31 diciembre 2018

Mejores lecturas 2018

Novedades publicadas en 2018
(Clicad en los títulos para leer mis reseñas completas.)

  1. La vida en tiempo de paz, Francesco Pecoraro, Periférica, trad. Paula Caballero y Carmen Torres. Novela total, de esas que a partir de la vida de un personaje condensan una época. En ese caso, ese periodo es la historia de Europa desde la posguerra hasta nuestros días. Con mirada crítica y voz torrencial, plasma la deriva hacia la destrucción de Occidente. Sublime.
  2. Una educación, Tara Westover, Lumen, trad. Antonia Martín. Las memorias noveladas de una joven que creció al margen de la civilización, sin ir a la escuela ni conocer la fecha exacta de su nacimiento. Las palabras que se pueden decir de este libro suenan a tópico, pero lo que narra la autora rebosa inteligencia, humanidad y verdad literaria. Mucho más que un testimonio.
  3. Chica de campo. Memorias, Edna O'Brien, Errata naturae, trad. Regina López Muñoz. De la Irlanda rural de su infancia a las fiestas en el Londres bohemio de los años sesenta, del matrimonio fallido a las trabas en su carrera literaria. Unas memorias extraordinarias y generosas, por una de las grandes del siglo XX.
  4. Las ocho montañas, Paolo Cognetti, Literatura Random House, trad. César Palma. Una conmovedora novela sobre la amistad, la paternidad y el exilio interior, escrita con un estilo sobrio y una honestidad abrumadora. Capta el espíritu de los grandes solitarios con sutileza y sin golpes de efecto. 
  5. Kentukis, Samanta Schweblin, Literatura Random House. Un planteamiento distópico que nos habla, en el fondo, de la fragilidad humana y los problemas del individualismo creciente. Perspicaz y socarrón. Es un honor compartir época e idioma con Samanta Schweblin para leer cómo narra nuestra sociedad. 
  6. Prestigio, Rachel Cusk, Libros del Asteroide, trad. Catalina Martínez Muñoz. El reconocimiento es para la trilogía formada por A contraluz, Tránsito y Prestigio, un despliegue de narrativa de alto nivel, una voz reflexiva que da la vuelta a la autoficción y explora los dilemas actuales del matrimonio y la maternidad.  
  7. Ataduras, Domenico Starnone, Lumen, trad. Celia Filipetto. El desorden detrás del orden aparente, o cómo deconstruir la relación de una pareja a lo largo de los años para revelar los conflictos que no han cicatrizado, con mordacidad y sin sentimentalismo. Los puntos de vista del hombre y de la mujer frente a frente. 
  8. Un caballero en Moscú, Amor Towles, Salamandra, trad. Gemma Rovira Ortega. La historia de la Unión Soviética concentrada en la peripecia de un noble de los de antes condenado a vivir encerrado en un hotel. Personajes carismáticos, estilo elegante y minucioso, estructura magistral. Una novela histórica impecable.
  9. La novena hora, Alice McDermott, Libros del Asteroide, trad. Carlos Manzano. Con una escritura delicada, la autora rinde homenaje a la comunidad de monjas que ayudaron a los más desfavorecidos en el Brooklyn de la primera mitad del siglo XX. Narrativa con hondura, personajes y escenas memorables.
  10. Pequeño país, Gaël Faye, Salamandra, trad. José Fajardo González. Una ópera prima sobre un muchacho que crece en un país de África bajo la amenaza de un genocidio inminente. Novela de aprendizaje, guerra, conflicto étnico. El autor escribe bonito y nos introduce en una realidad poco conocida en Occidente.
Recuperaciones
(De libros publicados por primera vez en castellano en 2018.)

  1. Vana respuesta, Rosamond Lehmann, Errata naturae, trad. Regina López Muñoz. El mejor libro publicado en 2018 que he leído este año es esta novela de los años veinte sobre la educación sentimental de una joven británica. Sorprende por su valentía al abordar el despertar sexual y por lo maravillosamente escrita que está para ser el debut de la autora.
  2. A la izquierda, donde el corazón, Leonhard Frank, Errata naturae, trad. Esther Cruz Santaella. Novela autobiográfica en la que el autor recorre la historia de Alemania en la primera mitad del siglo XX, desde sus inicios como narrador al exilio a Estados Unidos después de huir de un campo de concentración. Un libro lleno de literatura y de vida.
  3. En un café, Mary Lavin, Errata naturae, trad. Regina López Muñoz. Una de las grandes escritoras irlandesas del siglo XX, maestra del cuento, aún desconocida para muchos. Relatos costumbristas, que exploran las tensiones de la gente sencilla con un estilo que puede relacionarse con Alice Munro o Edna O'Brien.
  4. Algunas formas de amor, Charlotte Mew, Periférica, trad. Ángeles de los Santos. Entre el realismo del siglo XIX y el modernismo de principios del XX se sitúan estas historias, la única obra en prosa de la poeta Charlotte Mew. Narraciones espléndidas sobre personajes que han amado y han dejado de hacerlo, sobre heridas y búsqueda interior. Precioso.
  5. Río revuelto, Joan Didion, Gatopardo, trad. Javier Calvo. La joven Joan Didion se dio a conocer con una novela implacable sobre los secretos de un matrimonio, en el marco de unas familias de pioneros californianos que ven cómo su estirpe, tal como la han entendido, llega a su fin. Un debut extraordinario.
(Publicaré las reseñas de los libros de Francesco Pecoraro, Samanta Schweblin, Amor Towles y Rosamond Lehmann en las próximas semanas.)

Todos los libros reseñados en 2018
(Por orden de publicación de la reseña. He leído más, pero ya os lo contaré en 2019.)

