18 enero 2019

Un pie en el paraíso - Ron Rash


Edición: Siruela, 2018 (trad. Pablo González-Nuevo)
Páginas: 232
ISBN: 9788417454470
Precio: 19,95 € (e-book: 9,99 €)

Un pie en el paraíso (2002), la primera novela de Ron Rash (Chester, Carolina del Sur, 1953), un autor que por entonces ya había publicado poesía y relatos, se enmarca en la tradición del sur de Estados Unidos, esa que tantas alegrías ha dado a la literatura (William Faulkner, Eudora Welty, Carson McCullers, Flannery O’Connor...). Ron Rash cuenta con una trayectoria sólida en su país, aunque aquí es un desconocido –solo se había publicado En lo más profundo del río (Punto de Lectura, 2007); mientras que su obra más aclamada, Serena (2008), sigue sin traducir–. Viene avalado por Alice Munro y Edna O’Brien, dos escritoras a las que servidora tiene en alta estima. Entre esto y mi fascinación (literaria) por ese sur tan sórdido, no quedaba otra que leerlo.
Corren los años cincuenta en un condado rural de los Apalaches cuando un hombre, veterano de guerra, desaparece sin dejar rastro. Tanto su madre como el sheriff están convencidos de que lo ha matado otro, pero el cuerpo no aparece. El tipo no era lo que se dice ejemplar, por lo que a nadie le sorprende que pueda haber terminado así. A partir de este suceso, el autor desgrana los acontecimientos previos a la desaparición, una trama de pasión y venganza que involucra a varios personajes de la localidad. Lo importante no es averiguar qué ha ocurrido con el hombre –enseguida se revela–, sino que este hecho sirve de puente para revolver lo que de verdad interesa a Ron Rash: esa sociedad sureña embrutecida, llena de sombras, de costumbres anquilosadas, en la que nadie es inocente del todo, por mucho que no se haya manchado las manos.
Ron Rash es un gran narrador, ameno, con sentido del humor y oído para el diálogo. Firma una historia dinámica que entretiene y a la vez posee revestimiento «literario». Carson McCullers decía que lo característico del gótico sureño es su planteamiento de la crueldad con un tono de escritura que se permite lo liviano, lo cómico; de este modo profundiza en los recovecos del alma humana. Esta obra es así, detrás de la ficción hace una radiografía de ese sur de antaño, violento, turbio y desigual. Cada parte está narrada por uno de los protagonistas, sin que se pierda el ritmo, y cada uno tiene, claro, sus conflictos: la ascensión social, el matrimonio, el deseo de tener hijos, las secuelas de la guerra, el distanciamiento dentro de una familia, la soledad, el perdón. Una sociedad de contrastes, en la que ni siquiera el sheriff (primer narrador y un personaje memorable) se libra de las manchas, aunque de entrada esté en una esfera superior al resto (tiene estudios y está casado con la hija de un médico). En la práctica, todos, los afortunados y los humildes, los tranquilos y los bravucones, afrontan problemas no tan diferentes. No falta en el elenco la «bruja» de turno, o anciana ermitaña, representante de las supersticiones inherentes a este sur tan rancio.
Ron Rash
El relato se encuadra, además, en un marco «mítico»: más allá de la acción individual, el destino, como en la tragedia griega, supera a los personajes, perseguidos por sus errores, la culpa y el castigo. Esto se extiende al pueblo en conjunto, que se halla en proceso de desaparición porque una compañía eléctrica pretende construir un lago. La historia culmina en una catarsis redonda. Tiene bastante en común con Fuego en la montaña (1962; Errata naturae, 2018), una novela de Edward Abbey (1927-1989) que también se recuperó el pasado otoño (¿renace el interés por la narrativa de la Norteamérica campestre, esa de hombres recios, aventuras, traición y encuentros furtivos?). En cualquier caso, Un pie en el paraíso es una novela altamente disfrutable, escrita con oficio, con personajes muy bien perfilados y un aire de historia clásica que hoy cuesta encontrar. Ojalá no sea lo último que se traduzca del autor.

