06 abril 2018

En un café - Mary Lavin


Edición: Errata naturae, 2018 (trad. Regina López Muñoz)
Páginas: 424
ISBN: 9788416544677
Precio: 22,00 €

Mary Lavin (East Walpole, Massachusetts, 1912-Dublín, 1996) fue una de las escritoras irlandesas más importantes del siglo XX y, como tantas, una gran olvidada. Cultivó la novela y el cuento, pero fue en este último género donde sobresalió especialmente. En un café, su primer libro publicado en España ­­­­­­–con una traducción excelente de Regina López Muñoz–, reúne algunos de los mejores: literatura costumbrista en su máximo esplendor, escenas cotidianas en las que, a la manera de una Alice Munro o una Edna O’Brien, condensa muchas grietas en poco espacio. El matrimonio, la maternidad, la familia, la emigración, el campo. Estampas de la Irlanda de mediados del siglo XX, con sus tabús (el suicidio, las enfermedades mentales, las relaciones entre clases sociales diferentes). Hay algún relato un tanto diferente, de ambiente más cosmopolita. Todos, en cualquier caso, constituyen piezas espléndidas, un gran despliegue narrativo, como pequeñas novelas. El estilo esmerado y sutil de Mary Lavin, con abundante diálogo y vocación intimista, se apoya en los silencios, la contención; no da nada masticado. Es la voz de una narradora consumada, que eleva los localismos de su tierra a una dimensión universal, que nos atañe a todos como solo la buena literatura consigue.
En general, Mary Lavin esboza las costumbres de la Irlanda rural, con énfasis en esos instantes en los que se atisba un rompimiento, una fractura minúscula por la que se cuelan las emociones reprimidas. «En medio de los campos», el primer relato, narra el encuentro entre una mujer que acaba de perder a su marido y un hombre que, como ella, enviudó años atrás, pero rehízo su vida con otra persona: «Muchas veces me he preguntado qué habría sido de mí si no llega a ser por ella. Hay hombres que, cuando se les cierra el camino de la luz, no saben qué hacer y se meten en el de la oscuridad. Y yo era esa clase de hombre» (p. 28). Unidos por la pérdida, conversan largo rato y él invade su espacio privado de forma inesperada. En «Las vigas», el accidente laboral de un obrero permite contraponer el mundo rural con la ciudad. Mientras las enfermeras celebran que el hombre, al estar herido, podrá volver al campo, al hogar, él mira por la ventana, compungido, porque añorará la vida urbana (el traslado del campo a la ciudad como progreso) incluso a pesar de lo ocurrido.
La relación entre madre e hija es un tema recurrente. En «Un parecido familiar», tres generaciones de mujeres de una familia pasean, y en esta rutina anodina se vislumbra la tensión. A la vez, se observa cómo los patrones de comportamiento se repiten de generación en generación; el apego y la repulsión maternofiliales trascienden cualquier época. En «Una taza de té», una madre orgullosa recibe en casa a su hija, que vuelve de la universidad. En un gesto tan básico como compartir una taza de té se respira la incomprensión entre ambas, que representan mundos distintos: la madre, una señora tradicional, desdichada en su matrimonio, de vuelta de todo, frente a la joven que encarna a la nueva mujer, emancipada y libre («E intentó sentir pena por su madre, allí sola por las noches, con toda la amargura de sus alocados sueños sin cumplir.», p. 133). En «El testamento», por otro lado, unos hermanos se reúnen tras la muerte de la madre. Se da una paradoja: la hija desheredada, que no llegó a tiempo de despedirse, es además la más pobre, la que simboliza la decadencia, y, también, la más parecida a su progenitora: el mismo carácter terco que tuvo la madre para desheredarla lo tiene la hija para rechazar la compasión de los demás. En relatos como este se pone de relieve el ojo clínico de Mary Lavin para captar la naturaleza de la gente humilde, arraigada al pueblo, curtida, desconfiada e íntegra hasta en las peores circunstancias.
Dos hermanas protagonizan «Un alma mansa», que aborda las relaciones de poder en una familia de propietarios con un amor prohibido de por medio. La narradora, dócil y tímida, carga con los remordimientos por una traición que cometió por la hermana, pérfida y manipuladora: «Ése fue siempre mi gran defecto, no plantarle cara a nadie, pero sólo aquel día comprendí que se trataba de un defecto. Antes lo tomaba por una virtud. Antes me sentía orgullosa de lo que consideraba mi naturaleza mansa. Antes pensaba que la gente me admiraba por ello, sobre todo cuando sabían que Agatha era tan severa», p. 149). También hay hermanas en «Guantes de gamuza», sobre una novicia que nunca había dudado de su vocación hasta que recibe la visita de su familia; en particular, de su hermana, a quien estuvo muy unida. La novicia toma conciencia de que el pasado no volverá, de que han tomado caminos distintos, definitivos; un relato sobre ese instante de indecisión cuando está a punto de dar un paso que marcará un antes y un después en su existencia. En «La escapadita», dos mayordomos (uno joven y gallardo, el otro maduro y amargado) salen de excursión a escondidas, pero no se divierten como esperaban. Este relato tiene unos giros brillantes, y destaca asimismo por los contrastes entre los hombres, muy buena caracterización psicológica.
La inmigración a Estados Unidos, y el regreso a Irlanda (un viaje de vuelta que hizo la autora a los diez años), ocupa asimismo un papel destacado. En «Limonada», uno de los mejores, una familia regresa a Irlanda. La hija, una niña, descubre en la «madre patria» una sociedad llena de prejuicios y supersticiones que margina al diferente. Desde su ingenuidad, su pureza, se rebela contra la ranciedad local de un modo que conduce a un desenlace cuando menos sorprendente; la travesura de unas muchachas se erige en símbolo de liberación. «El principito» es otro relato magnífico sobre la distancia (o las distancias) entre un joven que emigra y su hermana, que permanece en Irlanda. Pasan los años, luego las décadas, y ella deja de recibir noticias suyas. Intenta buscarlo, pero ¿se puede mantener el lazo después de tanto tiempo?, ¿el hermano sigue siendo la misma persona que conoció?, ¿cómo le habrá ido? La autora plasma en palabras la ambigüedad del deseo ferviente de encontrarlo y el temor a que, tal vez, el hallazgo no sea de su agrado; la distancia tiñe la relación de una incertidumbre atroz.
Lavin emplea a menudo la regresión, como en «El converso»: a partir de la muerte de una mujer, se retrocede al pasado para ahondar en los sentimientos de un hombre que mantuvo relaciones con ella y con la que al final se convirtió en su esposa. Matrimonio, paternidad, religión; cada texto concentra varios frentes. En «Tom», una mujer recuerda los «misterios» de sus padres antes de que se casaran: «Mucho antes de saber lo que era, yo sabía que entre mis padres no había pasión» (p. 91). La historia de la madre se mezcla con un hombre que murió en extrañas circunstancias, mientras que el padre, otro irlandés emigrado, en un viaje de retorno preguntó por su primera novia. Invita a reflexionar acerca de los que se van y los que se quedan, el inexorable paso del tiempo, las oportunidades perdidas, la miseria. Para terminar, en «Trastevere», que cierra la compilación y es el más cosmopolita, una novelista de paso por Nueva York se cruza con un hombre al que conoció en Roma. Él le explica que una chica, que también estuvo aquella ocasión en la capital italiana, acaba de suicidarse. A partir de esta noticia, la protagonista recuerda sus días en Roma, en un grupo de poetas.
Hacia el final hay varios relatos narrados por una escritora, trasunto de la autora. «Una historia con estructura» experimenta con la forma, aunque está impregnado de esa Irlanda católica añeja; no pierde su esencia, por lo tanto. Un hombre se dirige a una autora de cuentos, para aconsejarle cómo debería escribirlos, y le explica una historia para que la redacte (un relato desgarrador de amor, muerte, dudas y desconfianza). El cuento de Lavin consiste en eso mismo, el parloteo del hombre, un monólogo que fluye como un río (sin diálogo, a diferencia del resto de textos). Esta pieza rinde homenaje a la comunicación oral, la manera más primigenia de contar historias, y demuestra otra genialidad de Lavin, que aprovecha una anécdota para construir un muy buen relato. «El hijo de la viuda» también resulta curioso. De nuevo, una escritora frente a un juego narrativo: dos versiones de un accidente; un ejercicio de honestidad que demuestra que los hipotéticos finales «felices» no lo son tanto (y, pese a tratar un asunto delicado, tiene un humor grotesco): «Quizá muchas de nuestras acciones posean esa cualidad doble, esa posibilidad de alternativa, y sólo mediante una minuciosa observación y una sinceridad absoluta sigamos el camino que se nos destina, que, por muy trágico que sea, resulta mejor que la tragedia que nos buscamos nosotros solos» (p. 321).
Mary Lavin
El cuento que da título a la compilación, «En un café», hace un retrato excepcional de la soledad y el miedo a romperla (a salir de la zona de confort, diríamos ahora) una vez que uno se ha instalado en ella. Dos mujeres que han perdido a sus respectivos maridos se encuentran en un local de Dublín. Una es joven, atractiva, vital. La otra, más madura, apagada y gris. En el café coinciden con un artista extranjero («No se le había pasado por la cabeza que pudiera sentirse solo. ¿Cómo era posible que siempre pasara por alto lo más obvio?», p. 268). Lo que sucede entre ellos es una lección magistral de sutileza narrativa, del arte de narrar los silencios. Como los demás relatos, merece leerse con calma, no porque resulte denso, sino para apreciarlo en todo su esplendor, cada matiz, cada palabra exacta. Mary Lavin es una maestra del género breve. Estos cuentos están llenos de verdades amargas sobre nosotros mismos.

