12 noviembre 2018

Ataduras - Domenico Starnone

Edición: Lumen, 2018 (trad. Celia Filipetto)
Páginas: 184
ISBN: 9788426405258
Precio: 17,90 € (e-book: 8,99 €)
Leído en versión original (Lacci).

Hace unos meses, Ali Smith hizo esta reflexión en una conferencia: «Un libro no existe hasta que no se ha traducido a otra lengua». Pensé en aquellos escritores que son eminencias en sus países, pero grandes desconocidos más allá de sus fronteras, tal vez por cultivar una narrativa arraigada a su cultura, a una forma de usar el idioma, que los editores extranjeros no se atreven a proponer a sus lectores. Quizá este sea el caso de Domenico Starnone (Nápoles, 1943), autor de larga trayectoria, ganador del Premio Strega, el más prestigioso de Italia, por Via Gemito (2000), que aun así permanecía inédito en castellano y otras lenguas hasta hace muy poco. La novela elegida para darlo a conocer ha sido Ataduras (2014), una de las más recientes, de la mano de una traductora de calidad contrastada como es Celia Filipetto, responsable de traducciones de Natalia Ginzburg, Elena Ferrante, Milena Agus y Stefano Benni, entre otros.
«En las casas hay un orden aparente y un desorden real.» Estas palabras condensan el espíritu del libro, una exploración lúcida de un matrimonio napolitano a lo largo de la vida y desde diversos ángulos. En la primera parte nos habla Vanda, una treintañera que se dirige a su marido, Aldo, que acaba de marcharse a Roma con otra mujer. La voz de Vanda rebosa dolor, rabia, desesperación, aunque conserva la inteligencia necesaria para analizar lo sucedido. Ella y Aldo se casaron a principios de los años sesenta, se asentaron en su Nápoles natal, tuvieron dos hijos y siguieron, en definitiva, el camino de sus progenitores: ella en casa, él en el trabajo. Parecía que ese iba a ser el orden de las cosas para siempre, pero cada uno evolucionó de manera distinta: Aldo ha prosperado en su carrera, se relaciona con personas influyentes, mientras que Vanda se siente estancada en la rutina doméstica. Además, esto ocurre en un contexto de transformaciones sociales y liberalización de las costumbres, después del Mayo del 68, cuando el divorcio ya no se ve como un escándalo y las nuevas generaciones rechazan los modos convencionales de estar en el mundo. Aun así, Vanda no asume la separación; no asume que Aldo los haya abandonado, a ella y a los niños.
En la segunda parte, la más extensa, el propio Aldo toma el relevo de la narración. Han pasado décadas, estamos ya en el siglo XXI y, contra todo pronóstico, Aldo y Vanda, ahora jubilados, siguen juntos. Después de sus escarceos, él regresó a casa, si bien las reglas no escritas de su vida en común cambiaron: la familia al completo se instaló en Roma y Vanda adquirió independencia. No obstante, esos son tan solo los cambios aparentes: detrás de la fachada, ambos aprendieron a comportarse de forma distinta. A ejercer, por un lado, de cónyuge y padre (o madre) y, por el otro, a escondidas, de sí mismos a secas, sin las obligaciones familiares. Dicho de otro modo: aprenden a callar, a guardar secretos, pequeñas traiciones. Han descubierto que un matrimonio solo se sostiene gracias a los silencios, al respeto de la privacidad del otro, a la entereza de saber callar antes del estallido. Es algo que va más allá de tener una aventura o no; se trata de espacio, de aceptar la imposibilidad de dominar toda la existencia del otro, aceptar que nunca se termina de conocer a la persona con quien se comparte cama.
