09 febrero 2018

Seres queridos - Vera Giaconi

Edición: Anagrama, 2017
Páginas: 160
ISBN: 9788433998330
Precio: 15,90 € (e-book: 9,99 €)

En los últimos años ha despuntado una generación de escritoras latinoamericanas, nacidas entre los setenta y los ochenta, que han llevado a algunos medios a hablar de un nuevo boom en femenino. A pesar de la inexactitud que conlleva poner una etiqueta a tantas autoras de estilos y nacionalidades diversos (aunque en España tengamos la mala costumbre de englobar todo lo que viene de Latinoamérica), salta a la vista que Samanta Schweblin, Mariana Enriquez, Selva Almada, Verónica Gerber Bicecci, Gabriela Wiener y Paulina Flores, entre muchas otras, han sobresalido en el mismo intervalo de tiempo; una hornada que pisa fuerte, por lo tanto, y a la que añadiría sin duda a la todavía poco conocida Vera Giaconi. Nacida en Montevideo en 1974, aunque ha vivido siempre en Buenos Aires, ha publicado los libros de relatos Carne viva (2011) y Seres queridos (2017). Con este último fue finalista del Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero en 2015, y ha supuesto su «fichaje» por Anagrama.
Seres queridos comienza con un epígrafe de Clarice Lispector; buen gusto, una autora que cita a una maestra de la narrativa breve se pone el listón alto. Los diez cuentos reunidos inciden en las fisuras de las relaciones entre «seres queridos», una categoría que no solo se refiere a los lazos de sangre, sino que abarca otros afectos. A menudo, los relatos se apoyan en tres personajes, los tres vértices del triángulo: dos de ellos comparten un vínculo determinado, y el tercero mantiene una relación desigual con la pareja, un punto de ruptura que Vera Giaconi exprime. «Survivor», el primero, es una muestra espléndida de ello: la narradora recibe la noticia de que su hermana, afincada en Estados Unidos, está saliendo con un exconcursante del famoso reality-show de supervivencia. Mientras la pareja hace su vida, dejando atrás el pasado televisivo del hombre, la narradora, desde la distancia, en Argentina, mira todos los vídeos del programa para conocer a su cuñado. Una elección magistral del punto de vista: la tensión latente entre hermanas, la distancia (no solo física) entre la que se marchó y la que se quedó, el novio a través de la pantalla y en la realidad cotidiana, las múltiples caras que todos pueden tener (la naturaleza instintiva que acentúa la supervivencia frente a la domesticada sociedad, en el caso del chico, pero también las hermanas al hablar por el ordenador). Es una aproximación escalofriante a lo que el ser humano guarda dentro de sí, las reacciones contenidas por la cordialidad, el estallido interior que nunca se permite salir a flote pero revuelve las relaciones.
Cuando a mi hermana le pasaban cosas buenas, yo me alegraba. Me alegraba muchísimo, incluso. Pero cuando esas buenas noticias por algún motivo se truncaban o se volvían en su contra, entonces también me alegraba. Y me daba mucha vergüenza que me pasara eso. Sabía que era pura envidia, y de la peor, y también que era el resultado de una idea que jamás le confesaría a nadie: no creía que existiera ningún motivo para que a ella le fuera mejor que a mí. En esos momentos también me daba cuenta de que seguía resentida porque ella se había ido cuando acá en el país se caía todo a pedazos. Yo me quedé, pensaba a veces, y aguantar es mucho más meritorio que irse a un lugar donde todo es más fácil.
No había nadie en el mundo a quien yo quisiera más que a mi hermana y no había ninguna otra persona que despertara en mí sentimientos tan bajos como el rencor y la envidia. No entendía por qué me pasaba eso, ni me lo perdonaba, y hacía grandes esfuerzos por reprimirlo.*
El segundo, «Dumas», narra la transformación de un señor, un tipo imponente, cuando se convierte en abuelo. El hombre duro con la gente y el abuelo tierno con su nieta, precisamente una niña a la que no puede dominar, que escapa a su control y por eso lo vuelve débil (de nuevo, la distancia). «Tasador», por otro lado, traza un paralelismo entre un programa de tasaciones (hay mucha televisión en estos cuentos) y el «valor» que un hijo otorga a su madre anciana. Juntos conforman un núcleo familiar humilde, en el que la soledad y la decrepitud se asoman. La última frase capta la esencia de este relato, que se puede extrapolar al libro en conjunto: «Algo caro pero vulgar, algo que le pertenece pero que no puede sacarse de encima, algo que detesta y con lo que no sabe qué hacer» (p. 47). Una definición del trato entre madre e hijo, de la dificultad para entenderse con quien más nos conoce y a quien más conocemos, que recuerda un poco a esa relación que tan bien plasma Vivian Gornick en Apegos feroces (este libro de Vera Giaconi, salvando las distancias, también podría titularse así).
