22 abril 2018

Buenos días, guapa - Maxie Wander


Edición: Errata naturae, 2017 (pról. y trad. Ibon Zubiaur; post. Christa Wolf)
Páginas: 344
ISBN: 9788416544318
Precio: 19,90 €

Buenos días, guapa, de la escritora, reportera y fotógrafa Maxie Wander (Viena, 1933 – Potsdam, 1977), se publicó en 1977, apenas unos meses antes de la muerte prematura de su autora, y tuvo un gran éxito en las dos Alemanias, sobre todo entre las lectoras, no en vano estaba concebido como un libro de una mujer para todas las mujeres (sin connotaciones peyorativas). Un proyecto sobre ellas en la República Democrática de Alemania (RDA), que Wander desarrolló de una forma tan inteligente como refrescante: diálogos con mujeres, casi todas trabajadoras o estudiantes, en los que la entrevistada se abre en canal y expone sus inquietudes. Gracias al esfuerzo de Errata naturae por recuperar la literatura de la RDA, lo podemos disfrutar en castellano, como siempre de la mano de Ibon Zubiaur, que también tradujo y prologó a Brigitte Reimann, entre otros.
Antes de seguir, unos apuntes sobre Maxie Wander (en cuanto se la investiga un poco, resulta fascinante). De familia obrera, abandonó sus estudios a los diecisiete años para trabajar en una fábrica. En 1952 conoció al que sería su esposo, el escritor de origen judío Fred Wander (Viena, 1917-2006), un superviviente del Holocausto que más tarde alcanzaría la fama con la novela El séptimo pozo (1971). Juntos, se instalaron en la RDA y se dedicaron al fotoperiodismo y a la escritura en general, muy comprometidos con los problemas sociales. Tal como se explica en la solapa del libro, eran conscientes «del dogmatismo y la estrechez del régimen», pero su condición de extranjeros en Alemania les permitía «hacerse querer por los vecinos […] y no ser tomados muy en serio por las autoridades». Maxie murió de cáncer cuando solo tenía cuarenta y cuatro años, pero su nombre quedó grabado en la literatura de la RDA gracias a esta obra.
Diecinueve capítulos, diecinueve mujeres. Anticipando la investigación «polifónica» de Svetlana Alexiévich, Maxie Wander llevó a cabo un estudio sociológico de las mujeres en la RDA de los años setenta a través de una muestra variada: jóvenes y maduras, casadas y solteras, trabajadoras y estudiantes, con opiniones y experiencias distintas. Ni populares ni reconocidas; mujeres anónimas, identificadas con su nombre de pila y su edad. ¿Y de qué hablan? En el contexto de un país socialista, ganaban el mismo sueldo que un hombre, por ley, pero aun así tenían sus problemas. Como al charlar con una amiga, cuentan sus tensiones cotidianas, sus preocupaciones, van de lo liviano a lo trascendental con la espontaneidad que da la expresión oral. Aunque tenga forma de libro, se escucha más que se lee. El amor, el sexo, la maternidad y la profesión son algunos de los temas recurrentes. Sorprende, incluso ahora, la naturalidad con que se muestran y rompen tópicos. Esta propuesta de Maxie Wander es brillante: ceder la palabra, dejar que la conversación siga su curso y dé lugar a confesiones reveladoras.
Dada la naturaleza oral y plural del libro, hoy no voy a reseñar los principales asuntos planteados, sino que he seleccionado algunos fragmentos, a modo de aperitivo, para que juzguéis por vosotros mismos su carácter sincero, descarnado; para que escuchéis a estas mujeres y notéis el calor que aún conservan sus voces. No hay mejor forma de acercarse a este texto que el contacto directo. Pese a pertenecer a un periodo histórico muy específico, que ya quedó atrás, las percepciones de sus protagonistas sobre su intimidad no distan tanto del presente. Sus discursos siguen vivos y lúcidos.
Amor y sexo:
… me llevo de vez en cuando a un hombre a la cama o a la pradera. Es curioso que te lo confiese a ti. Curioso, porque un hombre confiesa algo así sin más, incluso realzaría su prestigio. ¿Realza esta confesión mi prestigio? No. Oculto esa parte de mi vida a otras personas, porque sé cómo juzgan a las mujeres de mi estilo y lo mal que queda mi marido en todo ello. Los guardianes de la virtud no son tanto los hombres, a los que se acusa a menudo injustamente de no acostumbrarse a nuestra emancipación. En general, las que salen a las barricadas son mujeres que tienen envidia y la esconden tras el escándalo moral. No es nada nuevo. (Rosi, 32 años, p. 22)
Para entendernos, flirtear me basta. Puede que no haya acabado con el hombre adecuado, o quizá soy de verdad así, no sé, no me gusta mucho besar ni practicar sexo. […] El sexo no me aporta nada, ¿por qué iba a buscarme a otro? Simplemente no me resulta agradable, es una carga. Hago como si me entregara por hacer feliz a Werner. Al principio pensaba que él se daba cuenta, pero se lo cree. Caricias sí, eso me gusta. (Doris, 30 años, p. 42)
Yo me siento retrasadísima, porque ni siquiera he besado. En cierto modo, no sé, me da miedo besar, que igual hago algo mal. […] Me gustaría que mi mamá tuviera tiempo para mí, que hablara conmigo de cuestiones sexuales. Ella no empieza y yo no pregunto, como si no existiera el tema.  (Gabi, 16 años, p. 135)
Maternidad:
