16 septiembre 2019

El todo por el todo - Henri Calet


Edición: Errata naturae, 2019 (trad. Vanesa García Cazorla)
Páginas: 296
ISBN: 9788417800260
Precio: 19,50 €

Es bien conocido el gusto de Errata naturae por la literatura del flâneur, que tuvo su esplendor en el periodo de entreguerras, en metrópolis como París o Berlín. Después de recuperar a escritores como Franz Hessel, Siegfried Kracauer, Louis Aragon, Léon-Paul Fargue o Juhani Aho, este año ha incorporado a la colección a Henri Calet, seudónimo de Raymond-Théodore Barthelmess (París, 1904 – Vence, 1956), con El todo por el todo (1948), un libro publicado por primera vez por la prestigiosa Gallimard que se encuentra a caballo entre la memoria y la narrativa del paseante; o, en otras palabras, un intento de contar la vida a través de las calles de París en forma de retazos, sin una narración lineal; «vagabundeos por el pasado» (p. 285), como los llama él. El título es una declaración irónica de intenciones: no pretende abarcarlo todo, no pretende construir el relato cronológico convencional, sin dejarse nada, sino más bien evocar momentos, impresiones, recuerdos que regresan a su mente a medida que recorre la ciudad. Explicarse a uno mismo a través del lugar donde ha crecido, como un collage de fragmentos sueltos que poco a poco adquieren un significado conjunto. Lo hace, además, con ingenio, con esa habilidad para los juegos retóricos que anuncia desde el encabezamiento.

Pero, lo digo de nuevo, no me propongo en absoluto consignar aquí mi vida entera. Resulta fatigoso en extremo reconstruir más de cuarenta años paso a paso, me gustaría decir «a contrarreloj», pero ya no estoy seguro del sentido de esta locución deportiva. Corremos el riesgo, además, de pisotearnos un poco a nosotros mismos sin querer, de rehollar nuestro cuerpo, nuestro corazón y hacernos daño en vano.
No, lo único que quiero es relatar mis desplazamientos en el tiempo y en la ciudad, sin más. Mi madre, con su lengua de cartomántica llamaba a esto «evoluciones y actitudes».

Henri Calet, de origen humilde, era hijo de un anarquista y una mujer trabajadora. El padre, siempre inestable, encadenaba empleos temporales y se refugiaba algunas temporadas en el extranjero; no le pusieron su apellido para no perjudicarle por su mala estrella. La madre, la auténtica responsable de la crianza, desempeñaba ocupaciones no cualificadas, de fabricante de horquillas a limpiadora de un hotel. El progenitor, por otro lado, tenía sus amantes, no se escondía; en esta recreación de los albores del siglo XX reina un machismo recalcitrante instalado en la sociedad; nadie cuestiona el adulterio, nadie denuncia la abnegación de las mujeres; los sacrificios de la madre se asumen con normalidad. La primera parte está dedicada a la infancia del autor en este ambiente, que, a pesar de las estrecheces, tiene los mimos, los dulces, la excursión del domingo, las barracas de feria, el descubrimiento del cine y la lectura, los restos de la Exposición Universal de 1889: «Hasta una determinada época, nada termina nunca. Por más que tallemos, cortemos, la cosa vuelve a brotar cada primavera» (p. 141). El chiquillo se nutre de los esparcimientos mientras los adultos bregan por salir adelante.

Me he calado esta ciudad en la cabeza, la tengo perfectamente encasquetada, es de mi talla. La he reconocido palmo a palmo. Es una intimidad que ya no tiene un solo secreto. París encamisada, París en cueros vivos. Con ella me hago una gargantilla… Entre nosotros, de por vida y de por muerte (la vida, para ella; la muerte, para mí).