En el momento de afrontar la vejez, necesitan soltar lastres. El quid de la novela gira alrededor de ese «desorden» subyacente a la vida en común: de forma cómica, los protagonistas se ven forzados a revisitar su pasado, sus ocultaciones mutuas, todo aquello que han querido arrinconar, en ocasiones literalmente. En esto tienen mucha importancia el narrador de la tercera parte y algunos objetos (metáforas vivísimas) que es mejor no adelantar. Basta con saber que Domenico Starnone no escribe un tratado sobre el matrimonio, sino una historia con enredos y sentido del humor, en la que integra con perspicacia estas reflexiones. Demuestra tener ojo clínico para analizar las relaciones afectivas: cómo se siente cada miembro de la pareja en cada etapa; las contradicciones que plantea la infidelidad del marido (la imagen de histérica de ella en las primeras páginas frente a las risitas cómplices de los otros hombres, las bromas sobre el sexo y el adulterio que se suelen hacer desde fuera, a pesar del dolor de los involucrados); el contraste entre la apariencia y el carácter real de los miembros de la pareja; el papel de los hijos, de la amante; las reformas vitales después de la crisis. Escribe todo eso con nervio, con un estilo vigoroso y limpio que concentra situaciones complejas en pocas frases y distingue a la perfección las voces de los narradores.
De algún modo, Ataduras puede leerse como una respuesta desde el punto de vista masculino a Los días del abandono (2002), de Elena Ferrante –a propósito, durante un tiempo se señaló a Domenico Starnone como el autor detrás del seudónimo y, en efecto, tienen semejanzas en su comprensión del hecho literario–. En dicha novela, Elena Ferrante narra la degradación de una mujer después de que su esposo la abandone por otra más joven. La parte central de Ataduras constituye su contrapunto: el marido a la fuga que da sus explicaciones, su perspectiva de lo ocurrido. Tanto un libro como el otro huyen de los tópicos en el tratamiento de la ruptura: ni víctimas ni verdugos, sino personajes imperfectos que toman conciencia de que cada uno ha entendido el deterioro de su matrimonio de una manera diferente. Cada autor incorpora la especificidad del género: mientras que la mujer de Los días del abandono siente sobre todo el desamparo al quedarse sola, la amenaza del trastorno mental, la pérdida de control, los celos, la inseguridad, el hombre de Ataduras explora los mecanismos de huida, el miedo a afrontar los daños, la búsqueda de una nueva pertenencia al mundo, de una autoafirmación, cuando le parece que su matrimonio se ha agotado.
Domenico Starnone
El título original, Lacci, también puede traducirse como «lazos» o «cordones» de los zapatos. En una de sus maravillosas metáforas, plantea una peculiar herencia: tanto el padre como el hijo de esta historia se atan los cordones mal, o, cuando menos, de un modo singular. Lo mismo que las relaciones del núcleo familiar, que en cada casa se enredan de una forma muy suya. Esta idea entronca con la cita de antes sobre el desorden: parafraseando a Tolstói, las familias se asemejan en su apariencia ordenada, pero cada una es única en su desorden. Desde fuera, uno ve a un matrimonio de clase media, con hijos emancipados, una familia como tantas otras; por dentro, el recuerdo del adulterio y otras sombras ensucian la cotidianeidad. En cierto sentido, Ataduras es una novela «antinostalgia», porque pone de relieve que en ocasiones vale más no recordar si se quiere avanzar, y por cómo los personajes (unos más que otros) tratan de deshacerse del pasado, de destruirlo. Así, derribando clichés con ingenio y una honestidad abrumadora, Domenico Starnone ha escrito un libro breve pero intenso sobre los nudos del matrimonio; literatura de alto voltaje que mira de frente al lector y lo interpela desde la primera hasta la última página.

