07 agosto 2017

Iluminación y fulgor nocturno - Carson McCullers



Edición: Seix Barral, 2017 (trad. Ana María Moix y Ana Becciu)
Páginas: 288
ISBN: 9788432232572
Precio: 18,00 € (e-book: 9,99 €)

Esta entrada forma parte del proyecto #AdoptaUnaAutora, que tiene como objetivo dar a conocer la vida y obra de escritoras de cualquier época, nacionalidad y género. Este blog participa con la «adopción» de Carson McCullers: hasta el momento ya se han reseñado La balada del café triste, Frankie y la boda y Reflejos en un ojo dorado. Pronto, más.
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En sus últimos meses de vida, cuando los problemas de salud la obligaron a yacer en la cama, a la espera de la amputación de una pierna, Carson McCullers (Columbus, Georgia, 1917 – Nueva York, 1967) dictó sus memorias, que al final quedaron inacabadas y no vieron la luz hasta 1999, en una edición a cargo del profesor Carlos L. Dews, experto en su obra, que incluye, siguiendo las indicaciones de la autora, la correspondencia con su marido, Reeves McCullers, durante el tiempo que estuvieron separados por la Segunda Guerra Mundial. Para conmemorar el centenario de su nacimiento y los cincuenta años de su muerte, Seix Barral reedita este libro con un prólogo de Elena Poniatowska (que dice así: «McCullers registra y anota en su libreta cosas en las que nadie se fija, cosas de gente pobre, cosas de gente común y corriente. Es la escritora de las cosas.») y una cubierta ilustrada por Sara Morante, que, con sus dibujos, reinterpreta a su vez el contenido con creatividad e inteligencia.
Iluminación y fulgor nocturno es, por lo tanto, la mejor forma de conocer al genio que hay detrás de títulos tan emblemáticos del gótico sureño como La balada del café triste o Frankie y la boda. Como bien señala su editor, se trata de una autobiografía un tanto fragmentaria y dispersa, seguramente porque no pudo pulirla como hubiera querido; y McCullers, además, dice alguna que otra mentirijilla y omite temas y personas que no obstante fueron importantes para ella. Esto no resta valor a su testimonio; cuando uno habla de sí mismo no tiene por qué contar toda la verdad, y en la selección de la información, así como en las palabras elegidas para comunicarla, también está dándonos pistas acerca de su persona. Nada más comenzar, McCullers enuncia los que considera los pilares de su existencia: «El trabajo y el amor han llenado casi por completo mi vida, a Dios gracias» (p. 43). El otro pilar por excelencia, la salud, le falló desde la infancia, aunque en estas memorias no se autocompadece y va al grano con aquello que desea recordar: su infancia, su matrimonio y su carrera literaria.
Carson McCullers y las raíces
Carson McCullers
Ese sur tan oscuro de sus novelas tiene sus raíces en la localidad natal de la autora, a la que siguió apegada incluso después de instalarse en Nueva York en su juventud. De su niñez, recuerda la figura fundamental de su abuela y el halo de estar predestinada a la gloria que le inculcó su madre. En principio, iba para pianista, pero, dado que su padre, relojero de profesión, no podía costearle los estudios, ella misma tomó la decisión de dedicarse a la escritura —narra el abandono de su carrera como concertista en el relato «Wunderkind», escrito a los diecisiete años—. Su mala salud la mantuvo recluida en casa, si bien no lo lamenta demasiado («yo no creo en la escuela, en cambio creo firmemente en una educación musical concienzuda. […] Por ser tan solitaria, seguro que me perdí ciertas ventajas de orden social; pero eso no me preocupaba», p. 53); además, en esas largas temporadas ya escribía obras de teatro, como la protagonista de Frankie y la boda. Su precocidad, pues, no es de extrañar.
No solo la enfermedad hizo de ella la «escritora de los inadaptados», como a menudo se la llama: también su empatía para con el prójimo contribuyó a ello. En concreto, en libros como Reloj sin manecillas expresa su rechazo absoluto de la segregación racial. Desde niña prestó atención a las desigualdades que sufrían los negros: «durante la Depresión, viendo a los negros revolver los cubos de basura de casa y acercarse a pedir limosna, me había dado cuenta de que algo terrible y equivocado pasaba en el mundo» (p. 57). No olvidemos que estamos en el sur de Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX, una tierra que todavía arrastraba las consecuencias de la guerra de Secesión, un conflicto que llevó a la abolición de la esclavitud, pero que no borró la mentalidad racista de la sociedad sureña. En este sentido, McCullers fue una pionera al abordar este asunto en su literatura, al igual que con la introducción de personajes homosexuales.
Carson McCullers y la literatura
Marilyn Monroe, Isak Dinesen y Carson McCullers
