13 junio 2017

De mar a mar - Rosa Chacel y Ana María Moix



Edición: Comba, 2015 (edición, prólogo y notas de Ana Rodríguez Fischer)
Páginas: 333
ISBN: 9788494252259
Precio: 16,95 €

De mar a mar, publicado por primera vez en 1998, reúne la correspondencia entre dos figuras de las letras españolas del siglo XX, pertenecientes a generaciones y corrientes diferentes. Por un lado, Rosa Chacel (Valladolid, 1898 – Madrid, 1994), escritora de la generación del 27, exiliada en Sudamérica a raíz de la guerra civil, no regresó hasta los años setenta y solo logró ser reconocida en España en su vejez. Entre su producción, que comprende novela, ensayo, diarios, relatos y poesía, destacan obras como La sinrazón (1960) o Barrio de Maravillas (1976), además de traducciones del francés de autores como Albert Camus y Jean Racine. En segundo lugar, Ana María Moix (Barcelona, 1947-2014) sobresalió desde muy joven tanto en poesía como en narrativa, estuvo ligada al movimiento estudiantil durante el franquismo y dedicó gran parte de su carrera a la edición literaria en diversos sellos. Algunos de sus títulos son A imagen y semejanza (1983), su poesía completa, Julia (1970), su primera novela, y Vals negro (1994), una biografía novelada de la emperatriz Elizabeth (Sissi) de Austria. También tradujo a autores como Marguerite Duras, Françoise Sagan y Samuel Beckett.

Invento mi historia, sobre la que creé hace tiempo y sobre la que es; al mismo tiempo lloro sobre ella, esto le pone un tono de segunda historia —tal vez sea la primera—. Pienso que la Historia oculta infinidades de historias tras su hache mayúscula, y en esto está la razón de que se escriba con hache grande y no pequeña. (Moix, p. 92)

Este libro compila sesenta y siete cartas escritas entre 1965 y 1967, salvo alguna posterior, más esporádica. Por aquel entonces, ambas se hallaban en puntos muy distintos de su carrera. Moix era una estudiante de dieciocho años, procedente de la burguesía catalana, que acababa de empezar la universidad y aún no había debutado en el mundo literario, aunque ya escribía y contaba con un bagaje cultural extraordinario para su edad. Fue ella la que, tras descubrir, casi por casualidad, la novela Teresa de Chacel, decidió enviarle una carta, rebosante de admiración por aquella autora de la que apenas se sabía nada en España. Chacel, por su parte, pasaba de los sesenta y se encontraba en el exilio, en Río de Janeiro, junto a su marido. Una mujer muy culta, a pesar de no haber tenido una educación como la de Moix, cosmopolita y con carácter, que mantenía una relación difícil con España: aunque había publicado obras de entidad, aún era poco apreciada en su país (en las cartas se refiere, de hecho, a las dificultades para publicar sus memorias, Desde el amanecer). Las dos encarnan, respectivamente, a la discípula sedienta de conocimiento y la maestra con mucho que decir.

Usted —ustedes— es —o son— una tierra recién arada, abonada y sembrada, y yo estoy asomada al seto, esperando a ver lo que nace. Ver lo que nace es el mayor placer de mi vida; ver si nace algo y cómo nace es la única visión —no quiero decir espectáculo— que despierta mi expectación. De modo que, cuando se acuerde usted de mí, imagíneme siempre al acecho. (Chacel, pp. 61-62)

Estas cartas abarcan muchos (y ricos) relatos. El más evidente, la historia de una amistad: del comienzo tímido (como apunta Ana Rodríguez Fischer, Moix usa mucho los paréntesis aclaratorios en sus primeras cartas), de modales un tanto encorsetados, al aumento progresivo de la confianza, no en vano la compilación termina cuando están a punto de conocerse en persona. Es, también, un diálogo intergeneracional entre dos de las mentes más lúcidas y cultivadas que ha dado la literatura española. Chacel tiene la experiencia de su parte, pero las aportaciones de Moix no desmerecen, entre otras cosas porque inducen a su interlocutora a seguir cavilando, a seguir reflexionando incluso cuando se siente desmotivada por su situación; la correspondencia con la juventud barcelonesa (entre la que se encontraba asimismo Pere Gimferrer) le dio un soplo de vida a la escritora exiliada, que veía en ellos una nueva esperanza, para España y para la literatura, pero también para sí misma, para que se entendiera por fin su obra. Y no solo departen sobre literatura: sus intercambios ahondan en su perspectiva de la familia y la sociedad, además de aficiones compartidas como el arte o el cine.

