25 abril 2017

La luna y las hogueras - Cesare Pavese



Edición: Pre-Textos, 2008 (trad. Fernando Sánchez Alonso)
Páginas: 204
ISBN: 9788481914375
Precio: 17,00 €

La luna y las hogueras (1950), novela póstuma de Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 – Turín, 1950), culmina de forma magistral la trayectoria de un escritor ineludible de la primera mitad del siglo XX. Utilizo el verbo «culminar» en sus dos significados: el de poner fin y el de alcanzar la cima, pues no en vano hay quien la considera su obra maestra. Se trata, en cualquier caso, de un libro empapado del universo pavesiano, que retoma motivos que le interesaron desde sus comienzos —como la búsqueda de identidad, la tensión de clase, la concepción mítica del espacio, entre otros— y los enriquece con los matices que aporta la experiencia, tanto en la textura del estilo como en la madurez de las meditaciones (esto se aprecia sobre todo al compararla con obras tempranas de argumento similar, como De tu tierra, publicada en 1941). Las novelas de Pavese no tienen tramas especialmente complejas o desarrolladas; más bien concentran un conflicto existencial en pocas páginas. La potencia de la narración reside en su voz poética y clara, de imágenes evocadoras.

Así que durante mucho tiempo he creído que este pueblo, en el que no he nacido, era todo el mundo. Ahora que de verdad he visto el mundo y he descubierto que está hecho de muchos pequeños pueblos, no sé si andaba muy errado de niño. Uno viaja por tierra y por mar como los jóvenes de mis tiempos iban a las fiestas de los pueblos vecinos y bailaban, bebían, se pegaban, llegaban a casa con la bandera y los puños rotos, y vuelve y comprueba que se sigue vendimiando y vendiéndose la uva en Canelli, que se siguen recogiendo las trufas y llevándose a Alba. Ahí continúa Nuto, mi amigo del Salto, que provee de cuétanos y de prensas a todo el valle hasta Camo. ¿Qué quiere decir esto? Que uno necesita un pueblo aunque no sea más que por la satisfacción de poder marcharse de él. Un pueblo supone no sentirse solo, saber que en la gente, en los árboles, en la tierra hay algo de ti que, incluso cuando no estás, se queda esperándote. Sin embargo, las cosas no son tan fáciles. Desde hace un año dejo Génova siempre que puedo y vengo, pero sigue escapándoseme. Estas cosas se entienden con el tiempo y la experiencia. Pero ¿es posible que con cuarenta años y con todo el mundo que he visto no sepa todavía qué es mi pueblo?

Un hombre, del que no se revela el nombre, relata en primera persona el regreso a su pueblo, en las colinas del Piamonte, veinte años después de abandonarlo. El hecho de no indicar su nombre no es una elección baladí: este personaje, como sabremos después, es huérfano, de niño fue acogido en una casa, luego contratado en otra como empleado. En la localidad lo conocían por un apodo: el Anguila, el muchacho escurridizo. Este apodo lo definía tan bien que el joven, en cuanto pudo, se «escurrió», para recalar primero en Génova y después en América. No se ha casado ni ha tenido hijos, aunque ha conocido a mujeres. En su carrera profesional le ha ido bien, se puede decir que ha tenido éxito. Y, sin embargo, el conflicto existencial permanece en él, que vuelve al origen para tratar de encontrarse. La búsqueda de identidad es aquí un tema fundamental, que empezó a gestarse en su infancia (un niño sin raíces familiares, más conocido por un símil con un animal que por su nombre propio, un niño pobre, marginado, marcado por la condición imborrable de huérfano) y reaparece en la edad adulta, cuando se encuentra en un punto de inflexión: no ha conseguido establecer vínculos afectivos sólidos, el trabajo no lo llena y retorna al pueblo que nunca fue un hogar, sin saber con exactitud lo que busca («Vivir en muchos lugares significa vivir en ninguna parte», p. 66).

