14 diciembre 2015

Mis años grizzly - Doug Peacock



Edición: Errata naturae, 2015 (trad. Miguel Ros González)
Páginas: 392
ISBN: 9788416544011
Precio: 21,50 €

La vida después de Vietnam
Cuando regresó de Vietnam, Doug Peacock (Michigan, 1942) no pudo reintegrarse en la sociedad civil. Había visto demasiados muertos, demasiado horror como para creer en el arraigado estilo de vida norteamericano o para aferrarse a una religión que le parecía carente de interés. También había perdido el miedo por su propia integridad física: los cadáveres de los niños, los compañeros caídos en la contienda, los miembros amputados de los heridos o la experiencia de caminar por la naturaleza salvaje, donde una serpiente gigante podía matarlo de forma fulminante, le dieron otra perspectiva de la existencia. Menos egoísta, quizá. O menos acomodaticia, aunque ya de joven se caracterizó por ir a contracorriente: se crió en la zona de los Grandes Lagos, en contacto con la naturaleza desde su infancia, y, tras licenciarse en Geología, abandonó la carrera científica porque no estaba de acuerdo con las prácticas de las industrias petrolera y minera que controlaban el sector. Vietnam supuso una ruptura total y definitiva con todo ello.
La verdad es que mis dos últimos meses en Vietnam, con las escenas de niños muertos, arrancaron cualquier vestigio de religión que hubiera podido quedar en mí. Incluso hoy, no puedo soportar la mera imagen de un solo niño muerto. En los años que siguieron a la guerra me resultaba más fácil hablar con los osos que con los curas. Fui incapaz de reintegrarme en la sociedad. Otras personas de mi generación siguieron avanzando y fueron capaces de expandir sus conciencias más allá de aquella experiencia brutal; yo me retiré a los bosques y obligué a mi cabeza a adormecerse con vino barato. Pág. 18.
Dado que ni sus principios ni sus propósitos podían ser los mismos, Peacock tuvo que reinventarse a su regreso. Su elección fue la naturaleza: entre los años setenta y ochenta pasó largas temporadas en las montañas del Oeste, casi siempre solo, dedicado a la observación de los osos grizzly, un animal amenazado que «estaba considerado el más peligroso para el hombre de todo el continente norteamericano» (pág. 79). En Mis años grizzly. En busca de la naturaleza salvaje (1990), reconstruye sus vivencias en los bosques y narra su particular fascinación por esta especie. Con todo, este libro es mucho más que un documental: es el testimonio apasionado de un hombre hecho a sí mismo, un activista por la preservación de la naturaleza, una figura tan controvertida como inspiradora que con su relato invita a reconsiderar las políticas sobre la relación entre el ser humano y el medio ambiente. Un libro muy bien escrito, además, que se lee con fruición y a ratos parece una novela de aventuras. Para comenzar su relato, resulta necesario recordar Vietnam, recordar los episodios que lo marcaron, porque su decisión de llevar una vida solitaria, más cerca de los osos que de las personas, no surgió de la nada. Esa pesadilla de Vietnam es una presencia recurrente a lo largo de los años.
Vietnam nos confirió un pesimismo útil, una irreverencia pragmática que puedo llevar con total comodidad por todos los senderos recorridos por osos. Nadie podrá volver a enseñarme la foto de un cuerpo mutilado o de un niño muerto y decirme que el mundo es así. Yo no puedo vivir en ese mundo, pero yo quiero vivir. Si eso es una herida, no necesita que la curen. Pág. 287.
Conociendo al oso grizzly
«Me gustaban los osos y no tenía nada más que hacer en el mundo» (pág. 117). Con esta declaración de intenciones, Peacock puso rumbo a la montaña, al encuentro de los osos grizzly. No se marchó como un hombre que aspira a dominar la naturaleza, a convertirse en un experto en la materia para luego rentabilizarlo, sino que fue una elección personal y vocacional y, por lo tanto, su perspectiva no es la de un científico convencional —aunque sus conocimientos, después de tanto tiempo allí, no le van a la zaga—, sino la de un hombre independiente, que se adentra en los bosques con humildad y se guía por instinto. No tenía un objetivo concreto; tan solo vivir conforme a su ideal de una naturaleza salvaje y libre. Eso, y estar cerca de los grizzlies. Sus días transcurren entre la observación de los animales —un aprendizaje constante (y estimulante) de sus costumbres y de las diferencias entre ellos— y la precaución continua por el temor a ser atacado:
Vivir entre grizzlies garantiza un frescor eterno: nunca puedes estar completamente seguro de con qué estás tratando, y tu curiosidad trasciende la perplejidad porque te la estás jugando con un animal que puede matarte y devorarte en cualquier momento (pág. 105).
Esa es la primera lección: vivir junto a los osos en el corazón de la naturaleza significa aceptar la vulnerabilidad del ser humano («éstos son los últimos lugares del continente donde una persona puede entrar en un ecosistema y no ser la criatura dominante», pág. 229). Porque Peacock no pretende domesticarlos, ni se refiere a ellos con el infantilismo de algunos defensores urbanitas de los animales. La singularidad de su testimonio reside en un profundo respeto por las criaturas, una aceptación sin objeciones de su derecho a subsistir en un área acorde a sus necesidades. Un cambio de roles: el hombre no debe erigirse en el dueño de la naturaleza, sino formar parte de ella, como las demás especies, una más. La crítica se plantea en un momento en el que los grizzlies se encuentran en peligro de extinción, por lo que el posicionamiento del autor actúa como un desafío a las autoridades, y así lo entiende él mismo: «proteger a los grizzlies era una idea radical: significaba poner freno a un mundo que se había vuelto loco» (pág. 117). Peacock ha luchado de forma activa para su preservación a través de conferencias y campañas de sabotaje, como algunas que relata en el libro.
La idea de que alguien matase a los grizzlies de Yellowstone me sacaba de quicio. Esos osos me habían salvado la vida. El grizzly era la encarnación viva de la naturaleza salvaje, el paisaje original que otrora fuese nuestro hogar. Que aún no los hubiesen cazado hasta la extinción me decía que América todavía tenía una oportunidad para cambiar las cosas. Creía eso a pesar de la evidencia de Vietnam. Creía eso porque tenía que creerlo. Un mundo capaz de autodestruirse, armado con la mentalidad que nos mandó a Vietnam, no mostraría restricciones la próxima vez. Pág. 93-94.