6 comentarios :

  1. Interesante aunque creo que lo dejaré pasar.

    Besotes

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    1. No lo descartes tan rápido... Son unos cuentos excelentes.

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  2. PUes ni siquiera conocía a la autora... Lo que aprendo siempre aquí. Y me lo llevo apuntado, que parecen historias muy interesantes.
    Besotes!!!

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    1. Es normal que no la conocieras, je, je, hasta ahora no había sido traducida al castellano y el libro se publicó en febrero. A mí me parece un descubrimiento. Hay muchas escritoras olvidadas, sobre todo entre las que escribían cuentos (ahora estoy leyendo a Edith Pearlman, estadounidense, también magnífica).

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  3. Lo tengo en casa, lo compré junto a la biografía de Edna O'Brien y las tengo a las dos pendientes, en parte porque últimamente casi todo lo que publica Errata Naturae me atrae y también en parte porque leí la trilogía de Las chicas de campo y me gustó mucho el estilo y me quedé con ganas de más. Creo que no me va a defraudar porque las dos autoras con las que la comparas me parecen excelentes.

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    1. Estoy segura de que te va a gustar, Mary Lavin es muy buena. También las memorias de Edna O'Brien: la autora me parece generosísima por todo lo que cuenta. A ver si escribo la reseña.

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