31 octubre 2018

Los pájaros y otros relatos - Daphne du Maurier

Edición: El Paseo, 2017 (trad. Miguel Cisneros Perales)
Páginas: 264
ISBN: 9788494588594
Precio: 20,95 €

El éxito de novelas como La posada Jamaica (1937), Mi prima Rachel (1951) y, sobre todo, Rebeca (1938), ha dejado la narrativa breve de Daphne du Maurier (Londres, 1907 – Cornualles, 1989) en un lugar cuando menos secundario. No debería ser así, puesto que firmó cuentos de una calidad excepcional que no pueden ser considerados «menores». En 1952 apareció este volumen, con el título El manzano y otros relatos, aunque, después de la brillante adaptación al cine de «Los pájaros» por parte de Alfred Hitchcock en 1963, en las ediciones sucesivas se le cambió el nombre. En un principio la compilación incluía la nouvelle de tintes míticos Monte Verità, que posteriormente se ha publicado por separado. La presente edición de El Paseo consta de cinco relatos largos (de unas cincuenta páginas en adelante), a excepción del último, muy corto. Se encuadran en la ficción gótica y, como siempre que se trate de Du Maurier, la elección del punto de vista y la recreación de atmósferas asfixiantes resultan magistrales.
Antes de comentar cada texto, unos apuntes sucintos sobre el conjunto. En general, las historias se desarrollan justo después de la Segunda Guerra Mundial en Reino Unido y Francia; algunos relatos acentúan el clima de miedo de la guerra fría y los traumas por la contienda bélica recién terminada. Es, además, un contexto en el que se produjeron transformaciones sociales importantes: muchas mujeres se incorporaron al mercado profesional durante la guerra, y con el regreso de los hombres del frente se vieron de nuevo recluidas en casa, una situación a veces difícil de gestionar. Como en Monte Verità, incide en determinadas opresiones, determinadas desigualdades, a través de imágenes poéticas aterradoras, a menudo metáforas de la naturaleza («Los pájaros», «El manzano»). Vale la pena subrayar la originalidad de los planteamientos: todos los cuentos comparten una atmósfera lúgubre, pero ninguno se parece a otro, cada uno ofrece una angustia singular, un camino distinto para llegar a un desenlace perturbador. La construcción, impecable: información bien dosificada, control del tiempo, tensión in crescendo, lección de estilo, sutileza, un tipo de suspense que no utiliza lo sobrenatural de forma evidente. Las piezas encajan y ningún detalle resulta baladí.
En «Los pájaros», el primer relato, una catástrofe natural pone en jaque la seguridad del país. Los protagonistas, un matrimonio humilde con hijos pequeños, viven en una localidad británica durante la posguerra, un entorno en el que reina la sensación de que ya ha pasado lo peor, de que su nación es fuerte y puede hacer frente a cualquier amenaza (los rusos, básicamente). Sin embargo, los pájaros enloquecen de pronto y se revuelven con violencia contra los humanos. La paradoja: cuando el peligro parecía lejos, cuando la técnica lo dominaba todo, un revés de la naturaleza lleva al límite a una sociedad poderosa. Por un lado, los animales, víctimas olvidadas de la civilización, se vengan a su modo, en una alegoría cruel. Por el otro, plantea el pánico de una caída del sistema, el desamparo cuando las fuerzas de seguridad del Estado no alcanzan, el renacer de un instinto de supervivencia inesperado después de haber «ganado» una guerra («¿De qué servía una sola pistola contra todo un cielo cubierto de pájaros?», p. 50). En la actualidad, con los problemas causados por el cambio climático, los sucesos de este tipo no suenan, por desgracia, tan lejanos.

En segundo lugar, «El manzano» está protagonizado por un hombre viudo, sin hijos. En cierto momento, sin saber por qué, la contemplación de un manzano del patio de su casa, un árbol frágil, enfermizo, le recuerda a su esposa fallecida. Poco a poco, se desvelan pinceladas de su matrimonio: su mujer se fue consumiendo, atrapada en el hogar y traicionada por la atracción de su marido hacia una joven. Ahora el hombre es «libre», pero esa imagen, esos remordimientos, encarnados hasta lo macabro en el árbol, devienen una obsesión que lo devora. Como si su esposa, desde el más allá, se vengara convertida en manzano…, o, más bien, como si él hubiera enloquecido porque sabe que en el fondo contribuyó al deterioro de ella. Se juega con esa dualidad, con la posibilidad de lo maravilloso o la más factible del trastorno mental. Una metáfora muy bien encontrada; y una historia, en fin, desasosegante, de una crudeza sin paliativos.
En «El joven fotógrafo» ya no hablamos de personajes de clase media, sino de una marquesa que pasa el verano en la costa de Francia, junto a sus hijas. El marido se ausenta por trabajo. Sola y aburrida, con el empujoncito de sus amigas, la marquesa decide tener una aventura. No surge una pasión como tal, sino que se lo toma como un entretenimiento, una distracción de mujer adinerada sin nada que hacer en sus vacaciones (pese a su nivel de vida, o quizás por ello, vive en una jaula). El elegido para su esparcimiento es un fotógrafo humilde y, para más inri, lisiado. Mantienen una relación asimétrica, en la que la mujer, en contra de lo habitual, maneja los hilos desde su estatus. Con todo, la marquesa comete un error: solo piensa en sí misma. Olvida que el fotógrafo, a quien trata como a un títere, tiene personalidad propia. Cuando él saca su carácter, ella se da cuenta de su imprudencia. Al final, pagará caro su desliz, y no por el hecho de ser infiel a su marido. Este relato es un ejemplo perfecto de cómo dar la vuelta a una situación, cómo revertir los roles de víctima y verdugo.
«Bésame otra vez, forastero», el cuarto relato, gira alrededor de un tipo inocente que se cruza con quien no debe. El terror, más que en los acontecimientos despiadados (que los hay) o los espacios tétricos (que también los hay), se encuentra en el misterio que cada uno de nosotros encierra dentro de sí mismo, las excentricidades, la locura incipiente. Lo que comienza como una tierna invitación a una chica se convierte en un viaje de angustia creciente. Este es el único relato narrado en primera persona, junto con el último, «El viejo». Este, por su brevedad, carece de una trama tan desarrollada como los anteriores: todo se concentra en el recuerdo, como una reminiscencia, del testigo de un suceso dramático en el seno de una familia un tanto extraña, contado con la mirada de quien no comprende todo lo que ocurre, porque no está dentro, no pertenece a ese núcleo, pero observa con atención, trata de recomponer el puzle. De nuevo, se plantean la oscuridad de la vida doméstica y las relaciones de poder.
Daphne du Maurier
Ha pasado más de medio siglo desde que este libro vio la luz, pero la gran literatura no envejece, aún tiene mucho que aportar. Estas piezas –todos– son deslumbrantes, por estilo, por construcción, por sus ambigüedades. La recreación gótica, el suspense psicológico, los personajes atormentados, la violencia silenciada, la naturaleza como territorio hostil; una narrativa que denota influencias de las hermanas Brontë y anticipa a autoras como Joyce Carol Oates, aunque Du Maurier, por supuesto, tiene una voz personal inconfundible. Para mí, leer estos cuentos ha supuesto un antes y un después en mi vida lectora, ha sido uno de esos libros que me reconcilian con la lectura y me recuerdan todo lo que puede dar de sí un género como el terror cuando está en buenas manos. Las de esta escritora son, sin duda, inmejorables.

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