16 junio 2014

Agua viva - Clarice Lispector



Edición: Siruela, 2014 (trad. Elena Losada)
Páginas: 114
ISBN: 9788415937043
Precio: 13,95 €

Escúchame, escucha mi silencio. Lo que digo nunca es lo que digo sino otra cosa. Cuando digo «aguas abundantes» estoy hablando de la fuerza del cuerpo en las aguas del mundo. Capta esa otra cosa de la que en realidad hablo porque yo misma no puedo. Lee la energía que está en mi silencio. Ah, tengo miedo de Dios y de su silencio. Pág. 35.

Muy pocos escritores merecen tanto el adjetivo de «singular» como la brasileña Clarice Lispector (Tchetchelnik, Ucrania, 1920–Río de Janeiro, 1977), una de las autoras más importantes del siglo XX por su renovación de la forma narrativa, con un estilo que presenta ciertas afinidades con Franz Kafka, Virginia Woolf, Marcel Proust y James Joyce, aunque ella reconoció no haber leído a algunos hasta que la compararon con ellos. Tomando un ejemplo de la propia Lispector en Agua viva (1973), una de sus últimas obras, se podría decir que sus novelas suponen para la literatura lo que el arte abstracto para la pintura, es decir, un cambio en el modo de mirar, de leer, que abandona los contenidos convencionales (la imagen figurativa, la historia lineal) para dar protagonismo al cómo y explorar nuevas técnicas de creación que expresen significados en una tendencia que ya no cree en el narrador-Dios decimonónico.
En La pasión según G. H. (1964), considerada su obra maestra por algunos críticos, las particularidades de Lispector se plasman en una narración fragmentada que expresa (no cuenta) la transformación interior de una mujer. La protagonista se redescubre a sí misma, pero lo hace sin salir de una habitación, sentada en la cama mientras observa la cucaracha que le ha provocado esta reacción. Agua viva tiene bastante en común con este libro, aunque, si en La pasión según G. H. era posible reconocer algún atisbo de «trama» en la evolución del personaje, en Agua viva aún está más difusa. El planteamiento vuelve a tomar como narrador una voz femenina anónima, de la que apenas sabemos nada, que se dirige a un tú, un antiguo amor que le hizo daño. No obstante, relegarla a la categoría de carta de desamor sería demasiado superficial para una novela que abarca mucho, muchísimo más.
La estructura apuesta de nuevo por la fragmentación: párrafos o frases intermitentes, caóticos, sin una conexión aparente entre ellos, aunque se identifican ciclos temáticos y estilísticos, como la repetición de determinadas oraciones («Te escribo en desorden, ya lo sé. Pero es como vivo. Yo solo trabajo con encuentros y pérdidas», pág. 85). No hay personajes, no hay historia, no hay descripción; la narradora no hilvana una trama, sino que expresa su yo. Este «desorden» no debe malinterpretarse: se trata de un efecto buscado, no de una limitación de Lispector como escritora (de hecho, conseguir este resultado conlleva un trabajo enorme). La autora cita al comienzo a Michel Seuphor (1901-1999), crítico de arte abstracto y pintor vanguardista belga: «Debería existir una pintura totalmente libre de la dependencia de la figura». Lispector aplica este principio a la escritura, a la que independiza de la trama, la acción y los personajes; en su lugar, evoca la existencia a través de lo casi inconsciente.
La obra tiene un leitmotiv: alcanzar lo que denomina it, algo así como el instante de lo vivo, el núcleo de la existencia. Pero hay un problema: cuando lo expresa con palabras, ya ha muerto, ya ha pasado; el lenguaje tiene limitaciones. Wittgenstein, con su giro lingüístico, advirtió que el lenguaje condiciona el significado de los enunciados; no es una herramienta neutra. La narradora intenta vencer estas barreras, y por eso escribe de forma anárquica, en ese estado entre el sueño y la vigilia también recreado por Proust, aproximándose al momento en el que la conciencia discurre por sí misma («A veces seguirme es tan difícil. Porque es seguir lo que aún no es más que una nebulosa», pág. 77), sin que el pensamiento modele las ideas, porque es entonces cuando más se acerca al it, un it que no está en lo que se dice, sino en la «entrelínea», en lo que se trasluce de lo dicho («Lo que te digo nunca es lo que te digo y sí otra cosa. Capta esa cosa que se me escapa y sin embargo vivo de ella y estoy sobre su brillante oscuridad», pág. 17).
El it, como instante de lo vivo, está muy ligado a la naturaleza (de ahí el título), a lo instintivo, porque es donde fluye esta energía, mezcla de lo humano y lo no humano, sin las interrupciones de la razón. La voz narradora se refiere con frecuencia a la creación y el nacimiento de la vida, evocado como una canción africana; y también a las plantas y los animales («No haber nacido animal es mi secreta nostalgia», pág. 61), como la serie de flores de las pág. 66-70, en las que las personaliza, les asigna unos atributos muy originales, cargados de metáforas. Lispector no habla de esta fuerza del instante, no reflexiona acerca de los límites del lenguaje, sino que los expresa (en la contracubierta se describe como «vivencia»); y la naturaleza es una forma de poner imágenes a esas expresiones.
La búsqueda del it encuentra su punto álgido al final, cuando la protagonista manifiesta sus deseos de vivir, de aprovechar el clímax de cada instante («Mi única salvación es la alegría», pág. 108), un mensaje parecido al de La pasión según G. H., cuando la mujer decide vencer sus miedos y salir a divertirse. En Agua viva, el desencadenante es la soledad de una persona que ha amado y ahora está sola. Captar el it implica de algún modo llenarse de él, alcanzar la lucidez, el «estado de gracia» (pág. 101), y para eso hay que asumir el desamor para disfrutar otra vez de la vida y sus placeres; un mensaje básico que Lispector convierte en excepcional con su espectacular uso del lenguaje. El it, además, también supone entregarse a la incertidumbre del mundo, la «nebulosa», renunciar al pensamiento racional, aceptar el caos («Sólo ahora he intuido lo oblicuo de la vida. Antes sólo veía a través de cortes rectos y paralelos. No entendía el insípido trazo sesgado. Ahora adivino que la vida es otra. […] He comprendido la fatalidad del azar y no existe en eso contradicción», pág. 80). Posmoderna por completo.
Clarice Lispector
Esta última cita se puede tomar como una invitación a la lectura de Agua viva: acercarse a Clarice Lispector supone descubrir otras formas de entender la literatura, otras formas de leer, alejadas del esquema de planteamiento, nudo y desenlace, del narrador omnisciente y de los personajes que interactúan. Salir de los mapas mentales conocidos resulta difícil, exige esfuerzo, pero, cuando se decide dar ese paso, la recompensa obtenida tiene un valor incalculable: aprender que las palabras, como creación literaria, pueden hacer mucho más que contar historias.
Acompaño la reseña de unas obras de Michel Seuphor. Por orden de aparición: Composition V (1929), Chanson nocturne (1958) y Perpetuum Mobile (1987).

