21 abril 2017

Las palabras de la noche - Natalia Ginzburg



Edición: Pre-Textos, 2001 (trad. Andrés Trapiello)
Páginas: 128
ISBN: 9788481913996
Precio: 12,00 €

Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991) escribió Las palabras de la noche (1961) durante una breve estancia en Londres. Esto ocurrió cerca de diez años después de publicar la que muchos consideran su obra maestra, Todos nuestros ayeres (1952), una novela que, siguiendo las peripecias de una muchacha, recorre el devenir de una familia desde antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial hasta la liberación de Italia, narrada con una «escritura hablada» que es sin duda una de las marcas de la autora, siempre próxima a la oralidad, al universo de lo cotidiano en forma y fondo. Las palabras de la noche comparte (e incluso acentúa) este último rasgo, aunque, en conjunto, su alcance resulta menor, en el sentido de que limita la acción a dos personajes y se desarrolla durante poco tiempo, por lo que se pierde esa dimensión macrohistórica que tienen tanto Todos nuestros ayeres como Léxico familiar (1963, Premio Strega). Aun así, un menor alcance no significa una calidad inferior, ya que Natalia Ginzburg también posee las herramientas para brillar en la distancia corta, como había demostrado, por ejemplo, en la magnífica Y eso fue lo que pasó (1947).
Las palabras de la noche sugiere, desde su título (en el original, Le voci della sera, es decir, Las voces de la noche, más exacto), una reflexión sobre el ejercicio de hablar, de conversar, y, en concreto, de dialogar en la intimidad, de noche, en circunstancias que distancian este gesto de las charlas triviales a la luz del día. Pero vayamos paso a paso. Está narrada en primera persona por Elsa, una chica de veintisiete años, burguesa y de provincias, aún soltera. Y esto, en la posguerra, supone un conflicto, más para la familia que para ella misma. Elsa entronca, por su carácter discreto, ingenuo hasta cierto punto, con otras protagonistas de Natalia Ginzburg; aunque, a diferencia de las de Y eso fue lo que pasó y Todos nuestros ayeres, todavía no conoce el matrimonio ni la desesperación que puede provocar en las mujeres. La joven se encuentra en esa etapa, en apariencia provisional, entre la dependencia de los padres y la dependencia (futura e hipotética) del marido. Sin embargo, Elsa tiene un secreto: se ve a escondidas con un chico del pueblo, Tommasino; los dos escapan a la ciudad para encontrarse.
Esto introduce un tema importante en Ginzburg: la noción de camino, de viaje, el paso de un mundo a otro (mundos físicos, pero sobre todo simbólicos). Lo introdujo en su primera novela, El camino que va a la ciudad (1942), y retoma ese motivo. Los personajes, Elsa y Tommasino, se han criado en la misma localidad, se conocen desde niños. Nada les prohíbe dejarse ver juntos, no pondrían trabas a su relación; son ellos quienes toman la decisión de hacerlo en la ciudad, solo en la ciudad. El pueblo se representa como un espacio pequeño y opresivo, donde hay prejuicios y estrechez de miras, donde todos saben de todos y comentan. En los años cuarenta, la propia Natalia Ginzburg, que había pasado la mayor parte de su vida en Turín, se vio desterrada, junto a su marido (antifascista comprometido), a Pizzoli, un pueblo perdido en los Abruzos. Ginzburg, acostumbrada a un ambiente más liberal y cultivado, sufrió en sus carnes las limitaciones del municipio, la angustia de quien se siente atrapado, una experiencia que influyó en su obra. La joven pareja de Las palabras de la noche, en su deseo de evasión, hace escapadas a la ciudad. El valor de la ciudad no está en el hecho de ser una ciudad, sino en lo que significa para los jóvenes pueblerinos, que la asocian con la libertad y la independencia; en suma, un lugar simbólico donde sus sueños pueden realizarse.
La opresión del campo se despliega, además, con el relato de la familia de Tommasino, al que se dedica un número de páginas nada despreciable. El padre, un trabajador que subió de estatus gracias a una fábrica; algunos hermanos, que cayeron en desgracia; una cuñada, terriblemente infeliz. En particular, se hace hincapié en los fracasos personales, producidos en el momento de encauzar sus vidas (sí: la etapa que atraviesan tanto Elsa como Tommasino): vivencias de gente que se equivocó al contraer matrimonio, que se enfrentó a las dudas, el miedo. En cierto modo, todos son víctimas de sus familias, bien por la figura de una madre dominante (también para la protagonista), bien por la (mala) fama que se cierne sobre los de su estirpe después de un acontecimiento grave, una fama de la que resulta difícil liberarse en un pueblo. Natalia Ginzburg pone de relieve que no son excepciones: todos, en mayor o menor medida, tienen sus tensiones, nada garantiza el bienestar, pero no moverse, quedarse estancado en esta fase, tampoco. Las esperanzas truncadas forman parte del aprendizaje inevitable de cualquier adulto. Como la soledad, la melancolía, la incomprensión.