Mis preferidos, de cualquier año, con asterisco (*).
  1. Margaret Atwood, La semilla de la bruja, Lumen, 2018
  2. Joanna Connors, Te encontraré, Errata naturae, 2018
  3. Elvira Seminara, El mapa de las prendas que amé, Lumen, 2017
  4. Marcello Fois, El tiempo de en medio, Hoja de Lata, 2017
  5. Walter Siti, El contagio, Entre Ambos, 2017
  6. Sabahattin Ali, Madona con abrigo de piel, Salamandra, 2018
  7. Terry Tempest Williams, Refugio, Errata naturae, 2018*
  8. Hiromi Kawakami, El cielo es azul, la tierra blanca, Alfaguara, 2017*
  9. Anita Brookner, Un debut en la vida, Libros del Asteroide, 2018
  10. Kaori Ekuni, Luz brillante, Funambulista, 2017
  11. Berta Vias Mahou, Una vida prestada, Lumen, 2018
  12. Gaël Faye, Pequeño país, Salamandra, 2018*
  13. Marina Palei, Mónechka, Automática, 2016
  14. Leonor de Recondo, Amores, Minúscula, 2018
  15. Gianni Celati, Lunario del paraíso, Periférica, 2018
  16. Angelika Schrobsdorff, Hombres, Periférica y Errata naturae, 2018*
  17. Mary Lavin, En un café, Errata naturae, 2018*
  18. Joanna Walsh, Vértigo, Periférica, 2018*
  19. Maksim Gorki, Infancia, Automática, 2012*
  20. Belén Gopegui, La escala de los mapas, Literatura Random House, 2018
  21. Hiromi Kawakami, Los amores de Nishino, Alfaguara, 2017
  22. Juhani Aho, Solo, Errata naturae, 2017
  23. Alba de Céspedes, El cuaderno prohibido, Contraseña, 2017*
  24. Alice Herdan-Zuckmayer, Una granja en las Green Mountains, Periférica, 2018
  25. Mark Haddon, El hundimiento del muelle, Malpaso, 2018
  26. Pierre Bost, Un domingo en el campo, Errata naturae, 2018
  27. J. D. Salinger, El guardián entre el centeno, Alianza, 2018*
  28. Paolo Cognetti, El muchacho silvestre, Minúscula, 2017
  29. Penelope Fitzgerald, A la deriva, Impedimenta, 2018
  30. Joan Didion, Río revuelto, Gatopardo, 2018*
  31. Giorgio Fontana, Por ley superior, Libros del Asteroide, 2017*
  32. Alberto Arbasino, La bella de Lodi, Siruela, 2018
  33. J. D. Salinger, Franny y Zooey, Alianza, 2018
  34. Ayobami Adebayo, Quédate conmigo, Gatopardo, 2018
  35. Marie Luise Kaschnitz, El amor comienza, Hoja de Lata, 2018
  36. Livia de Stefani, La viña de uvas negras, Altamarea, 2018
  37. Luciano Bianciardi, El trabajo cultural, Errata naturae, 2017
  38. Michèle Desbordes, El vestido azul, Periférica, 2018
  39. Joyce Carol Oates, Un libro de mártires americanos, Alfaguara, 2017*
  40. Tara Westover, Una educación, Lumen, 2018*
  41. Rachel Cusk, Tránsito, Libros del Asteroide, 2017*
  42. Romain Gary, Lady L., Galaxia Gutenberg, 2018
  43. Tom Kristensen, Devastación, Errata naturae, 2018*
  44. María Iordanidu, Loxandra, Acantilado, 2018*
  45. Emmanuel Bove, Un padre y su hija, Hermida, 2018
  46. Paolo Cognetti, Las ocho montañas, Literatura Random House, 2018*
  47. Charlotte Mew, Algunas formas de amor, Periférica, 2018*
  48. Jean Meckert, Los golpes, Las Afueras, 2017
  49. Colm Tóibín, The Master, Lumen, 2018*
  50. Rumer Godden, El río, Acantilado, 2018*
  51. Gustave Amiot, La duquesa de Vaneuse, Periférica, 2018
  52. Aki Shimazaki, El quinteto de Nagasaki, Lumen, 2018
  53. Han Kang, Actos humanos, :Rata_, 2018
  54. NoViolet Bulawayo, Necesitamos nombres nuevos, Salamandra, 2018
  55. Sara Mesa, Cara de pan, Anagrama, 2018
  56. Mavis Gallant, Agua verde, cielo verde, Impedimenta, 2018
  57. Cesare Pavese, La playa, Altamarea, 2018
  58. Penelope Mortimer, Papá se ha ido de caza, Impedimenta, 2018
  59. Daphne du Maurier, Monte Verità, El Paseo, 2018*
  60. Kim Thúy, Vi. Una mujer minúscula, Periférica, 2018
  61. Eduardo Blanco Amor, La catedral y el niño, Libros del Asteroide, 2018*
  62. Edward Abbey, Fuego en la montaña, Errata naturae, 2018
  63. Ugo Pirro, Las soldadesas, Altamarea, 2018
  64. Donatella Di Pietrantonio, La Retornada, Duomo, 2018
  65. Daphne du Maurier, Los pájaros y otros relatos, El Paseo, 2017*
  66. Fernanda Trías, La azotea, Tránsito, 2018
  67. Edna O'Brien, Chica de campo. Memorias, Errata naturae, 2018*
  68. Leonhard Frank, A la izquierda, donde el corazón, Errata naturae, 2018*
  69. Domenico Starnone, Ataduras, Lumen, 2018*
  70. Aki Shimazaki, Hôzuki, la librería de Mitsuko, Nórdica, 2017
  71. José Eduardo Agualusa, Teoría general del olvido, Edhasa, 2017
  72. Rachel Cusk, Prestigio, Libros del Asteroide, 2018*
  73. Katharina Winkler, Cárdeno adorno, Periférica, 2018
  74. Alice McDermott, La novena hora, Libros del Asteroide, 2018*
  75. Caroline Lamarche, La memoria del aire, Tránsito, 2018
  76. Natalia Ginzburg, Me casé por alegría, Acantilado, 2018
  77. Christine Lavant, Notas desde un manicomio, Errata naturae, 2018
  78. Luciano Bianciardi, La integración, Errata naturae, 2018
  79. Colm Tóibín, La casa de los nombres, Lumen, 2017
  80. Edith Olivier, Querida niña, Periférica, 2017*
  81. Jeanette Winterson, Días de Navidad, Lumen, 2018


Mi balance de 2018

Confieso que me avergüenza haber leído tantas novedades. Leo por placer, nada ni nadie me obliga a leer unos determinados libros, pero además del esparcimiento me importa, cómo expresarlo, formarme como lectora. Y cuando uno quiere formarse, no puede olvidar las bases. Pese a leer tanto, sigo teniendo muchas lagunas.

Es cierto que buena parte de lo que se ha quedado sin reseñar son, precisamente, clásicos: Stendhal, Edith Wharton, Oscar Wilde, Charles Dickens, Elizabeth Gaskell, Raymond Chandler... No he hablado de ellos en el blog porque creo que interesan más las novedades (¿alguien necesita que le recomiende a Dickens?) y no puedo abarcarlo todo. Aun así, en 2019 voy a intentar comentarlos.

Me avergüenza asimismo haber leído tan poca narrativa española, y nada de literatura catalana, que son las que me quedan más cerca. Parezco inglesa, damn it! Vuelvo a lo de antes, soy libre de elegir mis lecturas, pero me importa conocer lo próximo.

El año lector no ha estado nada mal, de todas formas. He leído por fin a autores como J. D. Salinger, Joan Didion, Maksim Gorki o Hiromi Kawakami, que se han convertido en imprescindibles para mí. He repetido con algunos de mis preferidos, como Colm Tóibín, Jeanette Winterson, Rachel Cusk o Natalia Ginzburg. He descubierto clásicos singulares, como María Iordanidu (griega) o Tom Kristensen (danés), y nuevas voces tan prometedoras como Tara Westover, Gaël Faye, Joanna Walsh o Fernanda Trías. En general, he leído muchos libros notables, algunos sobresalientes y pocos mediocres.

Aunque predominen los anglosajones, italianos y francófonos, ha sido un año rico en culturas, con nuevas generaciones de narradores africanos (Gaël Faye, Ayobami Adebayo, NoViolet Bulawayo) y voces relevantes de Oriente (Han Kang, Aki Shimazaki, Hiromi Kawakami). Como curiosidad, he leído por primera vez a un escritor angoleño (José Eduardo Agualusa) y a una vietnamita (Kim Thúy). Eso sí, apenas hay autores nórdicos, del este de Europa y de Latinoamérica; lo dicho, no se puede leer todo.

