23 enero 2018

La vida tranquila - Marguerite Duras



Edición: Mardulce, 2017 (trad. Alejandra Pizarnik)
Páginas: 200
ISBN: 9788494686504
Precio: 13,00 €

Tomé conciencia, con desagrado, de mi cólera y de que el desorden me habitaba también a mí. De pronto salía de mi cuerpo; la desazón que lo cernía era negra, una noche que no terminaría jamás. Pensé en mi edad, en la de todos los que dormían en esa casa y escuché al tiempo roernos como a una armada de ratas. Éramos una buena presa. Hacía veinticuatro años que nos dejábamos vivir. Habíamos contado con el tiempo para poner en orden los asuntos de la casa. Había pasado tiempo roernos como un ejército de ratas. Éramos de un desorden de las almas, de la sangre. Curarnos, no podríamos; tampoco lo queríamos. Ya no sabíamos querer ser libres; éramos soñadores, viciosos, personas que sueñan con la felicidad y que una verdadera felicidad aplastaría más que nada. Jerôme muerto, quedaba Clémence. Clémence ida, quedaba Noël. Y nuestra pobreza. Y nuestro dejarnos estar, desde hacía veinticuatro años. Quedaba que nos gustábamos a nosotros mismos y que no deseábamos otra cosa, en el fondo, que continuar creyéndonos destinados a una vida imposible.

Marguerite Duras (Saigón, Vietnam, 1914 – París, 1996), una de las grandes escritoras del siglo XX, y una de las más prolíficas, tenía treinta años cuando publicó La vida tranquila (1944), su segunda novela, que la editorial Mardulce ha recuperado en la legendaria traducción de la poeta argentina Alejandra Pizarnik, gran conocedora de la cultura francesa; una fusión prodigiosa que aumenta más si cabe las razones para leer este pequeño (pero espléndido) libro. Duras relata un drama rural narrado por una joven de provincias de familia humilde que ha perdido toda esperanza en el futuro. Los acontecimientos se precipitan tras la agresión de Nicolas, hermano de la narradora, a su tío Jerôme. Este último muere pocos días después. Y, aunque en casa nunca estuvieron cómodos con Jerôme, aunque Nicolas tenía motivos para sentirse traicionado por él, nadie sale incólume de la violencia. La muerte lo revuelve todo.
Poco a poco, la narradora desgrana los conflictos que había detrás de la pelea; un amor, una pasión oculta, una deslealtad. Los ardores que la sociedad guarda bajo su quietud impostada. La narradora estuvo involucrada en los hechos y, de algún modo, se siente culpable; de ahí esta necesidad de contarlo, de rememorar lo acontecido con una voz intimista y sugerente, bien modulada, fluida como un torrente apasionado. Nicolas dejó embarazada a la criada y se vio obligado a casarse con ella; sin embargo, amaba a otra, Luce, una chica que reaparece tras la muerte de Jerôme («Siempre se mostró lo bastante como para impedirle a Nicolas olvidarla», p. 50). La narradora, por su parte, aún no ha podido casarse pese a tener edad para ello. Mantiene una relación de encuentros y silencios con Tiène, un amigo de su hermano que vive con ellos. Atracción sin expectativas claras, un aire enrarecido, borroso. Duras recrea un ambiente sórdido, embrutecido por la miseria, que recuerda al gótico sureño estadounidense y se extiende a los personajes que lo habitan, personajes degradados, solitarios, vencidos. La vida de provincias como una existencia enrarecida, el desapego, el tedio, con irrupciones de deseo o de ira que rompen la monotonía y dan la oportunidad de replantear las cosas.
Al final de la primera parte se produce un giro que conduce a la narradora a otro escenario: una estancia junto al mar, lejos de esa familia tan querida como asfixiante. Y, además, lejos de Tiène; un tiempo para meditar, para encontrarse o perderse del todo. Esta etapa adquiere unos tintes más existencialistas, con las cavilaciones sobre sí misma y sus inquietudes. Si antes ella era una espectadora, una testigo de los hechos, que solo intervenía con discreción, ahora se convierte en la protagonista, toma las riendas de su vida. Sin pretenderlo, también en este periodo de descanso se cruza con la muerte; un suceso que enlaza con la pérdida de su tío y agrava su sentimiento de culpa, pero que a la larga puede resultarle liberador. Es una época de pensar, de decidir, de preparar los próximos pasos, si es que los habrá, con Tiène. Recuperar la normalidad que nunca existió cuando esa normalidad aparente se ha roto. La búsqueda de la calma después de la catástrofe, en un entorno hostil en el que las pulsiones y la desesperación no la sueltan («Nada que hacer contra el hastío, me hastío, pero un día no me hastiaré más. Pronto. Sabré que ni siquiera vale la pena. Tendré la vida tranquila», p. 182).
Marguerite Duras
La vida tranquila es una de esas novelas en las que cuesta contar «de qué va», o, mejor dicho, lo que se puede contar acerca del argumento carece de importancia porque toda su fuerza, toda su belleza, reside en el estilo portentoso de la autora, una excelente prosa poética, precisa, sutil, insinuante, armoniosa. Una voz de las que se adhieren al cuerpo, a las entrañas, una voz en la que se huelen el polvo, la sangre, las heridas. Esplendorosa, y no obstante sin excesos, sin artificios que la lastren. El punto justo. El estilo de una novelista consumada, en definitiva, por mucho que se tratara de su segunda obra. La vida tranquila es el relato de una búsqueda de identidad, de una chica extraviada que intenta encontrarse a sí misma, hallar el centro. Es un relato de pasiones arrebatadas con consecuencias demoledoras. Es un relato de una moral perturbada. Es un viaje interior, un ejercicio de introspección que navega en las aguas turbias de esa provincia sucia e implacable. Es una novela intensa, contundente, desgarradora. Y, ah, sí, preciosa.
Cita inicial, en cursiva, de la página 42.

6 comentarios :

  1. No he leído nada de Duras. Y ya va siendo hora. Me atrae este libro que nos traes hoy. Creo que podría gustarme.
    Besotes!!!

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    1. Por si te sirve, yo he empezado a leerla por aquí y ahora quiero leer TODO lo que publicó. Es magnífica.

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  2. Reflejas muy bien la prosa de Duras. He leído El amante e Hiroshima, mon amour y por tu reseña, creo que esta será la tercera.

    Gracias

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    1. No puedo hacer comparaciones, pero "La vida tranquila" es sin duda una buena novela. Seguramente continuaré con "El amante".

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