La cultura rural se relaciona con las charlas a las que aludía antes. Volvamos al título, a la reflexión sobre la naturaleza de las «voces». El estilo de la autora en esta novela tiene una particularidad: se apoya mucho en el diálogo, en las conversaciones (a diferencia de títulos como Todos nuestros ayeres, en los que no hay ni una sola raya de diálogo y lo hablado se integra en el párrafo). No se trata, en general, de charlas profundas, sino que presta atención a todos los comentarios banales con los que se llena el silencio (el ruido, los podríamos llamar). Se utilizan exclamaciones, lenguaje coloquial; Natalia Ginzburg tiene la habilidad de captar con precisión la frescura del habla de la gente corriente (una capacidad que ya le sirvió para hilar sus memorias familiares, Léxico familiar). Incluso, en ocasiones, aparecen varios parlamentos seguidos de un mismo personaje, una forma singular de mostrar que el interlocutor permanece callado («—Estamos casi siempre en silencio, porque hemos empezado a enterrar lo que pensamos, muy hondo, en lo más profundo de nosotros. Después, cuando volvamos a hablar, diremos sólo cosas inútiles.», p. 113). Con estos recursos, consigue que, con una narración en primera persona, queden representadas las voces de muchos personajes. No impone una gran introspección de la protagonista: se siente más cómoda escuchando que exponiendo sus ideas en voz alta, pone a los demás por delante de sí misma, y con esto dice más de su persona de lo que podría expresar con palabras.
Esta atención al diálogo, no obstante, conduce a una paradoja: pocas veces se habla de lo importante, pocas veces se expresa lo que uno piensa de verdad; aunque, en cualquier caso, la conducta que cada uno escoge en torno al hecho de hablar (o callar) da mucha información acerca de su forma de ser. La novela se apoya en una estructura circular: comienza y termina con el parloteo incesante de la madre de Elsa, una mujer acaparadora, cotilla y quejica. Ese parloteo trivial de quienes charlan por ocupar el tiempo o para hacerse notar contrasta con el secretismo (incluso el hermetismo) de los enamorados, que ocultan la relación a sus familias. En apariencia, la comunicación entre Elsa y su madre es fluida, se las puede ver pasear juntas, en actitud amigable; a la hora de la verdad, sin embargo, los silencios pesan más que esos largos diálogos de palabras huecas y preocupaciones vanas. Natalia Ginzburg retrata así dos puntos clave de la vida cotidiana: la dificultad para comunicarse y, a la vez, la utilidad de los asuntos fútiles para romper la frialdad y mantener la unión pese a todo («—Es por tener un poco de conversación —dijo mi madre—. ¿Quieres que nos pasemos toda la noche mirándonos a los ojos? Se cuentan cosas, se habla. Se dice esto, lo otro, lo de más allá.», p. 102).
Natalia Ginzburg
Natalia Ginzburg escribe siempre con una ligereza aparente que le permite ahondar en la psicología de sus personajes. Sus novelas son muy cercanas a la vida, al día a día, a lo común. Con un estilo claro y conciso, libre de artificios recargados, pone el dedo en la llaga en los conflictos de los personajes, a los que muestra no solo a través de lo que dicen, sino, y sobre todo, de lo que hacen y lo que callan. Es una narradora muy, muy inteligente, de esa inteligencia que ni se nota, porque no busca el alarde, tan solo deja que la historia fluya, adaptándose a las necesidades de esta. Y lo consigue gracias a un estilo limpio, tan sencillo que hace que parezca fácil escribir, aunque es bien sabido que cuesta mucho depurar la voz hasta lograr esa pulcritud. Hoy, medio siglo después de su publicación, Las palabras de la noche sigue siendo una novela que nos atañe, que habla de nosotros y de lo que nos vuelve vulnerables. Como Y eso fue lo que pasó. Como Todos nuestros ayeres. Como Léxico familiar. Como Querido Miguel. Como… como todo lo que escribió esta escritora extraordinaria.
Imágenes de la película Las voces de la noche (2004), una adaptación de la novela de Salvador García Ruiz.

