20 febrero 2017

Los días iguales de cuando fuimos malas - Inma López Silva



Edición: Lumen, 2017
Páginas: 360
ISBN: 9788426403414
Precio: 20,90 € (e-book: 8,99 €)

Cinco mujeres con algo en común: la cárcel. No, no es una metáfora: delito, condena, celda. Más que en las intrigas, este libro se centra en el encierro, no exento de meditaciones sobre las faltas cometidas, sobre esa existencia previa que las condujo, a menudo de manera irremediable, a la infracción. Inma López Silva (Santiago de Compostela, 1978), una escritora de larga trayectoria en el ámbito gallego pero aún poco conocida en el panorama nacional, se inspira en el día a día en un centro penitenciario para construir su novela más reciente, Los días iguales de cuando fuimos malas, publicada en 2016 en su tierra y vertida por ella misma al castellano. Se trata de una historia coral e intimista, que se define por la introspección de los personajes femeninos, unos personajes que abarcan múltiples estratos y generaciones, con un nexo en común que va más allá de su condición de delincuentes: la soledad, las contradicciones, la relación siempre complicada con el amor y la maternidad. En este sentido, se puede situar junto a obras notables de la narrativa española contemporánea, como Atlas de geografía humana (1998), de Almudena Grandes, o Una palabra tuya (2005), de Elvira Lindo,
Las cuatro presas, reunidas en la cárcel de A Lama (Pontevedra), podrían ocupar los titulares de la prensa: Margot, una gitana desterrada por su clan, prostituta en Vigo, detenida por robo; Valentina, una joven madre colombiana, pillada introduciendo droga en España; sor Mercedes, la más veterana, una monja que participó en un sonado escándalo años atrás; e Inma, una escritora (sí, otro pequeño juego de autoficción) que no había roto nunca un plato hasta que le salió una vena asesina. Podrían ocupar los titulares, decía, porque personajes como Margot o Valentina encarnan un estereotipo asociado a la delincuencia, pero el interés de la novela está en cómo la autora rompe el cliché al profundizar en ellas, en su psicología, sus orígenes, sus motivaciones; todo lo que no cabe en una noticia. La quinta protagonista es Laura, como la de Petrarca, una mujer nacida para la belleza, en la comodidad de la clase media, una mujer que iba para bailarina, pero terminó, y por voluntad propia, como funcionaria de prisiones. Es un acierto incluir a Laura, no solo por aportar el punto de vista de una trabajadora, sino porque, pese a ser libre e inocente (en teoría), su persona tiene un fondo obsesivo, perturbado, que pone en duda que el peligro real se encuentre encerrado entre rejas («en el patio hay menos malas que desgraciadas», p. 195). En el fondo, no es tan diferente de las reclusas.
La acción comienza cuando la escritora ya ha salido del centro: escribe esta novela animada por su «amor», al que se dirige con un estilo confesional y le cuenta que ha perdido la confianza en su oficio («Antes escribir era ser libre. Ahora es solo darle vueltas a otro tiempo.», p. 97). Ella es la única que se expresa en primera persona; las demás surgen de sus manos, alternando capítulos, aunque en escenas puntuales la voz de la escritora interviene en sus relatos para juguetear con el desarrollo de sus historias, dilatar o avanzar acontecimientos y, de este modo, acrecentar la tensión. Inma López Silva es una narradora hábil, reflexiva, vivaz, irónica a ratos, salpicada tanto de referencias cultas (sobre todo clásicas) como de iconos de la cultura popular (desde el colorete Orgasm a cancioncillas infantiles). Domina las elisiones, los tempos, el momento preciso para revelar una información. Esto último se nota sobre todo en los personajes de Margot y la escritora, las que arrastran una mochila pesada, de secretos y pérdidas. Con Valentina, en cambio, se permite más ternura: a diferencia de las demás, piensa más en el futuro que en el pasado, tiene esperanza, y quizá por eso (y por su jovialidad juvenil) su historia resulta menos oscura. También merecen mención los nombres, muy bien elegidos: Margot, que se rebautizó cuando la desterraron, inspirada por el sueño de París; Valentina, valerosa y enamoradiza; Laura, la que esperaba una vida ligada al arte; sor Mercedes, el perdón, la misericordia; Inma, la escritora, como la autora misma.
En la novela sobresalen dos grandes temas. En primer lugar, el hecho de llegar a ser: cómo y por qué han terminado estas mujeres en prisión, qué cables se cruzaron en su camino. No es tanto una aproximación a la violación de la ley, al mal o el delito (de hecho, la autora se muestra tan empática que incluso se le puede reprochar un exceso de amabilidad, de, si no justificar, sí al menos comprenderlo todo) como una reflexión sobre el determinismo social y sus paradojas. Determinismo, porque resulta difícil escapar de ciertos entornos (Margot, Valentina) o salir indemne de experiencias traumáticas (Inma, sor Mercedes). Paradojas, porque a personajes como Inma o Laura les esperaba una vida distinta, pero incluso quien no se ve empujado por la necesidad puede desviarse del rumbo aceptado por la sociedad; y esto, el contraste entre las expectativas y la realidad, no solo atañe a quien está encerrado. Tampoco falta la hipocresía de la religión, de la mano de una devota y nada arrepentida sor Mercedes («nunca fue tan buena como cuando era absolutamente libre e invirtió su libertad en ser una delincuente», p. 208). Hay una voluntad de reducir la distancia entre las presas y el lector, de destruir los estereotipos en pos de la complejidad. Tiene, por lo tanto, una dimensión sociológica interesante, enriquece nuestra perspectiva sobre lo que nos rodea.
El segundo tema importante es la maternidad: «Ahí empezó todo. Siempre empieza así. Alguien dice «mamá» y dejas de ser quien creías que eras» (p. 331). Todas mantienen una relación problemática con ello, sean madres o no (cabe preguntarse hasta qué punto ha influido la maternidad de la autora, que ya abordó el asunto en el ensayo Maternosofía, de 2014). Valentina, separada de su hijo por su entrada en prisión, pone de relieve la situación de las madres encarceladas, que en su caso se agrava por su condición de inmigrante sin familia en España. Valentina, además, representa la vulnerabilidad de la chica que experimenta un embarazo no deseado en un entorno opresivo y sin recursos: toda la responsabilidad para ella, el niño como una «carga» añadida para cualquier reto que se proponga (lo que no quita que lo quiera con locura). Margot asimismo está alejada de su hijo, no por la cárcel, sino por las consecuencias del destierro gitano; una cultura en la que, tal como se plantea en la novela, la tradición más feroz convive con una voluntad de emancipación que lucha por abrirse paso. En medio están las mujeres como la madre de Margot, que, pese a permanecer arraigada en el colectivo, no se olvida de su hija; fiel reflejo de la madre abnegada. Laura, por su parte, vive encallada en un amor frustrado que condiciona sus deseos de ser madre. Inma, ya libre, no se siente buena madre. Incluso sor Mercedes, que cumple el voto de castidad, está marcada por esta cuestión, empezando por una progenitora a la que no llegó a conocer.
Inma López Silva
Los días iguales de cuando fuimos malas podría describirse como una novela de cinco soledades (femeninas) que comparten espacio. Porque, más que la interacción entre ellas (que la hay, y en ocasiones clave), el foco está puesto en el interior de cada una, en lo que vivieron, en lo que viven y en lo que esperan (o no) vivir. Un interior hecho, en efecto, de soledad, pero también de desgracias, abulias, heridas mal curadas, desencantos. Y, pese a lo tétrico que parece todo, el estilo de Inma López Silva tiene la chispa necesaria para que la obra no resulte demasiado apesadumbrada. No se trata de escribir una novela cómica, sino de narrar con gracia y agudeza una realidad desdichada, de encajar vidas diversas que en una etapa comparten hábitat. Estas páginas evidencian aquello de que cada persona es un mundo: con cada mujer nos adentramos en un ambiente, unas raíces, unos personajes y unos hechos decisivos en su devenir, que a veces estuvieron allí durante largos años y a veces solo un ratito, aunque dejaron su huella. En definitiva, una gran novela de personajes, escrita por una narradora consumada, que indaga con hondura y perspicacia en las zonas (físicas y psíquicas) menos acogedoras de nuestra sociedad.

