27 marzo 2017

Regreso a Berlín - Verna B. Carleton



Edición: Periférica y Errata naturae, 2017 (trad. Laura Salas Rodríguez)
Páginas: 408
ISBN: 9788416544325
Precio: 21,50 €

Hace un año, Errata naturae y Periférica unieron fuerzas para coeditar el que ha resultado ser uno de los mejores libros de los últimos tiempos: Tú no eres como otras madres (1992), de Angelika Schrobsdorff (1927-2016), la historia de una mujer libre y valiente, y a la vez un retrato fascinante de la primera mitad del siglo XX en Alemania. Ha sido uno de esos casos extraordinarios en los que la calidad literaria va unida a una acogida inmejorable por parte de la crítica y el público: numerosas reediciones, premios, menciones en las listas de lo más destacado del año. Pero, sobre todo, el entusiasmo de miles y miles de lectores, porque tiene la insólita virtud de calar hondo en personas con diferentes sensibilidades de lectura. Ahora, estas dos jóvenes editoriales independientes tan germanófilas han vuelto a juntarse para publicar una obra que, de algún modo, continúa el hilo que comenzó con Tú no eres como otras madres, un hilo que recorre el pasado reciente de una ciudad y una cultura, un hilo conformado por grandes novelas, de las que se leen con fruición y, al final, dejan huella. 
—Todo el mundo —afirmó con una sonrisa triste— lamenta el hecho de que Alemania esté dividida en oriental y occidental. Hay otra división más profunda que no ve ningún forastero. Me refiero al abismo que divide a los alemanes que se quedaron aquí mientras todo ocurría y los que se marcharon. La distancia entre ellos es tan grande que a veces dudo que pueda salvarse.
En esta ocasión su autora se llama Verna B. Carleton (1914-1967) y es de nacionalidad estadounidense, aunque, eso sí, cosmopolita. Periodista y escritora, frecuentó los círculos intelectuales de México y París, donde conoció a Frida Kahlo, Diego Rivera, Anna Seghers y Walter Benjamin, entre otros. Su libro Regreso a Berlín (1959), inédito en castellano hasta la fecha, se inspira, en parte, en el viaje que realizó en 1957 junto a su amiga íntima, la fotógrafa alemana Gisèle Freund, que se había exiliado en los años treinta y tenía sentimientos contradictorios con respecto a la posibilidad de volver a su país. Por un lado, el rechazo, el odio por lo que habían hecho sus compatriotas; por el otro, las raíces, los recuerdos del hogar que forma parte de sí misma. El protagonista de la novela, el británico Eric Devon, atraviesa una situación parecida: años atrás estuvo en Alemania, pero el nazismo lo traumatizó hasta el extremo de guardar silencio, de convertirse en un nuevo Eric que no quiere saber nada de esa tierra. Solo Nora, su esposa, una mujer que «parecía haberse pasado la vida disimulándose en lugar de llamando la atención hacia su persona» (p. 185), conoce lo ocurrido. 
—Nadie de aquí puede entender cómo se siente uno al volver del exilio, aunque sea para unos cuantos días [...]. Ya, ya lo sé —prosiguió—. No hace falta. Ya sé lo que me vas a decir. Que el pasado ha muerto. Que los nazis han desaparecido para siempre. Que ahora hay un boom. Que todo el mundo está contento… —Tragó saliva; luego habló de nuevo—. Pero no puedes engañar a alguien que recuerda el pasado, los Heil y los desfiles… 
La novela está narrada por una periodista norteamericana: la perspectiva del narrador testigo que prácticamente se borra a sí mismo de los acontecimientos para centrarse en lo que importa, esto es, las vivencias de Eric. La narradora traba amistad con los Devon durante un viaje en barco; se convierte, sin querer, en una observadora privilegiada del punto de inflexión de Eric. En la nave, Eric conoce a un hombre alemán que lo perturba. El encuentro reaviva sus memorias más amargas, y, al fin, lo empuja a emprender el tan postergado regreso a Berlín, acompañado de su diligente esposa y de la nueva amiga de ambos. Eric, no obstante, está lleno de rencor, es un personaje enfadado con el mundo, con los nazis, con Alemania, un personaje que ha utilizado la negación como arma para protegerse de los fantasmas, aunque aun así está lejos de sentirse liberado. Llega a Berlín sin expectativas, convencido de que la visita no hará más que confirmar sus prejuicios. Sin embargo, está muy equivocado. 
Ha sido un año raro para mí. ¿Cómo puedo describirlo? El exiliado, a su regreso, contempla la tierra que se extiende ante él con ojos agudos y críticos; y con igual claridad observa el mundo exterior y los frágiles puentes de comprensión fabricados por el hombre que siempre andan construyéndose entre ambos, sólo para quedar arrasados al menor desastre. Suspendido en el aire, contemplando ambos mundos con esa perspectiva «universal» que tanto sufrimiento le ha costado, el exiliado sabe que ha abandonado para siempre una fe reconfortante, aunque rígida, en las virtudes de su propio grupo social nativo para sustituirla por una conciencia vasta y trágica de la semejanza de todos los humanos en medio del sufrimiento y la angustia. Así pues, ¿a qué tierra pertenece este exiliado tras su regreso? A ninguna, y, sin embargo, a todas. 