6 comentarios :

  1. Confieso, cabizbaja: todavía no he leído a Lispector. Una falta que tengo que remediar sin falta, lo sé. Espero no tardar en hacerlo.
    Un beso.

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  2. @Zazou. Yo la empecé a leer hace poco, pero ya la considero imprescindible. No te va a defraudar.

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  3. No quiero parecer demasiado condescendiente, pero me ha encantado este blog.

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  4. Me parece que has hecho un análisis de los más exhaustivo y esclarecedor de la obra, pero no creo que yo supiera disfrutarla. No me convenció la que reseñaste el año pasado y me sigue pasando lo mismo. Por supuesto en este caso y usando el tópico de rupturas, no es el libro, soy yo:)
    1beso!

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  5. Jo, jo, jo, siendo bruto, leer a Lispector es un puñetazo literario en toda regla. Noquea, aturde y uno sigue adelante con una cicatriz nueva.

    Es otra cosa, otro tipo de literatura. Es una liga diferente. La liga donde juegan Woolf, Joyce, Faulkner...

    Exige mucho, pero da mucho también.

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  6. @Elena:). Quizá es cuestión de tiempo. Con estos libros hay que encontrar el momento; hace unos años yo tampoco me animaba :).

    @Jorge. Tal cual, un puñetazo. Y, ya que la mencionas, este verano quiero hacer un intensivo de Virginia Woolf. Más puñetazos, más cicatrices nuevas :).

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