14 febrero 2017

Lecturas temáticas: historias de amor (Especial San Valentín)

Hablar de amor el (odioso) día de San Valentín: un cliché. No soy muy original, no, pero me gusta aprovechar la ocasión para sugerir libros. Esta vez recomiendo diez de las mejores novelas sobre el tema que he leído en los últimos años, las que me han conmovido, las que todavía permanecen en mí. Como siempre, se trata de una lista muy personal (de hecho, he omitido grandes clásicos a conciencia porque no quería repetir los títulos que se pueden encontrar en tropecientas listas), personal y diversa, tanto en géneros y estilos como en su concepción de la relación amorosa. En esto no soy tan cliché, creo. Espero que os guste.

  • Tan poca vida, de Hanya Yanagihara. De lejos, la novela que más me ha emocionado en los últimos meses, y la que más reflexiones me ha suscitado acerca de la naturaleza del amor, del carácter único de cada relación, de la capacidad para amar de manera incondicional aun con los defectos del otro. Es una novela intensa y llena de dolor, pero, precisamente por su intensidad, los momentos buenos son todavía más purificadores.
  • Dos amigas, de Elena Ferrante. Esta saga es mucho a la vez: una historia con perspectiva de género, un retrato de la posguerra en Italia, una amistad... y un gran amor. O, mejor dicho, unos cuantos amores, unos más importantes que otros, que en conjunto conforman la educación sentimental de las protagonistas. Del fervor inicial al desaliento, sin olvidar las meditaciones sobre aquello en que nos convertimos cuando amamos y la necesidad de ser independientes. En particular, en las novelas Las deudas del cuerpo y La niña perdida.
  • Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie. De nuevo, una gran novela con muchos frentes abiertos (racismo, inmigración, precariedad...); tantos y tan interesantes, que quizá el amor como tal sea el menos importante, pero ahí está. Dos adolescentes nigerianos toman caminos distintos: ella se marcha a Estados Unidos y él a Inglaterra. Sus suertes también serán distintas, aunque ambos se enamorarán de otra persona. Años después, el reencuentro.

