25 marzo 2019

La juguetería mágica - Angela Carter


Edición: Sexto Piso, 2019 (trad. Carlos Peralta)
Páginas: 244
ISBN: 9788416677641
Precio: 19,90 €

1
Érase una vez el planeta Angela Carter
Dicen que escribir, como expresión creativa, consiste en hallar formas nuevas para narrar historias y plantear ideas (o, mejor, ambas a la vez). Encontrar una voz personal, construir un proyecto propio que integre las herencias sin pastiche. Pocos autores encarnan mejor esta definición del arte de escribir que Angela Carter (Eastbourne, Sussex, 1940 – Londres, 1992), una novelista singular en muchos aspectos. Especializada en el folclore popular, su narrativa bebe de los cuentos tradicionales, que reinventa desde una perspectiva de género implacable. Entre sus trabajos destacan los retellings de La cámara sangrienta (1979; Sexto Piso, 2017), así como la compilación Cuentos de hadas de Angela Carter (1990; Impedimenta, 2016), que reúne fábulas de diversos países con la voluntad de dar a conocer la riqueza de arquetipos femeninos. Angela Carter sobresalió asimismo en la novela, como demuestra en La juguetería mágica (1967; Sexto Piso, 2019), su ópera prima: un debut deslumbrante.
Buena parte de su obra, incluido este título, se editó en España de la mano de Minotauro, un sello dedicado a la fantasía y ciencia ficción, en los ochenta. Esta catalogación es peliaguda: aunque Carter cultive una literatura rica en elementos mágicos (mejor hablar de «magia» o «maravilla», como en los cuentos medievales, que de «fantasía»), su altura literaria, su estilo, trasciende la etiqueta. No es una gran escritora de género, sino una gran escritora, a secas, y sus libros pueden (¡deberían!) interesar a cualquier lector. Esta literatura de tintes góticos y pulso vigoroso anticipa a Jeanette Winterson y Sarah Waters, entre otras, que han reconocido su deuda con ella. Hay que agradecer a Sexto Piso su apuesta por recuperarla; ojalá esta vez consiga el reconocimiento que se merece entre el público español. Y, ahora sí, hablemos de La juguetería mágica, una excelente puerta de entrada a su universo.

2
En la dulce guarida
Melanie tiene quince años cuando se queda huérfana. Ella y sus hermanos pequeños han crecido entre algodones y no están preparados para lo que les espera en casa del tío Philip Flower, en un suburbio de Londres. El tío Philip, al que hasta entonces no conocían, trabaja como fabricante de juguetes, unos juguetes prodigiosos. Sin embargo, el esplendor de sus artilugios contrasta con las penurias de la familia, que vive de forma modesta y retirada. Su esposa, tía Margaret, es una irlandesa que se quedó muda después de contraer matrimonio; pese a ser aún joven, lleva unos vestidos deslucidos que la opacan. Los hermanos solteros de Margaret viven con ellos: los irlandeses representan, para Melanie, un embrutecimiento que no se relaciona tanto con sus orígenes humildes o su nacionalidad como con el instinto de supervivencia que desarrolla un animal en peligro. Ellos, como Melanie, también se quedaron huérfanos, de ahí su dependencia del tío Philip. Este último ejerce el rol de patriarca tirano que marca su territorio. En el hogar reina un ambiente opresivo digno de Shirley Jackson.
La juguetería, con sus habitantes, encarna la inocencia corrompida. Está llena de contrastes: por un lado, los juguetes majestuosos, las comidas sabrosas, las dotes artísticas de los tres irlandeses, la lozanía de los muchachos, hasta el apellido «Flower»; por el otro, la miseria, la reclusión, la juventud que se marchita, el miedo. La escasez invade tanto lo material como lo anímico, mengua la vitalidad de quienes se someten al tío Philip. Podrían disfrutar de una existencia cómoda, pero, por algún motivo, el patriarca se niega, reprime la dicha. Contagia su amargura a los demás, aunque Melanie no tarda en percatarse de que, bajo su apariencia tosca, los irlandeses guardan encantos inesperados: el talento de Finn para el baile y la pintura, el virtuosismo de Francie con el violín, la excelente repostería de tía Margaret. Por encima de todo, el afecto con que reciben a Melanie y sus hermanos. Paradójicamente, la calidez no se encuentra en las creaciones relucientes del tío Philip, sino en la ropa vieja y la suciedad de los irlandeses. Melanie, en su iniciación, se refugia en ellos.

