07 abril 2017

Tres caballos - Erri De Luca



Edición: Akal, 2002 (trad. César Palma)
Páginas: 112
ISBN: 9788446014072
Precio: 9,40 €
Leído en la edición en catalán de Empúries, 2001 (trad. Pau Vidal).

Tres caballos (1999) es quizá una de las novelas menos conocidas del prolífico escritor Erri De Luca (Nápoles, 1950). Me temo que este desconocimiento no responde a su contenido ni a su calidad, sino más bien al hecho de que su éxito, al menos fuera de su país, le llegó con títulos posteriores, como Montedidio (2001), El día antes de la felicidad (2009) o Los peces no cierran los ojos (2011). No obstante, lo cierto es que, en lo referente a su argumento, Tres caballos resulta un tanto atípica con respecto a sus obras más aclamadas. En el corpus literario de Erri De Luca, un motivo recurrente es el recuerdo de su infancia en Nápoles, esa etapa coming-of-age en la que el niño se convierte en adulto, que aborda en los tres libros mencionados y en otros igualmente excelentes como Tú, mío (1998). Tres caballos, en cambio, se centra en la madurez de un hombre que ya está de vuelta de todo y solo aspira a disfrutar del momento (y no digo esto último en vano: la novela está narrada en tiempo presente y plantea la idea de que las cosas, las experiencias, tienen un final, pero no pasa nada, no se dramatiza por eso). Tal vez, se me pasa por la cabeza, este tema no resulta tan atractivo, tan comercial a ojos de los lectores como la niñez; aunque, insisto, es tan buena como las demás.
El título alude precisamente a la madurez: la vida de un hombre dura como la de tres caballos, y el protagonista —como siempre un personaje sin nombre, como siempre con trasfondo autobiográfico, como siempre en primera persona— ya ha quemado dos. Esta novela reúne esas dos historias, condensadas con la maestría de Erri De Luca para abarcar mucho con las palabras justas, ese estilo poético inconfundible, parco, sutil, elegante, reflexivo, intimista. La primera historia pertenece a su pasado: el protagonista emigró a Argentina en una época convulsa, unos años que le dejaron una herida difícil de cicatrizar. Ahora, en el presente, el hombre ha regresado a su Italia natal, donde trabaja como jardinero (otro tema habitual en el autor: la naturaleza) y traba amistad con un inmigrante africano; dos personajes que conocen el drama de huir de un país, aunque desde perspectivas diferentes. Pero la persona importante para él es una mujer, una mujer más joven que él, con quien comienza una relación amorosa en la que ambos hablan de sus respectivos equipajes, a cada cual más turbulento.
Los personajes femeninos de Erri De Luca tienen mucho en común: mujeres misteriosas, con un pasado «oscuro» que las hace ser recelosas, desconfiadas, hasta que se abren con el hombre. «Quien no tiene sombra tampoco tiene pasado.» (p. 51), afirma; quizá por eso toda su obra es un regresar continuo a esas sombras. Ocurre tanto con las adolescentes de Tú, mío o El día antes de la felicidad (que, eso sí, en ese caso son mayores que el protagonista: chicas con más recorrido que lo hacen espabilar) como con las adultas de esta misma o El crimen del soldado (2012). El narrador se siente atraído por mujeres que llevan el sufrimiento a cuestas, pero, y esto es fundamental, no se convierte en el varón dominante que las protege. No: el amor en Erri De Luca se entiende como un intento de complicidad entre personas que arrastran una mochila pesada, no existe una concepción idealizada del sentimiento, y es muy contenido en la narración de las emociones. En esta en concreto destaca su conciencia de finitud: «No dura. ¿Por qué debería? Que se acabe cuando le parezca, yo mientras tanto amo» (p. 36). Tiene algo de carpe diem, de haber alcanzado un estado de paz interior, de aceptación del curso de la vida, por el que los personajes, en lugar de esperar, de desear o ambicionar, se limitan a disfrutar de lo que venga, sin angustias ni temores.
Y, como acostumbra Erri De Luca, la narración de ese proceso está salpicada de jugosas reflexiones sobre dos de sus temas predilectos: los libros y la naturaleza. En cuanto a lo primero, la frase que abre la novela es una declaración de intenciones: «Solo leo libros viejos» (p. 9). No es la única vez que lo expresa (el niño de El día antes de la felicidad frecuenta una librería de viejo), pero sí que incide en ello más de lo habitual, y no es casual, puesto que estas cavilaciones (las múltiples vidas de un libro, el rechazo de acumular) van en consonancia con el resto de la obra: el personaje maduro, conocedor del valor de las cosas, nada caprichoso. Erri De Luca predica una filosofía ecologista, thoreauviana, sus personajes llevan una vida sencilla, cercana a la montaña, el mar, los bosques (incluso ha escrito una especie de fábula: El peso de la mariposa, 2009). Promueve el amor a la existencia sin necesidades superfluas, como un Jean Giono actual. Y su estilo también es así: sin paja, sin enredos innecesarios, pero rico en el fondo, en la esencia. En esta novela, la excusa para relacionar los árboles con la trama es el oficio del narrador: la jardinería, un trabajo manual, que le permite sentir la tierra con sus manos, además de concebir metáforas espléndidas («Aprendemos alfabetos y no sabemos leer los árboles. Los robles son novelas, los pinos son gramáticas, las vides son salmos, las hiedras proverbios, los abetos son arengas en defensa, los cipreses acusaciones, el romero es una canción, el laurel una profecía», p. 31).
Erri De Luca
Con Tres caballos ya son ocho los libros de Erri De Luca que he leído. Su concisión ayuda (prefiero hablar de concisión que de brevedad: por mucho que en su caso se cumplan ambas cualidades, la concisión remite a la exactitud, la precisión para expresar una o varias ideas en poco espacio, y eso es lo que hace), pero lo que de verdad me fascina es el universo literario que construye en cada novela. Lo que cuenta y, sobre todo, el modo en el que lo cuenta, su voz lírica evocadora, su tempo. Con esto último no me refiero al ritmo de la acción, aquello de que «pasen cosas», sino al ritmo de su escritura, algo de lo que se habla poco. El estilo de Erri De Luca tiene una cadencia de frases cortas y bien engarzadas, probablemente por influencia de su faceta como poeta, que crea una atmósfera tranquila, acogedora, para leer despacio, sumergido en su particular hechizo. Más que un contador de historias de raza (como podría ser, por citar a otro italiano contemporáneo, Elena Ferrante), es un poeta en prosa. Es muy personal, exquisito, y a veces lo exquisito no es para todos. A mí, desde luego, me tiene más que complacida.

4 comentarios :

  1. Todavía no me he estrenado con este autor. Y mira que varias veces he tenido en la biblioteca algún libro suyo entre mis manos. Voy a tener que dejar de resistirme.
    Besotes!!!

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    1. ¡Anímate! Con lo breves que son sus libros tardas más tiempo en decidirte que en leerlos :).

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  2. Y yo que tampoco he leído nada suyo... Pues este me parece una buena forma de empezar.

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    1. Todo lo de Erri De Luca es bueno. Con cualquier libro acertarás ;).

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