En «Pirañas» vuelve a aparecer de refilón el efectismo de la pantalla: un niño que perdió dos dedos por un ataque de pirañas se obsesiona con los vídeos de peleas. Adrenalina, emoción, impacto fácil. Mientras tanto, entre los padres se respira tensión: él, dominante; ella, resignada. Y otra vez un paralelismo entre la violencia consumida y la violencia experimentada en la casa, una representación oscura y nada inocente de la infancia. En «Los restos», otra pieza de gran nivel, dos hermanas de mediana edad (en el libro hay muchas parejas de hermanos, desde niños a adultos) visitan el hogar de su tercera hermana, que acaba de fallecer. Las dos primeras, vivas y sanas pero solitarias e insatisfechas, frente al caserón de la muerta, que fue la más joven, la que contrajo un buen matrimonio. A través de la charla entre las dos hermanas, la autora relata cómo invaden el espacio personal de la tercera, resentidas incluso cuando ya no está; y a la vez las diferencias entre las dos vivas, una atrevida y la otra más temerosa. El título alude tanto al cuerpo de la fallecida como a lo que queda de la familia, esas actitudes patéticas de mujeres que saben que su mejor momento ya pasó.
«Limbo», narrado por una mujer que sufre una enfermedad crónica, aborda una relación médico-paciente que se vuelve tan patológica como el propio trastorno. La fascinación de la paciente por el médico, por el hombre que la escucha, la cuida, la atiende; y luego la irritante decepción cuando las circunstancias impiden que él esté a la altura. El limbo es el lugar adonde van las almas que no han recibido el bautismo, pero también alude a ese estado de desconexión de la realidad propio de la persona enferma (todos los relatos están llenos de este tipo de sutilezas y dualidades; cada uno da para un análisis extenso). En «A oscuras», por su parte, dos hermanos pequeños se quedan solos con la niñera y el marido de esta. El microcosmos que nace a espaldas de la madre, la complicidad con la canguro, la excitación de guardar un secreto. Al mismo tiempo, ese matiz de locura, de perturbación por lo que se va de las manos, por lo que la madre no controla (y cuánto me acuerdo de Canción dulce, de Leila Slimani, al escribir esto). En cuanto al título, los niños juegan a oscuras con los dos adultos, y «a oscuras» es asimismo su mirada hacia el mundo, a saber, descubren, intuyen la verdad, lo que les está vedado, sin que nadie se lo explique, con esa visión borrosa pero con destellos de lucidez de los niños («Es muy inteligente y no escucha todo lo que le dicen, pero sí trata de escuchar todo lo que no quieren decirle a ella», p. 89).
«Bienaventurados» ahonda también en la relación con una empleada del hogar, esta vez la asistenta. La señora intentó suicidarse, y desde entonces la subordinada siente que no hizo lo suficiente por evitarlo. Está más pendiente de ella, quiere protegerla a toda costa. Sin embargo, un día escucha un comentario que, de algún modo, la devuelve a su sitio. Afectos descompensados, relaciones unidireccionales, diferencia de clase. La crueldad con que en ocasiones se trata a quien más se vuelca con uno. En «Carne», un padre y su hija adolescente salen adelante como pueden desde que la madre falleció. Este relato, quizá el más «esperanzador» (esa brecha de luz al final), pone de manifiesto cómo la pérdida se canaliza en los desórdenes (de alimentación, del hogar, de las costumbres), las rutinas diarias se ven alteradas hasta el punto de que la extrañeza se asume como normalidad, porque no queda otro remedio.
Por último, cierra el volumen «Reunión», el mejor junto con «Survivor», y, por si fuera poco, el más feroz, el más próximo al terror psicológico. Sigue algunos esquemas ya utilizados (la construcción triangular, la distancia geográfica y emocional, los lazos de distinta índole), solo que el resultado es aún más original. Por un lado, la narradora, una mujer joven que mantiene el mismo estilo de vida con el paso de los años (mismo trabajo, misma ciudad). En paralelo, su amiga Clara y el compañero de esta, Javier, con quienes tuvo una relación estrecha en su etapa de estudiantes, han recorrido el mundo y, después de vivir en muchas ciudades, regresan a Argentina convertidos en padres de una niña. Nada extraño, a priori, salvo que su historia está teñida de tragedia y superstición (el único texto con un componente «esotérico», sutil y ambiguo, sin entrar en lo sobrenatural explícito). La narradora se reencuentra con ellos, pero lo que descubre le resulta aterrador. Además de la desesperación que emana la pareja, el relato capta la incomodidad de la visitante, esa sensación de estar siendo partícipe de una escena tan íntima que no le corresponde a ella estar ahí. El pudor. El extraño devenir de la amistad. Un cuento excepcional y difícil de olvidar.
Vera Giaconi
Con frecuencia, los libros de relatos son tachados de literatura de segunda; se suele decir que no interesan, que no venden, que son los hermanos menores de las distancias largas. No se toman tan en serio como una novela. Y, no obstante, he aquí una muestra brillante de una autora de primera fila. Cuentos incómodos, crudos, que ponen el foco en la cara menos amable de las relaciones humanas. El miedo, la violencia, el silencio. Un estilo despojado, brioso, de narradora pura con buen oído para la expresión oral. Sin estridencias, sin buscar el prurito. Capacidad de observación para tomar nota del detalle, del instante de quiebre en el que lo patológico fluye con naturalidad, un poco como Alice Munro y Shirley Jackson. Giros bien encontrados, sin forzar la trama. En fin, una muy buena compilación y una voz, la de Vera Giaconi, que merece la consideración de cuentista consumada.