¡Ay, el crío! Él es mi auténtico problema. Déjalo. Tiene ya cinco años y sigo sin ser una madre de verdad. Me condeno, sí, me condeno yo misma a las obligaciones más duras. Y nadie pregunta cuánto esfuerzo me cuesta. Los fines de semana no trabajo casi nunca, aunque con eso pierdo la mayor parte de las propinas. Olvido lo joven que soy, sólo por recoger a tiempo al crío de la guardería. Luego pasamos todo el tiempo juntos, y cuido de que no vengan hombres a verme. Pero al crío le gustan los hombres, porque en la guardería no tiene a más que mujeres. Está hambriento de padre. Vivo con el crío como marido y mujer. No lo trato como a un niño, porque a mí me parecía fatal cómo me mareaban. Incluso le obedezco, porque tiene tanto sentido práctico y, en fin, porque me parece bonito que alguien se preocupe por mí. (Ruth, 22 años, p. 79)
¿Qué más? Ya no ocurrió gran cosa. Nació Jörg, y un año después Liesi, y llegó Anke, y luego Moritz. Yo me hacía dar esto y aquello, preguntaba por anticonceptivos, pero no necesitábamos más que mirarnos, y ocurría. Si decía: Doctor, esto no puede ser, cada año un niño, él me decía: También con el decimoctavo diré que no. Así estaban las cosas, éramos animales, ¡no personas que pudiesen decidir sobre sí mismas! Cuando ya realmente no podía más, me quitaron uno en la ciudad. En 1966 llegó también Andreas, luego ya hubo la píldora, que fue mi salvación. (Karoline, 47 años, p. 280)
Trabajo:
Cuando las mujeres quieren representar algo en el trabajo, empiezan con medios bastante primitivos que en el hombre no juegan el mínimo papel. La ropa, la apariencia, el maquillaje, necesitamos estos medios para ser reconocidas. Si se quiere juzgar a las personas por su fondo, hace falta mucho más tiempo. A veces no tengo el sosiego para pasar tanto tiempo frente al espejo, o para ir a la peluquería. Y a veces no tengo ninguna gana. Pero sé lo que se espera de mí. A menudo es como una competición. Quiero decir, si tengo que ir a la inspección escolar del distrito, paso más tiempo frente al espejo, para lograr firmeza interior y la apariencia adecuada. Sé que en cuanto a mi aspecto no va a haber quien me sople. (Doris, 30 años, p. 49)
Cada época exige un tipo distinto de persona, vale, y hoy nuestra economía exige la mujer trabajadora. Eso lo entiendo, pero intento escaquearme. Yo quiero ser una mujer tal como yo la entiendo y como a mí me sienta bien. Mientras se siga propagando el trabajo fuera de casa como ideal para cada mujer, no se le puede andar pidiendo muchos hijos, la mujer con hijos queda en desventaja. Mira, si una mujer tiene cinco hijos y se queda en casa, eso se le respeta, eso ya es algo, pero si una dice: tengo sólo un hijo y me quedo en casa, eso ya es más difícil de hacérselo entender a la gente, no parece encajar bien en nuestra época. Me parece maravilloso que una mujer pueda desarrollar su talento si quiere.. (Steffi, 37 años, p. 202)
Forma de ser:
En el fondo soy una persona muy solitaria. Sí. Por eso me atrae tanto la gente. En mí hay un pedazo de mi padre y un pedazo de mi madre, es lo que lo hace tan difícil. A los demás les resulta difícil entender que tengo fases en las que no puedo ver a nadie, y luego fases en las que me gusta estar con gente. Soy bastante desconfiada. (Angela, 21 años, p. 125)
Todos los días tengo que estar afirmándome de nuevo, porque continuamente dudo de mí misma. No me siento segura, me arriesgo incluso a mostrar lo insegura que soy. Pero la gente pide fachadas. Sólo las personas fuertes son capaces de mostrar su inseguridad y llevarla tan tranquilos, como ropa vieja. (Lena, 43 años, pp. 242-243)
***
Por último, una breve reflexión. En la actualidad se discurre mucho sobre feminismo o sobre lo que se entiende como tal. A propósito, recupero unas palabras de Margaret Atwood, del prólogo a la edición de 2017 de El cuento de la criada:
¿... es una novela feminista? Si eso quiere decir un tratado ideológico en el que todas las mujeres son ángeles y/o están victimizadas en tal medida que han perdido la capacidad de elegir moralmente, no. Si quiere decir una novela en la que las mujeres son seres humanos ­­­­–con toda la variedad de personalidades y comportamientos que eso implica– y además son interesantes e importantes y lo que les ocurre es crucial para el asunto, la estructura y la trama del libro… Entonces sí. En ese sentido, muchos libros son «feministas».
Maxie Wander
Esto mismo se puede aplicar a Buenos días, guapa. Sus mujeres no se victimizan ni se erigen en referentes de nada. Tampoco se movilizan contra el patriarcado u otras injusticias. Son chicas conversando, a secas, sin la finalidad ni la conciencia de hacer feminismo, como tomarse un café con una amiga (y qué bien adoptó Maxie Wander ese rol, cómo supo escuchar y conducir las entrevistas sin restarles libertad para profundizar en lo que quisieran, amoldándose a cada una). Si hacen feminismo es solo de forma indirecta, que, en el fondo, resulta mucho más eficaz: el hecho de recopilar sus testimonios, de considerar sus quehaceres cotidianos lo bastante importantes como para hacer un libro. No se trata de idealizarlas, sino de mostrarlas tal como son. Aquí hay un ejemplo magnífico de ello.

4 comentarios :

  1. A este libro le tengo echado el ojo desde su publicación. Me gustan los libros de testimonios como los de Svetlana o el Zgustova.
    Besos

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    1. Entonces seguro que lo disfrutarás. Yo tengo pendiente a Monika Zgustova, he leído muy buenas críticas de su último libro.

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