09 noviembre 2018

A la izquierda, donde el corazón - Leonhard Frank


Edición: Errata naturae, 2018 (trad. Esther Cruz Santaella)
Páginas: 320
ISBN: 9788416544721
Precio: 19,50 €
Cabe asumir que también Miguel Ángel, Beethoven, Shakespeare y Goethe tenían complejos. Tampoco Dostoievski debía de gozar de una salud de hierro. ¿Habría analizado usted a esos artistas? ¿O prefiere que se haya pintado la Capilla Sixtina y se hayan compuesto las sintonías de Beethoven, además de escribirse Hamlet, Fausto y Los hermanos Karamázov? De hecho, comparados con esos gigantes, nosotros somos unos enanos sólo perceptibles con ayuda de un microscopio. [...] Esto es: nosotros somos lo que somos si escribimos. Por nada del mundo cedería mis complejos, y lo digo literalmente: por nada del mundo. Los necesito.*
En la historia de la literatura abundan los nombres olvidados, y quizá el peor olvido de todos sea el que se produce en vida: escritores que disfrutaron de una gran reputación, que conocieron el éxito de crítica y público, caídos en desgracia en sus últimos años. A menudo estas rupturas se producen después de una hecatombe, en periodos de transformación sociopolítica en los que interesa (a los de arriba, claro) ignorar lo que funcionaba antes y promover un nuevo proyecto, acorde con su pensamiento, con una determinada idea de la modernidad. El ascenso del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, en este sentido, fracturaron la carrera de muchos autores, como el alemán Leonhard Frank (Wurburgo, 1882 – Múnich, 1961), novelista destacado del periodo de entreguerras –se le nombraba junto a Thomas Mann y Stefan Zweig, entre otros– que sufrió el exilio y, a su regreso, se encontró con sus libros en las tinieblas. A la izquierda, donde el corazón (1952), su novela más autobiográfica, para muchos su obra maestra, va de todo eso y más: del auge y el descenso de un escritor, de los claroscuros de su vida personal, de la convulsa primera mitad del siglo XX.
Es difícil comentar un libro como este: uno no sabe si está hablando del autor o de su alter ego, si está reseñando una obra literaria o desgranando una biografía. Leonhard Frank escribe en tercera persona, bautiza a su protagonista con el nombre de Michael Vierkant. No se trata, por lo tanto, de unas memorias, ni tampoco de la autoficción que abunda ahora en las librerías. De hecho, renuncia a contarlo todo, a recrearse en la amargura, a favor del relato «puro». Es, en esencia, una novela, solo que una novela inseparable de su trayectoria, por mucho que se tome algunas licencias para redondear la construcción (como la forma en que conoce a su mujer). Él desarrolló a lo largo de su carrera un realismo objetivo, que aplica a la hora de «novelar» su vida. El resultado: un libro de hondo calado que merece la pena tanto por su valor testimonial de crónica de una época como por narrar una peripecia emocionante. Lo importante: sea lo que sea, rebosa esa verdad literaria que se espera de una narración.