Y en 2019...

En 2019 me gustaría abarcar menos y apretar más. No es el primer año que me lo propongo, pero en esta ocasión estoy más decidida. Leer a fondo a algunos autores. Profundizar en narrativa catalana, española, hispana, italiana, francófona y anglosajona (casi nada, aunque en las últimas digamos que soy una alumna avanzada; me tengo que centrar en las primeras). ¿Por qué? Porque conozco las lenguas, las puedo leer en versión original. Y porque en este momento de mi vida me apetece.

También me apetece desconectar un poco de las novedades. Haré excepciones (el primer trimestre se publican libros de Anne Tyler, Jhumpa Lahiri y Mary Karr), pero mi intención es marcar mi hoja de ruta. Al tener el blog (y me sonrojo al admitir esto), a veces me he sentido como una crítica literaria profesional, que debe mantenerse al día, debe informar a los lectores; sin embargo, solo soy una aficionada, no tengo ninguna obligación al respecto. En los últimos meses me he llegado a aburrir al ver cómo los blogueros nos rendimos a las novedades con tanta facilidad, cómo reseñamos todos lo mismo. Necesito aire fresco. Leer lo que me plazca, sí, pero con cierto orden, con ese objetivo de aprender. Y si algún día un periódico me paga por escribir, ya veremos.

Con todo, soy una lectora curiosa. No faltará algo inesperado... y bienvenido sea.


Vosotros...

¿Cuáles han sido vuestras mejores lecturas del año?
¿Os habéis hecho algún propósito lector para 2019?

¡Feliz 2019!

24 diciembre 2018

Días de Navidad - Jeanette Winterson


Edición: Lumen, 2018 (trad. Miguel Temprano García)
Páginas: 320
ISBN: 9788426404466
Precio: 22,90 € (e-book: 8,99 €)

Hacía tiempo que me apetecía leer cuentos de Navidad que no fueran los clásicos del siglo XIX, sino propuestas más actuales. He tenido la suerte de que Jeanette Winterson (Manchester, 1959), una de las escritoras que más admiro –haced el favor de leer La pasión (1987), Escrito en el cuerpo (1992) y La niña del faro (2004), por ejemplo–, sea una entusiasta de estas fiestas. A Winterson la adoptó un matrimonio evangélico que la educó para ser misionera y renegó de ella cuando, a los dieciséis años, se enamoró de una chica. No tuvo una infancia al uso, pero por eso mismo esta celebración es un recuerdo especial para ella: era uno de los pocos momentos en que su madre estaba contenta. Días de Navidad (2016) recoge doce relatos que ha escrito a lo largo de los años durante estas fechas, acompañados de recetas (placer doble: lectura y comida) y reflexiones amenas de esas que nos hacemos cuando llega la hora de hacer balance.
El «cuento de Navidad» constituye un género en sí mismo, con su pizca de magia, de ensoñación, de creer en los milagros. Sus motivos recurrentes: el muñeco de nieve, los niños huérfanos, las casas encantadas, los cuentos de hadas, la redención. Winterson, que desde sus comienzos se ha nutrido de la tradición oral –su debut, Fruta prohibida (1985), alterna la historia principal con una fábula de tintes medievales–, conjuga en estos textos la herencia de las narraciones decimonónicas con la mirada, tan punzante como sarcástica, del siglo XXI. Magia, sí, pero además consumismo, pantallas, grandes almacenes y comilonas. Algunos parecen suspendidos en el tiempo, homenajes que van del género gótico de «Navidad siniestra», «La segunda mejor cama» y «La novia de muérdago» (este último digno de Angela Carter) a la inocencia de la fábula en «La Mami de Nieve» o «La Rana de Plata», pasando por una aproximación (personalísima y simpática) al relato bíblico en «El león, el unicornio y yo».
Otros, en cambio, están impregnados del aire de nuestro tiempo, como «El espíritu de Navidad», el primero de la compilación, una suerte de vuelta de tuerca al clásico de Dickens: en lugar de comprar, de recibir regalos, de sumarse al exceso, se invita a los personajes a desprenderse de lo superfluo, porque lo que nos define, lo que define nuestra era, es lo que tenemos de más, y no solo en el sentido material: también nos sobran los miedos… y ahí está la genialidad de Winterson para convertir este tema en un hermoso cuento. En varios cuentos, de hecho, porque el miedo a afrontar lo que tememos es un planteamiento habitual en este libro. En general, la autora escribe en un registro más amable de lo que acostumbra –abundan, cómo no, mensajes de amor, reconciliación, esperanza, ilusión–, pero sin ñoñerías ni cursilería. Y, lo más importante, con humor. Ella misma dice que se sienta al teclado para jugar, y vaya si se nota.
Winterson se divierte y nos divierte; así se podrían resumir estos Días de Navidad. Sin renunciar a la creatividad, a la imaginería, a la plasticidad del lenguaje, a la emoción. Hasta para contar recetas tiene gracia. Winterson es una de esas autoras que trabajan el estilo, una artista de la forma. Se nota en cada palabra que escribe, en los cuentos, pero todavía más en los comentarios que los acompañan. Con las recetas comparte recuerdos: las comidas en compañía son una parte fundamental de la Navidad, y a ella no le faltan amigos. Esta no será, tal vez, una de sus obras más ambiciosas, pero, paradójicamente, es una de las más personales, por cuanto no lees solo el fruto de su oficio como narradora –las ficciones– sino un pedazo de su intimidad, de su manera de vivir la Navidad. Como en sus (extraordinarias) memorias, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? (2011) –por favor, leedlas también–, se abre al lector sin recrearse en el dolor, sin autocompasión. Suena natural y sin complejos, como una voz amiga.
Jeanette Winterson
¿Por qué leer Días de Navidad? Por el encanto de la magia. Por el misterio. Por el humor. Por el amor. Por los recuerdos. Por la esperanza. Por la riqueza de géneros. Por tomarse un respiro entre otras lecturas. Por el humor (sí, lo repito). Porque es Navidad. Porque es Jeanette Winterson. Este es uno de esos libros que te reconcilian con la vida. No quiero incentivar (más) el consumismo, pero me parece el regalo perfecto para una persona querida o, por qué no, para uno mismo. Además, la encuadernación en tapa dura y las ilustraciones lo hacen aún más bonito (ay, he escrito «bonito»; lo siento, es Navidad).
***
Con esta entrada aprovecho para desearos felices fiestas. Por mi parte, no publicaré más reseñas hasta el año que viene, pero os espero el día 31 con mi lista de mejores lecturas de 2018 (y ya os adelanto que habrá sorpresas). ¡Feliz Navidad!

