30 mayo 2017

Reflejos en un ojo dorado - Carson McCullers



Edición: Seix Barral, 2017 (trad. María Campuzano)
Páginas: 144
ISBN: 9788432229930
Precio: 16,00 €

Esta entrada forma parte del proyecto #AdoptaUnaAutora, que tiene como objetivo dar a conocer la vida y obra de escritoras de cualquier época, nacionalidad y género. Este blog participa con la «adopción» de Carson McCullers: ya se han reseñado La balada del café triste y Frankie y la boda. En los próximos meses, más.
***
Quizá la mejor definición de Carson McCullers (Georgia, 1917 – Nueva York, 1967) la proporciona ella misma en esta novela, en tan solo dos palabras: delicada y grotesca. Estos adjetivos se refieren a una imagen que contemplan los personajes (el resplandor del fuego, a la vez fascinante y aterrador), pero bien podrían aplicarse a cualquiera de los libros de la autora sureña, incluido Reflejos en un ojo dorado (1941), una obra que, por tratarse de su segunda publicación, siempre estuvo, para la crítica y los lectores, un poco a la sombra de su exitoso debut, El corazón es un cazador solitario (1940), y de títulos posteriores como Frankie y la boda (1946) o La balada del café triste (1951). Con todo, los grandes escritores no tienen malas novelas: cada una es otro despliegue de su universo narrativo, de su huella singular; una oportunidad para seguir profundizando en su concepción del hecho literario, para descubrir nuevos matices, nuevos destellos. Y en McCullers, desde luego, no faltan ni matices ni destellos (de brillantez).
Delicada y grotesca. En otro contexto, estos dos adjetivos resultarían incompatibles, incluso antónimos. No obstante, como bien señala Cristina Morales en el prólogo a esta edición, McCullers demuestra que con un estilo primoroso, calmado, también se puede ser incisivo. Tal vez sea esta la forma más eficaz de punzar: poniendo el dedo en la llaga como quien no quiere la cosa, examinando situaciones de aparente normalidad en las que sin embargo hay tensiones latentes. Como comenté en mi reseña de La balada del café triste, McCullers tiene rasgos de contadora de historias de la vieja escuela, hereda recursos de la narración oral (como el adelantamiento de la acción, que lleva a cabo al principio de Reflejos en un ojo dorado) y escribe relatos próximos a la vida misma, a lo cotidiano, huyendo de la épica y las tramas intrincadas. Una de sus mayores virtudes es la sutileza: retrata a un personaje enamorado o a uno reprimido por su homosexualidad sin utilizar nunca las palabras «enamorado» u «homosexual». Para ello, se pone en la piel de un espectador privilegiado, que narra la historia en tercera persona, haciendo hincapié en los gestos visibles que permiten intuir esa emoción contenida. Su gran capacidad de observación marca la diferencia: es capaz de detectar una alteración donde otros no verían nada, como en Frankie y la boda, una novela de aprendizaje sobre una niña a la que por fuera no le ocurre gran cosa pero por dentro es un hervidero.
Reflejos en un ojo dorado condensa estas cualidades y es una predecesora clara de La balada, su obra maestra, tanto en la forma (ambas adelantan que ocurrirá un suceso trágico, en este caso, un crimen) como en el contenido (los vínculos afectivos entre un grupo de personajes). Con todo, en esta ocasión la acción no se desarrolla en un pueblo, sino en una base militar estadounidense, una institución asociada a unos valores y una idea de masculinidad que se atreve a cuestionar. La primera frase ironiza: «Un puesto militar en tiempo de paz es un lugar monótono». Eso se podría suponer, hasta que McCullers presta atención al movimiento de puertas adentro, al cuarto de las emociones silenciadas. ¿Y de qué va el libro, exactamente? Dos matrimonios: en apariencia, todo en orden; por detrás, infidelidades, una esposa deprimida, un capitán obsesionado con un soldado y un criado entrometido. Personajes que se enamoran de la persona equivocada, como en La balada. La paradoja es que ninguno es ajeno a lo que ocurre; aceptan la doble cara de su situación, asumen como normal esta existencia hipócrita.
Esto tiene consecuencias, claro. El asesinato anticipado no es más que la catarsis del malestar enquistado, aunque ese no es el único acontecimiento espeluznante que se narra. En este sentido, dos personajes sobresalen. Por un lado, el capitán Penderton, un hombre con una buena posición social, casado con una mujer que le es abiertamente infiel con un colega. Triunfador en su profesión, amargado en el hogar. El problema no es solo el descaro de su esposa: el capitán tiene dudas acerca de su identidad sexual. A lo largo de la novela, se fija en un soldado, que le hace replantearse todo lo que tiene: «En lugar de soñar con honores y altos cargos, experimentaba ahora un placer refinado al imaginarse a sí mismo como un soldado raso. […] aparecían en su imaginación los cuarteles: el clamor de las voces jóvenes y viriles, los deliciosos ocios al sol, las bromas y la camaradería» (pp. 111-112). Por supuesto, se ve obligado a controlarse… y estas circunstancias conducen a una reflexión acerca de cómo los instintos reprimidos y las humillaciones desembocan en odio, que puede ser una pasión tan intensa como el amor («Hay momentos en que el mayor anhelo de un hombre es tener a alguien a quien amar, algún punto central en que poder concentrar las emociones difusas. Y también hay momentos en que es preciso descargar en odio los disgustos, los desengaños y temores, bullentes e inquietos como espermatozoides. El desgraciado capitán no tenía a quién odiar, y en los últimos meses se había sentido muy triste.», p. 55).
El segundo personaje sobre el que quiero llamar la atención es la otra engañada, Alison, la esposa del oficial que tiene una aventura con la mujer del capitán. A diferencia de esta última, explosiva y desenvuelta, Alison es una chica discreta, fina, que se ha ido apagando («Había llegado a un punto en que tenía tanto miedo de sí misma como de los demás. Y todo aquel tiempo, a la vez que se sentía incapaz de tomar una decisión, sentía como si un gran desastre se cerniera sobre ella.», p. 42). Este personaje permite contrastar la diferente percepción de la infidelidad en función de si el engañado es un hombre o una mujer: mientras que el capitán reacciona con rabia, más por la vergüenza del qué dirán que por la traición en sí, Alison se vuelve desvalida. Se siente afligida, no tanto por el engaño como porque, si se separa del marido, quedará en una posición vulnerable, no sabe qué será de ella. McCullers narra de forma magistral cómo la perturbación se va apoderando de ella: a diferencia del capitán, Alison no dirige la violencia hacia los demás, sino hacia sí misma. Pero Alison tiene un fiel aliado: el pizpireto criado filipino, un personaje que, por su condición de «otro» (otra etnia, otra categoría social), recuerda a la criada negra de Frankie y la boda, que también sirve de apoyo para la chica blanca, y al enano jorobado de La balada. McCullers siempre está atenta a los márgenes de la sociedad, y no en vano: los protagonistas, a priori hegemónicos, socialmente aceptados (blancos bien posicionados), también devienen marginados en algún punto de su vida, al menos por dentro. La comprensión por parte del criado muestra un acercamiento peculiar entre seres menospreciados.
Carson McCullers
Para terminar, comparto el análisis de Tennessee Williams en un epílogo de 1971: en Reflejos en un ojo dorado, McCullers, además de abordar temas tabú que ponen en entredicho los principios de la sociedad de la época, da un paso adelante fundamental en su técnica narrativa. Es una novela más sobria que su debut, lo que se consideraba un defecto por la pérdida de esplendor, pero demuestra una mayor precisión estilística, una habilidad básica para controlar los excesos del lirismo juvenil. Concuerdo asimismo con su ranking de los títulos de la autora, encabezado por La balada del café triste, una obra maestra incontestable, y, en segundo lugar, la sobresaliente Frankie y la boda. En cualquier caso, más allá de las comparaciones, no cabe duda de que Reflejos en un ojo dorado es un libro notable, en el que se aprecia (una vez más) la enorme perspicacia psicológica de McCullers, esa escritora delicada y grotesca que nos enseña las costuras del pretendido orden social con la fuerza de una buena historia.
Fotogramas de la película homónima de 1967, basada en la novela y dirigida por John Huston.