En la novela hay dos grandes etapas, que pueden delimitarse como el auge y la caída del escritor, tal como él mismo reflexiona: «Su vida ya no era su vida. Estaba dividida en dos, justo por la mitad» (p. 220). En la primera etapa, Michael Vierkant, un chico de provincias humilde, aspirante a artista, llega a Múnich en los albores del siglo XX. Prudente e inseguro, comienza a moverse por el ambiente bohemio de la ciudad, donde confía en empezar una carrera como pintor. Su oportunidad, no obstante, le llegará un poco más tarde, ya en la década de 1910, y no con las artes visuales, sino con la literatura. Su debut, una novela de aprendizaje, tiene una acogida extraordinaria y lo sitúa de inmediato como un escritor respetado. Por entonces se instala en Berlín, donde transcurre la mayor parte de su vida, entre cafés, tertulias y fiestas. Llega la Primera Guerra Mundial; después, los «locos años veinte». Su carrera se consolida: «Por primera vez, se sintió reconocido e importante, y entonces pensó: “Hay que darse importancia a uno mismo para poder escribir”» (p. 200).
Michael cultiva un realismo comprometido con las desigualdades de la clase media, con sentido del humor y un lenguaje claro, sencillo, que entusiasma a millones de lectores –de esta fase destaca su novela breve Karl y Anna (1926), publicada por Errata naturae en 2013–. El libro recorre asimismo su vida personal, con sus amores y sus (muchas) amistades. Con respecto a lo primero, le pone el punto de emoción justa para conmover sin caer en la sensiblería, con pasajes sugerentes y delicados: «Te voy a desvelar ahora mismo cuál es la mayor felicidad para un hombre: su mayor felicidad es que una mujer a la que ama lo ame a él. Quien no experimente tal cosa, no habrá vivido» (p. 299). En cuanto a los amigos, esboza un retrato fiel de un círculo intelectual fértil, el oasis entre las dos guerras. El declive de Michael empieza, precisamente, con el ascenso del nazismo: lo internan en un campo de concentración en Francia, del que logra escapar con un manuscrito escondido entre sus ropas, para terminar exiliado en Estados Unidos. Allí trabaja como guionista, como muchos de sus coetáneos, un empleo deslucido para alguien como él. Nunca se adapta por completo al país, pero, cuando al fin puede volver a Alemania, lo que encuentra ya no es la tierra que conocía.
Leonhard Frank
«El escritor que no tiene detrás a su país cae al abismo en la lista del respeto, como acciones de poco valor. Lo aceptó con serenidad y se retiró en sí mismo: estaba solo» (p. 220). Las últimas páginas están teñidas por el regreso traumático, las ciudades destrozadas, la pérdida. Este Michael ya no es ese novelista con un público que espera su nuevo libro, sino un hombre derrotado, un literato desarraigado en su propia patria. Con ese punto de vista escribe Leonhard Frank esta novela: desde la experiencia de quien ha vivido, desde la conciencia de quien se sabe en el final de su carrera. Y, aun así, no hay rabia en su voz, sino lucidez, serenidad, calma. Como si esta obra fuera su forma de poner orden en su memoria, de meditar sobre los vaivenes de su existencia, de despedirse con elegancia. Quizá, por encima de todo, A la izquierda, donde el corazón sea una exploración de la relación entre la literatura y la vida (su literatura y su vida) en un periodo histórico convulso. Leonhard Frank escribió una novela a la altura de aquello por lo que había vivido, aquello que había amado de manera incondicional: un legado magnífico.
*Cita de la página 169.

