16 agosto 2019

Lo que ya no recuerdo y otros cuentos - Valeria Parrella


Edición: Siruela, 2007 (trad. Romana Baena Bradaschia)
Páginas: 116
ISBN: 9788498410501
Precio: 14,90 €

Valeria Parrella (1974), que en estos momentos ya cuenta con una trayectoria notable en Italia –con cinco novelas, tres libros de cuentos y siete obras de teatro–, se dio a conocer en 2003 y 2005 con sendas compilaciones de relatos. Lo que ya no recuerdo y otros cuentos (2007), su único título traducido al castellano hasta la fecha, reúne algunos de esos primeros trabajos. Valeria Parrella forma parte de la tradición de narradores arraigados en Nápoles: de Matilde Serao a Elena Ferrante, pasando por Anna Maria Ortese y Erri De Luca, entre otros. Aunque se nota que estos textos son todavía primerizos, se insinúa en ellos la relación complicada entre el individuo a priori honrado y la ciudad asediada por la camorra, un tema habitual en la estirpe de autores napolitanos. Además, con un punto de vista «femenino», que indaga en las dificultades añadidas de ser mujer en esta zona.
«Lo que ya no recuerdo», el primer cuento, evoca estampas de la infancia de la narradora en el barrio napolitano; se plantea la tensión (que vuelve a aparecer en otros relatos) entre una educación laica, racional, que los padres transmiten a la niña, y el carácter supersticioso y embrutecido de la sociedad que la rodea; ese choque entre lo culto y lo popular, simbolizada en la paradoja de Kepler de la cita inicial, que une la ciencia matemática con la sinrazón de la astrología, tan frecuente en las recreaciones de Nápoles. El título del relato alude al hecho de que la protagonista, al crecer y marcharse de su tierra natal, de algún modo «neutralizó» esa especificidad napolitana, «borró» de su memoria su violencia y su irracionalidad, si bien al regresar, ya como mujer adulta, se reencuentra con todo ello. Es la herida de quien se ha criado en Nápoles, entre dos opuestos que conviven.
«Montecarlo», por su parte, pone de manifiesto las dificultades de una mujer para llevar a cabo un proyecto urbanístico en la ciudad, una ciudad arruinada por la corrupción y la mafia. Los negocios turbios están presentes asimismo en el tercer relato, «La carretera», en el que una esteticista entra en las redes del tráfico de drogas después de que apuñalen a su pareja por la espalda. La protagonista representa la triple identidad de mujer, madre y trabajadora que trata de subsistir como puede, a lo que se añaden los peligros de ese submundo del que ella no ha elegido formar parte; es uno de los cuentos más logrados. «Siddharta» sale del universo femenino dominante en la antología para indagar en las inseguridades de un niño con un talento prodigioso para la guitarra que sin embargo acaba trabajando como operario en una imprenta. Ese triste descubrimiento de que se ha dedicado a hacer lo mismo que los demás a pesar de que tenía un talento propio que le hacía sobresalir, o eso le decían.
Valeria Parrella
Por último, cierra la obra «p. G. R.», sobre una mujer joven, sus fracasos sentimentales y los caminos que se abren, las imprudencias juveniles de su hermana, la precariedad, la familia, la supervivencia, la vida. Como en el resto de cuentos, late cierta lucha de opuestos, entre el barrio napolitano que ahoga y el impulso (frustrado) por salir de él. En general, los relatos pertenecientes a su segundo libro están mejor elaborados y tienen más sustancia; hay, por lo tanto, una evolución, una mayor madurez en su voz. La autora escribe con un estilo depurado, parco, salpicado de dialecto, un tanto desabrido; a veces roza la afectación al forzar la poesía, la búsqueda de frases «bonitas» de forma demasiado evidente. Le falta, quizá, más «textura» literaria. Con todo, como carta de presentación, estos cuentos no están nada mal y son una buena opción para reencontrarse con la fascinante ciudad literaria que es Nápoles.

12 agosto 2019

El comensal - Gabriela Ybarra


Edición: Caballo de Troya, 2015
Páginas: 176
ISBN: 9788415451556
Precio: 15,90 € (e-book: 3,99 €)