14 enero 2019

Noveno aniversario del blog: tiempo de cambios

… y ya van nueve. En los primeros aniversarios contaba números, que si seguidores, que si visitas; estadísticas que desde hace tiempo me parecen ridículas, ingenuas y presuntuosas. También me daba por reflexionar acerca de lo que he aprendido con el blog, o lo que el blog me ha aportado (ni que tener un blog de reseñas literarias fuera como emprender un viaje a la otra punta del planeta). En los últimos años, me he quejado más de la cuenta. Porque querría que me pagaran por escribir y no obstante aquí sigo, en este rincón donde nadie (nadie que podría darme trabajo) me hace caso.
Hoy no voy a hacer nada de eso.
Yo también he cumplido años, he madurado con el blog. A medida que me hago mayor, me libero de superficialidades. Cuando uno es joven, lo quiere todo y lo quiere ya, determinados asuntos le parecen una prioridad absoluta, se es más vulnerable a las necesidades creadas por la publicidad. Esa etapa se pasa, por suerte se pasa. 2018 fue un punto de inflexión para mí: me desprendí de cargas, adopté otra filosofía, me volví más práctica. Más serena. Con la edad te salen canas, pero aprendes a darles a las cosas la importancia justa. Ganas en fortaleza. Estoy en esta fase.
Y esta fase se extiende al blog. Para continuar con él, necesito liberarlo de lo superfluo. Hacerlo más pequeño (al menos, en detalles importantes para mí). En la entrada sobre mis mejores lecturas de 2018 dije que cometí el error de sentirme crítica literaria, o periodista cultural, sin serlo. Sin serlo porque no cobro por ello. Por lo demás: redacto unas ochenta reseñas al año, recibo ejemplares de las editoriales, me mantengo al día de las novedades, las difundo en las redes, un grupo de lectores (menos voluminoso de lo que parece, pero tampoco desdeñable) tiene en cuenta mis recomendaciones, qué decir de los autores que me piden que los lea… Soy una suerte de influencer (ay, esta palabra) sin sueldo ni vocación.
En eso último está la clave: no tengo vocación de influencer. A mí lo que me gusta es leer y escribir, no la comunicación. Algunos lectores me han animado a registrarme en Instagram o hacerme un canal de YouTube. No, no es lo mío. Leer, estudiar, reflexionar, ampliar conocimientos, escribir; esto sí. Soy una rata de biblioteca. Pensé que el blog podría ser una prolongación de mi actividad. Sin embargo, me he convertido en una persona que recomienda libros. Poco importa lo que escriba en las reseñas, al final todo se resume en si lo recomiendo o no, me gusta o no me gusta, por qué no puntúas con estrellitas que así lo veo mejor. Normal: si la gente apenas tiene tiempo para leer libros, cómo va a leer, además, reseñas. Lo entiendo, de verdad.
A veces uno se pregunta por qué hace lo que hace, qué satisfacción encuentra en ello, en redactar una reseña, colgar un tuit para compartirla, responder un correo en el que un desconocido pide recomendaciones sobre un tema concreto. Y, sí, me lo paso bien hablando de libros, aquí y en esa extensión del blog llamada Facebook y, sobre todo, Twitter. Tampoco me cuesta nada recomendar libros si conozco la materia. No dejaré de hacerlo, ni dejaré de escribir (para mí, como digo, lo esencial). Pero quiero cambiar algunas cosas. Liberarme de esas responsabilidades que nadie me pidió asumir. Como no trabajo como periodista ni como librera, no tengo por qué leer tantas novedades. Me he acostumbrado a aconsejar a lectores que me preguntan por este o aquel libro, siempre recién salido del horno. E, insisto, no tengo por qué. No me pagan. Me puedo permitir ir a mi aire, desconectar de las novedades. No quiero ser influencer. Quiero ser mejor lectora, escribir más y mejor, y crecer como profesional en el mundo del libro.
En resumen: el blog sigue adelante. Por supuesto. Lo que no sigue adelante, o como mínimo no a este ritmo, es la vida de falsa crítica literaria. Si algún día alguien me paga por escribir reseñas, o artículos, o lo que sea, me adaptaré a lo que me pida con mucho gusto. Mientras solo lo haga en el blog, leeré lo que me plazca y escribiré lo que me plazca. Sin compromisos porque un lector me pregunte por esto, o porque tal editor o escritor me caiga bien (reseñar en la era hiperconectada: tengo tantos pensamientos al respecto que no puedo sintetizarlos aquí). Me aburre ver cómo los blogs (y las redes en general) parecen escaparates, todos hablando de lo mismo. Me he cansado. El cambio tardará en notarse (aún tengo novedades de 2018 por reseñar), pero espero lograrlo. Desengancharme de esos vicios llamados inmediatez, clic e influencia. Perseverar en lo que me importa de verdad: leer y escribir.
A la larga, estoy segura de que será lo mejor. Para mí, y para quien siga buscando un espacio realmente personal en este blog. A vosotros, gracias.