«Nadie conoce mejor que yo la tragedia de un ser que reprime su pasado» (p. 403). Regreso a Berlín es una novela sobre el peso del pasado, sobre un personaje que no lo ha superado y vive atormentado, neurótico, huidizo. Pero este dolor tiene otra cara: la autocompasión, el estancamiento, la búsqueda de culpables. En esto se nota el acierto del punto de vista: nadie mejor que una narradora imparcial, que desconoce lo que le pasó al protagonista, para contar lo que sucede sin tomar partido, escuchando las palabras de Eric sin dejar de fijarse en lo que calla, en lo que expresa con el lenguaje no verbal, en sus contradicciones. Porque, aunque de entrada se tenga la inclinación instintiva de confiar en Eric, el viaje da lugar a más de una sorpresa. Las revelaciones, que el lector descubre al mismo tiempo que la narradora (es decir, como un invitado que llega a la casa de un extraño e intenta desentrañar el malestar entre sus miembros, por lo que la intriga que se mantiene de principio a fin), se suceden cuando Eric se ve obligado a contraponer su visión de los hechos con la de los demás. O, dicho de otro modo, a aceptar que él no es la única víctima, que el nazismo los hirió a todos. 
—El amor debería privarnos de egoísmo —continuó Nora—, pero pocas veces lo hace. Vuelve a las personas crueles y egoístas, se decepcionan a sí mismas y a los demás. Nos decimos que estamos haciendo las cosas por el bien de nuestros seres queridos cuando en realidad las hacemos por nosotros mismos. Luchamos para aferrarnos a la otra persona por los medios más injustos, imponiendo ansiedades, engatusando, recorriendo al chantaje emocional, fomentando las inseguridades… 
Si bien plantea un conflicto moral que trasciende su contexto histórico (el exilio no es exclusivo de esta época, tampoco el deseo de rendir cuentas con el pasado), no se pueden obviar las particularidades de la sociedad alemana de posguerra, sobre todo teniendo en cuenta el valor añadido de que la autora la conoció en primera persona y escribió esta novela en caliente. Si Tú no eres como otras madres termina justo después de la Segunda Guerra Mundial, en un Berlín desolado, Regreso a Berlín se desarrolla en los años inmediatamente posteriores, en una ciudad dividida que pese a todo vuelve a florecer. Eric compara la vuelta a Berlín, a este Berlín, con ir a identificar el cadáver de una madre en la morgue. Verna B. Carleton capta el horror que produce reconocer que un lugar querido ha sido devastado, una sensación que va unida a las suspicacias, la desconfianza, porque, aunque ya no haya nazis declarados, la gente tiene memoria y se acuerda de quién delató a quién. Es un ambiente de tensión latente: no hay agresiones, no hay redadas, reina una agradable cordialidad, pero las personas todavía no se han recuperado de la contienda y la chispa puede encenderse en cualquier momento. Eric ha de hacer las paces consigo mismo; Alemania, consigo misma. 
—Imaginaos —dijo— que alguien os pide que vayáis a la morgue a identificar un cadáver. Está mutilado y destrozado, imposible de reconocer. Sin embargo, hay ciertas pistas: un anillo, fragmentos de un vestido, mechones de pelo apelmazado y machado de sangre. Gracias a todo ello puedes decir en voz alta: «Es el cuerpo de mi madre». Pero incluso mientras pronuncias esas palabras, todo tu ser protesta. ¿Cómo puede ser esa masa pastosa y nauseabunda de carne mutilada la mujer que te dio a luz, la madre a la que querías? Quieres gritar: «¡No, no lo es!». Quieres salir corriendo, rechazar lo que tus ojos ven y lo que tu cerebro te cuenta que es real. Quieres… 
Verna B. Carleton
¿Por qué Regreso a Berlín es una gran novela? Se suele decir que la literatura surge de una herida, de una angustia que necesita purgarse. El escritor se busca a través de las palabras, o busca aquello que llama su atención, que lo obsesiona. Bien: en este sentido, la lucha interna del protagonista es una de las más penetrantes, oscuras e incisivas que uno puede leer. Eric se rompe al plantar cara a sus demonios, y el lector se rompe con él. Eric, además, no está solo: lo acompañan unos personajes soberbios, que nunca se quedan en la superficie; Verna B. Carleton tiene la capacidad de destapar las múltiples capas de cada uno, se adentra de tal manera que modifica la percepción que se tiene de ellos, siempre empática, siempre inteligente. Ah, y la ciudad, el retrato de un Berlín dividido, comparable, salvando las distancias, a la Viena destrozada por la guerra de El tercer hombre. Por si fuera poco, está narrada con un estilo ameno, con ritmo; una historia dinámica, nada densa, que mantiene el interés y se va metiendo en las entrañas poco a poco, sin trucos. Por último, Regreso a Berlín tiene lo mejor que se puede encontrar en una obra: verdad. Ya, ya, esto no es un comentario muy literario. Con todo, el nudo en el estómago al terminar de leerla se produjo sobre todo por eso, por su abrumadora honestidad. Leedla, y me entenderéis.

Fragmentos en cursiva de las páginas 133, 129, 402, 188 y 109.

2 comentarios :

  1. La leeré.Por supuesto que la leeré. Imposible no hacerlo tras haber leído tu reseña...
    Besos

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    Respuestas
    1. Me alegro de haberte contagiado mi entusiasmo :). La novela me encantó, ojalá mucha gente se anime a leerla.

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