Entre la literatura reciente que aborda, de forma directa o como telón de fondo, el conflicto de ETA en Euskadi, sobresalen títulos tan diferentes como Patria (2016), de Fernando Aramburu, Mejor la ausencia (2017), de Edurne Portela, o El comensal (2015), de Gabriela Ybarra (Bilbao, 1983). Este último fue seleccionado por Elvira Navarro durante su año como editora del sello Caballo de Troya. La autora, una desconocida hasta entonces (no solo por no haber publicado, sino porque se dedica a los estudios de mercado y se muestra discreta en las redes sociales, de modo que no hacía ruido en el sector literario antes de debutar), combina la investigación periodística del asesinato de su abuelo paterno, Javier de Ybarra, en 1977, con la narración intimista de la muerte de su madre, en 2011. Un libro breve, autobiográfico, que ha sido una de las sorpresas de la narrativa española. Entre sus reconocimientos destaca que su traducción al inglés estuvo en la longlist del prestigioso Man Booker International Prize de 2018; aunque el hecho de que se tradujera al inglés ya constituye un logro en sí mismo.
La autora toma como punto de partida la idea del comensal invisible: un miembro de la familia que ha fallecido, pero que sigue presente de alguna manera para los demás; el tópico de que nadie muere del todo mientras sus seres queridos lo recuerden. Este concepto le sirve para vertebrar el texto en dos partes. En primer lugar, la crónica del asesinato de su abuelo: una reconstrucción del suceso, a partir de los recuerdos de sus herederos y de los periódicos. Gabriela Ybarra admite que se permite alguna que otra licencia; ni la memoria ni el reportaje son nunca exactos, en medio navega la imaginación, que en cualquier caso le sirve para fijar su versión del crimen, del momento del secuestro a frescos costumbristas como el sacerdote que intentaba localizarlo con la ayuda de un péndulo. El punto de vista tiene la singularidad de que ella no había nacido cuando se produjo el asesinato, pero tampoco puede aproximarse al asunto como una observadora imparcial por cuanto afecta a sus allegados. En este sentido, resulta interesante que complemente la reconstrucción con su experiencia, años después, de lo que supuso vivir bajo la amenaza del terrorismo: del escolta de su padre al traslado de la familia, con el secuestro como un relato que resonaba en el hogar durante su infancia.
La segunda parte se centra en el cáncer que padeció su madre y el posterior duelo. Alterna fragmentos sobre el avance de la enfermedad –el modo en el que se instala en la familia, el desconcierto ante una muerte prematura, el acompañamiento mientras recibe tratamiento en Nueva York– con reflexiones posteriores, cuando la autora visita el hospital o el cementerio un año después. En esta ocasión sí ha vivido el proceso de la pérdida, que narra con templanza, sin recrearse ni aligerar el dolor. El cáncer es cáncer para todo el mundo, pero según el tono del relato adopta unas connotaciones u otras. Este se percibe veraz, mesurado, natural, y, por eso mismo, conmovedor. La madre como una mujer que se está muriendo; ni una «heroína» ni una «luchadora», nada de los discursos mediáticos que abundan sobre el cáncer. Tampoco cae en el sentimentalismo para purgar la aflicción; un ejercicio de contención impecable. Gabriela Ybarra es una narradora disciplinada, comedida, exacta, más cerebral que emotiva, tal vez el resultado de una educación orientada a mantener la compostura, la perseverancia, la tenacidad. Estas cualidades se plasman en la escritura.
Algunos lectores han señalado una supuesta falta de unidad entre ambas partes; en concreto, ponen en duda la conveniencia de incluir el relato sobre la madre. Sin embargo, sí existe una conexión: la experiencia de la muerte en una misma familia, por un lado, y la canalización a través de la escritura que lleva a cabo la autora, por otro. Gabriela Ybarra no había pensado en la muerte hasta que su madre enfermó, no había vivido un duelo. Ese fue su punto de inflexión. El asesinato de su abuelo integraba la historia familiar anterior a su nacimiento, por lo que lo miraba desde la distancia, sin la implicación de quien fue testigo del secuestro. La enfermedad de la madre despertó su interés por el pasado; pero es sobre todo el padre, para quien ambas pérdidas resultaron devastadoras, quien enlaza los episodios. De algún modo, el dolor del padre cuando mataron a su progenitor conecta con el dolor que tanto él como sus hijas tienen ante la muerte inminente de la mujer. La experiencia del duelo hace que la autora mire a su padre con otros ojos, que comprenda mejor la primera pérdida. El libro, en conjunto, es una exploración de la muerte desde las dos caras de la moneda: en su vertiente más periodística, sin conocerla en primera persona; y en clave personal, siguiendo el declive.
Gabriela Ybarra
Escribir como una manera de canalizar el duelo; así puede entenderse El comensal. Purgarse, recuperar el orden, entenderse a una misma; he aquí uno de los muchos posibles caminos de la creación literaria. La autora comenta en algún pasaje que escribe con frecuencia. Sin más obra publicada por ahora, invita a reflexionar sobre el uso de la escritura para sí, como diario, pequeñas ideas o apuntes sueltos. El libro se compone de fragmentos breves, con un estilo depurado, sobrio, concentrado, que solo puede ser fruto de mucha práctica. Hay quien cree que El comensal debe su éxito a un tema bien encontrado o a la oportunidad del parentesco con una víctima de ETA. Se equivocan: Gabriela Ybarra no será la autora de un único libro. En sus páginas hace referencia a Robert Walser, y ella también se desenvuelve como cronista de su vida, como observadora atenta del entorno. Con El comensal, la literatura española ha sumado a una excelente escritora de no ficción.