No todo son reflexiones. La mayor parte de la obra comprende la narración de la vida de los osos, desde el punto de vista de alguien que, con mucha paciencia y tesón, consigue verlos y siente en su cuerpo la proximidad del animal salvaje. Peacock habla, por ejemplo, de los juegos de los grizzlies, de la feroz protección con que las hembras cuidan de sus oseznos o de su sorpresa ante el hallazgo de un oso que sabe manejar instrumentos (al contrario de lo que se cree oficialmente). Estos descubrimientos dan lugar a otra lección: la naturaleza no se termina de conocer nunca; otro motivo para acercarse a ella con humildad. Además, como el autor pasó años con los osos, distingue a algunos y los sigue a lo largo del tiempo, como al llamado Oso Feliz. En otro capítulo, acompaña a un colega biólogo que está realizando un estudio sobre un oso al que tiene monitorizado: a Peacock le interesa conocer cómo se analiza al oso desde la ciencia, lo que no excluye que se muestre crítico con algunas de sus prácticas. La parte más estremecedora, no obstante, es la relativa al irascible Grizzly Negro, una criatura enorme, aún más temible que el grizzly medio, con el que vive una escena de auténtico pavor.
El enorme oso se detuvo a treinta pies de mí. Introduje lentamente la mano en la mochila y saqué poco a poco la Magnum. Apunté el cañón del arma hacia los ojos rojos e inexpresivos del enorme grizzly. Apretó las mandíbulas y bajó las orejas. El pelaje de su giba se erizó. Nos miramos fijamente durante lo que serían segundos, pero parecieron horas. Sabía de sobra que no iba a apretar el gatillo. Mis días de disparar ya eran agua pasada. Bajé la pistola. El oso gigante movió las orejas y miró hacia un lado. Yo retrocedí un paso y giré la cabeza hacia los árboles. Sentí que algo se transmitía entre nosotros. El grizzly me dio la espalda lentamente, con elegancia y dignidad, y balanceándose se dirigió hacia el bosque, al fondo de la pradera. Entonces volví a escuchar mi respiración pesada, a sentir el flujo de sangre caliente en la cara. Tenía la sensación de que mi vida había sido tocada por un poder y un misterio inmensos. Págs. 85-86.
Peacock también explica la evolución que ha experimentado la especie con el paso de los siglos, y para ello resulta ineludible referirse a los indios, asimismo despreciados por la sociedad occidental. Los indios que habitaron las montañas no solo respetaban a los osos, sino que los veneraban cual deidad y les atribuían propiedades medicinales. Como dice el autor, «El gran oso era un sanador y la fuente de poder de la pipa medicinal. Los pies negros, a imitación del grizzly, sostenían la pipa con ambas manos. El Oso Real sólo se mataba en su condición de enemigo sagrado» (pág. 205). Hablar de evolución implica, claro está, recordar las acciones del hombre blanco, las causas por las que la pervivencia del grizzly se encuentra amenazada: «La forma en que tratamos al búfalo, al indio, al lobo y al grizzly refleja la forma en que escribimos nuestra historia; las carreteras convergentes y manchadas de sangre que nos han traído hasta aquí» (pág. 140).
Sí a la naturaleza salvaje
La única especie animal que intenta apañárselas en la naturaleza sin tener contacto o comunicación con otras especies es el ser humano. El resto de animales toma nota de lo que hacen los otros y realiza ajustes en sus vidas según el comportamiento y la presencia de los diferentes miembros del reino animal. Pág. 272-273.
Más allá de la aproximación al grizzly, el libro trasciende la vivencia personal del autor para erigirse en una crítica de los abusos que el ser humano ha cometido y comete sobre la naturaleza y los animales. «Una parte del precio que la ciencia occidental ha pagado a cambio del poder analítico es que ha convertido el mundo natural en algo ajeno» (pág. 187), señala con acierto, y es que, para los lectores, digamos, urbanitas, la experiencia de Peacock resulta tan impactante como iluminadora, no solo por su proximidad a los osos, sino por su exhaustivo conocimiento del medio —aspectos como la capacidad para orientarse o la importancia del instinto—, una habilidad para estar en la naturaleza que se ha perdido con las ciudades. Él defiende el derecho a existir de la naturaleza salvaje e impredecible, sin domesticarla en manos de la ciencia. Y, a la vez, pone de relieve que la actitud del ser humano debe asimismo cambiar, no solo en el discurso políticamente correcto, sino y sobre todo en sus hábitos para con el entorno.
Los humanos gustan poquísimo de comparar sus vidas con las de otros animales. Y sin embargo, toda mi experiencia me enseñó que la metáfora es el camino fundamental de la imaginación, una primera línea de investigación hacia las vidas de otras criaturas que arroja luz sobre las nuestras. Como especie, comenzamos a recorrer ese camino, conociendo los lazos que nos vinculan a otras es innumerables especies, descubriendo un paralelismo fundamental que fue el primero en revelarnos los secretos de nuestra inteligencia. Pág. 195-196.
Doug Peacock
En un contexto de crisis como la actual, la necesidad de repensar lo que puede llamarse «nuestra forma de estar en el mundo» resulta aún más decisiva. Hace falta subsanar errores, proponer alternativas, poner en práctica otras maneras de vivir y de relacionarnos con los demás y con el medio ambiente. Un libro como Mis años grizzly contribuye a modificar las ideas en torno a la interacción del ser humano con la naturaleza y los animales, y lo hace con el pulso ágil de una historia que se lee casi como una ficción aunque todo lo que cuenta es verdad. Con este libro, Errata naturae ha inaugurado su colección Libros salvajes —a la que también pertenece Tristeza de la tierra. La otra historia de Buffalo Bill (2014), de Éric Vuillard—, que, inspirada por la máxima de Thoreau («Todo lo bueno es libre y salvaje»), propone obras que lo tienen todo para remover la conciencia.
Fotografías de la página del autor.

