19 julio 2019

Cosas vivas - Munir Hachemi


Edición: Periférica, 2018
Páginas: 160
ISBN: 9788416291755
Precio: 16,00 €

Munir Hachemi (Madrid, 1989) ha comenzado su carrera literaria sin ruido, pero con firmeza: Cosas vivas (2018), una novela breve publicada por Periférica, una editorial independiente y con un catálogo exquisito. El autor, licenciado en Filología Hispánica, está trabajando en una tesis doctoral sobre Jorge Luis Borges. Este dato no pretende ser una simple presentación, sino una pista de lo que encontramos en su libro: una apuesta por la metaficción, fruto de muchas lecturas bien integradas en el discurso. El narrador, una especie de alter ego llamado Munir, relata la estancia de cuatro amigos veinteañeros en el sur de Francia. Han decidido pasar el verano allí para participar en la vendimia, pero no queda trabajo y terminan en una empresa biotecnológica, «ese mercado de las cosas vivas –y nosotros los trabajadores también formábamos parte de la mercancía–» (p. 76). La experiencia los aleja del ambiente universitario en el que se han movido hasta entonces; pero, más desconcertante aún, en la zona empiezan a ocurrir sucesos extraños, muertes repentinas que nadie logra explicarse.
El planteamiento, junto con los rasgos que el autor comparte con el narrador, invita a pensar en una novela de aprendizaje, como tantas óperas primas: los jóvenes leídos pero inexpertos que se dan de bruces con una realidad incómoda cuando se arremangan para trabajar lejos de casa. En cierto modo, es así; no obstante, el viaje iniciático solo supone una capa ligera de Cosas vivas. Lo mismo sucede con el origen argelino del narrador: influye en las relaciones que entabla en Francia, también en su dominio del idioma, en sutilezas diversas; pero esta no pretende ser una historia de iniciación sobre un personaje «con diferencia». Está ahí sin ser lo principal. Lo importante aquí no es tanto el relato de los acontecimientos como la voz del narrador, sus juegos, su ironía. En el primer capítulo advierte que va a contar los hechos tal como sucedieron, con simplicidad. No, no lo hace. Combina el recuerdo con los fragmentos de un diario escrito ese verano. Sin embargo, el desarrollo dista mucho de ser llano. El narrador enreda al lector a conciencia, domina los giros del lenguaje, utiliza la intertextualidad, se nutre de fuentes diversas para construir un discurso personal que no toma las vías convencionales.
Munir Hachemi
El libro se diferencia de una autoficción al uso en diversos aspectos: el pulso narrativo (Munir Hachemi escribe de lujo, subyuga al lector, y eso es un talento que se tiene o no se tiene); la inteligente unión de alta cultura (de la formación de los personajes, de las reflexiones eruditas que salpican la narración) con trabajo asalariado rural (la brutalidad del campo, la sencillez de los operarios, la distensión de los propios universitarios durante las vacaciones), una fusión que se extiende, claro, al vocabulario, en un narrador que tan pronto se marca un análisis literario sesudo como llama «la gorda» a un personaje; y, por último, sobresale por el sentido del humor, socarrón, porque el narrador no se toma muy en serio a sí mismo, y eso es bueno. Todo se resume en una palabra: estilo. No importa el qué (aunque da bastante de sí: la amistad a lo largo del verano, el estrato social de cada chico, la explotación agraria, etc.), sino el cómo. El autor escribe tan bien que uno lo leería con independencia del argumento; he aquí un escritor prometedor de verdad, capaz de cuanto se proponga. Quizá la única torpeza de este primer libro sea el título.

15 julio 2019

Le llamé Corbata - Milena Michiko Flašar


Edición: Siruela, 2015 (trad. Sandra Santana)
Páginas: 128
ISBN: 9788416396085
Precio: 14,90 € (e-book: 7,99 €)

En su tercera novela, la escritora Milena Michiko Flašar (Sankt Pölten, Austria, 1980) examina dos vertientes del desarraigo en la sociedad contemporánea: por un lado, Hiro, un chico que ha pasado los últimos años encerrado en su habitación; por otro, un hombre de mediana edad al que han despedido de la empresa pero no se atreve a contárselo a su esposa. Los dos coinciden en un parque, donde, encuentro tras encuentro, traban algo parecido a una amistad. La autora, de padre austríaco y madre japonesa, sitúa Le llamé Corbata (2012) en Japón: los personajes encarnan el rol del hikikomori y el salaryman, respectivamente. Aun así, plantea unos conflictos tan extendidos en el presente que su lectura se puede extrapolar a Occidente; de hecho, el planteamiento tiene bastante en común con Cara de pan (2018), de Sara Mesa.

No intentaba engañarme. Al igual que antes, la cuestión era estar solo. No quería encontrarme con nadie. Encontrarse con alguien significa implicarse. Quedar anudado a un hilo invisible. De ser humano a ser humano. Nada más que hilos. En todas direcciones. Encontrarse con alguien hace que te conviertas en parte de su tejido; precisamente esto era lo que trataba de evitar.

