11 septiembre 2016

Una vista del puerto - Elizabeth Taylor



Edición: Gatopardo, 2016 (trad. Carmen Francí Prensa)
Páginas: 320
ISBN: 9788494426353
Precio: 19,95 € (e-book: 9,99 €)

En su primer año de andadura editorial, Gatopardo está construyendo un catálogo en el que destacan las recuperaciones de escritores anglosajones del siglo XX, como Frank Norris, Jack London o la que me ocupa hoy, la británica Elizabeth Taylor (1912-1975) —no confundir con la actriz de Hollywood del mismo nombre—, una autora que, por afinidad, se puede situar junto a sus coetáneas Elizabeth Bowen, Rosamond Lehmann y Barbara Pym, en cierto modo todas ellas herederas de Jane Austen (y con un enorme talento). Una vista del puerto (1947), la tercera de las doce novelas que escribió Taylor, ya había sido publicada en castellano por Alfaguara en 1990, con traducción de Carmen Francí, que Gatopardo mantiene en esta nueva edición. Se trata de una obra que se inscribe en la larga tradición inglesa de las novelas de costumbres, con su habitual sentido del humor y su punto dramático, que se desarrolla en un pequeño pueblo costero durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

—¿Sabe? He llegado a la conclusión de que el verdadero objetivo del matrimonio es hablar. Es lo que lo distingue de otros tipos de relación entre hombres y mujeres, y es también lo que más se echa en falta a la larga, por extraño que parezca: la profusión de comentarios cotidianos sobre trivialidades. Creo que es una necesidad humana fundamental, mucho más importante que una pasión violenta, por ejemplo.

Con un narrador omnisciente, la autora construye una historia coral en la que destaca el triángulo formado por un matrimonio de clase alta y una mujer divorciada que mantiene una relación clandestina con el hombre. La esposa, Beth, es una escritora un tanto extravagante que está tan concentrada en su manuscrito, en su universo de ficción, que no se da cuenta de lo que ocurre a su alrededor. No se percata de los nervios de su amiga Tory, la divorciada, cuando le pregunta por su marido. Beth tampoco es consciente de los problemas de sus hijas, en particular de la mayor, una joven casamentera que se siente muy sola. Con Beth se produce una paradoja grotesca: ella, como escritora, se jacta de ser una gran observadora, de tejer historias con unos grandes personajes. Y, sin embargo, está tan encerrada en su mundo —el clásico mito del genio en su atalaya— que ha perdido de vista su realidad más inmediata («Estás tan acostumbrada a retorcerlo todo que no eres capaz de ver nada recto», p. 81). Este no es el único acierto de Taylor con respecto a Beth: la novela que está escribiendo se centra en una mujer moribunda. Beth, con su humor macabro, divaga sobre cómo darle muerte, sin ser consciente de que podría estar anticipando algo que ocurrirá en la localidad.
Una segunda trama sigue a las hijas solteras de una anciana discapacitada que tiene a las jóvenes sometidas para que permanezcan a su lado y no puedan hacer su vida. Una de ellas, Iris, conoce a un hombre, lo que la lleva a enfrentarse al debate entre la sumisión materna o la rebelión para encontrarse con él. Taylor explora aquí la figura de la madre egoísta, que se aprovecha de su debilidad para despertar un sentimiento de culpabilidad en las chicas, que ven que el tiempo pasa y no consiguen salir del nido. Al igual que ocurría con Beth, la relación entre madre e hija tiene un toque cruel, perverso, aunque se narre con el fantástico sentido de la comicidad de Taylor. Por otra parte, en el elenco sobresale asimismo Bertram, un marino ya maduro, que llega al pueblo para pasar una temporada. Dice ser pintor, pero apenas pinta. Él encarna la tradicional figura del forastero que rompe la monotonía de un lugar cerrado y desequilibra a sus habitantes. Sobre todo, a las mujeres, incluida Tory, la divorciada, una mujer tan atractiva como frágil que trata de acostumbrarse a su nueva situación mientras combate los remordimientos por la traición a su amiga.

