18 septiembre 2016

Cuentos escogidos - Shirley Jackson

Edición: Minúscula, 2015 (trad. Paula Kuffer)
Páginas: 168
ISBN: 9788494353970
Precio: 18,00 €

El nombre de Shirley Jackson (San Francisco, 1916 – Bennington,1965) se suele asociar con frecuencia al terror —el hecho de que un maestro del género como Stephen King se haya deshecho en elogios hacia ella probablemente ha influido en esta suposición—. Sin embargo, si bien La maldición de Hill House (1959) y Siempre hemos vivido en el castillo (1962), sus novelas más conocidas, representan de forma magistral la tradición gótica de casas encantadas, niños perversos y narradores no confiables, sería incompleto encasillar a la autora como una escritora de género. Digo «incompleto» y no «erróneo» porque, en efecto, la vena oscura está ahí. Su diferencia con respecto a lo que se conoce como literatura de género reside en su calidad literaria y en la sutileza con la que trabaja el miedo, rasgos que se acentúan en estos Cuentos escogidos, editados por esta pequeña gran editorial que es Minúscula. El libro comprende ocho relatos publicados entre 1948 y 1949 en periódicos y revistas —que eran la base del sustento de muchos escritores que se convirtieron en maestros del cuento—, entre ellos el aclamado «La lotería», además de tres conferencias en las que aborda diferentes aspectos de la creación literaria.
Decía que me parece incompleto catalogar a Shirley Jackson como escritora de género. Estos cuentos se pueden describir como «perturbadores»; no obstante, no hay ni un solo elemento sobrenatural en ellos. Ni rastro de monstruos o espíritus; no necesita recurrir a ningún ente maligno imaginario para aturdir a los personajes. Su concepción del miedo está ligada a la búsqueda de un ambiente inquietante que surge siempre del ser humano y, por lo tanto, de lo que está al alcance de este. Escuchar una risa detrás de la puerta, ser víctima de una broma de mal gusto o delirar por la medicación son algunas de las fuentes de esa angustia que sacude al lector. El miedo en Shirley Jackson se vincula al desconcierto, a la duda, a la falta de certidumbre ante lo que ocurrirá, más que al pánico por un ataque explícito. La autora no cierra puertas: insinúa, sugiere, deja que el lector complete la historia. Es, por lo tanto, elusiva, como los grandes autores de relatos; elusiva e incisiva, porque sus cuentos, precisamente por no encarnar el terror habitual, punzan con una finura exquisita.
El primer texto, «El amante demoníaco», narra la búsqueda de una mujer que, el día de su boda, no localiza a su marido. Camina por la calle, pregunta, da vueltas y apenas saca nada en claro. Hay algo perturbador en una mujer que vaga por la calle, perdida y sin rumbo; y también hay algo perturbador en la incógnita de ese futuro esposo desaparecido. Un relato inquietante, por el desconcierto (otra vez esta palabra) de ella y por el desconcierto del lector, que poco a poco descubre que la relación entre ambos no era tan formal como se podía creer. El segundo, «La bruja», se desarrolla en otro escenario cotidiano: un tren en el que viajan una madre y su hijo. Una conversación en apariencia inocente con un desconocido causa estupor y desconfianza en la madre y, de nuevo, la duda: ¿qué intenciones tiene?, ¿será todo una paranoia de ella? El hecho de que los cuentos se sitúen en lugares que de entrada no suscitan miedo acrecienta la angustia; la autora muestra que nunca estamos a salvo de ese giro que convierte la tranquilidad en la agitación que cada uno experimenta para sus adentros (un miedo invisible a los demás, tan íntimo y sutil como la prosa de Shirley Jackson).
La crueldad de los niños es otro tema explorado por Shirley Jackson, como hizo en esa obra maestra llamada Siempre hemos vivido en el castillo. No es que los niños no sean inocentes, sino que su inocencia (o, mejor dicho, su inconsciencia) los empuja a comportamientos que los adultos no entienden. En «Después de usted, mi querido Alphonse», dos amigos se comunican a través de un lenguaje propio del que la madre de uno de ellos no participa. Mientras la mujer hace sus comentarios pertinentes de madre responsable (la comida, el bienestar), los chavales la escuchan pero siguen a lo suyo. Ser testigo de una complicidad expresada en códigos ininteligibles para uno mismo produce un extraño malestar; Shirley Jackson sabe detectar esos instantes de angustia con una precisión que muy pocos autores alcanzan. Por otra parte, «Charles» es un cuento espléndido, aunque previsible, sobre la transformación (o perversión) de un niño. La primera frase ya lo advierte: «El día que mi hijo Laurie empezó a ir a preescolar renunció a los monos de pana con peto y comenzó a usar vaqueros con cinturón» (p. 45), pero la cosa no queda ahí. El relato muestra la capacidad de los más pequeños para manipular a los demás hasta extremos insospechados.
Tampoco tiene desperdicio «Siete tipos de ambigüedad». En una librería coinciden dos clientes, cada uno tiene lo que le falta al otro: un estudiante que no puede comprar el libro que desea pero siempre acude para leerlo, y un matrimonio inculto que solo desea adquirir unos libros para impresionar. En sus páginas conviven la amabilidad más servicial (el librero permisivo con el estudiante, el chico que asesora a los clientes) con la envidia, la envidia enquistada en las entrañas, que desencadena un comportamiento tan egoísta como malintencionado. Shirley Jackson perfila las sombras del ser humano: esta singular forma de maldad está en los impulsos, en el desasosiego, en la angustia, en todas aquellas emociones que rompen la quietud. Pone el dedo en la llaga en las reacciones que uno intenta reprimir, pero que a veces salen a la superficie. Más desasosegante aún es «La muela», un cuento sobre una mujer que, sola, hace un largo viaje en autobús para acudir al odontólogo por un dolor insoportable. La autora juega con la desesperación, el delirio y las ensoñaciones a medida que el dolor aumenta. Esboza una oposición entre el estado (¿sano?) previo al viaje (marido, hijos, una vida ordenada y convencional) y su evolución a lo largo de la peripecia. El episodio del dolor de muelas sirve, por lo tanto, para entrever las fisuras de toda su existencia.
Después de estos cuentos, llega la joya de la corona: el archiconocido «La lotería», que para muchos es la mejor obra de Shirley Jackson —yo no puedo elegir entre este y Siempre hemos vivido en el castillo; ambos son extraordinarios—. Lo único que diré sobre su argumento es que se centra en un rito macabro. En una conferencia recogida en el volumen, la autora reflexiona sobre la polémica que suscitó: recibió muchas cartas que proponían interpretaciones de lo más dispares (y disparatadas): lecturas crédulas, críticas, morbosas, místicas. Ella se negó a explicar cuál es el mensaje del cuento. La reacción del público demuestra cuán absurdo puede llegar a ser obsesionarse con la interpretación «correcta» (¡eso no existe!) de una obra, y cuán incomprendido se puede sentir un escritor al presenciar cómo otros le atribuyen una idea que nunca quiso expresar. Personalmente, me quedo con la interpretación de que la «civilización» no está tan lejos de la irracionalidad, que el equilibrio social puede romperse en un segundo, que nada permanece. Como en sus otros cuentos, la monotonía apacible se rompe por un acto humano, y con ello pone de relieve que no era ni tan monótona ni tan apacible, que la perversidad forma parte de la realidad conocida.
Por mucho que hoy la polémica por «La lotería» pueda resultar patética, impresiona para bien que un cuento consiguiera semejante repercusión, que fuera capaz de movilizar a tantos lectores (aunque fuera a costa del escándalo). ¿Sería posible que esto ocurriera aquí y ahora? A diario descubrimos fenómenos «virales», que provienen de fuentes diversas. Además, no faltan los inquisidores de turno para perseguir, criticar y hasta pedir que se prohíba aquello que no encaja con ellos (o que no entienden, directamente). Las cartas de Shirley Jackson son poco en comparación con todo lo que se puede producir en la red. Sin embargo, la escasa proyección de la cultura, unida a la sobreinformación digital, dificultaría que el texto destacara, porque habría poca gente interesada en él (¿qué difusión tienen los cuentos publicados en revistas y periódicos? Menos de la deseada, me temo). En cualquier caso, el escándalo benefició a la autora en el sentido de aumentar el mito de «La lotería» como obra de culto.