3
Ella prefiere al lobo
Como en los cuentos de La cámara sangrienta, Carter narra el despertar sexual de Melanie con una fuerte noción del cuerpo y el deseo. En el primer capítulo (brillante), emula un rito a la luz de la luna en el que toma conciencia de su plenitud física: «El verano en que cumplió quince años, Melanie descubrió que era de carne y hueso» (p. 7). Después, cuando conoce a Finn, lo compara con un animal, le asocia unos rasgos «salvajes» que tanto pueden repeler como suscitar una atracción instintiva. Además de descubrirse «de carne y hueso», Melanie afronta un trasvase de clase social: deja atrás la vida apacible, que la hubiera convertido en una chica refinada, para descender, no solo a la pobreza, sino a una pobreza sórdida, violenta, irracional por la impronta del tío. Ella, como los irlandeses antes, se transforma, se «embrutece» como mecanismo de adaptación; pero, también, de defensa, porque la nueva Melanie no se puede permitir ser una dama en apuros. La autora concibe la renuncia a la belleza entendida en sentido convencional como un gesto de rebeldía femenina: se libera de ataduras, no necesita lo accesorio para emanciparse («No tenía el pelo perfectamente limpio, pero se estaba acostumbrando a no estar nunca del todo limpia», p. 152).
Angela Carter derriba muchos tópicos con picardía. Está la reivindicación feminista implícita en la trayectoria de Melanie: de niña mimada a huérfana que busca su camino en un entorno amenazante, de joven inocente al descubrimiento del amor (y el erotismo) con el hombre inesperado. También en tía Margaret: la esposa muda, símbolo de sumisión, como el collar que la ahoga o la oscuridad de sus vestidos; ella es la mujer que pierde su identidad por el matrimonio, un sacrificio para intentar mejorar la vida de sus hermanos (su nombre no es fruto del azar: Margaret, Maggie, Margarita, la florecilla del tío Philip). Pero la perspectiva de género indaga asimismo en otras «diferencias», en concreto, el estatus y la condición de inmigrantes de los irlandeses. Melanie, al principio, recela de Finn, su aspecto harapiento, su hosquedad, de ahí las comparaciones con una bestia. No obstante, para la autora los animales salvajes no son el lobo feroz, les da la vuelta: Finn, como sus hermanos, es una víctima.

4
Cuéntame un cuento… de hoy
La juguetería mágica se desarrolla en el Londres contemporáneo, pero se lee como un cuento de hadas. ¿Cómo consigue ese efecto? Para empezar, el aislamiento: los personajes viven en un espacio cerrado, sin apenas contacto con el exterior, lo que refuerza la sensación de tiempo suspendido. Melanie se sorprende de residir en Londres, porque no había imaginado así su experiencia de la ciudad. En la percepción que tiene Melanie de lugares, personajes y objetos está, de hecho, todo: la atmósfera lúgubre del hogar, los colores, el rol de cada habitante. Ecos de Caperucita Roja, La bella y la bestia, Hansel y Gretel…, pero, sobre todo, una voz personal, rica en símbolos, envolvente. Menos densa que en los cuentos, se adapta a la larga distancia, aunque sigue siendo barroca, deudora del romanticismo. La autora integra sus (vastos) conocimientos en mitología, vestuario o naturaleza en una narración fluida y exuberante. En cuanto a la «magia», no hay hadas ni brujas con una varita; lo maravilloso se plasma en el ambiente mismo, en el miedo latente, en el significado de cada movimiento.
Cultivar el estilo de los cuentos no implica quedarse anticuado o limitarse a la repetición, aún menos si hablamos de Carter. Cuando la literatura posee verdad, conserva su capacidad de comunicar, de interpelar. El mensaje (o los mensajes) de esta novela sin duda sigue vivo: la perversión del orden, el viaje iniciático, la liberación de los desfavorecidos. Es un privilegio poder disfrutar de un libro que reanima el encanto del folclore con una mirada «moderna» e inteligente. Basta fijarse en el primer capítulo para rendirse ante su maestría: una escena nocturna que anticipa la pérdida de inocencia, la irrupción del instinto, elementos simbólicos como el vestido de novia, el gato, la sangre, el manzano o el espejo roto. Su imaginería se relaciona con escritoras como Daphne du Maurier, Marghanita Laski, Barbara Comyns, Sylvia Townsend Warner o Edith Olivier; con todo, el sello de Angela Carter resulta original y único.

5
Y se abrió la jaula
Angela Carter
Angela Carter explora las relaciones de poder en contextos macabros y asfixiantes, pero esta oscuridad culmina en una catarsis liberadora. Después de todo, la protagonista se salva (no sin pagar un peaje). La brutalidad no es, por lo tanto, gratuita, sino que endurece a la joven, supone su rito de paso. Como el resto del elenco, evoluciona, desempeña un papel bien definido en esta obra maestra que es La juguetería mágica, una novela engarzada con minuciosidad que esboza imágenes perturbadoras. No da puntada sin hilo: inmensa, erudita, socarrona, vibrante... Quizá todavía no lo sabéis, pero necesitáis leerla. No estoy diciendo que os esté esperando en la librería; sois vosotros, los lectores, quienes la esperáis aun sin saberlo. Hay un antes y un después de Angela Carter. Creedme.

4 comentarios :

  1. ¡Ay, qué ganas tengo de leer este libro! Adoro a esta escritora, ya me ha ganado con La cámara sangrienta y Quemar las naves. Es estupendo que Sexto piso este recuperando su obra, para mí ha sido un descubrimiento.

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    1. Te va a encantar, Paty. Y sí, hay que dar las gracias a Sexto Piso por esta recuperación. Ojalá el siguiente título de la autora no se haga esperar mucho.

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  2. Devoré La juguetería mágica hace unas semanas y me pareció excepcional. Con diferencia, la mejor novela que he leído en lo que va de año. Su prosa es un espectáculo, y su universo literario, un derroche de homenajes a las fuentes que te has referido. Muy muy recomendable.

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    1. Totalmente de acuerdo, Rosa. Cuánto me alegra encontrar a otros admiradores de Angela Carter, ¡y más que seremos!

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