Luego llega la educación sentimental. Como se estilaba entonces, el joven se estrenó con prostitutas; rememora los primeros devaneos y los juegos sexuales en el París de los locos años veinte; un paseo lleno de erotismo y claroscuros, un despertar sucio en un mundo ya desaparecido. Vivió el amor más adelante, encontró a una mujer con la que establecerse, pero no tuvo suerte: su esposa murió de forma prematura; una herida que no puede sanar, si bien en estas páginas no se recrea en el dolor, procura no perder el tono jocoso del bohemio que no se toma en serio a sí mismo aun con la melancolía dominante en la narración. Hay asimismo un pasaje en memoria de una amiga que murió en un campo de concentración; no volvió a saber de ella, y esa cruda realidad de los deportados, ese esfumarse de un día para otro, lo marcó. Y, a propósito, aunque no se prodigue en detalles sobre el asunto, no puede ignorarse que Henri Calet creció entre dos contiendas: la Gran Guerra, que afectó sobre todo a la generación de sus padres, y la Segunda Guerra Mundial, la que lo hirió directamente a él en forma de compañeros que nunca regresaron, pérdidas enquistadas.

He malogrado casi todas las circunstancias ceremoniosas, las grandes fechas de la vida de un hombre. Pero sigo luciendo en el dedo aquella sortija de pacotilla que hoy está deformada, desgastada.

En la segunda parte, un episodio comienza con un «nosotros», una manera de expresar su adhesión al estilo de vida dominante: se ha casado, tiene un hogar, una estabilidad, ya no se preocupa solo de sí mismo. El «nosotros» se interpreta como una renuncia: «Vivo como los demás, con los demás. Ya no soy yo, soy los demás y sigo a los demás (como suele decirse: “sigo la corriente”)» (p. 154). Pese a las connotaciones pesimistas, no deja de ser una observación propia de la madurez, ese darse cuenta de que uno no es tan original, tan único como se pretendía; y que tomar conciencia de ello no es una tragedia, puesto que existimos según nuestras relaciones con los demás, con nuestros coetáneos. En este sentido, el libro puede leerse, más allá de los recuerdos del autor, como el retrato de una generación: los que fueron jóvenes durante el periodo de entreguerras, chavales educados con el cine, la cultura audiovisual, la recién incorporada noción de tiempo libre, las ferias, los números del circo (a los que dedica varias páginas). Esa generación comparte un imaginario de París que hoy evocamos como una fotografía en blanco y negro, romántica, nostálgica, enterrada.

Si, por mala pata, nos privaran del cine, nos quedaríamos muy afectados. Es nuestro postre, nuestra recompensa después del trabajo; es la parte hermosa de la existencia, como si ésta fuera reversible, una suerte de forro de seda. Nos volvemos sordos, mudos; nos divertimos desesperadamente a partir de las veinte horas cuarenta y cinco. Fuera, la Tierra puede detenerse. Dejamos de vivir a título personal. Nada más que hacer salvo mirar a los demás, ahora les toca a ellos sufrir un poco.

En la recta final, el autor cierra el círculo con un retorno a los pasajes de su infancia, esta vez con el punto de vista desencantado del hombre que vuelve al lugar donde fue niño para descubrir que poco queda de aquellos espacios, aquellas existencias que todavía perviven en su memoria («el pasado comienza a caer en migajas desde que ponemos la mano en él», p. 240). Henri Calet, que ya pasaba de los cuarenta y había sido testigo de los estragos de la guerra, se hallaba en un punto en el que, consciente de que tenía más pasado que futuro –su caso parece hasta premonitorio, porque falleció pocos años después–, medita sobre el paso del tiempo, la vida, la muerte. No era un anciano en términos biológicos, pero había vivido, había sufrido demasiado; estas últimas páginas denotan la fatiga, las cicatrices, la melancolía. Escribe como el hombre maduro que trata de reírse de sí mismo, aunque el relato trasluce nostalgia. Las transformaciones urbanas del París de su niñez (los cambios del nombre de algunas calles, las costumbres olvidadas, los inquilinos que se han mudado) representan un paralelismo con su trayectoria vital: se nace, se vive, se desarrolla, se muere. Tempus fugit.

Estoy tranquilo, ya no hago planes. Es sobre todo por esta razón por la que he vuelto a repasar cuanto he vivido. El pasado es una certeza, ha sucedido; en cambio, ¿a qué se parece el futuro?
No nos llevemos a engaño: esto (la vida) me gusta, me vuelve loco. Máxime cuando no tenemos otra: es única, una ocasión excepcional, hay que aprovecharla, como dicen los quincalleros. Todo acontece aquí. Sólo siento una cierta melancolía al verla perderse, minuto a minuto. Pronto terminará.
Henri Calet

