05 marzo 2017

Diarios del Sáhara - Sanmao



Edición: :Rata_, 2016 (trad. Irene Tor Carroggio)
Páginas: 462
ISBN: 9788494489174
Precio: 22,00 €

Sanmao, una cuentacuentos aventurera
Sanmao, seudónimo de la escritora taiwanesa Chen Ping (1943-1991), también llamada Echo Chen, es uno de los referentes culturales asiáticos que aún quedaban por descubrir, no solo en España, sino en todo Occidente. Esta es, de hecho, la primera traducción de un libro suyo a una lengua occidental, a la que se sumarán pronto la traducción al inglés y otros idiomas europeos, gracias al tesón de su editora, Iolanda Batallé, que picó piedra para contactar con sus herederos y consiguió despertar el interés de otros profesionales de la edición. Estamos, por lo tanto, ante un acontecimiento editorial en todos los sentidos, una hazaña a la altura de la propia Sanmao, que tuvo de todo menos una vida convencional y se convirtió sin pretenderlo en «un símbolo de rebeldía, de libertad, de romanticismo, de aventura y de personalidad independiente», en palabras de Yufen Tai, especialista en su obra, en el postfacio a esta edición. Sanmao pertenecía a una familia adinerada que le procuró una educación exquisita. No obstante, al llegar a la edad adulta, rechazó cursar estudios superiores, el camino previsible, para lanzarse a recorrer el mundo, a construirse a sí misma. Y vaya si lo consiguió.
Sanmao, una mujer cultivada, cosmopolita y aventurera (y una cuentacuentos, como se definía a sí misma), se enamoró de José Quero, un buzo español, con quien contrajo matrimonio y se marchó a vivir al Sáhara por voluntad propia: «El desierto del Sáhara, en lo más profundo de mi corazón, hacía tiempo que era mi amante soñado» (p. 45). Allí, mientras su marido trabajaba, ella se mezclaba con los lugareños, observaba la cultura local de los saharauis con mirada de antropóloga, curiosa y atrevida, pero sin juzgar a pesar del horror que le provocaban determinadas costumbres. Y escribía, no dejaba de escribir. No es de extrañar que, con una historia tan atípica y un carácter tan intrépido, llegara a ser poco menos que un mito para los jóvenes de su país desde que se dio a conocer. Los textos que componen Diarios del Sáhara surgieron en un principio como reportajes para periódicos; son, más que un diario, crónicas sobre diversos aspectos y experiencias de su estancia en el desierto, aunque la persona de Sanmao está tan presente en ellos que resulta difícil separar obra y autora. En 1976 se publicaron por primera vez como libro: tuvo una acogida tan extraordinaria en China (recibió cientos de cartas) que Sanmao se agobió. El éxito no casaba con su personalidad independiente, por lo que se alejó del bullicio, como explica en un prólogo posterior, incluido en esta edición («escribir es importante, pero a veces aún lo es más dejar de escribir para poder afilar el lápiz», p. 22).
«Deseo ser siempre una cuentacuentos. No hablaré de grandes temas, porque no tengo los conocimientos necesarios, pero en el futuro no dejaré de esforzarme para escribir mis palabras con mis manos, y expresar con ellas lo que siento en mi corazón» (p. 22). Esta declaración de intenciones resume lo que encontramos en estas páginas: la vida, la vida y la vida. Sin meditaciones existenciales filosóficas, sin filigranas retóricas. Un estilo despojado de artificios, una voz en la que aún vibra el calor de los acontecimientos, la frescura que da la inmediatez. El interés reside en su punto de vista, su mirada atenta, la singularidad que aporta una mujer como ella en ese entorno, su forma de estar en el mundo, un mundo alejado de su zona de confort que sin embargo convierte en su hogar. Una mujer libre, indomable, que aun estando casada necesita mantener su independencia (y tiene la suerte, dada la mentalidad española de la época, de que su esposo no solo lo acepta, sino que la anima a seguir siendo como es, a no perder su «alma»). Una mujer temperamental, fuerte, enérgica, que no se queda de brazos cruzados ante lo que considera injusto, y que demuestra tener las ideas claras. «Nunca me he sentido parte de ninguna mayoría, y a menudo tomo caminos diferentes de los que escogen los demás, y hago cosas que me resultan difíciles de explicar al resto de la gente» (p. 45). Afortunadamente para nosotros, por escrito las explicó muy bien.