  • La balada del café triste, de Carson McCullers. Triángulo entre personajes un tanto huraños e inadaptados: la mujer que regenta el local, fortachona y taciturna; un enano jorobado, que llega como el forastero que lo revuelve todo; y el ex marido de la mujer, recién salido de la cárcel. La autora trabaja con maestría aquello de enamorarse de la persona equivocada. El resultado es triste, tristísimo, pero a pesar de todo se vislumbra ternura entre sus páginas.
  • Hace cuarenta años, de Maria van Rysselberghe. Un texto breve pero intenso, bellísimo, que nos sumerge en un amor arrebatado, en una experiencia fugaz que sin embargo perdura toda la vida gracias a la memoria. La que nos habla es ella, Maria, que recuerda su historia (imposible) que tuvo lugar tiempo atrás, a finales del siglo XIX, en una playa del mar del Norte... Precioso.
  • La pasión, de Jeanette Winterson. En principio hay un soldado de Napoleón y una joven veneciana con pies palmeados. Pero luego también habrá una Reina de Corazones... El amor, esa fuerza transformadora, siempre está presente en la obra de la autora, como también lo están sus juegos con el género, sus deconstrucciones históricas y sus motivos maravillosos. También son altamente recomendables Escrito en el cuerpo y La niña del faro, entre otros.
  • Este es un libro sobre amor, de Paula Gicovate. La propuesta más fresca: como su título indica, no narra una historia de amor al uso, sino que medita, con un estilo muy poético y creativo, sobre las relaciones que han marcado a la narradora y el aprendizaje que le han dejado. Muy interesante para descubrir la experiencia amorosa contada desde el punto de vista de una joven escritora.
  • ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, de Hillel Halkin. Un hombre ya maduro escribe a su gran amor, con quien ha dejado de compartir su vida. ¿Por qué? A eso llegaremos, aunque antes reconstruirá toda su historia juntos, que arranca en la Nueva York intelectual de los sesenta. Tal vez no sea una obra maestra, pero esta novela tiene mucha verdad, es decir, tiene aquello que te atrapa, que se te mete dentro, te convence, te hace creer. Una honestidad abrumadora.
  • La muerte de la bien amada, de Marc Bernard. Esta es la obra que escribió el autor después de la muerte de su esposa. Pero no nos pongamos tristes: en todo libro de duelo hay también una gran historia de amor y, cuando está contada con esta elegancia, el resultado es extraordinario. Extraordinario en su aparente sencillez, extraordinario en la hondura de sus reflexiones, extraordinario en la hermosura de su voz, extraordinario en los sentimientos que evoca y provoca.
  • Romance en París, de Franz Hessel. En el París bohemio de principios del siglo XX, comienza una historia de amor entre un intelectual y una joven recién llegada a la ciudad. No obstante, el narrador no recordará este romance hasta tiempo después, terminada la Primera Guerra Mundial, por lo que en estas páginas se habla de guerra y se respira nostalgia, que no hace sino robustecer y embellecer esta magnífica novela. También recomiendo Berlín secreto, del mismo autor.
Y vosotros, ¿qué historias de amor recomendáis?

09 febrero 2017

Franziska Linkerhand - Brigitte Reimann



Edición: Errata naturae, 2016 (trad. y prólogo de Ibon Zubiaur)
Páginas: 680
ISBN: 9788416544196
Precio: 27,50 €