10 comentarios :

  1. Aunque ahora no es el momento, es un libro que creo que me gustaría. Me lo apunto.

    Besotes.

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    1. Sí, apúntatelo. Me parece un librazo, en cuanto lo empieces no querrás dejarlo.

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  2. Lo primero que tengo que decirte es que me has recordado una serie que me encantaba en mi infancia:Grizzly Adams. Me encantaba! Y el libro podría gustarme. No lo leeré pronto, por culpa de los pendientes.
    BEsotes!!!

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    1. No conocía esa serie, pero si ya sabías algo de los grizzlies estoy segura de que aún lo disfrutarás más :).

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  3. Curioso termine una lectura con un oso negro como protagonista, lleva a la protagonista a reconocerse.
    'Oso'de Marian Engel.
    Suena muy apetitosa la lectura.

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    1. Lo es. Yo tengo pendiente leer la novela de Engel, he leído todo tipo de críticas, pero me llama la atención.

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  4. ¡Me encantan los osos grizzly! Tengo una historia con ellos, bueno, no directamente, más quisiera yo que poder acercarme a uno... Estoy mucho últimamente por lecturas que se desarrollen en la naturaleza (salvaje), hombre y naturaleza mano a mano. Gracias por descubrirme este.

    Un abrazo

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    1. Últimamente se están publicando bastantes libros relacionados con la naturaleza, un poco para buscar otra perspectiva de la vida en tiempos de crisis (pienso también en el ensayo de John Fowles que ha publicado Impedimenta, por ejemplo). Espero que no se quede solo en una moda, porque el tema está muy bien y se le debería prestar atención siempre.

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  5. Me pasa lo mismo que con el de "Tristeza de la tierra". No me habría llamado la atención, pero reconozco que tu reseña me ha convencido de nuevo. El tema es importante y las citas que has puesto me han gustado mucho. Se nota que está muy bien escrito y hace reflexiones muy interesantes.
    Me lo llevo:)

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    1. Por eso he incluido fragmentos: creo que en este caso pueden suponer la diferencia entre decidir leer el libro o descartarlo de inmediato, por mucho que en la reseña destaque sus bondades. A mí me parece una lectura muy enriquecedora, así que pienso insistir para animaros a leerla :).

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