—Tú y yo somos tan distintas… —dijo Tory—. Pero nuestra amistad es mejor que cualquier otra relación que tenga que ver con los hombres. Cuando dos mujeres se quieren, se establece una relación pacífica y gratificante, divertida, sin que sea necesario hacer ningún tipo de esfuerzo, desprovista por completo de preocupaciones acerca de si estaremos sacando a la luz nuestra mejor cara…

Una escritora encerrada su universo de ficción, una divorciada con una relación clandestina, un forastero con mucha labia, una madre tirana, jóvenes casamenteras en busca de su sitio… Ingredientes más que suficientes para dar forma a una consistente novela de costumbres, y Taylor tiene el oficio necesario para hilvanar las múltiples tramas con solvencia. En el libro tienen cabida muchos asuntos (la amistad, el amor, la enfermedad, la familia, la adaptación a los cambios…), pero, por encima de todo, me parece una obra sobre cómo la vida se desarrolla sin que los de alrededor sean conscientes de lo que realmente le ocurre a uno. Es una paradoja que se sitúe en un pueblo, de esos en los que todos conocen a todos y los cotilleos están a la orden del día, y, sin embargo, nadie conoce a nadie en lo más íntimo. Bertram, en su calidad de recién llegado, tiene la posibilidad de verlos a todos con la mirada de un observador distante, que a veces se percata mejor de las inquietudes silenciadas que quien está con los demás todos los días. El «mundo interior» de cada personaje es inmenso, parece decir Taylor, que, entre escenas de chácharas, retrata con sutileza la particular soledad de cada uno («Se deshizo el peinado y se lo volvió a hacer, pero no había nadie para ver el resultado», p. 15).
Elizabeth Taylor
Una vista del puerto me parece una buena novela, y un libro muy inglés, heredero de la tradición decimonónica. Me explico: un relato costumbrista, con enredos bien resueltos, personajes un tanto excéntricos, diálogo abundante y ácido, una obra irónica en el tono y un tanto dramática en el fondo (tragicómica, se podría decir). Un género que muchos autores han dominado, y Elizabeth Taylor, pese a no ser de las más populares, es una de ellos. A lo largo de la lectura de Una vista del puerto, uno se adentra en la dinámica de esta singular comunidad como un testigo de sus pequeñas intrigas cotidianas. Quizá, por su naturaleza de novela coral, a ratos uno preferiría que se centrara solo en una o dos tramas y profundizara en los personajes en lugar de dispersar tanto la historia, pero, en cualquier caso, estamos ante una obra más que recomendable.
Citas en cursiva de las páginas 147 y 67-68.

8 comentarios :

  1. Hola, Rusta:

    No conocía este libro y la editorial Gatopardo me sonaba, pero no sabía que llevaba tan poquito tiempo funcionando. Después de leer tu reseña, me han entrado unas ganas locas por descubrir este libro, de modo que me lo apunto para cuando pueda hacerle un huequito en mi lista de lecturas. Así que ¡gracias por la reseña!

    Un saludo imaginativo...

    Patt

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    1. Sí, es una editorial muy joven, pero con un criterio bien definido (y que encaja bastante con mis intereses). También he leído la novela que han publicado de Barbara Pym, "Mujeres excelentes", que es de un estilo parecido y me ha gustado aún más que esta (pronto la reseñaré). En fin, habrá que seguirle la pista.

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  2. Me suele gustar este tipo de novelas así que tendré muy en cuenta este libro. El nombre de la autora no sé olvida.
    Besotes!!!

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    1. Por los libros que sueles comentar en tu blog, creo que podría gustarte.

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  3. No conocía a la autora, pero las novelas costumbristas inglesas me fascinan. Y además también me encanta el tema del artista aislado del mundo, un tema recurrente en la lectura y las artes inglesas (se me viene a la cabeza sin pensar mucho algunos poemas de Tennyson). Gracias por la recomendación.

    Un beso!!

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    1. Entonces seguro que lo disfrutarás mucho ;). ¡Ya me contarás!

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  4. Por lo que cuentas, creo que me puede gustar. Una novela liviana y bien ejecutada siempre se agradece:) Todavía no he leído nada de la autora, aunque tenía apuntados "La señorita Dashwood" y "El juego del amor". Tengo varios para decidirme...

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    1. Pues ya me dirás cuál eliges al final. Yo de momento solo he leído este, aunque no me importaría leer alguno más.

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