Brigitte Reimann, una escritora por descubrir
La reciente publicación de esta novela colosal (en todos los sentidos) es un acontecimiento literario. No, no me estoy dejando llevar por el entusiasmo: Brigitte Reimann (Burg, 1933 – Berlín Este, 1973) fue una escritora brillante e innovadora que todavía no ha sido descubierta con la debida atención por estas latitudes. Sí, lo sé: estáis cansados de este cuento, no todas las recuperaciones que se nos venden como necesarias merecen tal calificativo. No obstante, ella sí. Con creces. En su caso, le pesa el hecho de ser alemana, en concreto, de la República Democrática de Alemania. En un mercado atiborrado de novedades frescas de los países anglosajones y francófonos, leer a una autora de la extinta Alemania Oriental (oh, qué lejano queda todo) es una decisión insólita. Además, aparte del idioma y la nacionalidad, le pesa el hecho de ser una novelista exigente, y temo que al usar esta palabra algún lector huya despavorido, pero así es: no pone las cosas fáciles, y en este libro despliega un arsenal de recursos para construir una obra compleja, rica, inteligente. En suma, extraordinaria.
¿Y quién fue Brigitte Reimann? Ah, su vida sí es de las que llaman la atención, por lo apasionado y por lo trágico. De familia burguesa, tras terminar el bachillerato trabajó como profesora, librera y periodista. Publicó su primer libro con apenas veinte años, y a partir de ahí se volcó en la escritura. Vivió intensamente, se casó cuatro veces y llegó a impartir talleres en una mina de carbón para participar en la comunidad obrera, tal como dictaba el socialismo. Por su espíritu crítico, mantuvo un tira y afloja con el partido: «Tengo la impresión de que mi relación con el partido es, por momentos, la de un adolescente con un padre estricto contra el que se vive en permanente rebeldía […], una le hace jugarretas para sacarle la lengua a sus espaldas y a la vez espera todo el tiempo que le dé una palmadita amable en el cogote por el trabajo bien hecho y le diga: eso lo has hecho bien…», dice en su correspondencia. Reimann murió de cáncer a los treinta y nueve años: las últimas líneas de Franziska Linkerhand las escribió en el hospital, y en algunos pasajes se percibe su conciencia de la finitud de la existencia. En los años noventa, su obra fue recuperada en Alemania, vieron la luz sus cartas y diarios, que, junto con la mencionada novela, se consideran su legado más importante. Todo lo que escribió lleva su sello personalísimo, que rompió con la nueva objetividad imperante e introdujo elementos autobiográficos y una mayor plasticidad estilística.
Aun con estas inconveniencias (comerciales, solo comerciales), ha habido editores valientes que en los últimos años se han atrevido a publicarla en castellano, siempre de la mano de Ibon Zubiaur, especialista en la literatura de la RDA, que ha llevado a cabo una labor titánica de traducción, introducción y anotación de todos los libros publicados hasta el momento: Los hermanos (1963; Bartleby, 2008), la novela que le valió el Premio Heinrich Mann; La verde luz de las estepas (1965; Errata naturae, 2015), una crónica de su viaje por la Unión Soviética; En la ciudad del mañana (Errata naturae, 2013), su lúcida y apasionada correspondencia con el arquitecto Hermann Henselmann; y, por último, la inmensa Franziska Linkerhand (1974; Errata naturae, 2016), su obra maestra, publicada de forma póstuma. También se pueden encontrar algunos fragmentos de su diario en la antología Al otro lado del Muro. La RDA en sus escritores (Errata naturae, 2014), editada asimismo por Ibon Zubiaur. A pesar de la inseparable relación de Brigitte Reimann con su contexto sociopolítico, su producción tiene un gran interés literario e histórico para las generaciones posteriores.
Una apasionada carta de amor
Es difícil encasillar Franziska Linkerhand en un género; como todas las obras maestras, los adjetivos se le quedan pequeños, los desborda. Lo que sí puedo señalar, sin temor a equivocarme, es su concepción como una carta de amor: «Ay, Ben, Ben, ¿dónde estabas hace un año, o hace tres?» (p. 17), reza la primera frase. Ben: un amor, un amante, aunque él como personaje todavía tardará en aparecer y la novela será mucho más que la historia de un romance. Quien habla es Franziska, el alter ego de Brigitte Reimann, una joven arquitecta divorciada, muy implicada en su profesión, una mujer que vive con ímpetu y sin miedo a correr riesgos. En esta particular carta de amor, le cuenta su vida a Ben, desde sus orígenes, en el seno de una familia cultivada, hasta su presente, en una ciudad dormitorio, emblema de la RDA. Esta también es la historia de todos los hombres que, por diversos motivos, le han dejado huella: su hermano, su primer amor, su ex marido, su profesor, su jefe. Y Ben. La educación sentimental de una chica hecha a sí misma, dispuesta a exprimir el momento. De su relación con Ben va dejando caer pinceladas, las justas para ir encajando el rompecabezas («me perdonas, verdad, que me marchara sin decirte adiós», p. 95).

Nunca seré tu sombra… Pero lloré por ti, y mi corazón estaba herido, y sé que un amor puede terminar, y que cada día, a cada hora y justo en este instante, alguien dice: ya no te amo, o: nos equivocamos… y se separa una pareja que no podía ni concebir la separación en algún momento, hace meses o hace años, cuando empezó la eternidad, la pasión de por vida, invariable. No perder nunca el hábito de vivir sin ti… Pero ¿y si tú me abandonaras? Si llegara un día, inesperado, aunque cien veces anticipado, en el que, mi amor… no sé si te suplicaré o te acusaré, o si diré adiós, Benjamin, adiós, con una voz como si fuera sólo hasta mañana, y no sé lo que harán mis manos, si te estrecharán o apartarán en ese día-que-podría-ser en el que yo sabré, quizá, por fin, lo que es la desesperación.