Si me ponía a pensar en estas cosas, no terminaba nunca, porque me venían a la mente muchos sucesos, muchos afanes, muchas humillaciones pasadas, todas aquellas veces que creí haberme construido un refugio, tener amigos y una casa, poder hacerme incluso un nombre y cultivar un jardín. Sí, lo había creído y hasta me había dicho: «Si gano cuatro duros, me caso con una mujer y la mando con el niño al pueblo. Quiero que crezcan allí abajo, como yo». En cambio, no tenía hijos, y menos aún mujer. ¿Qué puede decirle este valle a una familia que viene del mar, que no ha oído hablar jamás de la luna ni de las hogueras? Hay que haberlo vivido, llevarlo en la sangre como el vino y la polenta. Sólo así puedes conocerlo sin necesidad de crearlo con palabras, sólo así lo que durante años has llevado dentro de ti sin saberlo puede despertar con el ruido del trinquete de un carro, con el coletazo de un buey, con el sabor de la sopa, con una voz que se oye en la plaza por la noche.

En el pueblo piamontés (tierra natal del autor, donde sitúa muchas de sus historias, o a la que alude en sus novelas de ciudad para contraponer el campo al espacio urbano), el protagonista se reencuentra con Nuto, un viejo amigo que, a diferencia de él, no se ha movido del monte. Tuvo sueños, quería ser músico, pero, como tantos antes que él, se resignó a lo que le ofrecía su entorno. Uno se marchó, el otro se quedó; ahora, ninguno de los dos se siente satisfecho. En este regreso a su localidad, Nuto ejerce de guía para el recién llegado: como buen conocedor de los entresijos de los vecinos, lo pone al día para que descubra qué ha cambiado y qué no. Esos paseos suscitan muchas (y suculentas) reflexiones en el narrador, que dan forma a los mejores pasajes (intensos, lúcidos, hermosos). El personaje se percata de que se han transformado muchas cosas (ha habido una guerra en medio, se han modificado las costumbres); aun así, tiene la sensación de que, en lo esencial, todo sigue igual. No lo celebra ni lo lamenta, aunque su voz está teñida de nostalgia, una nostalgia que añora más el tiempo en el que las ilusiones eran posibles que el pasado en sí, nunca feliz, nunca pleno.

Había regresado, había aparecido de improviso, había reunido una fortuna […], pero los rostros, las voces y las manos que debían tocarme y reconocerme ya no estaban. Hacía mucho tiempo que ya no estaban. Lo que quedaba era como una plaza a la mañana siguiente después de la fiesta, como un viñedo tras la vendimia, como ir solo al restaurante cuando alguien te ha dado plantón. Nuto, el único que vivía aún, había cambiado; era un hombre como yo. Por decirlo todo de una vez, yo también era un hombre, era otro. Y en el caso de que hubiera encontrado la Mora tal como la había conocido el primer invierno y después en verano y luego de nuevo en el otro verano e invierno, en los sucesivos días y noches de todos aquellos años, quizá no habría sabido qué hacer. Venía de demasiado lejos —y aquella ya no era mi casa, ya no era como Cinto, el mundo me había cambiado.

La luna y las hogueras (1950) es el título que sigue a Entre mujeres solas (1949) —novela que se publicó como parte de El bello verano, Premio Strega—, y no son pocas las similitudes entre ambas: aunque Entre mujeres solas está protagonizada por una mujer que regresa a su Turín natal (y no al campo), tanto ella como el protagonista de La luna y las hogueras se enfrentan a una tensión parecida, esto es, una alienación social que los conduce a regresar al mundo de la infancia y sus símbolos. Los dos, de origen humilde y sin parientes vivos, han prosperado en una ciudad alejada de su tierra, se han mantenido solteros y carecen de descendencia. Esto les supone un conflicto identitario: no han encontrando su pertenencia fuera de su lugar de nacimiento, pero vuelven a este como unos extranjeros, percibidos como extraños por los que se quedaron, y sintiéndose ellos mismos extraños, porque la realidad observada se funde con la que recuerdan. Los dos son personajes incomprendidos, solitarios, inmersos en la melancolía. Es reseñable que ni Turín para ella ni el campo para él ofrecen una cura para sus males: por mucho que Pavese guste de contraponer el espacio rural y el espacio urbano, no idealiza a uno por encima del otro en este sentido. No está de más, por otra parte, recordar que estas obras fueron escritas poco antes de su suicidio, cuando el autor había sufrido una decepción amorosa con la actriz norteamericana Constance Dowling, a quien dedica por cierto La luna y las hogueras; es posible detectar una correlación entre la etapa vital que atraviesan los personajes y la que afectaba al propio Pavese.