09 agosto 2019

Adelfa, arco iris - Erri De Luca


Edición: Akal, 2001 (trad. César Palma Hunt)
Páginas: 112
ISBN: 9788446013594
Precio: 4,95 €

Adelfa, arco iris (1992), uno de los primeros títulos de Erri De Luca (Nápoles, 1950), fue publicado por Akal en su desaparecida colección literaria, que no tuvo la fortuna que debería a pesar de contar con una cuidada selección de escritores (Ingeborg Bachmann, Linda Lê o Gaetan Soucy, entre otros). También esta editorial publicó Aquí no, ahora no (1989), Tres caballos (1999) y Montedidio (2001), del mismo autor. Más adelante su obra ha aparecido en sellos como Siruela o, actualmente, Seix Barral. Me apetecía hacer esta mención, antes de entrar en materia, a modo de reconocimiento al trabajo de Akal, que, junto con El Aleph (que le publicó el precioso Tú, mío), apostó por él cuando aún era un gran desconocido para los lectores españoles (todavía lo sigue siendo para muchos, de hecho).
Adelfa, arco iris se puede considerar una de sus novelas más singulares o atípicas: tiene un fondo autobiográfico, como siempre que se trate de Erri De Luca, pero, a diferencia de títulos emblemáticos como Tú, mío (1998) o El día antes de la felicidad (2009), no recrea su niñez en la sórdida posguerra napolitana, sino que reproduce el relato de tres amigos de mediana edad que han elegido caminos distintos y, en cierto modo, hacen balance, reflexionan, comparten sus pesares, sus remordimientos. El narrador, un trasunto del autor, no es, por lo tanto, el protagonista; tan solo se refiere a sí mismo para evocar su adolescencia, la época en que conoció a esos colegas, retazos intercalados con la narración de los reencuentros. Él se recuerda como un joven un tanto independiente, ni líder ni marginado, libre. Su perfil contrasta con los de sus amigos, que, al menos en principio, tenían proyectos de vida más ambiciosos.
Los monólogos se presentan uno detrás de otro; no hay una «trama» que hilvane los tres ni una construcción «novelesca»; son hombres hablando, confesándose a su confidente. En primer lugar, un excombatiente de un grupo de extrema izquierda, de los que se sublevaron en la Italia de los años de plomo. Como persona que ha matado por convicciones ideológicas, su discurso está teñido de arrepentimiento: con el tiempo se da cuenta de su gran error, de que dar muerte al enemigo no sirve de nada. Aquel muchacho intrépido se ha convertido en un hombre apesadumbrado, carcomido por la culpa, consciente de que la redención para él resulta imposible. Este capítulo es el más largo, y, seguramente, el más impactante.
Los otros dos se alejan de la violencia del primero, aunque también tienen sus lamentos. El segundo amigo, un sacerdote que se marchó a África, desgrana el descubrimiento de su vocación de misionero, la necesidad de abandonar su tierra natal, de moverse para seguir adelante. Explica cómo funcionan las cosas en los países en vías de desarrollo y cómo, a veces, se encontró con proposiciones poco honrosas en su misión; no todo es tan limpio como parece. Cierra el libro la historia (breve) de un buen amigo del narrador: de jovencito, era muy diferente a él, llamaba la atención, se sentía cómodo con las chicas. Desde fuera, los dos han tenido trayectorias encomiables; sin embargo, ninguno se siente satisfecho. Todos tienen sus aprendizajes, sus epifanías, su cosmovisión particular de lo que ha sido la vida.
Erri De Luca
En general, Adelfa, arco iris es un texto sobre tres personajes que, en su madurez, echan la vista atrás e indagan en su pasado con más inseguridad que convicción. Tres vidas de coetáneos del autor-narrador, tres caminos, tres voces. Pesimismo, dolor, desconfianza, arrepentimiento. La lucidez de Erri De Luca reviste sus palabras de reflexiones poéticas sobre grandes preocupaciones del ser humano (el amor, la muerte, la amistad, la búsqueda, el paso del tiempo, la soledad). Como «novela», no es la mejor del autor; las tiene más redondas, mejor construidas. Como obra literaria, sin encuadrarla en el género novelesco, posee el lirismo y la hondura a que nos tiene acostumbrados. Siempre merece la pena leer a Erri De Luca, y aquí muestra una faceta en la que no se ha prodigado tanto.

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