Otro rasgo indudable de esta novela es su soberbio armazón: una estructura compleja, con cambios constantes de punto de vista (temporal y de persona, del narrador objetivo, incluso para referirse a sí misma, al monólogo interior), con un estilo vanguardista, digresivo, pródigo en adjetivos exactos. No deja nada en lo superficial, no cae en el cliché; su voz (y su ambición) está notablemente robustecida desde una novela anterior como Los hermanos. Ibon Zubiaur explica que, en los primeros informes sobre el manuscrito, le decían que el argumento aún no se entendía, que no quedaba claro de qué iba, a lo que la autora respondía en su diario: «Sé bien que el libro consiste en un excurso tras otro, pero no puedo explicar por qué quiero escribirlo justo así: acumular vida, sin más, lo cotidiano y lo casual, no-necesario» (p. 10). El lector también debería afrontar su lectura con esta idea de acumulación: de entrada, limitarse a disfrutar de su excelente prosa, empaparse del universo reimanniano, entrar en el mundo de Franziska; las piezas de la «historia», si se puede considerar que narra una historia, ya empezarán a juntarse y a dotar de sentido al conjunto sin que se dé cuenta.
La arquitectura como el alma
Es posible que, al leer Franziska Linkerhand (y cualquier obra de Reimann), más de uno recuerde películas sobre la RDA como Good Bye, Lenin! o La vida de los otros. He aquí, pues, el retrato de una sociedad, de una cultura, de un pensamiento perdidos. El compromiso con el partido empuja a la protagonista a alejarse de la apacibilidad de sus orígenes para lanzarse a la aventura en Neustadt (literalmente, «nueva ciudad»), el destino elegido para desarrollar su carrera como arquitecta. Neustadt, como su propio nombre indica, es una de las ciudades residenciales promovidas por el régimen, lugares desérticos donde el ocio escasea y el urbanismo está pensado en términos prácticos, con serios bloques de edificios como paisaje. Franziska, que como toda joven inquieta tiene unas ganas irrefrenables de cambiar lo que la rodea, se traslada allí con el propósito de transformar ese aire gris, buscar la belleza en la arquitectura. Con su expediente, Franziska podría hacer carrera en la gran ciudad, pero elige Neustadt porque siente el deber de implicarse con la causa: «Lo eligió en ese instante [Neustadt]; huía hacia delante, a lo desconocido, impreciso, con el impreciso sentimiento de que debía empezar algo nuevo, quemar tras de sí una nave» (p. 125). La cuestión será si puede compatibilizar su visión del urbanismo con los planes de quienes mandan.

—Lo que ve usted aquí, mi joven amiga, es la declaración de bancarrota de la arquitectura. Las casas ya no se construyen, se producen como un artículo cualquiera, y el lugar del arquitecto lo ha ocupado el ingeniero. ¿Sabe a quién ha otorgado este año la UIA sus premios de arquitectura? A los ingenieros Nervi y Candela… Nos hemos convertido en funcionarios de la industria constructora, para la que voluntad de creación y estilo son conceptos ajenos, por no hablar de la estética. Perdimos nuestra influencia en el momento en que perdimos al contratista, al cliente con un nombre y una cara. Mi apreciado colaborador [...] la querrá convencer de que el nuevo cliente es el colectivo…

Brigitte Reimann tenía mucho interés en el tema de la relación entre el urbanismo de una ciudad y la calidad de vida de sus habitantes. Antes de escribir esta novela había impartido conferencias sobre el asunto; estaba convencida de que el aspecto desangelado de las ciudades dormitorio repercutía negativamente en el estado de ánimo (la protagonista investiga un dato curioso: «Me interesan las cifras de suicidios en las nuevas urbanizaciones», p. 661). Ella defendía una arquitectura que hiciera compatibles el ocio y el trabajo, la belleza y lo útil. Dicho de otro modo: no mecanizar la construcción de edificios. En su correspondencia con el arquitecto Hermann Henselmann (que inspira el personaje de Reger, el mentor de Franziska), un diálogo intelectual que sin duda enriqueció su perspectiva, dice: «Me parece que [la arquitectura] contribuye a conformar el alma en la misma medida que la literatura y la pintura, la música, la filosofía, y la automatización». Se trata de una observación muy pertinente en su contexto: ¿la arquitectura y el urbanismo siguen siendo artes?, ¿es posible el arte en las ciudades de la RDA? Esa es la pregunta que se hace Franziska.

¿Es nuestra profesión, se preguntaba, tan sublime como me la imaginaba de estudiante? ¿Sigue siendo posible encarnar en un edificio una idea, o cuando menos una propuesta para la convivencia de la gente? ¿Está Reger pasado de moda, no es un rezagado del siglo diecinueve al considerar un artista al arquitecto? Y si, efectivamente, es posible dar belleza a lo necesario, ¿de qué sirve la más bella plasmación de los edificios individuales, si les falta el denominador común, la idea rectora que los aglutina en una ciudad?