21 diciembre 2018

Querida niña - Edith Olivier

Edición: Periférica, 2017 (trad. Ángeles de los Santos)
Páginas: 168
ISBN: 9788416291472
Precio: 16,00 €

La escritora inglesa Edith Olivier (1872-1948) publicó su primera novela, Querida niña, en 1927. La autora, que procedía de una familia de origen hugonote muy conservadora y se dedicó a las actividades sociales y políticas, comenzó a escribir después de la muerte prematura de su hermana, en 1923. También por entonces se convirtió en una asidua del círculo intelectual de Wiltshire, su tierra natal y donde pasó toda su vida. Su debut, una fábula oscura sobre la soledad, obtuvo un gran reconocimiento. Siguiendo la estela de los cuentos de fantasmas de Henry James, se sirve de lo paranormal para desentrañar las capas más incómodas del encaje del ser humano en la sociedad. El elemento ilusorio no es trivial, sino que representa la patología silenciada, la represión. Este título tiene bastante en común con Lolly Willowes (1926), de su coetánea Sylvia Townsend Warner, y anticipa a narradoras como Marghanita Laski o Barbara Comyns.
Agatha, una mujer treintañera, acaba de perder a su madre. Las dos han vivido solas en su caserón, con la única compañía (distante) del servicio. Agatha, tímida, apenas habla con la familia que acude al entierro. Cuando regresa a casa, se sume en «una soledad que no se podía romper, porque significaba que ella, simplemente, no tenía capacidad para relacionarse con sus semejantes» (p. 5). No tiene amigos, no se recrea en sociedad. Entonces se acuerda de la amiga imaginaria que la acompañó durante su niñez, Clarissa. A los catorce años, la obligaron a olvidarse de esos juegos y «borró» a Clarissa, pero ahora, sin su madre, la muchacha vuelve, primero a sus pensamientos y luego de manera mucho más real. Porque Agatha charla con ella, juega con ella, como antes. O no exactamente como antes: se da la particularidad de que Clarissa no ha crecido, sigue siendo la niña que inventó Agatha, por lo que la relación ya no se desarrolla entre iguales y la mujer adulta adopta un rol más protector, maternal. Con el tiempo, también los demás verán a Clarissa, que se convertirá en una más del hogar.
Al saltar de la imaginación a la realidad, Clarissa arrastra a Agatha con ella: aunque en un principio se mantienen recluidas, disfrutando de su compañía mutua, pronto la niña (y después adolescente) siente deseos de divertirse con otros niños, salir, viajar por el mundo. Agatha, en su papel de madre, accede, y esto la beneficia, porque ella misma se empieza a relacionar más («Agatha era el único juguete de Clarissa, y ella el de Agatha», p. 42). Es interesante examinar el simbolismo de Clarissa: la amiga / hija imaginaria representa todo lo que Agatha, por las razones que fueran (la educación demasiado autoritaria, su propia naturaleza retraída, una familia pequeña), no tuvo. Ella renunció forzosamente a Clarissa a los catorce años, la edad del despertar juvenil; justo a esa edad Agatha debería haber comenzado a romper el cordón umbilical, a rebelarse al control tiránico familiar y emprender su propio camino. No lo hizo; sin su compañera de travesuras, se dejó anular. Como consecuencia, Agatha no disfrutó de los placeres de la juventud. Todo eso lo «vive» ahora, a sus treinta y tantos, a través de las experiencias de Clarissa, porque da a la niña la libertad que ella no tuvo.
Sin embargo, el idilio no dura para siempre. Con la entrada en la adolescencia, Clarissa se vuelve ingobernable incluso para su creadora; no se reprime, quiere hacer todo lo que Agatha no pudo. Esto acabará siendo un problema: Clarissa, una imaginación de Agatha, desarrolla sueños que no se corresponden con los de su creadora. Sus salidas juveniles la alejan de su madre. Si Clarissa nació por el vínculo imaginario con Agatha, ¿podría desaparecer si esa unión se rompe? Por supuesto, Agatha lo quiere impedir a toda costa, pero a la vez sabe que no puede retener a la joven… porque sería lo mismo que hicieron con ella. He aquí una alegoría brillante de los miedos de la madre cuando sus hijos se hacen mayores y teme dejarlos marchar, teme que les hagan daño, y al mismo tiempo es consciente de que sobreprotegerlos tampoco les hará ningún bien. O se pierde el miedo a vivir, o se encierra en una jaula más mental que física.
La novela explora la soledad de una mujer que posee los recursos suficientes para llevar una existencia tranquila, rica en contactos, pero no obstante permanece sola, quieta, con el tiempo detenido a su alrededor, porque no quiere, o no puede, o no conoce otra cosa que la vida en ese caserón. El recurso de la imaginación se erige como una huida de esa soledad, una rebeldía íntima y minúscula a la opresión a que fue sometida en la infancia («Los demás niños esperaban demasiado de ella: espíritu de competición, habilidad para golpear una pelota o participar en una carrera. Siempre habían hecho que se sintiera inferior, excluida.», p. 53). Esta situación tiene un fondo negro, por lo patético (triste, doloroso, cruel) de necesitar escapar a través de la mente, de realizarse en un mundo hecho a su medida por su propia incapacidad de integrarse en el de verdad, donde lo inesperado y el peligro acechan («del mismo modo que otras mujeres encontraban su esparcimiento en la vida social o en la lectura de novelas o en el cotilleo, ella […] encontraba su solaz en esta creación de su propia fantasía», p. 19). No solo se trata de soledad, pues: esta es una novela sobre el miedo –el auténtico trauma de Agatha–, el miedo a romper su monotonía, el miedo a lo desconocido. No ha aprendido a vivir sin temores y se esconde en una realidad paralela. Una mujer con posibles también puede ser una gran solitaria, una marginada de la sociedad.
Edith Olivier
Incluso se puede ir más allá e interpretarla como metáfora de la dependencia emocional: Agatha siempre ha dependido de los demás para todo (su madre, la fantasía, Clarissa; y el servicio, para las cuestiones prácticas). No logra valerse por sí misma; su adolescencia traumática la ha convertido de por vida en una mujer inmadura, frágil, una inepta social. Es evidente que Edith Olivier tiene la capacidad de expresar mucho con muy poco; esta nouvelle es un ejemplo extraordinario de cómo reducir la narración a lo esencial para contar una historia redonda, con muchas capas bajo su aparente simplicidad de cuento de hadas (guiños a La Cenicienta incluidos, en la escena en que Clarissa quiere ir al baile pero su «madrastra» Agatha no se lo permite). Se trata, además, de un ejercicio de contención magistral, el despliegue de un estilo sutil, elegante y pulcro, que fluye sin interferencias. Una pequeña obra maestra.