Entonces yo no entendía qué podía significar eso de crecer; pensaba que crecer sólo consistía en hacer cosas difíciles, como comprar una yunta de bueyes, tasar la uva, manejar la trilladora. No sabía que crecer quiere decir marcharse, envejecer, ver morir, encontrar la Mora cambiada.

El presente «oscuro» del protagonista no es el único eje de la novela. Los recuerdos se le despiertan al regresar al pueblo: todo lo que forma parte de él, incluso lo que no recordaba de forma consciente, emerge de nuevo. El pueblo rural conforma un minúsculo microcosmos sucio, embrutecido, sórdido, como el que ya mostró en De tu tierra o en Camino de sangre. Con estas novelas guarda otro paralelismo: la representación de la violencia contra las mujeres en el contexto campestre estrecho de miras. Un recuerdo vívido del narrador atañe a un suceso acontecido en casa de una familia con recursos, donde él trabajó de jovencito. Allí vivían el señor, su segunda mujer, las dos hijas mayores, Silvia e Irene, y la menor, Santina. Con las hijas jóvenes se produjo el despertar del erotismo del protagonista, otra cuestión relevante en la obra de Pavese (véase El bello verano): observándolas, escuchándolas a escondidas, se dejó fascinar por su belleza y su frescura, pero también descubrió su amargura, la amargura de chicas guapas y ricas, un hallazgo inesperado para él, porque a su lado parecían tenerlo todo. La infelicidad, descubre el narrador, no depende tanto de lo que se tenga, ni de la clase social acomodada, como de ese malestar del que no escapa nadie. Hay un paralelismo entre las chicas del caserón de su pueblo y una mujer norteamericana a la que conoció: esta última aspiraba a ser actriz, pero al final se resignó.

De todo aquello, de la Mora, de la vida que llevábamos, ¿qué es lo que queda? Durante muchos años me ha bastado con aspirar el olor de los tilos que venía con una ráfaga de viento en la noche para sentirme otro, para sentirme realmente yo, aunque no sabría explicar por qué. Algo en lo que no dejo de pensar es en la cantidad de gente que debe de vivir en este valle y en el mundo a la que precisamente ahora le está sucediendo lo mismo que a nosotros entonces y no se da cuenta, no piensa en ello. A lo mejor hay una casa, una terraza, unas chicas, unos viejos, una niña —y un Nuto, un Canelli, una estación, uno como yo que quiere marcharse y salir adelante— y en verano trillan el trigo, vendimian, van en invierno de caza y viven igual que nosotros. Y así debe ser por fuerza. Los chicos, las mujeres, el mundo no han cambiado en absoluto. Ya nadie usa sombrillas, el domingo se va al cine en vez de a la fiesta, se lleva el trigo al pósito, las chicas fuman y, sin embargo, la vida es la misma y no saben que un día ellos mirarán a su alrededor y comprobarán que todo lo que fue suyo también ha desaparecido.
Cesare Pavese