Como narraba también en Los hermanos (con una protagonista pintora; de nuevo la relación inseparable de sí misma con el arte en sus múltiples facetas), la protagonista se enfrenta a un choque de ideas cuando trata de poner en práctica sus proyecciones: «No tenemos tiempo para jueguecitos. Sólo tenemos una tarea: construir viviendas para nuestros trabajadores, tantas, tan rápido y tan barato como sea posible. No pierda nunca esto de vista» (p. 170), le espeta su superior. El eterno malestar: cree en el socialismo, pero no comparte la rigidez de algunos de sus principios. Esta oposición tiene mucho de conflicto generacional: «Los jóvenes son curiosos, pero callan por discreción, y los viejos zorros del cemento ya no se asombran de nada» (p. 494). Su profesor, Reger, la tiene en alta estima, mantienen una relación de respeto mutuo; pero, en Neustadt, se encuentra con un jefe con pensamientos diferentes, que intenta rebajarle las expectativas; entre ellos se produce una evolución interesante. La propia Reimann se encontraba desencantada en materia política cuando la escribió, de modo que el desengaño de Franziska entra dentro de lo esperado.
Una mujer intrépida en un lugar inhóspito
El urbanismo es un pilar de Franziska Linkerhand, pero no el único. Esta es asimismo la novela de un gran personaje femenino, una mujer pionera en más de un sentido. Para empezar, se abre camino en un oficio en el que predominan los hombres: Franziska es una mujer en un entorno masculino, y además una mujer joven e inteligente, con una profesión cualificada (como la propia autora en La verde luz de las estepas: la única mujer de una expedición a la Unión Soviética). Aun así, Reimann no escribe con la perspectiva de género especialmente acentuada: el asunto está ahí, pero su intención primordial no es plantear una reivindicación en clave feminista. Habla, además, de la dificultad de Franziska para trabar amistad con las chicas, que le provocan tanta repulsión como simpatía. Destacan sus charlas con las obreras que residen en su mismo bloque (la precariedad, los embarazos secretos…), quienes a su vez la miran con suspicacia por su rango superior. Otra relación notable es su amistad con la secretaria, Gertrud, una mujer alcohólica a quien todos desprecian («sola yo misma, extraña en la ciudad, buscaba protección y me encontré a una protegida», p. 591).

Vaciló, prevenida por una mirada cómplice; por primera vez [...] volvía a sentirse atraída por la solidaridad femenina, [...], por las ganas de revolver intimidades y embrollarlo todo, de abrir ese cierto cajón cuyo contenido es tabú para los hombres… atraída y repelida a un tiempo, porque durante seis o siete años había trabajado sólo con hombres, se había adaptado a normas masculinas, aprendido un lenguaje más bronco. Y había sido aceptada, no desde luego, y lo sabía, como parte natural de ese otro mundo. El pájaro con las plumas más vistosas. Una gota de amargura: a una mujer se lo ponen difícil… tengo que dar un nivel excepcional para aprobar siquiera con bien a sus ojos…

El otro aspecto rompedor es el alejamiento de sus orígenes o, dicho de otro modo, el abandono de la comodidad a favor del compromiso político. Franziska, hija de editores, se educó en un ambiente culto pero a su vez tradicional (la madre le inculcó «el miedo puritano al pecado original», p. 90). Mientras ella vive en un piso anodino de Neustadt, sus padres residen en el Oeste, desde donde en ocasiones le envían objetos que en el Este no puede conseguir. Ella podría haber elegido ese camino, pero no lo hizo: decidió mezclarse con los trabajadores, siguiendo las directrices del partido. Esto, no obstante, le produce cierto complejo de clase, porque no encaja del todo en ninguno de los dos ambientes: los obreros la desprecian por no ser una de ellos, mientras que los padres no comprenden que se resigne a trabajar allí. Reimann ya había ahondado en las tensiones entre obreros y burgueses, por un lado, y entre quienes huyen a la RFA y quienes permanecen en la RDA, por el otro, en Los hermanos. A propósito, en Franziska Linkerhand la relación de la protagonista con un hermano, llamado Wilhelm, vuelve a ser un tema importante por la unión incondicional entre ambos.

En la habitación no había refrescado durante la noche, y el sol calentaba ya. Me gustaba mucho dibujar con la ventana abierta. Me gustaba hasta el momento en el que por primera vez me molestó vivir en esa casa. Una casa de locos y un montón de gente loca, o solitarios, o vagabundos, o esos ermitaños tímidos y altivos, o simplemente gente que espera. Estaba harta de vivir en una sala de espera. Pensé que estoy harta de esta vida provisional que prolonga todos los años de vida provisional en mi ciudad (haber dejado el trabajo, despedirme no ha cambiado nada). Pensé que debería vivir como los demás, en una casa normal, entre gente normal que tiene hijos y su jornada laboral y tarde libre y amigos, vecinos, una cocina, televisor, ciclámenes, vacaciones en el Báltico, tarta de manzana, cuadernos escolares y deseos realizables y un objetivo para septiembre y para el año próximo. Si eso es lo que llamas normal, me dije.