17 diciembre 2018

La casa de los nombres - Colm Tóibín

Edición: Lumen, 2017 (trad. Antonia Martín Martín)
Páginas: 288
ISBN: 9788426404626
Precio: 20,90 € (e-book: 9,99 €)

En La casa de los nombres (2017), su novela más reciente, Colm Tóibín (Enniscorthy, 1955) narra su versión particular de la Orestíada de Esquilo. Particular, porque toma como punto de partida los acontecimientos iniciales de la obra (el sacrificio de Ifigenia a manos de su padre, Agamenón, el regreso de este de la Guerra de Troya, la venganza de su esposa…), pero, tal como explica él mismo en la nota final, incorpora episodios y personajes de su cosecha; una reinterpretación libre, en suma. No es la primera vez que el autor hace suyo un clásico: El testamento de María (2012), que se adaptó al teatro, da voz a una lúcida María de Nazaret, mientras que The Master (2004), uno de sus títulos más celebrados, evoca la madurez de Henry James. Colm Tóibín, que no en vano está considerado uno de los mejores escritores contemporáneos, se desenvuelve tan bien en los títulos mencionados como en los que recrean su Irlanda natal, y que quizá constituyen su «marca», como Brooklyn (2009) o Nora Webster (2014). Novelista versátil, sí, aunque, en sus propias palabras, «lo único que cambia es el decorado», porque ante todo le interesan los afectos. También en La casa de los nombres.
Me he familiarizado con el olor de la muerte. El olor nauseabundo y dulzón que se coló con el viento en las estancias de este palacio. Ahora me resulta fácil sentirme serena y contenta. Paso la mañana contemplando el cielo y la luz cambiante. El trino de los pájaros se eleva a medida que el mundo se llena de sus propios placeres, y más tarde, al declinar el día, el sonido declina con él y se apaga. Observo cómo se alargan las sombras. Es mucho lo que se ha esfumado, pero el olor de la muerte permanece. Tal vez haya entrado en mi cuerpo y este lo haya acogido como a un viejo amigo de visita. El olor del miedo y del pánico. El olor está aquí igual que el mismísimo aire; retorna igual que retorna la luz de la mañana. Es mi compañero constante; ha dado vida a mis ojos: ojos que se empañaron con la espera y que ya no están empañados, ojos que ahora refulgen de vida.
Muerte, destrucción, supervivencia, sensualidad. Pensar en la Orestíada es pensar en gestas, en intensidad, en un declive implacable. Así es, solo que, en manos de Tóibín, lo íntimo se revela esencial. Emplea múltiples puntos de vista, que va alternando: la primera persona de Clitemnestra y Electra, mujeres a quienes da esa voz tantas veces silenciada; y el narrador omnisciente para Orestes, el verdadero protagonista, un antihéroe que actúa más por influencia de los otros que por él mismo. Para empezar, tiene la palabra Clitemnestra, hundida y enfurecida por la muerte de su hija Ifigenia, sacrificada a los dioses por su progenitor con el fin de ganar la guerra. Agamenón engañó a ambas para conducirlas a la trampa; ahora, Clitemnestra, ya en palacio, prepara su venganza para cuando vuelva («Sí, en casa. Ahí es donde llegó el león. Yo sabía qué hacer con el león una vez que ya estaba en casa», p. 14). Por ahí andan sus hijos menores, una adolescente Electra y el pequeño Orestes, pero la madre solo piensa en su objetivo. La ayuda de su amante, Egisto, será clave.
Tóibín acierta al comenzar la narración con Clitemnestra, una voz subyugante con un inicio memorable («Me he familiarizado con el olor de la muerte», p. 11). Era necesario conocerla enseguida a través de su propia perspectiva para entenderla, para entender su dolor y su rabia, puesto que a ojos de los demás aparece como un personaje cruel y sin escrúpulos; el desplazamiento del punto de vista dota de matices a todos e invita a preguntarse cuánto hay de veraz en sus miradas. Clitemnestra, además, encarna a la madre, ese rol que tan bien se le da al autor en novelas como El testamento de María o Nora Webster. Una mujer de la Antigua Grecia, esposa y amante, víctima y verdugo, pero ante todo madre, madre de una hija a la que han matado. Al igual que la María de Nazaret desconfiada de las pretensiones de su hijo, Clitemnestra despoja su realidad de la intervención divina: «Vivo sola con la estremecedora certeza solitaria de que el tiempo de los dioses ha pasado» (p. 14). Mientras justifican el sacrificio porque el mandato llegó de arriba, ella se vuelve escéptica, casi se podría decir «racional». No compra esos mensajes de grandeza; solo piensa en la pérdida.
Por un instante pensé que eso mismo hacían los dioses con nosotros: nos distraían con simulacros de conflictos, con el grito de la vida; también nos distraían con imágenes de armonía, de belleza y de amor mientras observaban con actitud distante, desapasionados, a la espera del momento en que terminaran, en que se instalara el agotamiento. Se mantenían apartados, igual que nosotras nos manteníamos a distancia. Y cuando todo acababa se encogían de hombros. Habían perdido el interés.
Después de ese brillante comienzo, Orestes toma el relevo. Su peripecia empieza con el rapto que lo conduce a un lugar donde retienen a los niños. Más tarde, se escapa junto a dos amigos, el valeroso Leandro y el enfermizo Mitros, y emprenden el regreso cual Ulises; el título de la novela alude a la casa donde se esconden durante una larga temporada. En la aventura de Orestes también hay asesinatos y lucha por el poder; a Tóibín, no obstante, le interesa más su coming-of-age, cómo el niño que jugaba con la espada con los soldados se convierte en un hombre lejos de su hogar, sin privilegios, en un contexto de vida al límite, con la única compañía de sus colegas y una anciana. Se contrapone este tramo (ocultos, pero tranquilos, satisfechos en cierto grado) con el que vendrá luego, de vuelta en la ciudad. En teoría, la civilización, la compañía de la familia, tendría que ser sinónimo de apego, de bienestar; en esta novela, sin embargo, el regreso conlleva inquietud, ponzoña, tortura, odio. Se da la paradoja de que Orestes era más feliz en su retiro, pese a las carencias, que en la vida en comunidad. La sociedad, y en concreto su poderosa familia, resultan tóxicas, devastadoras.
En el refugio, sin chicas a su alrededor, los únicos referentes del Oreste adolescente son sus amigos y la anciana. Esa especie de fraternidad masculina estrecha los lazos afectivos; y la homosexualidad, en el mundo clásico, se plantea de forma más abierta, que no aceptada, que en otras culturas. Tóibín aborda esta cuestión en casi todas sus novelas, no como el asunto principal, sino como algo que está ahí, que fluye con los personajes. En este caso, se potencia por el aislamiento, por la libertad que da vivir lejos del hogar, si bien por la noche, en el palacio, no son pocos los que se dejan llevar por la pasión. Esos acercamientos conforman la educación sentimental de Orestes; más tarde, a su regreso, chocarán con el motor social por excelencia: el poder. Porque no es lo mismo ser amantes en un lugar apartado, donde ambos son iguales, donde nadie les importuna, que en una sociedad que les otorga roles y obligaciones. Salvando las distancias, podría ser una situación comparable a salir de un internado, del entorno masculino adolescente, a entrar en el mundo de los adultos y el trabajo.
–Vivimos una época extraña –dijo un día–. Una época en que los dioses se desvanecen. Algunos seguimos viéndolos, aunque hay momentos en que no los vemos. Su poder decae. Pronto el mundo será distinto. Se regirá por la luz del día. Será un mundo que apenas valdrá la pena habitar. Deberías considerarte afortunado por haber estado en contacto con el viejo mundo, por haber sentido el roce de sus alas en aquella casa.
Como El testamento de María, lo que caracteriza este retelling es la «humanización» de sus protagonistas, en el sentido de restar heroicidad. La vulnerabilidad de Orestes al perder a su padre, sus dudas con Leandro, la sensación de ser una marioneta en manos de los demás. Clitemnestra, convertida en monstruo por las circunstancias, una madre descompuesta y una amante desencantada. Electra, primero una joven a la sombra de su hermana mayor, luego una mujer que trama entre bambalinas, hecha a sí misma después de la hecatombe familiar. Se derrama sangre, se conspira, pero nada importa más que lo íntimo, el dolor, la desdicha, sentimientos inevitables en una familia corrompida. Personajes, a propósito, magníficos: no son los mismos al principio que al final, maduran, se echan a perder, sobreviven como pueden. Todos con sus sombras, todos con las manos manchadas. La vida en este palacio está llena de secretos sucios.
Colm Tóibín
La casa de los nombres está a la altura de Colm Tóibín, que demuestra una vez más el gran prosista que es, un maestro de la narración sosegada, de los personajes que se muestran poco a poco. Con un estilo esmerado, sutil; nunca artificioso. Un narrador que aborda grandes temas (desde la maternidad al viaje iniciático, pasando por la homosexualidad, la pérdida y la corrupción moral) con hondura y delicadeza, deslizándose con suavidad por ellos. Esta tragedia griega convence tanto como sus costumbristas Brooklyn o Nora Webster, convence incluso más que algunos retellings más «fieles» al original. Tiene su sello, ha sabido adaptarlo a su concepción del hecho literario, lo ha despojado de su mitología divina (o al menos la ha rebajado) y ha aproximado su pensamiento a la racionalidad contemporánea. Tal como él advierte, no se trata tanto del escenario como del fondo, de la verdad literaria que trasciende; y la de este libro interpela, sin duda, al lector.
Citas en cursiva de las páginas 11, 31 y 216.

