17 julio 2016

Todos nuestros ayeres - Natalia Ginzburg



Edición: Lumen, 2016 (trad. Carmen Martín Gaite; prólogo de Elena Medel)
Páginas: 360
ISBN: 9788426418500
Precio: 20,90 € (e-book: 12,99 €)

Qué difícil era ser marido y mujer, no bastaba con dormir juntos y hacer el amor y despertarse con aquella cabeza al lado, no era bastante eso para ser marido y mujer. Ser marido y mujer quería decir convertir los pensamientos en palabras, sacar continuamente palabras de los pensamientos, entonces podía llegar a no sentirse extraña una cabeza apoyada junto a la propia en la almohada, cuando existía un libre fluir de palabras que renacía fresco todas las mañanas.*

No son pocos los que consideran Todos nuestros ayeres (1952) —también publicada en castellano como Nuestros ayeres— la obra maestra de Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991). Italo Calvino, con quien coincidió en Einaudi, habla de esta como de la versión novelada de la no menos espléndida Léxico familiar (1963; Premio Strega), que recoge las memorias de su familia, el clan Levi, afincado en Turín y de ascendencia judía. Sea como fuere, lo cierto es que Todos nuestros ayeres, pese a tratarse solo de su tercera novela —después de dos obras breves, Y eso fue lo que pasó (1947) y El camino que va a la ciudad (1942)—, representa un punto álgido en su carrera, una culminación de motivos y tratamientos literarios que están presentes en toda su producción y que a menudo proceden de su propia vida. Estas circunstancias vitales son fundamentales para comprender cómo surgió este libro. Natalia Ginzburg, nacida Levi, contrajo matrimonio en 1938 con el intelectual Leone Ginzburg. En 1940, fueron desterrados a un pueblo de los Abruzzo por las actividades antifascistas de Leone. Él finalmente murió en 1944 en la cárcel de Regina Coeli de Roma. Ella, que aún no había cumplido los treinta años, se vio viuda, con tres hijos y alejada de su familia, que se había refugiado a su vez por la persecución de judíos de la Segunda Guerra Mundial. No volvió a casarse hasta 1950.
Si Todos nuestros ayeres resulta inseparable de su experiencia es, para empezar, porque narra el devenir de una familia desde los años previos a la guerra hasta la liberación de Italia. Los hombres van al frente, las mujeres se quedan en casa, muchos vagan sin rumbo; los parientes y los amigos se dispersan en medio de una incertidumbre absoluta. La protagonista, como la autora, afronta una maternidad nada apacible en un ambiente inesperado: un pueblo rural del sur, hostil y opresivo, al que llega como una extraña, una urbanita que nunca se imaginó tan lejos de su ciudad. Más allá de la protagonista, la autora retrata los sueños truncados y el pesimismo de la generación que ha sufrido una guerra, la soledad y la incomprensión, la aparente calma de la monotonía que se rompe de golpe con las malas noticias. Aun así, la distancia con respecto a los hechos introduce un poco de esperanza hacia el final, una esperanza que no edulcora la realidad, sino que muestra que, no obstante lo ocurrido, la vida continúa. En 1952, Natalia Ginzburg ya lo había aprendido, que la vida sigue; unos años antes, en la época de Y eso fue lo que pasó, su obra más amarga —reconocido por ella misma—, le habría sido imposible escribir una novela como Todos nuestros ayeres.
El libro se divide en dos bloques; su punto de inflexión es la ruptura de la protagonista, Anna, con el lugar, las personas y el estado civil que marcaron su infancia, una ruptura que coincide, en un nivel macro, con la irrupción de la Segunda Guerra Mundial. Pero vayamos por partes. En la primera, Anna y su familia viven en una pequeña ciudad de los alrededores de Turín. La madre «murió poco después de que naciera Anna» (p. 15), y el padre fallece cuando los cuatro hijos son aún estudiantes. Los hermanos se quedan solos, acompañados por la mujer que cuida de ellos, la señora Maria, que empezó como dama de compañía de la abuela y ya se quedó para siempre con ellos. La juventud, una etapa de transición en la que cada uno trata de definir su camino, se suele caracterizar por la inestabilidad, la rebeldía y, también, la intensidad con que se vive todo. Esta tendencia se acentúa cuando no hay una figura nuclear firme: «Reinaba en la casa una gran libertad. Pero era una libertad que también daba un poco de miedo. Ya no había nadie que diera órdenes.» (p. 39). El hermano mayor, Ippolito, al que en teoría le correspondería tomar las riendas, es sin embargo frágil, un chico taciturno, inmerso en sus actividades clandestinas contra el fascismo.
Anna y los suyos comparten protagonismo con la familia de enfrente, en la que destacan Giuma, un muchacho de la edad de Anna con el que sale a pasear; Emmanuele, el hijo mayor, compañero de Ippolito en su campaña antifascista; y Franz, un joven judío escondido. También hay dos mujeres, la madre y su hija Amalia, que conforman un peculiar triángulo amoroso. Buena parte de la obra gira alrededor de las dos familias, de las relaciones en distintas capas de sus miembros (es decir, no todos traban amistad con todos; cada uno establece sus vínculos con uno u otro, en función de la afinidad). Entran en juego asimismo los allegados de las respectivas familias, y en particular Cenzo Rena, un viejo colega del padre de Anna, que ejerce un papel fundamental, puesto que encarna a la única figura externa al núcleo familiar que mantiene contacto con ellos y que, en última instancia, da un giro de ciento ochenta grados a su rumbo. Siguiendo a Anna, la autora construye una novela coral con todas las piezas bien engarzadas, en la que ningún personaje resulta residual y siempre retoma con precisión el hilo de cada uno.
Con este planteamiento, expresa una idea clave de toda su producción: nunca se conoce a los demás, por mucho que las vidas se crucen. Aunque las personas se traten a diario, aunque compartan bromas e intimidades, nadie está dentro del otro, nadie sabe con seguridad qué le inquieta, qué le angustia. Reflexiona: «Pero dijo que todos los hombres daban pena cuando se los miraba un poco de cerca, y en el fondo uno necesitaba defenderse de aquel exceso de compasión que nacía de improviso al mirar un poco de cerca a la gente» (p. 258). Quizá por eso el lado más vulnerable del otro siempre se revela como algo inesperado: porque nadie se atrevió a mirarlo de cerca, a preguntarle por su dolor. La vida necesita de las naderías cotidianas para continuar, parece comunicar la autora, que en todo momento evita indagar en la subjetividad de los personajes para mostrar, sencillamente, lo que hacen, y dejar así que su personalidad y sus preocupaciones y sus placeres se reflejen en los gestos minúsculos del día a día.