19 abril 2017

Los peces no cierran los ojos - Erri De Luca



Edición: Seix Barral, 2012 (trad. Carlos Gumpert)
Páginas: 128
ISBN: 9788432214172
Precio: 15,00 € (bolsillo: 6,95 € / e-book: 6,49 €)
Leído en la edición en catalán de Bromera, 2012 (trad. Anna Casassas).

Mi cabeza había cambiado, y a mí me parecía que para mal. A la edad en que los niños han dejado de llorar, yo, en cambio, comenzaba. La infancia había sido una guerra, alrededor morían más criaturas que viejos. Su tiempo no era ningún juguete, aunque jugaran con él con furia. A mí se me había perdonado, pero tenía que merecerme el tiempo.

Dice Rosa Chacel: «Y ésa es una de las cosas que yo siento como esenciales: no romper el hilo, seguir siempre hablando de lo mismo —en su infinito cambio— siempre respondiendo acordes, nunca saliendo por peteneras para complacer a la galería. Ése es el sistema que lleva no a ser original, sino a ser originario» (en su correspondencia con Ana María Moix, De mar a mar, Comba, 2015, p. 52). Habla de los escritores que vuelven una y otra vez sobre lo mismo a lo largo de su carrera, que dan forma a un corpus personal, un universo literario propio. Y, entre los autores contemporáneos, no se me ocurre un ejemplo mejor de ello que el italiano Erri De Luca (Nápoles, 1950). En su vasta producción, los temas, los escenarios y los personajes son limitadísimos; sin embargo, en cada libro les da otra vida, su voz tiene la textura necesaria para enriquecerlos, para aportar otro matiz sin dejar de ser coherente consigo mismo, hasta el punto de crear su propio género. Sí: verdaderamente originario.
Los peces no cierran los ojos (2011) tuvo bastante repercusión en los medios españoles y, al menos aquí, parece ser su obra más conocida: fue la primera novela que le publicó Seix Barral, del Grupo Planeta, acompañada de una campaña de lanzamiento más intensa que las de Akal y Siruela, las editoriales que apostaron antes por él. Promociones aparte, no cabe duda de que se trata de un buen libro, y, además, un libro muy «típico» de Erri De Luca, pues comprende las cuestiones en las que ha ahondado una y otra vez desde sus inicios: el aprendizaje en la infancia, el Nápoles de posguerra, el primer amor, la pasión por los libros y el respeto por el medio ambiente. El narrador, a sus sesenta años, recuerda en primera persona el verano de cuando tenía diez: una historia de iniciación en una isla napolitana, sobre un muchacho que conoce a una chica y otras realidades más amargas, en sintonía con El día antes de la felicidad (2009) y, sobre todo, con Tú, mío (1998).