El narrador, Hiro, empieza a relatar esta historia cuando su amigo, al que apoda Corbata por su atuendo (guiño afectuoso que refuerza su unión), ha dejado de acudir al banco del parque. Por lo tanto, comienza cuando su relación ha concluido; es una especie de homenaje que Hiro rinde al amigo perdido. En sus reuniones sucesivas, los dos personajes se fueron abriendo, confesando, recordando, como una purga. Hiro va al parque porque ha mejorado un poco: sale de casa, habla con sus padres, pero dista mucho de llevar lo que se dice una vida «normal». Con él, la autora explora el caso del hikikomori: un joven que vive encerrado en su habitación; no trabaja, no estudia, no se divierte, no piensa en emanciparse. No se relaciona con nadie, los padres le dejan la comida en la puerta. Esta inadaptación –que también ocurre en España– se enraíza en la dificultad para integrarse en el colegio o el entorno laboral, surge como respuesta tras un episodio traumático, por miedo o presión social. Implica, además, un estigma para la familia por cuanto tiene de tabú: los padres lo ocultan, fingen que su hijo vive fuera. Al guardar silencio sobre el asunto, hallar una solución se complica todavía más.

Y tal vez era en eso justamente en lo que nos parecíamos. Ambos nos quedábamos mirando mientras todo se nos escapaba, y ambos sentíamos un secreto alivio por no estar en condiciones de arreglar las cosas. Tal vez esa era la razón por la que nos habíamos encontrado. Para constatar de modo irrefutable y simultáneo que no nos era posible retroceder en los acontecimientos, no en aquel punto, no a partir de ese momento. Y tal vez por eso su historia era también la mía. Trataba de aquello que había abandonado y que, precisamente por eso, era imposible anular.

En el otro lado está el salaryman (nombre con el que se conoce a los empleados varones en Japón), que representa la disfuncionalidad en otra etapa, cuando el hombre ya es adulto y ha formado un hogar propio. Ha estado integrado en la sociedad hasta que su condición ha cambiado a «desempleado»: alguien habituado a cumplir órdenes, que se ha sacrificado por sus superiores, se ve de pronto con las manos vacías. Los hombres como Corbata son los otros grandes perjudicados por el capitalismo: en su madurez, una edad difícil para reciclarse, se encuentran apartados del sistema. Humillado, deprimido, esconde la verdad a su mujer por vergüenza; el «valor» del individuo supeditado a su desempeño profesional, a su capacidad para producir. Hay también conflictos personales, porque no tienen hijos; parece que a él y a su esposa no les queda «nada», según una sociedad que considera la institución de la familia como la base de todo. Corbata padece por los remordimientos, los errores, la imposibilidad de volver atrás. Es lo opuesto a un «triunfador»: el derrotado, el fracasado, el inútil.

Una palabra brillaba con especial luminosidad. La palabra de la sencillez. Me acercaría a ella, con paso ligero, la contemplaría desde todos los frentes, la tomaría finalmente en mi mano y, hechizado por ella, reconocería que su hechizo consiste en brillar desde su centro, desde su puro significado. Sencillez. Estar sencillamente aquí. Sencillamente mantenerla. Cuanto más la mantengo tanto más fácil resulta comprender la belleza, la sencilla belleza que reside en estar aquí.
Milena Michiko Flašar

Si el joven teme el futuro, lo incierto, a Corbata le pesa el pasado, lo inamovible; dos caras de la misma moneda de la marginación social, con el añadido de que la cultura nipona se ha presentado a menudo como un modelo de progreso (económico, pero no solo), un referente para el futuro. La autora desmitifica esta idea para poner de relieve el coste (humano, familiar) de priorizar las fuerzas de producción, la competitividad y el individualismo como motor del hipotético «progreso». Más allá de esta lectura, Le llamé Corbata es una novela intimista, a ratos tierna, a ratos afilada, de dos soledades que se reconocen. Está narrada en fragmentos breves; una prosa precisa, con pasajes evocadores y líricos. Milena Michiko Flašar escribe en alemán, y se nota: la historia se construye por acumulación, a machetazos, una escritura concentrada que suena distinta a las traducciones del japonés (más tenues, depuradas). El libro se lee como una larga conversación, esperanzadora y trágica al mismo tiempo, como la vida, que a veces permite salir adelante y a veces da la espalda.
Citas de las páginas 12, 30 y 114.