Anna, por su parte, no es una protagonista al uso. O, mejor dicho, no está concebida como una protagonista al uso. No es una heroína, ni el centro de la familia; de hecho, en muchas páginas ni siquiera aparece su nombre. Anna es, como la describe su marido, «un insecto, un insecto que no sabe más que de la hoja de la que está colgado» (p. 181). En todos los roles que asimila a lo largo de la historia —hija, hermana, amiga, amante, esposa, madre— se mimetiza con su entorno, adopta una postura de máxima discreción, incluso de pasividad, como si no fuera capaz de tomar sus propias decisiones. Natalia Ginzburg pone de relieve a través de Anna cómo la educación de las mujeres anulaba su carácter, su capacidad para tomar las riendas de su vida. El cumplimiento de las normas estaba por delante de sus deseos, lo que las incapacitaba para afrontar un cambio. Anna, como las protagonistas de Las palabras de la noche (1961) o Querido Miguel (1973), es una joven resignada a su suerte, que depende en todo momento de una figura de autoridad masculina (primero el padre, luego los hermanos, luego el esposo). No es baladí que una de las primeras informaciones acerca de ella sea la temprana pérdida de la madre, a quien no llegó a conocer (y, por lo tanto, de quien no pudo aprender nada). Los datos sobre la progenitora apuntan a otra mujer gris, opaca: «una señora sentada con sombrero de plumas y una cara larga y cansada con gesto de susto» (p. 15). Este retrato de la madre anticipa la mujer en que se convertirá Anna.
Las grandes transformaciones que experimenta Anna, lejos de espabilarla, la encadenan más en su constante estupor. Sale del hogar familiar para marcharse a un pueblo perdido del sur junto a su marido. Si antes, con sus hermanos, «había vivido como un insecto en un enjambre de insectos» (p. 241), en su convivencia con el hombre «él no había sido más que una hoja grande para ella» (p. 291). Anna sigue siendo ese insecto minúsculo que no emprende el vuelo. Cuando se convierte en madre, en medio de la guerra, sus expectativas tampoco se cumplen: «Recordaba cómo se había imaginado antes que tener un niño era algo que infunde tranquilidad, algo que nos hace querer mucho a todo el mundo y sentir un gran sosiego. Y ahora, en cambio, desde que había nacido el niño no pensaba más que en escapar para defenderlo de la guerra» (p. 144). Como en muchas otras novelas, Natalia Ginzburg aborda la transición entre la infancia y el mundo adulto con un personaje (por lo general una chica) que entra dando tumbos en esta nueva etapa. Les ocurre lo mismo a los secundarios: los chicos que se meten en política, los que contraen matrimonio con un fascista o una obrera y cambian su perspectiva, los que desaparecen, etc. Nadie tiene un camino de rosas.
En la segunda parte, el traslado al pueblo del sur, San Costanzo —al situarla en el sur acentúa su oposición a Turín, el norte—, marca el abandono del hogar y la añoranza de sus allegados («Anna siempre esperaba el correo con el corazón en ascuas, pero luego en cuanto leía las cartas se sentía como un poco mortificada por todas las cosas que pasaban en su ausencia», p. 234). El entorno rural, con respecto a su pequeña ciudad de los alrededores de Turín, emerge como un espacio embrutecido y aislado, donde Anna nunca termina de adaptarse. «Era como si al casarse […] se hubiera casado con todo el pueblo de San Costanzo, con la Maschiona y los piojos y los cerdos» (p. 223), medita, y en efecto el matrimonio conlleva para ella un desplazamiento en muchos ámbitos, de los que el «amor» es, dadas las circunstancias, el más irrelevante. El malestar se acrecienta por los sucesos de la guerra, aunque hay que dejar claro que Todos nuestros ayeres no es una novela sobre la Segunda Guerra Mundial, sino una obra que transcurre durante ese periodo, que la autora conoció. No pretende narrar la guerra en términos políticos, sino que muestra cómo vivía la gente en esos años, qué hacía, cómo se alteró su rutina por la presencia de refugiados judíos o por los abusos fascistas. Los procesos colectivos se reflejan en la particularidad de lo doméstico.
En cuanto al estilo, Natalia Ginzburg tiene una concepción de la narración parecida a la de la mejor Mercè Rodoreda (Barcelona, 1908 – Girona, 1987): una «escritura hablada», en la que no hay ni una sola línea de diálogo pero tampoco se echa de menos, porque las voces de los personajes se expresan gracias a su tono coloquial, claro, rebosante de frescura a pesar de los años transcurridos desde su publicación. (A propósito, la prosa no es lo único que estas escritoras tienen en común: su construcción de los personajes, en particular de los femeninos, resulta muy, muy afín, con ese hincapié en la opresión social de la mujer). Los pensamientos fútiles cotidianos, los gestos, las costumbres; todo eso conforma la literatura de Natalia Ginzburg. Nunca es explícita con respecto a cómo se sienten los personajes; deja que el lector lo intuya a través de lo que hacen y lo que dicen. Busca la vida en esencia, la del día a día, sin retórica y con un humor suave en las situaciones hogareñas.
Natalia Ginzburg
El título, fiel al original Tutti i nostri ieri, evoca las experiencias de los italianos durante el periodo de entreguerras y la Segunda Guerra Mundial, el modo en el que la contienda irrumpió en su existencia y aceleró las decisiones importantes, como le sucede a Anna. «Todos» y «nuestros», porque esas generaciones tienen un legado común, el de la pérdida y el miedo, pero también el del renacer, político y personal; «ayeres», porque la guerra se acabó y Natalia Ginzburg puede hablar de ella en pasado, como un pasado que deja la puerta abierta al futuro, a la vida (la última frase es esperanzadora: «y se sentían felices de estar juntos, acordándose de sus difuntos y de la guerra interminable y del dolor y el clamor y pensando en la difícil y larga vida que les quedaba por recorrer, llena de cosas que aún no habían aprendido», p. 354). Los hechos de la primera parte, justo antes del conflicto, cobran sentido después, cuando se aprecia el cambio en los personajes, cómo eran antes y cómo son (si siguen siendo) tras la guerra. Así es Todos nuestros ayeres, una novela redonda, excepcional en su pudor, rebosante de vida en su devastación. Natalia Ginzburg en su máximo esplendor.
*Cita de las páginas 205-206.
Imágenes: las pinturas de Oscar Tusquets que Lumen ha escogido para las cubiertas de las tres reediciones de Natalia Ginzburg de 2016: Léxico familiar, Las tareas de la casa y otros ensayos, y Todos nuestros ayeres.