Su fama temprana fue algo insólito: publicó su primera novela, El corazón es un cazador solitario, a los veintitrés años, con una gran acogida por parte de la crítica y los lectores. Fue insólito porque no era habitual que esto le ocurriera a una escritora joven con su debut, y todavía menos a una mujer de un rancio pueblo sureño (hay que decir, de todas formas, que por entonces se había trasladado a Nueva York con su marido y frecuentaba los círculos intelectuales; no estaba aislada). En esta autobiografía, tiene mucho interés en analizar cómo se sobrelleva el hecho de convertirse en una figura popular a tan temprana edad. También tuvo mucho éxito con sus siguientes publicaciones, y en particular con la adaptación al teatro de Frankie y la boda. Otros proyectos no funcionaron tan bien, pero, en líneas generales, McCullers destacó en el ambiente artístico norteamericano de la época, trabó amistad con otros creadores (como Elizabeth Bowen y Lillian Hellman), no ocultó su antipatía por otros (las pullas recíprocas entre ella y Flannery O’Connor son antológicas) y, en definitiva, se codeó con muchas personalidades de la época (relata, por ejemplo el famoso encuentro con Isak Dinesen, a la que admiraba con fervor, y Marilyn Monroe). Esto le proporcionó una libertad y una independencia que pocas autoras de su generación disfrutaron.
Son asimismo interesantes los comentarios sobre sus lecturas, esos libros y autores que forjaron su estilo: de su juvenil devoción por Katherine Mansfield a coetáneos como Thomas Wolfe y E. M. Forster, pasando, cómo no, por los grandes escritores rusos («Dostoievski, posiblemente una de las más fuertes influencias en mi vida de lectora; Tolstói, claro, está en la cima», p. 117). En su correspondencia con Reeves, no faltan referencias a otros escritores, como Henry James, al que leyó con voracidad durante semanas, y Marcel Proust. En cambio, McCullers admite que no termina de conectar con Virginia Woolf. Aunque desde la perspectiva actual pueda parecer un sacrilegio, no es tan raro si tenemos en cuenta que la narrativa de McCullers, con su capacidad para contar historias como si estuviera al lado de una hoguera, entronca más con los novelistas del siglo XIX que con el modernismo anglosajón.
Carson McCullers y el amor
Carson y Reeves McCullers
McCullers no oculta la relación tormentosa con su marido, el hilo al que probablemente dedica más páginas en estas memorias. Ella al principio desconocía sus adicciones («No, yo nunca reconocí la cualidad perdida de Reeves McCullers hasta que fue demasiado tarde para salvarlo y salvarme yo», p. 61), pero terminó padeciendo el mismo problema. Hubo un divorcio, luego una reconciliación y luego otra separación, ya definitiva. Reeves, que siempre sintió celos por el reconocimiento profesional de ella (también quiso ser escritor, si bien no puso un gran empeño en lograrlo), terminó suicidándose. De todas las reflexiones que hace la autora, llama la atención, por su madurez, esta: «Pienso que si yo hubiera tenido una relación de amistad con Reeves y no una relación posesiva, su vida no hubiera terminado en semejante desastre […] hubiéramos sido muchísimo más felices como amigos» (pp. 91-92). Quizá parezca una conclusión fácil cuando la relación había acabado, pero, en medio de tantas representaciones culturales de un ideal romántico y apasionado, asombra la templanza con que reconoce que, a veces, el amor no es lo que más conviene a dos personas.
Antes de eso, sin embargo, hubo una Carson joven e inexperta en materia conyugal, y lo explica con esta desenvoltura: «Les dije a mis padres que no deseaba casarme sin haber tenido antes una experiencia sexual con él; pues, ¿cómo podía saber si me gustaría o no estar casada? Creí que debía confesárselo a mis padres. Les dije que el matrimonio era una promesa, una promesa como otras, y yo no quería prometerle nada a Reeves hasta no estar absolutamente segura de que me gustaba el sexo con él» (p. 47). Sorprende la falta de pudor para plantear este asunto con total libertad, teniendo en cuenta el lugar en el que nació. De forma indirecta, la autora denuncia la falta de educación sexual de los jóvenes, y sobre todo de las jóvenes, de la época. En lo que sí se muestra más reservada es en su vida sentimental fuera del matrimonio. Se conoce que mantuvo una relación con la escritora y arqueóloga suiza Annemarie Schwarzenbach. A pesar de que McCullers comenta el impacto que supuso para ella su primer encuentro, se guarda para sí los detalles, como con otros asuntos.
Finalmente, la correspondencia con su marido entre 1943 y 1945 no solo enriquece este volumen, sino que conforma su mejor parte por su incalculable valor testimonial. En estas misivas, a diferencia de lo que ocurre con las memorias, es posible escuchar la voz de la autora sin filtros: no escribe pensando en el público, y por lo tanto no mide lo que dice. Tan solo escribe a Reeves, y él hace lo propio. Por aquel entonces aún eran unos jóvenes muy enamorados: estas cartas muestran la faceta más tierna de la autora, que le prodiga notables muestras de afecto mientras se lamenta por la distancia  y el peligro que corre él en Europa («Es un mundo extraño éste en el que una mujer no puede tener paz a menos que sepa que su amado se encuentra en un hospital», p. 213, escribe después de que Reeves resultara herido, para tranquilidad de la familia, puesto que de este modo dejó el frente). Las cartas de él, por su parte, constituyen un excelente testimonio de la vida en el ejército, las penurias de la guerra, la enfermedad, la camaradería entre soldados y la omnipresencia de la muerte. Mientras tanto, ella escribía, poco a poco (era una escritora muy lenta), porque en Estados Unidos todo seguía con cierta normalidad. Y la normalidad de Carson McCullers pasaba de manera indefectible por las letras: «Quiero ser capaz de escribir, ya sea estando enferma o sana, pues la verdad es que mi salud depende casi por completo de mi escritura» (p. 90).

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