En cierto modo, El todo por el todo puede leerse como un elogio de la imperfección, de lo corriente, de lo sencillo, en contraposición con los libros que retratan el París fastuoso de las clases privilegiadas. El autor-narrador es una especie de antihéroe: carece de «grandes éxitos» –compaginaba la escritura con empleos modestos–, no encaja en el perfil de un «triunfador». Es un hombre como tantos otros, que ha sufrido estrecheces sin llegar a pasar hambre, que ha vivido dos guerras mundiales, pero que, quizá por eso mismo, ha aprendido a disfrutar de los placeres pequeños, un paseo, una película, una comida. Como una tragicomedia, estas memorias van del desengaño al humor, de la conciencia de la finitud de la existencia (de las muchas muertes que uno conoce en vida) al goce de lo efímero. Él se toma esta realidad con filosofía, sin dramatizar. Narrador tranquilo, discreto; la voz de quien ya no espera nada ni parece haberlo esperado nunca, pero nos regala estos retales vívidos de su París.

Hasta las calles son despojadas de su carácter. Uno acaba extraviándose en su propio barrio como en sus recuerdos.

Citas en cursiva de las páginas 111, 133-134, 120, 162, 285-286 y 275.

09 septiembre 2019

¿Acaso no matan a los caballos? - Horace McCoy


Edición: Navona, 2018 (trad. Enrique de Hériz)
Páginas: 160
ISBN: 9788417181239
Precio: 21,00 €
Leído en la edición en catalán de la misma editorial, trad. Marta Martín, 2018.

Tal vez el sueño americano sea el arma de destrucción masiva más peligrosa que se ha inventado en Estados Unidos. No está escondido, sino que lo impregna todo; cuenta con engranajes sofisticados que alcanzan casi todos los rincones de la civilización. Penetra en la mente del ser humano como un virus del que no se presentan síntomas hasta que ya es tarde para erradicar la infección. Permanece ahí dentro, inapreciable y omnipresente al tiempo, enquistado, acomodado en las sinapsis. No se ha inventado todavía una cura, porque quien la podría producir no está interesado en encontrarla. En realidad, muchos no quieren curarse, si ni siquiera saben que están heridos. Tan solo queda resistir, no dejar que se propague, que nuble la vista hasta causar la muerte del pensamiento, de la esperanza o del individuo mismo. Las setas venenosas pueden resultar de lo más apetecibles.
A Horace McCoy (Tennessee, 1897 – Beverly Hills, 1955) le picó el mosquito. Chico de pueblo, en el periodo de entreguerras se mudó a Los Ángeles con la ambición de convertirse en actor. Hizo sus pinitos, aunque el reconocimiento le llegó a través de la literatura y el periodismo. ¿Acaso no matan a los caballos? (1935), su obra maestra, es un referente del género negro y la novela en que se basa Danzad, danzad, malditos (1969), la célebre película de Sydney Pollack. Junto a Dashiell Hammett y Raymond Chandler, hay que reivindicar a Horace McCoy como a uno de los padres de la escuela estadounidense de narrativa criminal, esa que, a diferencia de la tradición policíaca británica, se suele desarrollar en los lugares más lúgubres de la ciudad, sus protagonistas son gente corriente, sencilla, y tiene un alto contenido de crítica social. No importa (solo) averiguar la identidad del asesino, sino darse un paseo (es un decir) por los bajos fondos, codearse con una galería de vicios, infracciones y otras perversidades que dan cuenta de lo mejor y lo peor del ser humano. En teoría.
En este libro, de hecho, la identidad del culpable tiene tan poca relevancia que el punto de partida es, justamente, su confesión: el narrador, llamado Robert, admite ante la policía que ha matado a Gloria. Dos jóvenes guapos, sanos, buenos amigos, con tanto futuro (esa temida palabra) por delante. Él no quería matarla, no tenía nada en su contra; es más, la apreciaba. Pero ocurrió algo, y lo siguiente será reconstruir el suceso. Gloria y Robert se conocieron cuando ambos intentaban entrar en la industria de Hollywood, sin éxito. Por aquel entonces se estilaban unos concursos en los que los aspirantes a artistas podían hacer contactos en el mundillo. Gloria insiste a Robert para que participen en uno, y de este modo terminan en un maratón de baile que pone a los concursantes al límite de sus fuerzas: deben bailar día y noche, sin apenas descanso, en un espectáculo abierto al público. Gana la pareja que resista más tiempo en la pista. La organización les facilita comida, cama y servicios médicos.
No es difícil ver en este certamen macabro un precedente del reality-show contemporáneo: en plena Gran Depresión, los chicos de origen humilde, que han crecido con el imaginario de la gran pantalla como modelo, ven en la fama una oportunidad de escapar de su entorno, de desclasarse. Cegados por la purpurina, proyectan sus ambiciones en el cine, en un deseo ferviente, no solo de ganar dinero, sino, tan importante o más que lo anterior, de sentirse admirados y queridos. Porque la imagen audiovisual les dice que las estrellas del medio son ricas y felices, atractivas y encantadoras, lo tienen todo. Y ellos también pueden tenerlo todo, pueden superarse a sí mismos, pueden ser los elegidos, pueden ser los siguientes en triunfar, en alcanzar el éxito. ¿Por qué no? Sus antepasados creían en Dios. Para ellos, el sueño americano, con su movilidad social, con su igualdad, encarna la nueva religión.