14 diciembre 2018

La integración - Luciano Bianciardi


Edición: Errata naturae, 2018 (trad. Miguel Ros González)
Páginas: 144
ISBN:  9788416544622
Precio: 14,00 €

Después de El trabajo cultural (1957), una crónica mordaz sobre los intentos de sacudir el círculo intelectual italiano de mediados del siglo XX desde una ciudad de provincias, Luciano Bianciardi (Grosseto, 1922–Milán, 1971) siguió narrando con humor corrosivo las maniobras de un grupo de jóvenes letraheridos para hacerse un hueco en el sector cultural y tratar de modernizarlo, de quitarle el polvo que el fascismo y la guerra dejaron en él, aprovechando la oportunidad del crecimiento económico. Por supuesto, estos libros beben de su experiencia. En La integración (1960), el narrador, llamado Luciano a cara descubierta, se traslada a Milán junto a su hermano, Marcello: una vez lejos de su pequeña ciudad de provincias, comienzan a trabajar en el mundo editorial.
No encuentra ningún vínculo con ella, y tampoco con la otra Italia, la del sur, que pasa hambre, que sobrevive con cien mil liras al año por familia, que no sabe leer ni escribir. Entre esas dos Italias, deprimidas por diferentes motivos, como suele decirse, nuestra Italia de en medio no consigue mediar. Estar ahí será todo lo cómodo que quieras, pero no sirve de nada. Yo creo que tú y yo hemos venido al norte precisamente para eso, para intentar mediar. Si has venido con la idea de instalarte en la «gran ciudad» para vivir a cuerpo de rey, te equivocas de lleno y te repito que eres un provinciano. Hemos venido al norte como podíamos haber cogido el tren rumbo al sur, a Matera. Hemos llegado a una zona deprimida, escucha bien lo que te digo, y mucho más difícil que Lucania, porque allí abajo la depresión salta a la vista de inmediato, mientras que aquí se disfraza de progreso, de modernidad. Pero es depresión: mírales a la cara y te darás cuenta. A nosotros nos toca luchar por el alzamiento, por el resurgimiento, por qué no decirlo, de esta Italia, también de esta Italia.
Los hermanos se unen a un grupo de intelectuales que pone en marcha un proyecto, una línea editorial que se pretende novedosa. Bianciardi retrata la ingenuidad de todos ellos, de esos pardillos con interés por la sociología, las desigualdades, las grandes ideas; esos muchachos, en fin, cargados de buenas intenciones, pero que se topan –no podía ser de otra manera– con la cruda realidad. No resulta fácil poner en práctica esas expectativas elevadas, no resulta fácil conseguir que la editorial (que, al fin y al cabo, no deja de ser un negocio) salga adelante. La indisciplina, el desorden, los problemas con los pagos. El libro cuenta las dificultades que se producen en el paso de la teoría, el debate amigable, sin presión, a la concreción de un proyecto en el que todos tienen que hincar codos para que funcione. Indaga también en el rol de las mujeres en él:
¿Qué piensan las mujeres? ¿Hasta qué punto y de qué forma han cambiado, en los últimos cien años, en los últimos cincuenta años?  ¿Hasta qué punto son las mujeres las que se impregnan de la ideología que conviene al patrón? Me refiero a la mujer de a pie, a esa historia de las medias, la permanente, el pintalabios, el perfume y todo lo que se compra para gustarle. Porque detrás de todo eso, que parecen naderías superficiales, hay una ideología, y vosotros sabéis de sobra cuál. Así es, ni más ni menos, como una ideología se vuelve operativa; de poco sirve mientras sea un libro, un artículo, palabras escritas.
El título hace referencia al hecho de que, con el tiempo, el protagonista se adapta a esa nueva vida. Pasa de ser un joven con pájaros en la cabeza a «integrarse» en la sociedad milanesa, al sistema del que tanto renegaba: un trabajo bien remunerado, los horarios fijos, la seguridad del matrimonio (sí, también se habla de amor, que, como todo lo demás, va de los primeros encuentros apasionados, febriles, con una chica llamada Anna, a la monotonía de la pareja de casados, que encarna lo opuesto). Es algo así como hacerse adulto: renunciar a los sueños revolucionarios de juventud, en la línea de lo narrado en El trabajo cultural. Bianciardi se ríe de sí mismo, de su candidez y sus locuras, de su aprendizaje a golpes; una autocrítica hilarante.
«Hemos ido a dar con una panda de locos», me decía. «¿Te das cuenta de que cada día tienen ideas nuevas y no profundizan en ninguna?».
Luciano Bianciardi
Las crónicas de Bianciardi –por ahora se han publicado las dos mencionadas y la más aplaudida, La vida agria (1962), las tres con traducción de Miguel Ros González para Errata naturae– son un testimonio lúcido y divertido de su tiempo, que disfrutarán sobre todo aquellos que, como él, conocemos los entresijos de este ambiente. Hay, por ejemplo, un capítulo sobre corrección, comillas y demás que encantará a todos los que alguna vez se han enfrentado, bolígrafo en mano, a una maqueta; genial. Ah, y no solo merece la pena por el contenido: el estilo del autor es asimismo espléndido, con su sarcasmo, su precisión y sus reflexiones inteligentes. Es una suerte, en definitiva, que la editorial haya apostado por recuperar su obra: enriquece nuestro bagaje al tiempo que nos deleita con un placer intelectual. Bien, muy bien.
Citas en cursiva de las páginas 38, 42 y 73.