Shirley Jackson
Las otras dos conferencias se centran en el proceso creativo. Shirley Jackson sugiere a los futuros escritores aprovechar lo cotidiano, pero reconstruyendo la anécdota para darle entidad, para que no resulte sosa. La autora insiste asimismo en la coherencia interna, en la importancia de que todos los elementos (personajes, tramas secundarias) confluyan y tengan una razón de ser. Admite que ella se inspira en sus experiencias domésticas, e incluye un cuento a modo de ejemplo —el ingenioso «La noche en que todos tuvimos gripe»—. No se trata tanto de una inspiración buscada como del resultado de sus circunstancias (compartidas por muchas escritoras, como bien describió Virginia Woolf en Un cuarto propio): Shirley Jackson, madre y ama de casa, escribe para ganarse el sustento, y debe hacer malabares para encontrar tiempo. Lo más fácil, lo más accesible para ella, es lo que la rodea. He ahí su «inspiración». Aun así, también habla de su otra debilidad: la superstición y la brujería. La maldición de Hill House es producto de su fascinación por las casas encantadas. Según explica, lo que de verdad asusta no es el fantasma (la mayoría de gente no ha visto ninguno), sino la posibilidad de verlo. Esta posibilidad, esta sugestión del miedo, es lo que maneja a las mil maravillas en estos Cuentos escogidos y en toda su obra. Por algo es una autora imprescindible.

5 comentarios :

  1. No sé por qué no me he hecho aún con "Siempre hemos vivido en el castillo", porque desde que la reseñaste no he parado de leer acerca de ella y todo ha sido positivo. No creo que tarde en caer.
    Todas las premisas de los cuentos de este volumen me parecen brillantes, por cierto:)

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    1. Eso, no te pierdas "Siempre hemos vivido en el castillo". Prefiero no entrar en detalles sobre su contenido porque creo que es mejor leerlo sin saber nada. Por cierto, el año que viene se estrena la adaptación al cine, así que seguirás leyendo mucho sobre la obra.

      Estos cuentos también me parecen muy recomendables. "La lotería", por supuesto, pero también los demás. Shirley Jackson es una gran escritora.

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  2. Voy a tener que animarme de una vez y estrenarme con esta autora. Y no me importaría nada hacerlo con estos cuentos, que es un género que me gusta mucho. Y hay historias muy interesantes.
    Besotes!!!

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    1. Son una excelente opción para descubrirla. Y, aunque se hable mucho de "La lotería", todos son muy buenos (recuerdo especialmente "Charles" y "La muela").

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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