Yo no estudié jamás, yo leí poquísimo e intermitentemente; largas temporadas ni una línea. Yo no he hecho con empeño más que vivir, y no muy sensatamente, aunque sí muy conscientemente. (Chacel, p. 143)
Rosa Chacel

En lo que respecta a Chacel, sus cartas son, como señala Ana Rodríguez Fischer, un trabajo intelectual de altura, lecciones magistrales de literatura, oficio y vida (porque pone la vida en lo que escribe, concibe de forma particular lo que llama «sentimiento de vida») divididas en pequeñas dosis. Se nota que no respondía a Moix por mera cortesía, sino que se tomaba la redacción de cartas como una parte más de su profesión, no decía nada en vano, se pensaba mucho y muy bien qué contar y qué preguntar. Escribía cartas largas, precisas, meditadas, como se nota en el uso de la cursiva o las rayas. Detrás de sus palabras se percibe a una mujer muy vital, firme, disciplinada y crítica consigo misma (como demuestra al quitar importancia a sus primeras publicaciones, o con su obsesión por añadirles un prólogo que las contextualice en su trayectoria), con un punto de marisabidilla. En su forma de estar en el mundo resulta ineludible el hecho de haberse formado de manera autodidacta, ya que dejó el colegio a los nueve años (a propósito, sus opiniones sobre la infancia y el hecho de ser niño son realmente interesantes: rechaza el atolondramiento al que conduce la nueva educación, en contraste con la crudeza de su tiempo. Además, considera que todo lo que se puede saber de una persona está en su infancia, en la que ahonda una y otra vez en su obra). Pese a acercarse a los setenta, su sed de conocimiento se mantiene insaciable, así como sus proyectos literarios y ensayísticos, en los que avanza despacio, aunque, como ella dice, nunca deja de trabajar en ellos con la mente. Su momento de debilidad le llega con los retrasos para publicar Desde el amanecer, que la deprimen. Las dos caras de la moneda: la ilusión por los retos y la decepción cuando no se reciben como deberían (y no por falta de calidad, evidentemente). En suma: una personalidad única, segura de sí misma, pero sin pedantería ni autocomplacencia.

No quiero dejar de recordarte que en tu penúltima carta me prometes contarme más cosas de tu mundo familiar. Me interesan en extremo porque sé que de eso es de lo que estamos hechos; de esos hilos estamos tejidos. Pero ellos son los hilos, y el tejido somos nosotros. Quiero decir que el yo, el uno mismo, es la combinación que hacemos con lo que nos fue dado. Y estoy segura de que aunque hayas tenido que manejar muchos bolillos de frustraciones, tu encaje personal [puede] ser de una trama neta y resistente. (Chacel, p. 282)
Ana María Moix