Franziska derrocha una gran sed de vida. Tuvo una juventud intensa, un matrimonio fallido del que supo sobreponerse… y ahora es una mujer libre e independiente, que disfruta de su emancipación («ay, era maravilloso despertarse sola, sin estar esperando a nadie, ser soltera y extraña en una ciudad extraña», p. 191) y se siente atraída por un hombre en quien admira estos mismos valores («En torno a ti [Ben] había un olor a aventura y a orgullosa y salvaje independencia, pensaba que eras como yo quería ser», p. 193). En este sentido, se trata de uno de los mejores personajes femeninos solteros y con profesión cualificada que se pueden encontrar en la literatura. Y, aunque Franziska está llena de salud, la enfermedad de la autora se hace presente en sus reflexiones sobre la conciencia de la naturaleza efímera de la vida: «¿Vivir con ilusión por el futuro, por el año mágico dos mil? Los esbozos para el futuro se hacen en el presente, es lo que cuenta para mí: presente, hoy, ahora… Chopin murió a los treinta y nueve años. Courte et bonne. Una vida que mereció la pena.» (p. 542). En otro pasaje entronca la finitud de la existencia con la perdurabilidad del arte (la arquitectura para Franziska, la literatura, esta misma obra, para Reimann): «quizá trabajas más cuando sabes que no tienes todo el tiempo del mundo, y ensayas lo perdurable porque sabes que tú misma no eres perdurable. Trabajo como protesta contra la limitación de la propia vida» (p. 385).

Los domingos medito sobre la muerte, sobre la hora incerta (la voz del hombre pelirrojo), me imagino sin esfuerzo que estoy muerta. Sin esfuerzo porque siempre me salto la hora, esa casualidad estúpida y mortal —sólo puede ser casualidad, los aviones sobre la ciudad no llevan bombas—, y empiezo donde ha terminado ya lo que no puede ser pensado: el morir. Pero puedo imaginarme el cementerio arenoso, al Ángel Aristide, los rostros de los vivos. Nadie me echará de menos. Veinticinco años y no he vivido, tan sólo he preparado vida, como mucho la probé. No construí una escuela ni un teatro y no amé a nadie, sólo soñé: con un edificio magnífico, con el gran amor.
Brigitte Reimann

Ella misma no era perdurable, no, y a su pesar no pudo terminar de revisar esta novela como probablemente habría querido. Con todo, tenía razón: a través de lo perdurable, de estas páginas, nos llega algo de ella, de su voz, de su mundo, de su amor, de su inteligencia, de sus dudas, del balance de sus (exprimidos) treinta y nueve años de vida. Es su novela más redonda, un gran legado de la RDA y de una personalidad literaria excepcional. Por último, si después de esta perorata alguien iniciarse en su obra, permitidme una recomendación: empezad por En la ciudad del mañana, sus cartas, poco más de cien páginas magníficas (y más accesibles que Franziska Linkerhand) que constituyen una introducción excelente —en buena medida por el texto y las notas de Ibon Zubiaur— a su contexto sociopolítico y a las ideas y a la persona de la autora; yo me convertí en una admiradora incondicional después de leerlo. A partir de ahí, podéis continuar con cualquiera de sus otros títulos. Todo lo de Brigitte Reimann es bueno, así que quedaos con su nombre.
Fragmentos en cursiva de las páginas 520-521, 182, 380-381, 223, 527 y 293.

03 febrero 2017

Los hermanos - Brigitte Reimann



Edición: Bartleby, 2008 (trad. y prólogo de Ibon Zubiaur)
Páginas: 180
ISBN: 9788495408914
Precio: 15,00 €