05 noviembre 2018

Chica de campo - Edna O'Brien


Edición: Errata naturae, 2018 (trad. Regina López Muñoz)
Páginas: 424
ISBN: 9788416544592
Precio: 22,00 €

«Aquel día de agosto de mi septuagésimo octavo año de vida me senté para empezar las memorias que me había jurado no escribir jamás». Edna O’Brien (Tuamgraney, Irlanda, 1930) hizo un regalo a sus lectores cuando tomó esta decisión. El resultado vio la luz en 2012 bajo el título Chica de campo, haciendo un guiño a su ópera prima. Edna O’Brien llegó a este mundo destinada a ser una muchacha de aldea, en la Irlanda rural de los años treinta. Lo fue, al menos durante un tiempo: nació en lo que se suele llamar una familia tradicional, ni pobre ni rica, que la obligó a hacerse farmacéutica. Se formó, hizo sus prácticas, pero para entonces ya estaba tentada por la literatura, tenía claro que no haría de la farmacia su hábitat. La literatura, precisamente, la sacó de Irlanda. Esa chica de campo se convirtió en una mujer cosmopolita que organizaba fiestas en el Londres de los swinging sixties y se codeaba con lo más granado del círculo bohemio, además de en la autora de una treintena de libros (novela, relatos, teatro, no ficción) que la han situado como una de las grandes escritoras del siglo XX.
La expresión «piano roto», con todas sus connotaciones, reverberaba sin cesar dentro de mi cabeza, y pese a todo me hizo pensar en la generosidad que me ha reservado la vida: he conocido la alegría y el dolor extremos, el amor correspondido y el no correspondido, el éxito y el fracaso, la fama y el vapuleo; he leído en la prensa que ya estaba caducada como escritora y, peor aún, que era una «Molly Bloom de baratillo»; y, sin embargo, a pesar de todo, he seguido escribiendo y leyendo, he tenido la fortuna de sumergirme de lleno en esas dos actividades intensas que han apuntalado mi vida entera.
Pero empecemos por el principio. Ahí está todo para ella: «el dramatis personae de mi niñez me proporcionó el material más rico de todos, de modo que debo un enorme agradecimiento tanto a los vivos como a los muertos» (p. 418). Edna O’Brien, como Rosa Chacel o Erri De Luca, encontró en el universo de su infancia la inspiración para sus historias, una base que ha seguido exprimiendo incluso después de dejar su tierra natal de forma definitiva («para todo escritor el amor por el lenguaje arranca en ese lugar llamado “hogar”», p. 185). Su niñez estuvo marcada por el padre, un hombre terco que tuvo muchas recaídas en el alcohol. En un pasaje recuerda la tranquilidad que suponía quedarse en casa a solas con su madre, cocinando, limpiando, sin hacer nada especial, tan solo con la calma de la ausencia paterna. Relata asimismo su educación religiosa en un convento, del que soñaba con escapar. Muchas experiencias de esta etapa, en particular el miedo al padre y la violencia silenciada del hogar, son temas recurrentes en su obra desde su debut, Las chicas de campo (1960), una novela muy autobiográfica que escribió en tres semanas («Se había escrito sola, yo fui una simple mensajera», p. 174). También se plantean en Un lugar pagano (1970).
Yo me sentía más sola de lo que debería haberse sentido una mujer enamorada, o enamorada a medias. Existía un abismo entre nosotros, y muchísimas cosas de él me resultaban extrañas y ajenas. A veces percibía una expresión melancólica en su semblante y me preguntaba si sería por la otra mujer, o por su hijo, o por su vida de antes, la que yo iba descubriendo poco a poco.
Antes de comenzar su carrera literaria, Edna O’Brien conoció al escritor Ernest Gébler cuando aún trabajaba en la farmacia. Este, divorciado y con un hijo, no se ganó las simpatías de la familia de ella, pero aun así se casaron en 1954, tuvieron dos niños y se mudaron a Inglaterra. El matrimonio duró diez años: la autora relata el complicado proceso de separación, los celos de Ernest por su éxito profesional («las palabras que fueron el golpe de gracia para nuestro ya deteriorado matrimonio: “Sabes escribir, nunca te lo perdonaré”», p. 174), los problemas por la custodia de los hijos; una de sus épocas más traumáticas, de la que hay mucho en La chica de ojos verdes (1962) y Chicas felizmente casadas (1964), que completan la trilogía Las chicas de campo: «Mi matrimonio estaba en un punto crítico. Y yo lo sabía, lo que ignoraba era cómo acabaría; creía de veras que el matrimonio era para toda la vida» (p. 186). Incluso en su novela más reciente, Las sillitas rojas (2015), escrita medio siglo después, vuelve a abordar la cuestión de la mujer que rehace su vida después del divorcio. Los conflictos asociados a las mujeres, desde el despertar a la madurez, han marcado su trayectoria; sin duda, su voz es una de las más comprometidas con la denuncia de ese malestar, ha contribuido a aumentar el canon de obras sobre la experiencia femenina del amor, la amistad, la opresión de los valores patriarcales, el deseo y la maternidad, entre otros.
