02 septiembre 2019

Génie la loca - Inès Cagnati


Edición: Errata naturae, 2019 (trad. Vanesa García Cazorla)
Páginas: 192
ISBN: 9788417800215
Precio: 17,00 €

Cada pueblo tiene su loco particular. O su loca. Suele ser pobre, suele vagar solo. Algunos montan escándalos; otros caminan con la cabeza gacha, en un intento (frustrado) por pasar desapercibidos. No están, en realidad, tan perturbados como su mote indica, o al menos no lo estaban aún cuando les colgaron ese sambenito. Tienen una tara, que los demás utilizan para hacer escarnio. No es que los otros carezcan de taras; lo que ocurre es que la tara del loco, su diferencia, está a la vista, no se puede esconder. A su pesar. Y, aunque el loco se olvide de ella, todos los días de su vida alguien se ocupa de recordársela.
La protagonista de Génie la loca (1976, Prix des Deux Magots) no es una excepción. En su caso, la tara se llama hija bastarda, en una época y un lugar donde quedarse embarazada sin haber contraído matrimonio suponía un escándalo. Hubo un tiempo en el que la mujer, Génie, pertenecía a una familia notable de la zona; pero incluso ellos, sobre todo ellos, renegaron de ella. No está loca, sino sola, muy sola, apartada en la pequeña casa de la colina, junto a la niña, llamada Marie, que la sigue a todas partes. Malvive del trabajo de la tierra; los vecinos se aprovechan de su necesidad para encargarle las tareas más duras. Pasan los días, los meses, los años. Nada cambia, sigue siendo Génie la loca. Pero Marie crece.
Inès Cagnati (Monclar, 1937 – Orsay, 2007), autora francesa de padres italianos emigrados, trabajadores del campo, se inspira en la localidad rural donde creció para dar forma a esta novela breve, la segunda, y la más aclamada, de las tres que publicó. Inès Cagnati vivió un desclasamiento –estudió en la universidad y se dedicó a la enseñanza en un colegio de París–, experiencia que no le hizo olvidar las estrecheces de sus raíces campesinas, tal como pone de relieve en este libro. Ella es otra «autora olvidada» que Errata naturae incorpora con criterio a su catálogo, junto a Torborg Nedreaas, Kirsten Thorup, Edna O’Brien o Christine Lavant, con las que comparte la empatía hacia las víctimas, los marginados, las mujeres.
La novela, sin embargo, no se puede reducir al retrato de una mujer marginada. Es mucho más; para empezar, por el punto de vista: Marie, la hija de Génie, una chiquilla que descubre el día a día de su progenitora con la mirada inocente (recuerda a Del color de la leche, de Nell Leyshon, otra historia de opresión en un entorno rural). Marie no ha conocido épocas mejores, de modo que lo que ve constituye todo su mundo, la cabaña, el campo, el silencio, la soledad. Describe las flores, la vegetación; pero ante todo el carácter arisco de la gente, el deterioro por los esfuerzos. No se refiere a Génie como «mamá», sino que la llama «ella», un apelativo que marca la distancia, la frialdad de la relación maternofilial. En el pueblo, explica, se dirigen a su progenitora como «Génie la loca»; el uso del nombre o del apodo deviene un indicativo del grado de familiaridad o del recelo hacia la mujer.
Marie, a medida que crece –esa es otra lectura del libro: la iniciación de una muchacha criada en una aldea donde ni ella ni su madre son bien recibidas–, se encuentra atrapada entre dos caminos. Por un lado, la aspereza del campo, de la relación con Génie; madre e hija solas, sobreviviendo con lo justo, la niña que anhela un gesto de cariño, la madre rota por dentro. El amor maternal, en esta novela, se manifiesta en el sacrificio de la madre, que se mantiene desapegada de la hija (le insiste que no se pegue a sus faldas) como precaución, para no contagiarle esa tara que la ha convertido en un desecho social. Génie renuncia al cariño, a darlo y a recibirlo, por el bien de Marie. El amor no se halla, aquí, en una caricia ni en una palabra amable; se trata de algo más profundo, una abnegación silenciosa.
Génie, y por extensión su hija, viven condenadas al ostracismo por los vecinos, incluida su familia. Tan solo, de manera esporádica, el abuelo tiene algún detalle con la nieta. Por lo demás, el rechazo de la comunidad presenta matices: nadie quiere ser su amigo, pero, en ocasiones, el elogio espontáneo de las mujeres cuando Génie declina una proposición, deja entrever una (ligera) solidaridad femenina. Como si en el fondo los habitantes del pueblo supieran que Génie no se merece lo que le ocurre, pero temen tanto el efecto contagio que se ven obligados a guardar las distancias. En cuanto a Génie, resiste con estoicismo. No habla: desde que la marginaron, se encerró en sí misma; la voz, la ausencia de voz, representa su anulación como ciudadana, como mujer con derecho a relacionarse, a vivir. El aislamiento se concreta tanto en sentido físico como simbólico; cierra las vías de comunicación.
En este contexto de madre taciturna, pobreza y pueblo hostil, Marie desarrolla una forma de escape: la imaginación. Soñar despierta, aferrarse a la esperanza, a lo incierto, como motor para salir adelante; ahí se abre su otro camino. Por una parte, quiere tener animales de compañía, y su madre accede; el afecto que no encuentra en las personas se lo dan las bestias, vulnerables como ella. Por otra, entra en escena Pierre, un joven al que conoce en la estación y que desde entonces se convierte en una especie de faro que aporta una nueva luz a su futuro. Pero, cuidado, no es un príncipe salvador; entre otras cosas, porque Pierre se enfrenta a sus propios problemas. La vida no es sencilla para nadie.
Inès Cagnati
La narración sigue un desarrollo no lineal, con anticipaciones que añaden tensión (como lo relativo a Pierre o algunas desgracias), entremezcladas con la rutina campestre de madre e hija. El estilo, de un lirismo sobrio, preciso, utiliza la repetición para dar cadencia al relato, una musicalidad personal. La prosa de Inès Cagnati destila elegancia, gusto, y a la vez hace un ejercicio de contención magistral; pertenece a la estirpe de narradores que, para penetrar en el lector, reducen el texto a la mínima expresión, una suerte de frialdad esmerada solo al alcance de muy pocos. Génie la loca, bajo su apariencia discreta, se revela como un retrato excepcional del ostracismo, la decrepitud, el estigma, la soledad y la violencia en un ambiente embrutecido. Una pequeña obra maestra.

1 comentario :

  1. No lo conocía, pero me el tema del escándalo y el ostracismo que sufren me parece muy interesante. Además, me gusta lo que está haciendo Errata naturae, vamos, que debería estar más atenta a lo que publican, porque no he leído a ninguna de las autoras que enumeras, y tan solo me suena el nombre de Edna O`Brien.
    ¡Un saludo!

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