11 comentarios :

  1. Quería comentarte que me leí La balada del café triste por tu recomendación ¡y me pareció estupendo! Me gustó mucho la forma de narrar de la autora y ese estilo gótico sureño. Espectacular.

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    1. Me alegra que te hayas animado a descubrir a McCullers, es una autora espléndida y "La balada del café triste" me parece su mejor libro. Ahora, a por "Frankie y la boda", que también es muy bueno ;).

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  2. Que buena reseña! Yo he leío esta novela con una mezcla de interés y rechazo. Me parecía estar viendo una película opresiva de los años 40, en blanco y negro, con un actor muy hermético en el papel del soldado. Con momentos de mucha belleza y otros de mucha oscuridad. Seguiré leyendo a esta autora, porque me parece que tiene algo muy especial

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    1. Yo creo que no es la mejor novela para comenzar con McCullers. Es buena, pero "La balada del café triste" y "Frankie y la boda" son tan brillantes que esta parece su hermana pequeña.

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  3. Lo leí hace un par de meses y me encantó. Sin duda quiero seguir leyendo a la autora.
    Un beso ;)

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    1. Me alegra que te haya gustado. No te pierdas "La balada del café triste", es una maravilla.

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  4. No he leído nada de esta autora, y creo que me estoy perdiendo algo bueno.
    Un abrazo

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    1. Sí, te estás perdiendo algo muy bueno. Yo te recomiendo empezar por "La balada del café triste", que es una novela breve magnífica.

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  5. Lo leí hace un par de años y me gustó. Lo has definido a la perfección, delicado y grotesco. Y señalas que no es la mejor novela de la autora... Tengo que leer sus otras novelas!
    Besotes!!!

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    1. Sí, sigue leyendo a McCullers. Todos sus libros son muy recomendables.

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  6. Ya he leido La balada del cafe triste y me voy animar con esta tambien.

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