30 diciembre 2017

La galaxia caníbal - Cynthia Ozick



Edición: Mardulce, 2017 (trad. Ernesto Montequin)
Páginas: 280
ISBN: 9788494686511
Precio: 15,00 €

Hija de inmigrantes judíos rusos, Cynthia Ozick (Nueva York, 1928) se crió en el Bronx y vertebró su (excepcional) carrera literaria en torno a la identidad judía, tanto en lo relativo a la persecución nazi, como en su conocido relato El chal (1980), como en diversas tensiones de los norteamericanos contemporáneos. Se la considera una de las escritoras más importantes del siglo XX, y su novela La galaxia caníbal (1983), la segunda que publicó, inédita en español hasta este año, permite entender por qué. La narración, en tercera persona, examina la psicología de Joseph Brill, el director de una escuela perdida en el Medio Oeste americano; un hombre ya maduro, soltero, educado en París, entre dos grandes culturas: por un lado, la formación ilustrada francesa; por el otro, la religión judía. Su método de enseñanza, que pretende aumentar el prestigio del centro, se basa en ambas disciplinas. Un director que inspira la admiración de las madres, pero por dentro se siente frustrado y solo.
«Detrás de esa fachada se escondía un melancólico, un derrotado. No provocaba temor en los niños, sino en los maestros.» (p. 11). Como suele suceder, hay que retroceder a la infancia para entender por qué Brill se convirtió en este adulto, y eso hace Ozick en las primeras páginas; una forma brillante de presentar al protagonista, capa por capa, mostrando quién fue y quién es, cómo lo perciben los demás y qué concepto tiene de sí mismo; un análisis fino, preciso y sutil. En su niñez, en Francia, Brill descubre la figura de Madame de Sévigné, un enamoramiento platónico que lo marcará, así como la difícil relación de la literata con su hija. Por encima de todo, Brill fantasea con llegar alto. Estudiante diligente, se hace astrónomo, símbolo de su voluntad de tocar las estrellas (su lema, Ad astra). En París, en la Sorbona, Brill es un joven cultivado que siente atracción por todo lo «elevado». Sin embargo, con el advenimiento del nazismo, su carrera se trunca: pierde a la mitad de su familia y solo logra subsistir en condiciones deplorables: primero, escondido en un convento, donde ordena los papeles de un escritor; después, en una granja, asilvestrado como un hombre primitivo.
El director arrastra, por lo tanto, un pasado traumático, que lo rompió en su mejor momento, cuando todo aún era posible. Tras la liberación, se instaló en Estados Unidos; el lugar donde podría resurgir de sus cenizas, aunque ya no como astrónomo, ya no con esas aspiraciones. Como el director de una escuela anodina que él reviste de un dudoso elitismo. Con todo, en su interior sigue soñando con las estrellas, y la conciencia de su mediocridad le causa un malestar insoportable («La genialidad lo obsesionaba. No respetaba nada más. Año tras año la buscaba entre sus alumnos. Todos eran niños normales», p. 95). En estas circunstancias, llega una alumna nueva al centro, hija de una mujer soltera. La niña no parece tener ningún talento especial, pero la madre, una filósofa reconocida en el ámbito académico, deslumbra al director. Sin ser atractiva ni joven, posee lo que él siempre quiso: el conocimiento, la superioridad intelectual. Se plantea un paralelismo entre esta mujer y Madame de Sévigné, un enlace con el pasado, con la niñez perdida («Comprendió que el anhelo de reencontrarse con su infancia era un deseo ingenuo de recuperar la belleza y la esperanza intactas», p. 93).
El director Brill está acostumbrado a tratar con madres menos eruditas, que lo respetan y lo admiran; la recién llegada, en cambio, consciente del efecto que produce en él, mantiene la distancia. En ocasiones, parece burlarse de Brill, jugar con sus ilusiones. Esta reacción consigue que él se obsesione, como quien desea con fervor un tesoro que le está vedado. Una no-relación perturbadora… Y, en medio, la hija, una niña tímida, apocada, siempre a la zaga de sus compañeras más despiertas. El director, como para hacerle un favor a la madre, intenta mediar a favor de la pequeña, intenta encontrarle un atisbo de la brillantez de su progenitora, pero sus esfuerzos caen en saco roto: todos los profesores la consideran un caso perdido. El destino, no obstante, le depara una sorpresa. El final del libro, acontecido años después de este contacto con madre e hija, es una honda meditación acerca de la derrota, de la conciencia del fracaso, del paso del tiempo que reduce los logros fútiles a nada, del peligro de permanecer quieto, estancado. De las múltiples (y a menudo engañosas) caras del éxito. De la vacuidad del deseo de llegar alto. Es dura, sí. Y extraordinaria.
Cynthia Ozick
A caballo entre la novela de ideas y la novela psicológica, la autora narra una historia inteligente y de alto nivel literario sobre la caída de un hombre torturado, en parte por el nazismo que lo marcó de manera definitiva, en parte por su propia resignación. Con un estilo incisivo y poético, de palabras justas y sin una pizca de sentimentalismo, construye un retrato despiadado del director Brill, un personaje memorable con cuyas cargas aún es posible reconocerse (la obsesión por la grandeza, la represión, el conformismo) pese a estar muy ligadas a un contexto histórico del siglo pasado. Los personajes no son solo ellos mismos, sino una representación simbólica de una forma de estar en el mundo («Usted no avanza. Está clavado en su lugar. Es un hombre que se da por vencido demasiado pronto. […] Está estancado», pp. 185-186). La galaxia caníbal no tiene nada de amable, no consuela, no reconforta; es más bien una aproximación áspera al inexorable juez del tiempo, una novela cincelada con esmero de la primera hasta la última página, lúcida, inmensa. Por hallazgos como este merece la pena leer.

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