Como escritora se me consideraba lasciva e irracional, con una gama de temas estrecha y obsesiva, una mera mezcolanza de tópicos destinada a los extranjeros. Según las críticas, no era capaz de poner ninguna experiencia en perspectiva; la misma historia se repetía hasta la saciedad. Una periodista inglesa, de evidente ascendencia irlandesa, juzgaba mi prosa de «asfixiante», y, con la sensibilidad de una chismosa provinciana, afirmó que había hecho bien en irme de Irlanda.
Su marido no fue el único que se tomó mal la buena acogida de su primera novela. En su pueblo natal se quemaron ejemplares y sus padres se sintieron avergonzados. Las chicas de campo narra la educación sentimental de dos muchachas que expresan sin tapujos su rechazo de la religión y sus ganas de disfrutar intensamente de los placeres de la ciudad. Para una mentalidad tan rígida, tan católica como la de su familia, la de aquella Irlanda de antaño, supuso un escándalo. En realidad, como suele ocurrir en la historia de la literatura, se trataba del acostumbrado choque generacional: mientras que unos lo rechazaron de pleno, los jóvenes (y los lectores de países más «modernos») se reconocieron en sus páginas. Esta no es la única polémica con la que ha tenido que lidiar O’Brien: como a tantas autoras, se la despreció por escribir «sobre mujeres»; además, la propagación de rumores sobre su vida personal le dio mala fama. Con todo, siguió escribiendo, siguió probando nuevas técnicas –Noche (1972) «marcó el antes y el después de mi vida, entre un tipo de escritura y otro» (p. 249)–, siguió creciendo como narradora hasta convertirse en la figura incontestable de las letras que es hoy.
Todavía me asombra haber conocido a toda aquella gente; una serie de carambolas nos juntaron y unieron en la quimera de los swinging sixties. Era una época de lo más inocente. Los famosos no eran tan famosos y no iban por ahí acompañados de presuntuosas cohortes. Yo, oriunda del condado de Clare, me emocionaba ante aquella galaxia de visitantes, y sin embargo nunca me dejaba deslumbrar. Sabía que era algo transitorio, que todos estábamos de paso, rumbo a otros lugares, orbitando hacia arriba, siempre hacia arriba.
Por otro lado, su existencia no se explica sin sus célebres fiestas en el Londres de los años sesenta donde corría la droga («Tenía múltiples motivos para querer tomar LSD. […] creía, como consecuencia de varias lecturas, que mis sueños y, por tanto, mi escritura se enriquecerían», p. 240); y sus viajes a ciudades como Nueva York, donde, en una cena en la Casa Blanca, estuvo sentada entre Hillary Clinton y Jack Nicholson. Entre tantos eventos, conoció a muchas personalidades del cine, la música y la política, como Paul McCartney, Jane Fonda, Judy Garland, Shirley MacLaine y Marlon Brandon, entre otros: «Era una época de lo más inocente. Los famosos no eran tan famosos y no iban por ahí acompañados de presuntuosas cohortes» (p. 228). Por supuesto, no se olvida de sus colegas, entre los que destaca Philip Roth; ambos se respetaban mucho. La autora es generosa al compartir anécdotas sobre celebridades, al acercar al lector a ese ambiente tan fascinante. Ella no se da aires, sino que más bien desmitifica el glamour, da naturalidad a lo que se suele tratar con reverencia.
Philip Roth ya estaba por allí. Pese a su fama de ermitaño, a veces sale, y cuando eso sucede se convierte indefectiblemente en el sabio de cualquier reunión social. Inflexiblemente escrupuloso en lo relativo a la palabra escrita, y dotado de una inteligencia acerada, Roth también sabe ser la persona más divertida del mundo cuando está en vena. Lo he visto desarrollar una anécdota hasta límites vertiginosos, es como ser testigo de una mente desbordante en perpetuo estado de superación.
Edna O'Brien
Edna O’Brien firma unas memorias que rebosan honestidad y amor por el oficio; muy «completas», en el sentido de que abarcan facetas diversas –su vida íntima, el conflicto entre la sociedad irlandesa de sus progenitores y el descubrimiento del cosmopolitismo, su carrera literaria, sus amistades, sus viajes, su perspectiva de los atentados en Irlanda del Norte–, aunque sin extenderse demasiado en ninguna; la información siempre dosificada. Escribe sobre sí misma, pero sin resultar egocéntrica; de hecho, en parte refleja a toda una generación de intelectuales y artistas. Tampoco llega a mostrarse impúdica: se abre al recordar vivencias como las tensiones con su padre, el divorcio o la depresión, pero con mesura, contención. No pierde la elegancia, como tampoco pierde el respeto por las personas que aparecen en el libro. Y se explica muy, muy bien, con la fluidez, la pulcritud y el sosiego que la caracterizan, con ese lenguaje todavía lleno del léxico campestre (las plantas, el paisaje rural) de su niñez. Más allá de sus lectores fieles, Chica de campo puede interesar a cualquier lector que sienta curiosidad por el mundo cultural de la segunda mitad del siglo XX, con independencia de que conozca su obra o no.
Citas en cursiva de las páginas 7-8, 152, 379, 228-229 y 347.