La vida en el desierto
Sí, sobre el papel Sanmao fue intrépida e inspiradora, pero la cotidianeidad que narra en estas crónicas muestra que no resultó tan sencillo llevar ese estilo de vida. Trasladarse al desierto significa empezar de cero, en todos los sentidos: la pareja se instala en una casa destartalada, sin amueblar, por un momento Sanmao se desanima, aunque luego se las ingenia para apañarla (Sanmao, además de valiente, era lista y pícara, como demuestra también en su peripecia para sacarse el carnet de conducir). En segundo lugar, el asunto del aislamiento, no tanto de la gente (tenía vecinos que la hacían sentirse menos sola; ella no dejaba de comunicarse, de intervenir en la comunidad) como de los recursos y servicios (cuenta la larga distancia que tenía que recorrer para comprar un bien tan básico como el agua). El desierto, por otra parte, en ocasiones deviene un territorio hostil, como relata en «Noche de miedo en el desierto», sobre el miedo y las supersticiones, o en «Noche en las montañas laberínticas», un episodio terrible en una ciénaga. Para una mujer como ella, acostumbrada a vivir entre algodones, a adquirirlo todo con el dinero de su padre, este cambio de nivel de vida denota una necesidad de realización interior, por encima de la tan cacareada estabilidad, y no oculta los bajones ni los pequeños fracasos («Pescadores de domingo») a los que se enfrentó. Su principio: «En la vida había que probarlo todo —desde lo más elevado hasta lo más corriente—, de otro modo, ¿qué sentido tenía la existencia?» (p. 60). Y así lo hizo, exprimió cada instante, se empapó de todo, por muy duro que fuese.
Pero Sanmao no está sola. No se puede despreciar el papel de José Quero en esta historia: como ella, es un aventurero con un gran espíritu de superación, hasta el punto de rozar lo temerario. Sin embargo, a diferencia de su esposa, carece de curiosidad intelectual y es incapaz de aprender su idioma; la china cultivada encuentra a su media naranja en un español un tanto tosco, pero que «tenía una gran virtud: cualquier comportamiento mío que a ojos de los demás podía parecer una locura, para él era algo natural. Por eso me encantaba estar a su lado» (p. 99). Esta relación también rompe moldes, no solo por los contrastes entre ambos, sino por su naturaleza «sana», su comprensión mutua. Sanmao describe el día a día de su matrimonio sin endulzarlo; en su lugar, deja entrever la complicidad y el humor. Afirma, por ejemplo, que «Aquella era una unión sencilla y profunda. Nunca lo había amado con locura, pero eso no impedía que me sintiese a gusto y feliz» (p. 47). La franqueza con la que cuenta que «nunca lo había amado con locura» choca con las representaciones habituales del ideal romántico, siempre intenso y a menudo obsesivo hasta lo insano; se agradece la naturalidad de Sanmao, su forma de desmitificar y demostrar, a la vez, que esa «unión sencilla» puede hacerlos muy felices, como en el relato «Crónica de la boda».
Si bien Diarios del Sáhara se puede considerar un libro de viajes, no está exento de historias de corte más costumbrista. La vida en el Sáhara no solo consiste en cruzar el desierto o experimentar los peligros de la naturaleza: también implica, y en gran medida, convivencia, una convivencia llena de pequeñas historias cotidianas. A veces, estas historias atañen a la propia Sanmao: en «Querida suegra», que narra un viaje a España, expresa su miedo a no ser aceptada por la familia de su marido, así como su capacidad de adaptación para solventar cualquier incomodidad y ganarse la simpatía de su suegra. En otras ocasiones, no obstante, se refiere a sus vecinos saharauis y están teñidas por las particularidades de su cultura, como «En busca del amor», sobre un joven trabajador honrado que se enamora de una mujer que parece aprovecharse de él, o el desgarrador relato «El llanto de los camellos», que cierra la compilación, en el que la opresión de las mujeres, con sus correspondientes prejuicios, pasa factura a unos enamorados. En este último texto, a propósito, se pone de manifiesto la agitación social por el inminente fin del protectorado español (que aceleró la marcha de Sanmao y José), es decir, cómo afecta la dimensión política en el día a día.