*El fragmento en cursiva pertenece al relato «Survivor» (p. 19).

6 comentarios :

  1. Varias de las escritoras que mencionas no las conocía. Me gusta que siempre estás ampliando nuestro horizontes literarios. En el amplio campo de la literatura latinoamericana, a mí en especial me gustan mucho Guadalupe Nettel, Cristina Rivera Garza y Piedad Bonnet. Además, de la narrativa del siglo XX, la injustamente olvidada Elena Garro.

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    1. Las tengo a todas apuntadas. Espero incorporar a más autores latinoamericanos entre mis lecturas habituales; hay tanto y tan bueno por descubrir...

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  2. Pues a mí me gusta mucho leer relatos. Y no es un género fácil. Contar tanto con tan pocas palabras, desarrollar bien la historia, perfilar bien los personajes... No siempre se consigue, pero hay muchas joyitas en este género. Me llevo apuntado este título, que no lo conocía.
    Besotes!!!

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    1. Este está muy bien. Y, según dicen, el anterior ("Carne viva") es aún mejor. A ver si Anagrama lo recupera.

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  3. Pues me llamaban la atención Samanta Schweblin y Mariana Enriquez. Añado a esta autora a la lista.
    Y te recomiendo mucho a una autora chilena del siglo XX, María Luisa Bombal.

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