10 diciembre 2018

Notas desde un manicomio - Christine Lavant

Edición: Errata naturae, 2018 (trad. Nieves Trabanco)
Páginas: 80
ISBN: 9788416544707
Precio: 11,00 €

Las enfermedades mentales han sido (siguen siendo, en gran medida) un tabú. He aquí un primer motivo por el que prestar atención a este libro: Christine Lavant (Gross-Edling, 1915 – Wolfberg, 1973), seudónimo de Christine Thonhauser, comparte sus experiencias como interna en un hospital psiquiátrico en 1935. Esta poeta austríaca, inédita en España pero reconocida en su país, sintió la necesidad, la urgencia, de dedicarse a la literatura. Como tantos otros, solo que a ella no la acompañó el entorno: de origen muy humilde, formaba parte de una familia numerosa de tradición minera. Ella misma trabajó como tejedora, y apenas salió de la localidad donde había nacido. Tímida, recluida en su pueblo, atormentada por no encajar en lo que se esperaba de una mujer, quiso ingresar por voluntad propia. Su estancia duró un mes y medio.
Notas desde un manicomio, escrito en 1946 y publicado de forma póstuma siguiendo las indicaciones de la autora, que lo consideraba demasiado personal para mostrarlo en vida, es en realidad mucho más que unas simples «notas»: trasciende lo testimonial para erigirse en un texto literario de altura, elogiado por, entre otros, Thomas Bernhard. Es la voz, descarnada pero lúcida, de una mujer que indaga en su encierro voluntario, un encierro en el que trató de recuperar algo parecido al equilibrio. «Mientras que aquí se me considere una invitada de paso y que yo misma me sienta como tal, no he traspasado la última frontera» (p. 6), reflexiona; el hecho de haber elegido entrar le da esperanza, la aleja de las enfermas más graves, como si aún no estuviera todo perdido para ella. Eso se convierte en su fortaleza para seguir adelante con la recuperación.
Este breve monólogo condensa una aproximación al hospital en la que cuenta más la mirada íntima sobre todo lo «humano» (la relación médico-enfermera-paciente, con su disciplina escolar, la convivencia de las enfermas, las jerarquías) que el análisis de lo «médico». No se recrea en los trastornos, tampoco en el suyo, sino que ahonda en detalles reveladores del día a día, desde las excentricidades de algunas mujeres a la tensión entre ellas, pasando por las carencias del sistema («Porque todo el sufrimiento que aquí hay está tan por encima de todo lo humano que es imposible que pueda ser afrontado sólo con medios humanos», p. 20). Todo ello, hay que insistir, desde un punto de vista puramente literario, sin intenciones didácticas ni periodísticas, aunque en la práctica aporte más información sobre ese ambiente que las crónicas convencionales.
Christine Lavant
No se puede ignorar, por otro lado, la condición de centro «para mujeres», que condiciona el trato a las pacientes. Por ejemplo, médicos que dan por sentado que la narradora está deprimida como consecuencia de un mal de amores, como si una joven como ella solo pudiera sufrir por eso. En general, prevalece la idea, entre los personajes «sanos», de que las mujeres que se tuercen lo hacen por no llevar esa vida de esposa-madre-ama de casa, que sus problemas se solucionarían con una familia estable. En este sentido, la perspectiva de género pone de manifiesto los prejuicios de la época, que denigraban aún más a las enfermas; no comprendían la naturaleza de su trauma, de ahí la dificultad para recuperarse. La transparencia del texto de Christine Lavant resulta iluminadora en toda su crudeza.

07 diciembre 2018

Libros para regalar estas Navidades (2018-19)

  1. El must de la temporada: Una educación, de Tara Westover (Lumen). La historia real de una joven que creció aislada, en un entorno embrutecido, pero salió de él gracias al estudio. Impresionante por lo que cuenta y por lo bien escrita que está.
  2. Una historia conmovedora de amistad y soledad: Las ocho montañas, de Paolo Cognetti (Literatura Random House). Con aparente sencillez, el autor da forma a unos personajes y un lugar -la montaña- que permanecen en el lector.
  3. Uno de los proyectos narrativos más deslumbrantes de este siglo: la trilogía A contraluz, Tránsito y Prestigio, de Rachel Cusk (Libros del Asteroide). Innovador, exigente, brillante, pertinente... y adictivo.
  4. Cuando una ciudad -Constantinopla- y un personaje -la matriarca de una familia- se funden: Loxandra, de María Iordanidu (Acantilado). Un clásico recuperado de la literatura griega moderna que rinde homenaje a la vida de las mujeres.
  5. Para los que disfrutaron con Elena Ferrante: Ataduras, de Domenico Starnone (Lumen). Una exploración lúcida y chispeante de un matrimonio en diferentes etapas de su relación, con un estilo vivaz y una honestidad abrumadora.
  6. Vida y literatura en la Alemania de la primera mitad del siglo XX: A la izquierda, donde el corazón, de Leonhard Frank (Errata naturae). Un recorrido implacable por la trayectoria del autor y, a la vez, una novela excelente.
  7. Las narraciones exquisitas de una autora inglesa olvidada: Algunas formas de amor, de Charlotte Mew (Periférica). La soledad, el desamor, la pérdida. Unos cuentos que aún tienen la capacidad de interpelarnos.
  8. Un pequeño (y encantador) clásico de la novela de aprendizaje: El río, de Rumer Godden (Acantilado). Se sitúa en la India colonial e inspiró la aclamada película de Jean Renoir.
  9. Una joven que crece entre dos culturas: Vi. Una mujer minúscula, de Kim Thúy (Periférica). De Vietnam a Canadá, de la herencia materna a la asimilación de valores occidentales. Delicada e intimista.
  10. Una novela llena de humanidad y con personajes memorables: La novena hora, de Alice McDermott (Libros del Asteroide). Una de las autoras del momento.
  11. Una novela entretenida, con sabor a las épicas de antaño: Fuego en la montaña, de Edward Abbey (Errata naturae). Coming-of-age, sentido del humor y defensa de valores ecologistas.
  12. Literatura poética y cruda para retratar la violencia que sufren muchas mujeres: Cárdeno adorno, de Katharina Winkler (Periférica). El periplo de una mujer de una aldea kurda que se casa con el hombre equivocado.
  13. Una poderosa inmersión en el Henry James adulto: The Master, de Colm Tóibín (Lumen). Novela de altura, para leer con calma, de un genio sobre otro genio.
  14. La caída en desgracia de un intelectual en los años veinte: Devastación, de Tom Kristensen. El lado turbio del ambiente bohemio en la Dinamarca de la época, un retrato desgarrador del burgués desencantado y la debacle del alcoholismo.
  15. Las memorias de una de las mejores escritoras del siglo XX: Chica de campo, de Edna O'Brien (Errata naturae). Infancia en la Irlanda rural, el miedo al padre, un matrimonio desdichado, Swinging London, su carrera literaria y mucho más.
  16. Una voz áspera e inquietante que nos habla de relaciones de poder, aislamiento y perturbación: La azotea, de Fernanda Trías (Tránsito). Un descubrimiento.
  17. Una mirada lúcida al rol de la mujer en la guerra: Las soldadesas, de Ugo Pirro (Altamarea). Un potente mensaje antibelicista, basado en las vivencias del autor. 
  18. Mujer, madre y esposa a punto de perder el control: Papá se ha ido de caza, de Penelope Mortimer (Impedimenta). Maternidad, aborto, locura. Sin tabús.
Y mi recomendación especial:
  • Unos cuentos navideños para el siglo XXI: Días de Navidad, de Jeanette Winterson (Lumen). Talento, ingenio y plasticidad narrativa: espléndidos.
¡Felices fiestas!