La cultura saharaui
En el desierto, Sanmao, la cosmopolita, se relaciona con gente de estratos sociales bajos, sin apenas formación y apegada a unas costumbres inimaginables en el hogar donde se crió la narradora. Con todo, Sanmao no teme mezclarse con los demás; ella misma, como mujer china que ha recorrido Europa, sabe perfectamente lo que supone ser juzgada por «diferente» en otras sociedades. Y no solo no teme las diferencias, sino que se entrega en cuerpo y alma para conocer a los que la rodean: «aquel amor por las culturas de otros pueblos provenía de las grandes diferencias que nos separaban. Sentía tal pasión, que aquellas divergencias me parecían bellas y conmovedoras» (p. 80). No le resulta difícil integrarse: su faceta altruista la empuja a hacer regalos con los que se gana su confianza, y además intenta mejorar las condiciones de vida de los saharauis. Su intervención resulta relevante sobre todo para las mujeres: les imparte clases (les habla, por ejemplo, de la concepción de un hijo, tema tabú) y facilita cuidados médicos en la medida de sus posibilidades (un tanto imprudente, como ella admite, pero útil para las mujeres que no quieren que un hombre las atienda).
No todo es bonito, claro. Las costumbres de la sociedad local a menudo le provocan estupor y una profunda indignación: las bodas de niños y adolescentes (la crónica «Una muñeca vestida de novia»: el título habla por sí solo), los rituales por los que pasa la joven novia, el hecho de que los hombres puedan tener hasta cuatro esposas, la falta de higiene, el ideal de belleza femenino o la presencia de esclavos (el texto «El esclavo mudo» es todo un ejemplo del arrojo de Sanmao, no solo para denunciar una situación, sino para tratar de ayudar al prójimo de una manera práctica: «¡Oh, España! ¡La gran nación católica, que no permite el divorcio pero sí la esclavitud!», p. 345). Las supersticiones tampoco tienen desperdicio, como demuestran sus experiencias con el collar y en el cementerio. Sanmao, por su capacidad de observación y de análisis, podría haber sido una antropóloga excelente (parte del valor de este libro es, en efecto, su retrato de la cultura saharaui en el periodo del Sáhara español); aunque su irritación ante determinadas tradiciones, su vehemencia para acabar con esos hábitos, la hace ante todo una gran defensora de los derechos humanos. No es de extrañar que haya inspirado a tantos lectores: encarna valores de respeto, libertad, emancipación y coraje, unos valores que siguen (deberían seguir, al menos) inspirando a las nuevas generaciones.
Otro aspecto que le resulta molesto de la cultura saharaui la afecta directamente a ella: la invasión de su intimidad, como cuenta en «Mis buenos vecinos». Los vecinos tienen la costumbre de entrar en su casa, de tomar cosas sin pedir permiso (en una ocasión una chica se lleva sus zapatos sin avisar y se los devuelve destrozados). En parte, la propia Sanmao lo propicia por su generosidad y su incapacidad para decir no, pero esto va más allá, tiene que ver con la falta de civismo, los lugareños no distinguen las fronteras de la propiedad privada, cruzan los límites. Además, tienen un particular sentido del orgullo y la cortesía que dificulta el entendimiento. Sanmao no oculta su malestar cuando este choque cultural va demasiado lejos (es tan directa que algunas de sus afirmaciones pueden pecar de etnocentristas), pero es importante subrayar que su intención no es juzgar ni erigirse en ejemplo de superioridad moral, sino señalar aquellos aspectos nocivos para la convivencia (como la falta de higiene) o el desarrollo personal (la escasa educación de las mujeres) que podrían tener una solución fácil. No hay que olvidar que Sanmao siente cariño por ellos, desea que tengan las mismas oportunidades que ha tenido ella, la misma libertad para elegir su camino.
Sanmao
Diarios del Sáhara es, en fin, un testimonio colosal de vida, aventura e interculturalidad, narrado con el desenfado y la gracia de quien prima la comunicación sencilla, para que su mensaje cale, por delante de la sofisticación literaria. Veintiséis años después de su muerte, la peripecia vital de Sanmao sigue resultando enriquecedora: la lectura de estas crónicas amplía horizontes, engrandece nuestra perspectiva sobre el entorno, nos acerca a una realidad poco conocida, nos regala un poco de la fuerza, la inteligencia, la curiosidad y el amor de una mujer única. Hay mucho que aprender de este libro, y se trata, por supuesto, de un aprendizaje gozoso, apasionante, porque la voz de Sanmao resulta tan cercana como la de una amiga. Mención aparte merece la edición: esta obra inauguró el catálogo de :Rata_, junto con Yo misma, supongo, de Natalia Carrero, y el equipo lo dio todo: prólogo de Gabi Martínez, postfacio de la especialista en Sanmao Yufen Tai, un texto del hermano de Sanmao, Henry Chen, fotografías de la protagonista…, además de los detalles habituales que hacen de :Rata_ un sello muy cuidadoso (paratextos originales, inclusión de la biografía de la traductora, reproducción de la escritura de Sanmao, carta de la editora Iolanda Batallé…). Un trabajo excepcional, en suma.

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