11 enero 2019

Armand - Emmanuel Bove

Edición: Hermida, 2017 (trad. M.ª Teresa Gallego y Amaya García Gallego)
Páginas: 120
ISBN: 9788494664717
Precio: 15,00 €

En la Francia de los años veinte, Armand, de treinta años, mantiene una relación con Jeanne, una viuda adinerada y mayor que él. Un día, el protagonista se reencuentra con Lucien, un amigo de la adolescencia al que la vida no ha tratado tan bien. Lucien presenta un aspecto andrajoso y malvive en un pequeño piso. Lejos de alegrarse por el reencuentro, los dos se sienten incómodos: Armand no sabe cómo tratar a su colega, hasta se avergüenza de él; mientras que Lucien, rabioso, cree que Armand está con Jeanne por interés y trata de malmeter en su relación. En esas circunstancias, entra en escena Marguerite, la hermana menor de Lucien. Como él, es una muchacha humilde y sencilla, pero su aparición basta para quebrar el orden de Armand.
Emmanuel Bove (París, 1898-1945), escritor de éxito en el periodo de entreguerras (y olvidado después), narra en títulos como Armand (1927) y Un padre y su hija (1928) las vicisitudes de personajes de origen modesto que han prosperado, pero no obstante lo pierden todo, y no por una «jugada del destino», sino por ellos mismos, por su acción o su inacción, por su torpeza, su miedo o su orgullo. Con una narración de frases llanas e incisivas, va dando forma, por acumulación, a un universo narrativo rico, que denota capacidad de observación y pericia para condensar en pocas palabras los dilemas de los personajes. Las nouvelles mencionadas se caracterizan, además, por los conflictos de los protagonistas en su relación con las mujeres, que determinan sus puntos de inflexión y, a la postre, su caída en desgracia.
Aun así, los dos libros tienen sus diferencias. Armand transcurre en apenas unos días, descompone paso a paso, y en primera persona, cada jornada del protagonista, cómo entra y cómo sale, con atención particular a las prendas y los gestos (y la información que estos dan de los personajes). Un padre y su hija, por su parte, abarca toda la existencia de un hombre, desde la juventud a la madurez, concentrada en cien páginas. Es decir: en uno expande una acción minúscula y en el otro sintetiza la amplitud de una vida entera. Técnicas diferentes, novelas igualmente notables; una prueba de que Bove no se conformaba con escribir una y otra vez el mismo libro y puso en práctica otras estructuras narrativas, sin dejar de ser coherente con su proyecto.
Emmanuel Bove
Armand explora el tema (imperecedero) de la amistad entre dos personajes que estuvieron unidos en su juventud pero han evolucionado de manera distinta y ya no están tan cómodos juntos; pone de manifiesto cómo la noción de clase condiciona los vínculos afectivos. En segundo lugar, indaga en la relación de una mujer madura y rica con un hombre más joven y con aspiraciones, un planteamiento similar al clásico Chéri (1920), de Colette –que fue, por cierto, la primera editora de Bove, y él le dedica esta novela–, aunque con un tono más contenido, serio, que hace hincapié en la dimensión social. Merece la pena destacar la precisión de las descripciones, detalles de la apariencia de los personajes que revelan el malestar particular de cada uno, como la Jeanne que intenta rejuvenecer y parecer más femenina a ojos de su amante o el Lucien que no esconde sus carencias. En suma, una obra más que recomendable de un autor al que hay que seguir leyendo y reivindicando.

09 enero 2019

La casa de 1908 - Giulia Alberico


Edición: Minúscula, 2018 (trad. César Palma)
Páginas: 152
ISBN: 9788494834844
Precio: 12,00 €

