20 marzo 2016

Un hombre sencillo - André Baillon



Edición: Errata naturae, 2016 (trad. Vanesa García Cazorla)
Páginas: 192
ISBN: 9788416544042
Precio: 16,50 €

Mediante mis actos, cuando no mediante mis palabras, predico:
—¡Seamos sencillos!
Es tremendo, señor, cómo se complica la vida cuando queremos que sea simple. (P. 31)

Pocas veces el adjetivo «singular» encaja tan bien en la biografía de un escritor como en la del belga André Baillon (Amberes, 1875 – Saint-Germain-en-Laye, 1932). Su vida estuvo marcada por la temprana pérdida de sus padres, circunstancia que lo llevó a estar bajo la tutela de una tía autoritaria. Fue un estudiante brillante, pero la intensidad con la que amó y vivió debilitó su salud mental. Se intentó suicidar varias veces y, aunque a partir de 1920 comenzó a publicar con éxito, su situación no mejoró y pasó temporadas en la zona de psiquiatría del Hospital de la Salpêtrière. Finalmente, se suicidó en 1932. Gran parte de su obra tiene un trasfondo autobiográfico, como Un hombre sencillo (1925), su primera novela traducida al castellano, que gira alrededor de un personaje ingresado en el mencionado hospital después de sufrir por un peculiar triángulo amoroso. Pero el calificativo «singular» no solo se aplica a su trayectoria vital: sus libros tienen un punto delirante que dificulta su clasificación, un sentido del humor absurdo y unos juegos de palabras que lo acercan a autores como Samuel Beckett.
La Salpêtrière, por Armand Gautier (1857).
Jean Martin, el hombre sencillo (así, al menos, lo cree él), se encuentra en la Salpêtrière, desde donde le cuenta al doctor, en forma de cinco confesiones, los motivos por los que está ingresado allí. Él es escritor, pero de un tiempo a esta parte no puede escribir, una causa de frustración («Para un escritor apenas si cuentan los libros ya consumados, los que cuentan son los que va a escribir.», p. 38). Tampoco consigue llevar una existencia tranquila con su esposa; cualquier gesto rutinario le resulta complicado, perturbador, enloquecedor. Llegó a su límite y ahora está en el hospital. Ahora bien, su caso no es tan, ejem, sencillo. La novela se vertebra sobre la multiplicidad de identidades del protagonista. Porque Jean Martin a veces es Jean y a veces Martin, a veces es (o eso cree) un hombre sencillo, común, y a veces se enreda en la telaraña de la locura, a veces ama a quien debe y a veces su impulso toma un rumbo prohibido. Tal como explica la traductora, Vanesa García Cazorla —que hace un trabajo extraordinario para captar los matices de la prosa y aclarar los dobles sentidos que emplea Baillon—, uno de los ejes fundamentales del libro es la duplicidad del narrador: «complejidad, dispersión y escisión real de su protagonista frente a la sencillez soñada» (p. 13). Hay que leerlo con atención para no dejarse confundir por él… o, precisamente, para involucrarse y participar de este juego de espejos.
Buena parte de los problemas de Jean Martin, según le confiesa este al médico, tienen su origen en el amor. En un principio tenía una esposa, Jeanne, y una amante, Claire —todo tiene una dimensión doble (o tripe), incluidos los perfiles de las mujeres—, pero al final se decantó por la segunda, que además tenía una hija, Michette («De lo complejo a lo sencillo, me uní a dos mujeres: una que debería haber sido mi esposa; la otra que lo seguía siendo sin serlo ya más. Ambas sufrieron. Y yo, por ellas.», p. 34). Esta Michette creció hasta convertirse en una jovencita arrebatadora, y aquí se complicó todo para el protagonista, que a estas alturas ya estaba atormentado por los ruidos, la paranoia y la incapacidad para concentrarse en una tarea, a pesar de haberse trasladado al campo para estar en un lugar más tranquilo que París. La narración se desdobla constantemente entre la cara del hombre sensato, que aspira a su vida sencilla con Claire y sus novelas, y la del hombre depravado que piensa en Michette y tiene extrañas alucinaciones. Por un lado, la vida, la serenidad, el orden; por el otro, la locura, que a su modo también es decrepitud y muerte. Más allá de la enajenación, la multiplicidad de identidades puede interpretarse como un reflejo de los papeles que cada persona adopta en su día a día (y los papeles que reprime, hasta que llega al extremo, se desborda y le pasa lo que a Jean Martin).
André Baillon
La gracia (nunca mejor dicho) de Baillon reside en su brillante estilo, un estilo conciso, ambiguo y repleto de juegos de palabras (todo un maestro de le mot juste). La decadencia del protagonista va acompañada de una lucidez asombrosa para la construcción literaria, en la que abundan el humor absurdo, los tics, las repeticiones obsesivas del narrador y ese constante desdoblamiento de personalidad. A pesar del sufrimiento que se palpa en el trasfondo de la voz de Jean Martin (y aún más que sufrimiento: la locura es lúgubre, tétrica, incontrolable), su tono resulta tremendamente vivo, divertido, agudo y vigoroso; un estilo «genial», en el sentido tradicional del término. Bajo un título anodino en apariencia, Un hombre sencillo se revela como una novela ingeniosa e incisiva, obra de un artesano de las palabras con capacidad para reírse de sí mismo. Un libro de todo menos «sencillo».

2 comentarios :

  1. Otro libro de Errata Naturae para la lista:) Tiene pinta de ser muy original y solamente tu reseña me ha sacado una sonrisa.
    Me llama la atención, además, que trate cuestiones serias que afectaron al mismo autor con un tono humorístico.
    Anotado!

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    Respuestas
    1. Sí, si lees su biografía en la web de la editorial verás que su vida dio mucho de sí entre enfermedades e internamientos en el hospital. El libro me ha parecido muy ingenioso e inteligente. Es un registro al que no estoy acostumbrada, así que no puedo compararlo con obras y autores similares, pero me parece un buen libro.

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