Todos, los vivos y los muertos, los de ayer, los de hoy y los de mañana, comparten sus vidas truncadas, por la pasión, por la guerra, por la necesidad de libertad… Por la vida misma, podría decirse. He escrito la palabra «mañana»: el narrador, a su regreso, conoce a un niño con una pierna en mal estado. El protagonista enseguida se ve reflejado en él, en este niño «inadaptado», trata de ayudarlo, de inculcarle aspiraciones, una esperanza en el futuro. El desencanto del narrador contrasta con su fe en el muchacho: de algún modo, la trama del niño marca la unión del pasado con el futuro, plantea que el ciclo vital sigue adelante, que la realidad de ayer se repite en esta nueva realidad no tan cambiada, que sigue habiendo niños que algún día lograrán grandes cosas y luego quizá volverán a buscar sus raíces. «Uno no debería hacerse mayor ni conocer el mundo» (p. 76), escribe Pavese. Esta frase resume el desaliento de la madurez del protagonista, un hombre que no encuentra el ánimo más que en la relación con el niño. En lo pequeño de la localidad, en lo pequeño de la peripecia individual, cabe un desánimo, una nostalgia que trasciende estas páginas y atañe a todo aquel que haya retrocedido para tratar de encontrarse y, sin embargo, se encontró solo con sus recuerdos de lo que ya no existe.
No quiero terminar esta reseña sin una mención al traductor, Fernando Sánchez Alonso, que, además de verter la prosa limpia y sutil de Pavese, que en esta obra es especialmente rica en reflexiones, acompaña el texto de unas notas aclaratorias que sin duda enriquecen la lectura.
Citas en cursiva de las páginas 13, 59, 83-84, 84 y 155.

8 comentarios :

  1. Ay, Pavese... Con él me estrené en la literatura italiana, con un "El bello verano" en versión original que me dio mi padre. Pero por idioma y por edad (era yo una joven "imberbe") ni lo entendí bien ni me dejó un recuerdo agradable. Luego al cabo de los años lo releí y la cosa cambió, tanto que empecé a tragarme todo lo que de Pavese caía en mis manos. Bueno, más que tragar degustar, que el hombre no escribía best-sellers de acción precisamente (gracias a Dios). El libro que comentas hoy es de los pocos que no he leído (no conseguí "robárselo" a mi padre), pero me han entrado ganas, además que de mis lecturas pavesianas hace ya tanto que será como descubrirlo otra vez. ¡Gracias por tus reseñas! Para cuándo alguna de Calvino :)?

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    1. A mí me parece uno de sus mejores libros (bueno, de los cinco suyos que he leído, todavía me faltan unos cuantos). Ya me contarás qué te parece.

      Sobre Calvino, me temo que tendrá que esperar al próximo recorrido italiano... o simplemente a un mes cualquiera. Tengo muchas ganas de leerlo (además, me parece interesante tanto su narrativa como sus ensayos; ¡escribió tanto y tan bueno...!), aunque aún no tengo por aquí ningún libro suyo.

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  2. Aún no he leído nada de este autor... A ver cuándo le pongo remedio! Y desde luego tenemos que agradecer tanto a los traductores! Y pocas veces lo hacemos.
    Besotes!!!

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    1. Yo creo que el mejor agradecimiento es que estén bien remunerados por su trabajo, y eso no depende del lector. Lo único que podemos hacer nosotros es valorar el trabajo de las editoriales que cuidan cada libro al detalle, y confiar en que cuiden igual de su equipo.

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  3. Ay! Yo no he leído nada de este autor -me lo apunto, que contigo cada día es descubrir una nueva novela o autor que hay que leer-. Me llama muchísimo la atención la dicotomia entre quien retorna pensando que todo sigue igual y ha cambiado todo, al igual que él. Ese sentimiento de no pertecer a ningún lado. Me gusta y me gustaría ver como lo resuleve el autor. POr otro lado, el resto de aspectos que mencionas de las novelas me llaman también la atención, en menor medida eso si. Apuntado queda.
    Muchas gracias

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    1. Esta es una de las mejores novelas que he leído sobre el tema del regreso al hogar, junto con "Entre mujeres solas", del mismo autor. Pavese sabe evocar de maravilla esa nostalgia...

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  4. No he leído nada de Pavese pero es un buen momento. Te considero mi guía librera, ahora estoy leyendo Léxico familiar, gracias a tus reseñas literarias que son estupendas. Muchas gracias por estar ahí.

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    1. ¡Muchas gracias! Me alegra que estés leyendo "Léxico familiar", es mi libro de Natalia Ginzburg preferido. Y, con lo que dice sobre Pavese, te dejará con ganas de leerlo, sí.

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