Nada ni nadie conoce mejor al ser humano que la casa en la que este ha vivido. En el hogar uno se relaja, no esconde las muecas de disgusto ni los gritos de rabia, no tiene que aguantar las lágrimas ni impostar la alegría, puede ser él mismo sin la máscara de la buena educación. Entre esas paredes se cuecen los amores furtivos, salen a la luz los complejos y se desata la tensión entre familiares. Las casas ven crecer a los niños, morir a los ancianos y desgastarse las relaciones afectivas. También son testigos de las acciones cotidianas, cocinar, dormir, mirarse al espejo, movimientos rutinarios que sin embargo revelan mucha información de la persona. Si esas paredes hablaran, tendrían tanto que contar… Y eso es lo que hacen en este pequeño libro de la escritora Giulia Alberico (San Vito Chietino, 1949), de la que ya se había traducido al castellano Los libros son tímidos (Periférica, 2011). La casa de 1908, publicado en Italia en 1999 como parte de una compilación de narraciones; fue su debut literario.
La narradora de este texto, entre relato largo y novela breve, es una casa construida en 1908 que, en el momento de empezar a contar su historia, está a punto de ponerse a la venta. La casa no quiere que la vendan, ha conocido a tres generaciones de la familia que la mandó edificar y le entristece separarse de los suyos. Con este punto de partida, el caserón comienza a rememorar su vida, que es la vida de quienes la han habitado a lo largo de las décadas; una aproximación cuando menos curiosa al linaje familiar. Ella sabe los secretos, ha observado, escuchado y sentido a los personajes en su intimidad. Sus primeros dueños fueron un matrimonio que regresó de Argentina con el sueño de construir este hogar: el hombre, italiano, quería volver a la tierra de su infancia; para su esposa, argentina, el traslado supuso el abandono de sus raíces, y, aunque la nostalgia estuvo siempre ahí, el aliento de la lengua española se mantuvo siempre vivo entre esas paredes a través de las cartas y las visitas de sus amigas.
Con el paso del tiempo, a ese matrimonio se sumaron hijos, nueras, nietos. El linaje no se desarrolla de forma lineal, sino que la narradora va encadenando recuerdos de los personajes en diferentes periodos, dando saltos que se siguen sin dificultad. En la perspectiva de la casa destacan –no podía ser de otro modo– las mujeres, ancladas durante siglos al ámbito doméstico. Teresa, Aurelia, Anna Maria, Marcella... Mientras ellos iban a la guerra, se marchaban a otra ciudad o hacían negocios (peripecias que la casa no puede narrar porque suceden fuera de ella), las mujeres criaban a los niños, se encargaban de las tareas, cuidaban (si podían) de sí mismas. Al elegir como punto de vista un caserón, Giulia Alberico elige, de alguna manera, el punto de vista «femenino», la mirada hacia lo privado, la microhistoria que surge en una cocina, un dormitorio o una comida; una concepción del hecho literario que recuerda a Natalia Ginzburg.
La voz narrativa tiene, claro, sus particularidades. En primer lugar, las elisiones: la casa desconoce lo que hacen sus inquilinos en la calle. Cuando sus habitantes la utilizan como casa de vacaciones, tan solo los ve una o dos veces al año. Se «pierde» muchos acontecimientos, pero gana en perspectiva, al constatar los cambios que se producen en ellos. La autora da a la narradora el carácter de una casa sabia, generosa, que protege a los suyos y los trata con cariño, como una abuela que custodia al clan desde su mecedora. Destaca, además, por su habilidad para expresar el estado anímico de los personajes en función de su relación con los objetos, su nerviosismo al preparar una cena, si inquietud al encerrarse en una habitación. El punto de vista se justifica también por estos detalles: nada mejor que una edificación para estar atento a los elementos inanimados, como un narrador-humano que analiza las transformaciones de su cuerpo y lo que estas dicen acerca de su edad, su vigor y sus preocupaciones.
Giulia Alberico
«Creo que las cosas, todas las cosas, guardan el recuerdo de un gesto, de una costumbre, de una época» (p. 103). Giulia Alberico escribe de manera singular algo que se ha contado en numerosas ocasiones: la crónica de una familia en el siglo XX, con sus ataduras, sus choques generacionales y sus pérdidas. Es capaz de reducir esa historia a lo esencial, gracias a la sencillez y la sutileza de su estilo, que trabaja a favor del relato sin buscar el artificio vano. Este es uno de esos libros modestos pero hermosos, conmovedores en su sosiego, su calidez, su hondura discreta y sin estridencias. Un libro que no aspira a cambiar el curso de la literatura, sino a hacer compañía a los lectores, a regalarles un poco de quietud y un olor familiar, como una vieja casa en la que refugiarse. Se agradece, una vez más, que existan editoriales como Minúscula y colecciones como Micra (formato aún más reducido, de bolsillo de verdad, en ediciones pulcras), para que obras como esta (y como Quemaduras, de Dolores Prato, o Casa ajena, de Silvio D’Arzo; otros hallazgos) puedan ver la luz en el mercado español.

07 enero 2019

La acompañante - Nina Berbérova

Edición: Contraseña, 2018 (trad. Marta Rebón)
Páginas: 128
ISBN: 9788494547867
Precio: 15,00 €