12 julio 2019

Luz perfecta - Marcello Fois


Edición: Hoja de Lata, 2018 (trad. Francisco Álvarez)
Páginas: 368
ISBN: 9788416537334
Precio: 21,90 €

Con Luz perfecta (2015), Marcello Fois (Nuoro, 1960) cierra su trilogía de los Chironi, una de las sagas familiares más interesantes de los últimos años. Esta obra, que empezó con Estirpe (2009; Premi Llibreter) y continuó con El tiempo de en medio (2012; finalista Premio Strega), todas ellas traducidas por Francisco Álvarez y publicadas por Hoja de Lata, recorre un siglo en la Cerdeña natal del autor, siguiendo las venturas y desventuras de un clan condenado, como los Buendía de Gabriel García Márquez, a la fatalidad. En la primera parte, que comienza a finales del siglo XIX, conocimos a Michele Angelo y Mercede, los patriarcas, afortunados en el negocio de la herrería y desdichados en su vida personal. Tampoco a sus hijos les sonrió la suerte. En la segunda parte, el nieto de los Chironi fundadores, Vincenzo, tomó el relevo y nos acercó a una sociedad sarda que se iba adaptando a las transformaciones de los cincuenta. Para terminar, en Luz perfecta los protagonistas son su hijo Cristian y su nieto Luigi Ippolito. Este, llamado como uno de los Chironi emblemáticos, completa el círculo en el año 2000.
Esta saga familiar se ha caracterizado desde el principio por la riqueza narrativa de Marcello Fois, un autor que ya contaba con una sólida trayectoria literaria cuando inició el proyecto: descripciones envolventes del paisaje sardo, resonancias míticas, elementos del realismo mágico encajados con destreza en la historia. Este revestimiento «literario», junto con el carisma de los protagonistas (Michele Angelo, Gavino, Luigi Ippolito, Marianna, Vincenzo) y el trasfondo social, dotó las dos primeras entregas de intensidad, de vigor; literatura de la que arrastra al lector. Emprender un proyecto narrativo de esta envergadura, con el esfuerzo de hacer un «trasvase» de personajes en cada novela, de enmarcarlos en un contexto cambiante e inventar para ellos nuevos recorridos, merece todo el reconocimiento. Ahora bien, no se puede pasar por alto que, de los tres libros, Luz perfecta es el menos logrado. A veces se habla del «síndrome del final de la trilogía», en referencia al cansancio del escritor al poner punto final, que se traduce en pérdida de frescura. Eso ha ocurrido con los Chironi.
La narración se centra, además de en Cristian, en personajes que no pertenecen a la familia, pero se relacionan de forma estrecha con ella: Domenico Guiso, el hijo de Mimmíu (amigo de Vincenzo en la segunda parte), y Maddalena Pes. Los tres, Cristian, Domenico y Maddalena, conforman un triángulo en la década de los setenta, cuando todos rondan los veinte años; representan un modelo de la experiencia del amor que contrasta con el de sus antepasados y evidencia la liberalización de las costumbres, aunque la presión del matrimonio tradicional se sigue imponiendo. También plantea la cuestión de la familia sin lazos de sangre: hijos criados por personas que no son sus padres biológicos. Temas bien encontrados, que podrían dar personalidad a Luz perfecta con respecto a las novelas anteriores, pero esta vez no termina de funcionar, y no funciona porque tanto el relato como los personajes resultan endebles. Ni Cristian, ni luego Luigi Ippolito, tienen la fuerza de los anteriores Chironi; tampoco Domenico o Maddalena. La anciana Marianna da sus coletazos, insuficientes para insuflar vida a la novela.
Esta novela es, además, la más extensa de la trilogía. En vano: una historia inconsistente, «rellenada» con fragmentos sobre los libros anteriores (no hacía falta volver una y otra vez al primer Luigi Ippolito, por ejemplo; la novela debería caminar sola). La saga se ha sustentado en la idea de fatalidad que persigue a la familia, como en una tragedia griega, por lo que el dramatismo era de esperar. En esta ocasión, no obstante, la desgracia se concreta en un enredo de traiciones, con organización criminal de por medio, que busca un golpe de efecto predecible. Todo demasiado plano, alargado sin necesidad. El estilo resulta desabrido, sin el esplendor de antes (basta recordar el pasaje del regreso de Vincenzo, en la segunda parte, tan rico en referencias homéricas, tan salvaje en su penetración en la isla; Luz perfecta no está a esa altura). Cabe pensar, también, que quizá la narrativa de Fois se adapta mejor a la recreación del pasado que a los acontecimientos históricos recientes: la dimensión épica y la influencia de la oralidad se asientan mejor en lo que se percibe lejano en el tiempo que en lo actual. No era fácil llevar a los Chironi hasta el siglo XXI, con todos sus artilugios modernos.
Marcello Fois
Luz perfecta no es, en fin, el «broche de oro» que uno querría para un proyecto que despierta admiración (y aún más: cariño, pues los primeros Chironi están tan vivos que permanecen en la memoria). Pese a todo, se trata de una trilogía más que recomendable, con dos obras muy buenas y una tercera algo menor; pero después de escribir Estirpe y El tiempo de en medio no se le puede reprochar nada al autor; solo se le pueden dar las gracias. Ahora, a leer sus otras novelas, porque queda mucho Marcello Fois más allá de los Chironi, y seguro que nos reencontraremos con su mejor versión.

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