02 noviembre 2018

La azotea - Fernanda Trías

Edición: Tránsito, 2018
Páginas: 140
ISBN: 9788494909504
Precio: 15,90 €

La azotea, el ático, la buhardilla, el desván. Desde que Charlotte Brontë escribió Jane Eyre (1847), se ha afianzado una relación (literaria) entre la zona alta de los edificios y las mujeres perturbadas. En su primera novela, publicada en 2001, Fernanda Trías (Montevideo, 1976) retoma este motivo en una historia de tintes góticos sobre una pequeña familia que vive encerrada en un piso de un barrio pobre. La narradora, Clara, tomó la decisión de enclaustrarse junto a su padre después del suceso al que se refiere como «accidente». Más adelante, estando ya recluida, nació su hija, Flor. Un anciano, una mujer joven y una niña; tres personajes que sobreviven al margen de la sociedad, tres vidas marcadas por las relaciones de poder, los temores y la locura, siguiendo la estela de libros como Siempre hemos vivido en el castillo (1962), de Shirley Jackson, y en sintonía con otros títulos contemporáneos como Las efímeras (2015), de Pilar Adón.
La autora da forma a una novela de atmósfera lúgubre, que mantiene la tensión gracias a las elisiones y los saltos temporales, que combinan con acierto el presente con el relato de los hechos que condujeron a esta situación. El contacto de Clara con la civilización es Carmen, una vecina que la ayuda con los recados sin hacer preguntas incómodas; ella solo sale de casa de manera muy puntual. En la convivencia de tres, se plantean los temas de dominación y sumisión, de intercambio de roles. Interesa, en concreto, la psicología de la narradora: por una parte, se hace con el control del hogar después del accidente, después de que el orden establecido se quebrara, como haría una buena hija al cuidar de un padre solo; no obstante, a la vez se revela como una persona atormentada, con heridas sin cicatrizar y carencias afectivas («estoy igual que esta casa: llena de cosas muertas», p. 73). Entre sus rasgos, sobresalen la inocencia, la facilidad con que cree todo lo que le dicen, desde supersticiones a comentarios de chiquillos del colegio; y el miedo, consecuencia de su aprensión, que contagia a sus allegados («Flor miraba alrededor como si quisiera comerse el mundo con los ojos, no se daba cuenta de que era el mundo el que iba a comérsela a ella», p. 108).
Clara tiene muchos miedos. El principal, el mundo, la vida allá fuera. Con el paso de los años, su obsesión aumenta, recela incluso de Carmen y tan solo se siente libre en la azotea, adonde sube en secreto, para respirar, para sentirse poderosa con la ciudad a sus pies («La azotea era mi lugar; el único donde no pudieron vencerme.», p. 49). Se plantea una incógnita: ¿el peligro está en la calle, como cree la narradora, o este solo existe en su mente? La autora hace hincapié en su degradación, el modo en que, tras abandonar sus relaciones, descuida también su cuerpo, lo que la aleja aún más de la gente («me daba un aspecto primitivo que me protegía y me separaba de los demás», p. 115). En su mirada aparecen metáforas con animales inhóspitos (arañas, abejas), que dan una idea de su creciente perturbación. Se trata, además, de una narración atenta al cuerpo, que, encerrado, presta una atención extraordinaria a cualquier roce, cualquier muestra de decrepitud. También los nombres están cuidados: Clara, que en realidad no es nada clara; y Flor, algo nuevo que germina, pero que, como las plantas, no se mueve de la maceta donde la ha colocado su madre-dueña.
Fernanda Trías
La azotea es, en suma, una muy buena primera novela, escrita con un estilo ágil y preciso, que envuelve al lector en su universo sombrío sin que nada chirríe; denota una madurez admirable en una escritora que entonces tenía veinticinco años. Habrá que prestar atención a Fernanda Trías –en España ya se había editado su libro La ciudad invencible (Demipage, 2014)–, que se une a la larga lista de autoras latinoamericanas que están dando tanto que hablar –Samanta Schweblin, Vera Giaconi, Selva Almada, Paula Porroni, Mariana Enriquez y Mónica Ojeda, entre otras–, unas autoras que comparten inclinación por lo oscuro, la violencia, el desarraigo, desde perspectivas y tratamientos diversos. Quizá son las que mejor están captando el aire de estos tiempos, la falta de anclaje que deriva en el temor, en la patología. Sea lo que sea, vale la pena leer a Fernanda Trías, vale la pena sucumbir ante su voz inquietante.
Y vale la pena seguirle la pista a la recién nacida Tránsito. Además de lo obvio diseño impecable y reconocible, tipografía cómoda, textura y encuadernación de calidad–, hay que subrayar su valentía al apostar, para empezar su andadura, por una novelista joven y desconocida en España, en lugar de recurrir a los rescates libres de derechos. Por si fuera poco, con una cubierta amarilla; sin supersticiones. Bien, muy bien por Tránsito.

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