A mi no me llama mucho así que la dejo pasar.

    Un beso.

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  3. No me llama nada la atención así no lo anoto.
    Besos!

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  4. He intentado por todos los medios acercarme a este tipo de libros "filosóficos", pero no consigo meterme en la historia y termino dejándolos porque me siento perdida. Aún así, yo sigo intentándolo. Este libro será mi siguiente intento. Abrazos.

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  5. @Ana Blasfuemia. Normal que te la recomienden; es todo un clásico del siglo XX, aunque tengo la impresión de que, al menos aquí, es menos conocida/leída de lo que debería ser. Este libro es bastante complicado de leer (para mí, incluso más que Marcel Proust, y ya es decir...), pero merece la pena hacer el esfuerzo porque pocas veces nos encontramos con obras tan redondas y exigentes, con las palabras tan bien elegidas. Sus relatos también son espléndidos.

    @Tabuyo, @Kristineta. A ver si la próxima novela que reseñe os interesa más :).

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  6. @Marisa C. Son libros difíciles, cierto. No sé si este es la mejor opción para que intentes retomarlos, porque además el comienzo es bastante complicado (yo no comprendí del todo el primer capítulo hasta que terminé el libro y lo volví a leer). De todas formas, pienso que la única forma de llegar a entender (y disfrutar) estas obras es enfrentándose a ellas aunque cuesten, así que creo que haces muy bien en intentarlo :).

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  7. Una reseña muy bien diseccionada y hecha!!,aunque creo que por ahora no es el momento adecuado para que este libro y yo nos encontremos,besotes

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  8. @Susana Palacios. Te entiendo perfectamente. Hay que encontrar el momento adecuado para conectar con ciertas lecturas.

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  9. Wowww..... Una reseña magnífica! Debo confesar que no conocía a la autora, me gusta y me tienta, y mucho, lo que nos cuentas.
    Me la llevo apuntada, muy bien apuntada, y prometo volver en cuanto la lea y contarte mis impresiones.
    Muchas gracias por tu recomendación y de nuevo, enhorabuena por la reseña.
    Besos

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  10. Uys, pues tengo que reconocer mi ignorancia, que no conocía a esta autora. Una lectura difícil, por lo que cuentas. Temo perderme un poco, pero la verdad es que me tientas, aunque tenga que leerme varias veces las páginas para enterarme de algo, pero me gustan estas lecturas que hacen trabajar al cerebro.
    Besotes!!!

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  11. @Cristina_Roes. Muchas gracias, y me alegro de que el libro te haya llamado la atención. Clarice Lispector es una autora que merece ser leída y releída, tiene un estilo único, personal, exigente. Me ha fascinado.

    @Margari. Reconozco que tuve que releer bastante sobre la marcha, sobre todo al principio (estuve tentada de abandonar el libro cuando vi lo difícil que era). A partir del segundo capítulo, empieza a narrar de una forma más lineal y puedes situarte, aunque de todos modos es un libro que necesita la concentración al 100% porque todos los párrafos, todos, tienen algo que decir.

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  12. Esta vez, a pesar del análisis tan exhaustivo que has hecho, o mejor dicho gracias a él, puedo decir que el libro no es para mí. Lo de las connotaciones kafkianas no ayuda, porque leí "La metamorfosis" y no me gustó nada. Quizás fue el momento, o el que fuera una lectura obligatoria, pero no lo disfruté.
    Así que lo dicho, esta vez no me llevo la recomendación.
    1beso:)

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  13. No tenía constancia de este libro, pero me lo apunto.Gracias

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  14. @Elena:). Ay, es lo malo de las lecturas obligatorias, que muchas veces hacen que se disfrute poco de un libro que en otras condiciones podría gustar mucho.

    @NYKAA. Espero que lo disfrutes :).

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  15. Genial Rusta. De verdad enhorabuena por tu crítica. No he leído a Clarice Lispector, pero si a Proust y a Kafka, y ciertamente no es nada fácil analizar obras de este calibre, por eso me ha encantado lo que escribes.

    Conforme ibas hablando de su obra no he podido dejar de pensar en Virginia Woolf; es como si las dos compartieran esa capacidad de observar atentamente algo cotidiano y trivial para convertirlo en un caudal de ideas que transforman completamente al que observa.

    Seguro que conocer a Lispector va a ser toda una experiencia, mil gracias por introducirnos a su obra.
    Un beso :)

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  16. @Marie. Vas bien encaminada: he leído varios artículos que comparan a ambas autoras, aunque en sus inicios Lispector dijo que no había leído a Woolf. Yo espero ponerme en serio con Virginia Woolf el año que viene, tengo tres o cuatro libros suyos por aquí y ya es hora de leerla en condiciones :).

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  17. Gran artículo, con esta introducción tal vez sea menos difícil llevarle el hilo a Lispector.

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  18. Ojalá ayude. De todas formas, hace poco he leído algunos relatos de Lispector y creo que son la mejor opción para leerla por primera vez. Son buenísimos, con un estilo cercano a Virginia Woolf, pero sin resultar tan "complicados" de entrada como esta novela.

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