03 diciembre 2018

Me casé por alegría - Natalia Ginzburg

Edición: Acantilado, 2018 (trad. Andrés Barba)
Páginas: 128
ISBN: 9788416748907
Precio: 12,00 €

Novela, ensayo, relato, teatro: Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 – Roma, 1991) escribió de todo y todo lo escribió bien, no en vano es una de las grandes del siglo XX, una escritora que supo construir un universo literario rico a partir de la observación de las menudencias cotidianas. La parte menos conocida de su obra, al menos para el lector español, es su faceta como dramaturga, que cultivó a partir de los años sesenta, ya como una autora consumada. Me casé por alegría (1966), inédita hasta la fecha en castellano, fue su primera pieza, una comedia de costumbres de estructura circular que tiene su sello inconfundible. Es posible que el público actual esté poco habituado a leer textos dramáticos; aun así, si se ha leído antes a Natalia Ginzburg, no cuesta entrar en este (de hecho, sus novelas se caracterizan por su cercanía a la expresión oral, en forma de diálogo o monólogo interior, fundamental en el teatro). Es más: nada mejor que tomar contacto con el género con una autora ya leída y apreciada.
Giuliana y Pietro son dos jóvenes recién casados que viven en Roma. Él, un abogado a quien auguran un futuro brillante; ella, una chica de provincias humilde que se marchó de casa a los diecisiete años y se ha dado algún que otro batacazo. Enseguida se descubre que contrajeron matrimonio cuando apenas se conocían; la obra se centra en los primeros días de su convivencia, que ponen de relieve lo poco que saben el uno del otro y tratan de responder, de manera directa o indirecta, a la pregunta de por qué se casaron («Estaba dispuesta a casarme con quien fuera cuando te encontré, ¿entiendes? […] Con cualquiera. Estaba dispuesta a todo.», p. 15). Como culminación, en el último acto, una comida con la hermana y la madre de Pietro, esta última una mujer recia y tradicional que aún no conoce a su nuera y tiene mucho que decir.
Tres atributos se pueden destacar del texto: los personajes, los equívocos y el retrato de costumbres burguesas. En primer lugar, sobresalen los protagonistas, en particular los femeninos, perfiles psicológicos complejos que se revelan en apenas unas líneas. Giuliana, en un monólogo espléndido ante la sirvienta, se muestra como una chica fresca y desenvuelta, que no ha tenido suerte con los hombres ni le gusta trabajar (y lo admite); perdida, sin rumbo, de naturaleza jovial pero no obstante desdichada, que recuerda a Delia de El camino que va a la ciudad (1942) y a Mara de Querido Miguel (1973). Giuliana narra su historia con desparpajo y humor a pesar del dramatismo; la autora brilla una vez más en la naturalidad con la que explora las dificultades de una mujer joven para abrirse camino en la vida, con un lenguaje ameno, fluido, coloquial, nada rígido, acorde con el personaje. Lo mismo ocurre con la suegra, una señora conservadora, metomentodo, pesimista; y la criada, Vittoria, una muchacha alegre y pizpireta, de quien no se sabe si miente más que habla pero con todo se gana las simpatías (de los personajes y del lector-espectador) con su labia y su improvisación.
En cuanto a los equívocos, son un recurso frecuente para contraponer a marido y mujer y, de paso, profundizar en su persona. Por ejemplo, se hace referencia a alguien que uno conoce, y el otro dice que también lo ha tratado, sin estar seguro en realidad; tan solo les suena un nombre, una cara (el señor muerto en el primer acto, la amiga Elena o la clienta de la papelería). Este truco actúa como metáfora de la distancia entre ellos, de lo desconocidos que son el uno para el otro, de la existencia que han llevado antes de cruzarse; creen que saben cosas de su cónyuge, pero en la práctica solo pueden intuir, sospechar. El equívoco, además, añade comicidad al pequeño enredo; la autora sabe exprimirlo para mantener la tensión, esa pizca de curiosidad por lo que ocurrirá, aunque de hecho el interés principal reside en el desarrollo de los caracteres.
¡Qué extrañas esas madres que se quedan agazapadas allí en el fondo de nuestra vida, en las raíces de nuestra vida, en medio de la oscuridad, tan importantes, tan determinantes para nosotros! Uno se olvida mientras vive, o se le pasa, o cree que se le pasa, pero nunca se le llega a pasar del todo. ¡Tu madre es una tarambana y al mismo tiempo tan determinante! No parece que pueda marcar a nadie y sin embargo te ha marcado a ti…*
Se plantea asimismo la tensión entre madres e hijos (con una magnífica reflexión final), un tema clave en Natalia Ginzburg. Y, por supuesto, el matrimonio, los motivos para casarse tan pronto, sin un «enamoramiento» convencional ni un embarazo de por medio. Durante gran parte de la obra, Giuliana especifica que se casó «también» por dinero, sin confesar a qué razón se suma ese «también». Pietro reconoce que lo hizo por alegría, de ahí el título, porque Giuliana le da una alegría, una ligereza, que contrasta con el estilo de vida del hogar materno («Jamás me habría casado con una mujer que me tuviese hechizado. Quiero vivir con una mujer que dé alegría.», p. 72). A la postre, el matrimonio temprano se concibe como vía de escape, la única forma sólida de cortar el cordón umbilical. En este sentido, quizá por su naturaleza de comedia para ser representada (y, por consiguiente, escrita para entretener al espectador), no está teñida de tanto malestar como otros títulos de Natalia Ginzburg. Hay amargura en la voz de Giuliana, hay tensiones en la casa recién establecida; pero en el diálogo liviano predomina la gracia, el «saldremos adelante pese a todo», easy-going.
Natalia Ginzburg
En definitiva, Me casé por alegría es una pieza engarzada a la perfección, una comedia donde se deslizan los conflictos imperecederos de la burguesía, de la relación entre madres e hijos, de la búsqueda de un lugar propio, del amor y del matrimonio, del tedio y de la fiesta, pasando por las clases sociales y las habladurías. Un libro empapado del universo de Natalia Ginzburg: buscar un sombrero, charlar con la criada desde la cama, compartir una comida o encargar un abrigo nunca dieron tanto de sí. Engrandece lo minúsculo, ilumina los rincones polvorientos. Utiliza palabras sencillas para revolver situaciones complejas, se burla del matrimonio y su solemnidad. No pasa nada y pasa todo. Y, por si fuera poco, contagia su buen humor. Maravilloso.
*Cita de la página 110.

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