27 agosto 2017

Buena alumna - Paula Porroni



Edición: Minúscula, 2016
Páginas: 120
ISBN: 9788494534836
Precio: 16,00 €

«Sé muy bien que ya no hay lugar para el miedo. Tampoco para la debilidad. Porque estoy frente a mi última oportunidad para crecer y desarrollarme. Antes de que sea irremediablemente tarde» (p. 10). Nos habla una chica argentina a la que no se pone nombre, quizá porque podría ser cualquiera, quizá porque su identidad se diluye en estos tiempos de incertidumbre. Una mujer aún joven, pero ya no tanto; terminó los estudios universitarios hace años y se encuentra en la etapa de intentar encauzar su vida, o lo que se entienda por esto. Escribe en presente, con el latido de la inmediatez, en plena consonancia con la actualidad del tema tratado. Escribe, además, con un estilo sobrio y despojado, preciso, de frases cortas y directas, clap, clap, clap, una depuración que empieza a ser habitual en la narrativa en español contemporánea, acorde con la realidad social, como si solo se pudiera hablar de la precariedad con un lenguaje parco y áspero. Sí: Buena alumna (2016), el debut de Paula Porroni (Buenos Aires, 1977), es una exploración desasosegante de la crisis actual.
Como La trabajadora (2014), de Elvira Navarro (Huelva, 1978), Buena alumna captura como pocas novelas lo que puede denominarse el «espíritu» de nuestra era, o, al menos, de esta generación, una generación más que preparada en el sentido académico que sin embargo sufre una profunda inestabilidad, tanto económica como afectiva. Lo plantea asimismo a partir de la peripecia individual: la narradora, una estudiante sobresaliente, completó sus estudios en Inglaterra y luego volvió a Argentina, donde ha pasado unos años que considera perdidos («De noche, a veces recuerdo los años que llevo perdidos. Todos esos años resecándome.», p. 37). Ahora regresa a las tierras británicas, donde se prometió quedarse, con el apoyo económico de su madre; esta es su «última oportunidad» antes de centrarse del todo, antes de que la madre, que no es rica, cierre el grifo. Busca empleo, aunque solo encuentra trabajos temporales para los que está sobrecualificada. Le ofrecen una beca para un posgrado; una propuesta que contribuye a eternizar aún más su periodo de formación y que no le garantiza nada en el futuro, pero no está en condiciones de elegir. Así va pasando el tiempo.
La obra indaga en ese estado de temporalidad característico de los estudiantes titulados, que a raíz de la crisis se ha prolongado. Años de tanteos, en los que todo parece temporal, todo sabe a poco y la protagonista teme marchitarse (esto es, perder el ritmo, la excelencia, oxidarse) antes de encontrar la estabilidad que alimentó sus fantasías infantiles, las fantasías de un orden que se ha resquebrajado. Un estado de duda eterna, con miedo a mirar el futuro; una edad en la que todavía se es libre de ataduras y no obstante no se tiene nada, nada a lo que aferrarse. Su ensayo versa sobre las naturalezas muertas, una metáfora perfecta de su situación: «Still-life. Una palabra extraña en inglés. Vida detenida, sin movimiento. Tan cerca de stillborn, el niño muerto al nacer.» (p. 31). La autora retrata la falta de anclaje, tanto material (dependencia materna) como emocional (sin pareja, con relaciones ocasionales y erráticas), acrecentada por su condición de inmigrante. La soledad de la inmigrante es otra de las claves: en ningún momento dice de forma explícita «Me siento sola», pero se trasluce de su vida, una vida repartida entre la búsqueda de empleo, el estudio diligente, el running y los encuentros esporádicos con amigos tan perdidos como ella. También está la cuestión del hábitat: a medida que el dinero se acaba, sobrevive con subalquileres, a menudo en viviendas deterioradas. Lo transitorio, por lo tanto, se materializa en todos los aspectos de su día a día.
Hay un tema que no debe pasarse por alto, y es su situación personal: su familia, humilde, la componen ella y su madre, dos mujeres que solo se tienen la una a la otra. El padre, que la instó a estudiar, murió cuando era niña; la figura paterna es recordada con cariño, aunque también con el temor de desilusionar a quien apostó por ella («Si papá viviera, tal vez un nuevo infarto lo mataría producto de la desilusión. Como consecuencia del fracaso completo, profundo, indignante, de la hija.», p. 116). La madre, religiosa y sin apenas estudios, tan diferente a la hija en apariencia, se muestra paciente con los sueños de esta, aunque a la vez se erige en un faro que le recuerda, no sin incomodidad, que no puede aferrarse para siempre a lo pasajero. Madre e hija están unidas, terriblemente unidas, una relación en la que la joven necesita huir pero no puede, no del todo, porque sigue dependiendo de su progenitora. Se pone de manifiesto la dificultad para ascender en la escala social cuando se procede de una familia con pocos recursos, por mucho que la chica tenga un expediente académico brillante. Al final, el origen acaba pesando más que las capacidades individuales.
El título, Buena alumna, no está exento de ironía. La narradora cumple los requisitos que se esperan de una gran estudiante (dedicación, tenacidad, perfeccionismo), pero la exigencia para consigo misma se vuelve enfermiza. Literalmente: en ese intento de tenerlo todo bajo control propio de las mentes disciplinadas, se machaca el cuerpo con el ejercicio físico y llega al extremo de autolesionarse; el cuerpo canaliza el malestar, las presiones («Pienso en la casera, su cuerpo rancio, y juro que no importa el trabajo que termine haciendo, nunca voy a dejar de correr. Nunca jamás voy a dejar de ejercitarme.», p. 18). A propósito de la corporeidad, hace referencia al sedentarismo, el cuerpo poco cultivado de quienes pasan muchas horas sentados (a diferencia de las generaciones anteriores, que desempeñaban trabajos más físicos), que en cambio lucen como distintivo el callo en el dedo que sostiene el bolígrafo. Esta atención al modo en el que el cuerpo asimila un problema social se relaciona, salvando las distancias, con novelas recientes como Clavícula (2017), de Marta Sanz (Madrid, 1967), o, en un género más alegórico, La vegetariana (2007), de Han Kang (Seúl, 1970).
Paula Porroni
Lo enfermizo, por supuesto, tiene una dimensión psicológica: a pesar de su alta cualificación, la joven padece miedos e inseguridad, los nervios la traicionan («Es bien sabido que importa poco la preparación o si el postulante llenó correctamente la solicitud. Lo crucial es el halo, el perfume que la rodea. Y el miedo y la debilidad apestan como sangre vieja.», p. 23). Vive inmersa en una paradoja insana: se siente por encima de lo que se le ofrece, pero nunca da la talla (nunca cree dar la talla) para lo que de verdad desea. Siempre falla algo, al menos en su mente exigente de buena alumna. Esto deriva en la observación atenta de los demás, un análisis constante, con comparaciones, celos. El temor de que le pasen por delante. El temor de acabar consumida y sin éxito, como las mujeres de su alrededor. En estas comparaciones se incluye su amiga Anna, con la que mantiene una relación ambigua, de afectos desiguales, tan quebradiza como todo, planteada con mucha sutileza. «Basura. Basura. Perdedora. Voy a quedarme atrás, siempre atrás. Incapaz de siquiera pasar la entrevista de una expolitécnica.» (p. 65), se dice la narradora. Ella es la más dura consigo misma, ella sola se fustiga. Como resultado, esta es una novela angustiosa, asfixiante, sobre la crisis, pero, sobre todo, una novela sobre una persona en crisis.

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