Aquel verano, el protagonista aprendió el significado de las palabras «amor» y «justicia», gracias a una jovencita cuyo nombre no recuerda: «Cuando hago de lector enseguida olvido los nombres de las historias. No añaden consistencia y son una convención. Por eso dejo vacía la casilla del nombre y continúo llamándola jovencita, porque de niña no la conocí» (p. 65). Tal vez esto último sea el motivo por el que tampoco revela nunca el nombre del narrador, su alter ego (él mismo ha reconocido que toda su obra tiene ecos autobiográficos, y no cuesta advertirlos). El personaje tiene dos frentes abiertos, o dos conflictos internos, uno ligado a cada palabra y a la vez interrelacionados: por un lado, la relación con la chica, el descubrimiento de algo parecido al amor a tan corta edad; por el otro, el enfrentamiento latente con unos muchachos, mayores que el protagonista, que rondan a su amiga y lo intimidan a él por celos. El mismo verano en el que descubre el afecto mutuo con otra persona descubre también la tensión, la envidia y, en suma, la violencia que esto desencadena.
El protagonista, no obstante, dista mucho de parecerse a los tipos chulescos que lo provocan. A sus diez años, está en una edad intermedia entre la más tierna infancia y la adolescencia; Erri De Luca, con su excelente uso de las digresiones, medita acerca de la naturaleza de esta etapa antes de entrar en materia. El muchacho se da cuenta de lo que ocurre a su alrededor, no es un niño al que se pueda engañar, pero la particularidad de conocer ese mundo de forma consciente por primera vez añade matices a su mirada, matices de asombro, de ternura. Es un niño de ciudad que aprovecha las vacaciones para aprender el oficio de los pescadores y estar en contacto con el mar. Es, además, un gran lector, y los libros tienen un papel determinante a la hora de entender a los adultos. Al narrador no le interesan los niños de su edad, no comparte intereses con los bravucones; en cambio, su nueva amiga le llama la atención porque devora novelas policíacas y dice ser escritora. Ella, una gran amante de los animales, le dice que tiene ojos de pez, de ahí el título. En medio de una isla en la que tan a menudo impera la tosca ley del más fuerte, estos chiquillos solitarios y sensibles rompen su cascarón y hallan un tesoro de valor incalculable: la complicidad.
Erri De Luca
La historia de Los peces no cierran los ojos, la historia del narrador y su amiga lectora de novelas policíacas, me parece, si me permitís la cursilería, preciosa, si bien no en el sentido en el que suele emplearse este término. Nada de romanticismo, nada de exaltación, nada de final feliz (aunque tampoco lo consideraría un desenlace «infeliz». Prefiero llamarlo un final hermoso, como el poso que deja un verano de la pubertad). Son personajes poco afines a las costumbres dominantes que, de pronto, se encuentran y se hacen compañía. En la hermosura de este relato tiene mucho que ver el estilo poético y preciso de Erri De Luca, como siempre salpicado de reflexiones sobre sus temas recurrentes (la posguerra, la naturaleza, la lectura, Nápoles). Es un pedazo de intimidad contada con gusto; otra muestra de ese hilo espléndido que el autor lleva años tejiendo.
Cita inicial en cursiva de la página 9.