En cuanto a Moix, sus cartas son el testimonio de una generación universitaria en la convulsa Barcelona franquista, con el valor añadido de narrar esa agitación cuando las tensiones se estaban produciendo y todavía no podían analizarse desde la distancia. Moix lleva la losa de pertenecer a la burguesía catalana de posguerra, lo que le garantiza unos privilegios pero también un estigma incómodo para sus aspiraciones bohemias. Aunque en la correspondencia se han eliminado fragmentos relativos a su familia, se intuye cierta incomprensión por parte de sus allegados, cierto malestar, que deriva en decaimiento y problemas de salud.  Su tendencia a romperse contrasta con la garra de Chacel, y de hecho esta le hace notar que se está escribiendo con una persona totalmente diferente a ella, una persona que quizá no le gustaría. En lo relativo a la creación literaria, Moix manifiesta la inevitable inseguridad de la principiante, si bien afronta los proyectos con mucha madurez, consciente de su estilo y de lo que quiere escribir. Es una chica inteligente y muy leída (debo decir, y no sin vergüenza, que infinitamente mejor preparada que los jóvenes de dieciocho años de generaciones posteriores…), pero sin engreimiento. Ella representa esa fascinación juvenil al descubrir a un escritor con el que uno conecta, ese entusiasmo, esa revelación, pues eso le ocurre con Chacel: encuentra un «camino», una escuela, en su obra (antes le había pasado con Ana María Matute, a quien dedica numerosos elogios… que chocan con la opinión de Chacel). Aunque se pueda pensar que sus cartas tienen menos interés porque aún no había publicado (aún no era escritora «oficial»), me parecen relevantes precisamente por reflejar aquello que pocas veces se tiene documentado: los principios, con todas sus dudas y ambiciones. Muchos escritores los recuerdan a posteriori, pero no es lo mismo que contarlos con la inmediatez del ahora. Por último, sus comentarios sobre la situación del mercado editorial llaman la atención por lo poco que han cambiado algunas cosas desde entonces, como su crítica del éxito de las novelas comerciales cortadas por el mismo patrón, en detrimento de los autores que arriesgan, como la propia Chacel.

A mí toda esa gente que «hace cosas» me pone triste, me da por verles a todos dentro de unos años, y triunfadores o fracasados, me parece que estarán mucho peor. Y yo misma también, porque ahora no soy nada, y estoy a tiempo de serlo todo, y dentro de unos años ya seré algo, bueno o malo, lo que quería o no, y algo es sólo una parte de todo; y es poco. (Moix, p. 224)

Es imposible no cerrar este libro absolutamente cautivado por ambas autoras. Las cartas, y el material autobiográfico en general, es donde se puede conocer mejor a la persona que hay detrás de un escritor, no solo por lo que cuenta de su vida, sino, y sobre todo, porque el lector sigue sus pensamientos, dudas e inquietudes a lo largo de un periodo de tiempo: puede examinar su evolución, sus miedos, sus obsesiones, los detalles que le han preocupado en algún momento. Incluso las omisiones dan información acerca de lo que quisieron guardarse para sí mismas. En fin, leerlas es un poco como estar con ellas, como pasar una temporada juntas, y menuda temporada: enriquecimiento puro. Es una lectura que recomiendo encarecidamente a cualquier persona que quiera escribir, o a cualquier persona interesada y/o vinculada de algún modo al mundo literario (con lápiz en la mano: las citas que he intercalado en este comentario solo son una pequeña parte de todo lo que he apuntado). Ahora quiero leer la obra de ambas: con Chacel lo podré hacer, ya que editoriales como Comba y Lumen han reeditado sus títulos más importantes (Memorias de Leticia Valle, La sinrazón, Barrio de Maravillas, Desde el amanecer). De Moix, sin embargo, solo se puede adquirir la crónica 24 horas con la gauche divine, reeditada a su muerte, y la recopilación de artículos Semblanzas e impertinencias; todo lo demás, descatalogado. Los años pasan, los jóvenes dejan de serlo, llegan otros que los sustituyen, pero el pesimismo, pese a todo, permanece.

3 comentarios :

  1. No he leído nada de las autoras, aunque llevan tiempo ambas en mi lista de pendientes. Y de Moix hasta tengo algo esperando en mi estantería desde hace tiempo. Pero pinta bastante bien este libro. No me importaría estrenarme con él.
    Besotes!!!

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    Respuestas
    1. Son dos grandes olvidadas. Ojalá los rescates de Chacel ayuden a que se la lea de nuevo. Y ojalá también recuperen la obra de Moix.

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  2. Vaya libro más interesante que nos traes. Yo tampoco he leído nada de ninguna de las dos. Me lo apunto. Gracias!

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