Es una gran noticia que Nina Berbérova (San Petersburgo, 1901 – Filadelfia, 1993) regrese a las librerías españolas de la mano de Contraseña, una editorial pequeña y exquisita que ya ha recuperado a autoras como Alba de Céspedes, Edith Wharton o Muriel Spark. Como para muchos de sus coetáneos, la trayectoria de Nina Berbérova estuvo marcada por los vaivenes políticos: en 1922 se exilió como consecuencia de las tensiones producidas tras la Revolución rusa; se instaló en Berlín, después en París, donde permaneció hasta 1950, y por último se estableció en Estados Unidos, donde se dedicó a la enseñanza universitaria. Durante el periodo de entreguerras escribió con intensidad, sobre todo relatos y nouvelles que retrataban la vida de los exiliados rusos. Sin embargo, a diferencia de compatriotas como Irène Némirovksy o Vladímir Nabókov, no adoptó la lengua de sus países de acogida, sino que continuó escribiendo en ruso. Esto explica en parte por qué el reconocimiento no le llegó hasta la vejez, en los años ochenta, cuando su obra se tradujo al francés y otras lenguas. También en España se publicó buena parte de su bibliografía entre finales del siglo XX y principios del XXI.
La acompañante, escrito en 1934, constituye uno de sus libros más aclamados y esta es la primera edición en castellano traducida del ruso (las versiones anteriores partían del francés). Una novela breve, precisa, de estilo sencillo y construcción impecable, que mantiene la intriga como un hilo bien tensado y cuida el elenco de personajes. Utiliza la técnica del manuscrito encontrado como punto de partida para reproducir la confesión de una mujer acerca de unos hechos acontecidos años atrás. La narradora, llamada Sonia, es la única hija de una profesora de música humilde que la tuvo de forma ilegítima. Marcada desde su nacimiento por este motivo, Sonia se convierte en una joven anodina, poco agraciada, con habilidad para el piano, aunque sin un don genuino. Sin perspectivas de futuro, empieza a trabajar como acompañante de una soprano de renombre, María Trávina, una mujer que parece poseer todo lo que a ella le falta: talento, belleza, confianza, amor, vitalidad. Frustrada por su rol secundario, Sonia descubre que María oculta un secreto y trama un plan para vengarse de ella, pero los acontecimientos toman un rumbo inesperado («Pero ahora soñaba con una sola cosa: encontrar el punto débil de esa mujer fuerte, tener la posibilidad de disponer de su vida cuando me resultara insoportable seguir a su sombra.», p. 51).
Como explican Marta Rebón y Ferran Mateo en el epílogo, Nina Berbérova defendía una conducta, en los exiliados, contraria a la autocompasión: no compartía la nostalgia por la patria perdida ni el lamento constante por su mala fortuna. Esta entereza se halla presente en su obra, por lo que la «actitud ante la vida» de los personajes resulta clave. A pesar de que la protagonista no tuvo suerte con sus «circunstancias dadas» (origen, genética, clase social), el discurso no atribuye su desgracia al determinismo de ningún tipo, sino a su forma de asimilarlo. Es decir, lo que importa no es lo que tiene ni lo que le pasa, sino cómo se lo toma, cómo lo afronta; la actitud vital como rasgo que marca la diferencia. En el lado opuesto está la soprano, que por supuesto también sufre malos momentos, pero los canaliza de otro modo, no se hunde. La protagonista la acompaña de San Petersburgo a Moscú y de ahí a París; en fin, puede disfrutar de una existencia cosmopolita, relacionarse con gente interesante y dejar atrás sus orígenes. Aun así, Sonia se encierra en sí misma, reduce su mundo, desaprovecha las oportunidades que se le presentan para enriquecerlo («Deberíamos habernos sentido alegres, pero no lo estábamos. No obstante, los relojes también hacen tictac sin alegría, y sin alegría cae la lluvia; aun así, todo sigue tenazmente su curso…», p. 22).
Nina Berbérova
El malestar, la rabia de la protagonista, además de corroerla, cristaliza en su obsesión con la soprano. En lugar de centrarse en ella misma, Sonia se alimenta de los asuntos ajenos, como quien se entretiene con un programa o revista de cotilleos. Es un planteamiento poco frecuente: la chica discreta aquí no es la «víctima», sino que destila crueldad, fruto de la amargura, que la conduce a una degradación progresiva. Ella sola se aboca a la autodestrucción, más por inactividad (y miedo) que por acciones erróneas («Todo lo que había ocurrido ocurrió sin mí, como si yo ni siquiera existiese.», p. 97). Con hondura psicológica, la autora esboza tres modelos de mujer: la madre, abnegada y tranquila; la narradora, introvertida y atormentada; y la artista, vigorosa y tenaz. Lo mismo sucede con los hombres: el marido, el amigo y el amante; de sus caracteres depende su fortuna. A propósito, como motivo secundario se insinúa el conflicto entre madre e hija, un tema que comparte con Irène Némirovsky en títulos como El baile (1930). En suma, la Rusia –y la Europa– de Nina Berbérova nos quedan lejos, quizá, pero su verdad literaria sigue rebosante de vida.

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