Brigitte Reimann (Burg, 1933 – Berlín Este, 1973) fue un talento precoz y fulgurante en la extinta República Democrática de Alemania. Y, como la mayoría de escritores precoces, causó sensación sobre todo entre sus pares, los jóvenes, que se identificaron con las preocupaciones expresadas en sus novelas y su singular concepción del hecho literario («generacional», la llamarían ahora, aunque su valor trasciende a su sociedad y época). Reimann, que publicó su primer libro con apenas veinte años, introdujo una novedad importante: en unos tiempos en los que imperaba el realismo socialista, que promovía una literatura heredera de su homónimo decimonónico, construyó una producción más personal al incorporar elementos autobiográficos, además de una mayor complejidad estructural (muy especialmente en Franziska Linkerhand, su obra maestra, que reseñaré pronto). En lugar de buscar la forma «objetiva» en el relato, dejó que el «yo» subjetivo saliera a flote para ahondar en los conflictos que le eran cercanos (y esto incluye la política del partido, que le generaba sensaciones contradictorias), no sin suscitar incomodidad entre el público más conservador.
Los hermanos (1963), su séptimo libro, le valió el Premio Heinrich Mann, por aquel entonces el galardón más prestigioso de la RDA. La novela, narrada en primera persona por su alter ego Elisabeth, una joven pintora comprometida con el socialismo, plantea una doble tensión, íntima y política, individual y colectiva, a raíz de la voluntad de su hermano Uli de marcharse al otro lado, es decir, a la República Federal de Alemania. Elisabeth —una chica muy autocrítica, como se muestra Reimann en sus diarios y correspondencia—, que se niega a perderlo, tratará de evitar su salida. La historia se basa en una experiencia real: un hermano de la autora huyó a la RFA y, como explica Ibon Zubiaur en el prólogo, ella, dolida, «se lanzó inmediatamente a escribir una novela a modo de exorcismo». La huida implica una doble pérdida: por un lado, una pérdida emocional, por el abandono del hermano querido, cómplice, con quien comparte tantas cosas —la relación entre los hermanos es un tema recurrente en su obra; la protagonista siente por él un amor apasionado, desbordante, hasta el punto de tener celos de su novia—; y, por el otro, una pérdida sociopolítica, porque Uli es un camarada.
Dada su dimensión política, resulta necesario conocer bien el contexto, para entender lo que mueve a sus personajes y los posicionamientos que encarnan. Hubo una generación —de la que formaron parte intelectuales y artistas ilustres— que creyó con fervor en el comunismo, una generación que estaba convencida de que el futuro sería comunista (un personaje afirma: «el mundo del futuro habrá de ser un mundo comunista», p. 99). Con la desintegración de la Unión Soviética (y antes, cuando su situación política y económica comenzó a tambalearse), las convicciones y las esperanzas de esta generación se fueron al traste. Todo aquello en lo que se habían volcado se esfumó. Ahora, al echar la vista atrás, es fácil prejuzgar sabiendo todo lo que sabemos, es fácil que las ideas defendidas nos parezcan enclenques; pero este libro hay que leerlo desde una postura distinta, hay que hacer el esfuerzo de ponerse en el lugar de esos jóvenes comprometidos en un lugar y momento precisos de la historia reciente, comprender su pensamiento, sus principios, por mucho que nos resulten ajenos. Desde esa receptividad, Los hermanos es una lectura sumamente enriquecedora.
El deseo de huir de Uli surge porque, si bien él cree en el proyecto socialista, a la vez se ve perjudicado por este —los motivos se desarrollan en la novela— y quiere continuar trabajando por la causa, pero desde la RFA. Ya tiene a otro hermano allí, un modelo de referencia para él. En cuanto a Elisabeth, no se siente cómoda en la RFA: «Hablaban alemán, y yo escuchaba esas palabras alemanas y a pesar de todo me sentía como una viajera incógnita en algún país extraño. Pensé: cuando estuve el año pasado en Praga me sentí como en casa, y allá donde fuera, con los sonidos checos en el oído, no llegué a ser extranjera un solo instante» (p. 53). Ella ha dejado atrás su entorno burgués para vivir en un barracón, donde pinta e imparte talleres para obreros; trata de ser una más aunque haya quien la prejuzgue por su procedencia acomodada. Estar implicada con el partido, sin ser miembro del mismo, tiene pros y contras (y esto es lo interesante de Reimann, que, pese a escribir desde dentro, comprometida, no dibuja un paisaje idílico). Expresa su entrega total, sin fisuras, pero también los malentendidos dentro del grupo, el rechazo que puede padecer quien no demuestre una adhesión absoluta, las tiranteces por la jerarquía, con los veteranos por encima de los jóvenes y los debates sobre lo que debe ser el arte. Cuando la protagonista habla de pintura, se intuye un paralelismo con la literatura y su encaje en la RDA; una forma de entender el arte que difiere por completo del presente, y que por eso resulta tan curioso contrastar.
Brigitte Reimann
Todo esto —la realidad de los artistas y trabajadores en la RDA, los conflictos entre jóvenes y veteranos, el deseo de huir a Alemania Occidental— ocurre mientras estos mismos chicos y chicas se divierten, salen a tomar algo, se echan novio. Es decir, lo que podría considerarse una cotidianeidad más próxima a nosotros, aunque con las particularidades de ese mundo ya perdido. Reimann tiene la capacidad de retratar esas tensiones latentes en el día a día con sutileza y perspicacia. Como comenta Ibon Zubiaur, la autora terminó renegando de esta novela —ella misma lo vaticina en la p. 82: «Creo que ningún crítico puede ser tan inmisericorde como un artista con su propia obra cuando le separan de ella meses y años repletos de obras nuevas»—, tanto por los aspectos lingüísticos —y es cierto que, conociendo obras posteriores como La verde luz de las estepas (1965), Franziska Linkerhand (1974) o su correspondencia con Hermann Henselmann recogida en En la ciudad del mañana (2013), su estilo se robusteció— como por el devenir político, que la llevó a renegar de lo manifestado —«Era una tonta crédula», escribió en su diario en 1968—. En cualquier caso, ni lo uno ni lo otro desacredita el interés de Los hermanos, porque su valor está, precisamente, en narrar con inmediatez y frescura el aquí y ahora de un periodo determinado. Da voz a una generación joven con las armas y el espíritu de una mujer joven; en estas páginas bulle algo intenso y verdadero.

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