En el maratón, Robert y Gloria conocen a chicos como ellos: inmigrantes, delincuentes, gente de los márgenes en general. Algunos han convertido estos concursos en su modus vivendi; son unos profesionales que encadenan participaciones por todo el país. Conforme avanza la competición, las envidias se dejan entrever entre ellos; la propia organización fomenta la competitividad con premios pequeños o contratos de patrocinadores. En el público, Robert descubre a una anciana aficionada al concurso; es su distracción más preciada. Tanto los participantes como los espectadores, en realidad, son víctimas del sistema, del pan y circo. La empresa se aprovecha de las esperanzas de la juventud desfavorecida para ganar dinero (les sale muy barato mantenerlos durante el concurso), por un lado, y urde estrategias morbosas para «enganchar» a esas personas que acuden como público para llenar unos días que se les hacen demasiado largos, por otro. En cuanto a «dar el salto» a la fama, oh, bien, algún caso habrá; pero en general nadie se toma en serio a los chavales. Ahora los tildarían de «frikis».
Horace McCoy escribió una novela visionaria. Todo lo que insinúa en ¿Acaso no matan a los caballos? (llevado al extremo, sí, pero para eso existe la ficción) no solo ha perdurado, sino que se ha multiplicado, se ha pervertido aún más con la televisión y, en los últimos años, con las redes sociales. Cuántos jóvenes se prestan a hacer el ridículo por un puñado de billetes, por un minuto de gloria (qué bien elegido está el nombre de la protagonista, a propósito), con la ilusión de mantenerse ahí, en la pantalla, en la revista, con una masa de aduladores y los suficientes mecenas para vivir sin ensuciarse las manos. El sistema es tan listo que consigue dirigir la crítica hacia ellos, los ratoncitos del laboratorio, que devienen el blanco de las burlas por exponerse. Hay que mirar más allá, hay que señalar a quien les inculca esa ambición. Y, sobre todo, hay que identificar las circunstancias socioeconómicas (paro juvenil, precariedad, falta de expectativas, desapego: la sociedad actual tiene mucho en común con la Gran Depresión) que facilitan que se presten a ello, que se crean el cuento de hadas con final feliz.
Horace McCoy
Esta es, también, una exploración incisiva del declive del «hombre bueno» cuando se encuentra en una situación límite. Porque empieza con la confesión de un crimen, no lo olvidemos. El chico nunca quiso matar, ni a Gloria ni a nadie. Tampoco los compañeros de competición querían llevar la vida que llevan, se supone. El transcurso de las semanas en la pista los embrutece de forma progresiva: el cansancio, la alimentación insuficiente, la reclusión, la rivalidad, la presión por ganar el premio. La fatiga hace mella en la salud mental de todos. En este libro se trata de un concurso, sí, pero en la sociedad «real» está más que estudiado que estas afecciones abundan entre las clases necesitadas. Hay muchas lecturas en sus páginas; y ninguna invita al optimismo. Del miedo al fracaso a los abusos de poder, de la pérdida de inocencia al esperpento del envilecimiento humano. Con un estilo sobrio y ágil, Horace McCoy supo expresar grandes verdades sobre nosotros, los de ayer y los de hoy. No, no hemos cambiado. O quizá sí: a peor.

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