17 abril 2017

Los hermosos años del castigo - Fleur Jaeggy



Edición: Tusquets, 2009 (trad. Juana Bignozzi)
Páginas: 120
ISBN: 9788483831083
Precio: 13,00 €

Pero perseveraba en el placer de llegar hasta el fondo de la tristeza, como en un despecho. El placer del desasosiego. No me resultaba nuevo. Lo apreciaba desde que tenía ocho años, interna en el primer colegio, religioso. Y pensaba que a lo mejor habían sido los años más bellos. Los años del castigo. Hay una exaltación, ligera pero constante, en los años del castigo, en los hermosos años del castigo.

Cuando escribo una reseña, cuando trato de sintetizar mi análisis de una obra en unos pocos párrafos, me siento en cierto modo una impostora. Porque un comentario no deja de ser una perspectiva parcial, y sin duda limitada, del alcance del libro. Podría ser más exhaustivo. Podría ser distinto. Siempre quedan temas en el tintero, con algunos títulos más que con otros. Y, sí, este es uno con los que esta sensación se acentúa: Los hermosos años del castigo (1989), la cuarta novela de Fleur Jaeggy (Zúrich, 1940), una novela tan precisa, tan concentrada, tan sutil, que resulta inabarcable. La autora, aunque suiza de nacimiento, ha vivido en Roma, París y Milán, y escribe en italiano. Pese a ser más bien poco prolífica (hasta la fecha ha publicado siete novelas breves y un libro de relatos), goza de un gran prestigio por la exquisitez de sus narraciones (una escritora de culto, podríamos decir, si bien de un tiempo a esta parte la expresión «de culto» se ha extendido tanto que ya no actúa como un indicativo fiable).
Los «hermosos años del castigo» remiten al internado, un distinguido internado suizo para chicas, donde la protagonista se formó. En esta novela, escrita en primera persona, recuerda sus catorce años, la edad de tantos despertares y tantas contradicciones, como la que evoca el juego de palabras del título: «Ya había pasado casi siete años en el colegio y aún no había terminado. Cuando se está allí dentro, una imagina cosas grandiosas sobre el mundo, y cuando se sale, a veces desearía volver a oír el sonido de la campana» (p. 21). En el centro confluían muchachas de todo el mundo, se hablaban diversos idiomas, pero la protagonista, que no revela su nombre (en un determinado momento sabremos que es «la italiana»), se fija en una alumna nueva: Frédérique. Y, como en tantas historias de amistades femeninas, la narradora, en apariencia pasiva, se deja deslumbrar por Frédérique. Esta última parece ser «más» en todas las cualidades deseables para una adolescente encerrada: más adulta, más atractiva, más inteligente, más experimentada. O, al menos, así es a los ojos de la protagonista, que ansía acercarse a ella, ser su amiga. Encarnan el tipo de relación que surge por la ambición de parecerse al otro, y en el que la atracción es tan intensa como los celos.
La narradora reconstruye el microcosmos del internado, la particularidad que comparten todas las jóvenes educadas en uno (porque ella misma las señala como un colectivo: «Nos une una extraña familiaridad, un culto a los muertos», p. 94). Compara las habitaciones, la obligación de compartirlas, con la cárcel. Cada estudiante tiene un rol, siempre según la percepción de la protagonista: Frédérique, tan deseada; la chica negra, hija de un jefe de Estado africano, que fue recibida con honores por los profesores y desde entonces todas la miran con suspicacia, recelosas de su posición social; la alemana, compañera de habitación de la protagonista, de quien dice no recordar el nombre porque siempre le resultó anodina, a diferencia de Frédérique. La narradora se considera a sí misma todavía aniñada, acomplejada por no dormir aún en la zona de las mayores; una actriz secundaria al lado de Frédérique. En el libro no falta tampoco la cuestión del distanciamiento de los padres: en un encierro, todas arrastran, a su manera, la herida de la ausencia. La protagonista, de forma muy sutil, deja entrever que su madre y su padre se encuentran separados, ella está en Brasil, es la que da instrucciones sobre su educación. La chica se rebela a esa figura materna controladora con una traición estudiantil: en lugar de acercarse a la compañera alemana (la madre quiere que aprenda alemán), se hace amiga de una francófona como Frédérique.
Fleur Jaeggy
En la tradición de las novelas de internado, el tono de esta se acerca más a los clásicos góticos que a las sagas alegres de Enid Blyton. No hay una trama de terror como tal, pero el modo en el que la mujer recuerda el pasado, sus sensaciones asociadas al colegio, rebosa angustia e inquietud: «Mis pensamientos estaban suspendidos en el aire, tenía la impresión de que acechaba un peligro, el peligro de vivir lo que no existe» (p. 30). El estilo de Fleur Jaeggy suele describirse con expresiones como «una pluma afilada como un bisturí», y no, no lo dicen en vano. Esta es una obra profundamente intimista, en la que, más que contar una historia, evoca su iniciación como una confesión en voz baja. Emplea metáforas que traslucen perversión, enigma, sordidez, unas imágenes que no están tanto en los hechos como en la mirada, que tiene un matiz oscuro. Esos hermosos años son recordados como una perturbación: el recinto cerrado, la rutina asilvestrada en su estricta disciplina, el vacío de algunas compañeras, las ansias de crecer para huir de ahí y, sin embargo, la añoranza al rememorarlos después. El resultado es una voz desasosegante e incisiva, que envuelve (y eriza) desde la primera página. Contundente.
Cita inicial en cursiva de la página 85.

16 abril 2017

Mal de piedras - Milena Agus



Edición: Siruela, 2008 (trad. Celia Filipetto)
Páginas: 114
ISBN: 9788498411812
Precio: 16,00 €
Leído en versión original (Mal di pietre).