11 comentarios :

  1. Lo leí el año pasado y quedé completamente enamorada de la prosa de Ginzburg.

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    1. Ahora tienes que continuar con el resto de su obra. Mi preferido sigue siendo "Léxico familiar", pero tiene muchas novelas muy buenas ("Querido Miguel", "Las palabras de la noche"...).

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  2. No la he léido y me la apunto. Parece casi imprescindible.
    Un beso ;)

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    1. Es muy buena. Natalia Ginzburg es una de las escritoras más importantes del siglo XX.

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  3. Pues me la llevo apuntada. No la conocía y lo que cuentas no deja lugar a dudas.
    Besos

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    1. Me parece una autora imprescindible. La disfrutarás.

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  4. Imposible resistirse con una reseña como ésta. Tengo que leer a Natalia Ginzburg.
    Besotes!!!

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    1. Y harás bien en leerla. Literatura de calidad en estado puro.

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  5. Estoy terminando el libro y me encanta. Voy a seguir con otros libros suyos. Me gustó mucho tu reseña, sobre todo porque no devela nada que le haga perder intriga al libro, no como la contratapa de la edición de Lumen. ¡Un "spoiler"!

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  6. Descubrí este libro gracias a tu blog (como tantos otros desde que te leo) y me ha encantado. Disfruto mucho leyendo tus reflexiones, tanto antes como después de haber leído los libros. Gracias por ayudarnos a vivir con más intensidad nuestras lecturas!
    Inma

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  7. Estoy enganchada a Natalia Ginzburg desde que leí Lessico famigliare, tú reseña me ha parecido certera y profunda. Y corro a leer el libro. Muchas gracias

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