El amor no llega cuando uno quiere. Tampoco llega, por fuerza, con el matrimonio, el lecho compartido. Ni con la buena voluntad. Y, sin embargo, qué importante es el amor, o, más bien, qué importancia le da la cultura occidental, qué papel tan grande se le otorga pese a ser, a veces, tan difícil de encontrar, y tan fugaz cuando al fin surge. Sobre todo, si eres una mujer nacida a principios del siglo XX en una sociedad patriarcal y religiosa donde las oportunidades de libertad escasean. Esta idea se plantea en Mal de piedras (2006), la novela más notable de Milena Agus, con la que dio un gran salto en su carrera y fue publicada en muchos países. La autora, de padres sardos, nació en Génova en 1955, pero vive en Cagliari y forma parte de la llamada nueva literatura de Cerdeña, junto a otros escritores traducidos al castellano en los últimos años, como Michela Murgia (La acabadora) o Marcello Fois (Estirpe).
No conocemos el nombre de la protagonista: es, simplemente, Abuela, porque está narrada en primera persona por su nieta. Esta, una mujer de hoy, reconstruye la historia de su abuela, a partir de lo que le contó, pero también de aquello que le ocultó, y que ha conocido después a través de otras fuentes. La autora acierta al apostar por este punto de vista: la procedencia de cada dato sobre la abuela aporta más información sobre ella, es decir, ella quería que se recordara lo que explicó a la nieta, pero corrió un tupido velo sobre lo que le resultó demasiado doloroso. Tanto las palabras como los silencios dicen mucho del personaje, y Milena Agus capta esas gradaciones. Además, nadie mejor que la nieta, con quien la abuela mantiene una prudente distancia generacional, para recoger con empatía las confesiones de una mujer que, a juzgar por la moral rígida de su tiempo, no habría sido lo que se considera ejemplar.
La abuela nació en Cerdeña a principios del siglo XX y siempre fue una chica incomprendida: le gustaba escribir, una afición que su familia desaprobaba, por lo que lo hacía a escondidas. Hubo algún episodio sombrío en su juventud, y no se casó hasta la treintena, cuando ya se la empezaba a tachar de solterona. Contrajo matrimonio con un comunista, un hombre honrado pero tosco, con quien nunca experimentó el amor (ni viceversa). La alianza, en cualquier caso, les convenía a ambos, por lo que siguieron adelante a pesar de la oscura insatisfacción que iba apoderándose de ella. Para empeorarlo todo, no conseguía quedarse embarazada. Su «mal de piedras» (cálculos renales) es lo que la llevó a pasar una temporada en un balneario, en los años cincuenta, sin su esposo. Y, sí, allí curó sus males, los del cuerpo y los del alma.
Esta novela es la historia de los dos hombres de la vida de una mujer, su marido y su amado, al que conoció en el balneario. Este último, casado como ella (la belleza del amor efímero, evocada casi como una ensoñación) encarna los valores opuestos a su esposo: un hombre cultivado, atento, que la insta a escribir. La guerra lo dejó lisiado, por dentro y por fuera, pero ella descubre delicadeza en él. Los dos son seres heridos, marginados, aunque no por ello exentos de ternura, como los personajes de Carson McCullers. No obstante, Milena Agus no se limita relatar lo acontecido en el sanatorio, a pesar de que de entrada pueda parecer que en eso consiste el grueso de la obra. El libro, en realidad, más que seguir un hilo lineal, se construye con múltiples capas que robustecen esta trama a priori tan sencilla: en lugar de seguir adelante, en línea recta, cada nuevo episodio añade matices a la situación, le da un par de vueltas, hace que se perciba de otra forma, enfoca un detalle inadvertido. Y así hasta el final, con una elegancia que no deja de asombrar. El estilo es concentrado, de frases largas, poético, salpicado de dialecto sardo. Un texto, en suma, muy bien elaborado.
Milena Agus
He empezado el comentario con una reflexión, y termino con otra también muy presente en la novela: el hombre del balneario duró un rato, mientras que la vida de la abuela comprende muchas más cosas. Este es otro acierto de la autora: aun dejando claro que esa relación la marcó para siempre, no narra otra historia de fatalidad, sino que construye a una mujer que sigue viviendo, con sus cargas, con su presión, pero sigue. La de Milena Agus es una literatura profundamente intimista, aunque no por ello «blanda» ni cursi. Al contrario: es una narradora inteligente, fina y sutil, capaz de meditar sobre temas tan sobados como el amor o el paso del tiempo dándoles una luz nueva. Si fuera un cuadro, Mal de piedras sería una pintura impresionista: tiene esa riqueza de colores, la textura densa, el efecto de imprecisión que da el emborronamiento. Muestra los contornos de las figuras, los insinúa, pero sin revelarlos en toda su claridad. Porque, como la propia narradora descubre, nunca se llega a conocer por completo al otro, y plasmar esta incertidumbre en una novela no deja de ser una demostración de talento.

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